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Full text of "Historia y Filosofía de la Sociedad Libre"

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RECOPILACÍGN DE 
RIGOBERTO JUARE;Nf»AZ Y ÁNGEL RONCEROsrfcáRCOS 



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K. 


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J. J. ROUSSEAU 


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M. 


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F. 


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RECOPILACIÓN DE 
RIGOBERTO JUAREZ-PAZ Y ÁNGEL RONCERO MARCOS 



PLATÓN 


L. VON MISES 


ARISTÓTELES 


W. DILTHEY 


R. DESCARTES 


J. ORTEGA Y GASSET 


B. MANDEVILLE 


K. POPPER 


A. SMITH 


F. A. HAYEK 


J. J. ROUSSEAU 


H. HAZLITT 


TH. JEFFERSON 


M. NOVAK 


J. MADISON 


F. PÉREZ DE ANTÓN 


J. BENTHAM 


M. F. AYAU 


J. S. MILL 


R. JUAREZ-PAZ 


K. MARX 


A. RONCERO MARCOS 



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PROLOGO DE 
Dr. RIGOBERTO JUÁREZ-PAZ 
Dr. ÁNGEL RONCERO MARCOS 



índice 



LA REPÚBLICA 

Platón (428 - 348) 1 

metafísica 

Aristóteles (384 - 322) 13 

DISCURSO DEL MÉTODO 

Renato Descartes (1596- 1650) 57 

LA FÁBULA DE LAS ABEJAS 

Bernard Mandeville (1 670 - 1 733) 71 

LA RIQUEZA DE LAS NACIONES 

Adam Smith (1 723 - 1 790) 91 

EL CONTRATO SOCIAL 

Juan Jacobo Rousseau (1712-1778) 107 

DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA DE LOS E.U.A. 

Thomasjefferson (1743- 1826) 121 

EL FEDERALISTA No. 10 (Prólogo de Gustavo R. Velasco) 

JamesMadison (1751-1836) 127 

ESCRITOS ECONÓMICOS 

Jeremy Bentham (1 748 - 1832) 145 

SOBRE LA LIBERTAD (Introducción) 

John Stuart Mili (1806-1873) 155 

ideología alemana - TESIS SOBRE FEUERBACH - DAS KAPITAL 

Karl Marx (1818- 1883) 165 

teoría E historia (Traducción delinglés por Dr. Rigoberto Juárez-Paz) 

Ludwigvon Mises (1881 - 1973) 177 

ESTRUCTURACIÓN DEL MUNDO HISTÓRICO 

Wilhelm Dilthey (1833-1911) 199 

LA REBELIÓN DE LAS MASAS 

José Ortega y Gassct (1883- 1955) 209 



LA SOCIEDAD ABIERTA Y SUS ENEMIGOS 

Karl R. Poppcr 221 

LENGUAJE, VERDAD Y LÓGICA (Introducción) 

Alfred ) . Ayer 233 

LA ACCIÓN HUMANA 

Ludwig von Mises (1881 - 1973) 247 

\lOS FUNDAMENTOS DE LA LIBERTAD - "LA CONFUSIÓN DEL LENGUAJE 
EN EL PENSAMIENTO POLÍTICO (Traducción delinglés por Dr. Rigoberto Juárez-Paz) 

F. A. Hayek 299 

LOS FUNDAMENTOS DE LA MORAL 

Henry Hazlitt (1894 - ) 341 

"UNA VISION CRISTIANA DEL CAPITALISMO DEMOCRÁTICO" 

Michael Novak 377 

"LA MISERIA DEL COMUNITARISMO" 

Francisco Pérez de Antón 383 

"LIBERTAD Y OPORTUNIDAD" 

Manuel F. Ayau 393 

"EL INTENCIONALISMO Y LA FILOSOFÍA DE LA LIBERTAD" 

Rigoberto Juárez-Paz 399 

"LIBERTAD CRISTIANA Y DICTADURA MARXISTA" 

Ángel Roncero Marcos 407 



PROLOGO 



La antología que el lector tiene en sus manos es un texto para cursos que se dediquen 
a la enseñanza de las ideas que constituyen la filosofía de la libertad civil o de las ideas que 
sirven de sustento a una sociedad de hombres libres. 

El primer texto, tomado de La República de Platón, ejemplifica el pensamiento polí- 
tico que se deriva de una filosofía exageradamente racionalista. En esa obra Platón nos 
presenta el primer intento occidental de elaborar un plan general de desarrollo de toda so- 
ciedad humana. Para utilizar términos de Friedrich von hayek. La República de Platón es 
la primera manifestación del racionalismo constructivista o sea la doctrina equivocada de 
que "todo orden social es producto intencional de la acción humana". 

Este racionalismo constnictivista reaparece en El Contrato Social de Rousseau, pero 
su ancestro filosófico inmediato ya no es Platón sino Descartes. Vuelve a aparecer en la obra 
de Marx, bajo la inspiración del racionalismo Hegeliano, y en las doctrinas "democráticas" 
marxistas y cuasi -marxistas de nuestro tiempo, que pretenden construir la sociedad, ya sea 
pacífica o violentamente, pero en cualesquiera de los casos con menoscabo de la libertad. 

El texto de la Metafíñca de Aristóteles nos presenta las bases de la filosofía de una 
sociedad de hombres libres. La sociedad de hombres libres encuentra su fundamento meta- 
físico en la tesis aristotélica sobre la prioridad ontológica de las sustancias primarias o indi- 
viduales. La filosofía de Aristóteles incluye im individualismo o particularismo metafísico 
u ontológico que es indispensable para toda fundamentación filosófica de la teoría de la 
libertad civil o ciudadana. 

En su desarrollo histórico, la filosofía de la libertad se inicia en los tiempos modernos 
con el anti- racionalismo de Bemard Mandeville, Adam Smith, y James Madison, para men- 
cionar sólo a tres pensadores de gran importancia en el siglo XVIII. 

Pero el anti -racionalismo que caracteriza la fílosofía de la libertad desde Aristóteles 
hasta nuestros días no debe confuindirse con el intuicionismo. El anti- racionalismo trata de 
señalar las limitaciones de la razón, pero de ninguna manera es contrario a la razón. Elntre 
otras cosas, trata de señalar que hay muchos aspectos de la vida en sociedad que no invo- 
lucran conciencia deliberada. 



Para mencionar un ejemplo importante, la convivencia social requiere el acatamiento 
de muchas normas de las que no tenemos conciencia plena. Mucho de lo que hacemos en- 
rama normas que no podríamos describir, si se nos interrogara acerca de ellas. No sólo hay 
normas que no forman parte de ningún código escrito sino que hay norma.x de las que ni 
siquiera tenemos conciencia. Todo ello implica que el orden social originario, que resulta 
del acatamiento de normas, no es producto de la acción deliberada de los hombres; no es 
producto de la razón consciente. 

Todo orden social es originalmente libre o espontáneo o no deliberado. Posteriormente, 
con el avance de la civilización, se ha hecho necesario introducir órdenes que han sido crea- 
dos deliberadamente, sobre la base del orden espontáneo preexistente. 

El estudio del pensamiento político de nuestra civilización occidental muestra con toda 
claridad que los más sabios estadistas han sido aquellos que han encontrado las formas más 
eficaces de preservar y fortalecer la libertad o la espontaneidad que encontramos en la base 
de todo orden social. 



Dr. Rigoberto Juárez- Paz Dr. Ángel Roncero Marcos 



Guatemala, 31 de enero de 1991 



LA REPÚBLICA 



PLATÓN 

(428- 348) 



LA REPÚBLICA 



"Ahora bien, querido Sócrates, ¿qué impre- 
sión producirán semejantes discursos acerca de la 
naturaleza del viejo y de la virtud, y de la idea que 
de ellas tienen, los dioses y los hombres; qué impre- 
sión —digo— producirán en el joven dotado de un 
natural hermoso y de un espíritu capaz de sacar las 
consecuencias de todo cuanto oye, respecto de lo 
que debe ser él y del género de vida que debe seguir 
para ser dichoso? ¿No es verosímil que se diga a sí 
mismo, con Píndaro: 

Subiré con esfuerzo hacia el palacio 
(en que habita la justicia, 
O seguiré el sendero del oblicuo fraude. 
Para asegurar la felicidad de mi vida?)^ 

"Cuanto oigo me hace pensar que de nada me 
servirá ser justo si no tengo fama de tal; que la vir- 
tud sólo puede ofrecerme penas y trabajos, mien- 
tras que, en cambio, me aseguran la ventura mejor 
si acierto a hallar la injusticia con la tama de hombre 
honrado. A los discretos he de atenerme, y puesto 
que ellos dicen que la apariencia de virtud puede 
contribuir en mucha mayor medida que la realidad 
de la misma a mi felicidad, hacia esa parte me vol- 
veré por entero, me haré un caparazón con lo exter- 
no de la virtud, y arrastrará en pos de mí al zorro 
astuto y engañador del cuerdo Arquíloco.^ Si algu- 
no me dice que es difícil para el malvado ocultarse 
por mucho tiempo, responderé todas las empresas 
grandes tienen sus dificultades y que, ocurra lo que 
quiera, si deseo ser dichoso, no me queda otro ca- 
mino por donde tirar, fuera del que me indican los 
razonamientos que escucho. Por lo demás, para sus- 
traerme a las pesquisas contaré con amigos y cóm- 
plices. Maestros hay que me enseñen el arte de se- 
ducir al pueblo y a los jueces con artificiosos dis- 
cursos. Haré uso de la elocuencia, y, cuando ésta 
llegue a faltarme, empleare la fuerza, para escapar 
al castigo de mis crímenes. ¿Que nada pueden la 
fuerza ni el artificio contra los dioses?. Si no hay 
dioses, o si para nada se mezclan en las cosas terre- 
nas, poco me importa que ellos me conozcan o no 
tal cual soy. Si hay dioses, y si intervienen en los 
asuntos de los hombres, cosa es ésta que solamente 



de oídas sé, y por ios poetas, que han trazado la 
genealogía de esos dioses. Ahora bien, esos mismos 
poetas me enseñan que es cosa hacedera aplacar a 
los dioses y desviar su cólera con sacrificios, votos 
y ofrendas. Fuerza es que les creamos en todo, o 
que en nada les demos crédito, y si hemos de creer- 
les, yo seré un criminal, y con el fruto de mis crí- 
menes ofreceré sacrificios a los dioses. Verdad es 
que, si soy justo, nada tendré que temer de ellos; 
más es el caso que de ese modo perderé también 
las ventajas que la injusticia lleva aparejadas con- 
sigo, mientras que salgo ganando, evidentemente, 
con ser injusto, a la vez que, por lo demás, nada 
tendré que temer por parte de los dioses si uno a 
mis crímenes, votos y oraciones. ¿Que seré castiga- 
do en los infiernos, en mi persona o en las de mis 
descendientes, por el daño que haya hecho en la 
tierra? Respóndese a esto que hay dioses a los cua- 
les se invoca en favor de los muertos y sacrificios 
especiales dotados de considerable poder, según di- 
cen ciudades enteras, y los poetas, hijos de los dio- 
ses y profetas inspirados, afirman. ¿Por qué razón, 
entonces, habré de abrazar yo la justicia, de prefe- 
rencia a la injusticia, si, según el sentir de los discre- 
tos y del pueblo, todo me saldrá bien, así con los 
dioses cómo con los hombres, en vida y después de 
la muerte, con tal que cubra mis delitos con apa- 
riencias de virtud? 

"Después de todo lo que acabo de decir, 
¿cómo es posible. Sócrates, que un hombre de ele- 
vado linaje, dotado de talento, de riqueza numero- 
sas, siga el partido de la justicia, y que no se burle, 
más bien, de los elogios que de ella hagan en pre- 
sencia suya? Más digo, y es que aun cuando un 
hombre estuviese convencido de que cuanto he 
dicho es falso, y que la justicia es el mayor de los 
bienes, lejos de indignarse contra aquella a quienes 
viese alistados en el partido contrario, no podría 



1 Pindvi frumento Botcq, CCXXXII, póg. 677. 

2 Alusión a mis versos de Arqulloco, en que el rorro de- 
sempeña el papel de un personaje lalso y astuto. De aquí 
la frase el zorro de Arquíloco. Archilothi fríC Gaisford. 
36 y 39, t. I. pp. 307 y 308. 



PLATÓN 



por menos de disculparlos, porque sabrá que, 
excepto aquellos a quienes la excelencia de su ca- 
rácter inspira natural horror hacia el vicio, o que se 
abstienen de él por conocer su fealdad, salvo esos, 
digo, nadie anna la virtud por si' níiisma y si alguno 
censura la injusticia, es porque la cobardía, la vejez, 
u otra enfermedad cualquiera le tornan impotente 
para obrar mal. La prueba de ello la tienes en que, 
de los hombres que se hallan en ese caso, el primero 
que recibe poder para obrar mal es el primero en 
hacer uso de ese poder, en cuanto de él depende. 

"La causa de todo ello es precisamente la 
misma que nos ha lanzado a Glaucón y a mi a la 
presente discusión: quiero decir, que, empezando 
por los antiguos héroes, cuyos discursos se han 
conservado hasta nosotros en la memoria de los 
hombres, todos aquellos que como tú han mostra- 
do ser defensores de la justicia, no han alabado a la 
virtud sino en vista de los honores y recompensas 
que consigo trae, y no han censurado en el vicio 
más que los castigos de que va seguido. Nadie ha 
considerado la justicia y la injusticia tales cuales 
son en si' mismas y en el alma del justo y del mal- 
vado, y nadie ha probado aún, en prosa o en verso, 
que la injusticia sea el mayor mal del alma, y la 
justicia su mayor bien. Porque si desde el princi- 
pio os hubieseis puesto de acuerdo para emplear 
ese lenguaje y desde la infancia nos hubieseis in- 
culcado esa verdad, cada cual de nosotros, en lu- 
gar de estar en guardia contra la injusticia ajena, 
estari'a en guardia contra la suya propia, y teme- 
ri'a darle entrada en su alma, como al mayor mal 
de los males, Trasi'maco, u otro cualquiera, habría 
podido decir, sin duda, tanto como yo sobre este 
tema, y aún más, confundiendo a ciegas la natura- 
leza de la justicia y de la Injusticia. Por mi parte, no 
le ocultaré que lo que me ha movido a hacerte estas 
objeciones, un tanto prolijas, es el deseo de oir qué 
responderás a ellas. No te límites, pues, a demos- 
trarnos que la justicia es preferible a la injusticia; 
explícanos qué efecto produce una y otra por sí 
mismas, en el alma, y a qué se debe que la una sea 
un bien y la otra un mal. No tengas ningún respeto 
a la apariencia ni a la opinión, como Glaucón te ha 
recomendado; porque si no llegas a descartar en 
absoluto la opinión verdadera, o a admitir la falsa, 
diremos que no ensalzas la justicia, sino la aparien- 
cia de la justicia; que no más que las apariencias 
censuras en el vicio; que nos aconsejas que seamos 
malvados, con tal que sea en secreto, y que 
convienes con Trasímaco en que la justicia no es 
útil más que para el fuerte, y no para aquel que la 
posee, y que, por el contrario, la injusticia, útil y 
ventajosa en sí misma, sólo es perjudicial para el 
más débil. Puesto que conviniste en que la justicia 



es uno de los bienes excelentes que es preciso per- 
seguir por sus ventajas, y aún más por si mismos, 
como la salud, el oído, la razón y los restantes bie- 
nes fecundos de la misma índole, independiente- 
mente de la opinión de los hombres, ensalza la jus- 
ticia por lo que en si tiene de ventajosa, y cen- 
sura la injusticia por lo que tiene en si de per- 
judicial. Deja a otros los elogios fundados en las 
recompensas y en la opinión. Quizá pudiera tole- 
rar ya en boca de cualquier otro esa manera de 
alabar la virtud y reprobar el vicio por sus efectos 
externos; mas no podría a ti perdonártela, a me- 
nos que tú mismo me lo ordenases, tanto más 
cuanto que la justicia ha sido hasta ahora objeto 
único de tus reflexiones. No te contentes, pues, 
con demostrar que sea mejor que la injusticia. Haz- 
nos ver en virtud de qué es la una un bien, la otra un 
mal en sí, tengan o no conocimiento en sí, tengan 
o no conocimiento de ellas los hombres y los 
dioses." 

— Enhechizado me dejaron los razonamientos 
de Glaucón y de Adimante. Nunca tanto admiré 
como en aquella ocasión la hermosura de su espíri- 
tu, y así les dije: ¡Oh, hijos de un padre ilustre!, 
con razón ha empezado así el amigo de Glaucón la 
elegía que para vosotros compuso cuando os hicis- 
teis notar en Megara: Hijos de Aristón, nacidos de 
un divino linaje; porque fuerza es que haya en vo- 
sotros algo de divino si, después de cuanto acabáis 
de decir en favor de la injusticia, no estáis persua- 
didos de que vale infinitamente más que la justicia. 
Y no pensáis tal cosa: vuestras costumbres y con- 
ductas me lo prueban suficientemente, aún cuando 
pudiese dudar de ello si me detuviera en lo que 
acabáis de decir; más no por ello me encuentro 
menos perplejo tocante al partido que deba tomar. 
Por una parte, no sé como defienda los intereses 
de la justicia. Empresa es esa que excede de mis 
fuerzas. Y lo que así me mueve a creerlo, es que me 
figuraba haber probado suficientemente contra 
Trasímaco que la justicia es preferible a la injus- 
ticia; no obstante lo cual, no os satisficieron mis 
pruebas. Por otra parte, traicionar la causa de la 
justicia y permitir que la ataque delante de mi sin 
que yo la defienda, mientras que quede un soplo 
de vida y fuerza suficiente para hablar, es cosa 
que no puedo hacer sin cometer un verdadero cri- 
men. Así, no ve nada mejor en qué me determine, 
que a defenderla como pueda. 

"Inmediatamente me conjuraron Glaucón y 
los demás a que emplease en tal defensa mis fuer- 
zas todas, y a que no abandonase la discusión, sino 
que buscase con ellos la naturaleza de la justicia y 
de la injusticia, y lo que de real hubiese en las ven- 



LA REPÚBLICA 



tajas que les atribuyen. Les dije que, a mi parecer, 
las pesquisas a que querían impulsarme eran sobre- 
manera arduas, y que requerían un espíritu por ex- 
tremo clarividente. Pero, añadí, puesto que ni vo- 
sotros ni yo nos jactamos de poseer luces suficien- 
tes para conseguirlo, ved de qué manera creo que 
debamos proceder en esa búsqueda. Si se diese a 
leer de lejos a personas cortas de vista letras es- 
critas en caracteres menudos, y supiesen que esas 
mismas letras se hallan escritas en caracteres ma- 
yores en otra parte, sin duda que habría de serles 
provechoso ir a leer primeramente las letras gran- 
des, y confrontarlas luego con las pequeñas, para 
ver si eran las mismas, -verdad es- repuso a esto 
Ad imante— ; pero ¿qué relación guarda eso con la 
cuestión de que tratamos? -Voy a decírtelo. ¿No 
se encuentra la justica así en un hombre como en 
una sociedad de hombre? —Sí, por cierto. —Pero 
la sociedad es más grande que el simple particular. 
—Sin duda. —Por tanto, la justicia podría hallarse 
perfectamente en la sociedad en caracteres más gran- 
des y más fáciles de distinguir. Así, empezaremos 
por averiguar, si te parece bien, cuál es la naturale- 
za de la justicia en las sociedades; la estudiaremos 
luego en cada particular, y comparando esos dos 
modos de justicia veremos la semejanza que exista 
entre la pequeña y la grande. —Muy bien. —Mas si 
examinamos con el pensamiento de qué manera se 
forma un Estado, acaso descubramos como hacen 
en él la justicia y la injusticia, —Bien pudiera ser. 
—Tendríamos entonces la esperanza de descubrir 
más fácilmente lo que buscamos. —Seguramente. 
— ¿Quieres, entonces, que empecemos? No es pe- 
queña empresa la que acometemos. Delibera. 
—Nuestra decisión está tomada, haz lo que acabas 
de decir. 

— ¿No nace la sociedad de la impotencia en 
que de bastarse a sí mismo se encuentra cada 
hombre, y de la necesidad que siente de muchas 
cosas? ¿Tiene alguna otra causa su origen? -Nin- 
guna otra sino ésa. —Así como quiera que la nece- 
sidad de una cosa moviese a un hombre a unirse a 
otro, y otra necesidad a otro hombre, la multi- 
plicidad de esas necesidades ha reunido en un mis- 
mo lugar a diversos hombres, con la mira de ayu- 
darse unos a otros, y hemos dado a esa sociedad 
el nombre de Estado. ¿No es eso? -Sí. —Pero al 
dar a otro parte de lo que uno tiene, para recibir 
de ese otro aquello de que uno carece, ¿no obra 
uno así por creer que encontrará provecho en ello? 
—Sin duda. —Construyamos, pues, con el pen- 
samiento, un Estado. Sus fundamentos estarán 
constituidos, evidentemente, por nuestras necesi- 
dades. Ahora bien: la primera y más grande de 
ellas, ¿No es la nutrición, de que depende la con- 



servación de nuestro ser y de nuestra vida? —Sí. 
—La segunda necesidad es la de la casa; la tercera, 
la del vestido. -Verdad es. -¿Y cómo podrá abas- 
tar nuestro Estado a sus necesidades? ¿No hará 
falta, para ello, que uno sea labrador, otro arqui- 
tecto, otro tejedor? ¿Añadiremos a ésto un zapa- 
tero, o algún otro artesano semejante? -Sea en 
buen hora. —Todo Estado se compone, pues, esen- 
cialmente, de cuatro o cinco personas. —Así pa- 
rece. —Pero ¿es preciso que cada uno ejerza para 
todos los demás el oficio que le es propio; que el 
labrador, por ejemplo, prepare de comer para cua- 
tro, y que, por consiguiente, emplee el cuadruplo 
de tiempo y de trabajo, o no sería mejor que, sin 
cuidarse de los demás, emplease la cuarta parte del 
tiempo en preparar su alimentación, y las tres par- 
tes restantes en construirse una casa, en hacerse 
vestidos y calzado? -Me parece, Sócrates, que le re- 
sultaría más cómoda la primera manera. —No 
me extraña, toda vez que, mientras tú me respon- 
días, estaba pensando yo que no nacemos todos 
con idénticas aptitudes, y que unos tienen más 
disposición para hacer una cosa, y otros para hacer 
otra. ¿Qué te parece de esto? -Soy de tu misma 
opinión. —¿Irían mejor las cosas si uno solo hicie- 
se varios oficios, o convendría más que cada cual se 
limitase al suyo propio? —Lo mejor sería que cada 
cual se limitase a su oficio. —Pues también me pa- 
rece evidente que cuando una cosa es hecha fuera 
de sazón, sale mal -Evidente es eso. —Porque la 
obra no aguarda a la comodidad del obrero, sino 
que el obrero ha de someterse a las exigencias de 
la obra. —Desde luego. -De donde se sigue que se 
producen más obras, y que éstas se hacen mejor y 
más fácilmente cuando cada uno hace aquella pa- 
ra la cual es apto, en la oportuna sazón, y sin cui- 
dado alguno de ningún otro género. —Evidente- 
mente. 

-Requiérense, pues, más de cuatro ciudada- 
nos para las necesidades de que acabamos de ha- 
blar. En efecto, si queremos que todo marche 
bien, el labrador no deberá fabricar por sí mismo 
su arado, su azada. Otro tanto ocurrirá con el 
arquitecto, que necesita multitud de instrumentos, 
y con el zapatero y el tejedor; ¿no es así? -Sí, por 
cierto. -Ahí están, pues, los carpinteros, los herre- 
ros y los demás obreros de la misma clase, que van 
a entrar en nuestro minúsculo Estado, y ampliarlo. 
—Indudablemente. —En muy poco aumentará con 
que le añadamos pastores y zagales de todas clases, 
con el fin de que el labrador tenga bueyes con qué 
labrar las tierras, y el arquitecto bestias de carga pa- 
ra transportar los materiales, y que el zapatero y 
el tejedor tengan pieles y lanas. -Un Estado en 
que se encuentre tanu gente ya no será un peque- 
ño Estado. 



PLATÓN 



—Pues no es eso todo. Punto menos que inri- 
posible resulta para el Estado hallar un lugar de 
donde pueda sacar todo lo necesario para su sub- 
sistencia. —Imposible es eso, en efecto. —Nues- 
tro Estado necesitará aún, por tanto, más perso- 
nas que vayan a buscar en los vecinos Estados aque- 
llo que a él le falta. En efecto. -Pero esas perso- 
nas volverán con las manos vacías, como no lleven, 
en cambio, a esos Estados, aquello que éstos, a su 
vez, necesiten. -Toda las trazas son de eso. -No 
bastará, pues, con que cada uno trabaje para el Es- 
tado, sino que además, será preciso que trabaje 
para satisfacer las necesidades de los extrajeros. 
—Verdad es. Nuestro Estado necesitará, por con- 
siguiente, de un mayor número de labradores y 
otros obreros. —Sin duda. -Necesitaremos, ade-' 
más, gentes que tomen a su cargo la importación 
de los diversos objetos de cambio. Esas gentes son 
las que llamamos comerciantes. ¿No es asi'? —En 
efecto. —¿Necesitaremos, por tanto, comercian- 
tes? —Sí. -Y si ese comercio se lleva a cabo por vía 
marítima, tendremos todo un mundo de personas 
necesarias para la navegación. —Cierto. —Pero, 
dentro del mismo Estado, ¿cómo se darán parte 
unos ciudadanos a otros del fruto de su trabajo? 
Porque ésa es la razón primaria que les ha llevado 
a vivir en sociedad. - Será, evidentemente, por me- 
dio de la venta y de la compra. —Según eso, nece- 
sitaremos, además, un mercado y una moneda, sig- 
no del valor de los objetos cambiados. —Indudable- 
mente. 

—Pero si el labrador, y quien dice el labrador, 
dice cualquier otro artesano, al llevar a vender al 
mercado lo que tenga que vender, no ha escogido 
precisamente la sazón en que los otros necesiten 
de su mercancía, ¿no sufrirá interrupción conse- 
cuentemente, su trabajo durante ese tiempo, y ha- 
brá de permanecer ocioso él en el mercado, espe- 
rando a los compradores? -Nada de eso. No fal- 
tan gentes que se encarguen de obviar ese incon- 
veniente, y en las ciudades debidamente organi- 
zadas esas gentes suelen ser comúnmente aquellas 
personas débiles de cuerpo y poco aptas para de- 
sempeñar otros empleos. Su estado o profesión 
consiste en permanecer en el mercado y com- 
prar a unos lo que a vender llevan, para revender- 
lo luego a otros. —Es decir, que nuestra ciudad no 
podrá pasarse sin mercaderes. ¿No es ése el nonv 
bre que suele darse a aquellos que, permaneciendo 
en el mismo punto, no hacen otro oficio que el de 
comprar y vender, reservando el dictado de trafi- 
cantes para aquellos otros que viajan de Estado en 
Estado? —Sí. —Pues aún hay, si no no me engaño, 
otras gentes que no prestan grandes servicios a la 
sociedad con su espíritu, pero cuyo cuerpo es ro- 



busto y capaz de grandes trabajos. Trafican, por 
tanto, con las fuerzas de su cuerpo, y llaman sala- 
rio al dinero que de ese tráfico obtienen; de donde 
les viene, a lo que entiendo, el nombre de merce- 
narios o asalariados. ¿No es así? —Así es. —¿Ayu- 
dan, según eso, a completar el Estado? -Sin duda. 

—Y dime ahora, Adimante. ¿es suficiente- 
mente grande nuestro Estado, y podemos consi- 
derarlo como perfecto? —Quizá sí. —¿Dónde po- 
dremos encontrar en él la justicia y la injusticia? 
¿Dónde crees que nazcan, entre todos esos di- 
versos elementos? —No lo veo, Sócrates, a menos 
que sea en las relaciones mutuas que nacen de las 
diferentes necesidades de los ciudadanos. —Pue- 
de que hayas dado justamente en el clavo: vea- 
mos, y no desmayemos. Empecemos por lanzar 
una ojeada sobre la vida que habrán de llevar los 
habitantes de ese Estado. Su primer cuidado con- 
sistirá en procurarse carne, vino, vestiduras, cal- 
zado, lugar en que alojarse. Durante el verano 
trabajarán medio desnudos y sin calzado; en el 
invierno, bien vestidos y bien calzados. Su ali- 
mento se compondrá de harina de cebada y de tri- 
go candeal, con que harán panes y tortas que les se- 
rán servidos sobre paja o en hojas bien limpias; 
ellos y sus hijos comerán tendidos en lechos de 
verdura, de tejo y de mirto; beberán vino, corona- 
dos de flores, entonando alabanzas en honor de los 
dioses, y pasarán juntos la vida agradablemente; 
por otra parte, proporcionarán a su hacienda el 
número de sus hijos, para evitar las incomodida- 
des de la pobreza o de la guerra. 

—Me parece —interrumpió Glaucón— que no 
les das nada de comer para con el pan. —Razón tie- 
nes -le dije—, había olvidado que tendrán, a más 
de eso, sal, aceitunas, queso, cebollas, y las demás 
legumbres que la tierra produce. Ni siquiera pienso 
privarles de postre. Tendrán higos, guisantes y ha- 
bas, y, además, bayas de mirto y fabucos, que tos- 
tarán al fuego y comerán bebiendo moderada- 
mente. Llegarán, así, llenos de alegría y salud, a ex- 
trema vejez, y dejarán a sus hijos por herederos de 
su ventura. —Si formases un Estado de puercos, 
¿los alimentarías de otra manera? —exclamó a esto 
Glaucón-. -¿Pues qué he de hacer, si no, mi que- 
rido Glaucón? —Lo que suele hacerse. Si quieres 
que se hallen a gusto, hazles que coman en mesa, 
tendidos en lechos y sírveles aquellos manjares 
que hoy se usan. —Perfectamente. Ya entiendo. No 
es sólo que busquemos el origen de un Estado, sino 
el de un Estado que rebose delicias. —Acaso no ha- 
gamos mal en ello. Podremos descubrir en ese Es- 
tado por dónde se introducen en la sociedad la jus- 
ticia y la injusticia. Sea de ello lo que quiera, el ver- 



LA REPÚBLICA 



dadero Estado, el Estado sano, es aquel que acaba- 
mos de describir. Si quieres que ahora concedamos 
una ojeada al Estado enfermo y lleno de humores, 
nada hay que nos lo impida, según todas las trazas, 
muchos no quedarán satisfechos con el género de 
vida sencilla que les hemos prescrito. Añadirán 
a ella lechos, mesas, géneros de todas clases, guisos, 
perfumes, aromas, cortesanas, golosinas de todos 
géneros y en profusión. Ya no bastarán con incluir 
en el rango de las cosas necesarias aquellas de que 
hace un instante hablábamos: una morada, vesti- 
mentas, calzado. Desde este instante van a apare- 
cer la pintura y todas las artes, hijas del lujo. Hace 
falta tener oro, marfil, materias preciosas de todas 
clases. ¿No es asi'? -Sin duda. -El Estado sano de 
que primeramente hablé, va a resultar demasiado 
chico. Habrá que ensancharlo y dar cabida en él a 
multitud de gente que el lujo, y no la necesidad, ha 
introducido en ios Estados, como son los cazado- 
res de toda clase, y aquellas otras cuyo arte consis- 
te en la imitación, bien por medio de figuras, o ya 
de colores, o bien valiéndose de sonidos; a más de 
éstos, los poetas, con todo su séquito, los rapso- 
das, los actores, los bailarines, los empresarios de 
teatro, los obreros de todas clases, sobre todo aque- 
llos que trabajan para las mujeres. Introduciremos, 
asimismo, en el Estado, ayos y ayas, nodrizas, pe- 
luqueros, bañeros, figoneros, cocineros, e incluso 
porqueros. Para nada necesitábamos toda esa ré- 
coba en nuestro primitivo Estado; pero ¿cómo pa- 
sarnos en este nuevo sin ella, asi' como sin todas 
las especies de animales que a cada cual se le 
antoje comer? —¿Cómo pasarse sin ellas, en efec- 
to? -Pero es el caso que, con semejante vida, los 
médicos, de que apenas si antes nacesitábamos, ¿no 
pasan a sernos imprescindibles? —Convengo en ello. 
-Y la tierra que antes bastaba para el sustento de 
sus habitantes, ¿no será desde ahora demasiado 
chica? —Verdad es. —Por consiguiente, si quere- 
mos tener pastos y tierra labrantía bastantes, ha- 
bremos de arrebatárselos a nuestros vecinos, y éstos 
harán otro tanto respecto de nosotros si', excedien- 
do de los limites de lo necesario, se entregan, como 
nosotros, ai deseo insaciable de tener. —No podría 
ser de otro modo, Sócrates. —¿Nos lanzaremos, por 
ende, después de esto, Glaucón, a la guerra? Por- 
que, ¿qué otro partido podríamos adoptar? —Gue- 
rrearemos. 

-No hablemos todavía de los bienes ni de los 
males que la guerra trac consigo. Digamos tan sólo 
que hemos descubierto el origen de ese azote, tan 
funesto para los Estados y para los particulares. 
-Perfectamente. -Tenemos que hallar espacio aho- 
ra, en nuestro Estado, para un ejército numeroso 
que pueda ir al encuentro del enemigo y defender 



al Estado, con todo lo que éste posee, contra las 
invasiones de ese enemigo. —¿Pues, qué: no podrán 
los mismos ciudadanos atacar y defenderse? -No, 
si es cierto el principio en que ' emos convenido al 
trazar el plan del Estado. Convenimos, si bien re- 
cuerdas, en que era imposible que un solo hombre 
hiciese varios oficios a la vez. -Verdad dices. 
— ¿No crees* que sea un oficio como otro cual- 
quiera el de la guerra? -Desde luego. -¿Crees 
que el Estado tenga más necesidad de un buen 
zapatero que de un buen guerrero? —¡En modo 
alguno! -No hemos querido que el zapatero fuese 
al mismo tiempo labrador, tejedor o arquitecto, 
sino únicamente zapatero, pero que hiciese mejor 
su oficio. Análogamente hemos aplicado a los de- 
más cada cual aquello que es propio de él, sin per- 
mitirle entremeterse en oficios ajenos, ni tener en 
toda su vida otro objeto que la perfección de su 
propio oficio. ¿Crees que el oficio de la guerra no 
sea de la mayor importancia, o que sea tan fácil de 
aprender que un labrador, un zapatero o cualquier 
otro artesano pueda ser al mismo tiempo guerrero? 
iCómo! No es posible ser buen jugador de dados o 
de taba como no se aplique uno a esos juegos desde 
su infancia ni juegue a ellos más que a intervalos. 
¿Y ha de ser suficiente embrazar un escudo o em- 
puñar un arma cualquiera para convertirse, sin más 
ni más, en buen soldado, cuando en vano sería 
tomar los útiles de cualquier otro arte, que jamás 
se lograría con ello ser artesano ni atleta, ni servi- 
ría de nada, a menos de tener exacto conocimien- 
to de los principios propios de cada arte, y de ha- 
berse ejercitado largamente en ellos? -Si así fuera 
todo el mérito de un artesano residiría en los ins- 
trumentos de su arte. 

Así, cuanto más importante es el oficio de 
esos guardianes del Estado, mayor cuidado han de 
poner éstos en él, más estudio y ocios habrán de 
consagrarle. —Eso mismo creo. —¿No serán preci- 
sas, además, disposiciones naturales para desem- 
peñar bien ese empleo? —Sin duda. —A nosotros 
incumbe, pues, si podemos escoger, entre los diver- 
sos caracteres, cuáles serán más aptos para la cus- 
todia de un Estado. —A nosotros compete, en efec- 
to, esa selección. — ¡A ft que nos hemos encargado 
de una cosa bien difícil! No perdamos ánimo, em- 
pero, ya vayamos tan adelante como nos lo permi- 
tan nuestras fuerzas. —No hay que desmayar. 
-¿No hallas ningún parecido entre las cualidades 
de un guerrero joven y las de un perro bravo? 
- ¿Qué quieres decir con eso? -Quiero decir que 
uno y otro han de tener fino el sentido para des- 
cubrir al enemigo, rapidez para perseguirle, fuerza 
para luchar con él cuando lo hayan alcanzado. 
-Cierto es. -Y, además, valor para combatir con 



PLATÓN 



coraje contra él, -Indiscutiblemente. -Pero ¿es 
que un caballo, un perro, o cualquier otro animal, 
puede ser valeroso si no se halla sujeto a la cólera? 
¿No han observado que la cólera es una cosa indo- 
mable, y que torna al alma intrépida e incapaz de 
ceder ante el peligro? -Si' que lo he observado. 
— Pues ésas son las cualidades corporales que ha de 
poseer un guardián del Estado. Y, por lo que al 
alma atañe, proclividad hacia la cólera. —En efec- 
to. — Pero, dime, mi querido Glaucón, si son tales 
cuales acabamos de pintarlos, ¿No serán feroces en- 
>tresi' y respecto de los demás ciudadanos? —Difí- 
cil será que no lo sean. —Pues, con todo, es necesa- 
rio que con sus amigos sean blandos de ánimo, y 
que reserven toda su ferocidad p^ra con los enemi- 
gos; de lo contrario, no hará falta que venga nadie 
a atacarles, porque no tardarán en destruirse unos a 
otros. —Ciertamente. -¿Qué hacer, entonces? 
¿Dónde encontraremos un carácter que no sea a 
la vez blando y propenso a la cólera? Parece que 
una de estas dos cualidades destruya a la otra, y, 
con todo, mal podrá ser buen guardián aquel a 
quien falte una de entrambas; poseerlas simultánea- 
mente es cosa imposible, de donde podemos con- 
cluir que en parte alguna encontraremos un buen 
guardián. -Asi' parece. 

—Después de haber titubeado algunos instan- 
tes y reflexionado sobre lo que antes habíamos 
dicho? "Mi querido amigo —dijo a Glaucón—, si 
nos hallamos perplejos, merecido lo tenemos, 
por habernos desviado del ejemplo que primitiva- 
mente escogimos. —¿Cómo así? —No hemos caído 
en que efectivamente se encuentran esos caracte- 
res, que hemos tachado de quiméricos, y en los 
cuales se dan esas dos opuestas cualidades. —¿Dón- 
de están? —Pueden observarse en diferentes anima- 
les, y sobre todo en el que tomamos como ejemplo. 
Ya sabes que el carácter propio de los perros de 
buena casta consiste en ser dulces para con aque- 
llos a quienes conocen, y malos con aquellos a 
quienes no conocen. —No lo ignoro. —La cosa es, 
por tanto, posible; y al desear un guardián dotado 
de ese carácter no pedimos nada que vaya contra la 
naturaleza. —Cierto que no. ¿-No te parece que 
todavía le falta algo a nuestro guardián, y que 
aparte del valor es preciso que sea naturalmente fi- 
lósofo? — ¿Cómo así? No lo entiendo. —Fácil es 
de observar ese instinto en el perro, y es muy dig- 
no de nuestra admiración. —¿Qué instinto? -El 
de aullar contra aquellos a quienes no conoce, aun- 
que ningún daño haya recibido de ellos, y halagar 
a aquellos a quien conoce, aunque no le hayan he- 
cho ningún bien. ¿No has admirado ese instinto 
en el perro? —No he puesto mucha atención en ello 
hasta ahora; pero la cosa es tal como dices, -y en 



eso muestra el animal una condición dichosa y real- 
mente filosófica. —¿En qué, quieres explicarme? 
— En que no distingue al amigo del enemigo sino 
porque conoce al uno y al otro no. ¿Cómo no ha 
de estar ávido de aprender, si la norma por que se 
guía para distinguir al amigo del extranjero es que 
conoce al uno y no conoce al otro? —No es posible 
de otra manera. -¿Y la condición del que está 
ávido de aprender, no es la misma condición filo- 
sófica? —Sí. —Digamos, pues, con confianza del 
hombre que, para que sea blando con aquellos a 
quienes conoce y que son sus amigos, es preciso 
que esté dotado de un carácter filosófico y ávido 
de conocimientos. —Sea. —Y que por consiguiente, 
un excelente guardián del Estado habrá de poseer 
en patrimonio a más del coraje, la fuerza y la lige- 
reza, la filosofía. —Consiento en ello. 

—Tal será, por tanto, el carácter de nuestros 
guerreros. Mas ¿de qué manera formaremos su es- 
píritu y su cuerpo? Examinemos antes si esa bús- 
queda puede conducirnos al objeto de esta con- 
versación, que consiste en conocer cómo puede ori- 
ginarse en la sociedad la justicia y la injusticia, a 
fin de no descuidar la tai búsqueda, si puede ser- 
virnos de algo, u omitirla si resulta que es inútil. 
—Pienso -terció el hermano de Glaucón— que 
esa búsqueda que dices ha de contribuir podero- 
samente al descubrimiento de lo que tratamos de 
escudriñar. —Procedamos, pues, a ese examen, mi 
querido Adimante, por prolijo que pueda ser. 

— Procedamos a él. --Formemos a nuestros 
guerreros a nuestro arbitrio y por vía de conver- 
sación. — Me parece bien. —¿Qué educación con- 
viene que les demos? Difícil es, a mi parecer, dar- 
les otra mejor que la que desde hace mucho se usa 
entre nosotros, y que consiste en formar el cuer- 
po mediante la gimnástica, y el alma por medio 
de la música. - Difícil es, en efecto, hallar otra 
mejor. -¿Empezaríamos su educación con la mú- 
sica, más bien que con la gimnástica? -Sin duda. 
--¿No constituyen los discursos, al parecer, parte 
de la música? —Sí. — ¿Y no los hay de dos géneros: 
verdaderos unos, otros mentirosos? -Sí. -Entra- 
rán igualmente en nuestro plan de educación em- 
pezando por los discursos mentirosos. 

-No se me alcanza tu pensamiento. - ¡Có- 
mo! ¿Ignoras, por ventura, que lo primero que se 
hace con los niños es contarles fábulas? Ahora bien, 
aunque a veces se encuentre una parte de verdad en 
las fábulas, no son éstas, por lo común, otra cosa 
que un tejido de mentiras, con las cuales se divier- 
te a los niños hasta el momento en que se les man- 
da al gimnasio. -Verdad es. -Por eso he dicho que 



LA REPÚBLICA 



debe iniciarse su educación con la música. -Tienes 
razón. -Tampoco ignoras que todo depende de los 
principios, particularmente en lo que se refiere a 
los niños, porque en esa edad, el alma, tierna toda- 
vía, recibe fácilmente todas las impresiones que 
quieran dársele. —Nada más cierto. —¿Permitire- 
mos, pues, que el primero que se presente refiera 
indiferentemente a los niños todo género de fábu- 
las, y que el alma infantil reciba de esas fábulas, 
impresiones, las más de las veces contrarias a las 
ideas que queremos que tengan en edad más avan- 
zada? -No puede tolerarse semejante cosa. 

—Empecemos, pues, antes que nada, por velar 
sobre los autores de fábulas. Escojamos aquellas 
que sean convenientes, y rechacemos las demás. 
Induciremos luego a las nodrizas y a las madres a 
que diviertan con ellas a los niños, y a que formen 
asi' sus almas con mayor ciudado todavía del que 
ponen en formar sus cuerpos. En cuanto a las fá- 
bulas que hoy se les cuentan, deben ser rechaza- 
das en su mayor parte. —•Qué fábulas? -juzgare- 
mos de las pequeñas por las grandes, puesto que 
todas ellas deben ser hechas sobre el mismo modelo 
y tender al mismo fin. ¿No es cierto? -Sí, pero no 
veo cuáles sean las grandes fábulas a que te refieres. 

—Las que nos han contado Hesíodo, Homero 
y los demás poetas; porque los poetas, así los de 
ahora como los del pasado, no tienen otro oficio 
que el de divertir con sus fábulas al género huma- 
no. — Pero ¿a qué fábulas al género humano. —Pe- 
ro ¿a qué fábulas aludes -digo-, y que es lo que 
en ellas censuras? -Censuro aquello que en efec- 
to y sobe todo merece ser reprobado en esa clase 
de mentiras corruptoras. -¿Qué quieres decir? 
-Quiero decir que nos presentan a los dioses y a 
los héroes de otra manera que como ellos son, 
como cuando un pintor pinta retratos que no se 
parecen a sus originales. -Convengo en que eso es 
digno de reproche; pero ¿en qué conviene esa cen- 
sura a los poetas? —No es, ante todo, un embuste 
de los más enormes y graves el de Hesíodo^ acerca 
de los actos que cuentan de Urano, de la venganza 
que de éste tomó Saturno, y de los malos trata- 
mientos de que éste hizo objeto a Zeus, y que a su 
vez recibió de él? Aun cuando todo ello fuese cier- 
to, no son cosas que puedan decirse ante un niño 
desprovisto de razón: hay que sepultarlas en el 
silencio o, si es preciso hablar de ellas, debe hacer- 
se exclusivamente en secreto y ante escasísimo nú- 
mero de oyentes, con expresa prohibición de re- 
velar nada de ello, y después de haber hecho inmo- 
lar, no un puerco, sino una víctima* preciosa y 
rara, con el fin de restringir todavía más el núme- 
ro de iniciados. —Sin duda, porque semejantes na- 



rraciones son peligrosas. —Así no deben ser jamás 
oídas en nuestro Estado. No quiero que se diga en 
presencia de un niño que, cometiendo los mayores 
crímenes, incluso con vengar cruelmente en su 
propio padre las injurias de éste recibidas, nada 
haría que fuese extraordinario, ni cosa de que no 
le hubiesen dado ejemplo los primeros y más gran- 
des de los dioses. —Tampoco a mí me parece, por 
Zeus, que esté bien decir tales cosas. —Y si quere- 
mos que los defensores de nuestra república de- 
testen las disensiones y discordias, no les hablare- 
mos de los combates de los dioses, ni de los lazos 
que se tendían unos a otros; así como así, nada de 
eso es cierto. Menos aún les haremos conocer, ni 
con relatos ni en pinturas o tapices, las guerras de 
los gigantes y tantas clases de querellas como los 
dioses y los héroes han tenido con sus parientes y 
amigos si es nuestro propósito convencerles de que 
jamás reinó la discordia entre los ciudadanos de 
una misma república, y que no puede reinar entre 
ellos sin gimen obliguemos a los poetas a que no 
compongan nada, y a los ancianos de entrambos 
sexos, a que no cuenten a los niños nada que tien- 
da a e ese fin. Que jamás se oiga decir entre noso- 
tros que Hera ha sido encadenada por su propio 
hijo ni Hefestos precipitado del cielo por su padre, 
por haber querido auxiliar a su madre cuando aquél 
la golpeaba;' ni referir todos esos combates de dio- 
ses, inventados por Homero, haga o no alegorías 
ocultas bajo esas narraciones; porque un niño se en- 
cuentra en condiciones de discernir lo alegórico de 
lo que no lo es, y todo lo que a esa edad se impri- 
ma en el espíritu, deja en él huellas que el tiempo 
no puede borrar. Por eso es de primordial impor- 
tancia que los primeros discursos que el niño oiga 
sean adecuados para encaminarle hacia la virtud. 

-Sensatísmo es lo que dices; mas si nos pre- 
guntasen qué fábulas son las que deban hacerse, 
¿qué responderíamos? -Ni tú ni yo somos poetas. 
Adimante. fundamos una república, y en calidad 
de tales fundadores nos incumbe conocer con 
arreglo a qué modelo deben componer sus fábulas 
los poetas, y unir a ese modelo prohibición de apar- 
tarse nunca de el; mas no es cosa que nos corres- 
ponda a nosotros componer esas fábulas. -Tienes 
razón; pero, dime, ¿qué deben enseñarnos esas 
fábulas tocante a la divinidad? -Ante todo, es pre- 
ciso que los poetas nos presenten por doquiera a 



3 Heifodo, Teogonia, v. 154 y slgs. vMSy sigs. 

4 Alusión a los misterios de Eleusls. Antes de ;er Iniciado 
en diot. haciendo que imolan a un cerdo. 

5 Ufada, 5. 7. v. 595. 



10 



PLATÓN 



Dios tal cual es, sea en la epopeya, sea en la oda, 
sea en la tragedia. —Sin duda. -Pero ¿no es Dios 
esencialmente bueno, y debe hablarse nunca de él 
de otra manera? ¿Quién lo duda? —¿Nada de 
lo que es bueno propende a hacer daño? -Nada. 
—Lo que no propende a hacer daño, no sabría, en 
efecto, perjudicar. —Nunca. —Ni hacer daño. —No. 
—Ni ser causa de mal alguno. —No. )Lo que es bue- 
no, ¿no es bienhechor? —Si'. —¿Es, por consi- 
guiente, causa de que se obre el bien? —Sí. —Según 
eso, aquello que es bueno no es causa de todas las 
cosas; es causa del bien, pero no del mal. —Cierta- 
mente. -Asi', Dios, al ser esencialmente bueno, no 
es causa de todas las cosas como suele decir co- 
múnmente. Y si los bienes y los males están repar- 
tidos entre los hombres de tal suerte que el mal es 
lo que predomina. Dios sólo es causa de una pe- 
queña parte de cuanto acontece a los hombres, y 
no lo es todo lo demás. Solaníente los bienes 
deben atribuírsele, en cuanto a los males hay que 
buscarles otra causa que no sea Dios. —Nada más 
cierto que lo que dices. 

—No hay que conceder, por tanto, crédito 
a Homero, ni a ningún otro poeta suficientemente 
insensato para blasfemar contra los dioses y para 
decir que: 

Fn los umbrales del palacio Je Júpiter - 
hay dos toneles de dones que el dios reparte." 

que si Júpiter toma del uno y del otro para un 
mortal. 

Su vida está mezclada de días buenos y malos:^ 

pero que si solamente loma el segundo; 

Una gran hambre le persigue sobre la 
divina tierra * 

Tampoco hay que creer que 

Júpiter es el conocedor de los e témales 

decretos * 

se los da mezclados. 

Asimismo, si alguien dice que Pandaro vio- 
ló los juramentos y rompió la tregua'" por ins- 
tigación de Júpiter y de Minerva, nos guardare- 
mos muy mucho de aprobarlo. Otro tanto ocurri- 
rá con la querella de los dioses apaciguada por 
Témis y por Júpiter,' ' y con estos versos de 
Esquilo, que no toleraremos que sean dichos de- 
lante de nuestra juventud: 



Cuando Dios quiere destruir a una familia de 
punta a cabo. Hace nacer la ocasión de 

castigarla. ' ^ 

Y si alguien compone una tragedia sobre las 
desventuras de Niobe, de los Pelópidas o de Troya, 
no- le dejaremos decir que esas calamidades no son 
obra de Dios, sino que, aproximadamente, como 
decimos, no ha hecho en ello nada que no fuese 
justo y bueno, y que ese castigo redundó en bene- 
ficio de aquellos que lo recibieron. Lo que no 
hay que dejar decir a ningún poeta es que aquellos 
a quienes Dios castiga son desdichados; digan en 
buen hora que los malvados son dignos de com- 
pasión porque necesitan ser castigados, y que las 
penas que Dios les manda son un bien para ellos. 
Mas cuando en presencia nuestra se diga que Dios, 
que es bueno, ha causado daño a alguien, nos 
opondremos a ello con todas nuestras fuerzas, si 
queremos que nuestra república esté bien ordena- 
da, y no permitiremos que ni los viejos ni a los 
jóvenes que digan u oigan semejantes frases, sea en 
verso, sea en prosa, porque son injuriosas para 
Dios, perjudiciales para el Estado, y porque se des- 
truyen a sí mismas. —Esa ley me place 
sobremanera, y apruebo gustoso su establecimien- 
to. —Así, nuestra primera ley y nuestra regla pri- 
mera tocante a los dioses será obligar a los ciu- 
dadanos que reconozcan, , de viva voz o en sus 
escritos, que Dios no es autor de todas las cosas, 
sino únicamente de las buenas. -Basta con eso. 
— ¿Qué me dices de esa segunda ley? ¿Debemos 
considerar a Dios como a un encantador que se 
complace en adoptar mil diferentes formas, y que 
tan pronto se aparece bajo una figura extraña, 
como nos produce la ilusión, afectando a nuestros 
sentidos, de hallarse realmente presente? ¿No es 
más bien un ser simple, y el menos capaz de cam- 
biar de forma de todos los seres? -No sé qué te 
responda, así, de momento. -Responderás, cuan- 
do menos, a esto. Cuando alguien deja su forma 
natural, ¿no es forzoso que ese cambio proven- 
ga de él mismo o de otro? ¿Sí. -Más las cosas me- 
jor constituidas son, a la par, las que se hallan me- 
nos sujetas al cambio por parte de las causas ex- 
trañas, así, por ejemplo, los cuerpos más sanos y 
robustos son los que menos padecen por el alimen- 



6 llUd». C XXIV. V. 521 

7 Ibid.C. XXIV. V. 527. 
a lbid..a XXIV. i: 531. 
9 lb(d.,C XXIV, i: 88. 

10 \bí<i., C. IV, V. 8 5- 1 26. 

11 lbíd.,C. XX, V. 1-30. 

12 Vid. Wvllrnhach, wbre Plutarco, I. I.póg. 134 y sijs. 



LA REPÚBLICA 



11 



to y el trabajo. Lo mismo ocurre con las plantas 
respecto de los vientos, del ardor del sol y de los 
demás rigores de las estaciones. —Cierto es, —¿No 
es igualmente el alma tanto menos turbada y alte- 
rada por los accidentes externos cuando más vale- 
rosa y sentada es? —Si'. Por la misma razón, las 
obras de mano de hombre, como son los edificios 
y vestimentas, resisten al tiempo y a todo cuan- 
to puede destruirlos, en proporción a lo bien 
hechos y fabricados con buenos materiales que es- 
tén. —Sin duda. -En general, pues, todo aquello 
que es perfecto, ya deba su perfección a la natura- 
leza, ya al arte, ya a entrambos, está muy poco su- 
jeto al cambio por parte de una causa extraña. 
—Así debe ser. —Pero Dios, y todo lo que a su na- 
turaleza pertenece, es perfecto. —Sí. —Por tanto, 
si lo consideramos desde este aspecto, en modo al- 
guno será susceptible de recibir diversas formas. 
—Desde luego que no. —¿Cambiará, entonces, por 
sí mismo? —Es evidente que, de producirse cual- 
quier cambio en Dios, no podría provenir de nin- 
guna parte que de él mismo. —Y ese cambio, ¿se- 
ría en mejor o en peor? —Por fuerza habría de ser 
en mal, puesto que no podemos decir de Dios que le 
falte ningún grado de belleza ni de virtud. -Bien 
dices. Y, teniendo eso en cuenta, ¿crees, Adimante, 
que nadie, sea hombre o dios, tome de sí mismo 
una forma menos bella que la suya propia? —Eso 
es imposible. -Imposible es, por tanto, que Dios 
quiera cambiarse. Y cada uno de los dioses, bellí- 
simo y buenísimo por su naturaleza misma, conser- 
va siempre aquella forma que le es propia. —Me 
parece que no puede ser de otra manera. 

-Que a ningún poeta se le ocurra, entonces, 
decir que: 

Haciéndose semejantes a 
huéspedes de otros países, y tomando toda clase 
de figuras, recorren las ciudades, ' ^ 

ni contarnos embustes a cuenta de las metamorfo- 
sis de Proteo'* y de Tetis." Que no nos repre- 
senten, sea en la tragedia, sea en cualquier otro 
poema, a Juno en figura de sacerdotisa. 



Pidiendo para los bienhechores hijos del 

[rio Inaco, ' ' 

ni nos digan ninguna falsedad de esa índole. Que 
las madres, imbuidas de esas ficciones poéticas, no 
asusten a sus hijos haciéndoles creer fuera de ra- 
zón que los dioses andan de noche por todas 
partes, disfrazados de viajeros y de vagabundos, 
porque eso equivale a blasfemar de los dioses y a 
hacer a los niño tímidos y cobardes. —Preciso es 



que se guarden muy mucho de hacer semejante 
cosa. 

—Pero ¿no podrán los dioses, ya que no cam- 
biar de figura, señorear nuestros sentidos, cuando 
menos, y hacernos creer en esos cambios por me- 
dio de hechizos y encantamientos? —Bien pudie- 
ra ser como dices. —Puede un dios resolverse a 
mentir con palabras o a engañar con actos presen- 
tándonos un fantasma en lugar suyo? —Nada sé 
de eso. — iCómo! ¿No sabes que la verdadera 
mentira, si cabe expresarse en tales términos, es por 
igual detestada de hombres y dioses? —¿Qué en- 
tiendes por eso? —Entiendo que nadie quiere dar 
cabida a la mentira en la parte más noble de sí 
mismo, sobre todo en aquello que se refiere a las 
cosas de mayor importancia; mientras que, por el 
contrario, no hay cosa a que más se tema que a 
ésa. —Aún no acabo de comprenderte. —Pues creo 
que lo que digo es obvio. Digo que nadie quiere 
ser engañado ni haber sido engañado en su alma 
tocante a la naturaleza de las cosas, y que no hay 
cosa que temamos ni que detestemos tanto como 
alojar en nosotros mismos la mentira tocante a eso. 
—Lo creo. —La mentira es, pues, para hablar pro- 
piamente, la ignorancia que afecta al alma de aquel 
que es engañado; porque la mentira en las palabras 
no es sino expresión del sentimiento que el alma 
experimenta. No es una mentira pura, sino un fan- 
tasma nacido a consecuencia del error. ¿No es así? 
—Sí, por cierto. —¿La verdadera mentira es, por 
tanto, igualmente detestada de los hombres que 
los dioses? —Tal creo. 

¿Pues no hay circunstancias en que la men- 
tira en las palabras pierden todo lo que tiene de 
odioso, porque se convierte en útil? iNo tiene uti- 
lidad cuando alguien se sirve de ella para, por 
ejemplo, engañar a un enemigo, o incluso a un 
amigo a quien impulsan el furor o la demencia a 
alguna acción mala en sí, pasando a ser entonces 
la mentira un remedio que se emplea para apartar 
al amigo de su propósito? Y en la misma poesía, 
¿no nos autoriza la ignorancia en que nos halla- 
mos respecto de los hechos antiguos a recurrir 
a la mentira, que hacemos útil al asignarle los co- 
lores que más se acercan a la verdad? —Cierto es. 
—Pero ¿por cuál de esas razones podría ser útil 
a Dios la mentira, que hacemos útil al asignarle 
los colores que más se acercan a la verdad? -Cier- 



13 Odiiea, R. XVII, v. 487. 

14 Vid, Wyttenbach, sobre Plutarco, t I, pógs. 134 y sígí 

15 ñmdoro, Nem, ///, 60. 

16 Inaco, drama satírico, atribuido por unos a Sófocles, y 
a Esquilo o a Eurípides por otros. 



12 



PLATÓN 



to es. —Pero ¿por cuál de esas razones podría ser 
útil a Dios la mentira? -La ignorancia de lo que ha 
ocurrido en remotos tiempos, ¿puede obligarle 
a disfrazar la mentira con colores de verosimili- 
tud? — Ridrculo sería decir tal cosa. —¿No es Dios, 
entonces, un poeta embustero? —No. —¿Mentirá 
por temor a sus enemigos? — iNi mucho menos! 
— ¿Tal vez por causa de sus amigos furioso o in- 
sensatos? — iPero si los furiosos e insensatos no 
son amados de los dioses! —Ninguna razón obliga, 
pues, a Dios a que mienta. —En efecto. —Dios, y 
todo aquello que es divino, ¿es, por tanto, ene- 
migo de la mentira? —Si'. —Esencialmente recto y 
veraz en sus palabras y en sus actos, no cambia de 
forma; no puede engañar a los demás con fantas- 
mas ni con discursos, ni enviándoles signos, ya sea 
durante el di'a y la vigilia, ya por la noche y en sue- 
ños. —Me parece que llevas razón. —Por consi- 
guiente, ¿apruebas nuestra segunda ley, que 
prohi'be hablar o escribir acerca de los dioses en 
forma que nos mueva a considerarlos como encan- 
tadores que asumen diversas formas, y que tratan 
de engañarnos con sus discursos y actos? —Si' que 
la apruebo. —Asi', aun cuando haya muchas cosas 
dignas de loa en Homero, no aprobaremos aquel 
pasaje suyo en que cuenta cómo Zeus envió un sue- 
ño a Agamenón,' ^ ni aquel pasaje de Esquilo en 
que éste hace decir a Tetis, cantando a sus bodas: 



Apolo había predicho que yo sería una 

[madre feliz: 

Que mis hijos, libres de enfermedades. 

[gozarían de larga vida. 

Me había anunciado una suerte mimada 

[de los dioses 
Y había aplaudido mi ventura, colmándome 

[de alegría 

Que mentira pudiera salir de los divinos 

[labios de Apolo 

Que deja oir tantos oráculos, cosa es que 

[yo no temía. 
Pero ese dios, que cantó, que tomó asiento 

[en mí himeneo. 

Que tanto me había prometido, ese mismo 

[dios es el es el asesino de mi hijo. ' * 



Cuando alguien hable así de los dioses, le 
rechazaremos con indignación; no permitiremos se- 
mejantes frases en boca de los maestros encarga- 
dos de educar a una juventud que queremos im- 
buir de respeto a los dioses, y aun hacer semejan- 
te a los dioses, en cuanto la flaqueza humana lo 
consienta. —Apruebo todas esas normas, y soy de 
parecer de que se conviertan en otras tantas leyes. 



17 Iliadí, //. 1-. 6. 

IS Psicostasia, obra perdida, de Esquilo, Vid. Wylltnbach. 
Sel«t, principhistor., 338. 



metafísica 



ARISTÓTELES 

(384- 322) 



13 



LIBRO PRIMERO (A) 



CAPITULO 1 

Todos los hombres tienen naturalmente 
el deseo de saber. El placer que nos causan las 
percepciones de nuestros sentidos son una prueba 
de esta verdad. Nos agradan por si' mismas, inde- 
pendientemente de su utilidad, sobre todo las de la 
vista. En efecto, no sólo cuando tenemos intención 
de obrar, sino hasta cuando ningún objeto prác- 
tico nos propinemos, preferimos, por decirlo así 
el conocimiento visible a todos los demás conoci- 
mientos que nos dan los demás sentidos. Y la ra- 
zón es que la vista, mejor que los otros sentidos, 
nos da a conocer los objetos, y nos descubre en- 
tre ellos gran número de diferencias.' 

Los animales reciben de la naturaleza la facul- 
tad de conocer por los sentidos. Pero este conoci- 
miento en uno no produce la memoria; al paso 
que en otros la produce. Y asi' los primeros son 
simplemente inteligentes; y los otros son más ca- 
paces de aprender que los que no tienen la facul- 
tad de acordarse. La inteligencia, sin la capaci- 
dad de aprender, es patrimonio de los que tie- 
nen la facultad de percibir los sonidos, por ejem- 
plo, la abeja^ y los demás animales que puedan 
hallarse en el mismo caso. La capacidad de apren- 
der se encuentra en todos aquellos que reúnen a la 
memoria el sentido del oido.^ Mientras que los de- 
más animales viven reducidos a las impresiones sen- 
sibles* o a los recuerdos, y apenas se elevan a la 
experiencia, el genero humano tiene, para condu- 
cirse, el arte y el razonamiento. 

En los hombres la experiencia proviene de la 
memoria. En efecto, muchos recuerdos de una 
misma cosa constituyen una experiencia. Pero la 
experiencia al parecer se asimila casi a la ciencia y 
al arte. Por la experiencia, progresan la ciencia y 
el arte en el hombre.' La experiencia, dice Polus,* 
y con razón ha creado el arte; la inexperiencia mar- 
cha a la ventura. El arte comienza, cuando de un 
gran número de nociones suministradas por la ex- 
periencia, se forma una sola concepción general 



que se aplica a todos los casos semejantes. Saber 
que tal remedio ha curado a Calilas atacado de tal 
enfermedad, que ha producido el mismo efecto en 
Sócrates y en muchos otros tomados individual- 
mente, constituye la experiencia; pero saber que tal 
remedio ha curado toda clase de enfermos ataca- 
dos de cierta enfermedad, los flemáticos, porejem- 
plo, los biliosos o los calenturientos; es arte. En la 
práctica la experiencia no parece diferir del arte, y 
se observa que hasta los mismos no sólo tienen ex- 
periencia.consiguen mejor su objeto que los que po- 
seen la teoría sin la experiencia. Esto consiste en 
que la experiencia es el conocimiento de las cosas 
particulares, y el arte, por lo contrario, el de lo 
general.^ Ahora bien, todos los actos, todos los 
hechos se dan en lo particular. Porque no es al 
hombre al que cura el medico, sino accidental- 
mente y si' a Calilas o Sócrates o a cualquier otro in- 
dividuo que resulte pertenecer ai género humano. 
Luego si alguno posee la teon'a sin la experiencia, 
y conociendo lo general ignora lo particular en él 
contenido, errará muchas veces en el tratamiento 
de la enfermedad. En efecto, lo que se trata de cu- 
rar es el individuo. Sin embargo, el conocimiento 
y la inteligencia, según la opinión común, son más 



/ La vnta nos revela un gran número de diferencian de toda 
especie, porque lodos ¡os cuerpos tienen un color. Aristó- 
teles: De «nsu el sensibili, cap. I, edic. de Bekker, póg. 
437. 

2 Se ignora si las abejas tienen o no el sentido del oído. 
Aristóteles: Hntor. Anim., Ilb. IX, núm. 40; Bekk., póg. 

7 íl perro, el caballo, el asno, etc. Asclepio, ap. Brandis, 
Scholia in Arislo., nág. 552. 

4 Hav animales que viven reducidos a sólo los impresio- 
nes de los sentidos. ArisL, Del almj, /*. //, ?. 

5. La ciencia en su con/unto es el resultado de la experien- 
cia de cada uno en particular. Physic. auscult, Ilb. Vil, 
1 Becc, póq. 247. 

6 La experiencia es la que da arte para lo dirección de nues- 
tra vida la inexperiencia nos hace marchar al aiar, Po- 
lus, ap. Plat. en Gorf., v Cap. II, Ed. de H. Estienne, 
póg. 44S. Polus de Agrigento, discípulo v amigo de Cor- 
gías. Véase el Gorgías df Platón. 

7 Mediante el conocimiento de lo general, tenemos la inteli- 
gencia de lo particular A/o hav modo de conocimiento 
propio de lo particular. Primeros Arulitícoi, lib. 11. 21. 

Véase también los Ullimí» Aiulíticos, lib. I, 1. 



15 



16 



ARISTÓTELES 



bien patrimonio del arte que de la experiencia, y 
los hombres de arte pasan por ser más sabios que 
los hombres de experiencia, porque la sabiduría 
está en todos los hombres en razón de su saber. El 
motivo de esto es que los unos conocen la causa, 
y los otros la ignoran. 

En efecto, los hombres de experiencia saben 
bien que tal cosa existe, pero no saben por qué 
existe; los hombres de arte, por lo contrario, cono- 
cen el porqué y la causa. Y así afirmamos verdade- 
ramente que los directores de obras, cualquiera que 
sea el trabajo de que se trate, tienen más derecho a 
nuestro respeto que los simples operarios; tienen 
más conocimiento y son más sabios, porque saben 
las causas de lo que se hace: mientras que los ope- 
rarios se parecen a esos seres inanimados que 
obran, pero sin conciencia de su acción, como el 
fuego, por ejemplo, que quema sin saberlo. En los 
seres animados una naturaleza particular es la que 
produce cada una de estas acciones; en los opera- 
rios, es el hábito. La superioridad de los jefes sobre 
los operarios no se debe a su habilidad práctica, 
sino al hecho de poseer la teorfa y conocer las 
causas. Añádase a esto, que el carácter principal de 
la ciencia consiste en poder ser trasmitida por la en- 
señanza. Y asi', según la opinión común, el arte, 
más que la experiencia, es ciencia; porque los hom- 
bres de arte pueden enseñar, y los hombres de ex- 
periencia no. Por otra parte, ninguna de las nocio- 
nes sensibles constituye a nuestros ojos el verdade- 
ro saber, bien que sea el fundamento del conoci- 
miento de las cosas particulares; pero no nos dicen 
el porqué de nada; por ejemplo, nos hacen ver 
que el fuego es caliente, pero sólo que es caliente. 



No sin razón el primero que inventó un arte 
cualquiera, por encima de las nociones vulgares de 
los sentidos, fue admirado por los hombres, no 
sólo a causa de la utilidad de sus descubrimientos, 
sino a causa de su ciencia y porque era superior a 
los demás. Las artes se multiplicaron, aplicándose 
las unas a las necesidades, las otras a los placeres 
de la vida; pero siempre los inventores de que se 
trata fueron mirados como superiores a los de to- 
das las demás, porque su ciencia no tema la utili- 
dad por fin. Todas las artes de que hablamos esta- 
ban inventadas, cuando se descubrieron estas cien- 
cias que no se aplican ni a los placeres ni a las ne- 
cesidades de la vida. Nacieron primero en aquellos 
puntos donde los hombres gozaban de reposo. Las 
matemáticas fueron inventadas en Egipto, porque 
en ese país se dejaba un gran solaz a la casa de los 
sacerdotes. 



Hemos asentado en la Moral* la diferencia 
que hay entre el arte, la ciencia y los demás cono- 
cimientos. Todo lo que sobre este punto nos pro- 
ponemos decir ahora, es que la ciencia que se lla- 
ma Filosofía' es, según la idea que generalmente 
se tiene de ella, el estudio de las primeras causas 
y de los principios. 

Por consiguiente, como acabamos de de- 
cir, el hombre de experiencia parece ser más sa- 
bio que el que sólo tiene conocimientos sensi- 
bles, cualesquiera que ellos sean: el hombre de 
arte lo es más que el hombre de experiencia; el 
operario es sobrepujado por el director del traba- 
jo, y la especulación es superior a la práctica. Es, 
por tanto, evidente que la Filosofía es una cien- 
cia que se ocupa de ciertas causas y de ciertos 
principios. 



CAPITULO 2 

Puesto que esta ciencia es el objeto de nues- 
tras indagaciones, examinemos de qué causas y de 
qué principios se ocupa la filosofía como ciencia; 
cuestión que se aclarará mucho mejor si se exami- 
nan las diversas ideas que nos formamos del filóso- 
fo. Por de pronto, concebimos al filósofo princi- 
palmente como conocedor del conjunto de las co- 
sas, en cuanto es posible, pero sin tener la ciencia 
de cada una de ellas en particular. En seguida, el 
que puede llegar al conocimiento de las cosas ar- 
duas, aquellas a las que no se llega sino vencien- 
do graves dificultades, ¿no le llamaremos filóso- 
fo? En efecto, conocer por los sentidos es una fa- 
cultad común a todos, y un conocimiento que se 
adquiere sin esfuerzos no tiene nada de filosófico. 
Por último, el que tiene las nociones más rigurosas 
de las causas, y que mejor enseña estas nociones, es 
más filósofo que todos los demás en todas las cien- 
cias. Y entre las ciencias, aquella que se la busca 
por sí misma, sólo por el ansia de saber, es más 
filosófica que la que se estudia por sus resultados; 
así como la que domina a las demás es más filosó- 
fica que la que está subordinada a cualquiera otra. 
No, el filósofo no debe recibir leyes, y sí darlas; 
ni es preciso que obedezca a otro, sino que debe 
obedecerle el que sea menos filósofo. 



8 Mofíl » Nleómícok /*. W, 3. 

9 Xo^l'a. f J lo mismo palabra que hemos traducido antes 
por sabiduría. Cousin observa que Aristóteles lo emplea 
sucesivamente en el sentido popular y en su sentido ele- 
vado, que es la sabiduría por excelencia, la Filosofía. 



metafísica 



17 



Tales son, en suma, los modos que tenemos 
de concebir la filosofía y los filósofos. Ahora bien, 
el filósofo, que posee perfectamente la ciencia de 
lo general, tiene por necesidad la ciencia de todas 
las cosas, porque un hombre de tales circunstan- 
cias sabe en cierta manera todo lo que se encuen- 
tra comprendido bajo lo general. Pero puede de- 
cirse también, que es muy difícil al hombre lle- 
gar a los conocimientos más generales; como que 
las cosas que son objeto de ellos están mucho más 
lejos del alcance de los sentidos. 

Entre todas las ciencias, son las más rigurosas 
las que son más ciencias de principios; las que re- 
caen sobre un pequeño número de principios son 
más rigurosas que aquellas cuyo objeto es múlti- 
ple: la aritmética, por ejemplo, es más rigurosa que 
la geometría. La ciencia que estudia las causas es 
la que puede enseñar mejor; porque los que expli- 
can las causas de cada cosa son los que verdadera- 
mente enseñan. Por último, conocer y saber con el 
solo objeto de saber y conocer, tal es por excelen- 
cia el carácter de la ciencia de lo más científico 
que existe. El que quiera estudiar una ciencia por 
sí misma, escogerá entre todas las que sea más cien- 
cia, puesto que esta ciencia es la ciencia de lo que 
hay de más científico. Lo más científico que exis- 
te lo constituyen los principios y las causas. Por su 
medio conocemos las demás cosas, y no conoce- 
mos aquéllos por las demás cosas. Porque la ciencia 
soberana, la ciencia superior a toda ciencia subor- 
dinada, es aquella que conoce el por qué debe ha- 
cerse cada cosa. Y este por qué es el bien de cada 
ser, que tomado en general, es lo mejor en todo el 
conjunto de los seres.' " 

De todo lo que acabamos de decir sobre la 
ciencia misma, resulta la definición de la filosofía 
que buscamos. Es imprescindible que sea la cien- 
cia teórica de los primeros principios y de las pri- 
meras causas, porque una de las causas es el bien, 
la razón final. Y que no es una ciencia práctica, lo 
prueba el ejemplo de los primeros que han filoso- 
fado. Lo que en un principio movió a los hombres 
a hacer las primeras indagaciones filosóficas, fue, 
como lo es hoy, la admiración.' ' Entre los obje- 
tos que admiraban y de que no podían darse razón, 
se aplicaron primero a los que estaban a su alcan- 
ce; después, avanzando paso a paso, quisieron ex- 
plicar los más grandes fenómenos; por ejemplo, las 
diversas fases de la luna, el curso del sol y de los 
astros, y, por último, la formación del universo. Ir 
en busca de una explicación y admirarse, es recono- 
cer que se ignora. Y así, puede decirse, que el ami- 
go de la ciencia lo es en cierta manera de los 
mitos,' ^ porque el asunto de los mitos es lo mara- 



villoso. Por consiguiente, si los primeros filósofos 
filosofaron para librarse de la ignorancia, es evi- 
dente que se consagraron a la ciencia para saber, y 
no por miras de utilidad. El hecho mismo lo 
prueba, puesto que casi todas las artes que tienen 
relación con las necesidades, con el bienestar y 
con los placeres de la vida, eran ya conocidas cuan- 
do se comenzaron las indagaciones y las explica- 
ciones de este género. Es por tanto evidente, que 
ningún interés extraño nos mueve a hacer el estu- 
dio de la filosofía. 

Así como llamamos hombre libre al que se 
pertenece a sí mismo y no tiene dueño, en igual 
forma esta ciencia es la única entre todas las cien- 
cias que puede llevar el nombre de libre. Sólo 
ella efectivamente depende de sí misma. Y así 
con razón debe mirarse como cosa sobrehumana la 
posesión de esta ciencia porque la naturaleza del 
hombre es esclava en tantos respectos, que sólo 
Dios, hablando como Simónides, debería disfru- 
tar de este precioso privilegio.'^ Sin embargo, 
es indigno del hombre no ir en busca de una cien- 
cia a que puede aspirar.'* Si los poetas tienen 
razón diciendo que la divinidad es capaz de envi- 
dia, con ocasión de la filosofía podría aparecer 
principalmente esta envidia, y todos los que se 
elevan por el pensamiento deberían ser desgra- 
ciados. Pero no es posible que la divinidad sea 
envidiosa, y los poetas, como dice el proverbio, 
mienten muchas veces. 

Por último; no hay ciencia más digna de es- 
timación que ésta; porque debe estimarse más la 
más divina, y ésta lo es en un doble concepto. En 
efecto, una ciencia que es principalmente patrimo- 



7 Víase en el llb. XII, 10, el desenvolvimiento de este ele- 
vado concepto de lo misión de la causa final en el uni- 
verso. 

11 Platón en el Teetctes. "Este estado de admiración es 
particularmente el del filósofo, porque es el principio 
de la filosofía". 

12 l\iro la apreciación del valor filosófico de los mitos, véa- 
se el curso de Cousin, 1828, primera lección, póg. 22, 
lección V, póg. 9, y también en algunos argumentos que 
acompañan a la traducción de Platón. 

13 Véase en el Protigoras el pasaie de Simónides a que alu- 
de Aristóteles. Muchos críticos han procurado restable- 
cer los versos de Simónides desparramados en el texto 
de Platón. 

14 Moral a Nicdmaco; x. 7, 8. Es de notar, sobre todo, el 
siguiente poso/e: "no debemos, o pesar de ser más que 
hombres, limitarnos, como quieren algunos, a los cono- 
cimientos y sentimientos puramente humanos: ni redu- 
cirnos, mortales como somos, a una condición mortal; es 
preciso, por lo contrario, que en cuanto de nosotros 
depende nos desatemos de los lazos de la condición 
mortal, y hagamos todo lo posible por vivir conforme 
a lo mejor que hay en nosotros". 



18 



ARISTÓTELES 



nio de Dios, y que trata de las cosas divinas, es 
divina entre todas las ciencias. Pues bien, sólo la 
filosofía tiene este doble carácter. Dios pasa por ser 
la causa y el principio de todas las cosas, y Dios 
sólo, o principalmente al menos, puede poseer una 
ciencia semejante. Todas las demás tienen, es cier- 
to, más relación con nuestras necesidades que la 
filosofía, pero ninguna la supera. 

El fin que nos proponemos en nuestra em- 
presa, debe ser una admiración contraria, si puedo 
decirlo, así a la que provocan las primeras indaga- 
ciones en toda ciencia. En efecto, las ciencias, 
como ya hemos observado, tienen siempre su 
origen en la admiración o asombro que inspira el 
estado de las cosas; como, por ejemplo, por lo que 
hace a las maravillas que de suyo se presentan a 
nuestros ojos, el asombro que inspiran las revolu- 
ciones del sol o lo inconmesurable de la relación 
del diámetro con la circunferencia' ' a los que no 
han examinado aún la causa. Es cosa que sorpren- 
de a todos que una cantidad no pueda ser medida 
ni aun por una medida pequeñísima. Pues bien, 
nosotros necesitamos participar de una admiración 
contraria; lo mejor está al fm, como dice el pro- 
verbio. A este mejor, en los objetos de que se 
trata, se llega por el conocimiento, porque nada 
causaría más asombro aun geómetra que el ver que 
la relación del diámetro con la circunferencia se 
hacia conmesurable. 

Ya hemos dicho cuál es la naturaleza de la 
ciencia que investigamos, el fin de nuestro estudio 
y de todo este tratado. 



sotros se han dedicado al estudio del ser, y han filo- 
sofado sobre la verdad; y que por otra parte han 
discurrido también sobre ciertos principios y ciertas 
causas. Esta revista será un preliminar útil a la in- 
dagación que nos ocupa. En efecto, o descubrire- 
mos alguna otra especie de causas, o tendremos 
mayor confianza en las causas que acabamos de 
enumerar. 

La mayor parte de los primeros que filosofa- 
ron, no consideraron los principios de todas las 
cosas, sino desde el punto de vista de la materia. 
Aquello de donde salen todos los seres, de donde 
proviene todo lo que se produce, y adonde va a 
parar toda destrucción, persistiendo la sustancia 
misma bajo sus diversas modificaciones, he aquí', 
según ellos, el elemento, he aquí' el principio de los 
seres. Y asi' creen, que nada nace ni perece verda- 
deramente, puesto que esta naturaleza primera sub- 
siste siempre; a la manera que no decimos que Só- 
crates nace realmente, cuando se hace hermoso o 
músico, ni que perece, cuando pierde estos modos 
de ser, puesto que el sujeto de las modificaciones, 
Sócrates mismo, persiste en su existencia, sin que 
podamos servirnos de estas expresiones respecto 
a ninguno de los demás seres. Porque es indispen- 
sable que haya una naturaleza primera, sea única, 
sea múltiple, la cual, subsistiendo siempre, pro- 
duzca todas las demás cosas. Por lo que hace el 
número y al carácter propio de los elementos, 
estos filósofos no están de acuerdo. 

Thales,' ' fundador de esta filosofía, consi- 
dera el agua como primer principio. Por esto llega 



CAPITULO 3 



Evidentemente es preciso adquirir la ciencia 
de las causas primeras, puesto que decimos que se 
sabe, cuando creemos que se conoce la causa pri- 
mera. Se distinguen cuatro causas. La primera es la 
esencia la forma propia de cada cosa,' * porque lo 
que hace que una cosa sea, está toda entera en la 
noción de aquello que ella es; la razón de ser prime- 
ra, es, por tanto, una causa y un principio. La se- 
gunda es la materia, el sujeto;' '' la tercera el 
principio del movimiento;' ' la cuarta, que corre- 
ponde a la precedente, es la causa final de las co- 
sas,' ' el bien porque el bien es el fin de toda pro- 
ducción. 

Estos principios han sido suficientemente ex- 
plicados en la Física.^" Recordemos, sin embargo, 
aquí las opiniones de aquellos que antes que no- 



15 Nos ha sido imposible dejar de parafrasear esta fórmu- 
la malemálica, asi como otra que viene más adelante. En 
general, la tecnología geométrica de los griegos es poco 
explícita; no sucede lo mismo en nuestras lenguas vivas; 
porque nuestras fórmulas son proposiciones completas. 

Esto íiltima expresión, gramaticalmente inexplicable, es 
Invención de Aristóteles. La emplea frecuentemente en lo 
Metafísica. Designo el carácter distintivo del ser, lo que 
entra en la definición, lo formábalo la cual se concibe ne- 
cesariamente codo objeto. Aristóteles empleo sin cesar en 
vez de esta fórmula otros términos que equivalen a lo que 
los escolásticos llamaban: Quidditas, causa formalis, For- 
ma substantialis. 
7 7 Causa materialis. 

18 El principio que nace pasar el sujeto, la materia, de lo 
posible, que es su naturaleza, a la realidad; la determina, la 
señala con un carácter distintivo, en una palabra, le da uno 
formo. Causa efficienv 

19 El motivo, el fin de lo acción, de todo lo que existe y se 
hace, lo razón final de las cosas. Causa flnalis. Lo locu- 
ción ai) Ivfxa. con que se designa la causa final se encuen- 
tra muctias veces en Platón, princioalmente en el Gorgias. 
Pero Aristóteles es el primero que le ha dado esto formo 
sustantiva: rt ob ivtxa 

20 Véase Physic, ausculL, //. 3. Belik., póg. 194. Id. 7. Bekk, 
pág. 198. 

21 De Mileto. 600 años antes de Jesucristo. 



metafísica 



19 



hasta pretender que la tierra descansa en el agua; y 
se vio probablemente conducido a esta idea, por- 
que observaba que la humedad alimenta todas las 
cosas, que lo caliente mismo procede de ella, y que 
todo animal vive de la humedad; y aquello de 
donde viene todo, es claro, que es el principio de 
todas las cosas. Otra observación le condujo tam- 
bién a esta opinión. Las semillas de todas las cosas 
son húmedas por naturaleza; y el agua es el prin- 
cipio de las cosas húmedas. 

Algunos creen que los hombres de los más re- 
motos tiempos, y con ellos los primeros teólogos'^, 
muy anteriores a nuestra época, se figuraron la na- 
turaleza de la misma manera que Thales. Han pre- 
sentado como autores del universo al Océano y a 
Tethys,'-' y los dioses, según ellos, juran por el 
agua, por esa agua que los poetas llaman el Stigio. 
Porque lo más antiguo que existe es igualmente lo 
que hay de más sagrado; y lo más sagrado que hay 
es el juramento.^ ^ ¿Hay en esta antigua opinión 
una explicación de la naturaleza? No es cosa que se 
vea claramente. Tal fue, sin embargo, por lo que se 
dice, la doctrina de Thales sobre la primera causa. 

No es posible colocar a Hippon^' entre los 
primeros filósofos, a causa de lo vago de su pensa- 
miento. Anaxi'menes^* y Diógenes^^ dijeron que 
el aire es anterior al agua, y que es el primer prin- 
cipio de loscuerpos simples. Hippaso de Metapon- 
te^ * y Heráclito de Efeso,*'* reconocen como pri- 
mer principio el fuego. Empédocles^" admite cua- 
tro elementos, añadiendo la tierra a los tres que 
quedan nombrados. Estos elementos subsisten 
siempre, y no se hacen o devienen; sólo que sien- 
do, ya más, ya menos, se mezclan y se desunen, se 
agregan y se separan. 

Anaxágoras de Clazomenes," primogénito de 
Empédocles, no logró exponer un sistema tan reco- 
mendable. Pretende que el número de los princi- 
pios es infinito. Casi todas las cosas formadas de 
partes semejantes, no están sujetas, como se ve en 
el agua y el fuego, a otra producción ni a otra des- 
trucción que la agregación o la separación; en otros 
términos, no nacen ni perecen, sino que subsisten 
eternamente. 



Por lo que precede se ve que todos estos filó- 
sofos han tomado por punto de partida la materia, 
considerándola como causa única. 

Una vez en este punto, se vieron precisados 
a caminar adelante y a entrar en nuevas indagacio- 
nes. Es indudable que toda destrucción y toda pro- 



ducción procede de algún principio, ya sea único o 
múltiple. Pero ¿de dónde proceden estos efectos, y 
cuál es la causa? Porque, en verdad, el sujeto mis- 
mo no puede ser autor de sus propios cambios. Ni 
la madera ni el bronce, por ejemplo, son la causa 
que les hace mudar de estado uno y al otro; no es 
la madera la que hace la cama, ni el bronce el que 
hace la estatua. Precisamente hay otra cosa, que es 
causa de la mudanza. Buscar esta otra cosa, es bus- 
car otro principio , el principio del movimiento, 
como nosotros le llamamos. 

Desde los comienzos, los filósofos, partida- 
rios de la unidad de la sustancia,^ ^ que tocaron es- 
ta cuestión, no se tomaron gran trabajo en resolver- 
la. Sin embargo, algunos de los que admitían la uni- 
dad, intentaron hacerlo, p&ro sucumbieron, por 
decirlo asi', bajo el peso de esta indagación. Preten- 
den que la unidad es inmóvil, y que no sólo nada 
nace ni muere en toda la naturaleza (opinión anti- 
gua y a la que todos se afiliaron) sino también que 
en la naturaleza es imposible todo otro cambio. 
Este último punto es peculiar de estos filósofos. 
Ninguno de los que admiten la unidad del todo, ha 
llegado a la concepción de la causa de que habla- 
mos, excepto, quizá, Parménides,^^ en cuanto no 
se contenta con la unidad, sino que, independien- 
temente de ella, reconoce en cierta manera dos 
causas. 

En cuanto a los que admiten muchos ele- 
mentos, como lo caliente y lo fri'o, o el fuego y 
la tierra, están más a punto de descubrir la causa en 
cuestión. Porque atribuyen al fuego el poder mo- 



22 Orfeo, Museo, Eumolpo y los antiguos poetas. 

23 Homero, He s iodo y otros. 

24 El roionamierjto es fácil de completar: luego el /uramen- 
10 es lo que hay de más antiguo; más se jura por la laguna 
Stlgia, por el agua; luego el agua es lo que hay de más 
antiguo. 

25 De Phegime, siglo VI antes de ¡esucristo, Tenneman, 
Manual, tomo I, pág. 99, le supone de la escuela de 
Pitágoras. 

26 De Mileto, hacia 557a. /. C. 

27 De Apolonio, contemporáneo de Anaximenes o poste- 
rior en algunos años a este filósofo, si hemos de iuigar 
por los desenvolvimientos que dio al principio, que es co- 
mún a ambos 

28 Siglo VI. Tenneman le supone, como a Hlppon, de la es- 
cuela de Pitágoras. 

29 Hacia 500 a. J. C, fundador de una escuela, célebre en la 
antigüedad. Aristóteles refuta más adelante muchas de sus 
opiniones 

30 De Agrigento, hacia 460 o 444. Aristóteles le cito fre- 
cuentemente en la Metafísica. 

31 Nacido hacia el año 500: amigo y, según algunos, maes- 
tros de Pericles. Aristóteles cita muchaí veces la propo- 
sición famosa con que empieza el libro de Anaxágoras: 

b(io6 ^v vátTO. 

32 Los elatos. 

33 De Elea, hacia el 400, hito un viaje a Atenas; tenia enton- 
ces como sesenta años. Vtase el Parménldet de Platón. 



20 



ARISTÓTELES 



triz, y al agua, a la tierra y los otros elementos la 
propiedad contraria. No bastando estos principios 
para producir el universo, los sucesores de los filó- 
sofos que los habían adoptado, estrechados de 
nuevo, como hemos dicho, por la verdad misma, 
recurrieron al segundo principio.^* En efecto, que 
el orden y la belleza que existen en las cosas o que 
se producen en ellas, tengan por causa la tierra o 
cualquier otro elemento de esta clase, no es en mo- 
do alguno probable: ni tampoco creiljle que los 
filósofos antiguos hayan abrigado esta opinión. Por 
otra parte, atribuir al azar o a la fortuna estos ad- 
mirables efectos, era muy poco racional. Y asi', 
cuando hubo un hombre que proclamó que en la 
naturaleza, al modo que sucedía con los animales, 
había una inteligencia, causa del concierto y de 
del orden universal, pareció que este hombre era 
el único que estaba en el pleno uso de su razón, 
en desquite a las divagaciones de sus predecedo- 
res. 

Sabemos, sin que ofrezca duda, que Anaxa'- 
goras se consagró al examen de este punto de vis- 
ta de la ciencia. Puede decirse, sin embargo, que 
Hermotino de Clazomenes^' lo indicó el primero. 
Estos dos filósofos alcanzaron, pues, la concep- 
ción de la Inteligencia, y establecieron que la cau- 
sa del orden es a un mismo tiempo el principio 
de los seres y la causa que les imprime el movi- 
miento. 



CAPITULO 4 



Debería creerse que Hesíodo entrevio mucho 
antes algo análogo, y con Hesíodo todos los que 
han admitido como principio en los seres el Amor 
o el deseo; por ejemplo, Parménides. Este dice, en 
su explicación de la formación del universo: 



El creó el Amor, el más antiguo de todos 

[los dioses. ^ * 



con lo que parece que reconocen que es impres- 
cindible que los seres tengan una causa capaz de 
imprimir el movimiento y dar enlace a las cosas. 

Deberíamos examinar aquí a quién pertenece 
la prioridad de este descubrimiento, pero roga- 
mos se nos permita decidir esta cuestión más 
tarde.'* 

Como se vio que al lado del bien aparecía 
lo contrario del bien en la naturaleza; que al lado 
del orden y de la belleza se encontraban el desor- 
den y la fealdad; que el mal parecía sobrepujar al 
bien, y lo feo a lo bello, otro filósofo introdujo la 
Amistad y la Discordia como causas opuestas de es- 
tos efectos contrarios. Porque si se sacan todas las 
consecuencias que se derivan de las opiniones de 
Empédocles, y nos atenemos al fondo de su pensa- 
miento y no a la manera con que él lo balbucea, se 
verá que hace de la Amistad el principio del bien, y 
de la Discordia el principio del mal. De suerte, que 
si se dijese que Empédocles ha proclamado, y pro- 
clamado el primero, el bien y el mal como princi- 
pios, quizá no se incurriría en equivocación, puesto 
que, según su sistema, el bien en sí" es la causa 
de todos los bienes, y el mal*" la de todos los ma- 
les. 

Hasta aquí, en nuestra opinión, los filósofos 
han reconocido dos de las causas que hemos fijado 
en la Física: la materia y la causa del movimiento. 
Es cierto que lo han hecho de una manera oscura 
e indistinta, como se conducen los soldados biso- 
ños en un combate. Estos se lanzan sobre el ene- 
migo, y descargan muchas veces sendos golpes, 
pero la ciencia no entra para nada en su conduc- 
ta. En igual forma estos filósofos no saben en ver- 
dad lo que dicen. Porque no se les ve nunca, o ca- 
si nunca, hacer uso de sus principios. Anaxágoras 
se sirve de la Inteligencia como de una máquina,*' 
para la formación del mundo; y cuando se ve em- 
barazado para explicar por qué causa es necesa- 
rio esto o aquello, entonces presenta la inteligen- 
cia en escena; pero en todos los demás casos a 



Hesíodo, por su parte, se expresa de esta ma- 



nera: 



Mucho antes de todas las cosas existió el 

[Caos: después 

La Tierra espaciosa. 

Y el Amor, que es el más hermoso de todos 
[los Inmortales, ^ ' 



34 El principio motor. 

35 Anaxágoras era su compatriota y contemporáneo, y fue 
probablemente su discípulo. 

36 Simón Karston, Parmenid. Eleat, rdiquiae, pág. 42. 

37 Hesiodo, Theogon, i, / 16. 

38 Aristóteles no cumplió esta promesa. En la Metafísica 
no toca esta cuestión ni se encuentra en ninguna de las 
obras suyas que conocemos. 

39 La amistad. 

40 La discordia. 

41 Alusión al deut ex machina. 



metafísica 



21 



otra causa más bien que a la inteligencia es a la que 
atribuye la producción de ios fenómenos.*^ Em- 
pédocles se sirve de las causas más que Anaxágo- 
ras, es cierto, pero de una manera también insufi- 
ciente, y al servirse de ellas no sabe ponerse de 
acuerdo consigo mismo. 

Muchas veces en el sistema de este filósofo, la 
amistad es la que separa, y la discordia la que 
reúne. En efecto, cuando el todo se divide en sus 
elementos por la discordia, entonces las parti'culas 
del fuego se reúnen en un todo, asi' como las de 
cada uno de los otros elementos. Y cuando la amis- 
tad lo reduce todo a la unidad, mediante su poder, 
entonces, por lo contrario, las partículas de cada 
uno de los elementos se ven forzadas a separarse. 
Empédocles, según se ve, se distinguió de sus 
predecesores por la manera de servirse de la causa 
de que nos ocupamos: fue al primero que la divi- 
dió en dos. No hizo un principio único del prin- 
cipio del movimiento, sino dos principios dife- 
rentes, y opuestos entre si'. Y luego, desde el pun- 
to de vista de la materia, es el primero que recono- 
ció cuatro elementos. Sin embargo, no se sirvió 
de ellos como si fueran cuatro elementos, sino 
como si fuesen dos, el fuego de una parte por si' 
solo, y de otra los tres elementos opuestos, la tie- 
rra, el aire y el agua considerados como una sola 
naturaleza. Esta es por lo menos la idea que se pue- 
de formar después de leer su poema."^ Tales son 
a nuestro juicio, los caracteres y tal es el número 
de los principios de que Empódocles nos ha habla- 
do. 

Leucippo"* y su amigo Demócleto*' admi- 
ten por elementos lo lleno y lo vaci'o, o, usando 
de sus mismas palabras, el ser y el no ser. Lo llano, 
lo sólido, es el ser; lo vacío y lo raro es el no ser. 
Por esta razón, según ellos el no ser existe lo mis- 
mo que el ser. En efecto, lo vaci'o existe lo mismo 
que el cuerpo; y desde el punto de vista de la ma- 
teria éstos son las causas de los seres. Y asi' como 
los que admiten la unidad de la sustancia hacen 
producir todo lo demás mediante las modificacio- 
nes de esta sustancia, dando lo raro y lo denso 
por principios de estas modificaciones, en igual 
forma estos dos filósofos pretenden que las dife- 
rencias son las causas de todas las cosas. Estas di- 
ferencias son en su sistema tres, la forma, el orden, 
la posición. Las diferencias del ser sólo proceden, 
según su lenguaje, de la configuración,** de la 
coordinación,*^ y la situación.*' La configura- 
ción de la forma, la coordinación es el orden, y la 
situación es la posición. Y asi' A diferente de N por 
la forma; AN de NA por el orden; y 2 de N por la 
posición. En cuanto al movimiento, a averiguar 



de dónde procede y cómo existe en los seres, han 
despreciado esta cuestión, y la han omitido como 
han hecho los demás filósofos. 

Tal es, a nuestro juicio, el punto a que pare- 
cen haber llegado las indagaciones de nuestros 
predecesores sobre las dos causas en cuestión. 



capítulos 



En tiempo de estos filósofos y antes que 
ellos,*' los llamados pitagóricos se dedicaron por 
de pronto a las matemáticas, e hicieron progresar 
esta ciencia. Embebidos en este estudio, creyeron 
que los principios de las matemáticas eran los prin- 
cipios de todos los seres. Los números son por su 
naturaleza anteriores a las cosas,' ° y los pitagóri- 
cos creían percibir en los números más bien que 
en el fuego, la tierra y el agua, una multitud de ana- 
logías con lo que existe y lo que se produce. Tal 
combinación de números, por ejemplo, les parecía 
ser la justicia, tal otra el alma y la inteligencia, tal 
otra la oportunidad;" y así, poco maso menos, 
hacían con todo lo demás; por último, veían en los 
números las combinaciones de la música y sus acor- 
des. Pareciéndoles que estaban formadas todas 
las cosas a semejanza de los números, y siendo por 
otra parte los números anteriores a todas las cosas, 
creyeron que los elementos de los números son 
los elementos de todos los seres, y que el cielo en 
su conjunto es una armonía y un número. Todas 
las concordancias que podían descubrir en los 
números y en la música, junto con los fenómenos 



42 Platón hace decir a Sócrates en el Fedon: "Veo un hom- 
bre que no hace de la intelifcncU nir>gún uso, y que ad- 
mite como causas del orden del universo, no causas ver- 
dederas, sino el aire, el éter, las aguas y otras cosas tan ex- 
trañas como éstas. " Véase esta viva pintura del desencanto 
que produjo a Sócrates la lectura de los libros de Anaxá- 
garas. 

43 Se titulaba este poema lUlA ilotiM, y aún se conservan 
muchos fragmentos de él 

44 Hacia el año 500. Su patria es desconocida. Se cree qué 
fué discípulo de Parménidrs. 

45 De Abdere, nacido hacia 494 ó 490: según otros, 470 ó 
460. Adoptó y desenvolvió el sistema de su maestro 
Leucippo. Escribió en versos como Empédocles y Parmé 
nides, como cual todos los filósofos antiguos. 

46 PvSiun. 

47 üiaBrn]. 

49 Pitágoras nado en Samos hada el año 584. 

50 Si se consideran los números, no como puras abstrae- 
clones, sino como seres propiamente dichos. 

^' KoipÓS. , oportunum tempuj, to i7uf /larí ijuí i/na 

cosa se verifique en tiempo oportuno. 



22 



ARISTÓTELES 



del cielo y SUS partes y con el orden del universo, las 
reunían, y de esta manera formaban un sistema. Y 
si faltaba algo, empleaban todos los recursos, para 
que aquél presentara un conjunto completo. Por 
ejemplo, como la década parece ser un número per- 
fecto, y que abraza todos los números, pretendie- 
ron que los cuerpos en movimiento en el cielo son 
diez en número. Pero no siendo visibles más que 
nueve, han imaginado un décimo, el Antichthon.' ^ 
Si ahora tocamos este punto, es para hacer constar, 
respecto a ellos como a todos los demás, cuáles son 
los principios cuya existencia afirman, y cómo 
estos principios entran en las causas que hemos 
enumerado. 

He aquí' en lo que al parecer consiste su doc- 
trina: El número es el principio de los seres bajo 
el punto de vista de la materia, asi' como es la 
causa de sus modificaciones y de sus estados di- 
versos; los elementos del número son el par y el 
impar; el impar es finito, el par es infinito; la uni- 
dad participa a la vez de estos dos elementos, 
porque a la vez es par e impar; el número viene de 
la unidad, y por último, el cielo en su conjuntóse 
compone, como ya hemos dicho, de números. 
Otros pitagóricos admiten diez principios, que 
colocan de dos en dos, en el orden siguiente: 

Finito e infinito. 

Par e impar. 

Unidad y pluralidad. 

Derecha e izquierda. 

Macho y hembra. 

Reposo y movimiento. 

Rectilíneo y curvo. 

Luz y tinieblas. 

Bien y mal. 

Cuadrado y cuadrilátero irregular.'* 



La doctrina de Alcmeon de Crotona," pare- 
ce aproximarse mucho a estas ideas, sea que las 
haya tomado de los pitagóricos, sea que éstos las 
hayan recibido de Alcmeon, porque floreci'a 
cuando era anciano Pitágoras, y su doctrina se pa- 
rece a la que acabamos de exponer. Dice, en efecto, 
que la mayor parte de las cosas de este mundo son 
dobles, señalando al afecto las oposiciones entre 
las cosas. Pero no fija, como los pitagóricos, estas 
diversas oposiciones. Toma las primeras que se 
presentan, por ejemplo, lo blanco y lo negro, lo 
dulce y lo amargo, el bien y el mal, lo grande y lo 
pequeño, y sobre todo lo demás se explica de una 
manera igualmente indeterminada, mientras que los 
pitagóricos han definido el número y la naturaleza 
de las oposiciones. 



Por consiguiente, de estos dos sistemas puede 
deducirse que los contrarios son los principios de 
las cosas, y además, que uno de ellos nos da a cono- 
cer el número de estos principios y su naturaleza. 
Pero cómo estos principios pueden resumirse en 
las causas primeras, es lo que no han articulado 
claramente estos filósofos. Sin embargo, parece que 
consideran los elementos desde el punto de vista 
de la materia, porque, según ellos, estos elementos 
se encuentran en todas las cosas y constituyen y 
componen todo el universo. 

Lo que precede basta para dar una idea de las 
opiniones de los que, entre los antiguos, han admi- 
tido la pluralidad en los elementos de la naturaleza. 
Hay otros que han considerado el todo como un 
ser único, pero difieren entre si', ya por el mérito 
de la exposición, ya por la manera como han con- 
cebido la realidad. Con relación a la revista que 
estamos pasando a las causas, no tenemos necesi- 
dad de ocuparnos de ellos. En efecto, no hacen 
como algunos físicos,'* que al establecer la exis- 
tencia de una sustancia única, sacan sin embargo 
todas las cosas del seno de la unidad, conside- 
rada como materia; su doctrina es muy distinta. 
Estos físicos'^ añaden el movimiento para produ- 
cir el universo, mientras que aquéllos pretenden 
que el universo es inmóvil. He aquí' todo lo que se 
encuentra en estos filósofos referente al objeto de 
nuestra indagación. 

La unidad de Parménides parece ser la unidad 
racional; la de Melisso,'* por lo contrario, la uni- 
dad material, y por esta razón el primero represen- 
ta la unidad como finita, y el segundo como in- 



52 'hvriyfiuv, , opposita térra, el cuerpo, que en el 
con/unto del mundo está opuesto a la tierra. Los verda- 
deros pitagóricos llamaban Antlchthone la esfera de la 
luna, porque es la luna la que determina los eclipses del 
sol pora la tierra y la tierra nuestros eclipses de luna, que 
son los eclipses del sol para la luna. Pero Aristóteles ¿no 
indica aquí un cuerpo puramente imaginarlo^ Lo hacen 
creer las expresiones de que se vale. 

53 Alejandro cita la obro: De coelo y el Tratado sobre los 
Pitagóricos. Este último libro, de que habla también 
Diógenes Laercio no ha llegado a nosotros. 

54 Todo cuadrilátero, uno de cuyos lados es mayor que el lo- 
do correspondiente, y cuyos lados no son paralelos. San- 
to Tomás, en su comentario sobre la Metafísica, edición 
de Amberes, tomo IV, f. 10, ha creído que se trataba 
aquí del rectángulo o cuadrado prolongado; pero rectán- 
gulo no es lo contrario del cuadrado, ambos tienen sus 
ángulos rectos y sus lados paralelos; tienen demasiados 
caracteres comunes. 

55 Alcmeon es célebre, sobre todo como naturalista y como 
médico, 

56 ^VauSK/rfOL Con este nombre designa Aristóteles 
ordinariamente los filósofos de la escuela Jónica. 

57 TtM\es, Anax Imenes, 

57 Thales, Anaxlmenes, ere. 

55 De Somos, hacia 444. Melisso es conocido en la histo- 
rio como hombre de Estado y como general. 



metafísica 



23 



finita. Xenófanes,*' fundador de estas doctrinas 
(porque según se dice, Parménides fue su disci'pu- 
lo), no aclaró nada, ni al parecer dio explicaciones 
sobre la naturaleza de ninguna de estas dos unida- 
des; tan sólo al dirigir sus miradas sobre el conjun- 
to del cielo, ha dicho que la unidad es Dios. Repi- 
to, que en el examen que nos ocupa, debemos, 
como ya hemos dicho, prescindir de estos filóso- 
fos, por lo menos de los dos últimos, Xenófanes y 
Melisso, cuyas concepciones son verdaderamente 
bastante groseras. Con respecto a Parménides, pa- 
rece que habla con un conocimiento más profun- 
do de las cosas. Persuadido de que fuera del ser, 
el no ser es nada, admite que el ser es necesaria- 
mente uno, y que no hay ninguna otra cosa más 
que el ser; cuestión que hemos tratado detenida- 
mente en la Física.*" Pero precisado a explicar 
las apariencias, a admitir la pluridad que nos sumi- 
nistran los sentidos, al mismo tiempo que la uni- 
dad concebida por la razón, sienta, además del 
principio de la unidad, otras dos causas, otros dos 
principios, lo caliente y lo fri'o, que son el fuego 
y la tierra. De estos dos principios, atribuye el 
uno, lo caliente, al ser, y el otro, lo fn'o, al no ser. 

He aquí los resultados de lo que hemos dicho, 
y lo que se puede inferir de los sistemas de los pri- 
meros filósofos con relación a los principios. Los 
más antiguos admiten un principio corporal, 
porque el agua y el fuego y las cosas análogas son 
cuerpos; en los unos, este principio corporal es 
único, y en los otros, es múltiple; pero unos y otros 
lo consideran desde el punto de vista de la materia. 
Algunos, además de esta causa, admiten también 
la que produce el movimiento, causa única para los 
unos, doble para los otros. Sin embargo, hasta que 
apareció la escuela Itálica, los filósofos han expues- 
to muy poco sobre estos principios. Todo lo que 
puede decirse de ellos, como ya hemos manifesta- 
do, es que se sirven de dos causas, y que una de 
éstas, la del movimiento, se considera como única 
por los unos, como doble por los otros. 

Los pitagóricos, ciertamente, han hablado 
también de dos principios. Pero han añadido lo 
siguiente, que exclusivamente les pertenece. El 
finito, el infinito y la unidad, no son, según ellos, 
naturalezas aparte, como lo son el fuego o la tierra 
o cualquier otro elemento análogo, sino que el 
infinito en si' y la unidad en si' son la sustancia mis- 
ma de las cosas, a las que se atribuye la unidad y la 
infinitud; y por consiguiente, el número es la sus- 
tancia de todas las cosas.* ' De esta manera se han 
explicado sobre las causas de que nos ocupamos. 
También comenzaron a ocuparse de la forma 
propia de las cosas y a definirla; pero en este pun- 



to su doctrina es demasiado imperfecta. Definían 
superficialmente; y el primer objeto a que conve- 
nía la definición dada, le consideraban como la 
esencia de la cosa definida, como si, por ejemplo, 
se creyese que lo doble y el número dos son una 
misma cosa, porque lo doble se encuentra desde 
luego en el número dos. Y ciertamente, dos y lo 
doble, no son la misma cosa en su esencia; porque 
entonces un ser único sería muchos seres, y ésta es 
la consecuencia del sistema pitagórico. 

Tales son las ideas que pueden formarse de 
las doctrinas de los filósofos más antiguos y de sus 
sucesores. 



CAPITULO 6 

A estas diversas filosofías siguió la de Pla- 
tón*^ de acuerdo las más veces con las doctrinas 
pitagóricas, pero que tiene también sus ideas pro- 
pias, en las que se separa de la escuela Itálica. 
Platón, desde su juventud, se había familiarizado 
con Cratilo,*^ su primer maestro, y efecto de esta 
relación, era partidario de la opinión de Herácli- 
to, según el que todos los objetos sensibles están 
en un flujo o cambio perpetuo, y no hay ciencia 
posible de estos objetos. Más tarde conservó esta 
misma opinión. Por otra parte, discípulo de Só- 
crates,** cuyos trabajos no abrazaron ciertamen- 
te más que la moral y de ninguna manera el con- 
junto de la naturaleza, pero que al tratar de la 
moral, se propuso lo general como objeto de sus 
indagaciones, siendo el primero que tuvo el pen- 
samiento de dar definiciones. Platón, heredero de 
su doctrina, habituado a la indagación de lo gene- 
ral, creyó que sus definiciones debían recaer so- 



59 De Colofón; contemporáneo de Pitágoras. Fue a estable- 
cerse en 1536 a Italia en Velia o Elea, ciudad que dio su 
nombre a lo escuela de que fue fundador Xenófanes. Véa- 
se la disertación de Cousin sot>re Xenófanes. Fragm. Hist, 
pág. 9 y siguientes. 

60 Véase principalmente Phyíic, auKult, /*. /, cap. II, 
III, flí**., páginas 186, 187. 

61 Según los pitagóricos, lo finito, lo infinito y la unidad, no 
tienen una existencia diferente de los sujetos en que se 
encuentran, mientras que los Iónicos, en el acto mismo 
que admiten que la tierra y el fuego son infinitos, dis- 
tinguen el sujeto mismo, el principio material, fuego, 
aire o tierra, y la cualidad que ellos admiten, a saber: lo 
infinitud o la inmensidad. En el sistema de los pitagóri- 
cos no hay dos cosas: el sujeto y el atributo: según ellos, 
el atributo de los jónicos es el mismo sujeto. 

62 Nació en Atenas en el año 428 ó 427 antes de Jesu- 
cristo: murió en 347. 

63 Discípulo de Heráclito, Cratillo exageró todasia más sus 
doctrinos, como se verá más adelante, lib, I V, cap. V, 
llegando hasta condenar los hombres a un silencio ab- 
soluto, a causa de la absoluta incertldumbre de todas 
las cosas. 

64 Nació en A tenas en 470 6 469; murió en 399. 



24 



ARISTÓTELES 



bre otros seres que los seres sensibles, porque 
¿cómo dar una definición común de los objetos 
sensibles que mudan continuamente? Estos seres 
los llamó Ideas,*' añadiendo que los objetos sen- 
sibles están fuera de las ideas, y reciben de ellas su 
nombre, porque en virtud de su participación en 
las ideas, todos los objetos de un mismo género 
reciben el mismo nombre que las ideas. La única 
mudanza que introdujo en la ciencia, fue esta 
palabra, participación. Los pitagóricos dicen, en 
efecto, que los seres existen a imitación de los nú- 
meros; Platón, que existen por su participación en 
ellos. La diferencia es sólo de nombre. En cuanto 
a indagar en qué consiste está participación o esta 
imitación de las ideas, es cosa de que no se ocupa- 
ron ni Platón ni los pitagóricos. Además, entre los 
objetos sensibles y las ideas, Platón admite seres 
intermedios, los seres matemáticos, distintos de los 
objetos sensibles, en cuanto son eternos e inmó- 
viles, y distintos de las ideas, en cuanto son muchos 
de ellos semejantes, mientras cada idea es la única 
de su especie. 

Siendo las ideas causas de los demás seres. 
Platón consideró sus elementos como los elemen- 
tos de todos los seres. Desde el punto de vista de la 
materia, los principios son lo grande y lo pequeño; 
desde el punto de vista de la esencia, es la unidad. 
Porque en tanto que las ideas tienen lo grande y 
lo pequeño por sustancia, y que por otra parte 
participan de la unidad, las ideas son los números. 
Sobre todo de ser la unidad la esencia por excelen- 
cia, y que ninguna otra cosa puede aspirar a este 
titulo. Platón está de acuerdo con los pitagóricos, 
asi' como lo está también en la de ser los números 
causas de la esencia de los otros seres. Pero reem- 
plazar por una diada** el infinito considerado 
como uno, y constituir el infinito de lo grande y de 
lo pequeño, he aquí' io que le es peculiar. Además, 
coloca los números fuera de los objetos sensibles, 
mientras que los pitagóricos pretenden que los nú- 
meros son los objetos mismos, y no admiten los 
seres matemáticos como intermedios. Si, a diferen- 
cia de los pitagóricos, Platón colocó de esta suerte 
la unidad y los números fuera de las cosas e hizo 
intervenir las ideas, esto fue debido a sus estudios 
sobre los caracteres distintos de los seres, porque 
sus predecesores no conocían la Dialéctica. En 
cuanto a esta opinión, según la que es una diada el 
otro principio de las cosas, procede de que todos 
los números, a excepción de los impares, salen fá- 
cilmente de la diada, como de una materia co- 
mún. Sin embargo, es distinto lo que sucede de 
como dice Platón, y su opinión no es razonable; 
porque hace una multitud de cosas con esta diada 
considerada como materia, mientras que una sola 



producción es debida a la idea. Pero, en reali- 
dad, de una materia única sólo puede salir una sola 
mesa, mientras que el que produce la idea, la ¡dea 
única, produce muchas mesas. Lo mismo puede 
decirse del macho con relación a la hembra; ésta 
puede ser fecundada por una sola unión, mientras 
que, por lo contrario, el macho fecunda muchas 
hembras. He aquí' una imagen del papel que desem- 
peñan los principios de que se trata. 

Tal es la solución dada por Platón a la cues- 
tión que nos ocupa; resultando evidentemente de 
lo que precede, que sólo se ha servido de dos cau- 
sas, la esencia y la materia. En efecto, admite por 
una parte las ideas, causas de la esencia de los de- 
más objetos, y la unidad, causa de las ideas; y por 
otra, una materia, una sustancia, a la que se aplican 
las ideas para constituir los seres sensibles, y la 
unidad para constituir las ideas. ¿Cuál es esta 
sustancia? Es la diada, lo grande y lo pequeño. 
Colocó también en uno de estos dos elementos 
la causa del bien, y en el otro la causa del mal; 
punto de vista que ha sido más particularmente 
objeto de indagaciones de algunos filósofos ante- 
riores, como Empédocles y Anaxágoras. 



CAPITULO 7 

Acabamos de ver breve y sumariamente qué 
filósofos han hablado de los principios y de la ver- 
dad, y cuáles han sido sus sistemas. Este rápido 
examen es suficiente, sin embargo, para hacer ver 
que ninguno de los que han hablado de los princi- 
pios y de las causas nos ha dicho nada que no pue- 
da reducirse a las causas que hemos consignado no- 
sotros en la Física, pero que todos, aunque oscura- 
mente y cada uno por distinto rumbo, han vislum- 
brado alguna de ellas. 

En efecto, unos hablan del principio material 
que suponen uno o múltiple, corporal o incorporal. 
Tales son, por ejemplo, lo grande y lo pequeño de 



65 láJmf y tres lineas más adelante eíBeOL Estas pala- 
bras las considera Aristóteles como completamente 
sinónimas. Platón distingue ordinariamente estos dos 
términos. Pero también a veces emplea I6é<l por eUoO, 
y recíprocamente. 

66 Áuás, £sta expresión no es probablemente la de Platón 
y si de los filósofos platonianos. Designa el principio ma- 
terial; es esa naturaleza potencial y ese ser indetermina- 
do que es a la vez los contrarios, y que, reali/ándose, 
puede Igualmente hacerse lo uno y lo otro. Los pitagóri- 
cos adoptaron igualmente esta expresión. Más, según ellos, 
la diada no es la materia, en tanto que diada lo es como 
primer término múltiple. 



metafísica 



2S 



Platón, el infinito de la escuela Itálica, el fuego, la 
tierra, el agua y el aire de Empédocles, la infinidad 
de las homeomerias de Anaxágoras. Todos estos 
filósofos se refirieron evidentemente a este prin- 
cipio, y con ellos todos aquellos que admiten como 
principio el aire, el fuego, o el agua, o cualquier 
otra cosa más densa que el fuego, pero más sutil 
que el aire, porque tal es, según algunos, la 
naturaleza del primer elemento.*'' Estos filósofos 
sólo se han fijado en la causa material. Otros han 
hecho indagaciones sobre la causa del movimien- 
to: aquellos por ejemplo, que afirman como prin- 
cipios la Amistad y la Discordia, a la Inteligencia 
o el Amor. En cuanto a la forma, en cuanto a la 
esencia, ninguno de ellos ha tratado de ella de un 
modo claro y preciso. Los que mejor lo han hecho 
son los que han recurrido a las ideas y a los ele- 
mentos de las ideas; porque no consideran las ideas 
sus elementos, ni como la materia de los objetos 
sensibles, ni como los principios del movimento. 
Las ideas, según ellos, son más bien causas de in- 
mobilidad y de inercia. Pero las ideas suministran 
a cada una de las otras cosas su esencia, asi' como 
ellas la reciben de la unidad. En cuanto a la causa 
final de los actos, de los cambios, de los movi- 
mientos, nos hablan de alguna causa de este género, 
fiero no le dan el mismo nombre que nosotros ni 
dicen en qué consisten.** Los que admiten como 
principios la inteligencia o la amistad, dan a la ver- 
dad estos principios como una cosa buena, pero no 
sostienen que sean la causa final de la existencia o 
de la producción de ningún ser, y antes dicen, por 
lo contrario, que son las causas de sus movimien- 
tos. De la misma manera, los que dan este mismo 
carácter de principios a la unidad o al ser, los con- 
sideran como causas de la sustancia de los seres, 
y de ninguna manera como aquello en vista de lo 



67 Anaxlmandro, si hemos de creer a Aleiandro de Afro- 
dlsios, Schol., póg. 5S3; Sepülveda, pág. 22. Otros creen 
que Anaxlmandro tomó por principio el Infinito, opi- 
nión que puede concillarse con la observación de Ale- 
jandro de Afrodisías. 

68 Alejandro de Afrodisías, Schol., póg. 553. Sépulv., póg. 
22, "puesto que Platón ha hablado de la causa eficiente, 
diciendo que debemos encontrv y demostrar cuál es el 
formador y el padre del universo; y puesto que ha indi- 
cado la causa final y el fin de las cosas, diciendo que lodo 
esti en poder dd rey del universo, y que Iodo exiue 
en vista suya, ¿cómo es, se preguntará, que Aristóteles 
no halla las ¿os causas en cuestión en el sistema plato- 
niano? ¿Será porque Platón no las enumera entre las 
causas? Observación que hace Aristóteles en el libro: 
Sobre el bien. ¿Será porque Platón no las presenta como 
principios de la producción y de la destrucción y porque 
no ha aclarado suficlentemete la noción de estas causas?" 
Cualquiera que sea el motivo que ha determinado o Aris- 
tóteles, se echa de ver que aquí falta algo. Aristóteles no 
nos presenta aquí la doctrina de Platón en su integridad. 
Véase el Timeo y el lib. X de los Leyes. 



cual existen y se producen las cosas. Y así dicen 
y no dicen, si puedo expresarme asi', que el bien es 
una causa; mas el bien que mencionan no es el bien 
hablando en absoluto, sino accidentalmente. 

La exactitud de lo que hemos dicho sobre 
las causas, su número, su naturaleza, está, pues, 
confirmada, al parecer, por el testimonio de todos 
estos filósofos, y hasta por su impotencia para 
encontrar algún otro principio. Es evidente, ade- 
más, que en la indagación de que vamos a ocupar- 
nos, debemos considerar los principios, o bajo to- 
dos estos puntos de vista, o bajo alguno de ellos. 
Pero ¿cómo se ha expresado cada uno de estos 
filósofos? y ¿cómo han resuelto las dificultades 
que se relacionan con los principios? He aquí' los 
puntos que vamos a examinar. 



CAPÍTULOS 

Todos los que suponen que el todo es uno, 
que no admite más que un solo principio, la mate- 
ria, que dan a este principio una naturaleza corpo- 
ral y extensa, incurren evidentemente en una mul- 
titud de errores, porque sólo reconocen los ele- 
mentos de los cuerpos, y no los de los seres incor- 
porales; y sin embargo, hay seres incorporales. Y 
después, aun cuando quieran explicar las causas 
de la producción y destrucción, y construir un sis- 
tema que abrace toda la naturaleza, suprimen 
la causa del movimiento. Otro defecto consiste en 
no dar por causa en ningún caso ni la esencia, ni 
la forma; asi' como el aceptar, sin suficiente 
examen, como principio de los seres un cuerpo 
simple cualquiera, menos la tierra; el no reflexio- 
nar sobre esta producción o este cambio, cuyas 
causas son los elementos; y por último, no deter- 
minar cómo se opera la producción mutua, de 
los elementos. Tomemos, por ejemplo, el fuego, el 
agua, la tierra y el aire. Estos elementos provienen 
los unos de los otros; unos por vi'a de reunión y 
otros por vi'a de separación. Esta distinción 
importa mucho para la cuestión de la prioridad y 
de la posterioridad de los elementos. Desde el pun- 
to de vista de la reunión, el elemento fundamental 
de todas las cosas parece ser aquel del cual, consi- 
derado como principio, se forma la tierra por vía 
de agregación, y este elemento deberá ser el más 
tenue y el más sutil de los cuerpos. Los que admi- 
ten el fuego como principio son los que se confor- 
man principalmente con este pensamiento. Todos 
los demás filósofos reconocen en igual forma, que 
tal debe ser el elemento de los cuerpos, y así nin- 
guno de los filósofos posteriores que admitieron 



Propledod de lo BibMoieeo 

Universidad Franrisrn "n-naiiin 



26 



ARISTÓTELES 



un elemento único, consideró la tierra como prin- 
cipio, a causa sin duda de la magnitud de sus par- 
tes, mientras que cada uno de los demás elementos 
ha sido adoptado como principio por alguno de 
aquéllos. Unos dicen, que es el fuego el principio 
de las cosas, otros el agua, otros el aire ¿Y por 
qué no admiten igualmente, según la común 
opinión, como principio la tierra? Porque gene- 
ralmente se dice que la tierra es todo. El mismo 
Hesiodo dice que la tierra es el más antiguo de 
todos los cuerpos;*' itan antigua y popular es esta 
creencia! 

Desde este punto de vista, ni los que admiten 
un principio distinto del fuego, ni los que suponen 
el elemento primero más denso que el aire y más 
sutil que el agua, podían por tanto estar en lo cier- 
to. Pero si lo que es posterior bajo la relación de 
la generación es anterior por su naturaleza (y 
todo compuesto, toda mezcla, es posterior por la 
generación), sucederá todo lo contrario; el agua 
será anterior al aire, y la tierra al agua. 

Limitémonos a las observaciones que quedan 
consignadas con respecto a los filósofos, que sólo 
han admitido un solo principio material. Mas son 
también aplicables a los que admiten un número 
mayor de principios, como Empédocles, por ejem- 
plo, que reconoce cuatro cuerpos elementales, pu- 
diéndose decir de él todo lo dicho de estos siste- 
mas. He aquí' lo que es peculiar de Empédocles. 

Nos presenta éste los elementos procediendo 
los unos de los otros, de tal manera que el fuego y 
la tierra no permanecen siendo siempre el mismo 
cuerpo. Este punto lo hemos tratado en la Físi- 
ca,'" asi' como la cuestión de saber si deben ad- 
mitirse una o dos causas del movimiento." En 
nuestro juicio, la opinión de Empédocles no es, ni 
del todo exacta, ni del todo irracional. Sin embar- 
go, los que adoptan sus doctrinas, deben desechar 
necesariamente todo tránsito de un estado a otro, 
porque lo húmedo no podría proceder de lo calien- 
te, ni lo caliente de lo húmedo, ni el mismo Em- 
pédocles nos dice cuál sena el objeto que hubiera 
de experimentar estas modificaciones contrarias, 
ni cuál sería esa naturaleza única que se hará agua 
y fuego. 

Podemos pensar que Anaxágoras admite dos 
elementos por razones que ciertamente él no ex- 
puso, pero que si se le hubieran manifestado, in- 
dudablemente habría aceptado. Porque bien que en 
suma sea absurdo decir que en un principio todo 
estaba mezclado, puesto que para que se verificara 
la mezcla, debió haber primero separación, puesto 



que es natural que un elemento cualquiera se mez- 
cle con otro elemento cualquiera, y en fin, porque 
supuesta la mezcla primitiva, las modificaciones y 
los accidentes se separarían de las sustancias, estan- 
do las mismas cosas igualmente sujetas a la mezcla 
y a la separación; sin embargo, si nos fijamos en las 
consecuencia, y si se precisa lo que Anaxágoras 
quiere decir, se hallará, no tengo la menor duda, 
que su pensamiento no carece, ni de sentido, ni de 
originalidad. En efecto, cuando nada estaba aún 
separado, es evidente que nada de cierto se podría 
afirmar de la sustancia primitiva. Quiero decir con 
esto, que la sustancia primitiva no sería blanca, ni 
negra, ni parda, ni de ningún otro color; sería nece- 
sariamente incolora, porque en otro caso tendría 
alguno de estos colores. Tampoco tendría sabor 
por la misma razón ni ninguna otra propiedad de 
este género. Tampoco podía tener calidad, ni can- 
tidad, ni nada que fuera determinado, sin lo cual 
hubiese tenido alguna de las formas particulares 
del ser; cosa imposible cuando todo está mezcla- 
do, y lo cual supone ya una separación. Ahora 
bien, según Anaxágoras, todo está mezclado, 
excepto la inteligencia; la inteligencia sólo existe 
pura y sin mezcla. Resulta de aquí, que Anaxá- 
goras admite como principios: primero, la unidad, 
porque es lo que aparece puro y sin mezcla; y des- 
pués otro elemento, lo indeterminado antes de to- 
da determinación, antes que haya recibido forma 
alguna. 

A este sistema le falta verdaderamente clari- 
dad y precisión; sin embargo, en el fondo del pen- 
samiento de Anaxágoras hay algo que se aproxi- 
ma a las doctrinas posteriores, sobre todo a las de 
los filósofos de nuestros días. 

Las únicas especulaciones familiares a los filó- 
sofos de que hemos hablado, recaen sobre la pro- 
ducción, la destrucción y el movimiento; porque 
los principios y las causas, objeto de sus indaga- 
ciones, son casi exclusivamente los de la sustan- 
cia sensible. Pero los que extienden sus especula- 
ciones a todos los seres, que admiten por una parte 
seres sensibles y por otra seres no sensibles, estu- 
dian evidentemente estas dos especies de seres. Por 
lo tanto, será conveniente detenerse más en sus 
doctrinas, y examinar lo que dice de bueno y de 
malo, que se refiera a nuestro asunto. 



69 Véase más arriba. 

70 Phisic, auKul., particularmente en los primeros capítu- 
los del primer libro. Bekli., pág. 184 y siguientes. 

7/ Véase Phiiic, auscuiL, ¡ib. VIII, y en la Metafísica la 
mayor parte del lib. XII. 



metafísica 



27 



Los que se llaman pitagóricos, emplean los 
principios y los elementos de una manera más 
extraña aún que los fi'sicos, y esto procede de que 
toman los principios fuera de los seres sensibles: 
los seres matemáticos están privados de movimien- 
to a excepción de aquellos de que trata la Astro- 
nomía. Ahora bien, todas sus indagaciones, todos 
sus sistemas, recaen sobre los seres físicos. Expli- 
can la producción del cielo, y observan lo que 
pasa en sus diversas partes, sus revoluciones y sus 
movimientos, y a esto es a lo que aplican sus prin- 
cipios y sus causas, como si estuvieran de acuerdo 
con ios físicos para reconocer que el ser está re- 
ducido a lo que es sensible, a lo que abraza nues- 
tro cielo. Pero sus causas y sus principios bastan, 
en nuestra opinión, para elevarse a la concepción 
de los seres que están fuera del alcance de los sen- 
tidos; causas y principios que podrían aplicarse 
mucho mejor a esto que a las consideraciones 
físicas. 



¿Pero cómo tendrá lugar el movimiento, si 
no hay otras sustancias que lo finito y lo infinito, 
lo par y lo impar? Los pitagóricos nada dicen de 
esto, ni explican tampoco cómo pueden operarse, 
sin movimiento y cambio, la producción y la des- 
trucción, o las revoluciones de los cuerpos celes- 
tes. Supongamos por otra parte, que se les con- 
ceda o que resulte demostrado que la extensión 
sale de sus principios; habrá aún que explicar por 
qué ciertos cuerpos son ligeros, por qué otros son 
pesados. Porque ellos declaran, y ésta es su pre- 
tensión, que todo lo que dicen de los cuerpos 
matemáticos lo afirman de los cuerpos sensibles; 
y por esta razón jamás han hablado del fuego, 
de la tierra, ni de los otros cuerpos análogos, co- 
mo si no tuvieran nada de particular que decir de 
los seres sensibles. 

Además, ¿cómo concebir que las modifica- 
ciones del número y el número mismo sean causas 
de lo que existe, de lo que se produce en el cielo 
en todos tiempos y hoy, y que no haya, sin embar- 
go, ningún otro número fuera de este número que 
constituye el mundo? En efecto, cuando los pita- 
góricos han colocado en tal parte del universo la 
Opinión y la Oportunidad, y un poco más arriba 
o más abajo la Injusticia, la Separación o la Mez- 
cla, diciendo para probar que es asi', que cada una 
de estas cosas es un número,' - y que en esta mis- 
ma parte del universo se encuentra ya una multi- 
tud de magnitudes, puesto que cada punto parti- 
cular del espacio está ocupado por alguna mag- 
nitud, ¿el número que constituye el cielo es 
entonces lo mismo que cada uno de estos núme- 



ros, o bien se necesita de otro número además de 
aquél?^' Platón dice que se necesita otro. Admi- 
te que todos estos seres, lo mismo que sus cau- 
sas, son igualmente número, pero las causas son 
números inteligibles, mientras que los otros se- 
res son números sensibles. 



CAPITULO 9 



Dejemos ya a los pitagóricos, y respecto a 
ellos atengámonos a lo dicho. Pasemos ahora a 
ocuparnos de los que reconocen las ideas como 
causas.'* Observemos por lo pronto, que al tra- 
tar de comprender las causas de los seres que es- 
tán sometidos a nuestros sentidos, han introducido 
otros tantos seres, lo cual es como si uno querien- 
do contar y no teniendo más que un pequeño 
número de objetos, creyese la operación impo- 
sible, y aumentase el número para poder prac- 
ticarla. Porque el número de las ideas es casi 
tan grande o poco menos que el de los seres 
cuyas causas intentan descubrir y de los cuales han 
partido para llegar a las ideas. Cada cosa tiene su 
homónimo; no sólo la tienen las esencias, sino 
también todo lo que es uno en la multiplicidad 
de los seres, sea entre las cosas sensibles, sea entre 
las cosas eternas. 

Además, de todos los argumentos con que 
se intenta demostrar la existencia de las ideas, 
ninguno prueba esta existencia. La conclusión de 
algunos no es necesaria; y conforme a otros, debe- 
ría haber ideas de cosas respecto de las que no se 
admite que las haya. En efecto, según las consi- 
deraciones tomadas de la ciencia, habrá ideas de 
todos los objetos de que se tiene conocimiento; 
conforme al argumento de la unidad en la plura- 
lidad, habrá hasta negaciones; y, en tanto que 
se piensa en lo que ha perecido, habrá también 
ideas de los objetos que han perecido, porque po- 
demos formarnos de ellos una imagen. Por otra 



72 Siendo cada una de estas cosas un número, se encontró- 
rían necesariamente en el mismo grado la una con relación 
a la otra, en la escala de los seres y en la escala de los nú- 
meros. 

73 Véase para los detalles, Asclepio, Schol., pág. 559; Ale- 
jandro, págs. 506 y 56a; Sepúlv., pág. 26-27; Philopon. 
f. 5,0. 

74 Los argumentos con que Aristóteles va o refutar la teoría 
de las ideas, se encuentran más adelante casi en el mismo 
orden, y casi siempre en los mismos términos. Véase XIII, 
*. S. 



28 



ARISTÓTELES 



parte, los razonamientos más rigurosos conducen 
ya a admitir las ideas de lo que es relativo y no se 
admite que lo relativo sea un género en si'; o ya a la 
hipótesis del tercer hombre.'' Por último, la de- 
mostración de la existencia de las ideas destruye lo 
que los partidarios de las ideas tienen más interés 
en sostener que la misma existencia de las ideas. 
Porque resulta de aquí' que no es la diada lo 
primero, sino el número; que lo relativo es an- 
terior al ser en si'; y todas las contradicciones 
respecto de sus propios principios en que han 
incurrido los partidarios de la doctrina de las ¡deas. 

Además conforme a la hipótesis de la existen- 
cia de las ideas, habrá ideas, no sólo de las esen- 
cias, sino de muchas otras cosas; porque hay uni- 
dad de pensamiento, no sólo con relación a la esen- 
cia, sino también con relación a toda especie de ser; 
las ciencias no recaen únicamente sobre la esencia, 
recaen también sobre otras cosas; y pueden sacarse 
otras mil consecuencias de este género. Más, por 
otra parte, es necesario, y así resulta de las 
opiniones recibidas sobre las ¡deas; es necesario, 
repito, que si hay participación de los seres en las 
ideas, haya ideas sólo de las esencias, porque no se 
tiene participación en ellas mediante el accidente; 
no debe haber participación de parte de un ser con 
las ideas, sino en tanto que este ser es un atributo 
de un sujeto. Y asi', si una cosa participase de la 
doble en si', participaría al mismo tiempo de la 
eternidad; pero sólo sería por accidente, porque 
sólo accidentalmente lo doble es eterno. Luego no 
hay ideas sino de la esencia. Luego, idea significa 
esencia en este mundo y en el mundo de las ideas; 
¿de otra manera qué significaría esta proposición: 
la unidad en la pluralidad'* es algo que está fuera 
de los objetos sensibles?' ' Y si las ideas son del 
mismo género que las cosas que participan de 
ellas, habrá entre las ideas y las cosas alguna rela- 
ción común. ¿Por qué ha de haber entre las diadas 
perecederas y las diadas también varias, pero eter- 
nas,'* unidad e identidad del carácter constitu- 
tivo de la diada, más bien que entre la diada ideal y 
la diada particular?" Si no hay comunidad de gé- 
nero, no habrá entre ellas más de común que el 
nombre; y será como si se diese el nombre de 
hombre a Callias y a un trozo de madera, sin haber 
observado ninguna relación entre ellos. 

Una de las mayores cuestiones de difícil reso- 
lución sería demostrar para qué sirven las ideas a 
los seres sensibles eternos, o a los que nacen y pere- 
cen. Porque las ideas no son, respecto de ellos, cau- 
sas de movimiento, ni de ningún cambio; ni prestan 
auxilio alguno para el conocimiento de los demás 
seres, porque no son su esencia, pues en tal caso 



estarían en ellos. Tampoco son su causa de exis- 
tencia, puesto que no se encuentran en los obje- 
tos que participan de las ideas. Quizá se dirá que 
son causa de la misma manera que la blancura es 
causa del objeto blanco, en el cual se da mezclada. 
Esta opinión, que tiene su origen en las doctrinas 
de anaxágoras y que ha sido adoptada por Eudo- 
xio*" y por algunos otros, carecen verdadera- 
mente de todo fundamento, y sería fácil acumular 
contra ella una multitud de objeciones insolubles. 
Por otra parte, los demás objetos no pueden pro- 
venir de las ideas en ninguno de los sentidos en 
que se entiende de ordinario esta expresión.* ' De- 
cir que las ideas son ejemplares, y que las demás 



75 Es decir, que además del hombre irtdividual y del hombre 
genérico, o la Idea de hombre, deberá haber un tercer 
hombre. 

He aquí las diversas formas bajo las cuales se presentaba 
este argumento famoso, que Aristóteles, aquí como en el 
libro XIII, sólo indica de paso. Oigamos a Alejandro 
de Afrodisias: 

"Cuartdo decimos el hombre se pasea, no es el hombre en 
tanto que idea de lo que se trata: la idea es inmóvil: tam- 
poco se trata de hombre particular: porque, ¿puede ha- 
blarse de un ser que no se conoce? Sabemos que un hom- 
bre se pasea, pero quién es el Individuo de que hablamos 
nosotros no lo sabemos. Por consiguiente, de un hombre 
distinto de los dos primeros es del que decimos el hombre 
se pasea. 

"Fan/'as, en su libro contra Diodoro, atribuye al sofista 
Polixenes otro argumento del tercer hombre, que es el 
siguiente: 

"Si el hombre es hombre por su participación, por su co- 
mercio con la idea y el hombre en si, es preciso que haya 
un hombre cuya existencia dependo de la de la idea. No 
es el hombre en si el que lo es por uno porticipoción con 
la ideo, porque él mismo es lo idea; y tampoco es algún 
hombre particular. Sólo resta que seo un tercer hombre, 
cuya existencia depende de lo idea. 

"Aun podría presentarse este argumento de otra manera: 
si lo que se afirmo de muchos cosas a la vez es un ser 
aparte, distinto de las cosas de que se afirmo (y esto es 
lo que pretendían los platonianos), es preciso, si así 
sucede, que haya un tercer hombre... El hombre es una 
denominación que se aplico a los individuos y a la ideo. 
Hay, pues, un tercer hombre distinto de los hombres 
particulares y de la ideo. Hoy al mismo tiempo un cuar- 
to que estará en la misma relación con éste y con lo 
ideo y los hombres particulares; después un quinto, y 
así hasta el infinito." Brand. Schol., pág. 566, Sepúlv., 
págs. 29-30. 

Asclepio reproduce poco más o menos el argumento 
bajo esto tercero forma. Brand. Schol., pág. 567. 

76 El modelo que se aplica a muchos objetos, la idea. 

77 Alejandro de Afrodisias: "Uno cualidad, en este mun- 
do, no puede corresponder a una esencia en el mundo 
de las ideas. Si los ideas son esencias, sus imágenes no pue- 
den ser en porte esencia y en parte otra coso." Schol., 
pág. 570; Sepúlv., pág. 31. 

78 Las diados matemáticos, el número dos, lo línea. Los se- 
res matemáticos eran intermedios entre las cosas sen- 
sibles y las ideas; había entre ellos y las cosas sensibles 
esta comunidad genérica de que se trato. 

79 TÓ 6m1s Ctfas, r l» 9<" ^"ce que la diada sea 
uno diodo, su esencia. Aristóteles no sirve frecuentemen- 
te del infinito, ya como aquí, precedido de un nomina- 
tivo, yo precedido de un nominativo, ya precedido de un 
dativo para designar la esencia, el carácter propio del ser. 

80 Eudoxio, omigo y discípulo de Platón, es célebre sobre 
todo como astrónomo; Aristóteles expone más adelante 
el sistema astronómico de este filósofo. Véase el lib. 
XII, 8. 

81 Véase en el liv. V, 24, los diversas acepciones de los tér- 
minos: ser o prevenir de. 



metafísica 



29 



cosas participan de ellas, es pagarse de palabras 
vacias de sentido y hacer metáforas poéticas.. El 
que trabaja en su obra ¿tiene necesidad para ello 
de tener los ojos puestos en las ideas? Puede su- 
ceder que exista o que se produzca un ser seme- 
jante a otro, sin haber sido modelado por este otro; 
y asi', que Sócrates existe o no, podría nacer un 
hombre como Sócrates. Esto no es menos eviden- 
te, aun cuando se admitiese un Sócrates eterno. 
Habría por otra parte muchos modelos del 
mismo ser, y por consiguiente muchas ideas; res- 
pecto del hombre, por ejemplo, habría a la vez 
la de animal, la de bípedo, y la del hombre en sí. 

Además, las ideas no serán sólo modelos de 
los seres sensibles, sino que serán también modelos 
de sí mismas; tal será el género en tanto que géne- 
ro de ideas; de suerte que la misma cosa será a la 
vez modelo y copia.*' Y puesto que es imposible, 
al parecer, que la esencia se separa de aquello de 
que ella es esencia, ¿cómo en este caso las ideas 
que son la esencia de las cosas podrían estar sepa- 
radas de ellas? Se dice en el Fedon, que las ideas 
son las causas del ser y del devenir o llegar a ser,*^ 
y sin embargo, aun admitiendo las ideas, los seres 
que de ellas participan no se producen si no hay un 
motor. Vemos, por el contrario, producirse mu- 
chos objetos, de los que no se dice que haya ideas; 
como una casa, un anillo, y es evidente entonces 
que las demás cosas pueden ser o hacerse por 
causas análogas a la de los objetos en cuestión. 

Asimismo, si las ¡deas son números, ¿cómo 
podrán estos números ser causas? ¿Es porque los 
seres son otros números, por ejemplo, tal núme- 
ro el hombre, tal otro Sócrates, tal otro Calilas? 
¿Por qué los unos son causa de los otros? Pues con 
suponer a los unos eternos y a los otros no, no se 
adelantará. Si se dice que los objetos sensibles no 
son más que relaciones de números, como lo es, 
por ejemplo, una armonía, es claro que habrá al- 
go de que serán ellos la relación. Este algo es la 
materia. De aquí resulta evidentemente que los 
números mismos no serán más que relaciones de 
los objetos entre sí. Por ejemplo, supongamos que 
Callias sea una relación en números de fuego, agua, 
tierra y aire; entonces el hombre en sí se compon- 
drá, además del número, de ciertas substancias, y 
en tal caso la idea número, el hombre ideal, sea o 
no un número determinado, será una relación 
numérica de ciertos objetos, y no un puro núme- 
ro, y por consiguiente, no es el número el que 
constituirá el ser particular. 

Es claro, que de la reunión de muchos núme- 
ros resulta un número; pero ¿cómo muchas ideas 



pueden formar una sola idea? Si no son las ideas 
mismas, si son las unidades numéricas compren- 
didas bajo las ideas las que constituyen la suma, y 
si esta suma es un número en el género de la mirla- 
da, ¿qué papel desempeñan entonces las unidades? 
Si son semejantes, resultan de aquí numerosos 
absurdos; si no son semejantes, no serán todas, ni 
las mismas, ni diferentes entre sí. Porque, ¿en qué 
diferirán no teniendo ningún modo particular? 
Estas suposiciones no son razonables, ni están de 
acuerdo con el concepto mismo de la unidad. 

Además, será preciso introducir necesariamen- 
te otra especie de número, objeto de la aritmética, 
y todos esos intermedios de que hablan algunos fi- 
lósofos. ¿En qué consisten estos intermedios, y de 
qué principios se derivan? Y, por último, ¿para 
qué estos intermediarios entre los seres sensibles 
y las ideas? Además, las unidades que entran en 
cada diada procederán de una diada anterior, y esto 
es imposible. Luego, ¿por qué el número compues- 
to es uno? Pero aún hay más: si las unidades son 
diferentes, será preciso que se expliquen como lo 
hacen los que admiten dos o cuatro elementos; 
los cuales dan por ejemplo, sino el fuego o la tie- 
rra, sea o no el cuerpo algo de común entre los se- 
res. Aquí sucede lo contrario; se hace de la uni- 
dad un ser compuesto de partes homogénicas, 
como el agua o el fuego. Y si así sucede, los núme- 
ros no serán esencia. Por lo demás, es evidente que 
si hay una unidad en sí, y si en esta unidad es prin- 
cipio, la unidad debe tomarse en muchas acepcio- 
nes; de otra manera, iríamos a parar a cosas impo- 
sibles. 

Con el fin de reducir todos los seres a estos 
principios, se componen las longitudes de lo largo 
y de lo corto, de una especie de pequeño y de 
grande; la superficie de una especie de ancho y de 
estrecho; y el cuerpo de una especie de profundo y 
de no profundo. Pero en este caso, ¿cómo el plano 
contendrá la línea, o cómo el sólido contendrá 
la línea y el plano? Porque lo ancho y lo estrecho 



82 La especie hombre es una idea, y por consiguiente un 
eiemplor con relación a los hombres particulares que ella 
comprende, Pero el género animal que comprende la es- 
pecie hombre, es una idea igualmente, y por consiguien- 
te, un ejemplar con relación a la idea de hombre. La idea 
de hombre, por lo tonto, es a la vei ejemplar y copia. 
Noto de M. Cousin, 

83 Esta proposición no se encuentra textualmente en el diá- 
logo; pero es el resumen completo de toda esta parte del 
Fedon, en el que Platón ha expuesto los fundamentos 
de la teoría de las ideas. Véase el Fedon. Asclepio ve en 
este pasaje de Aristóteles una prueba irrefutable de lo 
autenticidad del Fedon, atacada por un cierto Panecio; 
Aristóteles, añade, refuta o Platón, y ai atacar sus doctri- 
nas, invoca el testimonio del Fedoa Schol., página 576. 



30 



ARISTÓTELES 



difieren en cuanto género de lo profundo y de su 
contrario. Y asi' como el número no se encuentra 
en estas cosas, porque el más y el menos difieren 
de los principios que acabamos de asentar, es 
igualmente evidente que de estas diversas especies, 
las que son anteriores no se encontrarán en lasque 
son posteriores.** Y no se diga que lo profundo es 
una especie de ancho, porque entonces el cuerpo 
sena una especie de plano. Por otra parte, ¿los 
puntos de dónde han de proceder? Platón camba- 
tió la existencia del punto, suponiendo que es una 
concepción geométrica. Le daba el nombre de prin- 
cipio de la línea, siendo los puntos estas lineas in- 
divisibles de que hablaba muchas veces. Sin em- 
bargo, es preciso que la linea tenga límites, y las 
mismas razones que prueban la existencia de la lí- 
nea, prueban igualmente la del punto. 

En una palabra, es el fin propio de la filoso- 
fía el indagar las causas de los fenómenos, y preci- 
samente es esto mismo lo que se desatiende. Por- 
que nada se dice de la causa que es origen del cam- 
bio, y para explicar la esencia de los seres sensi- 
bles se recurre a otras esencias; ¿pero son las unas 
esencias de las otras? A esto sólo se contesta con 
vanas palabras. Porque participar, como hemos 
dicho anteriormente, no significa nada. En cuanto 
a esta causa, que en nuestro juicio es el principio 
de todas las ciencias, principio en cuya virtud 
obra toda inteligencia, toda naturaleza, esta cau- 
sa que colocamos entre los primeros principios, 
las ideas de ninguna manera la alcanzan. Pero las 
matemáticas se han convertido hoy en filosofía, 
son toda la filosofía, por más que se diga que su 
estudio no debe de hacerse sino en vista de otras 
cosas.*' Además, lo que los matemáticos admiten 
como sustancia de los seres podría considerarse 
como una sustancia puramente matemática, como 
un atributo, una diferencia de la sustancia o de la 
materia, más bien que como la materia misma. He 
aquí a lo que viene a parar lo grande y lo pequeño. 
A esto viene también a reducirse la opinión de los 
físicos de que lo raro y lo denso son las primeras 
diferencias del objeto. Esto no es, en efecto, otra 
cosa que lo más y lo menos."* Y en cuanto al mo- 
vimiento, si el más y el menos lo constituyen, es 
claro que las ideas estarán en movimiento; si no 
es así, ¿de dónde ha venido el movimiento? 
Suponer la inmovilidad de las ideas equivale a 
suprimir todo estudio de la naturaleza.*^ 

Una cosa que parece más fácil demostrar, es, 
que todo es uno; y sin embargo, esta doctrina 
no lo consigue. Porque resulta de la explicación, 
no que todo es uno, sino que la unidad en sí es 
todo, siempre que se conceda que es todo; y 



esto no se puede conceder, a no ser que se reco- 
nozca la existencia del género universal, lo cual es 
imposible respecto de ciertas cosas. 

Tampoco en este sistema se puede explicar 
lo que viene después del número, como las lon- 
gitudes, los planos, los sólidos; no se dice cómo 
estas cosas son y se hacen, ni cuáles son sus pro- 
piedades. Porque no pueden ser ideas; no son nú- 
meros; no son seres intermedios; este carácter per- 
tenece a los seres matemáticos. Tampoco son se- 
res perecederos. Es preciso admitir, por lo tanto, 
que es una cuarta especie de seres. 

Finalmente, indagar en conjunto los elemen- 
tos de los seres sin establecer distinciones, cuando 
la palabra elemento se toma en tan diversas acep- 
ciones,** es ponerse en la imposibilidad de encon- 
trarlos, sobre todo, si se plantea de esta manera la 
cuestión: ¿cuáles son los elementes constitutivos? 
Porque seguramente no pueden encontrarse así 
los principios de la acción, de la pasión, de la di- 
rección rectilínea; y si pueden encontrarse los 
principios, sólo respecto de las esencias. De suer- 
te que buscar los elementos de todos los seres 
o imaginarse que se han encontrado, es una verda- 
dera locura. Además, ¿cómo pueden averiguarse 
los elementos de todas las cosas? Evidentemente, 
para esto sería preciso no poseer ningún conoci- 
miento anterior. El que aprende la geometría, 
tiene necesariamente conocimientos previos, pero 
nada sabe de antemano de los objetos de la geo- 
metría y de lo que se trata de aprender. Las demás 
ciencias se encuentran en el mismo caso. Por con- 
siguiente, si como se pretende, hay una ciencia 
de todas las cosas, se abordará esta ciencia sin 
poseer ningún conocimiento previo. Porque toda 
ciencia se adquiere con el auxilio de conocimien- 
tos previos,*'' totales o parciales, ya proceda por 



84 En esta frase se alude a la anterioridad y la posteriori- 
dad de naturaleza y esencia de que habla Aristóteles, v, 
1 1, y Que hace que de dos cosas, la una, la que es ante- 
rior, pueda existir sin la otra, mientras que la otra no pue- 
de existir sin la primera. De esta suerte el número es 
anterior o la lineo, la linea al plano, el plano al sólido; 
porque la línea puede existir sin la superficie e Indepen- 
dientemente de ella, pero no la superficie sin la linea. 

85 Alusión a las doctrinas de Speuslppo, de Eudoxio y de 
otros platonianos que casi se habla hecho pitagóricos. 

86 El exceso y el defecto. 

87 Aristóteles define la Física: la ciencia de los seres sus- 
ceptibles de movimiento. Véase principalmente el lib. 
VI. I;y Phislca Auscult 

88 Véase en el lib. V, 3, las diversos acepciones de la pala- 
bra elemtnto. 

89 "Toda ciencia, todo conocimiento inteligible, proviene 
de un conocimiento anterior." Esta proposición funda- 
mental es la primera frase de los Segundos Analíticos. 



metafísica 



31 



vi'a de demostración, ya por definiciones; porque 
es preciso conocer antes, y conocer bien, los ele- 
mentos de la definición. Lo mismo sucede con la 
ciencia inductiva.'** De otro lado, si la ciencia 
de que hablamos fuese innata en nosotros, sería 
cosa sorprendente que el hombre, sin advertirlo, 
poseyese la más excelente de las ciencias. 

Además, ¿cómo conocer cuáles son los ele- 
mentos de todas las cosas, y llegar sobre este pun- 
to a la certidumbre? Porque ésta es otra dificultad. 
Se discutirá sobre los verdaderos elementos, como 
se discute con motivo de ciertas silabas. Y asi', unos 
dice que la sílaba xa se compone de c, de s 
y de a; otros pretenden, que en ella entra otro 
sonido distinto de todos los que se reconocen co- 
mo elementos.' ' En fin, en las cosas que son per- 
cibidas por los sentidos, ¿el que esté privado de la 
facultad de sentir, las podrá percibir? Debería, 
sin embargo, conocerlas, si las ideas son los ele- 
mentos constitutivos de todas las cosas, de la mis- 
ma manera que los sonidos simples son los ele- 
mentos de los sonidos compuestos. 

CAPITULO 10 

Resulta evidentemente de lo que precede, que 
las indagaciones de todos los filósofos recaen sobre 
los principios que hemos enumerado en la Física, y 
que no hay otros fuera de éstos. Pero estos princi- 
pios han sido indicados de una manera oscura, y 
podemos decir que, en un sentido, se ha hablado 
de todos ellos antes que nosotros, y en otro, que 
no se ha hablado de ninguno. Porque la filosofía 
de los primeros tiempos, joven aún y en su primer 
arranque, se limita a hacer tanteos sobre todas las 
cosas. Empedocles, por ejemplo, dice que lo que 
constituye los huesos es la proporción.'^ Ahora 
bien, éste es uno de nuestros principios, la forma 
propia, la esencia de cada objeto. Pero es preciso 
que la proporción sea igualmente el principio 
esencial de la carne y de todo lo demás;" o si 
no, no es principio de nada.'* La proporción 
es la que constituirá la carne, el hueso y cada uno 
de los demás objetos; no será la materia, no serán 
estos elementos de Empedocles, el fuego, la tierra, 
el agua y el aire. Empedocles se hubiera conven- 
cido indudablemente ante estas razones, si se le 
hubieran propuesto; pero él por sí no ha puesto 
enteramente en claro su pensamiento. 

Hemos expuesto líneas antes la insuficien- 
cia de la aplicación de los principios que nan hecho 
nuestros predecesores. Pasemos ahora a exami- 
nar las dificultades que pueden ocurrir relativa- 
mente a los principios mismos. Este será un medio 



de facilitar la solución de las que pueden presen- 
tarse más tarde. 



LIBRO CUARTO (G) 



CAPITULO 1 

Hay una ciencia que estudia el ser en tanto 
que ser y los accidentes propios del ser. Esta cien- 
cia es diferente de todas las ciencias particulares, 
porque ninguna de ellas estudia en general el ser 
en tanto que ser. Estas ciencias sólo tratan de ser 
desde cierto punto de vista, y sólo desde este punto 
de vista estudian sus accidentes; en este caso están 
las ciencias matemáticas. Pero puesto que indaga- 
mos los principios, las causas más elevadas, es 
evidente que estos principios deben de tener una 
naturaleza propia. Por tanto, si los que han inda- 
gado los elementos de los seres buscaban estos prin- 
cipios, debían necesariamente estudiar los elemen- 
tos del ser, no en tanto que accidentes, sino en 



90 Át iwttrfUrfili. . Llevar, conducir, para hacer Que 
se admita uno proposición negada, de otras proposicio- 
nes admitidas sin dificultad y con lo que se hace ver 
en seguida la intima conexión con la primera, que es lo 
que se llama la inducción socrática. Véase los Diiloios 
de Platón y a Jenofonte, Esto inducción sólo tiene de 
común con la inducción baconiana el nombre. Ambas 
conducen a una generaliíación; pero el término de la in- 
ducción socrática está señalado de antemano por el que 
emplea la inducción, mientras que el método de Bacon 
es un método de descubrimientos que nos lleva de lo 
conocido a lo desconocido. 

91 Es decir, que la letra doble es, según unos, una simple 
abreviación, y tiene, según otros, un sonido particular. 

92 ArisL Del Alma, /, 5. "¿Cómo conocerá el alma, cómo 
percibirá por los sentidos el conjunto que resulta de 
una reunión de elementos? ¿Cómo sabrá lo que es un 
dios, un hombre, la carne, un hueso, o cualquier otro 
compuesto? Un compuesto no es una reunión cualquiera 
de elementos: se necesita una proporción, una disposi- 
ción particular. Asi explica Empedocles la formación 
del hueso. " Siguen tres versos de Empedocles, cuyo sen- 
tido es fácil de conocer, más cuyos detalles no han alean- 
iodo a aclarar toda la sagacidad de los comentaristas. 
Véase los versiones tan diferentes de Bagolini, Syriam, and 
Peuph. XIII. f. 118;Polriccl, Philop. and. lib. XIV. f. 66; 
Argiropulo, De ánima, /, 5, Brucker, Ad Scipionem Aquí- 
liamun, pág. 169. Sepúlveda omitió los tarsos de Empe- 
docles citados por Alejandro, Brand, pág. 587. Véase 
igualmente a Sturtc, Empedoclis carmina, pd;s. 409, 522, 
599 y 600. 

93 "Puesto que el hombre, los demás animales y las partes 
de los animales tienen una constitución que les es propia, 
es preciso irtdagar qué facultad, qué virtud particular cons- 
tituye la carne, el hueso, la sangre... No bcita conocer los 
elementos, el fuego, la tierra que entran en la composi- 
ción..., es preciso conocer la forma más bien que la mate- 
ria." De Partibus anim. /, /, Bekh., pág. 640. 

94 lodos los cuerpos, lo mismo que los huesos, se componen 
de elementos, la misma causa que obra en el primer coso, 
debe obrar en el otro. 



32 



ARISTÓTELES 



tanto que seres. Por esta razón debemos nosotros 
también estudiar las causas primeras del ser en 
tanto que ser. 



CAPITULO 2 

El ser se entiende de muchas maneras, pero es- 
tos diferentes sentidos se refieren a una sola cosa, 
a una misma naturaleza, no habiendo entre ellos 
sólo comunidad de nombre; más asi' como por sano 
se entiende todo aquello que se refiere a la salud, lo 
que la conserva, lo que la produce, aquello de que 
es ella señal y aquello que la recibe; y asi' como por 
medicinal puede entenderse todo lo que se relacio- 
na con la medicina, y significar ya aquello que 
posee el arte de la medicina, o bien lo que es 
propio de ella, o finalmente lo que es oDra suya, 
como acontece con la mayor parte de las cosas; 
en igual forma el ser tiene muchas significaciones, 
pero todas se refieren a un principio único. Tal 
cosa se llama ser, porque es una esencia; tal otra 
porque es una modificación de la esencia, porque 
es la dirección hacia la esencia, o bien es su destruc- 
ción, su privación, su cualidad, porque ella la pro- 
duce, le da nacimiento, está en relación con ella; o 
bien, finalmente, porque ella es la negación de ser 
desde alguno de estos puntos de vista o de la esen- 
cia misma. En este sentido decimos que el no ser 
es, que él es el no ser. Todo lo comprendido bajo 
la palabra general de sano, es del dominio de una 
sola ciencia. Lo mismo sucede con todas las demás 
cosas: una sola ciencia estudia, no ya lo que com- 
prende en si' mismo un objeto único, sino todo lo 
que se refiere a una sola naturaleza; pues, en efecto, 
éstos son, desde un punto de vista, atributos del 
objeto único de la ciencia. 

Es, pues, evidente, que una sola ciencia estu- 
diará igualmente los seres en tanto que seres. Aho- 
ra bien, la ciencia tiene siempre por objeto propio 
lo que es primero, aquello de que todo lo demás de- 
pende, aquello que es la razón de la existencia de 
las demás cosas. Si la esencia está en este caso, 
será preciso que el filósofo posea los principios 
y las causas de las esencias. Pero no hay más que un 
conocimiento sensible, una sola ciencia para un 
solo género; y asi' una sola ciencia, la gramática, 
trata de todas las palabras; y de igual modo una 
sola ciencia general tratará de todas las especies 
del ser y de las subdivisiones de estas especies. 

Si, por otra part.e el ser y la unidad son una 
misma cosa, si constituyen una sola naturaleza, 
puesto que se acompañan siempre mutuamente 
como principio y como causa, sin estar, sin em- 



bargo, comprendidos bajo una misma noción, 
importará poco que nosotros tratemos simultá- 
neamente del ser y de la esencia; y hasta ésta será 
una ventaja. En efecto, un hombre, ser hombre 
y hombre, significan la misma cosa; nada se altera 
la expresión: el hombre es, por esta duplicación: 
el hombre es hombre o el hombre es un hombre. Es 
evidente que el ser no se separa de la unidad, ni 
en la producción ni en la destrucción. Asimismo la 
unidad nace y perece con el ser. Se ve claramente 
que la unidad no añade nada al ser por su adjun- 
ción, y, por último, que la unidad no es cosa alguna 
fuera del ser. 

Además, la sustancia de cada cosa es una en si' 
y no accidentalmente. Y lo mismo sucede con la 
esencia. De suerte que tantas cuantas especies hay 
en la unidad, otras tantas especies correspondien- 
tes hay en el ser. Una misma ciencia tratará de 
lo que son en si' mismas estas diversas especies; 
estudiará, por ejemplo, la identidad y la semejan- 
za, y todas las cosas de este género, asi' como sus 
opuestas; en una palabra, los contrarios; porque de- 
mostraremos en el examen de los contrarios,' que 
casi todos se reducen a este principio, la oposición 
de la unidad con su contrario. 

La filosofía constará además de tantas partes 
como esencias hay; y entre estas partes habrá ne- 
cesariamente una primera, una segunda. La unidad 
y el ser se subdividen en géneros, unos anteriores y 
otros posteriores; y habrá tantas partes de la filo- 
sofía como subdivisiones hay.' El filósofo se 
encuentra, en efecto, en el mismo caso que el ma- 
temático. En las matemáticas hay partes; hay una 
primera, una segunda,' y asi' sucesivamente. 

Una sola ciencia se ocupa de los opuestos, y 
la pluridad es lo opuesto a la unidad; una sola y 
misma ciencia tratará de la negación y de la pri- 
vación, porque en estos dos casos es tratar de la 
unidad, como que respecto de ella tiene lugar la 
negación o privación: privación simple, por ejem- 
plo, cuando no se da la unidad en esto, o priva- 
ción de la unidad en un género particular. La uni- 
dad tiene, por lo tanto, su contrario,* lo mismo en 



7 Véase la mayor parte del libro X y los libros XII. 10, 
y XIV, I. 

2 Hay la ciencia de los seres sensibles perecederos, y la cien- 
cia de los seres sensibles eternos. Véase el libro VI. I. 

3 La aritmética, la geometría, las partes de la geometría, 
etc. 

4 Todo lo que difiere de la unidad, en el sentido en que 
es preciso entender aquí la palabra diferencia, es lo con- 
trario de la unidad; porque lo que difiere de la unidad no 
es la unidad, es lo no-uno, y lo no-uno es lo contrario 
de la unidad. 



metafísica 



33 



la privación que en la negación: la negación es la 
ausencia de tal cosa particular: bajo la privación 
hay igualmente alguna naturaleza particular, de la 
que se dice que hay privación. Por otra parte, la 
pluralidad es, como hemos dicho, opuesta a la uni- 
dad. La ciencia de que se trata se ocupará de lo 
que es opuesto a las cosas de que hemos hablado: 
a saber, de la diferencia, de la desemejanza, de la 
desigualdad y de los demás modos de este género, 
considerados, o en si' mismos, o con relación a la 
unidad y a la pluralidad. Entre estos modos será 
preciso colocar también la contrariedad, porque la 
contrariedad es una diferencia, y la diferencia entra 
en lo desemejante. La unidad se entiende de mu- 
chas maneras; y por tanto estos diferentes modos 
se entenderán lo mismo; mas, sin embargo, 
pertenecerá a una sola ciencia el conocerlos todos. 
Porque no se refieren a muchas ciencias sólo por- 
que se tomen en muchas acepciones. Si no fuesen 
modos de la unidad, si sus nociones no pudiesen 
referirse a la unidad, entonces pertenecerían a 
ciencias diferentes. Todo se refiere a algo que es 
primero; por ejemplo, todo lo que se dice uno, 
se refiere a la unidad primera. Lo mismo debe de 
suceder con la identidad y la diferencia, y sus con- 
trarios. Cuando se ha examinado en particular en 
cuántas acepciones se toma una cosa, es indispen- 
sable referir luego estas diversas acepciones a lo que 
es primero en cada categoría del ser; es preciso ver 
cómo cada una de ellas se liga con la significación 
primera. Y así, ciertas cosas reciben el nombre de 
ser y de unidad, porque los tienen en sí mismas; 
otras, porque los producen, y otras por alguna ra- 
zón análoga. Es por tanto evidente, como hemos 
dicho en el planteamiento de las dificultades,' que 
una sola ciencia debe tratar de la sustancia y de 
sus diferentes modos; ésta era una de las cuestio- 
nes que nos habíamos propuesto. 

El filósofo debe poder tratar todos estos pun- 
tos, porque si no perteneciera y fuera todo esto 
propio del filósofo, ¿quién ha de examinar, si 
Sócrates y Sócrates sentados son la misma cosa; si 
la unidad es opuesta a la unidad; qué es la oposi- 
ción; cuántas maneras debe entenderse, y una mul- 
titud de cuestiones de este género? Puesto que los 
modos, de que hemos hablado, son modificacio- 
nes propias de la unidad en tanto que unidad, del 
ser, y no en tanto que números, líneas o fuego, 
es evidente que nuestra ciencia deberá estudiarlos 
en su esencia y en sus accidentes. El error de los 
que hablan de ellos no consiste en ocuparse de se- 
res extraños a la filosofía, y sí en no decir nada de 
la esencia, la cual es anterior a estos modos. Así co- 
mo el número en tanto que número tiene modos 
propios, por ejemplo, el impar, el par, la conmen- 



surabilidad, la igualdad, el aumento, la disminu- 
ción, modos todos ya del número en sí, ya de los 
números en sus recíprocas relaciones y lo mismo 
que el sólido, al mismo tiempo que pueda estar 
inmóvil o en movimiento, ser pesado o ligero, 
tiene también sus modos propios, en igual forma 
el ser en tanto que ser tiene ciertos modos parti- 
culares, y estos modos son objeto de las investi- 
gaciones del filósofo. La prueba de esto es que las 
indagaciones de los dialécticos y de los sofistas, 
que se disfrazan con el traje del filósofo, porque 
la sofística no es otra cosa que la apariencia de la 
filosofía, y los dialécticos disputan sobre todo, 
tales indagaciones, digo, son todas ellas relativas 
al ser. Si se ocupan de estos modos del ser, es 
evidentemente porque son del dominio de la 
filosofía, como que la dialéctica y la sofística se 
agitan en el mismo círculo de ideas que la filo- 
sofía. Pero la filosofía difiere de la una por los 
efectos que produce,* y de la otra por el género 
de vida que impone.^ La dialéctica trata de co- 
nocer, la filosofía conoce; en cuanto a la sofís- 
tica, no es más que una ciencia aparente y sin 
realidad. 

Hay en los contrarios dos series opuestas, 
una de las cuales es la privación, y todos los con- 
trarios pueden reducirse al ser y al no ser, a la uni- 
dad y a la pluralidad. El reposo, por ejemplo, perte- 
nece a la unidad, el movimiento a la pluralidad. Por 
lo demás, casi todos los filósofos están de acuerdo 
en decir que los seres y la sustancia están formados 
de contrarios. Todos dicen que los principios son 
contrarios, adoptando los unos el impar y el par, 
otros lo caliente y lo frío, otros lo finito y lo infi- 
nito, otros la Amistad y la Discordia. Todos sus 
demás principios se reducen, al parecer, como 
aquellos, a la unidad y la pluralidad. Admitamos 
que efectivamente se reducen a esto. En tal caso, 
la unidad y la pluralidad son en cierto modo 
géneros bajo los cuales vienen a colocarse sin 
excepción alguna los principios reconocidos por 



5 LIBRO III, 2. 

6 Entre la filosofía y la dialéctica hay la misma difenncia 
que entre lo verdadero y lo probable; lo verdadero es irre- 
sistible: se puede rehusar el aceptar lo que es sólo 
probable. 

7 Aun es más patente lo diferencia entre el filósofo y el 
sofista, que entre el filósofo y el dialéctico: es la misma 
que entre el ser y el parecer A lo que aspira el sofista es 
sólo a sorprender a los hombres, hacer creer en la ciencia 
que él no posee, y sacar partido de la credulidad del vul- 
go. El filósofo no pretende aparecer sino tal cual es, 
busca la verdad con el solo fin de conocer sin mira alguna 
de interés personal; su vida es un sacrificio perpetuo en 
honor a la ciencia. 



34 



ARISTÓTELES 



los filósofos ci'je nos han precedido." De aquí' 
resulta evidentemente que una sola ciencia debe 
ocuparse del ser en tanto que ser, porque todos 
los seres son o contrarios o compuestos de con- 
trarios; y los principios de los contrarios son la 
unidad y pluralidad, las cuales entran en una 
misma ciencia, sea que se apliquen, o, como pro- 
bablemente debe deciise con más verdad, que no 
se aplique cada una de ellas a una naturaleza úni- 
ca. Aunque la unidad se toma en diferentes acep- 
ciones, todos estos diferentes sentidos se refieren, 
sin embargo, a la unidad primitiva. Lo mismo 
sucede respecto a los contrarios; y pot esta razón, 
aún no concediendo que el ser y la unidad son 
algo universal que se encuentra igualmente en 
todos los individuos o que se da fuera de los in- 
dividuos (y quizá** no estén separados realmente 
de ellos), será siempre exacto que ciertas cosas se 
refieren a la unidad, y otras se derivan de la uni- 
dad. 

Por consiguiente, no es al geómetra a quien 
toca'" estudiar lo contrario, lo perfecto, el ser, 
la unidad, la identidad, lo diferente; él habrá de 
limitarse a reconocer la existencia de estos prin- 
cipios. 

Por lo tanto, es muy claro que pertenece a 
una ciencia única estudiar el ser en tanto que ser, 
y los modos del ser en tanto que ser; y esta cien- 
cia es una ciencia teórica, no sólo de las sustan- 
cias, sino también de sus modos, de los mismos 
de que acabamos de hablar, y también de la prio- 
ridad y de la posterioridad, del género y de la 
especie, del todo y de la parte y de las demás co- 
sas análogas. 



CAPITULO 3 



Ahora tenemos que examinar si el estudio de 
lo que en las matemáticas se llama axiomas y el de 
la esencia, dependen de una ciencia única o de cien- 
cias diferentes. Es evidente que este doble examen 
es objeto de una sola ciencia, y que esta ciencia 
es la filosofía. En efecto, los axiomas abrazan sin 
excepción todo lo que existe, y no tal o cual 
género de seres tomados aparte, con exclusión de 
los demás. Todas las ciencias se sirven de los axio- 
mas, porque se aplican al ser en tanto que ser, y 
el objeto de toda ciencia es el ser. Pero no se sir- 
ven de ellos sino en la medida que basta a su 
propósito, es decir, en cuanto lo permiten los ob- 
jetos sobre que recaen sus demostraciones. Y asi', 
puesto que existen en tanto que seres en todas 



las cosas, porque éste es su carácter común, al que 
conoce el ser en tanto que ser, es a quien perte- 
nece el examen de los axiomas. 

Por esta razón, ninguno de los que se ocupan 
de las ciencias parciales, ni el geómetra, ni el arit- 
mético, intenta demostrar ni la verdad ni la false- 
dad de los axiomas; y sólo exceptúo algunos de los 
físicos, por entrar esta indagación en su asunto. 
Los físicos son, en efecto, los únicos que han pre- 
tendido abrazar, en una sola ciencia, la naturaleza 
toda y el ser. Pero como hay algo superior a los 
seres físicos, porque los seres físicos no son más 
que un género particular del ser, al que trate de 
lo universal y de la sustancia primera es a quien 
pertenecerá igualmente estudiar este algo. La 
física es verdaderamente una especie de filosofía, 
pero no es la filosofía primera. 

Por otra parte, en todo lo que dicen sobre 
el modo de reconocer la verdad de los axiomas, 
se ve que estos filósofos ignoran los principios 
mismos de la demostración.' ' Antes de abordar 
la ciencia, es preciso conocer los axiomas, y no es- 
perar encontrarlos en el curso de la demostra- 
ción.' ' 

Es evidente que al filósofo, al que estudia 
lo que en toda esencia constituye su misma natu- 
raleza, es a quien corresponde examinar los prin- 
cipios silogísticos. Conocer perfectamente cada 
uno de los géneros de los seres es tener todo lo 
que se necesita para poder afirmar los princi- 
pios más ciertos de cada cosa. Por consiguiente. 



8 Aristóteles no admite, tomo podría creerse, que todos los 
seres provienen de los contrarios. Lo Que quiere probar 
es que, aun ateniéndose a las opiniones de los antiguos, es 
imprescindible reconocer que el estudio del ser en tanto 
que ser y de sus propiedades es objeto de una ciencia 
única. Aristóteles relula en el lib. XII, 10; XIV, I, el 
principio que es base de todos los demás sistemas 

9 Utitur tamen adverbio dubitandi quasi nunc supponcns 
quae infcrius probabuntur. Sanio lamas, í. -i-i, u. 

III Est ho quod dicitur óe geometría, simililer es inteligen- 
dum in qualibel particular! Kientia. Ibidem. 

1 1 No se refiere aquí a los dos tratados de Aristóteles que 
llevan el nombre de Analíticos, > donde expone las leyes 
de la demostraiión. La expresión tiene un sentido más ge- 
neral. Aristóteles alude e\ identemente a todos los prin- 
( ipiüs, a todos los procedimienlos del razonamiento. 

13 Ya hemos citado este pasaje de los Últimos Analíticos: 
"Toda tienda, todo conocimiento anterior." No es posi- 
ble ascender hasta el inlinito de conocimiento en tuno- 
íimienlo, es preciso pararse. Hay siempre algo que es la 
base de todas las de moslrat iones, y que no se dcmuí'stra. 
Ln cada ciencia particular éstos sun precisamente los axio- 
mas. Si se sube más alto, si se así iende hasta la wrdad so- 
berana; si se crea, rio la c iencia de un género particular de 
sere\ sino la ciencia del ser, entonces el unito principio 
que no se demuestra, aquel en el que dest ansan todos los 
demás y del que todos los axiomas derixan su legitimi- 
dad; en una palabra, el principio de toda certidumbre, es 
éste de que va a hablar Aristóteles, el principio de con- 
tradicción. 



metafísica 



35 



el que conoce los seres, en tanto que seres, es el 
que posee los principios más ciertos de las cosas. 
Ahora bien, éste es el filósofo. 

Principio cierto por excelencia es aquel res- 
pecto del cual todo error es imposible. En efecto, 
el principio cierto por excelencia debe ser el 
más conocido de los principios, porque siempre 
se incurre en error respecto de las cosas que no se 
conocen y un principio que no tenga nada de hi- 
potético, puesto que el principio, cuya posesión 
es necesaria para comprender las cosas, no es una 
suposición. Por último, el principio que hay ne- 
cesidad de conocer para conocer lo que quiera que 
sea, es preciso poseerle también necesariamente, 
para abordar toda clase de estudios. Pero, ¿cuál es 
este principio? Es el siguiente: es imposible que el 
mismo atributo pertenezca y no pertenezca al mis- 
mo sujeto, en un tiempo mismo, y bajo la misma 
relación, etc. (no olvidemos aquí', para precavernos 
de las sutilezas lógicas, ninguna de las condiciones 
esenciales que hemos determinado en otra 
parte).' ^ 

Este principio, decimos, es el más cierto de 
los principios. Basta que se satisfagan las condicio- 
nes requeridas, para que un principio sea el princi- 
pio cierto por excelencia. No es posible, en efecto, 
que pueda concebir nadie, que una cosa exista y no 
exista el mismo tiempo. Heráclito es de otro dic- 
tamen, según algunos; pero de que se diga una cosa 
no hay que deducir necesariamente que se piensa. 
Si, por otra parte, es imposible que en el mismo 
ser se den al mismo tiempo los contrarios (y a esta 
proposición es preciso añadir todas las circunstan- 
cias que la determinan habitualmente), y si, por 
último, dos pensamientos contrarios no son otra 
cosa que una afirmación que se niega a si' misma, es 
evidentemente imposible que el mismo hombre 
conciba al mismo tiempo que una misma cosa es y 
no es. Mcntin'a, por consiguiente, el que afirmase 
tener esta concepción simultánea, puesto que, para 
tenerla, sena preciso que tuviese simultáneamente 
los dos pensamientos contrarios. Al principio que 
hemos sentado van a parar en definitiva todas las 
demostraciones, porque es de suyo el principio 
de todos los demás axiomas. 

CAPITULO 4 

Ciertos filósofos, como ya hemos dicho, pre- 
tenden que una misma cosa puede ser y no ser, y 
que se pueden concebir simultáneamente los con- 
trarios. Tal es la aserción de la mayor parte de los 
físicos. Nosotros acabamos de reconocer que es 



imposible ser y no ser al mismo tiempo, y funda- 
dos en esta imposibilidad hemos declarado que 
nuestro principio es el principio cierto por excelen- 
cia. 

También hay filósofos que, dando una mues- 
tra de ignorancia, quieren demostrar este princi- 
pio; porque es ignorancia no saber distinguir lo 
que tiene necesidad de demostración de lo que 
no la tiene.'* Es absolutamente imposible de- 
mostrarlo todo, porque sena preciso caminar hasta 
el infinito; de suerte que no resultari'a demostra- 
ción. Y si hay verdades que no deben demostrar- 
se, di'gasenos qué principio, como no sea el 
expuesto, se encuentra en semejante caso. 

Se puede, sin embargo, asentar, por vía de re- 
futación, esta imposibilidad de los contrarios. Bas- 
ta que el que niega el principio dé un sentido a sus 
palabras. Si no le da ninguno, sena ridiculo inten- 
tar responder a un hombre, que no puede dar ra- 
zón ninguna. Un hombre semejante, un hombre 
privado de razón, se parece a una planta. Y Comba- 
tir por vi'a de refutación, es en mi opinión una 
cosa distinta que demostrar. El que demostrase el 
principio, incurriría, al parecer, en una petición de 
principio. Pero si se intenta dar otro principio 
como causa de éste de que se trata, entonces ha- 
brá refutación, pero no demostración. 

Para desembarazarse de todas las argucias, no 
basta pensar o decir que existe o que no existe 
alguna cosa, porque podn'a creerse que esto era 
una petición de principio, y necesitamos designar 
un objeto a nosotros mismos y a los demás. Es im- 
prescindible hacerlo asi', puesto que de este modo 
se da un sentido a las palabras, y el hombre para 
quien no tuviese sentido, no podn'a ni entenderse 
consigo mismo, ni hablar a los demás. Si se con- 
cede este punto, entonces habrá demostración, por- 
que habrá algo de determinado y de fijo. Pero el 
que demuestra no es la causa de la demostración, 
sino aquel a quien ésta se dirige. Comienza por 
destruir todo lenguaje, y admite en seguida que se 
puede hablar. Por último, el que concede que las 
palabras tienen un sentido, concede igualmente 
que hay algo de verdadero, independiente de toda 
demostración. De aquí' la imposibilidad de los 
contrarios. 



1 3 Alusión a los dos tratados Di intcrpreuiionc. Bekk., 
pág. 16. y Dt Sophisticis elenchis, donde Aristóteles 
determina bajo qué íondiciones son dos cosáis contradic- 
torias. 

14 De parlibusanimjl., //*. /. cap. I. Bekk., póg. 639. 



36 



ARISTÓTELES 



Ante todo queda, por tanto, fuera de duda 
esta verdad; que el nombre significa que tal cosa 
es o que no es. De suerte que nada absolutamen- 
te puede ser y no ser de una manera dada. Admi- 
tamos, por otra parte, que la palabra hombre 
designa un objeto; y sea este objeto el animal 
bípedo. Digo que en este caso, este nombre no tie- 
ne otro sentido que el siguiente: si el animal de 
dos pies es el hombre, y el hombre es una esencia, 
la esencia del hombre es el ser un animal de dos 
pies. 

Es hasta indiferente para la cuestión, que se 
atribuya a la misma palabra muchos sentidos, con 
tal que de antemano se los haya determinado. Es 
preciso entonces unir a cada empleo de una pala- 
bra otra palabra. Supongamos, por ejemplo, que 
se dice: la palabra hombre significa, no un obje- 
to único, sino muchos objetos, cada uno de cu- 
yos objetos tiene un nombre particular, el ani- 
mal, el bfpedo. Añádese todavía un mayor nú- 
mero de objetos, pero determinad su número, y 
unid la expresión propia a cada empleo de la pa- 
labra. Si no se añadiese esta expresión propia, si 
se pretendiese que la palabra tiene una infinidad 
de significaciones, es claro que no sería ya posi- 
ble entenderse. En efecto, no significar un ob- 
jeto uno, es no significar nada. Y si las palabras 
no significan nada, es de toda imposibilidad que 
los hombres se entiendan entre sí, decimos, más, 
que se entiendan ellos mismos. Si el pensamien- 
to no recae sobre un objeto uno, todo pensa- 
miento sea posible, es preciso dar un nombre 
determinado al objeto del pensamiento. 

El hombre como dijimos antes, designa la 
esencia, y designa un objeto único; por consiguien- 
te ser hombre no puede significar lo mismo que no 
ser hombre, si la palabra hombre significa una na- 
turaleza determinada, y no sólo los atributos de 
un objeto determinado. En efecto, las expresiones: 
ser determinado, no tiene, para nosotros, el mismo 
sentido. Si no fuera así, las palabras músico, blan- 
co y hombre, significarían una sola y misma cosa. 
En este caso todos los seres serían un solo ser, por- 
que todas las palabras serían sinónimas. Finalmen- 
te, sólo bajo la relación de la semejanza de la pala- 
bra, podría una misma cosa ser y no ser; por ejem- 
plo, si lo que nosotros llamamos hombre, otros le 
llamasen no-hombre. Pero la cuestión no es saber 
si es posible que la misma cosa sea y no sea al 
mismo tiempo el hombre nominalmente, sino si 
puede serlo realmente. 

Si hombre y no-hombre no significasen cosas 
diferentes, no ser hombre no tendría evidente- 



mente un sentido diferente de ser hombre. Y así, 
ser hombre sería no ser hombre, y habría entre 
ambas cosas identidad, porque esta doble expresión 
que representa una noción única, significa un 
objeto único, lo mismo que vestido y traje. Y si 
hay identidad, ser hombre y no ser hombre signi- 
fican un objeto único; pero hemos demostrado 
antes que estas dos expresiones tienen un sentido 
diferente. 

Por consiguiente, es imprescindible decir, si 
hay algo que sea verdad, que ser hombre es ser un 
animal de dos pies, porque éste es el sentido que 
hemos dado a la palabra hombre. Y si esto es im- 
prescindible, no es posible que en el mismo ins- 
tante este mismo ser no sea un animal de dos pies, 
lo cual significaría que es necesariamente impo- 
sible que este ser sea un hombre. Por lo tanto 
tampoco es posible que pueda decirse con exac- 
titud al mismo tiempo, que el mismo ser es un 
hombre y que no es un hombre. 

El mismo razonamiento se aplica igualmente 
en el caso contrario. Ser hombre y no ser hombre 
significan cosas diferentes. Por otra parte, ser blan- 
co y ser hombre no son la misma cosa; pero las 
otras dos expresiones son más contradictorias, y 
difieren más por el sentido. 

Si se llega hasta pretender que ser blanco y ser 
hombre signifiquen una sola y misma cosa, repeti- 
remos lo que ya dijimos: habrá identidad entre 
todas las cosas, y no solamente entre las opuestas. 
Si esto no es admisible, se sigue que nuestra propo- 
sición es verdadera. Basta que nuestro adversario 
responda a la pregunta. En efecto, nada obsta a 
que el mismo ser sea hombre y blanco y otra in- 
finidad de cosas además. Lo mismo que si se plan- 
tea esta cuestión: ¿es o no cierto que tal objeto es 
un hombre? Es preciso que el sentido de la respues- 
ta esté determinado, y que no se vaya a añadir que 
el objeto es grande, blanco, porque siendo infinito 
el número de los accidentes, no se pueden enume- 
rar todos; y es necesario o enumerarlos todos o no 
enumerar ninguno. De igual modo, aunque el 
mismo ser sea una infinidad de cosas, como hom- 
bre, no hombre, etc., a la pregunta: ¿es éste un 
hombre? no debe responderse que es al mismo 
tierppo no hombre, a menos que no se añadan a 
la respuesta todos los accidentes, todo lo que el 
objeto es y no es. Pero conducirse de esta manera, 
no es discutir. 

Por otra parte, admitir semejante principio, 
es destruir completamente toda sustancia y toda 
esencia. Pues en tal caso resultaría que todo es 



metafísica 



37 



accidente; y es preciso negar la existencia de lo que 
constituye la existencia del hombre y la existen- 
cia del animal; porque si lo que constituye la 
existencia del hombre es algo, este algo no es ni 
la existencia del no-hombre, ni la no-existencia 
del hombre. Por lo contrario, éstas son negacio- 
nes de este algo, puesto que lo que significaba era 
un objeto determinado, y que este objeto era una 
esencia. Ahora bien, significar la esencia de un ser 
es significar la identidad de su existencia. Luego, 
si lo que constituye la existencia del hombre es 
lo que constituye la existencia de no-hombre o lo 
que constituye la existencia del hombre, no habrá 
identidad. De suerte que es preciso que ésos de 
que hablamos digan que no hay nada que esté 
marcado con el sello de la esencia y de la sustan- 
cia, sino que todo es accidente. En efecto, he aquí' 
lo que distingue la esencia del accidente: la blan- 
cura, en el hombre, es un accidente; y la blancura 
es un accidente en el hombre, porque es blanco, 
pero no es la blancura. 

Si se dice que todo es accidente, ya no hay 
género primero,' ' puesto que siempre el acciden- 
te designa el atributo de un sujeto. Es preciso, por 
lo tanto, que se prolongue hasta el infinito la ca- 
dena de los accidentes. Pero esto es imposible. 
Jamás hay más de dos accidentes ligados el uno al 
otro. El accidente no es nunca un accidente de ac- 
cidente, sino cuando estos dos accidentes son los 
accidentes del mismo sujeto. Tomamos por ejem- 
plo blanco y músico. Músico no es blanco, sino 
porque lo uno y lo otro son accidentes del hombre. 
Pero Sócrates no es músico porque Sócrates y 
músico sean los accidentes de otro ser. Hay, pues, 
que distinguir dos casos. Respecto de todos los 
accidentes que se dan en el hombre como se da 
aquí' la blancura en Sócrates,'* es imposible ir 
hasta el infinito: por ejemplo, a Sócrates blanco 
es imposible unir además otro accidente. En efecto, 
una cosa una no es el producto de la colección de 
todas las cosas. Lo blanco no puede tener otro 
accidente, por ejemplo, lo músico. Porque músico 
no es tampoco el atributo de lo blanco, como lo 
blanco no lo es de lo músico. Esto se entiende 
respecto al primer caso, en el que lo músico en 
Sócrates era el ejemplo.' ' En este último caso, el 
accidente jamás es accidente de accidente; sólo 
los accidentes del otro género pueden serlo.'* 

Por consiguiente, no puede decirse que todo 
es accidente. Hay, pues, algo determinado, algo que 
lleva el carácter de la esencia; y si es asi', hemos 
demostrado la imposibilidad de la existencia 
simultánea de atributos contradictorios. 



Aún hay más. Si todas las afirmaciones con- 
tradictorias relativas al mismo ser son verdaderas 
al mismo tiempo, es evidente que todas las cosas 
serán entonces una cosa única. Una nave, un mu- 
ro y un hombre deben ser la misma cosa, si todo se 
puede afirmar o negar de todos los objetos, como 
se ven obligados a admitir los que adoptan la pro- 
posición de Protágoras.' ' En efecto, si se cree 
que el hombre no es una nave, evidentemente el 
hombre no será una nave. Y por consiguiente el 
hombre es una nave, puesto que la afirmación con- 
traria es verdadera. De esta manera llegamos a la 
proposición de Anaxágoras. Todas las cosas están 
confundidas. De suerte que nada existe que sea 
verdaderamente uno. El objeto de los discursos 
de estos filósofos es al parecer lo indeterminado, 
y cuando creen hablar de ser, hablan de no ser. 
Porque lo indeterminado es el ser en potencia y 
no en acto. 

Añádase a esto que los filósofos de que habla- 
mos deben llegar hasta decir que se puede afirmar o 
negar todo de todas las cosas. Sena absurdo, en 
efecto, que un ser tuviese en si' su propia negación, 
y no tuviese la negación de otro ser que no está 
en él. Digo, por ejemplo, que si es cierto que el 
hombre no es un hombre, evidentemente es cierto 
igualmente que el hombre no es una nave. Si 
admitimos la afirmación, no es preciso admitir 
igualmente la negación. ¿Admitiremos por lo con- 
trario la negación más bien que la afirmación? Pero 
en este caso la negación de la nave se encuentra 
en el hombre más bien que la suya propia. Si el 
hombre tiene en sí esta última, tiene por consi- 
guiente la de la nave, y si tiene la de la nave, tie- 
ne igualmente la afirmación opuesta. 

Además de esta consecuencia, es preciso tam- 
bién que los que admiten la opinión de Protágoras 
sostengan que nadie está obligado a admitir ni la 
afirmación, ni la negación. En efecto, si es cierto 
que el hombre es igualmente el no-hombre, es 
evidente que ni el hombre ni el no-hombre podrían 



15 Aristóteles entiende evidentemente, por este primer uní- 
versal, el género primero, la categoría primera, es decir, 
la esencJa. Todos los géneros son universales, llb. XII, 
l;y la esencia es el género primero. Cateforlas, 5. 

16 En el caso en que dos accidentes son occidentes del mismo 
sujeto. 

17 En el caso en que está de una parte la sustancia, de la 
otra el accidente: "Sócrates no es músico porque Sócra- 
tes y músico sean", etc. 

18 Con la restricción hace poco expresada; a condición que 
ambos serin accidentes del mismo sujeto. 

19 El hombre, según Protágoras, es la rrMdida de todas las 
cosas. Por consiguiente, todo lo que parece es verdadero, 
todo es Igualmente verdadero, y las afirmaciones contra- 
dictorias son verdaderas al mismo tiempo. 



38 



ARISTÓTELES 



existir, porque es preciso admitir al mismo tiempo 
las dos negaciones de estas dos afirmaciones. Si de 
la doble afirmación de su existencia se forma una 
afirmación única, compuesta de estas dos afirma- 
ciones, es preciso admitir la negación única que es 
opuesta a aquélla. 

Pero aún hay más. O se verifica esto con to- 
das las cosas, y lo blanco es igualmente lo no-blan- 
co, el ser el no-ser, y lo mismo respecto de todas 
las demás afirmaciones y negaciones; o el principio 
tiene excepciones, y se aplica a ciertas afirmaciones 
y negaciones, y no se aplica a otras. Admitamos 
que no se aplica a todas, y en este caso, respecto 
a las exceptuadas hay certidumbre. Si no hay 
excepción alguna, entonces es preciso, como se dijo 
antes, o que todo lo que se afirme se niegue al mis- 
mo tiempo, y que todo lo que se niegue al mismo 
tiempo se afirme; o que todo lo que se afirme al 
mismo tiempo se niegue por una parte, mientras 
que por otra, por lo contrario, todo lo que se nie- 
gue no se afirmaría al mismo tiempo. Pero en este 
último caso, habría algo que no existiría realmente. 
Esta seria una opinión cierta. Ahora bien, si el 
no-ser es algo cierto y conocido, la afirmación con- 
traria debe ser más cierta aún. Pero si todo lo que 
se niega, se afirma igualmente, la afirmación en- 
tonces es necesaria. Y en este caso, o los dos tér- 
minos de la proposición pueden ser verdaderos, 
cada uno de por si' y separadamente por ejemplo, 
si digo que esto es blanco, y después digo que esto 
no es blanco; o no son verdaderos. Si no son verda- 
deros pronunciados separadamente, el que los pro- 
nuncia no los pronuncia, y realmente no resulta 
nada, y bien, ¿cómo seres no existentes pueden 
hablar o caminar? Y además todas las cosas serian 
en este caso una sola cosa, como antes dijimos, y 
entre un hombre, un dios y una nave, habría identi- 
dad. Ahora bien, si lo mismo sucede con todo obje- 
to, un ser no difiere de otro ser. Porque si difi- 
riesen, esta diferencia sena una verdad y un carác- 
ter propio. En igual forma, si se puede, al distin- 
guir, decir la verdad, se seguiría lo que acabamos 
de decir, y además que todo el mundo dina la ver- 
dad, y que todo el mundo mentiría, y que recono- 
cería cada uno su propia mentira. Por otra parte, 
la opinión de estos hombres no merece verdade- 
ramente serio examen. Sus palabras no tienen nin- 
gún sentido; porque no dicen que las cosas son así, 
o que no son así, sino que son y no son así al 
mismo tiempo. Después viene la negación de estos 
dos términos; y dicen que no es así ni no así, sino 
que es así y no así.^° Si no fuera así, habría ya 
algo de determinado. Finalmente, si cuando la afir- 
mación es verdadera, la negación es falsa, y si 
cuando ésta es verdadera, la afirmación es falsa, 



no es posible que la afirmación y la negación de 
una misma cosa estén señaladas al mismo tiempo 
con el carácter de la verdad. 

Pero quizá se responderá que es esto mismo lo 
que se sienta por principio. ¿Quiere decir esto que 
el que piense que tal cosa es así o que no es asi', 
estará en lo falso, mientras que el que diga lo uno y 
lo otro estará en lo cierto? Pues bien, si el último 
dice, en efecto, la verdad, ¿qué otra cosa quiere de- 
cir esto si no que tal naturaleza entre los seres dice 
la verdad?? Pero si no dicen la verdad, y la dice más 
bien el que sostiene que la cosa es de tal o cual 
manera, ¿cómo podrían existir estos seres y esta 
verdad, al mismo tiempo que no existiesen tales 
seres y tal verdad? Si todos los hombres dicen 
igualmente la falsedad y la verdad, tales seres no 
pueden ni articular un sonido, ni discurrir, porque 
dicen al mismo tiempo una cosa y no la dicen. Si 
no tienen concepto de nada, si piensan y no pien- 
san a la vez, ¿en qué se diferencian de las plantas? 

Es, pues, de toda evidencia, que nadie pien- 
sa de esa manera, ni aun los mismos que sostienen 
esta doctrina. ¿Por qué, en efecto, toman el cami- 
no de Megara' ' en vez de permanecer en reposo 
en la convicción de que andan? ¿Por qué, si 
encuentran pozos y precipicios al dar sus paseos 
en la madrugada, no caminan en línea recta, y 
antes bien toman sus precauciones, como si creye- 
sen que no es a la vez bueno y malo caer en ellos? 
Es evidente que ellos mismos creen que ello es 
mejor y aquello peor. Y si tienen este pensamien- 
to, necesariamente conciben que tal objeto es un 
hombre, que tal otro no es un hombre, que esto es 
dulce, que aquello no lo es. En efecto, no van en 
busca igualmente de todas las cosas, ni dan a todo 
el mismo valor; si creen que les interesa beber agua 
o ver a un hombre, en el acto van en busca de estos 
objetos. Sin embargo, de otro modo deberían 
conducirse si el hombre y el no-hombre fuesen 
idénticos entre sí. Pero, como hemos dicho, 
nadie deja de ver que deben evitarse unas cosas 
y no evitarse otras. De suerte que todos los hom- 
bres tienen, al parecer, la idea de la existencia real, 
si no de todas las cosas, por lo menos de lo mejor 
y de lo peor.^^ 



¿o Ntque iu ñeque non ita, sed \^i ef non iia. 

21 Pequeña ciudad, pero célebre, utuada entre Atenas y 
Connto, a poca distancta del gollo Saróntt o. 

22 A-iclepto relaciona con el sistema que Aristóteles acaba 
de comtHjtir, la opinión de los maniqueos sobre el doble 
principio. Hay qui/á alguna analogía; pero Asclepio extre- 
ma las consecuencias al identiticar la opinión de los mani- 
queos con la de los antiguos sobre la certidumbre. Por 
otra parte, las expresiones injuriosas y las burlas de que 
se vale no acusan de parte de él, sobre este punto, una 
gran imparcialidad. Véase icho\., pág. 666. 



metafísica 



39 



Pero aun cuando el hombre no tuviese la cien- 
cia, aun cuando sólo tuviese opiniones, sena preci- 
so que se aplicase mucho más todavía al estudio 
de la verdad; al modo que el enfermo se ocupa 
más de la salud que el hombre que está sano. 
Porque el que sólo tiene opiniones, si se le compa- 
ra con el que sabe, está, en respecto a la verdad, 
en estado de enfermedad. 

Por otra parte, aun suponiendo que las cosas 
son y no son de tal manera, el más y el menos 
existiría todavía en la naturaleza de los seres. Nun- 
ca se podrá sostener que dos y tres son de igual 
modo números pares. Y el que piense que cuatro 
y cinco son la misma cosa, no tendrá un pensa- 
miento falso de grado igual al del hombre que sos- 
tuviese que cuatro y mil son idénticos. Si hay dife- 
rencia en la falsedad, es evidente que el primero 
piensa una cosa menos falsa. Por consiguiente está 
más en lo verdadero. Luego, si lo que es más una 
cosa, es lo que se aproxima más a ella, debe haber 
algo verdadero, de lo cual será lo más verdadero 
más próximo. Y si esto verdadero no existiese, 
por lo menos hay cosas más ciertas y más próximas 
a la verdad que otras, y henos aquí' desembaraza- 
dos de esta doctrina horrible, que condena el pen- 
samiento a no tener objeto determinado. 



CAPITULO 5 



La doctrina de Protágoras parte del mismo 
principio que ésta de que hablamos, y si la una tie- 
ne o no fundamento, la otra se encuentra necesa- 
riamente en el mismo caso. En efecto, si todo lo 
que pensamos, si todo lo que nos parece, es la ver- 
dad, es preciso que todo sea al mismo tiempo ver- 
dadero y falso. La mayor parte de los hombres 
piensan diferentemente los unos de los otros; y los 
que no participan de nuestras opiniones, los consi- 
deramos que están en el error. La misma cosa es 
por lo tanto y no es. Y si así sucede, es necesario 
que todo lo que aparece sea la verdad; porque los 
que están en el error y los que dicen verdad, tienen 
opiniones contrarias. Si las cosas son como acaba 
de decirse, todas igualmente dirán la verdad. Es 
por lo tanto evidente que los dos sistemas en cues- 
tión parten del mismo pensamiento. 

Sin embargo, no debe combatirse de la mis- 
ma manera a todos los que profesan estas doctri- 
nas. Con los unos hay que emplear la persuasión, y 
con los otros la fuerza de razonamiento. Respecto 
de todos aquellos que han llegado a esta concep- 



ción por la duda, es fácil curar su ignorancia; 
entonces no hay que refutar argumentos, y basta 
dirigirse a su inteligencia. En cuanto a los que pro- 
fesan esta opinión por sistema, el remedio que 
debe aplicarse es la refutación, asi' por medio de 
los sonidos que pronuncian, como de las palabras 
de que se sirven.^ ■* 

En todos los que dudan, el origen de esta 
opinión nace del cuadro que presentan las cosas 
sensibles. En primer lugar, han concebido la opi- 
nión de la existencia simultánea en los seres, de 
los contradictorios y de los contrarios, porque 
veían la misma cosa producir los contrarios. Y 
si no es posible que el no-ser devenga o llegue a 
ser, es preciso que en el objeto preexistan el ser y 
el no-ser. Todo está mezclado en todo, como dice 
Anaxágoras, y con él Demócrito, porque, según 
este último, lo vaci'o y lo lleno se encuentran, asi' 
lo uno como lo otro, en cada porción de los seres; 
siendo lo lleno el ser y lo vaci'o el no-ser. 

A los que deducen estas consecuencias dire- 
mos que, desde un punto de vista, es exacta su aser- 
sión; pero que, desde otro, están en un error. El ser 
se toma en un doble sentido.^* Es posible en cierto 
modo que el no-ser produzca algo, y en otro modo 
esto es imposible. Puede suceder que el mismo ob- 
jeto sea al mismo tiempo ser y no-ser, pero no des- 
de el mismo punto de vista del ser. En potencia 
es (XJsible que la misma cosa represente los contra- 
rios; pero en acto, esto es imposible. Por otra parte, 
nosotros reclamaremos de los mismos de que se 
trata el concepto de la existencia en el mundo de 
otra sustancia, que no es susceptible ni de movi- 
miento, ni de destrucción, ni de nacimiento.^ ' 

El cuadro de los objetos sensibles es el que 
ha creado en algunos la opinión de la verdad de lo 
que aparece. Según ellos, no es a los más ni tampoco 
a los menos, a quienes pertenece juzgar de la ver- 
dad. Si gustamos una misma cosa, parecerá dulce a 
los unos, amarga a los otros. De suerte que si todo 
el mundo estuviese enfernio, o iodo el mundo hu- 
biese perdido la razón y sólo dos o tres estuvie- 
sen en buen estado de salud y en su sano juicio, 
estos últimos serian entonces los enfermos y los 
insensatos, y no los primeros. Por otra parte, las 
cosas parecen a la mayor parte de los animales 
lo contrario de lo que nos parecen a nosotros, y 
cada individuo, a pesar de su identidad, no juzga 
siempre de la misma manera por los sentidos. ¿Qué 



23 Vittst orles el cap. IV. 

24 ti ser en potencia y el ser en acto. 

25 Véase el lib. XII, 6. 



40 



ARISTÓTELES 



sensaciones son verdaderas? ¿Cuáles son falsas? 
No se podría saber; esto no es más verdadero 
que aquello, siendo todo igualmente verdadero. Y 
asi' Demócrito pretende o que no hay nada verda- 
dero o que no conocemos la verdad. En una pala- 
bra, como, según su sistema, la sensación cons- 
tituye el pensamiento, y como la sensación es 
una modificación del sujeto, aquella que parece 
a los sentidos es necesariamente en su opinión la 
verdad. 

Tales son los motivos por los que Empédo- 
cles, Demócrito, y, puede decirse, todos los demás 
se han sometido a semejantes opiniones. Empédo- 
cles afirma que un cambio en nuestra manera de ser 
cambia igualmente nuestro pensamiento. 

El pensamiento existe en los hombres en ra- 
zón de la impresión del momento.^* 

y en otro pasaje dice: 

Siempre se verifica en razón de los cambios 
que se operan en los hombres. 

El cambio en su pensamiento.^' 

Parménides se expresa de la misma manera: 

Como es en cada hombre la organización de 
sus miembros flexibles. 

Tal es igualmente la inteligencia de cada hom- 
bre; porque es 

La naturaleza de los miembros la que consti- 
tuye el pensamiento en los hombres. 

En todos y cada uno: cada grado de la sensa- 
ción es un grado del pensamiento.^ ^ 

Se refiere también de Anaxágoras, que diri- 
gía esta sentencia a algunos de sus amigos: "Los 
seres son para vosotros tales como los concibáis." 
También se pretende que Homero, al parecer, 
tenia una opinión análoga, porque representa a 
Héctor delirando por efecto de su herida, tendido 
en tierra, trastornada su razón; como se creyese 
que los hombres en delirio tienen también razón, 
pero que esta razón no es ya la misma. Evidente- 
mente, si el delirio y la razón son ambos la razón, 
los seres a su vez son a la par lo que son y lo que 
no son. 

La consecuencia que sale de semejante princi- 
pio es realmente desconsoladora. Si son éstas efec- 



tivamente las opiniones de los hombres que mejor 
han visto toda la verdad posible, y son estos hom- 
bres los que la buscan con ardor y que la aman; si 
tales son las doctrinas que profesan sobre la verdad, 
¿cómo abordar sin desaliento los problemas filosó- 
ficos? Buscar la verdad ¿no sena ir en busca de 
sombras que desaparecen? 

Lo que motiva la opinión de estos filósofos 
es que, al considerar la verdad en los seres, no han 
admitido como seres más que las cosas sensibles. 
Y bien, lo que se encuentra en ellas es principal- 
mente lo indeterminado y aquella especie de ser 
de que hemos hablado antes.'' Además, la opi- 
nión que profesan es verosímil pero no verdadera. 
Esta apreciación es más equitativa que la crítica 
que Epicarmo hizo de Xenófanes.'" Por último, 
como ven que toda la naturaleza sensible está en 
perpetuo movimiento, y que no se puede juzgar 
de la verdad de lo que muda, pensaron que no se 
puede determinar nada verdadero sobre lo que 
muda sin cesar y en todos sentidos. De estas 
consideraciones nacieron otras doctrinas llevadas 
más lejos aún. Por ejemplo, la de los filósofos que 
se dicen de la escuela de Heráclito; la de Cratilo, 
que llegaba hasta creer que no es preciso decir 
nada. Se contentaba con mover un dedo y consi- 
deraba como reo de un crimen a Heráclito, por 
haber dicho que no se pasa dos veces un mismo 
ri'o;^ ' en su opinión no se pasa ni una sola vez.^' 

Convendremos con los partidarios de e;.te 
sistema, en que el objeto que muda les da en el 
acto mismo de cambiar un justo motivo para no 
creer en su existencia. Aún es posible discutir este 
punto. La cosa que cesa de ser participa aún de 
lo que ha dejado de ser, y necesariamente partici- 
pa ya de aquello que deviene o se hace. En general, 
si un ser perece, habrá aún en él ser; y si deviene, 
es indispensable que aquello de donde sale y aque- 
llo que le hace devenir tenga una existencia, y que 
esto no continúe así hasta el infinito. 



26 Sturu, Emped., póg. 527. 

27 Sturtí, póg. 528. 

28 Simón Kanten, Parmenidis Elejt. Cjrm, reliq., pdg. 46. 

29 £1 str en potencia. 

30 El poeto tpicarmo se había burlado en sus comedias de 
las doctrinas y de la persona de Xenófanes. Asclep. Schol., 
póg. 671, cod, reg. Ídem. 

31 En la segunda ve¿ ya habrá pasado el agua, y no será 
el mismo río. Los objetos sensibles están, como el río en 
un perpetuo flujo, sólo la primera impresión puede lla- 
marse verdadera; es verdadero lo que parece. 

32 La impresión sensible dura; y por corto que puedo ser su 
duración, el objeto ha mudado mientras que ella duraba. 
A/o se puede, pues, afirmar que lo que parece, parece real- 
mente, o como cree Heráclito, que lo que parece es ver- 
dadero. La palabra es siempre engañoso, porque viene 
después del cambio; sólo el gesto, porque no indico 
más que el estado actual, instantáneo, del objeto, que cae 
bajo los sentidos, sólo el gesto designo lo que es el ob/eto. 



metafísica 



41 



Pero dejemos aparte estas consideraciones 
y hagamos notar que mudar bajo la relación de 
la cantidad y mudar bajo la relación de la cualidad 
no son una misma cosa. Concedemos que los seres, 
bajo la relación de la cantidad, no persisten; pero 
es por la forma como conocemos lo que es. 
Podemos dirigir otro cargo a los defensores de esta 
doctrina. Viendo estos hechos por ellos observa- 
dos sólo en el corto número de los objetos sensi- 
bles, ¿por qué entonces han aplicado su sistema 
al mundo entero? Este espacio que nos rodea, el 
lugar de los objetos sensibles, único que está so- 
metido a las leyes de la destrucción y de la pro- 
ducción, no es más que una porción nula, por de- 
cirlo asi', del universo. De suerte que hubiera sido 
más justo absolver a este bajo mundo en favor del 
mundo celeste, que no condenar el mundo celeste 
a causa del primero. Finalmente, como se ve, po- 
demos repetir aquí' una observación que ya hemos 
hecho. Para refutar a estos filósofos no hay más 
que demostrarles que existe una naturaleza inmó- 
vil, y convencerlos de su existencia. 

Además, la consecuencia de este sistema es, 
que pretender que el ser y el no-ser existen simul- 
táneamente, es admitir el eterno reposo, más bien 
que el movimiento eterno. No hay, en efecto, cosa 
alguna en que pueden transformarse los seres, 
puesto que todo existe en todo. 

Respecto a la verdad, muchas razones nos 
prueban que no todas las apariencias son verda- 
deras. Por el pronto, la sensación misma no nos 
engaña sobre su objeto propio; pero la idea sen- 
sible no es lo mismo que la sensación. Además, 
con razón debemos extrañar que esos mismos de 
quienes hablamos permanezcan en la duda en 
frente de preguntas como las siguientes: ¿Las 
magnitudes, asi' como los colores, son realmente 
tales como aparecen a los hombres que están lejos 
de ellas, o como los ven los que están cerca? ¿Son 
tales como aparecen en los hombres sanos o como 
los ven los enfermos? ¿La pesantez es tal como 
parece por su peso a los de débil complexión, o 
bien lo que parece a los hombres robustos? ¿La 
verdad es lo que se ve durmiendo o lo que se ve du- 
rante la vigilia? Nadie, evidentemente, cree que 
sobre todos estos puntos quepa la menor incerti- 
dumbre. ¿Hay alguno, que sonando que está en 
Atenas, en el acto de hallarse en África, se vaya a la 
mañana, dando crédito al sueño, al Odeón?'' Por 
otra parte, y Platón es quien hace esta observación, 
la opinión del ignorante no tiene, en verdad, igual 
autoridad que la del médico, cuando se trata de 
saber, por ejemplo, si el enfermo recobrará o no la 
salud. ^* Por último, el testimonio de un sentido 



respecto de un objeto que le es extraño, y aunque 
se aproxime a su objeto propio, no tiene un valor 
igual a su testimonio respecto de su objeto propio, 
del objeto que es realmente el suyo. La vista es la 
que juzga de los colores y no el gusto; y el gusto 
el que juzga de los sabores y no la vista. Ninguno 
de estos sentidos, cuando se le aplica a un tiempo 
al mismo objeto, deja nunca de decirnos que este 
objeto tiene o no a la vez tal propiedad. Voy más 
lejos aún. No puede negarse el testimonio de un 
sentido porque en distintos tiempos esté en desa- 
cuerdo consigo mismo; el cargo debe dirigirse al 
ser que experimenta la sensación. El mismo vino, 
por ejemplo, sea porque él haya mudado, sea 
porque nuestro cuerpo haya mudado, nos parece- 
rá ciertamente dulce en un instante y lo contra- 
rio en otro. Pero no es lo dulce lo que deja de ser 
lo que es; jamás se despoja de su propiedad esen- 
cial; siempre es cierto que un sabor dulce es dulce, 
y lo que tenga un sabor dulce tendrá necesaria- 
mente para nosotros este carácter esencial. 

Ahora bien, esta necesidad es la que destru- 
ye estos sistemas de que se trata; asi' como niegan 
toda esencia, niegan igualmente que haya nada de 
necesario, puesto que lo que es necesario no pue- 
de ser a la vez de una manera y de otra. De suerte 
que si hay algo necesario, los contrarios no podrán 
existir a la vez en el mismo ser. En general, si sólo 
existiese lo sensible, no habría nada, porque nada 
puede haber sin la existencia de los seres anima- 
dos que puedan percibir lo sensible; y quizá en- 
tonces sena cierto decir que no hay objetos sensi- 
bles ni sensaciones, porque todo esto es en la hipó- 
tesis una modificación del ser que siente. Pero que 
los objetos que causan la sensación no existan, 
ni aun independientemente de toda sensación, es 
una cosa imposible. La sensación no es sensación 
por si' mismo, sino que hay otro objeto fuera de 
la sensación y cuya existencia es necesariamente 
anterior a la sensación. Porque el motor es, por 
su naturaleza, anterior al objeto en movimiento; y 
aun admitiendo que en el caso de que se trata 



33 Ascitpio Schol., pág. 673, entiende oqui por Odeón 
la orquesta del teatro. Se trata, mas bien, del edificio 
construido por Pericles; donde los cantores más hábiles 
iban a disputar el premio de la música, y que era el sitio 
de recreo de los atenienses. Véast Cood. Regg. mss. I y 
2., Schol., plflna 673. 

34 Protágoras, XII, pág. 322. "La medicina ha sido dada a 
uno solo pora senicio de muchos que tienen conocimien- 
to de ella, " Alejandro remite a este pasa/e de Platón. No- 
sotros añadiremos este otro. República, lib. III: "Sin 
embargo, la verdad tiene derecho a que se le tenga en 
cuenta. Si hemos tenido ra/ón para decir que la mentira, 
inútil para los dioses, es algunas veces un remedio útil 
para los hombres, es cloro que sólo puede aplicarse a los 
médicos y no a todo el mundo indiferentemente". 



42 



ARISTÓTELES 



la existencia de los dos términos es correlativa, 
nuestra proposición no es por eso menos cierta. 



CAPITULO 6 

Veamos una dificultad que se proponen los 
más de estos filósofos, unos de buena fe y otros 
por el solo gusto de disputar. Preguntan quién juz- 
gará de la salud y, en general, quién es el que juz- 
gará con acierto en todo caso. Ahora bien, hacerse 
semejante pregunta equivale a preguntarse si en el 
mismo acto que uno la hace está dormido o des- 
pierto. Todas las dificultades de este género tienen 
un mismo valor. Estos filósofos creen que se puede 
dar razón de todo porque busca un principio, y 
quieren arribar a él por el camino de la demostra- 
ción. Pero sus mismos actos prueban que no están 
persuadidos de la verdad de loque anticipan, incu- 
rren en el error de que ya hemos hablado, quieren 
darse razón de cosas respecto de las que no hay ra- 
zón. En efecto, el principio de la demostración no 
es una demostración, y sena fácil convencer de ello 
a los que dudan de buena fe, porque esto no es 
difícil de comprender. Pero los que sólo quieren 
someterse a la fuerza del razonamiento exigen un 
imposible, piden que se les ponga en contradicción, 
y comienzan por admitir los contrarios. 

Sin embargo, si no es todo relativo, si hay se- 
res en si', no podrá decirse que todo lo que parece 
es verdadero, porque lo que parece parece a alguno. 
De suerte que decir que todo lo que aparece es 
verdadero, equivale a decir que todo es relativo. 
Los que exigen una demostración lógica deben 
tener en cuenta lo siguiente: es preciso que admi- 
tan, si quieren entrar en una discusión, no que lo 
que aparece es verdadero sino que lo que aparece 
es verdadero para aquel a quien aparece cuando 
y cómo le aparece. Si se prestan a entrar en discu- 
sión, y no quieren añadir estas restricciones a su 
principio, caerán bien pronto en la opinión de la 
existencia de los contrarios. En efecto, puede su- 
ceder que la misma cosa parezca a la vista que es 
miel y no lo parezca al paladar; que las cosas no 
parezcan las mismas a cada uno de los dos ojos, 
si son diferentes el uno del otro. 

Es fácil responder a los que, por las razones 
que ya hemos indicado, pretenden que la aparien- 
cia es la verdad y, por consiguiente, que todo es 
verdadero y falso igualmente. Unas mismas cosas 
no parecen a todo el mundo, ni parecen a un mis- 
mo individuo siempre las mismas; parecen muchas 
veces contrarias al mismo tiempo. El tacto, sobre- 
poniendo los dedos acusa dos objetos cuando la vis- 



ta no acusa más que uno. Pero en este caso no es 
el mismo sentido el que percibe el mismo objeto; 
la percepción no tiene lugar de la misma manera 
ni en el mismo tiempo, y sólo bajo estas condicio- 
nes sena exacto decir que lo que aparece es verda- 
dero. 

Los que sostienen esta opinión, no porque 
vean en ella una dificultad que resolver y si' tan 
sólo por discutir, se verán precisados a decir, no 
"esto es cierto en si'" sino: "esto es cierto para tal 
individuo" y, como ya hemos dicho precedente- 
mente, les será preciso referir todo a algo, al pensa- 
miento, a la sensación. De suerte que nada ha sido, 
nada será, si alguno no piensa en ello antes; y si 
algo ha sido o debe de ser, entonces no son ya to- 
das las cosas relativas al pensamiento. Además, 
un solo objeto sólo puede ser relativo a una sola 
cosa o a cosas determinadas. Si, por ejemplo, 
una cosa es a la vez mitad e igual, lo igual no será 
por este concepto relativo al doble. Con respecto 
a lo que es relativo al pensamiento, si el hombre y 
lo que es pensado son la misma cosa, el hombre no 
es aquello que piensa sino lo que es pensado. Y si 
todo es relativo al ser que piensa este ser se com- 
pondrá de una infinidad de especies de seres. 

Hemos dicho lo bastante para probar que el 
más seguro de todos los principios es que las afir- 
maciones opuestas no pueden ser verdaderas al 
mismo tiempo, y lo bastante para demostrar las 
consecuencias y las causas de la opinión contraria. 

Y puesto que es imposible que dos aserciones 
contrarias sobre el mismo objeto sean verdaderas 
al mismo tiempo, es evidente que tampoco es po- 
sible que los contrarios se encuentren al mismo 
tiempo en el mismo objeto, porque uno de los con- 
trarios no es otra cosa que la privación, la priva- 
ción de la esencia. Pero la privación es la negación 
de un género determinado; luego, si es imposible 
que la afirmación y la negación sean verdaderas 
al mismo tiempo, es imposible igualmente que los 
contrarios se encuentren al mismo tiempo, a menos 
que no estén cada uno de ellos en alguna parte 
especial del ser, o que se encuentre el uno sola- 
mente en una parte, pudiéndose afirmar el otro 
absolutamente. 



CAPITULO? 

No es posible tampoco que haya un térmi- 
no medio entre dos proposiciones contrarias; es 



metafísica 



43 



de necesidad afirmar o negar una cosa de otra.'' 
Esto se hará evidente si definimos lo verdadero y 
lo falso. Decir que el ser no existe, o que el no-ser 
existe, he aquí lo falso; y decir que el ser existe, 
que el no-ser no existe, he aquí lo verdadero. En 
la suposición de que se trata, el que dijese que este 
intermedio existe o no existe, estaría en lo verda- 
dero o en lo falso; y por lo mismo, hablar de 
esta manera no es decir si el ser y el no-ser existen 
o no existen. 

Además, o el intermedio entre los dos contra- 
rios es como el gris entre lo negro y lo blanco, o 
como entre hombre y el caballo, lo que es ni el 
uno ni el otro. En este último caso no podría tener 
lugar el transito de uno de estos términos al otro; 
porque cuando hay cambio es, por ejemplo, del 
bien al no-bien o del no-bien al bien: esto es lo que 
vemos siempre. En una palabra, el cambio no tiene 
lugar sino de lo contrario a lo contrario o al inter- 
medio. Ahora bien, decir que hay un intermedio, y 
que este intermedio nada tiene de común con los 
términos opuestos equivale a decir que puede te- 
ner lugar el tránsito a lo blanco de lo que no era 
no-blanco, cosa que no se ve nunca. 

Por otra parte, todo lo que es inteligible o 
pesado, el pensamiento lo afirma o lo niega; y esto 
resulta evidentemente conforme a la definición del 
caso en que se está en lo verdadero y de aquel en 
que se está en lo falso. Cuando el pensamiento pro- 
nuncia tal juicio afirmativo o negativo, está en lo 
verdadero. Cuando pronuncia tal otro juicio, está 
en lo falso. 

Además, deberá decirse que este intermedio 
existe igualmente entre todas las proposiciones 
contrarias, a menos que se hable sólo por hablar. 
En este caso, no se diría ni verdadero ni no verda- 
dero, habría un intermedio entre el ser y el no ser. 
Por consiguiente, entonces habría un cambio, 
término medio entre la producción y la destruc- 
ción. Habría también un intermedio hasta en los 
casos en que la negación lleva consigo un contra- 
rio. Y así habría un número que no sería ni impar 
ni no-impar, cosa imposible, como lo demuestra 
la definición del número. 

Aún hay más. Con los intermedios se llegará 
al infinito. Se tendrá no sólo tres seres en lugar de 
dos, sino muchos más. En efecto, además de la afir- 
mación y negación primitivas, podrá haber una ne- 
gación relativa al intermedio; este intermedio será 
alguna cosa, tendrá una sustancia propia. Y, por 
otra parte, cuando alguno, interrogado si un obje- 
to es blanco, responde: No, no hace más que de- 
cir que no es blanco; y bien, no ser es la negación. 



La opinión que combatimos ha sido adopta- 
da por algunos como tantas otras paradojas. Cuan- 
do no se sabe cómo desenredarse de un argumento 
capcioso, se somete uno a este argumento, se acep- 
ta la conclusión. Por este motivo algunos han ad- 
mitido la existencia de un intermedio; otros, por- 
que buscan la razón de todo. El medio de conven- 
cer a los unos y a los otros es partir de una 
definición, y necesariamente habrá definición si 
dan un sentido a sus palabras la expresión, es la 
definición de la cosa de que se habla. Por lo de- 
más, el pensamiento de Heráclito, cuando dice 
que todo es y no es, es al parecer que todo es 
verdadero; el de Anaxágoras, cuando pretende que 
entre los contrarios hay un intermedio, es que to- 
do es falso. Puesto que hay mezcla de los contra- 
rios, la mezcla no es ni bien ni no-bien; nada se 
puede afirmar por tanto como verdadero. 



CAPITULO 8 



Conforme con lo que dejamos sentado, es 
evidente que estas aserciones de algunos filóso- 
fos no están fundadas ni en particular ni en gene- 
ral. Los unos pretenden que nada es verdadero, 
porque nada obsta, dicen, a que con toda propo- 
sición suceda lo que con esta: la relación de la dia- 
gonal con el lado del cuadrado es inconmesurable. 
Según otros, todo es verdadero; esta aserción no 
difiere de la de Heráclito, porque el que dice que 
todo es verdadero o que todo es falso, expresa 
a la vez estas dos proposiciones en cada una de 
ellas. Si la una es imposible, la otra lo será igual- 
mente. 



Además hay proposiciones contradictorias 
que evidentemente no pueden ser verdaderas al 
mismo tiempo, tampoco al mismo tiempo pue- 
den ser falsas y, sin embargo, esto parecería más 
bien lo posible, conforme a lo que hemos 
dicho. 

A los que sostienen semejantes doctrinas 
no debe preguntárseles, ya lo hemos dicho antes, 
si hay o no algo, sino que debe pedírseles que 
designen algo. Para discutir es preciso empezar 
por una definición y determinar lo que significa 
lo verdadero y lo falso. Si afirmar tal cosa es lo 
verdadero y si negarlo es falso, será imposible que 
todo sea falso. Porque es necesariamente indis- 



35 £sle es el principio que se llamaba en la Escuela Prii 
cipium exclusi tertii. 



ARISTÓTELES 



pensable que una de las dos proposiciones contra- 
dictorias sea verdadera, y luego, si es de toda ne- 
cesidad afirmar o negar toda cosa, será imposible 
que las dos proposiciones sean falsas, sólo una de 
las dos es falsa. Unamos a esto la observación 
tan debatida de que todas estas aserciones se des- 
truyen mutuamente. El que dice que todo es ver- 
dadero, afirma igualmente la verdad de la aserción 
contraria a la suya, de suerte que la suya no es 
verdadera porque el que sienta la proposición con- 
traria pretende que no está en lo verdadero. El que 
dice que todo es falso, afirma igualmente la false- 
dad de lo que él mismo dice. Si pretenden, el uno 
que solamente la aserción contraria no es verdade- 
ra, y el otro que la suya sola no es falsa, sientan por 
lo mismo una infinidad de proposiciones verdade- 
ras y de proposiciones falsas. Porque el que preten- 
de que una proposición verdadera es verdadera, 
dice verdad; pero esto nos conduce a un procedi- 
miento infinito.^* 

También es evidente que ni los que pretenden 
que todo está en reposo ni los que pretenden que 
todo está en movimiento, están en lo cierto. Por- 
que si todo está en reposo, todo será eternamente 
verdadero y falso. Ahora bien, en este caso hay 
cambio; el que dice que todo está en reposo, no 
ha existido siempre; llegará un momento en que no 
existirá. Si, por el contrario, todo está en movi- 
miento, nada será verdadero, todo será, por tanto, 
falso. Pero ya hemos demostrado que esto era 
imposible. Además, el ser en que se realiza el cam- 
bio persiste, él es el que de tal cosa se convierte 
en tal otra mediante el cambio. 



sino cualidades y movimientos;' existen tan solo 
en el mismo concepto que lo no blanco y que lo no 
recto, a los cuales en el lenguaje común atribuimos 
la existencia, cuando decimos, por ejemplo: lo 
no-blanco existe. En fin, nada puede tener una 
existencia separada más que la esencia. 

El ejemplo de nuestros mismos antepasados 
es una prueba de lo que acabamos de asentar; 
porque lo que inquinan eran los principios de la 
esencia, sus elementos, sus causas. Los filósofos de 
hoy prefieren considerar como esencia los univer- 
sales, pues que los universales son esos géneros con 
que forman los principios y esencias, preocupados 
como están con el punto de vista lógico. Para los 
antiguos, la esencia era lo particular; era el fuego, la 
tierra, y no el cuerpo en general. 

Hay tres esencias, dos sensibles, una de ellas 
eterna y la otra perecedera; ninguna duda ocurre 
con respecto a esta última: son las plantas, los ani- 
males. En cuanto a la esencia sensible eterna, es 
preciso asegurarse si sólo tiene un elemento, o si 
tiene muchos.^ La tercera esencia es inmóvil; y se- 
gún algunos filósofos,^ tiene una existencia in- 
dependiente. Unos la dividen en dos elementos;* 
otros reducen a una sola naturaleza las ideas y los 
seres matemáticos;' otros, por último, sólo recono- 
cen los seres matemáticos. Las dos esencias sensi- 
bles son objeto de la física, porque son susceptibles 
de movimiento. Pero la esencia inmóvil es objeto 
de una ciencia diferente, puesto que no tiene nin- 
gún principio que sea común a ella y a las dos pri- 
meras. 



Sin embargo, tampoco puede decirse que todo 
está tan pronto en movimiento como en reposo, y 
que nada está en un reposo eterno. Porque hay un 
motor eterno de todo lo que está en movimiento, y 
el primer motor es inmóvil. 



LIBRO DUODÉCIMO (L) 



CAPITULO 2 

La sustancia sensible es susceptible de mudan- 
za. Pero si el cambio tiene lugar entre los opuestos 
o los intermedios, no entre todos los opuestos, por- 
que el sonido es opuesto a lo blanco, sino de lo 
contrario a lo contrario, hay necesariamente un 
sujeto que experimenta el cambio de lo contrario a 
lo contrario, porque no son los contrarios mismos 



CAPITULO 1 

La esencia es el objeto de nuestro estudio, 
porque buscamos los principios y las causas de las 
esencias. Si se considera el Universo como un con- 
junto de partes, la esencia es la parte primera; si 
como una sucesión, entonces la esencia tiene el 
primer puesto; pues de ella viene la cualidad, des- 
pués la cantidad. Por lo demás, los objetos que no 
son esencias no son seres propiamente hablando. 



; Vioseelllb. Vil. 

2. Viase más adelante todo el cap. 8. 

3 Los Pitagóricos y los platonianos. 

4 El sistema de Platón. 

5 "Quizá los sucesores de Platón Speuslppo y Xenócrotes. 
En el libro XIII de la Meuf ítica se trata de los filósofos 
que sólo admiten un solo número, a saber, el número 
matemático, y se distinguen de los que dan a este número 
una existencia separada de las cosas sensibles. Sirlano y 
Filopón atribuyen esta opinión a Xenócrates." (Nota de 
M. Cousln.j Véase para la aclaración de este punto oscuro 
de la historia de la filosofía la sabia disertación de M. 
Ravalsson: "Speusippl de prlmis rerum prlnciplls placlta 
qualia fuisse videnturex Aristotele." VIII, pág. 28. 



metafísica 



45 



los que mudan. Además este sujeto persiste después 
del cambio, mientras que el contrario no persiste. 
Hay cuatro clases de cambio; cambio de esencia, de 
cualidad, de cantidad, de lugar. El cambio de 
esencia lo constituyen la producción y la destruc- 
ción propiamente dichas; el cambio de cantidad, el 
aumento y la disminución; el cambio de cualidad, 
la alteración; el cambio de lugar, el movimiento. El 
cambio debe verificarse entre contrarios de la 
misma especie,* y es preciso que la materia, para 
mudar del uno al otro, los tenga ambos en poten- 
cia. Hay dos clases de ser: el ser en potencia y el 
ser en acto; todo cambio se verifica pasando de 
uno a otro, de lo blanco en potencia a lo blanco en 
acto. Lo mismo sucede respecto al aumento y 
disminución. Se sigue de aquí' que no es siempre 
accidental el que una cosa provenga del no-ser. 
Todo proviene del ser; pero, sin duda, del ser en 
potencia, es decir, del no-ser, en acto. Esta es la 
unidad de Anaxágoras, porque este término expre- 
sa mejor su pensamiento que las palabras: todo 
estaba confundido; ésta es la mezcla de Empédo- 
cles y Anaximandro, y esto es lo que dice Demó- 
crito: todo existía a la vez en potencia, pero no 
en acto. Estos filósofos tienen, pues, alguna idea 
de lo que es la materia. 

Todo lo que cambia tiene una materia; pero 
hay diferencias. Aquellos seres eternos que, sin 
estar sometidos a las leyes de la producción, son sin 
embargo susceptibles de ser puestos en movimien- 
to, tienen una materia, pero una materia diferente: 
esta materia no ha sido producida; está sujeta só- 
lo al cambio de lugar. 

Podría preguntarse de qué no-ser provienen 
los seres, porque el no-ser tiene tres acepciones.'' Si 
hay realmente el ser en potencia, de él es de quien 
provienen los seres; no de todo ser en potencia, 
sino tal ser en acto de tal ser en potencia. No basta 
decir que todas las cosas existían confundidas, por- 
que difieren por su materia. ¿Por qué si no se han 
producido una infinidad de seres y no un solo 
ser? La inteligencia en este sistema es única, y si 
no hubiera habido más que una materia, sólo se 
hubiera convertido en acto aquello que hubiera 
sido la materia en potencia. 

Por lo tanto, hay tres causas, tres principios: 
dos constituyen la contrariedad, de una parte la 
noción sustancial y la forma, de la otra la priva- 
ción; el tercer principio es la materia. 

CAPITULO 3 

Probemos ahora que ni la materia ni la forma 
devienen; hablo de la materia y de la forma primiti- 



va.* Todo lo que muda es algo, y el cambio tiene 
una causa y un fin. La causa es el primer motor, el 
sujeto es la materia, y el fin es la forma. Se cami- 
naría, por tanto, hasta el infinito, si lo que devie- 
ne o llega a ser fuese, no sólo el bronce cilindrico, 
sino la misma forma cilindrica o el bronce: es 
preciso, pues, pararse.' Además, cada esencia 
proviene de una esencia del mismo nombre,'" co- 
mo sucece con las cosas naturales, las cuales son 
esencias; y lo mismo con los demás seres, porque 
hay seres que son producto del arte, y otros que 
vienen de la naturaleza o de la fortuna, o del 
azar.' ' El arte es un principio que reside en un ser 
diferente del objeto producido; pero la naturaleza 
reside en el objeto mismo, porque es un hombre 
el que engendra un hombre.' ' Respecto a las de- 
mas causas, no son más que privaciones de estas 
dos. 

Hay tres clases de esencia: la materia, que no 
es más que en apariencia el ser determinado por- 
que las partes entre las que no hay más que un 
simple contacto y no conexión no son más que una 
pura materia y un sujeto; la naturaleza, es decir, 
esta forma, este estado determinado a que va a pa- 
rar la producción; la tercera esencia es la reunión 
de las dos primeras, es la esencia individual, es Só- 
crates o Calilas. 

Hay objetos cuya forma no existen indepen- 
dientemente del conjunto de la materia y de la 
forma, como sucede con la forma de una casa, a 
menos que por forma se entienda el arte mismo, 
las formas de estos objetos no están por otra parte, 
sujetas a producción ni a destrucción. De otra ma- 
nera existen o no existen la casa inmaterial y la 
salud, y todo lo que es producto del arte. Pero no 
sucede lo mismo con las cosas naturales. Así, Pla- 
tón ha tenido razón para decir que no hay más 
ideas que las de las cosas naturales, si se admite 
que puede haber otras ideas que los objetos sen- 



6 Lileralmente: sobre todas los contrariedades de Indivi- 
duo a individuo. 

7 "Estas tres formas del no ser son lo falso, la nada, lo que 
existe en potencia " (Nota de M. Lousin.j 

8 Víase lib. VI, 3, y sobre todo, el cap. 8 del libro Vil y el 
final del primer libro de la Física. 

9 Véase lib. II. 2 

10 Véase lib. Vil, 7 y 9. 

11 Véase lib. Vil, 7. 

12 Esta especie de aforismo , de que Aristóteles se slrvt 
muchas veces en la Metafíficf contiene implícitamente 
la refutación de una opinión de Speusippo, como ha de. 
mostrado M. Ravaisson. Speusippo pretendía que la po- 
tencia es siempre anterior al acto, y se apoyaba en lo que 
pasa en la generación de los animales, en que el semen, es 
decir el animal en potencia, es anterior a la existencia del 
animal. Aristóteles responde que el hombre viene real- 
mente, no del semen, sino del hombre, porque el semen 
proviene del hombre. 



46 



ARISTÓTELES 



sibles, por ejemplo, las del fuego, de la carne, de 
la cabeza; cosas todas que no son más que una 
materia la materia integrante' ^ de la esencia por 
excelencia.' * 

Las causas motrices tienen la prioridad de 
existencia respecto de las cosas que producen; las 
causas formales son coetáneas con estas cosas. 
Cuando el hombre está sano es cuando la salud 
existe, y la figura de esfera de bronce es coetánea 
de la esfera de bronce. 

Preguntemos ahora si subsiste algo despue's 
de la disolución del conjunto. Tratándose de cier- 
tos seres nada se opone a ello: el alma, por ejem- 
plo, está en este caso, no el alma toda, sino la in- 
teligencia, porque respecto del alma entera será 
quizá aquello imposible. 

Es por lo tanto, evidente que en todo lo que 
acabamos de ver no hay razón para admitir la 
existencia de las ideas. Un hombre engendra un 
hombre; el individuo engendra el individuo. Lo 
mismo sucede en las artes: la medicina es la que 
contiene la noción de la salud. 



necesario. No tienen todos los seres los mismos 
elementos, o más bien, y esta es nuestra opinión, 
hay identidad desde un punto de vista, y desde 
otro no la hay. Y asi', en los cuerpos sensibles, 
la forma es lo caliente, y de otra manera lo frío, 
es decir, la privación de lo caliente; la materia es el 
principio que de suyo encierra en potencia estos 
dos opuestos. Estos tres elementos son esencia, asi' 
como los cuerpos que constituyen y de los que son 
ellos principios. Todo aquello que lo caliente y lo 
fn'o pueden producir que sea uno, como carne o 
un hueso, por ejemplo, es una esencia, porque es- 
tos cuerpos tienen necesariamente entonces una 
existencias distinta de la de los elementos de que 
provienen. 

Los cuerpos tienen los mismos elementos 
y los mismos principios; pero los principios y los 
elementos difieren de los diferentes cuerpos. Sin 
embargo, no se puede decir de una manera abso- 
luta que haya identidad de principios para todos 
los seres, a no ser por analogía y por esta razón 
se dice que no hay más que tres principios: la for- 
ma, la privación y la materia. Cada principio es di- 
ferente para cada género de seres: para el color es 
lo blanco, lo negro, la superficie; la luz, las tinieblas 
y el aire son los principios del di'a y de la noche. 



CAPITULO 4 

Las causas y los principios son distintos en 
los diferentes seres desde un punto de vista, y des- 
de otro punto no lo son. Si se los considera gene- 
ralmente y por analogía, son los mismos para to- 
dos los seres. Podría plantearse esta cuestión: 
¿hay diversidad o identidad de principios y de 
elementos entre las esencias, las relaciones, y, 
en una palabra, cada una de las categorías? Pero 
es un absurdo admitir la identidad de principios, 
porque entonces provendrían de los mismos ele- 
mentos las relaciones y la esencia. ¿Cuál sen'a en- 
tonces el elemento común? Y fuera de la esencia 
y de las otras catcgori'as no hay nada que sea 
común a todos los seres, porque el elemento es 
anterior a aquello de que es elemento. Tampoco 
es la esencia el elemento de las relaciones, ni una 
relación cualquiera el elemento de la esencia. 
¿Cómo, por otra parte, es posible que los elemen- 
tos sean los mismos para todos los seres? jamás 
podrá haber identidad entre un elemento y lo que 
se compone de elementos, entre B o A, por ejem- 
plo, y B A. Tampoco hay un elemento inteligible, 
como la unidad o el ser, que pueda ser el elemen- 
to universal; éstos son caracteres que pertenecen a 
todo compuesto. Ni la unidad ni el ser pueden 
ser esencia ni relación, y sin embargo, esto sena 



Los elementos constitutivos no son las únicas 
causas; hay también causas externas, como el mo- 
tor. Es claro, conforme a esto, que el principio y el 
elemento son dos cosas diferentes. Ambos son 
causas; uno y otro están comprendidos en el tér- 
mino general de principio, y el ser que produce el 
movimiento o el reposo es también un principio.' ' 

Asi', pues, desde el punto de vista de la analo- 
gía, hay tres elementos y cuatro causas, o cuatro 
principios y desde otro punto de vista hay 
elementos diferentes para los seres diferentes, y 
una primera causa motriz diferente también 
para los diferentes seres. Salud, enfermedad, cuer- 
po: el motor es el arte del médico; forma deter- 
minada, desorden, ladrillos: el motor es el arte del 
arquitecto. Tales son los principios comprendidos 
bajo el término general de principio. Por otra par- 
te, puesto que respecto de los hombres, producto 



/ 3 n TeXeurcuJOL Lo maleria a la que vuelve el ser después 
de ta destrucción, sus elementos constitutivos^ aquello 
cuya reunión con la forma le hace ser lo que es. 
14 Aristóteles llama aquí esencia por excelencia el compues- 
to de la materia y de la forma, al individuo, Sócrates 
o Calilas, fados los comentaristas están unánimes en este 
punto. 
15 Véase, sobre la extensión de la significación de la palabra 
principio, el I ib. v, I. 



metafísica 



47 



de la naturaleza, el motor es un hombre, mientras 
que para los seres que son producto del arte el 
motor es la forma o lo contrario de la forma,' ' 
resulta que de una manera hay tres causas, de la 
otra cuatro; porque el arte del médico es en cierto 
modo la salud; el del arquitecto la forma de la 
casa, y es un hombre el que engendra un hombre. 
Por último, fuera de estos principios hay el prime- 
ro de todos los seres, el motor de todos los seres. 



capítulos 

Entre los seres hay unos que pueden existir 
aparte, y otros que no pueden: los primeros son 
sustancias; son, por consiguiente, las causas de to- 
das las cosas, puesto que las cualidades y los movi- 
mientos no existen independientemente de las sus- 
tancias. Añádase a esto que estos principios son 
probablemente el alma y el cuerpo, o bien la inte- 
ligencia, el deseo y el cuerpo.' ^ 

Desde otro punto de vista, los principios son 
por analogía idénticos respecto de todos los seres, 
y así se reducen al acto y a la potencia. Pero hay 
otro acto y otra potencia para los diferentes se- 
res, y la potencia y el acto no están siempre seña- 
lados con los mismos caracteres. Hay seres, por 
ejemplo, que existen tan pronto en acto como en 
potencia, como el vino, la carne, el hombre. En- 
tonces los principios en cuestión están incluidos 
entre los que hemos enumerado. En efecto, el ser 
en acto es, por una parte, la forma, en caso que la 
forma pueda tener una existencia independiente, 
y el conjunto de la materia y de la forma, y de otra 
es la privación, como las tiniebas y la enfermedad. 
El ser en potencia es la materia, porque la materia 
es lo que puede devenir o llegar a ser uno u otro de 
los puestos. Los seres, cuya materia no es la 
misma, son en potencia y en acto distintos que 
aquellos cuya forma no es la misma, sino diferente: 
de esta manera el hombre tiene por causas los ele- 
mentos, a saber; el fuego y la tierra, que son la ma- 
teria; después su forma propia; después otra causa, 
una causa externa, su padre, por ejemplo; y ade- 
más de estas causas el sol y el círculo oblicuo,'* 
los cuales no son ni materia, ni forma, ni privación, 
ni seres del mismo género que él, sino motores. 

Es preciso considerar que hay unos principios 
que son universales y otros que no lo son. Los prin- 
cipios primeros de todos los seres son, de un lado, 
la actualidad primera, es decir, la forma, y de otro 
la potencia. Ahora bien, no son éstos los universa- 
les, porque es el individuo el que es el principio 
del individuo, mientras que del hombre universal 



sólo podría salir un hombre universal; pero no 
hay hombre universal que exista por sí mismo: 
Peleo es el principio de Aquiles; tu padre es tu 
principio; esta B es el principio de esta silaba, 
B A; la B universal no sería más que el principio 
de la sílaba B A en general. Añádase a esto que las 
formas son los principios de las esencias. Pero las 
causas y los elementos son, como hemos dicho, 
diferentes para los diferentes seres, para aquellos 
por ejemplo, que no pertenecen al mismo género, 
como colores, sonidos, esencias, cualidades; a no 
ser, sin embargo, que sólo se hable por analogía. 
Lo mismo sucede con los que pertenecen a la mis- 
ma especie; pero entonces no difieren específica- 
mente, sino que cada principio es diferente para 
los diferentes individuos; tu materia, tu forma, tu 
causa motriz no son las mismas que las mías 
pero, desde el punto de vista general, hay iden- 
tidad. 

Si se nos hiciese esta pregunta: ¿cuáles 
son los principios o los elementos de las esen- 
cias, de las relaciones, de las cualidades?, ¿son los 
mismos o son diferentes? Evidentemente no sería 
preciso responder que, tomados en su acepción 
general, son los mismos para cada ser; pero que, si 
se establecen distinciones, ya no son los mismos, 
son principios diferentes. Y, sin embargo, entonces 
mismos son, desde otro punto de vista, los mismos 
para todos los seres. Si se considera la analogía, hay 
identidad, puesto que los principios son siempre 
materia, forma, privación, motor y aun entonces 
las causas de las sustancias son las causas de todas 
las cosas, porque si se destruyen las sustancias todo 
se destruye. Añadamos que el primer principio 
existe en acto. Hay, pues, en este concepto tantos 
principios como contrarios, que no son ni género, 
ni términos que abracen muchas cosas diferentes. 
En fin, las materias son primeros principios. 

Hemos expuesto cuáles son los principios 
de los seres sensibles, cuál es su número, en qué 
casos son los mismos y en qué casos son diferentes. 



16 "Aristóteles se sirve de la expresión: hombres produci- 
dos por lo naturaleio paro que no se confunda con el 
hombre en s; de los platonianos. Se refiere oQui a lo que 
había expuesto en la Física a saber: que muchas 
veces hay identidad entre la causa enciente y la causa 
formal." Ale/, ichol, póg. 801:5epúlv., póg. 288: Phijic. 
iUKult..//, UBell.pág. 192 y 193. 
n Es sabido lo que Aristóteles entiende por alma: no es 
extraño que Ale/andro devuelva este pasaje presentando 
tres casos: primero, alma y cuerpo, el vegetal; segundo, 
cuerpo y deseo, la bestia: tercero inteligencia, deseo y 
cuerpo, el hombre. Véase Schol, póg. SOI: Sepúlv., pág. 
289. 
18 El Zodiaco. Esta en una causa del hombre en el sistema 
de Aristóteles, porque el sol recurre los signos de Zodia- 
co, y este movimiento, que es el movimiento de los esta- 
ciones, es la causa de la producción y de la destrucción 
de los seres en el mundo terrestre. 



48 



ARISTÓTELES 



CAPITULO 6 

Hay, hemos dicho, tres esencias," dos fí- 
sicas y una inmóvil. De esta última es de la que va- 
mos a hablar, mostrando que hay necesariamente 
una esencia eterna, que es inmóvil. Las esencias son 
los primeros seres, y si todas ellas son perecederas, 
todos los seres son perecederos. Pero es imposible 
que el movimiento haya comenzado o que conclu- 
ya: el movimiento es eterno; lo mismo es el 
tiempo, porque si el tiempo no existiese, no habría 
antes ni después. Además, el movimiento y el 
tiempo tienen la misma continuidad. En efecto, 
son idénticos el uno al otro, o el tiempo es un 
modo del movimiento. No hay más movimiento 
continuo que el movimiento en el espacio, no todo 
movimiento en el espacio, sino el movimiento 
circular. Pero si hay una causa motriz, o una causa 
eficiente, pero que no pase al acto, no por esto 
resulta el movimiento, porque lo que tiene la po- 
tencia puede no obrar. No adelantaríamos más aun 
cuando admitiésemos esencias eternas, como hacen 
los partidarios de las ideas, porque sería preciso 
que tuviesen en sí mismas un principio capaz de 
realizar el cambio. No bastan estas sustancias ni 
ninguna otra sustancia; si esta sustancia no pasase 
al acto, no habría movimiento ni tampoco existiría 
movimiento, aun cuando pasase al acto, si su 
esencia fuese la potencia, porque entonces el movi- 
miento no sería eterno, puesto que puede no reali- 
zarse lo que existe en potencia. Es preciso, por lo 
tanto, que haya un principio tal que su esencia sea 
el acto mismo. Por otra parte, las sustancias en 
cuestión^" deben ser inmateriales, porque son ne- 
cesariamente eternas, puesto que hay, en verdad, 
otras cosas eternas;^' su esencia es, por consi- 
guiente, el acto mismo. 

Pero aquí se presenta una dificultad. Todo 
ser en acto tiene, al parecer, la potencia, mientras 
que el que tiene la potencia no siempre pasa al 
acto. La anterioridad deberá, pues, pertenecer a 
la potencia. Si es así, nada de lo que existe podría 
existir, porque lo que tiene la potencia de ser pue- 
de no ser aún. Y entonces, ya se participe de la 
opinión de los filósofos,^ ^ los cuales hacen que 
todo salga de la noche, ya se adopte este principio 
de los físicos:^ ^ todas las cosas existían mezcladas; 
en ambos casos la imposibilidad es la misma. ¿Có- 
n» podrá haber movimiento, si no hay una causa 
en acto? No será la materia la que se ponga en mo- 
vimiento lo que producirá será el arte del obrero. 
Tampoco son los menstruos ni la tierra los que 
fecundarán a sí mismos, son las semillas, el germen, 
los que los fecundan. Y así algunos filósofos admi- 
ten una acción eterna, como Leucippo y Platón,^* 



porque el movimiento, según ellos, es eterno. Pero 
no explican ni el porqué, ni la naturaleza, ni el có- 
mo, ni la causa. Y, sin embargo, nada se mueve por 
casualidad; es preciso siempre que el movimiento 
tenga un principio; tal cosa se mueve de tal manera, 
o por su naturaleza misma, o por la acción de una 
fuerza, o por la de la inteligencia, o por la de cual- 
quier otro principio determinado. ¿Y cuál es el 
movimiento primitivo? He aquí una cuestión de 
alta importancia que ellos tampoco resuelven. Pla- 
tón no puede ni siquiera afirmar, como principio 
del movimiento, este principio de que habla a ve- 
ces, este ser que se mueve por sí mismo;^' porque 
el alma, según él mismo confiesa, es posterior al 
movimiento, y coetánea del cielo. Así, pues, con- 
siderar la potencia como anterior al acto es una 
opinión verdadera desde un punto de vista; erró- 
nea desde otro, y ya hemos dicho el cómo.' * 

Anaxágoras reconoce la anterioridad del acto, 
porque la inteligencia es un principio activo; y con 
Anaxágoras, Empédocles admite como principio 
la Amistad y la Discordia, así como los filósofos 
que hacen al movimiento eterno, Leucippo, por 
ejemplo. No hay necesidad de decir que, durante 
un tiempo indefinido, el caos y la noche existían 
solos. El mundo de toda eternidad es lo que (ya 
tenga regresos periódicos,'^ ya tenga razón otra 
doctrina), si el acto es anterior a la potencia. Si la 
sucesión periódica de las cosas es siempre la mis- 
ma, debe de haber un ser cuya acción subsista sien- 
do eternamente la misma.'* Aún hay más: para 
que pueda haber producción, es preciso que haya 
otro principio" eternamente activo, tanto en un 
sentido como en otro. Es preciso que este nuevo 
principio, desde un punto de vista, obre en sí y por 
sí; y desde otro, con relación a otra cosa; y esta 
otra cosa es, o algún otro principio, o el primer 
principio. Es de toda necesidad que aquel de que 



; 9 Véase antes el cap. II de este libro, 

20 Todos los principios motores. 

21 Los movimientos celestes. 

22 Orfeo, Hesiodo y los demás poetas de la antigüedad heroi- 
ca y fabulosa. Véase lib. I, 4. 

23 "En general los iónicos y en particular Anaxágoras, por lo 
menos en una parte de su sistema. " (Nota de M. Cousin). 

24 La materia, según Platón (véase el Timto), estat>a anima- 
da en todo tiempo de un movimiento sin regla y sin 
objeto, y los átomos, según Leucippo, se movían en el va- 
cio de toda eternidad. 

25 "lamas Platón, al definir el alma, ha tratado de presentar 
la como principio eterno de todas las cosas; la considera 
como el principio del pequeño mundo que ella rige." (No- 
ta de M. Cousin). 

26 En el TriUdo del Al mi. //. 4. 

27 Doctrina de Empédocles. 

28 ts el primer cielo, según Aristóteles, el cielo de las estre- 
lloi lijas, el cual arrastro en su movimiento a todos los de- 
más seres. 

29 Se refiere al sol y a los otros planetas que se mueven se- 
gún el circulo oblicuo o Zodiaco. 



metafísica 



49 



hablamos obre siempre en virtud del primer 
principio, porque el primer principio es la causa del 
segundo, y lo mismo de este otro principio, con 
relación al cual el segundo podría obrar. De mane- 
ra que el primer principio es el mejor. El es la causa 
de la eterna uniformidad, mientras que el otro 
es la causa de la diversidad, y los dos reunidos son 
evidentemente la causa de la diversidad eterna. Así 
es como tienen lugar los movimientos. ¿Qué 
necesidad hay, pues, de ir en busca de otros prin- 
cipios? 

CAPITULO 7 

Es posible que sea así, porque en otro caso se- 
ría preciso decir que todo proviene de la noche, ^'' 
de la confusión primitiva,^' del no-ser: ^^ éstas 
son dificultades que pueden resolverse. Hay algo 
que se mueve con movimiento continuo, el cual es 
el movimiento circular. No sólo lo prueba el razo- 
namiento, sino el hecho mismo. De aquí se sigue 
que el primer cielo debe ser eterno.^ •" Hay tam- 
bién algo que mueve eternamente, y como hay tres 
clases de seres, lo que es movido, lo que mueve, y 
el término medio entre lo que es movido y lo que 
mueve, es un ser que mueve sin ser movido, ser 
eterno, esencia pura y actualidad pura. 

He aquí cómo mueve. Lo deseable y lo inte- 
ligible mueven sin ser movidos, y lo primero desea- 
ble es idéntico a lo primero inteligible. Porque el 
objeto del deseo es lo que parece bello, y el objeto 
primero de la voluntad es lo que es bello. Nosotros 
deseamos una cosa porque nos parece buena, y no 
nos parece tal porque la deseamos: el principio 
aquí es el pensamiento. Ahora bien; el pensamien- 
to es puesto en movimiento por lo inteligible, y 
el orden de lo deseable es inteligible en sí y por 
sí; y en este orden la esencia ocupa el primer lu- 
gar; y entre las esencias, la primera es la esencia 
simple y actual. Pero lo uno y lo simple no son la 
misma cosa: lo uno designa una medida común a 
muchos seres; lo simple es una propiedad del mis- 
mo ser.^* 

De esta manera lo bello en sí y lo deseable en 
sí entran ambos en el orden de lo inteligible; y lo 
que es primero es siempre excelente, ya absoluta- 
mente, ya relativamente. La verdadera causa final 
reside en los seres inmóviles, como lo muestra la 
distinción establecida entre las causas finales, 
porque hay la causa absoluta y la que no es abso- 
luta. El ser inmóvil mueve como objeto del amor, 
y lo que él mueve imprime el movimiento a todo lo 
demás. Luego, en todo ser que se mueve hay po- 



sibilidad de cambio. Si el movimiento de traslación 
es el primer movimiento, y este movimiento existe 
en acto, el ser que es movido puede mudar, si no en 
cuanto a la esencia, por lo menos en cuanto al 
lugar. Pero desde el momento en que que hay un 
ser que mueve, permaneciendo él inmóvil, aun 
cuando exista en acto, este ser no es susceptible 
de ningún cambio. En efecto, el cambio primero 
es el movimiento de traslación, y el primero de 
ios movimientos de traslación es el movimiento cir- 
cular. El ser que imprime este movimiento es el 
motor inmóvil. El motor inmóvil es, pues, un ser 
necesario; y en tanto que necesario, es el bien, y 
por consiguiente un principio, porque hay varias 
acepciones de la palabra necesario; hay la necesi- 
dad violenta, la que coarta nuestra inclinación na- 
tural; después la necesidad, que es la condición 
del bien; y por último lo necesario, que es lo que es 
absolutamente de tal manera y no es susceptible de 
ser de otra.^^ 

Tal es el principio de que penden el cielo y 
toda la naturaleza. Sólo por poco tiempo podemos 
gozar de la felicidad perfecta. El la posee eterna- 
mente, lo cual es imposible para nosotros.'* El 
goce para él es su acción misma. Porque son accio- 
nes, son la vigilia, la sensación, el pensamiento, 
nuestros mayores goces; la esperanza y el recuer- 
do sólo son goces a causa de su relación con éstos. 
Ahora bien; el pensamiento en sí es el pensamiento 
de lo que es en sí mejor, y el pensamiento por ex- 
celencia es el pensamiento de lo que es bien por ex- 
celencia. La inteligencia se piensa a sí misma abar- 
cando lo inteligible, porque se hace inteligible con 
este contacto, con este pensar. Hay, por lo tanto, 
identidad entre la inteligencia y lo inteligible, 
porque la facultad de percibir lo inteligible y la 
esencia constituye la inteligencia, y la actualidad de 
la inteligencia es la posesión de lo inteligible. Este 
carácter divino, al parecer, de la inteligencia 
se encuentra, por tanto, en el más alto grado de la 
inteligencia divina, y la contemplación es el goce 
supremo y la soberana felicidad. 



30 Opinión de los teólogos. 

31 Opinión de Anuxágoras. 

32 Opinión de los alomislas. 

33 Véase más adelante el cap. VIII de este libro. 

34 Aristóteles euplica incidentalmente cómo su esencia 
simple se distingue de la unidad primitiva de los plato- 
nianos. 

35 Vtase lib. v. 5. 

36 "Toda la vida de los dioses inmortales es una felicidad; 
los hombres no conocen la felicidad sino en tanto que hay 
en sus facultades algo que les es común con los dioses. 
Pero ningún otro animal, fuera del hombre, goía de fe- 
licidad en la vida, porque ningún otro animal tiene con 
los dioses esta comunidad de naturale/a." Aristót., Mo. 
ral a Nicómaco, v. 8. 



50 



ARISTÓTELES 



Si Dios goza eternamente de esta felicidad, 
que nosotros sólo conocennos por instantes, es dig- 
no de nuestra admiración, y más digno aún si su fe- 
licidad es mayor. Y su felicidad es mayor segura- 
mente. La vida reside en él, porque la acción de la 
inteligencia es una vida, y Dios es la actualidad mis- 
ma de la inteligencia; esta actualidad tomada en si', 
tal es su vida perfecta y eterna. Y así decimos que 
Dios es un animal eterno, perfecto. La vida y la du- 
ración continua y eterna pertenecen, por tanto, a 
Dios, porque este mismo es Dios. 

Los que creen, con los pitagóricos y Speusip- 
po, que el primer principio no es lo bello y el bien 
por excelencia, porque los principios de las plantas 
y de los animales son causas, mientras que lo bello 
y lo perfecto sólo se encuentra en lo que proviene 
de las causas,' ' tales filósofos no tienen una opi- 
nión fundada, porque la semilla proviene de seres 
perfectos que son anteriores a ella, y el principio 
no es la semilla, sino el ser perfecto; así puede de- 
cirse que el hombre es anterior al semen, no sin 
duda el hombre que ha nacido del semen, sino 
aquel de donde ella proviene. 

Es evidente, conforme con lo que acabamos 
de decir, que hay una esencia eterna, inmóvil y dis- 
tinta de los objetos sensibles. Queda demostrado 
igualmente que esta esencia no puede tener nin- 
guna extensión, que no tiene partes y es indivisi- 
ble. Ella mueve, en efecto, durante un tiempo in- 
finito. Y nada que sea finito puede tener una 
potencia infinita. Toda extensión es finita o in- 
finita: por consiguiente, esta esencia no puede 
tener una extensión finita; y, por otra parte no tie- 
ne una extensión infinita, porque no hay absolu- 
tamente extensión infinita.'* Además, finalmen- 
te, ella no admite modificación ni alteración por- 
que todos los movimientos son posteriores al mo- 
vimiento en el espacio. 

Tales son los caracteres manifiestos de la 
esencia de que se trata. 



CAPÍTULOS 



¿Esta esencia es única o hay muchas? Y si 
hay muchas, ¿cuántas son? He aquí una cuestión 
que es preciso resolver. Conviene recordar también 
las opiniones de los demás filósofos sobre este pun- 
to. Ninguno de ellos se ha explicado de una ma- 
nera satisfactoria acerca del número de los prime- 
ros seres. La doctrina de las ideas no suministra 
ninguna consideración que se aplique directamen- 



te a este asunto. Los que admiten la existencia 
de aquéllas dicen que las ideas son números, y 
hablan de los números, ya como si hubiera una 
infinidad de ellos, ya como si no fueran más que 
diez. ¿Por qué razón reconocen precisamente 
diez números? Ninguna demostración conclu- 
yente dan para probarlo. Nosotros trataremos la 
cuestión partiendo de lo que hemos determinado 
y sentado precedentemente. 

El principio de los tres, el ser primero, no es 
susceptible en nuestra opinión, de ningún movi- 
miento, ni esencial, ni accidental, y antes bien él 
es el que imprime el movimiento primero, mo- 
vimiento eterno y único. Pero puesto que lo que 
es movido necesariamente es movido por algo, 
que el primer motor es inmóvil en su esencia, y 
que el movimiento eterno es impuesto por un ser 
eterno, y el movimiento único por un ser único 
y puesto que, por otra parte, además del nrovi- 
miento simple del Universo, movimiento que, 
como hemos dicho, imprime la esencia primera 
e inmóvil, vemos que existen también otros mo- 
vimientos eternos, los de los planetas (porque 
todo cuerpo esférico es eterno e incapaz de re- 
poso, como hemos demostrado en la Física), es 
preciso en tal caso que el ser que imprime cada uno 
de estos movimientos sea una esencia inmóvil en 
sí y eterna. En efecto, la naturaleza de los astros 
es una esencia eterna, lo que mueve es eterno y 
anterior a lo que es movido, y lo que es anterior 
a una esencia es necesariamente una esencia Es, 
por lo mismo, evidente que tantos cuantos plane- 
tas hay, otras tantas esencias eternas de su natu- 
raleza debe de haber inmóviles en sí y sin exten- 
sión, siendo esto una consecuencia que resulta 
de lo que hemos dicho anteriormente. 



37 "Scilicel Pythagoricis non ut Platoni placutrol primum 
omnium principium bonom ipwm, bonum per se esse; sed 
contra, in uno numerorum fonte et omnium principio, 
impar et par, tinitum et infinitum, bonum denigue et 
malum, quasi unum idemque conflata con/ungí; contraria 
non nisi in rerum natura prodire. De Speuvppo, utrum 
contraria e primo rerum principio prorsus excluserit, on, 
in eo queque Pythagoricos secutus, con/unserit, nihil 
Aristóteles. Verisimillimum tomen idem Speusippo oc 
Pytaqoricis placuisse. Quippe ut hi sic Ule a plantis et 
animalibu"» exemplum sumebat, quibus semino, unde 
initium habent, pulchri bonique causae sunt." Ravaisson, 
Speusipp., ///, pag. 7 y 8. tn lugar de Speusippo, muchos 
traductores de Themistio escriben por error Leuicippo. 

38 No debe concluirse de este argumento como observa 
M. Ravaisson, Ensayo, (. /, pág. 56 7, nota, que en el pen- 
samiento de Aristóteles, el primer motor debe tener un 
poder intinito, sino que, por ¡o tontrario, necesitaría 
tener poder si tuviese extensión, pero sólo en este caso. 
El poder sólo pertenece a lo que existe, como el alma, en 
uno materia, y por consiguiente en una ex tensión. 



metafísica 



SI 



Por lo tanto, los planetas son ciertamente 
esencias; y la una es la primera, la otra la segun- 
da, en el mismo orden que el que reina entre los 
movimientos de los astros. Pero cuál es el núme- 
ro de estos movimientos es lo que debemos pre- 
guntar a aquella de las ciencias matemáticas que 
mas se aproxima a la filosofía; quiero decir, a la 
astronomía; porque el objeto de la ciencia astro- 
nómica es una esencia sensible, es cierto, pero 
eterna, mientras que las otras ciencias matemá- 
ticas no tienen por objeto ninguna esencia real, 
como lo atestiguan la aritmética y la geome- 
tría. 

Que hay un número de movimientos mayor 
que el de seres en movimiento es una cosa evi- 
dente hasta para aquellos mismos que apenas están 
iniciados en estas materias. En efecto, cada uno de 
los planetas tiene más de un movimiento ¿pero 
cuál es el número de estos movimientos? Es lo que 
vamos a decir. Para ilustrar este punto, y para que 
se forme una idea precisa del número de que se 
trata, citaremos por el pronto las opiniones de 
algunos matemáticos, presentamos nuestra pro- 
pias observaciones, interrogaremos a los sistemas; y 
si hay alguna diferencia entre las opiniones de los 
hombres versados en esta ciencia y las que noso- 
tro hemos adoptado, se deberán tener en cuenta 
unas y otras, y sólo fijarse en las que mejor resistan 
el examen. 

Eudoxio explicaba el movimiento del sol y 
de la luna admitiendo tres esferas para cada uno de 
estos dos astros. La primera era la de las estrellas 
fijas; la segunda seguía el círculo que pasa por 
medio del Zodíaco, y la tercera el que está in- 



clinado a todo lo ancho del Zodíaco. El círculo 
que sigue la tercera esfera de la luna está más in- 
clinado que el de la tercera esfera del sol.'' Co- 
locaba el movimiento de cada uno de los planetas 
en cuatro esferas. La primera y la segunda eran las 
mismas que la primera y la segunda del sol y de la 
luna, porque la esfera de las estrellas fijas impri- 
me el movimiento a todas las esferas, y la esfera 
que está colocada por bajo de ella, y cuyo movi- 
miento sigue el círculo que pasa por medio del 
Zodíaco, es común a todos los astros. La tercera 
esfera de los planetas tenía sus polos en el círcu- 
lo que pasa por medio del Zodíaco, y el movi- 
miento de la cuarta seguía un círculo oblicuo al 
círculo del medio de la tercera.*" La tercera 
esfera tenía polos particulares para cada planeta; 
pero los de Venus y de Mercurio eran los mismos. 

La posición de las esferas, es decir, el orden 
de sus distancias respectivas, era en el sistema de 
Cailippo el mismo que en el de Eudoxio. En cuan- 
to al número de esferas, estos dos matemáticos 
están de acuerdo respecto a Júpiter y Saturno; 
pero Cailippo creía que era preciso añadir otras 
dos esferas al sol y dos a la luna, si se quiere dar 
razón de estos fenómenos, y una a cada uno de 
los otros planetas. 

Mas para que todas estas esferas juntas pue- 
dan dar razón de los fenómenos, es necesario que 
haya para cada uno de los planetas otras esferas 
en número igual, menos una, al número de las pri- 
meras, y que estas esferas giren en sentido inver- 
so, y mantengan siempre un punto dado de la pri- 
mera esfera en la misma posición relativamente 
al astro que está colocado por debajo. Sólo me- 



39 Los comentaristas de que nos servimos explican asi 
este pasa/e: "Cada planeta tiene un cielo aparte com- 
puesto de esferas concéntricas, cuyos movimientos 
modificándose el uno al otro, forman los movimien- 
tos del planeta. El sol y la luna tienen tres esferas cada 
uno: lo primera es la de las estrellas filas; gira de Oriente 
a Occidente en veinticuatro horas, y explica el moví- 
tniento diurno. No se habla aún decubierto dice Santo 
Tomás, el movimiento de Occidente a Oriente que es 
propio de estas estrellas. La segunda esfera pasa por me- 
dio del Zodiaco; es el movimiento longitudinal del sol por 
el cual gira en torno del polo de la eclíptica en trescientos 
¡"Ota y cinco días y un cuarto, según el cálculo de 
tudoxio. En fin, la tercera esfera gira sobre su eje perpen- 
dicular a un circulo inclinado sobre la eclíptica; separa 
por consiguiente, el sol de su movimiento longitudinal 
arrastrándole a lo ancho del Zodiaco; y en efecto el sol 
se sepan del camino longitudinal, y se aleja más órnenos 
de los polos de la eclíptica, lo cual produce las estaciones 



Finalmente, esta declinación es más pronunciada en la 
luna que en el sol, lo cual Aristóteles expresa diciendo que 
el eje de la tercera esfera de la luna es perpendicular a 
un circulo inclinado sobre la eclíptica en un ángulo ma- 
yor, o, más sencillo, que el eje de la tercera esfera de la 
luna tiene más inclinación que el de la tercera esfera del 
sol. " (Nota de M. Cousln). 
40 "Según Santo Tomás, la tercera estera, como tiene sus 
polos en medio del Zodiaco, hubiera dado a los planetas 
demasiada latitud; la cuarta esfera está destinada a corre- 
gir la influencia de la tercera, y por esta razón su eje está 
Inclinado sobre el círculo del medio, es decir, el mayor 
circulo de la tercer esfera, f^ira comprender esta expre- 
sión del mayor circulo, es preciso figurarse la esfera divi- 
dida en circuios no concéntricos, y entonces el circulo 
del círculo del medio será el mayor círculo. ¿Pero en qué 
sentido es preciso hacer la división? ¿Es paralela a perpen- 
dicularmente al eje de la tercera esfera? Esto es lo que 
Santo Tomás no dice." (Nota de M. Cousin.) 



52 



ARISTÓTELES 



díante esta condición se pueden explicar todos los 
fenómenos por el movimiento de los planetas.* ' 

Ahora bien, puesto que las esferas en que se 
mueven los astros son ocho de una parte y vein- 
ticinco de otra; puesto que de otro lado las únicas 
esferas que no exigen otros movimientos en sen- 
tido inverso son aquellas en las que se mueve el pla- 
neta que se encuentra colocado por debajo de to- 
dos los demás,* ^ habrá entonces para los dos pri- 
meros astros seis esferas que giran en sentido inver- 
so, y dieciséis para las cuatro siguientes; y el nú- 
mero total de esferas, de las de movimiento direc- 
to y las de movimiento inverso, será de cincuenta y 
cinco. Pero si no se añaden al sol y a la luna los mo- 
vimientos de que hemos hablado, no habrá en todo 
más que cuarenta y siete esferas. 

Admitamos que es éste el número de las es- 
feras. Habrá entonces un número igual de esen- 
cias y de principios inmóviles y sensibles. Asi' de- 
be creerse racionalmente; pero que por precisión 
haya de admitirse, esto dejo a otros más hábiles 
el cuidado de demostrarlo. 

Si no es posible que haya ningún movimien- 
to cuyo fin no sea el movimiento de un astro; si, 
por otra parte, se debe creer que toda naturaleza, 
toda esencia no susceptible de modificaciones, 
y que existe en si' y por si', es una causa final 
excelente; no puede haber otras naturalezas que 
éstas de que se trata, y el número que hemos de- 
terminado es necesariamente el de las esencias. 
Si hubiese otras esencias, producin'an movimien- 
tos, porque sen'an causas finales de movimiento; 
pero es imposible que haya otros movimientos 
que los que hemos enumerado, lo cual es una con- 
secuencia natural del número de los seres que 
están en movimiento. En efecto, si todo motor 
existe a causa del objeto en movimiento, y todo 
movimiento es el movimiento de un objeto mo- 
vido, no puede tener lugar ningún movimiento 
que no tenga por fin más que el mismo u otro 
movimiento; los movimientos existen a causa 
de los astros. Supongamos que un movimiento 
tenga un movimiento por fin; éste entonces ten- 
drá por fin otra cosa. Pero no se puede ir asi' has- 
ta el infinito. El objeto de todo movimiento es, 
pues, uno de estos cuerpos divinos que se mueven 
en el cielo. 

Es evidente, por lo demás, que no hay más 
que un solo cielo. Si hubiese muchos cielos como 
hay muchos hombres, el principio de cada uno de 
ellos sen'a uno bajo la relación de la forma, pe- 
ro múltiple en cuanto al número. Todo lo que es 



múltiple numéricamente tiene materia, porque 
cuando se trata de muchos seres, no hay otra uni- 
dad ni otra identidad entre ellos que la de la no- 
ción sustancial, y asi' se tiene la noción del hom- 
bre en general; pero Sócrates es verdaderamente 
uno. En cuanto a la primera esencia, no tiene ma- 
teria, porque es una entelequia.*^ Luego, el pri- 
mer motor, el motor inmóvil, es uno, formal y 
numéricamente; y lo que está en movimiento 
eternamente y de una manera continua es único; 
luego, no hay más que un solo cielo. 

Una tradición procedente de la más remota 
antigüedad, y transmitida a la posteridad bajo el 
velo de la fábula, nos dice que los astros son los 
dioses y que la divinidad abraza toda la naturale- 
za; todo lo demás no es más que una relación fa- 
bulosa, imaginada para persuadir al vulgo y para el 
servicio de las leyes y de los intereses comunes. 
Así se da a los dioses la forma humana; se les 
representa bajo la figura de ciertos animales, y se 
crean mil invenciones del mismo género que se 
relacionan con estas fábulas. Si de esta relación 
se separa el principio mismo, y sólo se considera 
esta idea; que todas las esencias primeras son 
dioses, entonces se verá que es ésta una tradición 
verdaderamente divina. Una explicación que no 
carece de verosimilitud es que las diversas artes 
y la filosofía fueron descubiertas muchas veces y 
muchas veces perdidas, lo cual es muy posible, 
y que estas creencias son, por decirlo asi', despe- 



dí Todos los comentaristas convienen en explicar la nece- 
sidad de estas nuevas esteras por las razones siguientes. 
Coda planeta tiene el movimiento diurno, y este movimien- 
to se representa en cada sistema por uno esfera. Esta esfe- 
ra está contenida en otras esferas e influye sobre su mo- 
vimiento. Como cada una de las otras esferas tiene un 
movimiento que le es propio, si reciben además y se 
transmiten mutuamente otro impulso resultará que su 
velocidad se aumenta, y que la más lejana del centro se 
moverá mucho más rápidamente que las demás. Pero las 
esferas extremas de los diferentes sistemas están casi en 
contacto las unas con las otras; la esfera extrema de un 
primer astro comunicará este movimiento demasiado 
precipitado a la esfera extrema del sistema vecino; esta 
esfera a la esfera vecina del mismo sistema; ésta a otra, 
para acelerar el movimiento diurno y para producir asi 
una perturbación completa. Era preciso remediar este In- 
conveniente y corregir esta influencia acelerada por una 
Influencia contraria; de aquí la intercalación, entre las 
esferas de un mismo sistema, de nuevas esferas, cuyo 
movimiento se verifique en sentido Inverso; y como la 
esfera más distante y la esfera más próxima del centro de- 
ben tener la misma velocidad, el número de estas esferas 
intermedias es igual al de las otras esferas, menos una. 
(Nota de M. Cousin). 

42 La luna. 

43 "^jvreXéxeui- ¡o que tiene en si su fin y por consiguien- 
te que no depende más que de si misma, y constituye 
una unidad indivisible. (Nota de M. Cousin), 



metafísica 



53 



jos de la sabiduría antigua conservados hasta 
nuestro tiempo. Bajo estas reservas aceptamos 
lasopinionesde nuestros padres y la tradición de las 
primeras edades. 



CAPITULO 9 

Tenemos que resolver algunas cuestiones rela- 
tivas a la inteligencia.** La inteligencia es, al pare- 
cer, la más divina de las cosas que conocemos. Mas 
para serlo efectivamente, ¿cuál debe de ser su esta- 
do habitual? Esto presenta dificultades. Si la inte- 
ligencia no pensase nada, si fuera como un hombre 
dormido, ¿dónde estaría su dignidad?*' Y si pien- 
sa, pero su pensamiento depende de otro principio, 
no siendo entonces su esencia el pensamiento, si- 
no un simple poder de pensar, no puede ser la me- 
jor esencia, porque lo que le da su valor es el pen- 
sar. Finalmente, ya sea su esencia la inteligencia, 
o ya sea el pensamiento, ¿qué piensa? Porque o 
se piensa a sí misma, o piensa algún otro objeto. Y 
si piensa otro objeto, o se éste siempre el mismo, o 
varía. ¿Importa que el objeto del pensamiento sea 
el bien, o lo primero que ocurra? O mejor, ¿no se- 
ría un absurdo que tales y cuales cosas fuesen ob- 
jeto del pensamiento? Es claro que piensa lo más 
divino y excelente que existe, y que no muda de 
objeto, porque mudar sería pasar de lo mejor a lo 
peor, sería ya un movimiento. Y por el pronto, si 
no simple potencia, es probable que la continuidad 
del pensamiento fuera para ella una fatiga. Ade- 
más, es evidente que habría algo más excelente que 
es pensado, porque el pensar y el pensamiento per- 
tenecerían a la inteligencia, aun en el acto mismo 
de pensar en lo más despreciable. 

Esto es lo que es preciso evitar (en efecto, hay 
cosas que es preciso no ver, más bien que verlas); 
pues de no ser así, el pensamiento no sería lo más 
excelente que hay. La inteligencia se piensa a sí 
misma, puesto que es lo más excelente que hay, y 
el pensamiento es el pensamiento del pensamiento. 
La ciencia, la sensación, la opinión, el razonamien- 
to, tienen, por lo contrario, un objeto diferente de 
sí mismos; no se ocupan de sí mismos sino de paso. 
Por otra parte, si pensar fuese diferente de ser pen- 
sado, ¿cuál de los dos constituiría la excelencia del 
pensamiento? Porque el pensamiento y el objeto 
del pensamiento no tienen la misma esencia ¿O 
acaso en ciertos casos la ciencia es la cosa misma? 
En las ciencias creadas la esencia independiente de 
la materia y la forma determinada, la noción y el 
pensamiento en las ciencias teóricas, son el objeto 
mismo de la ciencia. Respecto a los seres inmateria- 
les, lo que es pensado no tiene una existencia dife- 



rente de lo que piensa; hay con ellos identidad, y el 
pensamiento es uno con lo que es pensado. 

Resta que examinar una dificultad, a saber: si 
el objeto del pensamiento es compuesto, en cuyo 
caso la inteligencia mudaría, porque recorrería las 
partes del conjunto, o si todo lo que no tiene mate- 
ria es indivisible. Sucede eternamente con el pensa- 
miento lo que con la inteligencia humana, con to- 
da inteligencia, cuyos objetos son compuestos, en 
algunos instantes fugitivos. Porque la inteligencia 
humana no se apodera siempre sucesivamente del 
bien supremo. Pero su objeto no es ella misma, 
mientras que el pensamiento eterno, que también 
se apodera de su objeto en un instante indivisible, 
se piensa a sí mismo durante la eternidad. 



CAPITULO 10 

Es preciso que examinemos igualmente cómo 
el Universo encierra dentro de sí el soberano bien, 
si es como un ser independiente que existe en sí y 
para sí, o como el orden del mundo; o, por último, 
si es de las dos maneras a la vez, como sucede en un 
ejército. En efecto, el bien de un ejército lo consti- 
tuyen el orden que reina en él y su general y sobre 
todo su general: no es el general obra del orden, si- 
no que es el general causa del orden. Todo tiene un 
puesto marcado en el mundo: peces, aves, plantas; 
pero hay grados diferentes, y los seres no están ais- 
lados los unos de los otros; están en una relación 
mutua, porque todo está ordenado en vista de una 
existencia única. Sucede con el Universo lo que con 
una familia. En ella, los hombres libres no están so- 
metidos a hacer esto o aquello, según la ocasión; 
todas sus funciones o casi todas están arregladas. 
Los esclavos, por lo contrario, y las bestias de car- 
ga concurren, formando una débil parte, al fin co- 
mún, y habitualmente se sirven de ellos como lo 
piden las circunstancias. El principio en la misión 
de cada cosa en el Universo es su naturaleza mis- 
ma; quiero decir que todos los seres van necesa- 
riamente separándose los unos de los otros, y to- 
dos, en sus funciones diversas, concurren a la ar- 
monía del conjunto. 

Debemos indicar todas las consecuencias im- 
posibles, todos los absurdos que son consecuen- 



44 Se trata siempre en este pasaie de la inteligencia de Dios, 
del VOVS propiamente dicho. 

45 "No debemos figurarnos los dioses durmiendo como Ers- 
dymion". Moral a Nicbmoco, x, 3. 



94 



ARISTÓTELES 



cia de los otros sistemas. Recordemos aquí' las 
doctrinas hasta las más especiosas y que presentan 
menos dificultades. 

Todas las cosas, según todos los filósofos, pro- 
vienen de los contrarios. Todas las cosas, contra- 
rios: he aquí' dos términos que están los dos mal 
sentados; y luego, ¿cómo las cosas en que existen 
los contrarios pueden provenir de los contrarios? 
Esto es lo que ellos no explican, porque los contra- 
rios no ejercen acción los unos sobre los otros. No- 
sotros resolvemos racionalmente la dificultad, reco- 
nociendo la existencia de un tercer término.** 

Hay filósofos que hacen de la materia uno de 
los dos contrarios,*^ como los que oponen lo de- 
sigual a lo igual, la pluralidad a la unidad. Esta 
doctrina se refuta de la misma manera. La materia 
primera no es lo contrario de nada. Por otra parte, 
todo participaría del mal, menos la unidad, porque 
el mal es uno de los dos elementos. 



Otros pretenden que ni el bien ni el mal son 
principios;"' y sin embargo es el principio en todas 
las cosas el bien por excelencia. Sin duda alguna, 
tienen razón los que admiten el bien como princi- 
pio; pero no nos dicen cómo el bien es un princi- 
pio, si en concepto de fin, de causa motriz, o de 
forma. 

La 9p¡nión de Empédocles no es menos ab- 
surda. El bien para él es la Amistad. Pero la Amis- 
tad es al mismo tiempo principio como causa mo 
triz, porque reúne los elementos y como materia 
porque es una parte de la mezcla de los elementos, 
Suponiendo que pueda suceder que la misma cosa 
exista a la vez en concepto de materia y de princi 
pío, y en concepto de causa motriz, siempre resul 
tana que no habría identidad en su ser. ¿Qué es, 
pues, lo que constituye la amistad? Otro absurdo es 
el haber considerado la Discordia imperecedera 
mientras que la Discordia es la esencia misma del 
mal. 

Anaxágoras reconoce el bien como un princi- 
pio: es el principio motor. La Inteligencia mueve; 
pero mueve en vista de algo. He aquí un nuevo prin- 
cipio, a no ser que Anaxágoras admita como no- 
sotros la identidad porque el arte de curar es, en 
cierta manera, la salud. Es absurdo, por otra parte, 
no reconocer contrario al bien y a la Inteligencia. 



Si fijamos la atención se verá que todos los 
que asientan los contrarios como principios no se 
sirven de los contrarios. ¿Y por qué esto es perece- 
dero, aquello imperecedero? Esto ninguno de ellos 



lo explica,"' porque hacen provenir todos los seres 
de los mismos principios. 

Hay filósofos que sacan los seres del no-ser.'" 
Otros, para librarse de esta necesidad, lo reducen 
todo a la unidad absoluta." En fin, ¿por qué ha- 
brá siempre producción, y cuál es la causa de la 
producción? Esto nadie nos lo dice. 

No sólo los que reconocen dos principios 
deben admitir otro principio superior, sino que 
los partidarios de las ideas deben admitir también 
un principio superior a las ideas, porque ¿en vir- 
tud de qué ha habido y hay todavía participación 
de las cosas en las ideas? Y mientras los demás se 
ven forzados a reconocer un contrario de la sabi- 
duría y de la ciencia por excelencia, nosotros no 
nos vemos en esta situación, no reconociendo 
contrario en lo que es primero, porque los contra- 
rios tienen una materia y son idénticos en poten- 
cia. La ignorancia, por ser lo contrario de la cien- 
cia, implicaría un objeto contrario al de la ciencia. 
Pero lo que es primero no tiene contrario. 

Por otra parte, si no hay otros seres que los 
sensibles, no puede haber ya principio, ni orden, 
ni producción, ni armonía celeste, sino sólo una 
serie infinita de principios, como la que se encuen- 
tra en todos los teólogos y físicos sin excepción. 
Pero si se admite la existencia de las ideas o de los 
números, no se tendrá la causa de nada; por lo 
menos no se tendrá la causa del movimiento. Y 
además, ¿cómo de seres sin extensión podrán salir 
la extensión y la continuidad? Porque no será el 
número el que habrá de producir lo continuo, ni 
como causa motriz ni como forma. Tampoco uno 
de los contrarios será la causa eficiente y la causa 
motriz. Este principio, en efecto, podría no exis- 
tir. Pero la acción es posterior a la potencia. No 
habría, por lo tanto, seres eternos. Mas hay seres 
eternos. Por tanto, es preciso abandonar la hipóte- 
sis de un contrario. Ya hemos dicho cómo. Ade- 
más, ¿en virtud de qué principio hay unidad en 
los números, en el alma, en el cuerpo, y en general 
unidad de forma y de objeto? Nadie lo dice, ni 
puede decirlo, a menos que reconozca con noso- 
tros que esto tienen lugar en virtud de la causa 
motriz. 



46 La materia, sujeto común de dos contrarios. 
4 7 Sistema de Platón, 

48 Sistema pitagórico. 

49 Véase el llb. III, 4. 

50 Hesiodo, tos antiguos teólogos, etcétera. 

51 La Escuela de Elea. 



metafísica s9 



En cuanto a los que toman por principio el esencia exista o no exista? Estos tienen una mul- 
número matemático, y que admiten también una titud de principios; pero los seres no quieren ver- 
sucesión infinita de esencia y principios diferentes se mal gobernados: 
para las diferentes esencias, forman de la esencia 

del Universo una colección de episodios,^ por El mando de muchos no es bueno, Basta un solo 

que ¿qué importa entonces a una esencia que otra jefe." 



52 Víase el lib. XIV, 3. 

53 Homero, lliadi, //, V. 204. 



DISCURSO DEL MÉTODO 



RENATO DESCARTES 
(1569 - 1650) 



57 



DISCURSO DEL MÉTODO 



PRIMERA PARTE 

S¡ este discurso parece demasiado largo para 
ser leído todo de una vez, podrán distinguirse en 
él seis partes. Y, en la primera, se hallarán diversas 
consideraciones acerca de las ciencias. En la segun- 
da, las principales reglas del método que el autor 
ha buscado. En la tercera, algunas de las de la mo- 
ral que él ha sacado de este método. En la cuarta, 
las razones mediante las cuales prueba la existencia 
de Dios y del alma humana, que son los fundamen- 
tos de su metafísica. En la quinta, el orden de las 
cuestiones de física que él ha buscado, y en parti- 
cular la explicación del movimiento del corazón y 
algunas otras dificultades que pertenecen a la me- 
dicina, y luego también la diferencia que hay entre 
nuestra alma y la de las bestias. Y en la última, qué 
cosas cree él que se requieren para ir en la investiga- 
ción de la naturaleza más adelante de lo que ha es- 
tado, y qué razones lo han hecho escribir. 

El buen sentido es la cosa mejor distribuida 
en el mundo, pues cada cual piensa estar tan bien 
provisto de él que aun aquellos que son más difíci- 
les de contentar en cualquier otra cosa, no suelen 
desear más del que tienen. No es verosímil que to- 
dos se equivoquen en eso, antes bien, eso acredita 
que la potencia de juzgar bien y distinguir lo ver- 
dadero de lo falso -que es propiamente lo que se 
denomina buen sentido o razón— es por naturale- 
za igual entre todos los hombres, y así la diversi- 
dad de nuestras opiniones no viene de que unos 
sean más razonables que los demás, sino solamen- 
te de que conducimos nuestros pensamientos por 
caminos diferentes, y no consideramos las mis- 
mas cosas. En efecto, no basta tener un buen en- 
tendimiento, sino que lo principal es aplicarlo bien. 
Las almas más grandes son capaces de los más gran- 
des vicios, como también de las más grandes virtu- 
des; y los que no caminan sino muy lentamente, 
si siguen siempre el camino recto, pueden adelan- 
tar mucho más que los que corren y se apartan 
de él. 



En cuanto a mí, jamás presumí que mi espí- 
ritu fuera en nada más perfecto que el del común 
de las gentes; aun a menudo deseé tener el pen- 
samiento tan pronto, o la imaginación tan nítida 
y distinta, o la memoria tan amplia, como algunos 
otros, y no sé de otras cualidades que éstas que sir- 
van a la perfección del espíritu, puesto que respec- 
to a la razón, o el sentido, siendo la única cosa que 
nos hace hombres y nos distingue de las bestias, 
quiero creer que está entera en cada uno de noso- 
tros, y seguir en esto la opinión común de los filó- 
sofos, que dicen que el más y el menos existen so- 
lamente entre los accidentes, y no entre las formas, 
o naturaleza, de individuos de una misma especie. 

Mas yo no temeré decir que piense haber 
tenido mucha suerte por haberme encontrado, des- 
de mi juventud, en ciertos caminos que me condu- 
jeron a consideraciones y máximas con que formé 
un método mediante el cual me parece que tengo 
medios de aumentar por grados mi confianza y ele- 
varla poco a poco al punto más alto al cual le per- 
mitirán llegar la mediocridad de mi espíritu y la 
breve duración de mi vida. En efecto, he recogido 
ya tales frutos que, aun cuando en los juicios que 
hago de mí mismo, trato siempre de inclinarme del 
lado de la desconfianza antes que del de la presun- 
ción, y que, mirando con ojos de filósofo las di- 
versas acciones y empresas de todos los hombres, 
no hay casi ninguna que me parezca vana e inútil, 
no dejo de recibir una extrema satisfacción del pro- 
greso que pienso haber hecho ya en la búsqueda 
de la verdad, y de concebir para el porvenir tales 
esperanzas que si, entre las ocupaciones de los 
hombres puramente hombres, alguna hay que sea 
sólidamente buena e importante, me atrevo a creer 
que es la que he elegido. 

Sin embargo, cabe que me equivoque, y acaso 
no sea más que un poco de cobre y vidrio lo que yo 
tomo por oro y diamante. Sé cuan sujetos estamos 
a equivocarnos en lo que nos afecta, y hasta qué 
punto deben ser sospechosos para nosotros los jui- 



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60 



RENATO DESCARTES 



cios de nuestros amigos cuando nos son favorables. 
Pero estaña muy satisfecho si, en este discurso, hi- 
ciera ver cuáles son los caminos de que huí' y repre- 
sentar en él mi vida como un cuadro, a fin de que 
cada cual pueda juzgarla, y enterándome por el ru- 
mor común de las opiniones que merezca, será un 
nuevo medio de instruirme que añadiré a los que 
suelo emplear. 

Por consiguiente, no es mi propósito enseñar 
aquí' el método que cada cual deba seguir para con- 
ducir bien su razón, sino solamente hacer ver de 
qué modo traté de conducir la mi'a. Los que se 
lanzan a dar preceptos, deben juzgarse más hábi- 
les que aquellos a quienes los dan; y si fallan en lo 
más mínimo, merecen ser censurados por ello. Pero 
como no propongo este escrito sino a modo de his- 
toria, o si preferís de fábula, en que, entre algunos 
ejemplos que cabe imitar, se hallarán también otros 
que habría motivos para no seguir, espero que será 
útil a algunos sin ser nocivo para nadie, y que todos 
me agradecerán mi franqueza. 

Me nutrí en las letras desde mi infancia, y 
puesto que me persuadían de que mediante ellas se 
podi'a adquirir un conocimiento claro y seguro de 
todo lo que es útil para la vida, yo tenia fuerte de- 
seo de aprenderlas. Mas no bien hube terminado 
todo ese curso de estudios, al final del cual se sue- 
le ser recibido en el rango de los doctos, cambié 
enteramente de opinión. Pues me sentía entorpe- 
cido con tantas dudas y errores, que me parecía 
que, tratando de instruirme, lo único que había lo- 
grado era descubrir cada vez más mi ignorancia. Y, 
no obstante, estaba yo en una de las más célebres 
escuelas de Europa, donde pensaba que si en algún 
lugar de la tierra había hombres sabios, debía ser 
allí. Yo había aprendido en ella todo lo que apren- 
den los demás, y aún, no contento con las ciencias 
que nos enseñaban, había recorrido todos ios libros 
que trataban de las que se tienen por más curiosas 
y más raras, que pudieran caer en mis manos. Con 
eso, sabía los juicios que los demás se hacían de 
mí, y no veo que se me considerara inferior a mis 
condiscípulos, a pesar de que entre ellos había ya 
algunos a quienes se destinaba a ocupar los lugares 
de nuestros maestros. Y, por último, nuestro siglo 
me parecía tan floreciente, y tan fértil en espíritus 
buenos, como lo fuera ninguno de los precedentes. 
Eso me hacía tomar la libertad de juzgar a todos 
los demás por mí, y de pensar que no había en el 
mundo doctrina alguna que fuese como la que an- 
tes me habían hecho esperar. 

Sin embargo, yo no dejaba de apreciar los 
ejercicios en que se ocupan en las escuelas. Sabía 



que las lenguas que se aprenden en ellas son necesa- 
rias para la comprensión de los libros antiguos; que 
la gentileza de las fábulas despierta el espíritu; que 
las acciones memorables lo elevan y que, leídas con 
discreción, ayudan a formar el juicio; que la lectura 
de libros buenos es como una conversación con las 
gentes más probas de los siglos pasados, y aun una 
conversación estudiada, en la cual sólo nos descu- 
bren sus mejores pensamientos; que la elocuencia 
tiene fuerzas y bellezas incomparables; que la poe- 
sía tiene delicadezas y dulzuras muy seductoras; 
que las matemáticas tienen invenciones muy suti- 
les, y que pueden servir mucho, tanto para satisfa- 
cer a los curiosos como para facilitar todas las ar- 
tes y disminuir el trabajo de los hombres; que los 
escritos que tratan de las costumbres contienen 
diversas enseñanzas y varias exhortaciones a la vir- 
tud que son muy útiles; que la teología enseña a ga- 
nar el cielo; que la filosofía da el medio de hablar 
con verosimilitud de todas las cosas y de hacerse 
admirar de los menos sabios; que la jurisprudencia, 
la medicina y las demás ciencias proporcionan ho- 
nores y riquezas a quienes las cultivan; y, por últi- 
mo, que es bueno haberlas examinado todas, aun 
las más supersticiosas y las más falsas, con objeto 
de conocer su valor justo y abstenerse de ser enga- 
ñado por ellas. 

Pero creía que había dedicado ya bastante 
tiempo a las lenguas, y asimismo a la lectura de los 
libros antiguos, y a sus historias y a sus fábulas. 
Pues casi es lo mismo conversar con los hombres 
de otros siglos que viajar. Es bueno saber algo de 
las costumbres de los diversos pueblos, a fin de 
juzgar de las nuestras más cuerdamente, y de que 
no pensemos que todo lo que esté contra nuestros 
modos sea ridículo y contra razón como suelen 
hacer quienes nada vieron. Pero cuando se invier- 
te demasiado tiempo en viajar, se acaba siendo ex- 
tranjero en su país; y cuando se es demasiado cu- 
rioso de lo que se practica en los siglos pasados, 
se suele permanecer harto ignorante de lo que se 
practica en éste. Eso sin decir que las fábulas ha- 
cen imaginar como posibles varios acaecimientos 
que no lo son; y aun las historias más fieles, si no 
alteran ni aumentan el valor de las cosas para ha- 
cerlas más dignas de ser leídas, por lo menos omi- 
ten siempre las circunstancias más bajas y menos 
ilustres; de ahí que el resto no parezca tal como es, 
y que quienes rigen sus costumbres por los ejem- 
plos que toman de esas historias, están expuestos a 
caer en las extravagancias de los paladines de nues- 
tras novelas y a concebir designios superiores a sus 
fuerzas. 

Yo apreciaba mucho la elocuencia y estaba 
enamorado de la poesía; pero pensaba que una y 



DISCURSO DEL MÉTODO 



61 



Otra eran dones del espi'ritu más que frutos del es- 
tudio. Quienes tienen el razonamiento más fuerte 
y dirigen mejor sus pensamientos, a fin de hacer- 
los más claros e inteligibles, pueden convencer 
siempre mejor de lo que proponen, aunque sólo 
hablen bajo bretón y no hayan aprendido jamás la 
retórica. Y quienes tengan las invenciones más agra- 
dables y las sepan expresar con mayor ornato y 
dulzura, no dejarán de ser los mejores poetas aun- 
que les sea desconocida el arte poética. 

A mí me gustaban sobre todo las matemáti- 
cas, a causa de la certidumbre y evidencia de sus 
razones; mas no advertía aún su verdadero uso y, 
pensando que sólo servían para las artes mecánicas, 
me asombraba de que, siendo tan firmes y sólidos 
sus fundamentos, no se hubiera edificado sobre 
ellas algo más elevado. Como, por el contrario, yo 
comparaba los escritos de los antiguos paganos, que 
tratan de las costumbres, a palacios muy soberbios 
y muy magníficos, que sólo estaban edificados so- 
bre arena y sobre barro; elevan muy en alto las vir- 
tudes y las hacen parecer estimables por encima de 
todas las cosas que hay en el mundo; pero no ense- 
ñan bastante a conocerlas, y a menudo lo que de- 
signan con un nombre tan hermoso no es sino in- 
sensibilidad, orgullo, desesperación o parricidio. 

Yo respetaba nuestra teología y pretendía ga- 
nar el cielo como cualquier otro; pero habiéndome 
enterado, como cosa muy segura, de que el camino 
no está menos abierto a los más ignorantes que a 
los más doctos, y que las verdades reveladas que 
conducen a el, están por encima de nuestra inteli- 
gencia, yo no me habría atrevido a someterlas a 
la endeblez de mis razonamientos, y pensaba que, 
para ponerse a examinarlas y con éxito, era preci- 
so tener alguna asistencia extraordinaria del cielo 
y ser más que hombre. 

No diré de la filosofía sino que, viendo que 
fue cultivada por los más excelentes espíritus que 
vivieron desde hace siglos y que, no obstante, no 
se encuentra todavía cosa alguna de que no se dis- 
cuta y, en consecuencia, que no sea dudosa, yo 
no tenía bastante presunción para esperar encon- 
trar algo mejor que los demás; y que, considerando 
cuántas opiniones distintas puede haber sobre una 
misma materia, sostenidas por personas doctas sin 
que pueda haber nunca sino una verdadera, yo te- 
nía casi por falso todo lo que no era más que vero- 
símil. 

Luego, para las demás ciencias, dado que to- 
man sus principios de la filosofía, yo juzgaba que 
no podía haberse edificado nada que fuera sólido 



sobre fundamentos tan poco firmes. Y ni el honor 
ni el provecho que prometían eran suficientes para 
inducirme a aprenderlas, pues, gracias a Dios, no 
me sentía en un estado que me obligara a hacer de 
la ciencia un oficio para aliviar mi fortuna; y aun- 
que no profesaba por la gloria el desprecio de un 
cínico, me interesaba bien poco la que yo no espe- 
raba poder adquirir sino con falsos títulos. Y, por 
último, respecto de las malas doctrinas, yo pensa- 
ba conocer ya bastante lo que valían, para no estar 
expuesto a ser engañado, ni por las promesas de un 
alquimista, ni por las predicciones de un astrólogo, 
ni por las imposturas de un mago, ni por los artifi- 
cios o la jactancia de quienes presumen saber más 
de lo que saben. 

Por esto es por lo que, no bien la edad me 
permitió salir de la sumisión a mis preceptores, 
abandoné por completo el estudio de las letras. Y 
habiendo resuelto no buscar otra ciencia que la que 
se pudiera hallar en mí mismo 'o bien en el gran 
libro del mundo, empleé el resto de mi juventud en 
viajar, en ver cortes y ejércitos, en frecuentar perso- 
nas de diversos humores y condiciones, en recoger 
diversas experiencias, en ponerme a prueba a mí 
mismo en los casos que la fortuna me ponía delan- 
te y, en todas las ocasiones, a hacer sobre las cosas 
que se presentaban una reflexión tal que de ellas 
pudiera sacar algún provecho. Pues me parecía 
que en los razonamientos que cada cual hace so- 
bre los asuntos que le importan, y cuyo resultado 
ha de castigarlo sin tardar mucho si ha juzgado mal, 
podía encontrar yo mucha más verdad que en los 
que hace un hombres de letras su gabinete sobre 
las especulaciones que no producen efecto alguno 
y que no tienen otra consecuencia sino, tal vez, 
que sacará de ellas tanta más vanidad cuanto más 
alejadas estén del sentido común, puesto que ha- 
brá debido emplear tanto más espíritu y artificio 
para tratar de hacerlas verosímiles. Y yo sentía 
siempre un vivo deseo de aprender a distinguir lo 
verdadero de lo falso, para ver claro en mis accio- 
nes y caminar con seguridad en esta vida. 

Bien es verdad que, mientras no hacía sino 
considerar las costumbres de los demás hombres, 
yo no hallaba nada que me tranquilizara y que no- 
taba en ellas tanta diversidad como antes me había 
ocurrido con las opiniones de los filósofos. De suer- 
te que el mayor provecho que obtuve de esto fue 
que, viendo varias cosas que, aun pareciéndonos ex- 
travagantes y ridiculas, no dejan de ser corriente- 
mente recibidas y aprobadas por otros grandes pue- 
blos, aprendí a no creer tan firmemente nada de lo 
que no me hubiera convencido más que por el 
ejemplo y la costumbre; y así fui librándome poco 



62 



RENATO DESCARTES 



a poco de muchos errores que pueden ofuscar nues- 
tra luz natural y hacernos menos capaces de enten- 
der razones. Pero después de haber invertido algu- 
nos años en estudiar asi' en el libro del mundo, y en 
tratar de adquirir alguna experiencia, un día tomé 
la resolución de estudiar también en mi' mismo y 
emplear todas las fuerzas de mi espíritu en elegir 
los caminos que yo debi'a seguir. Lo cual me salió 
mucho mejor —me parece— que si nunca me hubie- 
ra alejado de mi país ni de mis libros. 

SEGUNDA PARTE 

Me hallaba entonces en Alemania, adonde me 
había llamado la ocasión de guerras que todavía no 
han terminado, y al volver al ejército después de la 
coronación del emperador, el comienzo del invier- 
no me hizo detener en un lugar donde, no encon- 
trando ninguna conversación que me divirtiera y, 
por otra parte, no teniendo afortunadamente preo- 
cupaciones ni pasiones que me turbaran, permane- 
cía todo el día encerrado solo al lado de la estufa, 
donde tenía todo el ocio para entretenerme con 
mis pensamientos. Entre ellos, uno de los primeros 
fue que se me ocurrió considerar que a menudo en 
las obras compuestas de varias piezas y hechas por 
la mano de diversos maestros no hay tanta perfec- 
ción como en aquellas en que sólo ha trabajado 
uno. Es así como se ve que los edificios que un solo 
arquitecto emprendió y terminó, suelen ser más 
hermosos y mejor ordenados que aquellos que mu- 
chos trataron de restaurar utilizando antiguos mu- 
ros construidos para otros fines. Así, esas antiguas 
ciudades que, no habiendo sido sino burgos al prin- 
cipio, con el tiempo llegaron a ser grandes ciuda- 
des, están de ordinario tan mal equilibradas, en 
comparación con esos sitios regulares que un inge- 
niero proyecta a su fantasía en un llano, que si bien 
considerando aparte cada uno de sus edificios se 
encuentra a menudo en ellos tanto o más arte que 
en los demás, viendo empero como están dispues- 
tos, aquí uno grande, allí uno pequeño, y cómo las 
calles resultan tortuosas y desiguales, se diría que 
quien así las dispuso fue más bien la fortuna que 
la voluntad de algunos hombres dotados de razón. 
Y si se considera que, no obstante, en todo tiempo 
ha habido funcionarios encargados de cuidar de 
que los edificios privados sirvieran de ornato públi- 
co, se comprenderá bien que es incómodo hacer co- 
sas bien acertadas cuando se trabaja solamente so- 
bre las obras de otro. Así, me imaginé que los pue- 
blos que, habiendo sido antaño semisalvajes y ha- 
biéndose civilizado sólo paulatinamente, no hicie- 
ron sus leyes sino a medida que a ello les obligó la 
incomodidad de los crímenes y querellas, no pue- 



den estar bien regidos como aquellos que desde el 
primer momento se reunieron y observaron las 
constituciones de algún legislador prudente. Como 
es bien cierto que el estado de la verdadera religión, 
cuyas ordenanzas sólo Dios hizo, debe estar incom- 
parablemente mejor regido que todos los demás. Y 
hablando de las cosas humanas, creo que si Esparta 
fue en tiempos muy floreciente, no fue a causa de 
la bondad de cada una de sus leyes en particular, 
dado que varias eran bastante peregrinas y aun con- 
trarias a las buenas costumbres, sino porque, ha- 
biendo sido inventadas por uno solo, tendían al 
mismo fin. Y así pensaba yo que las ciencias de los 
libros, por lo menos aquellas cuyas razones no son 
más que probables y que no tienen demostraciones, 
habiendo sido compuestas y aumentado poco a po- 
co de las opiniones de varias diversas personas, no 
están tan cerca de la verdad como los razonamien- 
tos simples que puede hacer naturalmente un hom- 
bre de buen sentido sobre las cosas que se presen- 
tan. Y así pensaba yo aún que, habiendo sido todos 
nosotros niños antes de ser hombres, y que nos ha 
sido necesario ser regidos por nuestros apetitos y 
nuestros preceptores, a menudo contrarios unos a 
otros, y que ni unos ni otros quizá nos aconsejaban 
siempre lo mejor, es casi imposible que nuestros 
juicios sean tan puros ni tan sólidos como si desde 
el momento de nuestro nacimiento hubiésemos es- 
tado en el uso entero de nuestra razón y nunca hu- 
biésemos sido conducidos sino por ella. 

Bien es verdad que no vemos que se echen 
abajo todas las casas de una ciudad con el solo pro- 
pósito de rehacerlas de otro modo y de hacer las 
calles más hermosas; pero sí se ve que muchos ha- 
cen derribar las suyas para reconstruirlas y que aun 
a veces se ven obligados a hacerlo cuando están en 
peligro de caerse por sí mismas y cuando los ci- 
mientos no son muy firmes. A ejemplo de eso, me 
convencí de que realmente no tendría justificación 
que un particular concibiera el propósito de refor- 
mar un Estado cambiándolo todo desde los funda- 
mentos y derribándolo para volverlo a levantar; ni 
aun tampoco reformar el cuerpo de las ciencias o el 
orden establecido en las escuelas para enseñarlas; 
pero que, respecto de todas la opiniones que yo ha- 
bía recibido hasta entonces en mi creencia, yo no 
podía hacer mejor que acometer de una vez la ta- 
rea de eliminarlas, a fin de poner en su lugar des- 
pués, o bien otras mejores, o bien las mismas, cuan- 
do yo las hubiera ajustado al nivel de la razón. Y 
yo creí firmemente que, por este medio, lograría 
conducir mi vida mucho mejor que limitándome 
a construir sobre viejos cimientos y apoyándome 
solamente en principios que me había dejado in- 
culcar en mi juventud sin haber examinado nun- 



DISCURSO DEL MÉTODO 



«3 



ca si eran verdaderos. Pues, aunque yo notara en 
eso diversas dificultades, no eran empero insalva- 
bles ni podfan compararse a aquellas con que se 
tropieza en la reforma de las menores cosas que 
afectan a lo público. Esos grandes cuerpos son har- 
to difi'ciles de volver a levantar una vez derribados, 
o aun a apuntalar cuando se tambalean, y sus cai'- 
das sólo pueden ser muy violentas. Luego, por lo 
que respecta a sus imperfecciones, si las tienen, co- 
mo la sola diversidad que existe entre ellos basta 
para asegurar que muchos las tienen, sin duda el 
uso las ha atenuado mucho; y además ha evitado 
o corregido imperceptiblemente gran cantidad que 
con la prudencia no se habrían subsanado tan bien. 
Y, por último, son casi siempre más soportables de 
lo que se lograría cambiándolas: del mismo modo 
como los grandes caminos, que serpentean entre 
montañas, poco a poco van uniéndose y haciéndose 
tan cómodos, a fuerza de ser frecuentados, que es 
mucho mejor seguirlos que tratar de ir por lo recto 
subiendo por las rocas y descendiendo hasta el 
fondo de los precipicios. 

Por esto es por lo que no podrían aprobar en 
modo alguno esos temperamentos perturbadores 
e inquietos que, no habiendo sido llamados al ma- 
nejo de la cosa pública por su nacimiento ni por su 
fortuna, no pasan un momento sin hacer en ella, 
en idea, alguna nueva reforma. Y si pensara que en 
este escrito hubiera la menor cosa que permitiera 
sospechar que yo tengo tal locura, me sentiría muy 
contrariado de permitir que se publicara. Mi inten- 
ción no fue nunca más lejos que tratar de reformar 
mis propios pensamientos y de edificarlos sobre 
unos cimientos totalmente míos. Que si, habiéndo- 
me gustado mi obra, os hago ver aquí el modelo, 
esto no significa que yo aconseje a nadie que lo 
imite. Aquellos a quienes Dios distribuyó mejor sus 
gracias, tendrán quizá propósitos más elevados, 
pero me temo mucho que éste no sea ya demasia- 
do atrevido para muchos. La sola resolución de des- 
prenderse de todas las opiniones que uno ha recibi- 
do antes en su creencia, no es un ejemplo que cada 
cual deba seguir; y el mundo casi se compone sola- 
mente de dos clases de espíritus a quienes no con- 
viene en modo alguno, a saber; los que, creyéndose 
más hábiles de lo que son, no pueden menos que 
precipitar sus juicios ni tienen paciencia suficiente 
para llevar por orden todos sus pensamientos: de 
donde resulta que, si una vez se hubieran tomado 
la libertad de dudar de los principios que recibie- 
ron y apartarse del camino común, jamás podrían 
seguir el camino que es preciso tomar para ir más 
derecho, y permanecerían extraviados toda su vida; 
luego, aquellos que, teniendo bastante razón o mo- 
destia para juzgar que son menos capaces de dis- 



tinguir lo verdadero de lo falso que aquellos otros 
por los cuales pueden ser instruidos, deben conten- 
tarse más bien siguiendo las opiniones de estos 
otros en lugar de buscar otras mejores por sí mis- 
mos. 

En cuanto a mí, sin duda habría figurado en 
el número de estos últimos si nunca hubiera tenido 
más que un sólo maestro, o si no hubiese sabido las 
diferencias que en todas las épocas ha habido en- 
tre las opiniones de los más doctos. Pero habiendo 
aprendido desde el colegio que no se puede imagi- 
nar nada tan peregrino y poco crei'ble que no haya 
sido dicho por algún filósofo; y después, viajando, 
al reconocer que todos los que tienen sentimientos 
muy contrarios a los nuestros, no por eso son bár- 
baros ni salvajes, antes bien, muchos usan de razón 
tanto o más que nosotros; y habiendo considerado 
cómo un mismo hombre, con su mismo espíritu, de 
haber sido criado desde su infancia entre franceses 
o alemanes, resulta diferente de lo que sería si hu- 
biese vivido entre chinos o caniliales; y cómo, aun 
en las modas de nuestros trajes, lo mismo que nos 
gusto" hace diez años —que acaso no tarde diez años 
en gustarnos de nuevo—, nos parece ahora extrava- 
gante y ridículo: de suerte que sin disputa es la 
costumbre y el ejemplo lo que nos persuade, más 
que un conocimiento cierto, y no obstante, la plu- 
ralidad de votos no es una prueba que valga nada 
para las verdades un poco incómodas de descubrir, 
porque es mucho más verosímil que las haya en- 
contrado un solo hombre que todo un pueblo; 
yo no podía elegir a nadie cuyas opiniones me pa- 
recieran deber ser preferidas a las de los demás, y 
me encontré como obligado a decidirme a guiar- 
me por mí mismo. 

Mas cual hombre que camina solo y en las 
tinieblas, resolví andar tan lentamente y usar tan- 
ta circunspección en todas las cosas que, aunque 
avanzara muy poco, me guardaría bien por lo me- 
nos de caer. Ni siquiera quise comenzar desechan- 
do totalmente ninguna de las opiniones que hu- 
bieran podido deslizarse otro tiempo en mi creen- 
cia sin haber sido introducidas por la razón, hasta 
después de haber pasado bastante tiempo hacien- 
do el proyecto de la obra que emprendía y bus- 
cando el verdadero método para llegar al conoci- 
miento de todas las cosas de que mi espíritu fue- 
ra capaz. 

Siendo más joven había estudiado, entre las 
partes de la filosofía, un poco de lógica, y entre las 
matemáticas, un poco el análisis de los geómetras 
y el álgebra, tres artes o ciencias que parecían te- 
ner que contribuir en algo a mi propósito. Pero 



64 



RENATO DESCARTES 



examinándolas, advertí' que, respecto de la lógica, 
sus silogismos y la mayor parte sus otras instruc- 
ciones sirven más bien para explicar a otro las co- 
sas que uno sabe, o aun, como el arte de Lulio, pa- 
ra hablar sin juicio de aquellas que uno ignora, que 
para aprenderlas. Y aunque realmente contenga 
muchos preceptos muy verdaderos y muy buenos, 
están mezclados con tantos otros que son nocivos 
o superfluos, que separarlos es casi tan incómodo 
como sacar una Diana o una Minerva de un bloque 
de mármol todavía sin esbozar. Luego, respecto del 
análisis de ios antiguos y del álgebra de los moder- 
nos, sobre no extenderse sino a materias muy abs- 
tractas, y que no parecen de utilidad alguna, el 
primero está siempre tan supeditado a la conside- 
ración de las figuras que no puede ejercitar el en- 
tendimiento sin cansar mucho la imaginación; y en 
la última, se está sometido a ciertas reglas y a cier- 
tas cifras de tal modo que se ha hecho de ellas un 
arte confuso y oscuro que entorpece el espi'ritu 
en lugar de ser una ciencia que lo cultive. Lo cual 
fue la causa de que yo pensara que era preciso bus- 
car otro método que, abarcando las ventajas de 
esos tres, estuviera exento de sus defectos. Y como 
la multitud de leyes sirve a menudo de excusa para 
los vicios, de suerte que un Estado está mejor regi- 
do cuando, teniendo pocas, se observan estricta- 
mente, asi', en lugar de ese gran número de precep- 
tos de que se compone la lógica, creí' que me bas- 
tarían los cuatro siguientes, a condición de que to- 
mara una firme y constante resolución de no dejar 
de observarlos ni una sola vez. 

El primero consisti'a en no admitir jamás nada 
por verdadero que no conociera que evidentemente 
era tal; es decir, evitar minuciosamente la precipita- 
ción y la prevención, y no abarcar en mis juicios 
nada más que lo que se presentara tan clara y dis- 
tintamente a mi espíritu que no tuviera ocasión de 
ponerlo en duda. 

El segundo, en dividir cada una de las dificul- 
tades que examinara en tantas partes como fuera 
posible y necesario para mejor resolverlas. 

El tercero, en conducir por orden mis pen- 
samientos, comenzando por los objetos más sim- 
ples y más fáciles de conocer para subir poco a po- 
co, como por grados, hasta el conocimiento de los 
más compuestos, y aun suponiendo orden entre 
aquellos que no se preceden naturalmente unos a 
otros. 

Y el último, en hacer en todo enumeraciones 
tan completas y revisiones tan generales que tuvie- 
se la seguridad de no omitir nada. 



Esas largas cadenas de razones, todas simples 
y fáciles, de que los geómetras suelen servirse para 
llegar a sus demostraciones más difíciles, me ha- 
bían dado ocasión de imaginarme que todas las 
cosas que pueden caer en el conocimiento de los 
hombres se deducen unas de otras de igual modo, y 
que, a condición solamente de abstenerse de admi- 
tir por verdadera ninguna que lo sea, y de que se 
guarde siempre el orden debido para deducirlas 
unas de otras, no puede haber ninguna tan leja- 
na que no se puede alcanzar ni tan escondida que 
no pueda descubrirse. Y no me costó mucho es- 
fuerzo buscar por cuáles convenía comenzar, pues 
ya sabía que era por las más simples y más fáciles 
de conocer; y considerando que entre todos los 
que antes han buscado la verdad en la ciencia, sólo 
los matemáticos pudieron hallar demostraciones, 
es decir, razones ciertas y evidencias, no dudé 
de que era por las mismas que ellos examinaron, 
a pesar de que no esperara de ellas otra utilidad 
que la de que acostumbraran mi espíritu a saciar- 
se de verdades y a no contentarse con razones fal- 
sas. Mas no por eso tenía el propósito de tratar 
de aprender todas esas ciencias particulares que de 
ordinario se denominan matemáticas; y viendo que, 
aun siendo diferentes sus objetos, no dejan de con- 
cillarse todas, porque no consideran otra cosa que 
las diversas relaciones o proporciones que se en- 
cuentran en ellos, pensé que valía más examinar 
solamente esas proposiciones en general y sin su- 
ponerlas más que en los asuntos que sirvieran para 
hacerme más fácil su conocimiento; y aun sin su- 
peditarlas en modo alguno a ellos, a fin de poder 
aplicarlas luego tanto mejor a todos los demás a 
los cuales convinieran. Luego, habiendo advertido 
que, para conocerlas, tendría necesidad de conside- 
rarlas a veces cada una en particular, y otras veces 
sólo retenerlas, o abarcar varias conjuntamente, 
pensé que, para considerarlas mejor en particular 
debía suponerlas en líneas, porque no hallé nada 
más simple ni que yo pueda representar más distin- 
tamente a mi imaginación y a mis sentidos; mien- 
tras que, para retenerlas o para abarcar muchas 
conjuntamente, era preciso que las explicase por 
cifras, lo más cortas posible; y que, mediante eso, 
tomaría todo lo mejor del análisis geométrico y del 
álgebra y corregiría todos los defectos de uno por 
medio de la otra. 

Como, en efecto, me atrevo a decir que la 
exacta observación de estos pocos preceptos que 
escogí, me dio tal facilidad para desentrañar todas 
las cuestiones a las cuales se extienden esas dos 
ciencias, que en dos o tres meses que invertí exa- 
minándolas, habiendo comenzado siempre por las 
más simples y más generales, y cada verdad que ha- 



DISCURSO DEL MÉTODO 



6S 



Haba era una regla que me servía después para en- 
contrar otras, no solamente resolví' muchas que an- 
taño habla considerado muy difíciles, sino que, 
hacia el final, me pareció también que en aquellas 
mismas que ignoraba podía determinar por qué 
medios y hasta dónde era posible resolverlas. Qui- 
zá no os parezca muy vana esta pretensión sí con- 
sideráis que, no habiendo más que una verdad para 
cada cosa, cualquiera que la encuentre sabe tanto 
como pueda saberse de ella, y que, por ejemplo, 
un niño instruido en aritmética y que haya hecho 
una suma siguiendo sus reglas, puede estar seguro 
de haber hallado, por lo que concierne a la suma 
que examinaba, todo lo que el espíritu humano 
sabría encontrar. Pues al fin y a la postre, el mé- 
todo que enseña a seguir el verdadero orden y a 
enumerar exactamente todas las circunstancias de 
lo que se busca, contiene todo cuanto da certi- 
dumbre a las reglas de la aritmética. 

Pero lo que más me satisfacía de este método 
era que mediante él estaba seguro de usar en todo 
de mi razón, si no perfectamente, por lo menos lo 
mejor que yo pudiera; además, practicándolo sen- 
tía que mi espíritu se acostumbraba poco a poco a 
concebir más nítida y más distintamente sus obje- 
tos, y que, no habiéndolo sometido a ninguna ma- 
teria particular, me prometía aplicarlo tan útilmen- 
te a las dificultades de las demás ciencias como lo 
había hecho ya a las del álgebra. No es que por ello 
me atreviera a acometer desde el principio todas 
las que se presentaran, pues eso mismo habría sido 
contrario al orden que él prescribe. Mas habiendo 
advertido que sus principios deben estar tomados 
todos de la filosofía, en la cual no hallaba aún nin- 
guno cierto, pensé que, ante todo, era preciso que 
yo tratara de establecerlos en ella, y que, siendo 
eso la cosa más importante del mundo, y en la 
cual más son de temer la precipitación y la preven- 
ción, no debía acometer la empresa de resolverlo 
sin antes tener una edad mucho más madura que 
la de veintitrés años que yo tenía entonces; y sin 
que, previamente, hubiera invertido mucho tiem- 
po para prepararme para ella, tanto desarraigando 
de mi espíritu todas las malas opiniones que antes 
de esa época había admitido, como haciendo aco- 
pio de varias experiencias que fueran después ma- 
teria para razonamientos y ejercitándome siem- 
pre en el método que yo me había prescrito para 
afianzarme cada vez más en él. 

TERCERA PARTE 

Por último, como antes de comenzar a recons- 
truir la casa en que habitamos, no basta derribarla 
y hacer provisión de materiales y arquitectos, o 



ejercitarse uno mismo en arquitectura y además 
haber trazado esmeradamente el proyecto, sino que 
también es preciso haberse agenciado otra donde 
podamos alojarnos cómodamente mientras duren 
los trabajos; así, a fin de que yo no quedase indeci- 
so en mis acciones mientras la razón me obligaría 
a serlo en mis juicios, y que no dejase de vivir desde 
ese momento lo más felizmente que pudiera, me 
formé una moral provisional que consistía en sólo 
tres o cuatro máximas que me gustaría exponeros. 

La primera era obedecer las leyes y costunv 
bres de mi país, conservar constantemente la re- 
ligión en la cual Dios me concedió la gracia de ser 
instruido desde mi infancia, y regirme en todo lo 
demás según las opiniones más moderadas y más 
alejadas del exceso, que fuesen aceptadas común- 
mente en la práctica por los mas sensatos de aque- 
llos con quienes tuviera que vivir. En efecto, como 
desde entonces comencé a no contar para nada 
con las mías, puesto que me quería someterlas 
todas a examen, tenía la seguridad de que lo mejor 
que podía hacer era seguir las de los más sensa- 
tos. Y aunque es tal vez posible que entre los per- 
sas o lo chinos haya personas tan sensatas como 
entre nosotros, me parecía que lo más útil era 
regirme según aquellos con quienes había de vi- 
vir; y que, para saber cuáles eran verdaderamente 
sus opiniones, tenía que fijarme más bien en lo 
que practicaban que en lo que decían; no sola- 
mente porque a causa de la corrupción de nues- 
tras costumbres hay pocos que quieran decir todo 
lo que creen, sino también porque muchos lo igno- 
ran ellos mismos, pues como el acto del pensamien- 
to mediante el cual se cree una cosa es diferente del 
acto por el cual conocemos que la creemos, los dos 
actos existen a menudo uno sin el otro. Y entre va- 
rias opiniones igualmente admitidas, yo no elegía 
más que las más moderadas: tanto porque son 
siempre las más cómodas para la práctica, y verosí- 
milmente las mejores, pues todo exceso suele ser 
malo, como también a fin de apartarme menos del 
verdadero camino en caso de que corriera este ries- 
go, que si, habiendo elegido uno de los extremos, 
fuera el otro el que hubiera sido preciso seguir. Y 
en particular incluía yo entre los excesos todas las 
promesas mediante las cuales se renuncia a algo de 
la propia libertad. No es que yo desaprobara las 
leyes que, subsanar la inconstancia de los espíritus 
débiles, permiten que, cuando se tiene una buena 
intención, o aun, para la seguridad del comercio, 
una intención que sólo sea indiferente, se hagan 
promesas o contratos que obliguen a perserverar 
en ellas; pero como yo no veía en el mundo nada 
que permaneciera siempre en el mismo estado y 
que, para mi particular, me prometía perfeccionar 



66 



RENATO DESCARTES 



cada vez más mis juicios, y no hacerlos peores, ha- 
bría pensado que cometía una gran falta contra 
el buen sentido si, por el hecho de que aprobara en- 
tonces algo, me hubiera obligado a tomarlo por 
bueno aun después de que tal vez hubiera dejado 
de serlo, o de que yo no lo considerara ya como tal. 

Mi segunda máxima era ser lo más firme y re- 
suelto que yo pudiera en mis acciones y seguir las 
opiniones más dudosas, una vez que me hubiera de- 
terminado, con no menor constancia que si hubie- 
sen sido muy seguras. Imitaba en eso a los viaje- 
ros que, encontrándose extraviados en un bosque, 
no deben vagar dando vueltas tan pronto de un la- 
do como de otro, ni menos aún detenerse en un si- 
tio, antes bien caminar siempre lo más derecho que 
puedan hacia un mismo lado sin cambiarlo por ra- 
zones endebles, aun en el caso de que tal vez al 
principio haya sido solamente el azar lo que los de- 
terminó a elegirlo; pues, haciéndolo así, si no van 
exactamente adonde desean, por lo menos acaba- 
rán por llegar a alguna parte, donde verosímilmen- 
te estarán mejor que en medio de un bosque. Y así, 
como a menudo las acciones de la vida no admiten 
demora, es una verdad muy cierta que, cuando no 
depende de nosotros el discernir las opiniones más 
verdaderas, debemos seguir las más probables; y 
aun, que a pesar de que no notemos más probabi- 
lidad en unas que en otras, debemos empero de- 
terminarnos por unas y considerarlas luego, no ya 
como dudosas, por lo que respecta a la práctica, si- 
no como muy verdaderas y ciertas, por serlo la ra- 
zón que nos hizo decidir en ese sentido. Y esto me 
permitió desde entonces librarme de todos los arre- 
pentimientos y remordimientos que suelen agitar la 
conciencia de esos espíritus débiles y perplejos que 
con inconstancia se dejan arrastrar a practicar co- 
mo buenas, cosas que después juzgamos malas. 

Mi tercera máxima era tratar siempre de ven- 
cerme antes a mí mismo que a la fortuna, y modi- 
ficar antes mis deseos que el orden del mundo; y 
en general, acostumbrarme a creer que nada hay 
que depende enteramente de nosotros, salvo nues- 
tros pensamientos, de suerte que después ae haber 
hecho lo que hayamos podido respecto de las cosas 
que nos son exteriores, lo que no logramos es, res- 
pecto de nosotros, absolutamente imposible. Y eso 
sólo me parecía suficiente para impedir que en ade- 
lante deseara nada que no pudiera adquirir, y para 
permanecer así satisfecho. Pues como por naturale- 
za nuestra voluntad no es inducida a desear sino las 
cosas que nuestro entendimiento le representa de 
algún modo como posibles, es cierto que si conside- 
ramos todos los bienes que están fuera de nosotros 
como igualmente alejados de nuestro poder, no nos 



dolerá ya que nos falten aquellos que parecen ser- 
nos debidos por nuestro nacimiento, cuando nos 
veamos privados de ellos sin culpa nuestra, como 
no nos duele no poseer los reinos de China o Mé- 
xico: y haciendo, como se dice, de necesidad vir- 
tud, no desearemos ya estar sanos cuando estemos 
enfermos, ni libres cuando estemos en la cárcel co- 
mo no deseamos ahora tener cuerpos de una ma- 
teria tan poco corruptible como los diamantes o 
alas para volar como los pájaros. Mas confieso que 
se requiere largo ejercicio, y meditación a menudo 
reiterada, para acostumbrarse a mirar desde este 
ángulo todas las cosas; y creo que es precisamente 
en esto en lo que consista el secreto de esos filó- 
sofos que en otros tiempos pudieron sustraerse al 
dominio de la fortuna y, a pesar de los dolores y 
la pobreza, competir con sus dioses en felicidad. En 
efecto, dedicados sin cesar a considerar los límites 
que les había prescrito la naturaleza, se convencían 
de que, salvo sus pensamientos, nada dependía de 
ellos, tan perfectamente que eso sólo les bastaba 
para impedirles sentir afecto por otras cosas; y dis- 
ponían de ellos tan absolutamente que en eso te- 
nían alguna razón para considerarse más ricos, más 
libres y más felices que ninguno de los demás hom- 
bres que, no teniendo esa filosofía, por más que la 
naturaleza y la fortuna los favorecieran, no dispo- 
nían nunca de todo lo que querían. 

Por último para terminar con esta moral, me 
decidí a hacer una revisión de las diversas ocupa- 
ciones de los hombres en esta vida, para tratar de 
escoger la mejor: y sin que pretenda decir nada de 
las de los demás, pensé que no podía hacer nada 
mejor que continuar en la misma en que me encon- 
traba, es decir, emplear toda mi vida en cultivar mi 
razón, y en adelantar cuanto pudiera en el conoci- 
miento de la verdad siguiendo el método que me 
había prescrito. Había sentido tan extremas satis- 
facciones desde que comencé a servirme de este 
método, que no creía que pudieran tenerse más 
gratas ni más inocentes en esta vida; y como todos 
los días descubrí mediante él algunas verdades que 
me parecieron bastante importantes y comunmente 
ignoradas por los demás hombres, la satisfacción 
que eso me proporcionaba colmaba de tal modo mi 
espíritu que todo el resto me dejaba sin cuidado. 
Además de que las tres máximas precedentes no se 
fundaban sino en el propósito que yo tenía de se- 
guir instruyéndome: pues, habiéndonos dado Dios 
a cada cual alguna luz para discernir lo verdadero 
de lo falso, yo no hubiese creído que debía conten- 
tarme por un solo momento con las opiniones de 
otros si no me hubiese propuesto emplear mi pro- 
pio juicio para examinarlas a su debido tiempo, y 
no hubiese sabido librarme de escrúpulo siguicn- 



DISCURSO DEL MÉTODO 



67 



dolas si no hubiera esperado, en cambio, no per- 
der ocasión alguna de hallar otras mejores en el 
caso de que las hubiera, Y por último, no habría 
sabido un camino por el cual, pensando estar se- 
guro de la adquisición de todos los conocimien- 
tos de que yo fuera capaz, pensaba estarlo por es- 
te mismo medio de la de todos los verdaderos bie- 
nes que dependieran de mí, tanto más cuanto que, 
si nuestra voluntad no se inclina a seguir ni a re- 
huir nada como no sea según que nuestro enten- 
dimiento se lo represente bueno o malo, basta juz- 
gar bien para hacerlo también todo lo mejor que 
se pueda, es decir, para adquirir todas las virtudes, 
y con ellas todos los demás bienes, que podamos 
adquirir; y cuando estamos ciertos de que es asi', 
no podemos menos que estar satisfechos. 



en el método que me habla prescrito, pues, además 
de que me cuidaba de conducir generalmente mis 
pensamientos todos según sus reglas, de vez en 
cuando me reservaba algunas horas que invertía es- 
pecialmente para practicarlo en dificultades de las 
matemáticas, desprediéndolas de todos los princi- 
pios de las demás ciencias, que yo no encontraba 
bastante firmes, como veréis que hice en varios que 
se explican en este tomo. Y asi', sin vivir en aparien- 
cia de otro modo que aquellos que, sin otra ocupa- 
ción que pasar una vida agradable e inocente, pro- 
curan separar los placeres de los vicios y, para go- 
zar de sus ocios sin aburrirse, emplean todas las 
diversiones honestas, yo no cesaba de perseguir 
mi propósito y de utilizar el conocimiento de la 
verdad, quizá más que si me hubiese limitado a 
leer libros o a frecuentar hombres de letras. 



Después de haberme asegurado de estas máxi- 
mas, y de haberlas puesto aparte, con las verdades 
de la fe que siempre fueron las primeras en mi 
creencia, juzgué que respecto del resto de mis opi- 
niones podi'a lanzarme libremente a desprenderme 
de ellas. Y como esperaba lograrlo mejor conver- 
sando con los hombres que permaneciendo más 
tiempo encerrado al lado de la estufa donde había 
tenido todos estos pensamientos, no había termi- 
nado aún el invierno cuando me puse de nuevo a 
viajar. Y en todos los nueve años que siguieron no 
hice otra cosa que rodar de un lado para otro en el 
mundo tratando de ser espectador más que actor 
en todas las comedias que se presentan en él, y re- 
flexionando, en toda materia, acerca de lo que po- 
día hacerla sospechosa y darnos ocasión a equivo- 
carnos, desarraigué entonces de mi espíritu todos 
los errores que antes hubieran podido deslizarse 
en él. No es que en eso imitara a los escépticos 
que sólo dudan por dudar y pretenden estar siem- 
pre perplejos, pues, por el contrario, todo mi pro- 
pósito tendía sólo a adquirir seguridad y a dese- 
char la tierra movediza y la arena para hallar la ro- 
ca o la arcilla. Lo cual, a mi parecer, me salió bas- 
tante bien, puesto que, tratando de descubrir la 
falsedad o incertidumbre de las proporciones que 
examinaba, no mediante endebles conjeturas sino 
mediante razonamientos claros y seguros, no en- 
contré ninguna tan dudosa que no puediera sacar 
siempre de ella alguna conclusión bastante cierta, 
aun cuando sólo fuera la de que no contenía nada 
cierto. Y como al derribar una vieja mansión se re- 
servan de ordenar las demoliciones para que sir- 
van para construir otras nuevas, así, al destruir to- 
das aquellas mis opiniones que yo creía mal funda- 
das, hice diversas observaciones y adquirí varias ex- 
periencias, que luego me sirvieron para establecer 
otras ciertas. Y, por añadidura, seguí ejercitándome 



Sin embargo, esos nueve años transcurrieron 
sin que yo hubiera adoptado partido alguno res- 
pecto de las dificultades que suelen discutirse en- 
tre los doctos, ni empezado a buscar los funda- 
mentos de una filosofía más cierta que la vulgar. Y 
el ejemplo de varios excelentes espíritus que ha- 
biendo tenido hasta ahora este propósito me pare- 
ce que no lo lograron, me hacía imaginar tanta 
dificultad que acaso no me habría atrevido a po- 
nerlo en práctica tan pronto si no hubiera visto 
que algunos hacían circular ya el rumor de que 
yo lo había logrado. No sabría decir en qué funda- 
ban esa opinión; y si en algo contribuí a ello con 
mis discursos, debe haber sido confesando más in- 
genuamente lo que ignoraba de lo que suelen hacer 
los que han estudiado un poco más, y quizás tarrv 
bien haciendo ver las razones que yo tenía para du- 
dar de muchas cosas que los demás juzgaban cier- 
tas, antes que jactarme de otra doctrina. Pero te- 
niendo el corazón bastante bueno para no querer 
que me tomaran p>or lo que no era, pensé que era 
preciso que tratara por todos los medios de hacer- 
me digno de la reputación que me daban; y hace 
justamente ocho años, este deseo me hizo decidir 
a alejarme de todos los lugares donde pudiera te- 
ner conocidos, y retirarme aquí; en un país donde 
la larga duración de la guerra ha hecho establecer 
órdenes tales que los ejércitos que aquí se mantie- 
nen, no parecen servir sino para hacer que se dis- 
frute de los frutos de la paz con tanta mayor se- 
guridad, y donde, entre la muchedumbre de un 
gran pueblo bastante activo, y más cuidadoso de 
sus propios asuntos que curioso por los de los de- 
más, sin carecer de ninguna de las comodidades 
que hay en las ciudades más frecuentadas, he po- 
dido vivir tan solitario y recoleto como en los de- 
siertos más apartados. 



68 



RENATO DESCARTES 



CUARTA PARTE 

No sé si debo hablaros de las primeras medi- 
taciones que hice, pues son tan metafísicas y tan 
poco conocidas que tal vez no serian del agrado de 
todo el mundo. Y, sin embargo, para que pueda 
juzgarse si los fundamentos que tomé son bastante 
firmes, de algún modo me veo obligado a hablar de 
ellas. Hacía mucho tiempo que, respecto de las cos- 
tumbres, había advertido que a veces es bueno se- 
guir opiniones que sabemos son harto inciertas, 
como si fueran indudables, como ya hemos dicho 
antes; pero, como ahora sólo deseaba dedicarme 
a la investigación de la verdad, pensé que era pre- 
ciso que hiciera todo lo contrario y que rechazara 
como absolutamente falso todo aquello en que pu- 
diera imaginar la menor duda, a fin de ver si des- 
pués de eso no quedaría algo en mi creencia que 
fuera completamente indudable. Así, a causa de 
que nuestros sentidos nos engañan a veces, quise 
suponer que no hay nada que sea como ellos nos 
lo hacen imaginar. Y puesto que hay hombres que 
se equivocan razonando, aun respecto de las más 
simples materias de la geometría, y hacen en ellas 
paralogismos, juzgando que yo estaba expuesto a 
errar como cualquier otro, rechacé como falsas 
todas las razones que antes había tomado por de- 
mostraciones. Y por último, considerando que 
todos los mismos pensamientos que tenemos es- 
tando despiertos nos pueden venir también cuan- 
do dormimos, sin que haya entonces ninguno que 
sea verdadero, me resolví a fingir que todo lo que 
alguna vez me había penetrado en el espíritu no 
era más verdadero que las ilusiones de mis sueños. 
Mas inmediatamente después me fijé en que, mien- 
tras yo quería pensar así que todo era falso, era 
preciso que yo, que lo pensaba, fuera algo. Y ad- 
virtiendo que esta verdad: yo pienso, luego yo soy, 
era tan firme y segura que no podían conmoverla 
todas las más extravagantes suposiciones de los 
escépticos, juzgué que podía admitirla sin escrú- 
pulo como primer principio de la filosofía que yo 
buscaba. 

Luego, examinando con atención lo que era, 
y viendo que podía fingir que no tenía cuerpo 
y que no hay mundo, ni lugar donde yo estuviera, 
mas que no podía fingir por eso que yo no fuera 
y que, por el contrario, del hecho mismo de que 
yo pensara en dudar de la verdad de lo demás, se 
seguía muy evidentemente que yo era, en lugar de 
que, si solamente hubiese cesado de pensar, aunque 
todo el resto de lo que alguno vez hubiera imagina- 
do hubiese sido verdadero, yo no tenía razón algu- 
na para creer que yo hubiese existido, conocí de 
ahí que yo era una sustancia cuya total esencia o 



naturaleza no es sino pensar y que, para ser, no ne- 
cesita lugar alguno ni depende de cosa material al- 
guna. De suerte que ese yo, es decir, el alma por 
la cual soy lo que soy, es enteramente distinta del 
cuerpo, y aun que es más fácil de conocer que él 
que, aun en el caso de que él no fuera, ella no de- 
jaría de ser todo lo que ella es. 

Después de esto, consideré en general lo que 
se requiere de una proposición para que sea verda- 
dera y cierta, pues como acababa de hallar una que 
yo sabía que lo era, pensé que también debía saber 
en qué consiste esta certidumbre. Y habiendo obser- 
vado que en eso: yo pienso, luego yo soy, no hay 
nada que me asegure que digo la verdad, sino que 
veo muy claramente que para pensar es preciso ser, 
juzgué que yo podía tomar como regla general que 
las cosas que concebimos muy claramente y muy 
distintamente, son todas verdaderas; pero que hay 
sólo alguna dificultad para observar bien cuáles son 
las que concebimos distintamente. 

Después de esto, reflexionando sobre aquello 
de que dudaba, y que por consiguiente mi ser no 
era todo perfecto —pues yo veía claramente que 
es mayor perfección conocer que dudar—, traté 
de buscar de dónde yo había aprendido a pensar 
en algo más perfecto que lo que yo era, y conocí 
evidentemente que debía ser de alguna naturaleza 
que fuera efectivamente más perfecta. Respecto 
de los pensamientos que yo tenía de varias otras 
cosas exteriores a mí, como el cielo, la tierra, la 
luz, el calor y otras mil, no me costaba tanto sa- 
ber de dónde venían, puesto que, no observando en 
ellas nada que me pareciera hacerlas superiores a 
mí, eran dependencias de mi naturaleza en cuanto 
posee alguna perfección; y si no lo era, yo las tenía 
de la nada, es decir, que estaban en mí porque yo 
tenía defectos. Mas no podía ser lo mismo de la 
idea de un ser más perfecto que el mío, puesto que 
era notoriamente imposible que la tuviera de la na- 
da; y como suponer que lo más perfecto sea conse- 
cuencia y dependencia de lo menos perfecto, no es 
menos inadmisible que suponer que de la nada pro- 
ceda algo, yo no podía tenerla de mí mismo. Que- 
daba, pues, que hubiese sido puesta en mí por una 
naturaleza que fuera verdaderamente más perfecta 
que yo, y aun que tuviera en sí todas las perfeccio- 
nes de las cuales pudiera tener yo idea, es decir, 
para explicarme con una sola palabra: que fuera 
Dios. A lo cual añadía yo que, puesto que yo cono- 
cía perfecciones que yo no tenía, yo no era el úni- 
co ente que existía (aquí, si os parece bien, usaré 
palabras de la Escuela), sino que era preciso nece- 
sariamente que hubiera otro ente más perfecto, del 
cual yo dependiera y del cual hubiese adquirido 



DISCURSO DEL MÉTODO 



69 



yo cuanto tenía. Pues si yo hubiese sido solo e in- 
dependiente de todo otro, de suerte que yo hubiese 
tenido de mí mismo todo este poco en que yo par- 
ticipaba del ente perfecto, por la misma razón hu- 
biera podido tener de mí todo lo más que yo cono- 
cía que me faltaba y ser, pues, yo mismo infinito, 
eterno, inmutable, omnisciente, omnipotente y, en 
fin, tener todas las perfecciones que yo podía ad- 
vertir que estaban en Dios. En efecto, según los ra- 
zonamientos que acabo de hacer, para conocer la 
naturaleza de Dios en la medida en que la mía era 
capaz de ello, sólo tenía que considerar de todas 
las cosas de las cuales hallaba en mí alguna idea 
si era perfección o no el poseerlas, y estaba seguro 
de que ninguna de las que señalaban alguna imper- 
fección estaba en él, pero sí estaban en él todas las 
demás. Así veía que la duda, la inconstancia, la 
tristeza y otras cosas parecidas, no podían estar en 
él, puesto que yo mismo habría estado muy satis- 
fecho de estar exento de ellas. Luego, por añadidu- 
ra, yo tenía ideas de varias cosas sensibles y corpo- 
rales: pues aun suponiendo que soñara y que fuera 
falso todo cuanto veía o imaginaba, no podía ne- 
gar, empero, su imaginación para comprenderlas, 
hacen exactamente como si, para oír los sonidos, o 
sentir los olores, quisieran servirse de sus ojos; aun- 
que hay todavía una diferencia: que el sentido de 
la vista no nos garantiza la verdad de sus objetos 
menos que los del olfato o del oído la de los suyos; 
en cambio, ni nuestra imaginación ni nuestros sen- 
tidos podrían garantizarnos jamás cosa alguna si 
nuestro entendimiento no interviniera. 

Por último, si todavía hay hombres que no 
estén convencidos de la existencia de Dios y de 
su alma mediante las razones que yo he aportado, 
quiero que sepan que son menos ciertas aún todas 
las demás cosas que acaso piensen ellos más segu- 
ras, como tener un cuerpo, que hay astros, una tie- 
rra y cosas parecidas. En efecto, aunque tengamos 
de esas cosas una seguridad moral tal que parece 
que no pueda dudarse de ellas sin ser extravagante, 
tampoco empero, a menos de ser poco razonable, 
puede negarse —cuando se trata de una certidum- 
bre metafísica— que, para no estar absolutamente 
seguro, no sea motivo suficiente el haber advertido 
que del mismo modo cabe imaginar estando dor- 
midos que tenemos otro cuerpo, que veamos otros 
astros y otra tierra, que no existen. Pues ¿de dónde 
se sabe que los pensamientos que vienen en sueños 
son más falsos que los demás, dado que a menudo 
no son menos vivos y expresos? Y por más que los 
mejores espíritus lo estudien, no creo que puedan 
dar razón alguna que sea suficiente para suprimir 
esta duda si no presuponen la existencia de Dios. 
En efecto, en primer lugar, eso mismo que hace 



poco tomé como regla: que son verdaderas todas 
las cosas que concebimos muy clara y muy distinta- 
mente, no está garantizado más que a causa de que 
Dios es o existe, que es un ente perfecto y que to- 
do cuanto hay en nosotros viene de él. De donde 
se sigue que nuestras ideas o nociones, siendo co- 
sas reales, y que vienen de Dios en todo cuanto son 
claras y distintas, no pueden ser en eso sino verda- 
deras. De suerte que si harto a menudo tenemos 
ideas o nociones que contienen falsedad, sólo 
puede ser de aquellas que tienen algo de confuso y 
oscuro porque en ello participan de la nada, es de- 
cir, que si en nosotros son así confusas es porque 
nosotros no somos de! todo perfectos. Y es evi- 
dente que admitir que la falsedad o imperfección 
como tales provengan de Dios, no cuesta menos 
que admitir que la verdad o la perfección procedan 
de la nada. Pero si no supiéramos que todo cuanto 
hay en nostros de real y verdadero viene de un ente 
perfecto e infinito, por claras y distintas que fueran 
nuestras ideas no tendríamos razón alguna que nos 
garantizara que tuvieran la perfección de ser verda- 
deras. 

Ahora bien, después que el conocimiento de 
Dios y del alma nos ha dado certidumbre de esta 
regla, es bien fácil conocer que los sueños que ima- 
ginamos estando dormidos, no deben hacernos du- 
dar en modo alguno de la verdad de los pensamien- 
tos que tenemos estando despiertos, pues si se diera 
el caso de que, aun durmiendo, se tuviera una idea 
muy distinta, como por ejemplo que un geómetra 
inventara alguna nueva demostración, su sueño no 
le impediría ser verdadera. Y por lo que respecta al 
error más corriente de nuestros sueños, que consis- 
te en que nos representan diversos objetos del miv 
mo modo que hacen nuestros sentidos exteriores, 
no importa que nos dé ocasión de desconfiar de la 
verdad de tales ideas, porque también pueden en- 
gañarnos harto a menudo aun sin dormir: como 
cuando los que tienen ictericia lo ven todo de color 
amarillo, o que los astros y otros cuerpos bastante 
lejanos nos parezcan más pequeños de lo que son. 
Pues al fin y a la postre, dormidos o despiertos, no 
debemos dejarnos convencer nunca sino por la evi- 
dencia de nuestra razón. Y obsérvese bien que digo 
de nuestra razón y no de nuestra imaginación ni de 
nuestros sentidos. Asimismo, aunque veamos el sol 
muy claramente, no por eso debemos juzgar que 
sea sólo del tamaño que le vemos; y podemos muy 
bien imaginar distintamente una cabeza de león pe- 
gada al cuerpo de una cabra sin que por eso sea ne- 
cesario concluir que hay en el mundo una quimera, 
pues la razón no nos dicta que sea verdadero lo que 
así vemos o imaginamos. Mas sí nos dicta que to- 
das nuestras ideas o nociones deben tener un fun- 



70 



RENATO DESCARTES 



damento de verdad, pues no sería posible que Dios, 
que es del todo perfecto y del todo verdadero, las 
hubiese puesto en nosotros sin eso. Y como nues- 
tros razonamientos no son jamás tan evidentes ni 
tan completos durante el sueño como durante la 
vigilia, aunque a veces nuestras imaginaciones sean 



entonces tanto o más vivas y expresas, nos dicta 
también que, no pudiendo ser verdaderos todos 
nuestros pensamientos porque no somos del todo 
perfectos, lo que tengan de verdad debe encontrar- 
se indefectiblemente en los que tenemos despiertos 
más que en nuestros sueños. 



LA FÁBULA DE LAS ABEJAS 



BERNARD MANDEVILLE 

(1670- 1733) 



71 



INVESTIGACIÓN SOBRE 
LA NATURALEZA DE LA SOCIEDAD 



HasU ahora, la generalidad de los moralisUs 
y filósofos han estado de acuerdo en que la virtud 
no podría existir sin la abnegación; pero he aquC 
que un autor moderno, muy leCdo por las personas 
prudentes, es de opinión contraria e imagina que 
los hombres pueden ser naturalmente virtuosos, 
sin pena ni violencia. Parece requerir y esperar bon- 
dad de la especie, como hacemos con el sabor dul- 
ce de las uvas y naranjas, de las cuales, si alguna 
sale agria, afirmamos sin vacilar que no ha alcanza- 
do la perfección de que su naturaleza es capaz. Este 
escritor noble (pues me refiero a lord Shaftesbury 
en sus Characteristicks) imagina que, puesto que el 
hombre está hecho para la sociedad, ha de nacer 
con un bondadoso afecto para con el conjunto del 
cual forma parte y con una propensión a procurar 
el bien del mismo. Como consecuencia de esta su- 
posición, llama virtuosa a toda acción realizada 
con el propósito de contribuif al bien público, y 
vicio a toda actitud egoísta completamente ajena 
a esa intención. Respecto de nuestra especie, con- 
sidera a la virtud y al vicio como realidades cons- 
tantes, que han de ser las mismas en todos los paí- 
ses y en todas las edades, e imagina que una perso- 
na de inteligencia sólida, observando las reglas del 
sentido común, no solamente puede descubrir ese 
pulchrum & honestum. tanto en la moral como en 
las obras del arte y de la naturaleza, sino también 
gobernarse a sí misma por su propia razón, con 
la misma facilidad y habilidad con que un buen ji- 
nete maneja de la brida a un caballo bien amaestra- 
do. 

El lector atento que haya visto detenidamen- 
te la parte precedente de este libro al punto adver- 
tirá que no puede haber dos sistemas más opuestos 
que el de Su Señoría y el mío. Admito que sus 
ideas son generosas y refinadas, altamente halagüe- 
ñas para el genero humano y capaces, con un poco 
de entusiasmo, de inspirarnos los más nobles senti- 
mientos hacia la dignidad de nuestra levantada na- 
turaleza. Lástima que no sean acertadas. Si no hu- 



biese demostrado yo casi en cada página de este 
tratado, que su solidez es inconciliable con nuestra 
diaria experiencia, no diría lo que afirmo; pero, 
para no dejar ni la sombra de una objeción sin con- 
testar, me propongo ampliar algunas cosas que has- 
ta aquí sólo he esbozado someramente, con el pro- 
pósito de convencer al lector, no sólo de que no 
son las cualidades buenas y amables del hombre las 
que le hacen superior, como criatura sociable, a 
otros animales, sino además, de que sería de todo 
punto imposible educar a las multitudes de una na- 
ción rica, populosa y floreciente, o una vez educa- 
das mantenerlas en tal condición, sin ayuda de lo 
que llamamos el mal, tanto natural como moral. 

Para mejor lograr lo que pretendo, analizaré 
primero la realidad del pulchrum <t honestum, el 
TÓ xáhóv de que tanto han hablado los antiguos. 
El sentido de éste consiste en inquirir si realmen- 
te existen valor y excelencia en las cosas— pree- 
minencia de una sobre otra en la que coincidan 
todos los que bien las comprenden, o cuáles son 
las pocas cosas, si es que hay alguna, que sean me- 
recedoras de la misma estima y se las juzgue de 
igual manera en todos los países y en todas las eda- 
des. Cuando emprendemos por primera vez la bús- 
queda de este valor intrínseco, y descubrimos que 
una cosa es mejor que otra y una tercera mejor que 
ésa, y así sucesivamente, empezamos a abrigar gran- 
des esperanzas de éxito; pero, cuando nos encon- 
tramos con varias cosas que son todas muy buenas 
o muy malas, nos quedamos perplejos y no siempre 
de acuerdo con nosotros mismos, mucho menos 
con los demás. Existen diferentes defectos y belle- 
zas, los cuales, así como se alteran las modas y cos- 
tumbres, y los hombres varían en sus gustos y hu- 
mores, serán admirados o reprobados de manera 
diferente. 

Los entendidos en pintura nunca disienten 
cuando comparan un buen cuadro con el adefesio 
de un novato; pero, ¡cuan extrañamente han dife- 



73 



74 



BERNARD MANDEVILLE 



rido respecto de las obras de maestros eminentes! 
Entre los conocedores se forman bandos distintos 
y pocos son los que están de acuerdo en su estima- 
ción en cuanto a épocas y países, y no siempre k>9 . 
mejores cuadros son los que mejor se pagan; un orí- 10 
ginal notorio valdrá siempre más que cualquier co- 
pia hecha por una mano desconocida, aunque ésta 
fuera mejor. El valor que se atribuye a los cuadros 
no depende solamente del nombre del maestro y 
de su antigüedad, sino también, en gran medida, 
de la escasez de sus obras y, lo que es más absurdo, 
de )a calidad de las personas en cuya posesión se 
encuentran y del tiempo que hayan pertenecido a 
grandes familias, y si los bocetos que actualmente 
se encuentran en Hampton Court hubieran sido 
hechos por mano menos famosa que la de Rafael, 
y su propietario un particular que se hubiera visto 
obligado a venderlos, nunca habrían rendido ni la 
décima parte del dinero que, aun con todas sus 
gruesas faltas, ahora se les adjudica como cotiza- 
ción. 

Esto no obstante, estoy dispuesto a admitir 
que el juicio relativo a una pintura puede llegar a 
constituir una certidumbre universal o, por lo me- 
nos, no ser tan mudable y precario como en casi 
todas las demás cosas. La razón es muy sencilla; 
hay una norma que procurar y que siempre es la 
misma. La pintura es una imitación de la Natura- 
leza, una copia de las cosas que los hombres tie- 
nen delante de si' por todas partes. Espero que mi 
lector, con buen talante, me perdone si, al pensar 
en esta gloriosa invención, hago una reflexión un 
tanto inoportuna, aunque muy conducente para 
mi propósito principal, el cual es de demostrar que, 
valioso como es el arte de que hablo, es principal- 
mente a una imperfección del más importante de 
nuestros sentidos a la que debemos el placer y los 
embriagadores deleites que recibimos de este fe- 
liz engaño. Me explico: el aire y el espacio no son 
objetos visibles, pero tan pronto miramos con algu- 
na atención, observamos que el tamaño de las co- 
sas que vemos disminuye gradualmente a medida 
que se alejan de nosotros, y nada más que la expe- 
riencia adquirida en estas observaciones es lo que 
puede enseñarnos a calcular, con tolerable aproxi- 
mación, la distancia a que las cosas $e encuentran. 
Si un ciego de nacimiento recibiera súbitamente, 
a los veinte años, el don de la vista, quedaría extra- 
ñamente perplejo ante las diferencias de distancias 
y difícilmente sería capaz de determinar inmedia- 
tamente, guiándose sólo por sus ojos, cuáles obje- 
tos estaban más cerca de él, si un poste casi al al- 
cance de su bastón o un campanario situado a me- 
dia milla. Miremos desde lo más cerca posible un 
agujero hecho en una pared, de'rás del cual sólo 



haya aire, y veremos solamente el cielo que llena 
el vacío y que aparece tan cerca de nosotros como 
la parte trasera de las piedra que circunscriben el 
. espacio en que faltan. Esta circunstancia, por no 
/■Mamarla defeicto, del sentido de la vista nos expo- 
ne a cualquier engaño y todas las cosas, excepto el 
movimiento, se nos pueden representar con arte 
en un plano, tal como las vemos en la vida y en la 
Naturaleza. Alguien que nunca hubiese visto este 
arte en la práctica fácilmente se convencería de 
que ello es posible mediante un espejo y no puedo 
por menos de pensar que los reflejos que los cuer- 
pos muy lisos y bien pulidos proyectan sobre nues- 
tros ojos debieron de haber proporcionado la pri- 
mera sugerencia para la invención del dibujo y la 
pintura. 

En las obras de la Naturaleza, el valor y la ex- 
celencia son igualmente inciertos y aun en el caso 
de las criaturas humanas, lo que es bello en un país 
no lo es en otro. iCuán caprichoso es el florista en 
sus preferencias! Unas veces será tulipán, otras la 
prímula y otras el clavel las flores que atraigan su 
estima, y cada año otra flor, a su juicio, vence a to- 
das las anteriores, aunque sea inferior a ellas en for- 
ma y color. Hace trescientos años, los hombres se 
afeitaban con el mismo esmero que ahora, después 
se usaron barbas, cuyo corte sufrió gran variedad 
de formas, tan seductoras cuando estaban de moda 
cofno ridiculas serfan ahora. IQüé mezquino y có- 
mico parece un hombre, aunque por lo demás va- 
ya bien vestido, si se pone un sombrero de alas an- 
gostas cuando todos las llevan anchas! Y después, 
¿no resultará monstruoso el sombrero aludo, si el 
otro extremo ha estado en boga durante largo tiem- 
po? La experiencia nos enseña que estas modas no 
suelen durar más de diez o doce años y que un 
hombre de sesenta habrá asistido, por lo menos, a 
cinco o seis revoluciones de este género; sin embar- 
go, los comienzosde estos cambios, aunque haya- 
mos visto varToS, siempre parecen estrafalarios y 
vuelven a ser ofensivos cada vez que reaparecen. 
¿Qué mortal puede decidir si es más elegante —sal- 
vando lo que esté de moda en la época— usar boto- 
nes grandes o pequeños? Las múltiples maneras de 
disponer acertadamente un jardín sorv casi innume- 
rables y lo que en ellos llamamos hermoso varía 
según los gustos de las naciones y de las épocas. En 
los céspedes, arriates y parterres suele ser agradable 
una gran diversidad de formas. Pero, a los ojos, tan 
grato puede ser un redondel como un cuadrado; un 
óvalo no puede ser más adecuado para un lugar de 
lo que un triángulo lo es para otro; y la preeminen- 
cia que el octágono tiene sobre el hexágono no es 
mayor, en números, de lo que en el azar significa 
el ocho sobre el seis en cuestión de probabilidades. 



LA FÁBULA DE LAS ABEJAS 



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Las iglesias, desde que los cristianos pueden 
construirlas, tienen la forma de una cruz, con su 
parte superior apuntando hacia el Este; y un arqui- 
tecto al que no le faltara el espacio y pudiera hacer- 
lo así, si desatendiese estas reglas se le acusaría de 
cometer una falta imperdonable; pero esperar estas 
mismas disposiciones en una mezquita turca o en 
un templo pagano sería necedad. Entre las muchas 
leyes beneficiosas promulgadas en los últimos cien 
años, no es fácil señalar una de mayor utilidad, y al 
mismo tiempo exenta de toda inconveniencia, que 
la que fija las normas para las mortajas. Los que te- 
nían edad suficiente para entender las cosas cuando 
esta ley fue sancionada, y viven todavía, recordarán 
el generalizado clamor que se levantó en su contra. 
Al principio, para millares de personas, nada podía 
resultar más horrendo que el ser enterradas en tela 
de lana y lo único que hacía soportable la ley era 
que dejaba espacio para que las personas preocupa- 
das por la moda cedieran a esta debilidad sin caer 
en lo extravagante, teniendo en cuenta los demás 
gastos de los funerales en que hay que vestir de lu- 
to a varios y regalar sortijas a muchos. El benefi- 
cio que esta ley produce a la nación es tan visible 
que nada de razonable puede decirse para conde- 
narla, por lo cual, al cabo de pocos años, empezó 
a decrecer día a día el horror concebido contra 
ella. Observé entonces que los jóvenes, que lleva- 
ban vistos pocos cadáveres en sus ataúdes, eran 
los que primero se avenían a la innovación; pero 
los que, al promulgarse la ley, habían ya sepultado 
a muchos amigos y parientes, fueron los que duran- 
te más tiempo se mantuvieron en contra y recuerdo 
a muchos que murieron si llegar a reconciliarse con 
ella. Pero hoy en día, cuando casi se ha olvidado ya 
el amortajamiento en lino, es opinión generalizada 
que nada puede ser más decente que la lana y la 
mariera actual de vestir al cadáver, lo cual demues- 
tra que nuestro agrado o desagrado hacia las cosas 
depende, principalmente, de la moda y la costum- 
bre, y del precepto y el ejemplo de nuestros supe- 
riores y de todos los que, de una u otra manera, 
consideramos mejores que nosotros. 

No es mayor la certeza en moral. La plurali- 
dad de esposas es odiosa para los cristianos, y todo 
el ingenio y la sabiduría desplegados por un gran 
genio en defensa de esta costumbre fueron rechaza- 
dos con desprecio; pero la poligamia no horroriza 
al mahometano. Lo que los hombres hayan apren- 
dido en la infancia les esclaviza y la fuerza de la 
costumbre retuerce a la Naturaleza y, al propio 
tiempo, la imita de tal manera, que suele resultar 
difícil determinar cuál de las dos es la que influye 
sobre nosotros. Antiguamente, en Oriente, las her- 
manas se casaban con sus hermanos y era meritorio 



que un hombre desposara a su madre. Tales alian- 
zas son abominables; pero lo cierto es que, cual- 
quiera sea el horror que nos inspire el pensar en 
ellas, nada hay en la Naturaleza que se oponga a 
ellas, sino lo edificado sobre la moda y las cos- 
tumbres. Un mahometano religioso que jamás 
haya probado un licor espirituoso, y vea con fre- 
cuencia a gente borracha, sentirá una aversión con- 
tra el vino tan grande como la que experimenta 
cualquiera de nosotros, aun el más inculto e inmo- 
ral, por yacer con su hermana, y ambos se imagi- 
nan que su antipatía proviene de la Naturaleza. 
¿Cuál es la mejor religión?, es una pregunta que ha 
causado más daños que todas las demás juntas. 
Formuladla en Pekin, en Constantinopla y en Ro- 
ma, y recibiréis tres respuestas distintas, sumamen- 
te diferentes entre sí, y todas, sin embargo, igual- 
mente positivas y perentorias. Los cristianos están 
muy seguros de la falsedad de las supersticiones pa- 
gana y mahometana: hasta aquí, hay unión y con- 
cordia perfectas entre ellos; pero preguntad a las 
varias sectas en que se dividen cuál es la verdadera 
Iglesia de Cristo, y cada uno os contestará que la 
suya, abrumándoos de argumentaciones para con- 
venceros. 

Es manifiesto, pues, que buscar ese pulchrum 
d honestum es como perseguir una quimera, pero 
no es ésta, a mi juicio, la falta mayor. Las nociones 
imaginarias de que el hombre puede ser virtuoso sin 
abnegación son una puerta ancha hacia la hipocre- 
sía, la cual una vez que se hace hábito, no sólo nos 
obliga a engañar a los demás, sino que nos hace 
completamente desconocidos para nosotros mis- 
mos, y el ejemplo que voy a dar desmostrará có- 
mo, por dejar de examinarse debidamente, podría 
ello ocurrirle a una persona de dotes cualificadas 
y erudición muy semejante al propio autor de las 
Characteristicks. 

Un hombre criado en la holgura y la opulen- 
cia, si es de natural tranquilo e indolente, aprende 
a rehuir todo lo que le molesta y opta por refrenar 
sus pasiones, más que por desagradarle los placeres 
sensuales, por evitar los inconvenientes que acarrea 
la persecución ansiosa del placer y la condescen- 
dencia hacia todas las exigencias de nuestras incli- 
naciones; y es posible que una persona educada por 
un gran filósofo, de carácter apacible y bondadoso 
al tiempo que excelente maestro pueda, en circuns- 
tancias tan felices, forjarse una opinión de sus 
adentros superior a la que realmente merece y 
creerse virtuoso porque sus pasiones están adorme- 
cidas. Puede elaborar bellas ideas acerca de las virtu- 
des sociales y el desprecio hacia la muerte, escribir 
bien sobre ellas en su retiro y exponerlas elocuen- 



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BERNARD MANDEVILLE 



temente en sociedad, pero nunca le sorprenderéis 
luchando por un país ni trabajando por reparar al- 
guna pérdida nacional. Un hombre entregado a la 
Metafísica puede entusiasmarse con facilidad y 
creer que en verdad no teme a la muerte, mientras 
ésta quede fuera de su vista; pero si se le pregunta- 
ra por qué, poseyendo tal intrepidez, sea por natu- 
raleza o por haberla adquirido mediante la filoso- 
fía, no se incorpora al ejército cuando su país es- 
tá en guerra; o cómo es que, viendo a la nación 
constantemente saqueada por quienes la gobiernan, 
y tan lamentablemente embrollados los asuntos 
del Tesoro, no se presenta a la Corte y se vale de 
todos sus amigos y sus intereses para hacerse minis- 
tro de Hacienda, restaurando el crédito público con 
su integridad y sabia administración, contestaría 
probablemente que ama la vida recoleta, que no 
tiene más ambición que ser un hombre bueno y 
que nunca aspiró a formar parte del Gobierno; o 
que odia la adulación y el protocolo esclavizante, 
la falsía de las Cortes y el bullicio del mundo, Es- 
toy dispuesto a creerle; pero es que no puede un 
hombre de temperamento indolente y espíritu inac- 
tivo decir todo esto sinceramente y, al mismo tiem- 
po, transigir con sus apetitos sin poder dominarlos, 
aunque el deber se lo ordene. La virtud consiste en 
la acción y el que sienta ese amor social y ese bené- 
volo afecto hacia su especie, y que por su cuna o 
calidad pueda reclamar algún puesto en los nego- 
cios públicos, no debiera cruzarse de brazos cuan- 
do puede servir, sino, por el contrario, esforzarse 
lo más posible por el bien de sus conciudadanos. Si 
esa persona noble hubiese sido de talante guerre- 
ro o de temperamento turbulento, seguramente ha- 
bría elegido otro papel en el drama de la vida y pre- 
dicado una doctrina completamente contraria, por- 
que siempre empujamos a la razón hacia donde la 
pasión la arrastra y, en todos los seres humanos, el 
amor propio aboga por sus diferentes causas, pro- 
porcionando a cada uno los argumentos que justi- 
fiquen sus inclinaciones. 

Ese término medio tan alardeado y las tran- 
quilas virtudes recomendadas en la Charactehsticks 
no valen más que para crear zánganos y podrían 
cualificar a un hombre para los estólidos goces de 
la vida monástica o, a lo sumo, para juez de paz ru- 
ral, pero nunca le harán apto para el trabajo y la 
asiduidad, ni le impulsarán hacia los grandes logros 
y las empresas audaces y peligrosas. El natural 
amor del hombre por la comodidad y el ocio y la 
propensión a disfrutar de los placeres sensuales no 
han de curarse con preceptos: las costumbres o in- 
clinaciones profundamente arraigadas sólo pueden 
dominarse con pasiones de violencia mayor. Pre- 
dicad a un cobarde y demostradle lo irracional de 



sus temores y no le haréis más valiente, como no 
le haréis más alto ordenándole que alcance los diez 
pies de estatura; mientras que el secreto para levan- 
tar el ánimo que he revelado en la Observación [ R ) 
es casi infalible. 

El miedo a la muerte es fortísimo cuando es- 
tamos en el apogeo de nuestro vigor, tenemos buen 
apetito, vista penetrante, oído fino y cada órgano 
desempeña bien su oficio. La razón está clara: la 
vida es entonces sumamente deleitosa y nosotros 
tenemos mucha capacidad para gozarla. ¿Cómo, 
pues, sucede que un hombre honrado acepte con 
tanta facilidad un desafio. Aunque tenga treinta 
años y disfrufe de perfecta salud? Es su orgullo el 
que domina su miedo, pues, cuando el orgullo no 
está en juego, el miedo es más patente. Si no está 
acostumbrado al mar, esperad a que se encuentre 
en medio de una borrasca; o, si nunca ha estado en- 
fermo, a que tenga un dolor de garganta o una fie- 
bre ligera, y demostrará mil ansiedades y, con ellas, 
el inestimable valor que otorga a la vida. Si el hom- 
bre fuera naturalmente humilde y reacio a las lison- 
jas, el político nunca lograría sus fines ni sabría 
qué hacer con él. Sin vicios, la excelencia de la es- 
pecie habría permanecido siempre oculta y toda 
persona ilustre que se haya hecho famosa en el 
mundo es una rotunda evidencia en contra de este 
simpático sistema. 

Si el coraje del Gran Macedonio rayaba en la 
locura cuando luchaba solo contra una guarnición 
entera, su delirio no era menor cuando imaginaba 
ser un dios o, por lo menos, dudaba si lo era o no; 
y tan pronto hacemos esta reflexión, descubrimos 
tanto la pasión como su extravagancia, que levan- 
taba su ánimo ante los peligros más inminentes ha- 
ciéndole soportar todas las dificultades y fatigas 
que hubo de padecer. 

Nunca hubo en el mundo más claro ejemplo 
de magistrado capaz y completo que el de Cicerón. 
Cuando pienso en su solicitud y vigilancia, en los 
riesgos verdaderos que supo eludir y en los desve- 
los que se tomó por la seguridad de Roma; en su 
sabiduría y sagacidad para descubrir y frustar las 
estratagemas de los conspiradores más osados y su- 
tiles, y al mismo tiempo en su amor por la literatu- 
ra, las artes y las ciencias, su capacidad para meta- 
física. La justeza de sus razonamientos, la fuerza de 
su elocuencia, la pulcritud de su estilo y el gentil 
espíritu que recorre sus escritos; cuando pienso, di- 
go, en todas estas cosas juntas, me asalta el asom- 
bro y lo menos que puedo decir de él es que fue un 
hombre prodigioso. Pero, una vez ensalzadas co- 
mo merecen las muchas buenas cualidades que te- 



LA FÁBULA DE LAS ABEJAS 



77 



nía, me resulta evidente, por otra parte, que si su 
vanidad hubiese sido inferior a su mayor excelen- 
cia, el sentido común y el conocimiento del mun- 
do que poseía en grado tan eminente, nunca ha- 
bría llegado a ser, al mismo tiempo, un pregonero 
tan repugnante y ruidoso de su propia fama como 
en realidad fue, hasta el punto de componer un ver- 
so que, de haberlo hecho un niño de la escuela, mo- 
vería a risa: O!, fortunatam, etc. 

iCuán severa y estricta era la moralidad del 
rígido Catón, qué firme y sincera la virtud de aquel 
gran defensor de la libertad romana! Pero, aunque 
la compensación que obtuvo este estoico por toda 
la abnegación y austeridad que puso en práctica 
permaneció oculta mucho tiempo, y aunque su par- 
ticular modestia ocultó largamente al mundo, y tal 
vez a sí mismo, la debilidad del corazón que le im- 
pulsó al heroísmo, ésta quedó, sin embargo, al des- 
cubierto en la última escena de su vida y, con su 
suicidio, quedó patente que era esclavo de un po- 
der tiránico, superior a su amor por su país, y que 
el odio implacable y la envidia superlativa que pro- 
fesaba a la gloria, la grandeza verdadera y los méri- 
tos personales de César habían gobernado todas sus 
acciones durante mucho tiempo, bajo los pretextos 
más nobles, Si este motivo violento no hubiese sido 
más fuerte que su consumada prudencia, no sólo se 
habría salvado a sí mismo, sino también a la mayo- 
ría de sus amigos, que quedaron arruinados al per- 
derle, y si hubiese sido capaz de dominarse, no ca- 
be duda de que habría llegado a ser el segundo 
hombre de Roma. Pero Catón conocía la mente 
sin fronteras y la ilimitada generosidad del vence- 
dor: a nada temía tanto como a su clemencia y 
por eso eligió la muerte, porque era menos terrible 
para su orgullo que la idea de brindar a su mortal 
enemigo la tentadora oportunidad de demostrar la 
magnanimidad de su alma, que César habría encon- 
trado perdonando a enemigo tan inveterado como 
Catón; oportunidad que, como creen los prudentes, 
el Conquistador, tan sagaz como ambicioso, no ha- 
bría dejado escapar si el otro se hubiese atrevido a 
vivir. 

Otro argumento para demostrar la disposición 
benévola y el real afecto que naturalmente experi- 
mentamos hacia nuestra especie es nuestro amor a 
la compañía y la aversión a la soledad que los hom- 
bres que están en su juicio sienten en medida ma- 
yor que las demás criaturas. En las Characleristicks 
se le da mucho relumbre, expresado, como está, en 
un lenguaje excelente que lo realza. Al día siguien- 
te de leerlo por primera vez oí a mucha gente pre- 
gonar arenques frescos, lo cual, al reflexionar acer- 
ca de los grandes cardúmenes de éste y otros peces 



que se pescan juntos, me puso muy alegre, aunque 
me encontraba sólo; pero, mientras me entretenía 
con esta meditación, se me acercó un sujeto vago 
e impertinente a quien tenía yo la desventura de 
conocer, y me preguntó como me encontraba, aun- 
que a las claras se viera que estaba tan saludable y 
bien como nunca en mi vida. He olvidado mi con- 
testación, pero sí recuerdo que no pude librarme 
de él durante un buen rato y que experimenté to- 
da la incomodidad de que se queja mi amigo Ho- 
racio por una persecución semejante. 

No quisiera que ningún crítico sagaz me cali- 
ficara de misántropo por esta breve anécdota; 
quien así lo hiciera estaría muy equivocado. Soy 
un gran amante de la buena compañía y, si el lec- 
tor no se ha cansado de la mía, antes de demostrar 
la debilidad y ridiculez de esta adulación a nuestra 
especie que acabo de mencionar, le ofreceré una 
descripción del hombre que yo escogería para con- 
versar, con la promesa de que, antes de haberla ter- 
minado por completo, descubrirá que es útil, aun- 
que al principio le pueda tomar por una mera di- 
gresión a mi propósito. 

Deberá estar, por instrucción temprana y ha- 
bilidosa, totalmente imbuido de las nociones de 
honor y vergüenza, y profesar habitualmente aver- 
sión a todo lo que pueda tender a la impudicia, la 
grosería y la inhumanidad. Habrá de ser versado 
en la lengua latina y no ignorar la griega y. además 
comprender uno o dos idiomas modernos aparte 
del propio. Deberá tener noticias de las costumbres 
y hábitos de los antiguos, pero profundamente ins- 
truido en la historia de su país y las costumbres de 
la edad en que vive. Además de Literatura, deberá 
haber estudiado alguna ciencia útil, visitado algu- 
nas cortes y universidades extranjeras y aprove- 
chado verdaderamente sus viajes. A veces deberá 
holgarse en el baile, la esgrima y la equitación, co- 
nocer algo en caza y otros juegos campestres sin es- 
tar atado a ninguno y tomándolos a todos como 
ejercicios convenientes para la salud o como diver- 
siones que no interfieran en sus ocupaciones ni le 
impidan adquirir cualificaciones más estimables. 
Deberá tener una idea de la geometría y la astrono- 
mía, así como de la anatomía y la economía del 
cuerpo humano. Entender de música como para 
ejecutarla es un logro, pero mucho es lo que puede 
decirse en contra y, en cambio, me gustaría más 
que mi interlocutor supiera un poco de dibujo, por 
lo menos lo necesario para poder apreciar un paisa- 
je o explicar el significado de cualquier forma o 
modelo que se le ocurriera describir, pero nunca 
tocar un lápiz. Ha de estar acostumbrado desde 
muy joven a la compañía de las mujeres honestas y 



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BERNARD MANDEVILLE 



no ha de dejar transcurrir una quincena sin conver- 
sar con damas. 

No mencionaré los vicios groseros, como ser 
irreligioso, putañear, jugar, beber o reñir, de los 
cuales nos guarda hasta la más modesta educación; 
siempre le reconmendan'a practicar la virtud, pero 
no soy partidario de que un caballero ignore volun- 
tariamente nada de lo que ocurre en la Corte o en 
la ciudad. Es imposible que un hombre sea perfecto 
y, por tanto, puedo admitir algunas faltas si no 
puedo impedirlas; como, por ejemplo, que entre 
ios diecinueve y los veintitrés años los ardores juve- 
niles puedan a veces vencer su castidad, si lo hacen 
con discreción; o si en alguna ocasión extraordina- 
ria, vencido por la insistente solicitación de alegres 
camaradas, bebe más de lo que una estricta sobrie- 
dad permitiría, siempre que lo haga con poca fre- 
cuencia y que no perjudique su salud o su tempe- 
ratura; o si, ante una gran provocación y con justi- 
cia de causa, alguna vez se viera arrastrado a una 
pelea que la verdadera sensatez y una adhesión me- 
nos estricta a las reglas del honor podn'an haber evi- 
tado, siempre que no le ocurra en más de una oca- 
sión; si, como digo, hubiese sido culpable de tales 
cosas, y nunca hablara ni, mucho menos, se jacta- 
ra de ellas, podría perdonársele, o por lo menos 
disculpársele, si más tarde las abandonara y, de allí 
en adelante, fuera discreto. Los mismo desastres de 
la juventud han atemorizado a veces a los caballe- 
ros, induciéndoles a una prudencia mucho más fir- 
me de la que probablemente habrían adquirido si 
no hubiesen sufrido ninguna experiencia. Para man- 
tener a un joven alejado de la depravación y de las 
cosas abiertamente escandalosas no hay nada me- 
jor que procurarle libre acceso a una o dos familias 
nobles que consideren como un deber su asistencia 
frecuente, pues así, al tiempo que se satisface su or- 
gullo, se le mantiene en un continuo temor de la 
vergüenza. 

Un hombre de regular fortuna, conveniente- 
mente preparado como indico, que siga perfeccio- 
nándose a si mismo y se dedique hasta los treinta 
años a conocer el mundo, no puede ser desagrada- 
ble para conversar, por lo menos, mientras goce de 
buena salud y prosperidad y no le ocurra nada que 
le amargue el carácter. Cuando un individuo de esta 
clase se encuentra, casual o deliberadamente, con 
tres o cuatro semejantes a él y acuerdan pasar unas 
horas reunidos, a este conjunto lo llamo buena 
compañía. Nada se dirá en ella que no sea instructi- 
vo o divertido para un hombre prudente. Es posible 
que no siempre tengan todos la misma opinión, 
pero entre ellos no habrá contienda, pues cada cual 
estará siempre dispuesto a ser el primero en transi- 



gir con el que difiera. Hablarán solamente de a una 
por vez y no más alto de lo necesario para ser clara- 
mente oídos por el que esté sentado más lejos. El 
placer más ansiado por cada uno de ellos será el de 
tener la satisfacción de agradara los demás, lo cual 
saben que se puede lograr efectivamente escuchan- 
do con atención y actitud aprobatoria, como si nos 
dijéramos algo muy bueno. 

La mayoría de las personas que tengan algo de 
buen gusto apreciarán tal conversación y es justo 
que la prefieran a la soledad cuando no saben cómo 
pasar su tiempo; pero si pueden dedicarse a algo de 
lo que esperen una satisfacción más sólida o más 
duradera, seguramente se privarán de este placer, 
acudiendo a lo que tenga más importancia para 
ellas. Pero ¿no prefiere uno, aun no habiendo visto 
un alma en quince días, seguir solo mucho más 
tiempo, antes que juntarse con tipos ruidosos, que 
se deleitan en la contradicción y tienen a gala el 
buscar pelea? ¿No prefiere, quien tiene libros, leer- 
los continuamente, o entretenerse escribiendo so- 
bre un tema u otro, antes que pasarse las noches en 
una tertulia de hombres de partido que consideran 
que la Isla no sirve para nada mientras se consienta 
que en ella vivan sus adversarios? ¿No es preferible 
estar solo durante un mes y acostarse antes de las 
siete mejor que mezclarse con cazadores de zorros 
que, tras haber pasado el día entero tratando en va- 
no de romperse el pescuezo, se reúnen por las no- 
ches para de nuevo atentar contra sus vida bebien- 
do y que p"5ra expresar su regocijo emiten más soni- 
dos sin sentido dentro de la casa que el ruido que 
sus compañeros arman fuera con sus ladridos? No 
daría yo gran cosa p8r un hombre que no prefie- 
ra agotarse caminando o, si estuviera encerrado, en- 
tretenerse esparciendo alfileres por todo el cuarto 
para luego volver a recogerlos, antes que pasar seis 
horas en compañía de una decena de marineros co- 
rrientes el día en que reciben su paga. 

Concedo, sin embargo, que la mayoría de los 
hombres, antes que estar a solas un tiempo consi- 
derable, prefieren someterse a las cosas que nom- 
bré; pero lo que no comprendo es por qué este 
amor por la compañía, este poderoso deseo por la 
sociedad se interpreten tan a nuestro favor, preten- 
diendo que sea en el hombre la marca de un valor 
intrínseco que no se encuentra en otros animales. 
Porque, para deducir de esto la bondad de nuestra 
naturaleza y el generoso amor que existe en el 
hombre, extendido, más allá de sí mismo, al resto 
de su especie, esta ansia de compañía y esta aver- 
sión al estar solos deberían ser notabilísimas y vio- 
lentísimas en los mejores del género humano, en 
los hombres de mayor genio, mejores prendas y 



LA FÁBULA DE LAS ABEJAS 



70 



más hazañosos, y en los que están menos sujetos 
al vicio; y la verdad es la opuesta. Los espíritus más 
débiles, los más incapaces de gobernar sus pasiones, 
las conciencias culpables que aborrecen la reflex- 
ión, los inútiles que no pueden producir por si' mis- 
mos nada de provecho, son los mayores enemi- 
gos de la soledad y los que pueden aceptar cual- 
quier compañía antes que pasarse sin ella; al paso 
que el hombre educado y prudente, capaz de pen- 
sar y contemplar las cosas y al cual muy poco per- 
turban sus pasiones, puede soportar la soledad mu- 
cho tiempo sin disgusto; y para evitar el ruido, la 
necedad y la impertinencia rehuirá veinte compa- 
ñi'as; y, en lugar de toparse con algo que desagrade 
a su buen gusto preferirá su retiro o un jardi'n, y 
aun menos que esto, un terreno baldío o un desier- 
to, antes que la vecindad de ciertos hombres. 

Pero supongamos que el amor a la compañía 
fuera tan inseparable de nuestra especie que nadie 
fuera capaz de soportar el permanecer solo un mo- 
mento: ¿qué conclusiones podríamos extraer de 
esto? ¿O es que el hombre no ama la compañía, 
como todas las demás cosas, por su propio bien? 
No hay amistad ni cortesía que puedan durar si 
no son recíprocas. En todas vuestras reuniones se- 
manales y diarias para diversión, así como en las 
fiestas anuales y en las solemnidades mayores, ca- 
da uno de los que asisten lo hacen con su propia 
finalidad y hay algunos que frecuentan algún club 
al que nunca acudirían si no pudieran ser los prin- 
cipales. He conocido a un hombre que era el orá- 
culo de su grupo, y que era muy asiduo y se inco- 
modaba contra cualquier cosa que le impidiera acu- 
dir a su hora, pero que abandonó completamente 
su tertulia apenas apareció otro que pudo ponerse 
a su altura y disputarle la primacía. Hay personas 
que son incapaces de sostener un argumento y que, 
sin embargo, tienen bastante malicia como para de- 
leitarse oyendo reñir a los otros, y aunque nunca 
intervengan en controversias, les parece insípida 
cualquier reunión en la que falte esta diversión. 
Una buena casa, un rico mobiliario, un jardín bo- 
nito, los caballos, los perros, los antepasados, la pa- 
rentela, las amistades, la belleza, la fuerza, la exce- 
lencia en cualquier cosa, vicios o virtudes, pueden 
todos coadyuvar a que los hombres suspiren por la 
vida en sociedad, con la esperanza de que aquello 
que valoran en sí mismos pueda ser, en un momen- 
to y otro, tema de conversación, proporcionándo- 
les íntima satisfacción. Aun las personas mejor edu- 
cadas del mundo, tales como las que he menciona- 
do anteriormente, no brindan ningún placer a los 
demás que no se compense en su amor propio y 
que, en definitiva, no se centre en sí propios, por 
más vueltas que se le den. Pero la demostración 



más clara de que en tos clubes y sociedades de per- 
sonas aficionadas a la conversación todos profesan 
la mayor consideración hacia sí propios con exce- 
so; los joviales, que nunca se irritan ni se ofenden 
con facilidad, y los comodones e indolentes, que 
odian las disputas y nunca hablan con el afán de 
triunfar, son en todas partes los preferidos en la 
reunión; al paso que el hombre prudente y sabio, 
que no se deja impresionar ni convencer fácilmerv 
te; el hombre de talento e ingenio, capaz de decir 
cosas mordaces y graciosas, aunque nunca fusti- 
gue más que a quien se le merezca, y el hombre 
honrado, que no inflige ni acepta afrentas, pue- 
den ser estimados, pero es raro que se les quie- 
ra tanto como a hombres más débiles y menos ca- 
bales. 

Así como en estos ejemplos el origen de nues- 
tras cualidades amables resulta del perpetuo afán 
con que buscamos nuestra propia satisfacción, en 
otras ocasiones procede de la natural timidez del 
hombre y del solícito cuidado que se dispensa a 
sí mismo. Dos londinenses cuyas ocupaciones no 
les obliguen a tener un comercio en común pueden 
verse, conocerse y estar uno junto al otro, todos los 
días, en la Lonja, sin demostrarse más urbanidad 
que la que exhibiría un par de toros; pero que se 
encuentren en Bristol, y se quitarán el sombrero, 
a la menor oportunidad entablarán conversación y 
cada uno se complacerá de la compañía del otro. 
Cuando se encuentran franceses, ingleses y holan- 
deses en la China o en cualquier otro país pagano, 
por ser todos europeos se consideran compatrio- 
tas y, si no interfiere alguna pasión, se sentirán na- 
turalmente propensos a quererse bien. Más aún: si 
dos hombres que son enemigos se ven obligados a 
viajar juntos, tenderán a dejar de lado animosida- 
des, a mostrarse afables y a conversar amigablemen- 
te, sobre todo si la ruta no es muy segura y ambos 
son extraños en el sitio adonde se dirigen. Los que 
juzgan superficialmente atribuyen estas cosas a la 
sociabilidad del hombre, a su natural inclinación a 
la amistad y su amor por la compañía; pero quien 
examine debidamente los hechos y contemple al 
hombre más de cerca descubrirá que, en todas esas 
ocasiones, sólo tratamos de fortalecer nuestro inte- 
rés y nos mueven las causas ya expuestas. 

Lo que he intentado hasta ahora ha sido el de- 
mostrar que el pulchntm & honestum. la excelencia 
y el real valor de las cosas son, con suma frecuen- 
cia, precarios y alterables a medida que varían los 
usos y costumbres; que, por consiguiente, las de- 
ducciones que puedan sacarse de su certeza son in- 
significantes y que las generosas ideas relativas a la 
bondad natural del hombre son dañosas, porque 



80 



BERNARD MANDEVILLE 



tienden a desorientar, y resultan meramente quimé- 
ricas; la verdad de esto último la he ilustrado con 
los ejemplos más evidentes sacados de la Historia. 
He hablado de nuestro amor por la compañía y 
nuestra aversión de la soledad, examinando escru- 
pulosamente sus distintos motivos, y demostrado 
claramente que todos ellos se centran en el amor 
propio. Ahora me propongo investigar la naturaleza 
de la sociedad y, sumergiéndome en ella hasta sus 
mismos orígenes, poner en evidencia que no son las 
cualidades buenas y amables del hombre, sino las 
malas y odiosas, sus imperfecciones y su carencia 
de ciertas excelencias de que están dotadas otras 
criaturas, son las causas primeras que hacen al honv 
bre más sociable que otros animales a partir del 
momento en que perdió el Paraíso; y que si hubiese 
conversado su primitiva inocencia y seguido gozan- 
do de las bendiciones que corresponden a tal esta- 
do, no habría tenido ni la sombra de una posibili- 
dad de ser la criatura sociable que actualmente es. 

Lo necesarios que son nuestros apetitos y pa- 
siones para el desarrollo de todas las industrias y ar- 
tesanías ha quedado demostrado a lo largo del libro 
y nadie podrá ya negar que son nuestras malas cua- 
lidades las que las producen. Por tanto, lo que me 
queda por exponer es la variedad de obstáculos que 
estorban y embrollan al hombre en la labor a que 
está constantemente dedicado, el procurarse loque 
necesita; lo cual, en otras palabras, se llama ocupar- 
se en la autoconservación. Mientras, al propio tiem- 
po, demostraré que la sociabilidad del hombre pro- 
viene solamente de dos cosas, a saber: la multipli- 
cidad de sus deseos y la constante oposición con 
que tropieza para satisfacerlos. 

Los obstáculos de que hablo se relacionan con 
nuestra propia índole o con el Globo que habita- 
mos,quiero decir, la condición de éste desde que 
fue condenado. He intentado con frecuencia anali- 
zar separadamente estas dos últimas cosas, pero 
nunca he podido mantenerlas aisladas: siempre in- 
terfieren una con otra y se mezclan, para formar 
entre embas un espantoso caos de maldad. Todos 
los elementos son nuestros enemigos: el agua ahoga 
y el fuego consume a quienes torpemente se le 
acercan. En mil lugares, la Tierra produce plantas y 
frutos nocivos para el hombre, al paso que alimenta 
y consciente gran variedad de criaturas dañinas 
para él y mantiene en sus entrañas una legión de 
ponzoñas. Pero el más maligno de los elementos es 
de aquél sin el cual no podríamos vivir un momen- 
to; es imposible enumerar todos los males que reci- 
bimos del viento y del ambiente, y aunque la ma- 
yor parte de la humanidad se ha empeñado siempre 
en defender a la especie de la inclemencia del aire, 



ningún arte ni industria ha podido hasta ahora en- 
contrar algo que asegure contra la furia de ciertos 
meteoros. 



Es verdad que los huracanes sólo ocurren raras 
veces y que son pocos los hombres tragados por los 
terremotos o devorados por leones; pero, a la vez 
que escapamos de estas gigantescas catástrofes, nos 
acosan las pequeneces, i Qué gran variedad de in- 
sectos nos atormenta, que multitud de ellos nos in- 
sulta y juega con nosotros impunemente! No tie- 
nen el menor escrúpulo en pisotearnos y apacentar- 
se sobre nosotros como los rebaños en los prados. 
Y aun esto podría soportarse si se valieran modera- 
damente de su ventaja; pero también aquí nuestra 
clemencia se convierte en vicio, y tan encarnizada 
es su crueldad y su desprecio hacia nosotros por 
nuestra piedad, que hacen establos de nuestras ca- 
bezas y devorarían a nuestros pequeños si no es- 
tuviéramos velando diariamente por perseguirlos y 
destruirlos. 

Nada hay de bueno en todo el Universo para 
el hombre mejor intencionado, si por equivocación 
o ignorancia comete el mismo error en su uso. No 
hay inocencia ni integridad que puedan proteger 
al hombre del sin fin de males que le rodean. Por el 
contrario, todo lo que el arte y la experiencia no 
nos hayan enseñado a convertir en una bendición, 
es malo. Por eso, iqué diligente, en tiempo de cose- 
cha, se muestra el agricultor al recoger su mies y 
protegerla de la lluvia, sin lo cual nunca podría dis- 
frutarla! Así como las estaciones difieren con los 
climas, la experiencia nos ha enseñado a usarlas de 
manera diferente y en una parte del Globo veremos 
al labrador sembrar y en otra cosechar; todo lo cual 
nos muestra cuánto ha debido caminar esta tierra 
desde la caída de nuestros primeros padres. Porque 
si rastreáramos al hombre desde su hermoso, su di- 
vino origen, no lleno de orgullo por una sabiduría 
adquirida a través de arrogantes preceptos o tedio- 
sas experiencias, sino dotado de consumada ciencia 
desde el momento en que fue formado, quiero de- 
cir, en su estado de inocencia, ningún animal ni ve- 
getal sobre la tierra, ni mineral debajo de ella, eran 
nocivos para él y estaba al abrigo de los perjuicios 
del aire y demás daños y se satisfacía con las nece- 
sidades de la vida que le suministraba el planeta en 
que habitaba, sin su intervención. Cuando, todavía 
desconocedor de la culpa, se veía en todas partes 
obedecido y señor sin rival de todo, y sin afectarle 
su grandeza se extasiaba completamente en subli- 
mes meditaciones acerca de la infinitud de su Crea- 
dor, que diariamente condescendía a hablarle inte- 
ligiblemente y a visitarle sin dañarle. 



LA FÁBULA DE LAS ABEJAS 



8t 



En tal Edad de Oro, no pueden aducirse razo- 
nes ni probabilidades acerca de porqué la humani- 
dad se hubiese congregado en sociedades tan gran- 
des como han existido en el mundo, por lo menos, 
en tanto en cuanto tengamos razonable noticia de 
ello. Donde un hombre tiene todo lo que desea y 
nada que le irrite o inquiete, no hay cosa que pue- 
da agregarse a su felicidad; y es imposible mencio- 
nar un oficio, arte, ciencia, dignidad o empleo que, 
en semejante estado de beatitud, no resultara su- 
perfluo. Si seguimos esta línea de pensamiento ve- 
remos fácilmente que ninguna sociedad puede ha- 
ber surgido de las virtudes amables y las cualidades 
apreciables del hombre, sino, por el contrario, que 
todas ellas deben haberse originado en sus necesida- 
des, sus imperfecciones y sus variados apetitos; asi- 
mismo descubriremos que, cuanto más se desplie- 
guen su orgullo y vanidad y se amplíen todos sus 
deseos, más capaces serán de agruparse en socieda- 
des grandes y muy numerosas. 

Si el aire fuera tan inofensivo para nuestros 
cuerpos desnudos, y tan grato, como pensamos que 
lo es para la generalidad de las aves durante el buen 
tiempo, y si al hombre no afectaran tanto el orgu- 
llo, el lujo y la hipocresía, así como la lujuria, no 
puedo imaginar qué podía habernos incitado a in- 
ventar las ropas y las casas. Y no hablaré de las jo- 
yas, la plata, las pinturas, las esculturas, los mue- 
bles finos y todo lo que los moralistas rígidos til- 
dan de innecesario y superfluo. Porque, si no nos 
cansáramos tan pronto de andar a pie y fuéramos 
tan ágiles como algunos otros animales, si los hom- 
bres fuéramos naturalmente laboriosos y nada irra- 
zonables en la búsqueda y satisfacción de nuestras 
comodidades, y si al mismo tiempo careciéramos 
de otros vicios y el suelo fuera parejo, sólido y lim- 
pio, ¿quién habría pensado en los coches o se ha- 
bría aventurado a montar a caballo? ¿Qué necesi- 
dad tiene el delfín de un barco o en qué carruaje 
pediría viajar un águila? 

Confío en que el lector entienda que por so- 
ciedad quiero decir un cuerpo político en el cual el 
hombre, sometido por una fuerza superior o sacado 
del estado salvaje por la persuasión, se ha converti- 
do en un ser disciplinado, capaz de encontrar su 
propia finalidad en el trabajo por los demás, y en el 
cual, bajo un jefe y otra forma de gobierno, cada 
uno de ellos, mediante una sagaz dirección, se les 
hace actuar de consuno. Porque si por sociedad só- 
lo entendiéramos una cantidad de gente que, sin 
ley ni gobierno, se mantiene unida a causa de un 
natural afecto hacia su especie o por amor a la 
compañía, como un hato de vacas o una majada de 
ovejas, no existiría en el mundo criatura menos ap- 



ta para la vida en sociedad que el hombre: un cen- 
tenar de ellos que fueran todos iguales, sin sujeción 
ni miedo a nada superior sobre la tierra, no podrían 
estar juntos y despiertos dos horas sin reñir, y 
cuantos más conocimiento, fuerza, talento y coraje 
hubiera entre ellos, peor sería. 

Es probable que en el estado salvaje de la Na- 
turaleza, los padres mantengan cierta superioridad 
sobre sus hijos, por lo menos mientras conservan su 
vigor, y que aun después, el recuerdo de las expe- 
riencias de sus mayores produzca en éstos ese senti- 
miento, entre amor y miedo, que llamamos respe- 
to; también es probable que en la segunda genera- 
ción, siguiendo el ejemplo de la primera, un hom- 
bre, con un poco de habilidad, fuera capaz, mien- 
tras viviera y conservara claros sus sentidos, de 
mantener alguna influencia superior sobre su prole 
y sus descendientes, por numerosos que éstos llega- 
ran a ser. Pero, una vez muerto el viejo tronco, los 
hijos disputarían y ya no habría paz duradera antes 
de que estallara la guerra. La mayoridad entre her- 
manos no tiene gran fuerza y la preeminencia que 
se le ha dado es un invento, un recurso para vivir en 
paz. Como el hombre es un animal timorato y de 
naturaleza no rapaz, ama la paz y la tranquilidad y, 
si nadie le ofendiera y pudiera obtener sin lucha lo 
que desea, jamás pelearía. A esta condición timora- 
ta y a la aversión que le produce el ser molestado es 
que se deben todos los diversos proyectos y formas 
de gobierno. El primero fue, indudablemente, la 
monarquía. La aristocracia y la democracia fueron 
dos métodos distintos de remediar los inconvenien- 
tes de la primera, y la mezcla de estas tres es un 
progreso respecto de las demás. 

Pero seamos salvajes o estadistas, es imposible 
que el hombre, el simple hombre caído, pueda ac- 
tuar con otro objetivo que el de satisfacerse a sí 
mismo mientras pueda usar de sus órganos, y la ma- 
yor de las extravagancias, tanto de amor como de 
desesperación, no puede tener otro centro. En cier- 
to sentido no hay diferencia entre voluntad y pla- 
cer y cada movimiento que se haga a pesar de ellos 
debe ser antinatural y convulsivo. Siendo, pues tan 
limitada la acción, y puesto que siempre nos vemos 
forzados a hacer lo que nos place, y, al propio 
tiempo, nuestro pensamiento es libre e incoercible, 
es imposible que seamos criaturas sociables sin hi- 
pocresía. La prueba de esto es sencilla: toda vez 
que no podemos impedir que las ideas emerjan con- 
tinuamente dentro de nosotros, toda relación civi- 
lizada se perdería si, por medio del arte y el pru- 
dente disimulo, no hubiésemos aprendido a ocul- 
tarlas y sofocarlas; y si todo lo que pensamos hu- 
biera de disponerse abiertamente a los demás como 



82 



BERNARD MANDEVILLE 



a nosotros mismos, sería imposible que, estando 
dotados de la palabra, pudiéramos soportarnos los 
unos a los otros. Estoy persuadido de que cada lec- 
tor siente la verdad de lo que digo y declaro a mi 
antagonista que, mientras su lengua se dispone a re- 
futarme, se le sale a la cara la conciencia. En todas 
las sociedades civiles se enseña insensiblemente a 
los hombre a ser hipócritas desde la cuna y nadie se 
atreve a confesar lo que gana con las calamidades 
públicas o aun con las pérdidas de las personas par- 
ticulares. Al sepulturero le lapidarían si osara de- 
sear abiertamente la muerte de los feligreses, aun- 
que todos sepan que vive de eso y no de otra cosa. 

Para mí es un placer, cuando considero las ac- 
tividades de la vida humana, contemplar cuan varia- 
das y, a menudo, extrañamente opuestas son las 
formas con que las esperanzas de las ganancias y los 
pensamientos de lucro moldean a los hombres, se- 
gún sus diferentes empleos y la posiciones que ocu- 
pen. ¡Qué risueños y alegres se ven todos los sem- 
blantes en un baile bien organizado y qué solemne 
tristeza se observa en la mascarada de un funeral! 
Pero el empresario de pompas fúnebres está tan 
contento de sus ganancias como el maestro de baile 
de las suyas, ambos están igualmente cansados de 
sus respectivas ocupaciones y es tan forzado el re- 
gocijo del uno como afectada la gravedad del otro. 
Los que no hayan prestado atención a la conversa- 
ción de un apuesto mercero con una joven dienta 
que acude a su tienda, han perdido una de las esce- 
nas más entretenidas de su vida. Pido a mi serio lec- 
tor que, por un momento, aminore un poco su cir- 
cunspección y soporte el examen que voy a hacer 
de estas dos personas por separado, en relación con 
su intimidad y los motivos diversos que las mueven 
a actuar. 

El negocio de él consiste en vender toda la se- 
da que pueda a un precio con el cual gane lo que 
considera razonable con arreglo al provecho habi- 
tual en este comercio. En cuanto a la dama, lo que 
procura es satisfacer su capricho y pagar por una 
vara cuatro o seis peniques menos del precio a que 
suelen venderse los géneros que desea. Por la impre- 
sión que la galantería que de nuestro sexo le hace, 
se imagina (si no es muy deforme) que tiene rostro 
bonito, modales agradables y voz especialmente 
dulce, que es guapa y, si no una verdadera beldad, 
por lo menos más atractiva que la mayoría de las 
jóvenes que conoce. Como no tiene más pretensio- 
nes de comprar las mismas cosas por menos dinero 
que otros, que las que le procuren sus buenas pren- 
das, trata de desplegar lo más ventajosamente posi- 
ble su ingenio y discreción. Los pensamientos de 
amor no hacen al caso, de suerte que, por una par- 



te, no tiene por que mostrarse tirana ni darse aires 
severos o displicentes, y por la otra, tiene mayor li- 
bertad de aparecer simpática y hablar afablemente 
que en casi cualquier otra ocasión. Sabiendo que a 
la tienda acude mucha gente bien educada, se es- 
fuerza por ser tan amable como permiten la virtud 
y las reglas de la decencia. Dispuesta a conducirse 
de tal manera no habrá nada que pueda descompo- 
ner su humor. 

Antes de que su coche se haya detenido com- 
pletamente, se le acerca un hombre muy caballeres- 
co, muy pulcro y elegante en todos sus detalles, el 
cual le rendirá homenaje con una profunda reveren- 
cia y, tan pronto ella dá a conocer su propósito de 
entrar, la conducirá al interior de la tienda y, sepa- 
rándose de ella, atravesará un pasadizo visible sólo 
un instante y reparecerá en seguida atrincherado 
detrás del mostrador; desde allí enfrentado a la da- 
ma, con mucha cortesía y frase adecuada le rogará 
que le haga saber sus deseos. Diga y critique lo que 
le plugiere, nunca será directamente contradicha: 
trata con un hombre para quien una paciencia con- 
sumada es uno de los secretos de su oficio y, por 
muchas que sean las molestias que cause, ella tiene 
la seguridad de no oír sino el más comedido de los 
lenguajes y de tener ante sí un semblante siempre 
risueño, en el cual la alegría y el respeto parecen 
combinarse con el buen talante, formando con to- 
do ello una serenidad artificial más atrayente que la 
que pueda producir una naturaleza sin cultivar. 

Cuando dos personas armonizan tan biei, la 
conversación ha de ser muy agradable y sumamente 
cortés, aunque sólo se hable de fruslerías. Mientras 
ella sigue indecisa en su elección, él parece encon- 
trarse de la misma manera para aconsejarla y es 
muy cauto para guiarla en sus preferencias; pero, 
una vez que ella toma una decisión definitiva, que- 
da inmediantamente de acuerdo en que aquello es 
lo mejor del surtido, alaba su gusto y afirma que 
cuanto más contempla el género elegido, más se 
asombra de no haber advertido antes la superiori- 
dad que tiene sobre las demás cosas de su tienda. 
Por preceptiva, ejemplo y gran aplicación, él ha 
aprendido a deslizarse inadvertido en los más re- 
cónditos escondrijos del alma, a sondear la capaci- 
dad de sus clientes y a encontrarles el lado flaco 
desconocido por ellos mismos; por todo lo cual co- 
noce otras cincuenta estratagemas para hacer que 
ella sobrestime su propio juicio y también el artícu- 
lo que ha de comprar. La mayor ventaja que él lle- 
ne sobre ella consiste en la parte más material del 
trato entre ambos, el debate acerca del precio, que 
él conoce al dedillo y ella ignora completamente; 
por tanto, es ahí donde mejor puede él imponerse a 



LA FÁBULA DE LAS ABEJAS 



83 



la comprensión de ella; y aunque, en este aspecto, 
él tenga la libertad de decir cuantas mentiras le 
plazcan acerca del costo original y el dinero que ha 
desperdiciado, no confia solamente en esto, sino 
que, explotando la vanidad femenina, le hace creer 
las cosas más fantásticas acerca de la debilidad de él 
y la capacidad superior de ella. Le dice que había 
tomado la determinación de no desprenderse de 
esa pieza por semejante precio, pero que ella tiene 
el poder de persuadirlo a enajenar sus mercancías 
más que ningún otro de sus conH>radores; protesta 
que pierde en la seda, pero que, viendo la ilusión 
que a ella le hace, y que no está dispuesta a pagar 
más, antes de desairar a una dama a quien tiene en 
tan alto aprecio prefiere cedérsela, rogándole sola- 
mente que otra vez no sea tan dura con él. Mien- 
tras, la compradora, que sabe que no es tonta y que 
tiene una lengua voluble, se deja fácilmente persua- 
dir de que su manera de hablar es irresistible y con- 
siderando de buena educación no dar importancia a 
su mérito, devuelve el cumplido con alguna inge- 
niosa réplica, mientras que él la hace tragarse con 
gran contento la sustancia de todo lo que le dice. 
El resultado final es que, con la satisfacción de ha- 
berse ahorrado nueve peniques por vara, la dama ha 
comprado la seda exactamente al mismo precio que 
pudiera haberlo hecho cualquier otra, y quizá dan- 
do seis peniques más de lo que el mercero habn'a 
aceptado para no quedarse sin venderla. 

Es posible que la misma señora, por no haber 
sido adulada lo bastante, por cualquier falta que 
haya tenido encontrarse en el proceder de él, o tal 
vez por la manera que éste tiene de anudarse la cor- 
bata o por algún otro desagrado igualmente trivial, 
se pierda como dienta y su compra vaya a favore- 
cer a otro del mismo gremio. Pero donde muchos 
de ellos viven arracimados, no siempre es fácil deci- 
dir a cuál tienda acudir y las razones que encuen- 
tran algunos representantes del bello sexo para jus- 
tificar su elección suelen ser muy caprichosas y se 
guardan en profundo secreto. Nunca seguimos 
nuestras inclinaciones con mayor libertad que 
cuando sabemos que no se pueden adivinar y que 
no es razonable que los demás puedan barruntar- 
las. Por ejemplo, una mujer virtuosa ha preferido a 
uno determinado entre todos los comercios, por- 
que cuando se dirigía a la iglesia de San Pablo, sin 
intención de hacer compras, recibió delante de la 
tienda más cortesías de las que en ninguna otra 
ocasión se le hubieran dedicado; porque, entre los 
merceros elegantes, el buen comerciante ha de po- 
nerse delante de su puerta y, para hacer entrar a los 
clientes casuales, no valerse de más atrevimiento ni 
ardid que adoptar una aire obsequioso y una postu- 
ra sumisa, y quizá una breve reverencia para toda 



mujer bien vestida que amague mirar a su escapa- 
rate. 

Esto que acabo de decir me hace pensar en 
otro método de atraer parroquianos, totalmente 
distinto del que he referido, que es el que ponen en 
práctica los barqueros, especialmente aquellos que, 
por su facha y atavío, se denuncian como rústicos. 
No deja de ser divertido ver que media docena de 
individuos rodean a un hombre al que no han visto 
en su vida, los dos que están más cerca le palmean 
y le pasan el brazo en torno al cuello, abrazándole 
tan cariñosamente y familiarmente como si se tra- 
tara de un hermano querido que regresara de las In- 
dias Orientales, un tercero se apodera de su mano, 
otro de la manga de la chaqueta, de los botones o 
de cualquier otra cosa que pueda alcanzar, mientras 
un quinto o un sexto, que ya le ha rondado varias 
veces sin poder acercársele, se planta directamente 
en frente de la víctima y, a tres pulgadas de su na- 
riz, con gran indignación de sus competidores, lan- 
za un grito clamoroso y pone en descubierto una 
horrible dentadura de grandes dientes, en la que to- 
davía se ven los restos del pan y el queso que esta- 
ba masticando y que la llegada del campesino le im- 
pidió tragar. 

Todo esto resulta ofensivo y el aldeano piensa, 
con razón, que es muy bien recibido; por tanto, le- 
jos de defenderse, soporta pacientemente que le 
zangoloteen hacia donde le lleve la fuerza de quie- 
nes le rodean. Carece de delicadeza suficiente para 
que le resulte desagradable el aliento de un hombr: 
que acaba de apagar su pipa o el olor que emana 
del pelo graciento de una cabeza que se restriega 
contra sus mandiljulas, está acostumbrado desde la 
una docena de personas, alguna de ellas, junto a sus 
propios oídos, y la más alejada, no más allá de cinco 
pies de su persona, gritar como si se encontraran a 
cien varas de distancia: sabe que él mismo no hace 
menos ruido cuando está alegre y, en el fondo, le 
agradan estos hábitos turbulentos. Los alaridos y el 
verse empujado de aquí para allá tienen para él un 
significado muy claro: son cortesías que él puede 
sentir y comprender; agradece la estima que le de- 
muestran, le halaga no pasar inadvertido y admira 
el afán con que los londinenses le ofrecen sus servi- 
cios por tres peniques o menos, mientras que allá 
en la tienda del pueblo, cuando va a comprar algo, 
no puede obtenerlo hasta no decir lo que quiere, y 
aunque muestre tres o cuatro chelines juntos ape- 
nas se le dirige la palabra, a menos que sea en res- 
puesta a una pregunta que él forzosamente haya 
hecho primero. Esta presteza en obsequio de él le 
conmueve y, deseoso de no ofender a nadie, se afli- 
ge por no saber a quién elegir. He visto a un hom- 



84 



BERNARD MANDEVILLE 



bre pensar todo esto, o algo por el estilo, con la 
misma claridad con que vei'a la nariz en su cara, y 
al propio tiempo echar a andar muy tranquilo 
arrastrando tras de si' un montón de barqueros y, 
con semblante risueño, transportar siete u ocho 
arrobas más de su propio peso al embarcadero. 

Si el regocijo que he demostrado al diseñar es- 
tas dos imágenes de la vida parece indigno de mí, 
pido disculpas, pero prometo no reincidir en esa 
falta y proseguir ahora, sin más dilación, exponien- 
do mi argumento con naturalidad llana y sin artifi- 
cio, para demostrar el gran error de los que imagi- 
nan que las virtudes sociales y las cualidades ama- 
bles que tan dignas de elogio son entre nosotros re- 
sultan bienhechoras para el público como lo son 
para las personas particulares, y que los medios de 
prosperar y todo lo que contribuya al bienestar y a 
la verdadera felicidad de las familias ha de surtir los 
mismos efectos en el conjunto de la sociedad. Con- 
fieso que esto es lo que he venido haciendo todo el 
tiempo y creo, en la alabanza mi'a, que no sin éxi- 
to; pero confio en que nadie aprecie menos el pro- 
blema por verlo demostrado de más de una manera. 

Es cierto que, cuantos menos deseos tiene un 
hombre y menos codicia posea, más contento está 
consigo mismo; que cuando más activo es para pro- 
veer sus necesidades y menos servicio necesita, es 
más amado y ocasiona menos molestias a la fami- 
lia; que cuando más aprecie la paz y la concordia, 
cuanto mayor sea su caridad para con su vecino y 
cuanto más brille por la verdadera virtud, no caben 
dudas de que en las mismas proporciones será acep- 
table para Dios y para los hombres. Pero, seamos 
justos: ¿cuál puede ser la utilidad de estas cosas o 
cuál el bien terrenal que aportan para aumentar la 
riqueza, la gloria y la grandeza de las naciones en el 
mundo? El cortesano sensual que no pone limites a 
su lujo; la ramera veleidosa que inventa nuevas mo- 
das cada semana; la altanera duquesa que se desvive 
por imitar los carruajes, las diversiones y las cos- 
tumbres todas de una princesa; el libertino rumbo- 
so y el heredero derrochador, que desparrama su 
dinero sin juicio ni sentido, que compran todo lo 
que ven para luego destruirlo o regalarlo al día si- 
guiente; el villano codicioso y perjuro que exprime 
inmensas riquezas de las lágrimas de las viudas y los 
huérfanos, legando después su dinero a los pródigos 
para que los gasten: éstos son la presa y el alimento 
adecuado para un Leviatán en pleno desarrollo; o, 
en otras palabras, es tal la calamitosa condición de 
las cuestiones humanas, que tenemos necesidad de 
las plagas y monstruos que he nombrado para poder 
lograr se realicen todos los trabajos que el ingenio 
de los hombres es capaz de inventar para procurar 



medios de vida honrados a las grandes multitudes 
de trabajadores pobres que se requieren para hacer 
una gran sociedad; y es necedad pretender que sin 
ellos puedan existir naciones grandes y ricas que 
sean al mismo tiempo poderosas y cultas. 

Protesto contra el papismo tanto como lo hi- 
cieron Lutero y Caivino, o la misma reina Isabel, 
pero creo de todo corazón que la Reforma no ha 
sido más eficaz para hacer que los reinos y Estados 
que la abrazaron fueran más florecientes que otras 
naciones, que la necia y caprichosa invención de 
las enaguas de crinolina y afelpadas. Pero si nega- 
ran esto mis enemigos del poder sacerdotal, me 
queda por lo menos la seguridad, exceptuando a los 
grandes hombres que lucharon en pro y en contra 
de la bendición de aquel laico, desde su principio 
hasta hoy, que ese poder no ha empleado tantas, 
manos, manos honradas, industriosas y trabajado- 
ras, como empleó en pocos años ese abominable 
progreso en el lujo femenino que acabo de nom- 
brar. La religión es una cosa y el comercio esotra. 
El que más inquieta a millares de sus prójimos e in- 
venta las manufacturas más elaboradas es, con ra- 
zón o sin ella, el mejor amigo de la sociedad. 

¡Qué ajetreo ha de producirse en varias partes 
del mundo para fabricar una buena tela escarlata o 
carmesí'! iQué variedad de oficios y artesanías con- 
curren! No sólo los obvios, como los cardadores, 
hilanderos, tejedores, bataneros, tintoreros, secado- 
res, dibujantes y empacadores, sino también otros 
que están más alejados y parecen ajenos a este fin, 
como el constructor de molinos, el tonelero y el 
químico, los cuales, sin embargo, son tan necesa- 
rios como una gran cantidad de otros oficios indis- 
pensables para producir las herramientas, utensilios 
y otros enseres propios de las industrias nombra- 
das; pero todas estas cosas se hacen en el país, sin 
fatigas ni peligros extraordinarios; las perspectivas 
más estremecedoras quedan rezagadas cuando re- 
flexionamos en los trabajos y los azares que hay 
que soportar en el extranjero, los vastos mares que 
es necesario cruzar los climas distintos que sopor- 
tar y las muchas naciones cuya ayuda debemos 
agradecer. Verdad es que España sola puede sumi- 
nistrarnos la lana para hacer las telas más finas; pe- 
ro, ¡qué destreza y qué fatigas, cuántas experien- 
cias e ingenio se precisan para teñirlas de colores 
tan bellos! iCuán ampliamente dispersos por el 
universo están las drogas y otros ingredientes que 
han de reunirse en una sola marmita! Alumbre, des- 
de luego, tenemos nosotros; el tártaro podemos 
traerlo del Rin y el vitriolo de Hungría: todo esto 
está en Europa; pero después, para poder disponer 
de nitrato de calidad, nos vemos obligados a ir na- 



LA FÁBULA DE LAS ABEJAS 



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da menos que hasta las Indias Orientales. La cochi- 
nilla, que los antiguos desconocían, no está mucho 
más cerca de nosotros, aunque en otra parte com- 
pletamente distinta; y si bien es cierto que nosotros 
se la compramos a los españoles, como no es un 
producto nacional de ellos, el proporcionárnosla 
les cuesta Ir a buscarla a las Indias Occidentales, uno 
de los rincones más remotos del Nuevo Mundo. 
Mientras muchos marineros se tuestan ai sol y ar- 
den de calor al Este y el Oeste de nosotros, otro 
conjunto de ellos se hiela en el Norte, para traer- 
nos el potasio de Rusia. 

Una vez enterados acabadamente de la gran 
variedad de esfuerzos y trabajos, de penalidades y 
calamidades que es necesario soportar para alcanzar 
el fin de que estoy hablando, y cuando considera- 
mos los grandes riesgos y peligros que se corren en 
estos viajes, y que son pocos los que llegan a reali- 
zarlos sin exponer, no solamente su salud y bienes- 
tar, sino también la vida, que muchos dejan en la 
empresa; cuando nos damos cabal cuenta de todo 
esto, digo, y reflexionamos debidamente sobre las 
cosas que menciono, apenas parece posible conce- 
bir que pueda existir un tirano tan inhumano y ca- 
rente de vergüenza que, mirando los hechos desde 
la misma perspectiva, sea capaz de exigir servicios 
tan terribles a sus inocentes esclavos, y al mismo 
tiempo se atreva a confesar que para ello no le 
mueve otra razón que la satisfacción que propor- 
ciona el tener una prenda de tela escarlata o carme- 
si'. Pero, entonces, la qué alturas de lujo habrá de 
llegar una nación para que no sólo los funcionarios 
del rey, sino también sus guardias y aun ios solda- 
dos rasos puedan abrigar deseos tan impúdicos! 

Pero cambiando la perspectiva y considerando 
a todos estos trabajos como otras tantas acciones 
deliberadas, propias de las diversas profesiones y 
oficios que los hombres aprenden para ganarse la 
vida, y en las que cada cual, aunque parezca que 
trabaja para los demás, en realidad lo hace para si' 
mismo; si tenemos en cuenta que aun los marineros 
que aguantan las mayores penalidades, tan pronto 
como han concluido el viaje, y aun después de un 
naufragio, buscan y solicitan afanosos otro barco; 
si consideramos, digo, y miramos estas cosas desde 
otro ángulo, descubriremos que, para el pobre, el 
trabajo está lejos de ser una carga y una imposi- 
ción; que tener un empleo es una bendición por la 
que ruegan al Cielo, y el procurar ocupación para 
la mayor parte posible de ellos ha de ser la tarea 
más importante de toda Legislatura. 

Asi' como los muchachos y aun los niños pe- 
queños remedan a los demás, los jóvenes experi- 



mentan el ardiente deseo de hacerse hombres y mu- 
jeres y suelen caer en el ridículo con sus impacien- 
tes esfuerzos por aparentar lo que todo el mundo 
ve que no son; no poco es lo que deben todas las 
grandes sociedades a esta necedad, para la perpe- 
tuación o, al menos, la prolongada continuidad de 
los oficios establecidos. iCuantas penas sufre la 
gente joven y qué violencias se infligen pafa llegar 
a alguna insignificante y a menudo culpable cualifi- 
cación que, por falta de juicio y experiencia, admi- 
ran en otros que les superan en edad! Este gusto 
por la imitación es el que hace que poco a poco se 
acostumbren al uso de cosas que al principio les re- 
sultaron tediosas, cuando no intolerables, hasta el 
punto de que llegan a no poder pasarse sin ellas, la- 
mentando el haber incrementado irreflexivamente 
y sin que fuera menester, las necesidades de la vida. 
¡Qué haciendas se han forjado con el té y el café! 
¡Qué inmenso tráfico se realiza, qué variedad de 
trabajos se practican en el mundo, para sosteni- 
miento de millares de familias que dependen en su 
conjunto de dos costumbres tontas, por no llamar- 
las odiosas, puesto que es seguro que ambas hacen 
infinitamente más mal que bien a quienes son adic- 
tos, como son el rapé y el tabaco! Iré más lejos y 
demostraré lo útiles que son para el público las pér- 
didas y desgracias particulares, asi' como la necedad 
de nuestros deseos cuando pretendemos ser muy 
prudentes y serios. El incendio de Londres fue una 
gran calamidad; pero si los carpinteros, albañiles, 
herreros y demás, no solamente los empleados en la 
construcción, sino también los que fabrican y trafi- 
can las mismas manufacturas y otras mercancías 
que se quemaron, además de las industrias que lu- 
craban con ellas cuando estaban en su apogeo, vo- 
taran por un lado y los que sufrieron pérdidas por 
el fuego por otro, el número de regocijados sería 
igual, si no mayor, que el de quejosos. En reponer 
lo que se pierde y destruye por el fuego, las borras- 
cas, los combates navales, los sitios y las batallas, 
consiste una gran parte del movimiento mercantil, 
la verdad de los cual y de todo lo que he dicho 
acerca de la naturaleza de la sociedad quedará ple- 
namente demostrada con lo que sigue. 

Enumerar todas las ventajas y los variados be- 
neficios que recibe una nación por parte de la ma- 
rina mercante y la navegación sería tarea difícil; 
pero si nos limitamos a tomar en consideración las 
embarcaciones como tales, todas las naves grandes 
y pequeñas que se emplean para el transporte por 
agua, desde la última chalana hasta el buque de 
guerra de primera clase, la madera y la mano de 
obra que se aplica a su construcción, la brea, el al- 
quitrán, la resina y la grasa, los mástiles, vergas, ve- 
las y cordaje, la variedad de trabajos de forja, los 



86 



BERNARD MANDEVILLE 



cables, remos y demás cosas que se les relacionan, 
veremos que solamente el proveer a una nación co- 
mo la nuestra de todas estas necesidades representa 
una parte considerable del tráfico de Europa, si ha- 
blar de provisiones y bastimentos de todas clases 
que en ellos se consumen, ni de los marineros, esti- 
badores y otros, que ¡unto con sus familias viven de 
estas industrias. 

Pero si, por otra parte, examinamos los múlti- 
ples daños y la variedad de males, tanto naturales 
como morales, que aquejan a las naciones a causa 
de la navegación y el comercio con los países ex- 
tranjeros, la perspectiva es aterradora. Y si pudiéra- 
mos imaginar una isla grande y populosa, que igno- 
rara absolutamente todo lo que se refiere a los bu- 
ques y el tráfico marítimo, pero que la mismo 
tiempo fuera un pueblo juicioso y bien gobernado, 
al cual un ángel o su propio genio le pusiera ante 
los ojos un esquema o diseño en el que pudiera ver, 
por un lado, todas las riquezas y las grandes venta- 
jas que en mil años adquiriría por medio de la nave- 
gación, y por el otro las riquezas y las vidas que se 
perderían, junto con todas las demás calamidades 
que inevitablemente sufrirían a causa de ella duran- 
te el mismo lapso, estoy seguro de que abomina- 
rían a los barcos y los considerarían con horror y 
que sus prudentes gobernantes prohibirían severa- 
mente la construcción e invención de cualquier ar- 
tefacto o maquinaria para echarse a la mar, cual- 
quiera fuere su forma o su nombre, y sancionarían 
cualquier abominable plan de este género con gran- 
des castigos, incluso con la pena de muerte. 

Pero prescindiendo de las consecuencias nece- 
sarias del comercio exterior, como son la corrup- 
ción de las constumbre, las plagas, la sífilis y otras 
enfermedades que nos trae la navegación, si tomá- 
ramos solamente en cuenta lo que pueda imputar- 
se al viento o al estado atmosférico, a la perfidia de 
los mares, al hielo del Norte, a las sabandijas del 
Sur, a la oscuridad de las noches y a la insalubridad 
de los climas, o bien a la escasez de provisiones ade- 
cuadas y a las deficiencias de los marineros, la im- 
pericia en unos y la negligencia y la embriaguez en 
otros, y si nos parásemos a pensar en la pérdida de 
hombres y en los tesoros tragados por las profun- 
didades, en las lágrimas y penurias de viudas y 
huérfanos del mar, en la ruina de los comerciantes 
y sus naturales consecuencias, en la continua an- 
siedad en que viven padres y esposas por la seguri- 
dad de sus hijos y maridos, sin olvidar los muchos 
tormentos y angustias a que están sujetos en una 
nación mercantil los armadores y aseguradores ante 
cada ráfaga de viento; si dirigimos la mirada, digo, a 
todas estas cosas, examinándolas con la debida 



atención y dándoles la importancia que se merecen, 
¿no causaría asombro ver cómo una nación de per- 
sonas bien pensantes puede hablar de sus barcos y 
de su navegación como de una bendición que le ha 
sido especialmente concedida, considerando una 
felicidad extraordinaria el tener dispersas por todo 
el ancho mundo una infinidad de embarcaciones, 
unas que van a todas partes del globo y otras que 
regresan a ellas? 

Pero, tomadas estas cosas en consideración, li- 
mitándonos a lo que sufren los barcos mismos, las 
embarcaciones en sí con sus aparejos y equipos, sin 
pensar en la carga que lleven ni en los hombres que 
los tripulan, y veremos que los daños causados so- 
lamente en este aspecto son considerables y que, 
un año con otro, alcanzan gruesas sumas; los bar- 
cos que zozobran en el mar, unos solamente por la 
fieriza de las tempestades y otros por éstas y por la 
falta de pilotos experimentados y prácticos en las 
costas, que se estrellan contra las rocas o se los tra- 
gan las arenas; los mástiles que el viento derriba o 
que hay que cortar y arrojar por la borda; las ver- 
gas, velas y jarcias de distintos tamaños que rom- 
pen las borrascas y las anclas que se pierden; añadi- 
do a esto las reparaciones necesarias de las brechas 
que se abren y otras averías provocadas por la furia 
de los vientos y la violencia de lasólas, los muchos 
buques que se incendian por descuidos o por conse- 
cuencia de los licores fuertes, a los cuales nadie es 
más adicto que los marineros; los climas insalubres 
unas veces, y otras la deficiencia de las provisiones 
ocasionan enfermedades fatales que barren a la ma- 
yor parte de la tripulación y no pocos barcos se 
pierden por falta de marineros. 

Todas éstas son calamidades inseparables de la 
navegación y, aparentemente, los grandes impedi- 
mentos que obstaculizan las ruedas del comercio 
extranjero. iCuán feliz se consideraría un comer- 
ciante si sus barcos navegaran siempre con buen 
tiempo, si el viento soplara a la medida de sus de- 
seos y si cada marinero a su servicio, desde el más 
encumbrado al más humilde, fuera un navegante 
experimentado y hombre sobrio y bueno! Si tal 
felicidad se consiguiera con rezos, ¿qué armador de 
esta isla, o qué mercader de Europa y aun de todo 
el mundo no se pasaría el día entero importunando 
al Cielo para obtener una bendición semejante, sin 
tener en cuenta el detrimento que pudiera causar a 
otros? Es cierto que una petición de este tipo sería 
sumamente injusta, pero, ¿dónde está el hombre 
que no piense que le asiste todo el derecho de for- 
mularla? Por tanto, como todos pretenden tener 
igual acceso a estos favores, supongamos, sin entrar 
a considerar la imposibilidad de su realización, que 



LA FÁBULA DE LAS ABEJAS 



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SUS ruegos fueran escuchados y sus deseos satisfe- 
chos, para después examinar los resultados de esa 
felicidad. 

Los barcos debieran durar tanto como las ca- 
sas de madera, pues su construcción es tan recia 
como la de éstas, las cuales están expuestas a sufrir 
los ventarrones y otras borrascas, cosa que, supone- 
mos, no afectaría a los primeros. De suerte que, an- 
tes de que existiera verdadera necesidad de barcos 
nuevos, los armadores que ahora están en actividad 
y todos los que trabajan a sus órdenes podrían mo- 
rir de muerte natural, si no perecen de hambre o te- 
ner otro fin prematuro; porque, en primer lugar, 
todos los buques dispondrían de vientos favorables, 
nunca tendrían que esperar a que soplaran, y así 
harían viajes rápidos, tanto de ida como de vuelta; 
en segundo término, el mar no estropearía las mer- 
cancías, ni habría nunca que echarlas al agua por el 
mal tiempo, y los cargamentos enteros arribarían 
siempre salvos a tierra; y, finalmente, como conse- 
cuencia de esto, las tres cuartas partes de los merca- 
deres establecidos resultarían superfluos por el mo- 
mento y la misma cantidad de barcos que existe 
ahora en el mundo serviría durante largos años. 
Mástiles y vergas durarían tanto como las mismas 
naves y no tendríamos necesidad, por mucho tiem- 
po, de molestar a Noruega en este aspecto. Es cier- 
to que las velas y el cordaje de las pocas embarca- 
ciones en uso se gastarían, pero ni siquiera con la 
cuarta parte de la rapidez que ahora, toda vez que 
en una hora de tormenta suelen sufrir más que en 
diez días de bonanza. 

Casi no habría ocasión de usar anclas y cala- 
brotes, y cada uno de ellos podría resistir tanto co- 
mo el barco; así que sólo estos artículos brindarían 
muchos tediosos días de descanso a ancoreros y 
cordelerías. Esta falta general de consumo ejerce- 
ría tal influencia en los tratantes de maderas y en 
todos los que importan hierro, lona, cáñamo, brea, 
alquitrán, etc., que cuatro partes de las cinco que 
indiqué al principio de estas reflexiones sobre las 
cuestiones marítimas, que constituyen una rama 
considerable del tráfico de Europa, se perderían 
por completo. 

Hasta ahora no he hecho más que indicar las 
consecuencias que esta bendición produciría sobre 
la marina mercante, pero sería igualmente perjudi- 
cial Dará todas las demás ramas del comercio y des- 
tructiva para los pobres de cualquier país que ex- 
porte cualquier cosa de sus productos o manufac- 
turas. Los géneros y mercancías que anualmente 
se hunden, que se deterioran en el mar a causa del 
agua salada o de los gusanos, que el fuego destru- 



ye o que el comerciante pierde por otros diversos 
accidentes, debidos a las tormentas, a los viajes 
excesivamente largos o a la negligencia o la rapaci- 
dad de los marineros, estos artículos y mercaderías, 
digo, son una parte considerable de lo que cada año 
se envía a todas partes del mundo y, para que pue- 
dan ser puestos a bordo es necesario emplear a una 
multitud de pobres. Un centenar de fardos de paño 
que se queman o hunden en el mediterráneo son 
tan provechosos para el pobre de Inglaterra como si 
hubiesen llegado felizmente a Esmirna o Alepo y se 
vendiera al por menor hasta la última vara de ellos 
en los dominios del Gran Turco. 

Podrá arruinarse el mercader y, junto con él, 
pueden sufrir el tejedor, el tintorero, el embalador 
y otros menestrales, la gente mediana; pero el po- 
bre que pudo encontrar trabajo a causa de tal per- 
cance nunca perderá. Los jornaleros, por lo general, 
reciben su paga semanalmente y todos los trabaja- 
dores empleados en cualquiera de las ramas de la 
manufactura o en los diversos transportes terrestres 
y acuáticos que se requieren hasta que se alcanza 
la perfección, desde el lomo de la oveja hasta que 
entra en el barco, han recibido su jornal, por lo me- 
nos la mayor parte de ellos, antes de que el fardo 
llegue a bordo. Si alguno de mis lectores sacara 
conclusiones in infinituní de mi afirmación de que 
los géneros hundidos o quemados son tan benefi- 
ciosos para el pobre como si se vendieran bien y se 
aplicaran a los usos adecuados, le tendré por un ca- 
viloso que no merece respuesta. Si lloviera constan- 
temente y nunca saliera el sol, los frutos de la tierra 
pronto se pudrirían y se destruirían; sin embargo, 
no es paradójico afirmar que, para tener hierba o 
maíz, la lluvia es tan necesaria como el brillo del 
sol. 

Cómo afectaría esta bendición del buen tiem- 
po y los vientos bonancibles a los mismos marine- 
ros y a la casta de los navegantes es algo que puede 
conjeturarse fácilmente por lo ya dicho. Como de 
cada cuatro buques sólo se usaría uno y las propias 
naves estarían libres de tempestades, se necesitarían 
menos hombres para tripularlas y, en consecuencia, 
podría prescindirse de cinco de cada seis marineros, 
lo cual en esta nación en que están saturados la ma- 
yor parte de los empleos para los pobres, consti- 
tuiría un artículo enfadoso. Una vez extinguidos 
los marineros superfluos, sería imposible tripular 
flotas tan grandes como podemos dotar actualmen- 
te; pero a esto no lo considero un detrimento, ni 
me parece que sea un inconveniente, toda vez que, 
al ser general en todo el mundo la reducción del 
número de marinos, la única consecuencia sería 
que, en caso de guerra, las potencias marítimas se 
verían obligadas a batallar con menos barcos, lo 



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BERNARD MANDEVILLE 



cual sería una dicha y no un mal; y si queréis llevar 
esta felicidad al más alto grado de perfección, no 
hay sino añadir otra bendición deseable, y ya nin- 
guna nación pelearía; la bendición a que me refiero 
es la que todo buen cristiano está obligado a implo- 
rar, es decir, que todos los príncipes y Estados sean 
fieles a sus juramentos y promesas, que tengan ma- 
yor consideración por los dictados de la conciencia 
y la religión que por los de la política y la sabiduría 
mundana, y que prefieran el bienestar espiritual de 
los demás a sus propios deseos carnales, y la honra- 
dez, la seguridad, la paz y la tranquilidad de las na- 
ciones que gobiernan a su propio amor por la glo- 
ria, la vengatividad, la avaricia y la ambición. 

Este último párrafo parecerá a muchos una 
digresión que poco tiene que ver con mi propósi- 
to; pero lo que he querido demostrar con esto es 
que la bondad, la integridad y el natural apacible 
de los legisladores y gobernantes no son las cualida- 
des más apropiadas para engrandecer las naciones 
y aumentar su riqueza; ni más ni menos que la 
ininterrrumpida de éxitos con que pudiera verse 
agraciada cualquier persona en particular sería, co- 
mo he demostrado, perjudicial y destructiva para 
una gran sociedad cuya felicidad fuera la grandeza 
en el mundo, el ser envidiada por sus vecinos y el 
valorarse por su honor y su fuerza. 

Nadie necesita defenderse de las bendiciones, 
pero para evitar calamidades se precisan manos. Las 
cualidades apreciables del hombre no ponen en mo- 
vimiento a ningún miembro de la especie: la honra- 
dez, el amor a la compañía, la bondad, el contento 
y la frugalidada son ventajosos para una sociedad 
indolente y cuanto más reales y menos afectados 
sean, más contribuirán a mantener la paz y la tran- 
quilidad y más fácilmente impedirán en todas par- 
tes los trastornos y aun el movimiento mismo. Casi 
otro tanto puede decirse que los dones y munifi- 
cencia del Cielo y de las mercedes y beneficios de 
la Naturaleza, pues es indudable que, cuanto más 
generales y abundantes sean, más trabajo nos aho- 
rraremos. Pero las necesidades, los vicios y las im- 
perfecciones del hombre, junto con las diversas in- 
clemencias del aire y de otros elementos, son los 
que contienen las semillas del arte, la industria y el 
trabajo: son el calor y el frío extremados, la in- 
constancia y el rigor de las estaciones, la violencia e 
inestabilidad de los vientos, la gran fuerza y la per- 
fidia del agua, la ira y la indocilidad del fuego y la 
obstinación y esterilidad de la tierra las que incitan 
nuestra capacidad de invención, para movernos a 
tratar de evitar los daños que nos producen o a co- 
rregir su malignidad y a convertir sus diversas fuer- 
zas en provecho nuestro, de mil maneras diferentes. 



mientras nos aplicamos a cubrir la infinita variedad 
de nuestras necesidades, que siempre se multiplican 
en la medida en que se amplía nuestro conocimien- 
to y se agrandan nuestros deseos. El hambre, la sed y 
la desnudez son los primeros tiranos que nos hacen 
mover; después, el orgullo, la pereza la sensualidad 
y la veleidad nuestras son los grandes patronos de 
las artes y las ciencias, de las industrias, oficios y 
profesiones; mientras que la necesidad, la avaricia, 
la envidia y la ambición, cada cual en la clase que 
le corresponde, son los capataces que obligan a to- 
dos los miembros de la sociedad a someterse, la 
mayoría alegremente a la rutina propia de su con- 
dición, sin exceptuar a reyes ni príncipes. 

Cuanto mayor sea la variedad de industrias y 
manufacturas, más refinadas serán, y cuanto más 
divididas en ramas diferentes, mayor será la canti- 
dad que pueda contener una sociedad sin que se es- 
torben unas a otras, y más fácilmente harán que un 
pueblo sea rico, poderoso y floreciente. Pocas son 
las virtudes que emplean mano de obra y, por lo 
tanto, pueden hacer buena a una nación, pero nun- 
ca grande. Ser fuerte y trabajador, paciente ante las 
dificultades y asiduo en cualquier ocupación son 
cualidades muy elogiables; pero como en su ejerci- 
cio está su recompensa, ni el arte ni la industria les 
han dedicado cumplidos jamás; al paso que la exce- 
lencia del pensamiento y el ingenio humano nunca 
han saltado más a la vista que en la variedad de las 
herramientas y enseres de los trabajadores y artífi- 
ces y en la multiplicidad de máquinas, que han sido 
inventadas para ayudar a la debilidad del hombre, 
para corregir sus muchas imperfecciones, para grati- 
ficar su holgazanería o para obviar su impaciencia. 

En la moralidad, lo mismo que en la Naturale- 
za, nada existe en las criaturas tan perfectamente 
bueno que no pueda resultar perjudicial para nadie 
de la sociedad ni tan totalmente malo que no pue- 
da ser beneficioso para una parte u otra de la Crea- 
ción; de suerte que las cosas sólo son buenas o ma- 
las en relación con otra cosa y con arreglo a la posi- 
ción en que estén colocadas y a la luz a que se las 
mire. Lo que nos place es bueno en ese aspecto y, 
según esta regla, cada uno desea el bien para sí mis- 
mo con todas sus fuerzas, con poca consideración 
hacia su vecino. Cuando no llueve se hacen plega- 
rias públicas para implorar agua en las estaciones 
muy secas, pero no faltará quien, deseoso de via- 
jar al extranjero, quiera que ese mismo día haga 
buen tiempo. Cuando el maíz está granado en pri- 
mavera y la generalidad de los campesinos se rego- 
cijan ante la placentera perspectiva, el rico granje- 
ro, que ha guardado la cosecha del año anterior en 
espera de un mercado mejor, se desespera miran- 



LA FÁBULA DE LAS ABEJAS 



89 



dola y, para sus adentros, le aflige la idea de una re- 
colección abundante. Si hasta oímos con frecuen- 
cia a los perezosos codiciar abiertamente las rique- 
zas ajenas, sin que esto se considere injurioso, siem- 
pre que se las desee alcanzar sin perjuicio de los 
propietarios; pero mucho me temo que esto ocurra 
sin ninguna restricción de tal naturaleza en sus co- 
razones. 

Es una suerte que las plegarias y los deseos de 
la mayoría de la gente sean insignificantes y no sir- 
van para nada; de otra manera, lo único que podría 
hacer que la humanidad siguiera sirviendo para la 
vida en sociedad e impedir que el mundo cayera en 
la confusión sena la imposibilidad de que todas las 
peticiones formuladas al Cielo fueran otorgadas. 
Un joven y educado caballero, recién llegado de un 
largo viaje, hace noche en Briel esperando con im- 
paciencia un viento del Este que le impulse hacia 
Inglaterra, donde un padre moribundo, que desea 
abrazarle y darle su bendición antes de exhalar su 
último suspiro, yace esperándole con una mezcla 
de pena y tortura. Entre tanto, un sacerdote inglés, 
que tiene que hacerse cargo de los intereses de los 
protestantes en Alemania, viaja por la silla de posta 
a Harviíich, con prisa por llegar a Ratisbona antes 
de que la Dieta se disuelva. Al mismo tiempo, una 
rica flota está lista para zarpar hacia el Mediterrá- 
neo y un escogido escuadrón aguarda el momento 
de partir para el Báltico. Es probable que todas estas 
cosas sucedan a la vez; por lo menos, no hay difi- 
cultad en suponerlo. Si todas estas personas no son 
ateos o grandes reprobos, y son capaces de tener 
algún buen pensamiento antes de irse a dormir, es 
seguro que, por consiguiente, sus plegarias serán 
muy diferentes en cuanto a los vientos favorables y 



un feliz viaje. Lo único que digo es que eso es lo 
que deben hacer y es posible que todos sus ruegos 
sean escuchados; pero de lo que estoy seguro es 
que no serán satisfechos todos simultáneamente. 

Después de esto, me congratulo de haber de- 
mostrado que ni las cualidades amistosas ni los 
afectos simpáticos que son naturales en el hombre, 
ni las virtudes reales que sea capaz de adquirir por 
la razón y la abnegación, son los cimientos de la so- 
ciedad; sino que, por el contrario, lo que llamamos 
mal en este mundo, sea moral o natural, es el gran 
principio que hace de nosotros seres sociables, la 
base sólida, la vida y el sostén de todos los oficios y 
profesiones, sin excepción : es ahí' donde hemos de 
buscar el verdadero origen de todas las artes y cien- 
cias, y en el momento en que el mal cese, la socie- 
dad se echará a perder si no se disuelve completa- 
mente. 

Podría añadir mil cosas para reforzar y esclare- 
cer aún más esta verdad y lo haría con sumo placer; 
pero, por miedo de resultar fastidioso, terminaré 
aquí, aunque no si confesar antes que mi empeño 
por ganarme la aprobación de los demás no ha sido 
ni la mitad de grande del que he puesto para com- 
placerme a mí mismo con este pasatiempo; sin em- 
bargo, si alguna vez oigo decir que por disfrutar 
esta diversión he procurado alguna al lector inteli- 
gente, siempre será en favor de la satisfacción que 
he experimentado al realizarla. Con esta esperanza 
que me forja mi vanidad, abandono al lector con 
pena y concluyo repitiendo la aparente paradoja 
cuyo meollo he adelantado en la portada: los vicios 
privados, manejados diestramente por un hábil po- 
lítico, pueden trocarse en beneficios públicos. 



LA RIQUEZA DE LAS NACIONES 



ADAM SMITH 
(1723 - 1790) 



91 



INVESTIGACIÓN SOBRE LA NATURALEZA 

Y CAUSAS DE LA RIQUEZA 

DE LAS NACIONES 

CAPITULO II 



DE LAS RESTRICCIONES IMPUESTAS A LA 

INTRODUCCIÓN DE AQUEL LAS MERCANCÍAS 

EXTRANJERAS QUE SE PUEDEN PRODUCIR 

EN EL PAÍS 



Los aranceles 
altos Y las 
prohibicio- 
nes otorgan 
un mono- 
pollo a una 
industria 
doméstica 
particular 
y son muy 
comunes. 



Haciendo uso de restricciones 
— mediante elevados derechos de adua- 
nas, o prohibiendo en absoluto la intro- 
ducción de los géneros extranjeros que 
se pueden producir en el país— se ase- 
gura un cierto monopolio del mercado 
interior a la industria nacional consagra- 
da a producir esos artículos. En conse- 
cuencia, la prohibición de importar ga- 
nado en pie' o carne salada de países 
extraños, asegura a los ganaderos na- 
cionales el monopolio de sus productos, 
o sea un privilegio exclusivo en las car- 
nes que se consumen en el reino. Igual 
ventaja reportaría a los cultivadores de 
grano un impuesto elevado sobre el ce- 
real que se trajese del exterior,^ y que 
en años de mediana abundancia equi- 
valdría a una absoluta prohibición. La 
de la entrada de paños de lana es igual- 
mente favorable a las manufacturas na- 
cionales del ramo.' La fabricación de 
sedas, a pesar de que todos los materia- 
les que trabaja son de procedencia ex- 
tranjera, ha obtenido recientemente el 
mismo privilegio.* La de lino no lo ha 
obtenido aún, pero se espera que lo 
consiga muy pronto.' Los fabricantes 
de otros muchos géneros han consegui- 
do de la misma manera un monopolio 
completo o casi absoluto contra sus 
conciudadanos en la Gran Bretaña. La 
variedad de géneros cuya importación 
está prohibida en Gran Bretaña, absolu- 
tamente o en determinadas circunstan- 
cias, excede a cuanto son capaces de 
imaginar los que no conozcan bien las 
leyes de aduanas. 



/ C/ «ipr». p. 374. 

2 Cf. infr* pp. 475. 476. 

3 ¡ly 12Ed III. c. i. 4 Ed IV. c. 7 

4 6 Geo. III. c. 28. 

5 En virtud de impuestos adicionales. 7 Geo. III. c. 28. 



Es seguro y evidente que este mo- 
nopolio del mercado interior constituye 
un gran incentivo para aquellas industrias 
particulares que lo disfrutan, desplazan- 
do hacia aquel destino una mayor pro- 
porción del capital y del trabajo del país 
que de otro modo se hubiera desplazado. 
Pero ya no resulta tan evidente que ese 
monopolio tienda a acrecentar la activi- 
dad económica de la sociedad o a impri- 
mirle la dirección más ventajosa. 

La industria general de una socie- 
dad nunca puede exceder de la que sea 
capaz de emplear el capital de la nación. 
Así como el número de operarios que de 
continuo emplea un particular, debe 
guardar cierta proporción con su capital, 
así el número de los que pueden ser em- 
pleados constantemente por todos los 
miembros de una gran sociedad debe 
guardar también una proporción correla- 
tiva con el capital total de la misma, y no 
puede exceder de esa proporción. No 
hay regulación comercial que sea capaz 
de aumentar la actividad económica de 
cualquier sociedad más allá de lo que su 
capital pueda mantener. Únicamente 
puede desplazar una parte en dirección 
distinta a la que de otra suerte se hubiera 
orientado; pero de ningún modo puede 
asegurarse que esta dirección artificial 
haya de ser más ventajosa a la sociedad 
considerada en su conjunto, que la que 
hubiese sido en el caso de que las cosas 
discurriesen por sus naturales cauces. 

Cada individuo en particular se afa- 
na continuamente en buscar el empleo 
más ventajoso para el capital de que pue- 
de disponer. Lo que desde luego se pro- 
pone es su propio interés, no el de la so- 
ciedad; pero estos mismos esfuerzos ha- 
cia su propia ventaja le inclinan a prefe- 
rir, de una manera natural, o más bien 
necesaria, el empleo más útil a la socie- 
dad como tal. 



Estimulan 
I* industria 
particular, 
pero ni 
acrecientan 
la industria 
general ni 
dan la 
orientación 
mes 
adecuada. 



El número 
de personas 
ocupadas no 
puede 

exceder una 
cierta 

proporción 
del capital 
déla 
nación. 



V el intaris 
de cada per- 
sona le con- 
duce a bus- 
car aquel 
empleo del 
capital que 
es más ven- 
tajoso para 
la sociedad. 



93 



94 



ADAM SMITH 



En primer lugar, todo individuo 
procura emplear su capital lo más cerca 
que pueda de su lugar de residencia y, 
por consiguiente, se esforzará en pro- 
mover, en los limites de sus fuerzas, la 
industria doméstica, con tal de que por 
dicho medio pueda conseguir las utili- 
(1) trata de dades ordinarias del capital o, por lo 

emplearlo menos, ganancias que no sean mucho 
tan cerca de menores que éstas. 

su propio 

país como ,. .... 

sea posible ^" consecuencia, si son iguales, o 

casi iguales, las utilidades, cualquier ma- 
yorista prefiere naturalmente el comer- 
cio nacional al exterior de consumo, y 
éste al de tranporte entre pueblos extra- 
ños. En el comercio interno nunca tiene 
el capital tan lejos de su vista como en 
el externo, dedicado al consumo. Puede 
conocer mejor el carácter y la situación 
de las personas en quienes ha de deposi- 
tar su confianza para manejarlo, y cuan- 
do lo engañen, estará más al tanto de 
las leyes del pai's para conseguir una sa- 
tisfacción cumplida. En el comercio de 
tránsito el capital del traficante se en- 
cuentra como dividido entre dos nacio- 
nes extrañas y, atendida la naturaleza 
del tráfico, nunca será necesario que 
parte del mismo venga a situarse bajo su 
inmediata disposición y vigilancia. Del 
capital que un comerciante de Amster- 
dam emplea en conducir trigo desde 
Koenigsberg a Lisboa, y fruta y vinos 
de este puerto al otro, la mitad debe es- 
tar necesariamente en una de estas pla- 
zas, y la mitad restante en la otra, sin 
que sea necesario situar en la ciudad de 
Amsterdam una porción de dicho capi- 
tal. La residencia natural de semejante 
comerciante debería ser Koenigsberg o 
Lisboa, según las circunstancias, y sólo 
una causa muy particular puede obligar- 
le a preferir Amsterdam. Únicamente la 
incomodidad que experimenta, al verse 
tan separado de su capital, le inclinará a 
conducir a dicha plaza parte de las mer- 
caden'as de Koenigsberg c^ue destina a 
Lisboa, y parte de los artículos lusita- 
nos que transporta a Koenigsberg. Aun- 
que esto le ocasione las molestias y gas- 
tos que conlleva cargar y descargar re- 
petidas veces sus mercaderías, e incluso 
el pago de varios derechos de aduanas y 
arbitrios, se someterá gustoso a esos 
fuertes recargos, con tal de situar parte 



de su capital bajo su inmediata custodia 
e inspección. Por esta razón, todos aque- 
llos países cuyo comercio consiste princi- 
palmente en el transporte entre plazas 
extranjeras, se transforma en una especie 
de emporio o mercado general de los gé- 
neros pertenecientes a cuantas naciones 
participan en ese tráfico. El comerciante, 
para evitarse los gastos de carga y descar- 
ga procura siempre vender en el mercado 
doméstico cuantos artículos le es posible 
vender de los que estaban destinados al 
comercio internacional con artículos des- 
tinados a satisfacer necesidades de consu- 
mo, se alegrará de que parte de los bienes 
que compra con destino a esos mercados 
extranjeros sean adquiridos por el comer- 
cio interior de su país, con tal de que las 
utilidades sean iguales o aproximadamen- 
te las mismas. De este modo, elude los 
riesgos e incomodidades que lleva consi- 
go el comercio de exportación para aten- 
der las necesidades de consumo, y lo 
transforma de exterior en interno. El 
mercado doméstico se convierte, por de- 
cirlo así, en el centro en torno al cual gi- 
ran continuamente los capitales de los 
habitantes de cualquier país, así como el 
centro hacia donde naturalmente gravi- 
tan, a no mediar causa extrínseca que los 
desplace a otros destinos más lejanos. Un 
capital empleado en el comercio interno 
pone en movimiento, como ya tuvimos 
ocasión de indicar,* una mayor actividad 
económica, proporcionando ocupación 
e ingresos a un mayor número de habi- 
tantes, si se compara con un capital de 
igual volumen empleado en el comercio 
exterior para el consumo, y un capital 
empleado de esta especie de tráfico goza 
de igual ventaja respecto al que trabaja 
en el comercio internacional, que se de- 
sarrolla entre diferentes plazas extranje- 
ras. En el caso, pues, de que las ganancias 
sean iguales, o casi las mismas, cada uno 
de los Individuos pertenencientes a una 
nación se inclinará naturalmente a em- 
plear sus capitales del modo más adecua- 
do para fomentar la industria doméstica, 
proporcionando ingresos y oportunida- 
des de ocupación al mayor número de 
sus connacionales. 

En segundo lugar, quien emplea su 
capital en sostener la industria doméstica 

6 $upr* pp 3.ÍS ■ SJ6. 



LA RIQUEZA DE LAS NACIONES 



9S 



posible. 



(2) procura procura fomentar aquel ramo cuyo pro- 
producir el ducto es de mayor valor y unidad 
valor más ' 

9'»"<¡<i El producto de la industria es lo 

que ésta añade a los materiales que tra- 
baja y, por lo tanto, los beneficios del 
fabricante serán mayores o menores, en 
proporción al valor mayor o menor de 
ese producto. Únicamente el afán de lu- 
cro inclina al hombre a emplear su capi- 
tal en empresas industriales, y procura- 
rá invertirlo en sostener aquellas indus- 
trias cuyo producto considere que tiene 
valor, o que pueda cambiarse por ma- 
yor cantidad de dinero o de cualquier 
otra mercancía. 

Pero el ingreso anual de la socie- 
dad es precisamente igual al valor en 
cambio del total producto anual de sus 
actividades económicas, o mejor dicho, 
se identifica con el mismo. Ahora bien, 
como cualquier individuo pone todo su 
empeño en emplear su capital en soste- 
ner a industria doméstica, y dirigirla a 
la consecución del producto que rinde 
más valor, resulta que cada uno de ellos 
colabora de una manera necesaria en la 
obtención del ingreso anual máximo pa- 
ra la sociedad. Ninguno se propone, por 
lo general, promover el interés público, 
ni sabe hasta que punto promueve. 
Cuando prefiere la actividad económica 
de su pai's a la extranjera, únicamente 
considera su seguridad, y cuando dirige 
la primera de tal forma que su producto 
represente el mayor valor posible, sólo 
piensa en su ganancia propia; pero en 
éste como en otros muchos casos, es 
conducido por una mano invisible a 
promover un fin que no entraba en sus 
intenciones. Mas no implica mal alguno 
para la sociedad que tal fin no entre a 
formar parte de sus propósitos, pues al 
perseguir su propio interés, promueve el 
de la sociedad de una manera más efec- 
tiva que si esto entrara en sus designios. 
No son muchas las cosas buenas que ve- 
mos ejecutadas por aquellos que presu- 
men de servir sólo el interés público. 
Pero ésta es una afectación que no es 
muy común entre comerciantes, y bas- 
tan muy pocas palabras para disuadirlos 
de esa actitud. 

Cuál sea la especie de actividad do- 
méstica en que pueda invertir su capital. 



cho mejor 
que el 
estadista. 



y cuyo producto sea probablemente de Puede juzgar 
más valor, es un asunto que juzgará me- de esto mu- 
jor el individuo interesado en cada caso 
particular, que no el legislador o el horrv 
bre de estado. El gobernante que intenta- 
se dirigir a los particulares respecto de la 
forma de emplear sus respectivos capita- 
les, tomaría a su cargo una empresa im- 
posible, y se arrogaría una autoridad 
que no puede confiarse prudentemente 
ni a una sola persona, ni a un senado o 
consejo, y nunca sena más peligroso ese 
empeño que en manos de una persona lo 
suficientemente presuntuosa e insensata 
como para considerarse capaz de realizar 
tal cometido. 



Conceder monopolios en el merca- 
do doméstico a cualquier especie de in- 
dustria en particular es, en cierto modo, 
como indicar a las personas particulares 
la manera como deben invertir sus capi- 
tales, y en la mayor parte de los casos, 
ello se traduce en una medida inocua o 
en una regulación perjudicial. Será inútil 
una reglamentación de esta clase, eviden- 
temente, si el producto doméstico se 
puede vender tan barato como el de la 
industria extranjera, y si no puede ven- 
darse en esas condiciones, será por lo ge- 
neral contraproducente. Siempre será 
máxima constante de cualquier prudente 
padre de familia no hacer en casa lo que 
cuesta más caro que comprarlo. El sastre, 
por esta razón, no hace zapatos para si' y 
para su familia, sino que los compra del 
zapatero; éste no cose sus vestidos, sino 
que los encomienda al sastre; el labrador 
no hace en su caso ni lo uno ni lo otro, 
pero da trabajo a esos artesanos. Interesa 
a todos emplear su industria siguiendo el 
camino que les proporciona más venta- 
jas, comprando con una parte del pro- 
ducto de la propia, o con su precio, que 
es lo mismo, lo que la industria de otro 
produce y ellos necesitan. 



Los 

aranceles 
altos y las 
prohibicio- 
nes inducen 
al pueblo a 
emplear 
capital en 
producir en 
el propio 
país lo que 
podrían 
comprar 
más barato 
en el 
extranjero. 



Lo que es prudencia en el gobierno 
de una familia particular, raras veces deja 
de serlo en la conducta de un gran reino. 
Cuando un país extranjero nos puede 
ofrecer una mercancía en condiciones 
más baratas que nosotros podemos ha- 
cerla, será mejor comprarla que pruducir- 
la, dando por ella parte del producto de 
nuestra propia actividad económica, y 



Este 
procedi- 
miento es 
tan insansato 
para una 
nKión como 
para un 
individuo, 
al hacer ál 
mismo lo 
que puede 
comprar 



96 



ADAM SMITH 



hecho, más dejando a ésta emplearse en ramos en 
barato que saque ventaja al extranjero. Como 
la industria de un pai's guarda siempre 
proporción con el capital que la emplea, 
no por eso quedará disminuida, ni tam- 
poco las conveniencias de los artesanos 
a que nos referíamos antes, pues busca- 
rá por si' misma el empleo más ventajo- 
so. Pero no se emplea con la mayor ven- 
taja si se destina a fabricar un objeto que 
se puede comprar más barato que si se 
produjese, pues disminuirá seguramen- 
te, en mayor o menor proporción, el 
producto anual, cuando por aquel ca- 
mino se desplaza desde la producción 
de mercaderías de más valor hacia otras 
de menor importancia. De acuerdo con 
nuestro supuesto, esas mercancías se 
podrían comprar más baratas en el mer- 
cado extranjero que si se fabricasen en 
el propio. Se podn'an adquirir solamen- 
te con una parte de otras mercaderías, 
o en otros términos, con sólo una parte 
del precio de aquellos artículos que po- 
dría haber producido en el país con 
igual capital la actividad económica em- 
pleada en su elaboración, si se la hubie- 
ra abandonado a su natural impulso. En 
consecuencia, se separa la industria del 
país de un empleo más ventajoso y se 
aplica al que lo es menos, y en lugar de 
aumentarse el producto permutable de 
su producto anual, como sería la inten- 
ción del legislador, no puede menos de 
disminuir considerablemente. 



A veces, por 
efecto de 
tales regla- 
mentos, 
puede 
establecerse 
una manu- 
factura 
antes de lo 
que hubiera 
ocurrida 
sin tales 
medidas, 
pero esto 
hace que el 
capital S8 
acumule 
más 
lentamente, 
Y el país 
podría ser 
más rico, 
siempre, si 
nunca 



Es cierto que por medio de esas re- 
glamentaciones se puede adquirir a ve- 
ces una manufactura particular antes 
que adoptando el criterio contrario, fa- 
bricándose, al cabo de algún tiempo, en 
el país, con la misma o mayor baratura 
que en el extranjero. Pero aunque la in- 
dustria doméstica pueda desenvolverse 
con ventaja de ese modo por un canal 
particular, mejor que por cualquier otra 
forma, nunca se inferirá por ello que la 
suma total de su industria, o el importe 
de su ingreso, tenga que aumentarse 
con reglamentos semejantes. La activi- 
dad de la sociedad sólo puede aumentar 
a medida que su capital crezca, y este 
incremento sólo puede verificarse me- 
diante el ahorro gradual de sus rentas. 
El efecto inmediato de esos reglamen- 
tos es disminuir los ingresos de la socie- 



dlcha ma- 
nufactura. 



dad y lo que disminuye sus ingresos no hubiera 
origina un aumento tan rápido del capi- instituido 
tal como el que se hubiera producido si 
tanto sus actividades como los capitales 
siguieran su propia iniciativa, en busca 
de sus naturales colocaciones. 

Aun aceptando que la sociedad, 
por falta de aquellos reglamentos, nun- 
ca llegase a adquirir la manufactura par- 
ticular que pretende establecer, no por 
eso sería necesariamente más pobre en 
período alguno, porque en cualquier 
tiempo su capital y sus actividades po- 
drían haberse empleados en diferentes 
ramos y de la manera más ventajosa, 
atendidas las circunstancias del momen- 
to. En todo caso, sus ingresos hubieran 
sido lo más amplios posibles de acuerdo 
con la rentabilidad de su capital, y tan- 
to éste como aquéllos habrían aumenta- 
do con la máxima celebridad. 



Son a veces tan grandes las venta- 
jas que un país tiene sobre otro en cier- 
tas producciones, que todo el mundo 
reconoce cuan vano resulta luchar 
contra ellas. En Escocia podrían plan- 
tarse muchas viñas y obtenerse muy 
buenos vinos por medio de invernade- 
ros, mantillo y vidrieras, pero saldrían 
treinta veces más caros que los de la 
misma calidad procedentes de otro 
país. ¿Sería razonable prohibir la in- 
troducción de vinos extranjeros sólo 
con el fin de fomentar la producción 
de clarete o borgoña en sucio escocés? 
Si resulta un manifiesto absurdo em- 
plear treinta veces más capital y más 
trabajo en un país que lo que hubiera 
sido necesario para comprar en el ex- 
tranjero los artículos que se necesitan, 
es también una equivocación, aunque 
no tan grande, desviar hacia cualquier 
empleo una trigésima, o una trescenté- 
sima del capital o del esfuerzo humano. 
Que sean naturales o adquiridas las ven- 
tajas que un país tenga sobre otro, no 
tiene importancia ai respecto. Pero, 
desde el momento que una nación po- 
see tales ventajas y otra carece de ellas, 
siempre será más ventajoso para ésta 
comprar en aquélla que producir por su 
cuenta. Es sólo una ventaja adquirida la 
que posee un artesano con relación al 
vecino que se ejercita en otro oficio, y 



Nadie 
propone 
que un país 
luche contra 
las grandes 
ventajas 
naturales, 
pero es 
igualmente 
absurdo 
luchar 
contra las 
pequeñas 
ventajas, ya 
sean éstas 
naturales o 
adquiridas. 



LA RIQUEZA DE LAS NACIONES 



97 



Los 

Mercaderes 
y los co- 
merciantes 
son los más 
beneficiados 
por los 
aranceles 
altos Y por 
las pro- 
hibiciones. 



La imports- 

ci6n libre 

de ganado 

extranjero 

no afectaría 

mucho a los 

ganaderos 

Ingleses. 



ello no obstante, encuentran que es más 
beneficioso para ambos comprarse mu- 
tuamente que producir artículos extra- 
ños a la respectiva actividad. 

Los mercaderes y los fabricantes 
son los que derivan mayores ventajas 
de este monopolio del mercado domés- 
tico. Las prohibiciones relativas a la in- 
troducción de ganado y de carnes sala- 
das, y los derechos elevados sobre los 
que en tiempo de moderada abundan- 
cia equivalen a una prohibición absolu- 
ta,^ nunca fueron tan ventajosos a los 
ganaderos y labradores como lo son las 
de otros géneros a los fabricantes y ma- 
nufactureros. Los productos manufac- 
turados, especialmente los más finos, 
se transportan con más facilidad y con 
menores costos que el trigo y el ganado, 
y ocurre precisamente que el transporte 
y la busca de tales productos es el obje- 
tivo del comercio extranjero. En ellos 
es suficiente una pequeña ventaja para 
que el extraño venda a un precio más 
bajo que los operarios nacionales en 
el mercado doméstico. Pero para ha- 
cer lo mismo con las producciones ori- 
ginarias del suelo se necesitaría una ven- 
taja muy considerable, En el caso de 
que se permitiera la entrada de las ma- 
nufacturas extranjeras libres de dere- 
chos, padecerían sin duda varias de las 
domésticas, y algunas quedarían entera- 
mente arruinadas, viéndose en precisión 
de buscar otro empleo buena parte del 
capital y de la laboriosidad del país. En 
cambio, ni la franquicia más absoluta 
en relación a las producciones primarias 
de la tierra, podría jamás alcanzar un 
efecto semejante en la agricultura. Por 
grande que fuera la libertad de importa- 
ción de ganado extranjero, no sería mu- 
cho el que se importase, y muy poco 
sufriría con ello la ganadería británica. 
El ganado en pie es quiza la única mer- 
cancía cuyo transporte por mar es más 
costoso que por tierra. Por tierra va por 
su pie, pero por mar, sobre los demás 
gastos, hay que añadir ios que supone el 
transporte del pienso y del agua. La 
corta distancia por mar que media en- 



7 Supra, p. 399, e \nUt, pp. 475 ■ 4 76. 



tre Inglaterra e Irlanda facilita mucho 
ese transporte; pero aunque la importa- 
ción fuera absolutamente libre, cosa 
que sólo se permitió por algún tiempo, 
últimamente, no por eso experimenta- 
rían perjuicios muy grandes los ganade- 
ros de Gran Bretaña. Todas las comar- 
cas próximas a las costas de irlanda son 
regiones de pastos, y el ganado que se 
importa no se destina a su consumo en 
ellas, por lo que ha de caminar mucho 
por aquellas extensas praderas, con no 
pequeños gastos e inconvenientes, antes 
de alcanzar el mercado de su destino. El 
ganado gordo no se puede llevar tan le- 
jos y, en consecuencia, sólo se puede 
importar el flaco. Pero tal importación 
no perjudicaría a las comarcas que se 
dedican a engordarlo, sino más bien 
vendría a beneficiarlas, al reducir los 
precios de las reses flacas, por lo que, 
en definitiva, únicamente puede causar 
perjuicios a los ganaderos dedicados a la 
crianza. La reducida cantidad de gana- 
do irlandés que se ha introducido, des- 
de que fue permitida la importación, 
unida al precio respetable a que aún se 
acostumbra vender el ganado flaco, pa- 
rece demostrar que, incluso las regio- 
nes dedicadas a la crianza de ganado en 
Gran Bretaña, nunca se vieron muy 
afectadas con esa importación libre de 
derechos. Se dice que el pueblo bajo de 
Irlanda se ha opuesto en repetidas oca- 
siones, de una manera, violenta, a la ex- 
portación de ganado; pero si los expor- 
tadores hubiesen continuado obtenien- 
do grandes ventajas de esa clase de co- 
mercio, no les hubiera sido difícil ven- 
cer esa oposición, teniendo la ley de su 
parte. 

Por añadidura, los países que se 
dedican a engordar el ganado son siem- 
pre más progresivos, en tanto que las 
comarcas dedicadas a la cría permane- 
cen, por lo general, incultas. El preci^ 
elevado del ganando flaco, al aumentar 
el valor de las tierras incultas, puede 
considerarse como una prima que im- 
pide las mejoras. Por el contrario el país 
que haya realizado grandes mejoras pre- 
ferirá importar el ganado flaco que 
criarlo. Por eso se asegura que la pro- 
vincia de Holanda sigue actualmente esa 
máxima. En efecto, las montañas de Es- 



Incluto 
puede 
beneficiar 
las tierras 
cultivadas a 
expensas de 
los distritos 
montañosos. 



98 



ADAM SMITH 



cocia, de Gales y de Northumberland 
no son países que se presten a muchas 
níiejoras, y parecen destinados por la na- 
turaleza a ser las regiones ganaderas de 
la Gran Bretaña. La importación libre 
de ganado extranjero no podría surtir 
otro efecto en estas regiones, dedicadas 
a la cría de ganado, que impedir sacasen 
ventaja del aumento de la población y 
del progreso del resto del país; podrían, 
en efecto, elevar en ese caso el precio 
del ganado de una manera exorbitante, 
estableciendo así un impuesto real y 
efectivo sobre las otras partes del país 
que se hallan mejor cultivadas y gozan 
de mayores adelantos. 

De igual manera, la importación 

La importa- en condiciones más favorables de pro- 

Clon libre jyctQs ¿^ salazón no podría perjudicar 

de productos , ... j i j 

desalazón tampoco los intereses de los ganaderos 

no afecta de Gran Bretaña, dedicados a engordar 
mucho las reses, como no les perjudica la im- 
' lo» portación libre de ganando en pie. La 
ganaderos, cj^ne salada no es un mercancía de gran 
volumen, sino, en comparación con la 
carne fresca, de peor calidad y de un 
precio más alto, porque se consigue a 
un costo más grande y con mayor es- 
fuerzo. Por consiguiente, no podrá 
competir con la carne fresca del país, 
aun cuando pueda soportar la compe- 
tencia de las carnes saladas de produc- 
ción doméstica. Se puede usar en el 
abastecimiento de los barcos que hacen 
largos viajes y en otros usos parecidos, 
pero nunca podrá llegar a constituir una 
parte importante en la alimentación del 
pueblo. Las pequeñas cantidades de es- 
te artículo que se han importado de Ir- 
landa, después que se declaró libre la in- 
troducción en el Reino, son una prueba 
bien concreta de que los ganaderos de- 
dicados al engorde de reses tienen poco 
que temer como consecuencia de esas 
medidas. Tampoco parece que el pre- 
cio de los productos vendidos por el 
carnicero se haya afectado de una ma- 
nera sensible. 

e incluso la La libre introducción de grano ex- 

'""6 tranjero sólo puede afectar en pequeña 

importación g^^gij iq^ intereses de los colonos britá- 

de granos no . r-, 

afecta mucho "'"^°s. El grano es una mercancía mu- 

a quienes cho más voluminosa que la carne prepa- 
los cultivan, rada para el consumo. Una libra de gra- 



no, a un penique, no es mas cara ni mas 
barata que cuatro libras de carne sacrifi- 
cada, a cuatro peniques. La pequeña 
cantidad de grano extranjero importa- 
da, aun en los años de mayor escasez, 
vendrá a tranquilizar a nuestros agricul- 
tores, en el sentido que no tienen nada 
que temer de esa importación, por libre 
que sea. La cantidad media importada, 
un año con otro, alcanza a 23,728 cuar- 
tales de cereales de todas clases, según 
el autor tan bien informado de los apun- 
tes relativos al comercio de granos, y no 
supera las quinientas setenta y unava 
partes del consumo anual. * Pero como 
la prima sobre la exportación de grano 
ocasiona una mayor salida de aquel pro- 
ducto en los años de abundancia, causa- 
rá también en los años de carestía una 
importación mayor que la que se hubie- 
ra producido dada la situación actual de 
la agricultura. Por tal razón, la abun- 
dancia de un año no compensa la cares- 
tía de otro, y de la misma forma que la 
cantidad media exportada es mucho 
mayor como consecuencia de la prima, 
la cantidad importada viene a ser tam- 
bién mucho más grande, atendidas las 
condiciones actuales del cultivo. Si no 
se otorgaran primas, se exportaría me- 
nos grano, y es probable que, un año 
con otro, se importasen menores canti- 
dades de las que ahora se importan. Los 
comerciantes en grano, los intermedia- 
rios y quienes efectúan el transporte en- 
tre la Gran Bretaña y los países extran- 
jeros verían disminuidas sus actividades 
y sufrirían pérdidas importantes, pero 
los propietarios y los colonos experi- 
mentarían perjuicios muy pequeños. 
Por eso hemos hecho la observación 
que son más bien los comerciantes en 
grano, y no los propietarios y los colo- 
no, quienes mayor ansiedad revelan 
cuando se trata de la renovación y per- 
sistencia de la prima. 

Podemos decir en su honor que los 
dueños de la tierra y los colonos son las 
personas menos imbuidas del maldito 
espíritu de monopolio. Cualquier em- 
presario de una gran fábrica se alarma 
tan pronto como ve establecerse una 



Los dueños 
de la tierra 
Y los colonos 
estén menos 
imbuidos del 
espíritu de 
monopolio 
que los co- 
merciantes Y 
los manu- 
factureros. 



8 Charles Smlth, Th* Tracts on the Corn-Trade and Corn- 
Law\ pp. 144 - 745. La misma cifra se cita inlrt, p. 474. 



LA RIQUEZA DE LAS NACIONES 



99 



manufactura de la misma índole a vein- 
te millas de distancia. El empresario ho- 
landés de la fábrica de paños de Abbe- 
ville' estipuló que no se podi'a estable- 
cer otra de la misma especie en treinta 
millas a la redonda de aquella ciudad. 
Por el contrario, los labradores y los 
propietarios se muestran generalmente 
más bien dispuestos a promover que a 
restringir el cultivo y adelanto de los 
campos y propiedades vecinas. No tie- 
nen secretos de producción, como es el 
caso en la mayor parte de los fabrican- 
tes. Antes más bien, se inclinan siempre 
a comunicar a los otros labradores cual- 
quier descubrimiento que consideran 
ventajoso. Pius Questus —dice el viejo 
Catón— stahilissimusque, minitne que 
invidiosus. minimeque male cogitantes 
sunt, qui in eo studio occupati sunt. '" 
Los colonos y los propietarios, disper- 
sos en varias partes del país, no pueden 
confabularse tan fácilmente como los 
comerciantes y fabricantes, pues éstos, 
juntos en las ciudades y acostumbrados 
a aquel espíritu gremial del monopolio 
exclusivo que entre ellos prevalece, pro- 
curan conseguir contra todos sus com- 
patriotas los mismos privilegios exclusi- 
vos que obtuvieron contra los demás 
habitantes del pueblo en que residen. 
Fueron ellos, según creencia general, los 
primeros inventores de aquellas restric- 
ciones sobre la introducción de merca- 
derías extranjeras que les aseguraron el 
monopolio del mercado interno. A imi- 
tación de ellos y por iguales con quie- 
nes los oprimen, los labradores y hacen- 
dados de la Gran Bretaña, olvidándose 
de la generosidad proverbial entre las 
gentes de su clase, solicitaron el privile- 
gio exclusivo de abastecer con grano y 
carnes a sus compatriotas. Probable- 
mente no se detuvieron a meditar hasta 
qué punto les afectaba menos a ellos 
esa libertad del comercio de granos, que 
a las personas que pretendían imitar. 

La Prohibir por una ley perpetua la 

prohibición introducción de granos y ganados ex- 

9 loseph van Robáis en 166g. ¡ohn Smlth, Memoirs of Wool, 
vol. II, pp. 426, 427, pero ni ¡ohn Smith ni Charles King.Br'it- 
ish Merchant, 1721, vol, II, pp. 93, 94 , consignan la mencio- 
nada estipulación. 
10. Cotón, De re resticj, it init, pero en lugar de Questus debe 
ser quaestuv 



tranjeros equivale en realidad a propi- 
ciar que la población e industria del 
país nunca exceda la magnitud que el 
producto primario de su suelo puede 
mantener. 

Pero hay dos casos principales en 
los que puede ser ventajoso, por regla 
general, establecer algún gravamen so- 
bre los géneros extranjeros para fomen- 
tar la industria del país. 

El primero, cuando cierto ramo de 
la industria es necesario para la defensa 
del territorio. La defensa de la Gran 
Bretaña, por ejemplo, depende princi- 
palmente del número de sus marinos y 
de las unidades de su flota. Por eso, el 
Acta de Navegación' ' procuró asegurar 
a los marinos y a los barcos de la Gran 
Bretaña el monopolio del comercio de 
su propio país, en unos casos por medio 
de absolutas prohibiciones; en otros, 
mediante derechos muy fuertes sobre 
los barcos extranjeros. Las principales 
disposiciones de dicha Acta son las 
siguientes: 

Primera Los barcos, cuyo dueño, 
patrón y tres cuartas partes de su tripu- 
lación no sean subditos de la Gran Bre- 
taña, no podrán hacer el comercio en- 
tre ésta y sus establecimientos o colo- 
nias, ni emplearse en el de cabotaje,' * 
bajo pena de confiscación de la nave 
y cargamento. 

Segunda: Un gran número de las 
mercancías de mayor volumen que se 
importan, sólo se podrán introducir en 
la Gran Bretaña en buques de la clase 
indicada o en naves del país en que se 
producen, pero teniendo que ser los 
dueños, patrones y tercera parte de la 
tripulación, de la referida nación; aho- 
ra bien, si se introducen dichos géneros 
en la Gran Bretaña, aun en navios de 
esta última especie, quedarán sujetos al 
duplo de los derechos que pagan las 
mercancías extranjeras. Si se verifica la 
importación en barcos de otro país, la 



del grano 
Y del ganado 
extranjero 
restringe la 
población. 



Existen dos 
casos que son 
excepcio- 
nales, 

(i) cuando 
una 

industria 
particular es 
necesaria 
para la 
defensa del 
país, como 
por ejemplo, 
la 

construcción 
de naves, 
que fue ade- 
cuadamente 
estimulada 
por el Acta 
de 
Navegación. 



í ; 12 Car. II, c. 18, "Un Acta para el estimulo t incremento de 

la construcción de buques y de la nox'egacibn". 
12 §§ I y 6. 



100 



ADAM SMITH 



penalidad consistirá en el embargo de la 
nave y del cargamento.'-' Cuando se 
publicó esta Acta los holandeses eran, 
como en la actualidad, los grandes em- 
presarios de transporte en Europa; la re- 
glamentación que comentamos los ex- 
cluyó de serlo en el comercio de Id 
Gran Bretaña, y de llevar a ella los gé- 
neros de las demás naciones de Europa. 

Tercera: Se prohibe la importa- 
ción en la Gran Bretaña de una gran 
cantidad de mercancías voluminosas, 
aunque sea en buques ingleses, cuando 
las naves procedan de otra parte que no 
sea el pai's mismo donde los artículos se 
producen, bajo pena de confiscación 
del cargamento y de la nave.'* Esta re- 
glamentación, según parece, iba dirigida 
contra los holandeses. En efecto, esta 
república era entonces, como es ahora, 
la mayor factoría de géneros europeos, 
y con aquella disposición se impidió 
que las embarcaciones inglesas cargasen 
en Holanda mercaderías que podían to- 
mar de primera mano en otros países. 

Cuarta: La importación de todo 
genero de salazones de pescado, aletas, 
huesos, aceite y grasas de ballena, si los 
cetáceos no fuesen capturados por bar- 
cos ingleses y acondicionados en ellos 
los respectivos productos, quedaba suje- 
ta al pago de dobles derechos" de los 
que gravaban las mercancías extranjeras. 
Los holandeses eran los principales pes- 
cadores de Europa, como continúan 
siéndolo, y siempre quisieron ser ellos 
los que la surtiesen de pescado. Pero 
con aquella determinación sufrieron un 
rudo golpe sus suministros respectivos a 
la Gran Bretaña 

una ley Si bien es verdad que cuando se 

Mbia promulgó esta Acta de Navegación In- 

aunque g|aterra y Holanda no se encontraban 

" ,' en guerra, no es menos cierto que exis- 

animosidad, "^ entre ambos países la más violenta 

animosidad. Ese espíritu de desavenen- 



cia había comenzado a manifestarse du- 
rante la época que se conoce en la His- 
toria de Inglaterra como la del Parla- 
mento largo, que fue el primero que au- 
torizó el Acta de Navegación.'* Estalló 
después, con motivo de la guerra con 
Holanda, durante el gobierno del Pro- 
tector, y el reinado de Carlos II, por lo 
cual no es improbable que algunas de 
sus disposiciones estuvieran dictadas 
por aquella animosidad. Sin embargo, 
son tan sabias como si hubiesen estado 
inspiradas en las más circunspecta pru- 
dencia gubernamental. La animosidad 
nacional en aquella ocasión perseguía el 
mismo objetivo que hubiese sido reco- 
mendado por la más cauta providencia, 
a saber: la debilitación del poder marí- 
timo de Holanda, única potencia naval 
capaz de amenazar la seguridad inglesa. 

El Acta de Navegación no es favo- y desfavo- 
rable al comercio exterior, o al desarro- rab'eal 

lio de lax)pulencia que de él pueda de- <:''"*,'■'"' 

6xt6ríor* 
rivarse. El interés nacional, desde el 

punto de vista de sus relaciones comer- 
ciales, es como el de un comerciante 
particular con respecto a las personas 
con quienes trafica, pues no persigue 
otra mira que comprar lo más barato 
posible y vender todo lo caro que pue- 
da. Pero es lo más probable que un Es- 
tado pueda comprar barato cuando me- 
diante una perfecta libertad de comer- 
cio se anima a todas las naciones ex- 
tranjeras para suministrar cuantas mer- 
cancías necesita y, por consiguiente, 
podrá vender más caro cuando su mer- 
cado nacional recibe un gran número de 
compradores. El Acta de Navegación 
no establece gravamen alguno sobre los 
barcos extranjeros que se dediquen a la 
exportación de productos ingleses. An- 
tes por el contrario, los antiguos dere- 
chos que gravaban las mercancías ex- 
portadas e importadas se han ¡do supri- 
miendo de una manera gradual, por lo 
que respecta a los artículos objeto de 
exportación.'^ Pero si el extranjero tro- 



13 f§ 8y9 

14 § 4, que, sin embargo, se aplica a toda aquellos bienes de 
origen o manulactura extranjera, cuya importación estaba 
prohibida, salvo en naves inglesas, no sólo en el caso de ar- 
tículos a granel. 

15 i 5. 



/6 £n 16S1, por "un Acia para el Incremento de la construcción 
de barcos y fomento de la navegación", p. ¡449 en la colec- 
ción de las Acias de lo Comunidad Británica. 

I 7 Por 25 CAr. II, c. 6, § /. excepto sobre el tarbón. El plural 
puede referirse a Actas renovadas. Anderson, Commerce, 
A.D. 1672. 



LA RIQUEZA DE LAS NACIONES 



101 



y (2) cuando 
existe un 
impuesto 
sobre el 
producto de 
la misma 
manufac- 
tura 
doméstica. 



pieza con dificultades para vender, de- 
bido a las prohibiciones o a los dere- 
chos elevados también las tendrá para 
comprar, porque arribar a sus costas en 
lastre le privaría del flete que podía ga- 
nar desde el pai's de origen hasta la 
Gran Bretaña. Ahora bien, cuando dis- 
minuye el número de vendedores dismi- 
nuye también, de una manera necesaria, 
el de compradores, y por lo mismo se 
comprarán más caros los efectos extran- 
jeros, y se venderán más baratos los na- 
cionales, que si hubiera habido libertad 
de comercio. Ahora bien, como las ra- 
zones de defensa son más importantes 
que las de opulencia, el Acta de Navega- 
ción es quizá las más sabia de todas las 
reglamentaciones comerciales que se 
han dictado en Inglaterra. 

El segundo caso en que será por 
lo general conveniente establecer algún 
gravamen sobre los efectos extranjeros, 
para fomentar la industria nacional, se 
presenta cuando en el interior del Rei- 
no existe algún impuesto sobre los pro- 
ductos indígenas. Parece entonces razo- 
nable que se imponga otro igual sobre 
el artículo de la misma especie de pro- 
cedencia extranjera. Ello no significa 
crear monopolio alguno en la venta de 
los géneros producto de la industria na- 
cional, ni orientar hacia otro destino el 
capital y el trabajo del país, en propor- 
ción mayor de la que se desplazaría en 
condiciones normales. Equivaldría sola- 
mente a impedir que no se separase de 
su empleo natural aquella parte del ca- 
pital y del trabajo del país que se des- 
plazaría de otra suerte, por razón del 
gravamen, por lo que tal medida resta- 
blecería las condiciones predominantes, 
con anterioridad al establecimiento del 
impuesto, entre la industria nacional y 
la extranjera. Cuando en la Gran Breta- 
ña se establece un impuesto sobre algu- 
no de los artículos de la industria nacio- 
nal, es muy frecuente establecer un gra- 
vamen todavía más elevado sobre los ar- 
tículos similares de procedencia extran- 
jera, a fin de aplacar los clamores de co- 
merciantes y artesanos, quienes se están 
quejando continuamente de que los ex- 
tranjeros pueden vender sus manufactu- 
ras en el interior del país mucho más 
baratas que ellos. 



Algunos 
dicen que 
este 

principio 
justifica una 
imposición 
general de 
aranceles a 
la Importa^ 
ción, para 
contrarrestar 
los impuestos 
que gravan, 
en el país, « 
los artículos 
necesarios. 



Aseguran algunos que esta segunda 
limitación de la libertad de comercio de- 
bería extenderse, en determinadas cir- 
cunstancias, a un número mayor de mer- 
cancías extranjeras que no sean precisa- 
mente las que compiten con las nacio- 
nales, sujetas al pago de determinados 
derechos. Cuando en un país se gravan 
los artículos de primera necesidad, pare- 
ce natural que se graven, no sólo los gé- 
neros de la misma especie, de proceden- 
cia extranjera, sino cualquier otra clase 
de efectos que puedan competir con los 
de la industria doméstica. Las subsisten- 
cias, por añadidura, se encarecen nece- 
sariamente como consecuencia del esta- 
blecimiento de aquellos derechos, y el 
precio de la mano de obra se eleva co- 
rrelativamente al alza de precios de las 
subsistencias del trabajador. En estas 
condiciones, toda mercancía producto 
de la industria nacional se encarece co- 
mo consecuencia de aquel gravamen, 
aunque no haya recaído directamente 
sobre ella, y ocurre así porque el traba- 
jo que la produce encarece también. Es- 
tas contribuciones, por tanto, equivalen 
en realidad a un impuesto específico so- 
bre cada una de las especies que produ- 
ce la industria nacional. Para colocar, 
pues, a la industria nacional en pie de 
igualdad con la extranjera, será necesa- 
rio, de acuerdo con el sentir general, 
imponer sobre cada uno de tos géneros 
extranjeros cierta contribución que 
equivalga al encarecimiento de las mer- 
caderías domésticas, con lasque vienen 
a competir las del extranjero. 



El problema de si los impuestos es- pero existe 
tdblecidos sobre los artículos de prime- ""' 
ra necesidad -como son los que gravan, ''''•™"e'". 
en Gran Bretaña, el jabón, la sal, los 
cueros, las velas y otros géneros- hacen 
subir el precio del trabajo y, por consi- 
guiente, los de las demás mercancías, lo 
examinaremos más adelante,'* cuando 
nos ocupemos de las contribuciones. 
Pero aun suponiendo, entretanto, que 
se produzca esc efecto, como así es en 
realidad, y que sobrevenga el general 
encarecimiento de todas las mercancías 
(como consecuencia de la elevación que 
han experimentado los salarios del tra- 



/« Infra, pp, 768- 773. 



102 



ADAM SMITH 



puesto que 

(a) el efecto 

de los 

Impuestos 

sobre 

artículos de 

primera 

necesidad 

no puede ser 

conocido 

exactamente, 



y (b) los 

Impuestos 

sobre dichos 

artículos 

son como el 

suelo pobre 

o el mal 

clima: no 

pueden 

justificar 

tentativa 

alguna para 

dar al 

capital una 

dirección 

antinatural. 



bajo), ese caso sería distinto del que 
nos ocupa, o sea de aquel en que cierta 
mercancía subió de precio como conse- 
cuencia de un gravamen directamente 
establecido sobre ella, en los dos aspec- 
tos que pasamos a estudiar. 

Primero: Siempre puede saberse 
con exactitud lo que sube el precio de 
un artículo como consecuencia de un 
impuesto que se establece sobre el mis- 
mo, pero nunca puede saberse con cer- 
teza hasta que' punto se produce un en- 
carecimiento general del trabajo del 
país, ni cuanto influye éste en la subida 
del precio de todas las demás mercan- 
cías. Sería imposible, por tanto, pro- 
porcionar con una exactitud satisfacto- 
ria el impuesto sobre todas las mercan- 
cías extranjeras en relación con el au- 
mento de precio experimentado por to- 
das las de producción nacional. 

Segundo: Los impuestos sobre las 
cosas necesarias para la vida producen 
casi los mismos efectos que un suelo 
pobre y un mal clima. Las provisiones 
se encarecen, del mismo modo que si 
para producirlas necesitasen más traba- 
jo y mayor costo. Pero así como en pre- 
sencia de una escasez natural derivada 
de las malas condiciones del clima y del 
suelo, resultaría improcedente aconse- 
jar al pueblo acerca de la manera como 
debe invertir sus capitales y emplear su 
fuerza de trabajo, igualmente absurdo 
sería proceder de tal suerte en el caso 
de presentarse una escasez artificial co- 
mo consecuencia del establecimiento de 
aquellos impuestos. Lo que en ambos 
casos sería lo más ventajoso para todos 
es dejar que cada uno acomode sus acti- 
vidades a su situación propia y a las cir- 
cunstancias de lugar y de tiempo, pro- 
curando a sus capitales, a pesar de las 
circunstancias adversas, aquellas opor- 
tunidades que puedan ofrecerle una 
ventaja en el mercado nacional o en el 
extranjero. Imponer una nueva carga, 
cuando ya se paga otra mayor en las co- 
sas de primera necesidad, y hacer que se 
paguen más caras otras muchas merca- 
derías que se pueden comprar más bara- 
tas es, en verdad, un procedimiento ab- 
surdo de implantar los necesarios co- 
rrectivos. 



Los 

impuestos 
sobre los 
artículos 
necesarios 
son los más 
comunes en 
los países 
ricos, porque 
ningún otro 
puede 
soportarlos 



Cuando los impuestos sobre los ar- 
tículos de primera necesidad sobrepa- 
san los límites de la prudencia, se ase- 
mejan a la esterilidad de la tierra o a la 
inclemencia del cielo, aunque sabemos, 
por experiencia, que donde más grava- 
das se ven aquellas especies es en los 
países más ricos e industriosos, porque 
ninguno que no lo fuese sería capaz de 
soportar aquella carga. Así como sólo 
un cuerpo robusto puede resistir las ma- 
las condiciones de vida, así sólo los 
países que gozan de las mayores ven- 
tajas, naturales o adquiridas, pueden 
prosperar bajo el peso de las gabelas. 
Holanda es la nación europea en que 
más abundan los impuestos de esa espe- 
cie, sin embargo, continúa prosperando, 
debido a circunstancias particulares, pe- 
ro no porque existan estas contribucio- 
nes, lo cual sería absurdo, sino muy a 
pesar de ellas. 



En los dos casos arriba expresados Existen 

será generalmente ventajoso establecer «"fas dos 

algunos derechos sobre los géneros ex- ^""P/^'""" 
. ■ . 1 1 . j j posibles al 

tran)eros, para estimular las actividades principio 

económicas del país, pero hay otros general, 
dos en que tal proceder sea discutible, a 
saber: por cuánto tiempo y hasta qué 
grado deberá permitirse la libre impor- 
tación de ciertos efectos, y hasta cuán- 
do y de qué modo deberá ser restableci- 
da la libertad de introducirlos, después 
de haber estado interrumpida durante 
algún tiempo. 

Conviene meditar hasta qué punto (1) la 
habrá de continuar importándose libre- retorsión 
mente un género extranjero cuando al- 
gunas de las naciones extranjeras res- 
tringen con derechos elevados la entra- 
da de muchas de nuestras manufactu- 
ras. En este caso, un ánimo vindicativo 
recomienda naturalmente que se esta- 
blezcan medidas de retorsión, y se im- 
pongan iguales derechos y prohibicio- 
nes sobre la importación de algunas o 
todas sus mercancías. Es raro que las 
naciones procedan de otra forma. Los 
franceses han procurado siempre favo- 
recer sus propias manufacturas entorpe- 
ciendo la introducción de cuantos pro- 
ductos extranjeros podrían competir 
con los suyos. La política de Coibert se 
hallaba orientada en ese sentido. A pe- 



LA RIQUEZA DE LAS NACIONES 



103 



puede ser 

una política 

acertada 

cuando se 

traduce en la 

posibilidad 

de abolir las 

restricciones 

establecidas 

por paites 

extranjeros; 



sar de su gran talento, se dejó seducir 
en este punto por las sofisticas razones 
de los comerciantes y fabricantes, que 
siempre procuran asegurarse una situa- 
ción de monopolio en las relaciones con 
sus compatriotas. Pero es ya opinión 
general entre los hombres más inteligen- 
tes de Francia, que las medidas dictadas 
en este sentido no produjeron ningún 
beneficio a la nación. En el arancel del 
año 1667, Cobert estableció crecidos y 
desmesurados derechos sobre las manu- 
facturas extranjeras. Por haberse nega- 
do a rebajarlos en favor de los holande- 
ses, éstos, en el año 1671, prohibieron 
la entrada, en su país de los vinos, 
aguardientes y manufacturas franceses. 
La misma disputa mercantil dio origen, 
según parece, a la guerra de 1672. En 
1678, la paz de Nimega puso fin a las 
hostilidades, moderando algunos dere- 
chos en favor de los holandeses, quie- 
nes, en consecuencia, levantaron las 
prohibiciones. Casi fue por esta época 
cuando ingleses y franceses comenzaron 
a poner trabas a sus industrias respecti- 
vas, mediante el establecimiento de de- 
rechos y prohibiciones, aun cuando, se- 
gún parece, fueron los franceses quienes 
dieron el primer paso. La enemiga que 
siempre existió entre las dos naciones 
frenó la moderación de una parte y de 
otra. En el año 1697 prohibieron los 
ingleses la introducción de los enca- 
jes flamencos, y el Gobierno de aquel 
pai's, entonces bajo el dominio de los 
españoles, prohibió a su vez la entrada 
de paños ingleses. En el año 1700 se 
levantó en Inglaterra dicha prohibición, 
siempre y cuando los paños ingleses en- 
traran en Flandes en las mismas condi- 
ciones de antes." 

Puede ser acertada una política de 
represalias cuando existe la probabili- 
dad de que, por medio de ellas, se con- 
siga suprimir las prohibiciones y lósele- 
vados aranceles que las originaron. El 
hecho de recuperar un gran mercado 
extranjero compensa con creces los in- 
convenientes transitorios que lleva con- 



/9 La Importación de encajes fue prohibida por 13 y 14 Car.ll, 
c. 13, y 9 y 10 W. III se promulgó para hacer más efectúa 
la prohibición. En virtud de 11 y 12 W. III, c. 11, se dispuso 
que la prohibición cesarla ves meses después de que las ma- 
nufacturas inglesas de lana fuesen readmitidas en Flandes. 



sigo el tener que pagar más caros, du- 
rante algún tiempo, ciertos géneros ex- 
tranjeros. Dilucidar si las represalias 
producen el efecto que se pretende, no 
es tanto incumbencia del legislador, que 
se gobierna en sus deliberaciones por 
principios generales y permanentes, co- 
mo asunto propio de la habilidad de ese 
animal, astuto y ladino, llamado políti- 
co, cuyos consejos se orientan por las 
momentáneas fluctuaciones de los ne- 
gocios. Cuando no es probable conse- 
guir del extranjero la revocación o mo- 
dificación de los citados gravámenes, re- 
sulta injustificado el método de vindi- 
car un daño ocasionado aciertos secto- 
res de una nación, con hacer otro, no 
sólo a estas clases lesionadas en sus in- 
tereses, sino a casi todas las demás del 
país. Cuando nuestros vecinos prohiben 
la entrada de algunas de nuestras manu- 
facturas, no sólo prohibimos las suyas 
de misma especie -ya que esto pocas 
veces produciría efectos apreciables— , 
sino otras muchas. Este sistema banefi- 
ciará indiscutiblemente a algunos de 
nuestros operarios, al excluir parte de 
sus rivales, y hará posible que aumente 
el precio de sus manufacturas en el mer- 
cado doméstico, pero quienes sufrieron 
el impacto de la prohibición extranjera 
no lograrán ninguna ventaja. Por el con- 
trario tanto ellos como los demás, ten- 
drán que pagar más caras las respectivas 
mercaderías a otros compatriotas. De 
donde resulta que cualquier ley de esa 
clase establece, en realidad, un grava- 
men sobre toda la nación, pero no a fa- 
vor de aquella clase que se considera 
perjudicada por la prohibición de nues- 
tros vecinos, sino en beneficio de algu- 
nos otros sectores. 

Hasta qué punto y en qué condi- 
ciones es lícito restablecer la libertad de 
importación de algunas mercancías, des- 
pués de haberse interrumpido su intro- 
ducción por algún tiempo, plantea un 
caso discutible cuando ciertas manufac- 
turas particulares han tomado tal incre- 
mento (como consecuencia de las pro- 
hibiciones y derechos establecidos so- 
bre los géneros extranjeros que podían 
competir con ellas) que el número de 
obreros ocupados en esas fábricas av 
ciende a una cifra muy importante. La 



(2) puede ser 
deseable 
introducir 
la libertad 
de comercio 
gradual- 
mente. 



104 



AOAM SMITH 



Ahora bien, 
el desorden 
ocasionado 

por su im- 
plantación 

repentina 

resultaría 
menor de lo 

supuesto, 



ya que (a) 
nunguna ma- 
nufactura 
que ahora se 
exporta 
quedaría 
afectada 



razón exige que entonces la libertad de 
comercio sea gradualmente restableci- 
da, pero con mucha reserva y circuns- 
pección. Si se suprimieran de golpe im- 
puestos y prohibiciones, podría ocurrir 
que invadiesen el mercado tal cantidad 
de géneros extranjeros de aquella espe- 
cie, más baratos que los nacionales, que 
muchos miles de gentes se vieran a la 
vez privadas de sus ganancias y de su 
modo de subsistir. El desorden que este 
evento podría ocasionar es, sin duda 
alguna, muy considerable, aunque siem- 
pre menor de lo que vulgarmente suele 
imaginarse, y esto por las dos razones 
que vamos a examinar. 

La primera, porque todas aquellas 
mercaderías que se exportan general- 
mente a otros países europeos sin ne- 
cesidad de primas, se verían muy po- 
co afectadas por las importación, libre 
de derechos, de mercancías extranjeras 
Dichos productos se venderían en el ex- 
terior tan baratos como cualquier otra 
mercadería extranjera deia«nisma espe- 
cie y calidad y, por consiguiente, den- 
tro del país serían más baratas que las 
extranjeras. Predominarían en el mer- 
cado doméstico, aunque algún capri- 
choso partidario de modas extrañas pre- 
firiese los géneros extranjeros a los na- 
cionales, por el mero hecho de ser de 
fuera, aun cuando los segundos sean 
mejores y más baratos; pero tal capri- 
cho afectaría a tan corto número de 
personas que no podría ocasionar efec- 
tos muy sensibles en la ocupación gene- 
ral del país. Los géneros que exporta la 
Gran Bretaña en mayores proporciones 
a las nacionales europeas, sin necesidad 
de ninguna clase de primas, son las ma- 
nufacturas de lana, cueros curtidos y 
quincallería, precisamente las que em- 
plean mayor número de manos. Las que 
más pueden padecer con la introduc- 
ción de las extranjeras son las manufac- 
turas de seda y de lino, aunque las se- 
gundas no sufrirán tanto como las pri- 
meras. 



(b) las gentes La segunda razón sería porque aun 

i"« cuando, como consecuencia de este res- 
quedaran tablecimiento de la libertad de comer- 
sm empleo . , , , 

fácilmente '■'°' Quedasen separadas de sus ocupa- 
ciones ordinarias un gran número de 



personas, privándoseles de la manera encontrarían 
acostumbrada de ganarse el sustento, otro, 
no por eso quedarían todas necesaria- 
mente sin empleo ni medios de vida. 
Con la reforma que se hizo en el ejérci- 
to y en la marina, concluida la última 
guerra, quedaron privados de destino y 
de sueldo más de cien mil hombres, en- 
tre marinos y soldados, número casi 
equivalente al ocupado en las mayores 
manufacturas del país; y aunque es in- 
negable que sufrieron algunas incomo- 
didades y perjuicios, no por esto que- 
daron sin empleo ni medios de subsis- 
tencia. La mayor parte de los marineros 
se enrolaron probablemente en la ma- 
rina mercante, a medida que se les pre- 
sentó una ocasión propicia, y mientras 
tanto, lo mismo éstos que los soldados 
se confundieron en la gran masa del 
pueblo, empleándose en una gran varie- 
dad de ocupaciones. No solamente no 
se produjo ninguna convulsión profun- 
da, sino ni siquiera desorden sensible en 
medio de una alteración tan grante en 
el destino de-má^de cien mil personas, 
acostubradas todas ellas al manejo de 
las armas, y muchas de ellas al saqueo y 
a la rapiña. Apenas puede decirse que 
aumentó el número de vagos, ni aun los 
salarios experimentaron el más leve des- 
censo en la mayor parte de las ocupa- 
ciones, por lo menos hasta donde llegan 
nuestros informes, si se hace excepción 
de la marina mercante. Mas si compara- 
mos los hábitos y costumbres de un sol- 
dado con los de cualquier artesano, ve- 
remos que las del último no pierden 
tanto por pasar de un empleo a otro, 
como son un obstáculo los del primero 
para abrazar cualquier destino. El obre- 
ro fabril únicamente subviene a su man- 
tenimiento mediante el trabajo, en tan- 
to que el soldado lo espera de lí paga. 
El uno se ha familiarizado con la apli- 
cación y la laboriosidad, mientras que 
al otro le domina la ociosidad y la disi- 
pación. De donde se infiere que es mu- 
cho más fácil pasar de un ramo de la in- 
dustria a otro, que no de la ociosidad y 
de la disipación habituales, a cualquier 
clase de trabajo. Además, existen para 
la mayor parte de los artesanos, como 
ya tuvimos ocasión de subrayar,^' cier- 



no Supra,pA ¡3a 1 31. 



LA RIQUEZA DE LAS NACIONES 



105 



especial- 
mente s¡ 
los 
privilegios 
corporativos 
y ios 
estatutos de 
domicilio 
fuesen 
abolidos 



tas manufacturas análogas o de natura- 
leza semejante, de tal manera que cual- 
quiera de ellos puede pasar con facili- 
dad de una a otra sin contar con que la 
mayor parte de estos operarios pueden 
también ocuparse temporalmente en las 
labores del campo. El capital que pro- 
porcionaba trabajo en cualquier clase 
de manufactura queda dentro del país 
y, empleándose en otra, o de otro mo- 
do, puede proporcionar ocupación al 
mismo número de personas. Si el capi- 
tal de la nación continúa siendo el mis- 
mo, la demanda de trabajo no variará 
tampoco, o sólo en pequeña escala, 
aunque haya de ejercitarse en distintos 
lugares y diferentes ocupaciones. Cuan- 
do se licencia a los marineros y solda- 
dos del servicio del rey, quedan en li- 
bertad para dedicarse a cualquier pro- 
fesión o actividad en no importa cuál 
de las ciudades o lugares de Gran Breta- 
ña o Irlanda.^' Si se dejara a todos los 
subditos de Su Majestad esta misma li- 
bertad para emplearse en el ramo de ac- 
tividad económica que deseasen, si se 
quebrantara el privilegio exclusivo de 
gremios y corporaciones, reformándose 
el Estatuto de aprendizaje (impedimen- 
tos que oprimen en muchas partes la li- 
bertad civil), y si se añadiese especial- 
mente en la Gran Bretaña, la revocación 
de los estatutos de domicilio, de suerte 
que cualquier pobre artesano, cuando 
las circunstancias le obligasen a dejar un 
oficio, pudiera tomar otro, sin miedo a 
ser perseguido o expulsado, entonces 
nos sería dado observar cómo ni el pú- 
blico ni los particulares padecerían tan- 
to como padecen al producirse un des- 
pido temporal en algunas manufacturas, 
discurriendo las cosas de la misma ma- 
nera que cuando se produce un licencia- 
miento general de tropas. Nuestros ope- 
rarios son dignos, sin duda alguna, de la 
consideración del país, pero no más que 
quienes lo defienden con su sangre, y, 
por lo tanto, no pueden aspirar a que se 
les trate mejor. 

Esperar que en la Gran Bretaña se 
establezca en seguida la liberta'd de co- 
mercio es tanto como prometerse una 



2/ 12 Car. II, c. 16; 12 Ana, st. i 13; 3 Ceo III, c. 8 otorgo- 
ron esta libertad después de determinadas guerras. 



Oceana o una Utopía, se oponen a ello, 
de una manera irresistible, no sóio los 
prejuicios del público, sino los intere- 
ses privados de muchos individuos. Si 
los oficiales de un ejército se opusiesen 
a la reducción de las fuerzas militares 
con el mismo celo y unanimidad que 
los maestros y empresarios de todas las 
manufacturas, a cualquier ley que pre- 
tenda aumentar el número de sus riva- 
les en el mercado doméstico; si los pri- 
meros animasen a sus soldados de la 
misma manera que los segundos infla- 
man a sus operarios para atacar con vio- 
lencia y cofi odio a quienes osen propo- 
ner una medida encaminada a ese fin, 
entonces nos encontraríamos con que 
el Intento de reformar el ejército sería 
tan peligroso como lo es actualmente 
el intento de disminuir por cualquier 
medio el monopolio que los fabrican- 
tes han conseguido establecer en contra 
nuestra. Este monopolio ha incremen- 
tado de tal forma el número de los 
obreros fabriles que, a la manera de un 
ejército poderoso, han llegado a ser una 
amenaza para el Gobierno y, en muchas, 
ocasiones, hasta intimidaron al legisla- 
dor. Cualquier miembro del Parlamento 
que presente una proposición encami- 
nada a favorecer ese monopolio, puede 
estar seguro de que no sólo adquirirá 
la reputación de perito en cuestiones 
comerciales, sino una gran popularidad 
e influencia entre aquellas clases que se 
distinguen por su número y su riqueza. 
Pero, si se opone, le sucederá todo lo 
contrario, y mucho más si tiene autori- 
dad suficiente para sacar adelante sus 
recomendaciones, porque entonces ni 
la probidad más acreditada, ni la más 
alta jerarquía, ni los mayores servicios 
prestados al público, permitirán poner- 
le a cubierto de los tratos más infames, 
de las murmuraciones más injuriosas, 
de los insultos personales y, a veces, de 
un peligro real e inminente con que sue- 
le amenazarle la insolencia furiosa de 
los monopolistas, frustrados en sus pro- 
pósitos. 

El empresario^ de una gran manu- 
factura que se vea obligado a abandonar 
su empresa con motivo de la rápida a- 
pertura del mercado interior a la com- 
petencia extranjera, sufrirá indudable- 



de la 
libertad 
mercantil 
en Gran 
Bretaña. 



El hecho de 
que se debe 
dar un trato 
equitativo 
•I manufac- 
turero que 
ha fincado 



106 



ADAM SMITH 



mente considerable perjuicio. Aquella 
parte de su capital que se utilizaba re- 
gularmente en la compra de materias 
capital en su primas y en pagar a los obreros, puede 
negocio es un encontrar fácilmente otro acomodo, 
argumento pg^o la porción del mismo inmovilizada 
'""'"'' en las fábricas y en los instrumentos 
miento de propios del oficio, no podrá destinarse 
nuevos a otra finalidad sin incurrir en pérdidas 
monopolios, de mucha monta. La equidad, por lo 
tanto, recomienda en atención a estos 
intereses, que semejantes novedades no 
se introduzcan de una manera precipita- 
da, sino gradualmente, poco a poco, y 
después de repetidas advertencias. El 
legislador —si fuera posible que no de- 
jase arrastrar por los importunos cla- 
mores de los interesados, sino inspirar- 
se más bien en el imperativo del bienes- 
tar común- debería velar, con la máxi- 
ma atención, para que no se introduz- 



can nuevos monopolios ni se vayan ex- 
tendiendo los ya establecidos, pues 
cualquier lenidad de esa clase suele pro- 
vocar en la constitución del Estado cier- 
tos desórdenes que después son difíci- 
les de erradicar sin que se produzca un 
nuevo trastorno 



Investigar hasta qué grado convie- 
ne establecer derechos sobre la importa- 
ción de géneros extranjeros, con el fin 
de procurar ingresos al Gobierno, sin 
impedir su entrada en el país, es un 
asunto que abordaremos luego, al tratar 
de los impuestos.^' Los derechos esta- 
blecidos con el propósito de prohibir 
o disminuir la importación son eviden- 
temente tan adversos a los ingresos de 
aduanas como a la libertad de comer- 
cio. 



Los 

impuestos 
sobre 
artículos 
importados, 
establecidos 
con 

propósito 
fiscal, serán 
considerados 
a conti- 
nuad bn. 



22 mira, pp. 792-797. 



EL CONTRATO SOCIAL 



JUAN JACOBO ROUSSEAU 
(1712 - 1778) 



t07 



} 



EL CONTRATO SOCIAL O 



PRINCIPIOS DE DERECHO POLÍTICO 

Faederis squas, 

Dicamus leges. 
VIRG., Eneida., lib. XI, V. 321. 



ADVERTENCIA 

Este tratadito ha sido extractado de una obra 
más extensa, emprendida sin haber consultado mis 
fuerzas y abandonada tiempo ha. De los diversos 
fragmentos que podían extraerse de ella, este es el 
más considerable y el que me ha parecido menos 
indigno de ser ofrecido al público. El resto no exis- 
te ya. 

LIBRO I 

Me propongo investigar si dentro del radio del 
orden civil, y considerando los hombres tal cual 
ellos son y las leyes tal cual pueden ser, existe al- 
guna fórmula de administración legi'tima y perma- 
nente. Trataré para ello de mantener en armonía 
constante, en este estudio, lo que el derecho per- 
mite con lo que el interés prescribe, a fin de que la 
justicia y la utilidad no resulten divorciadas. 

Entro en materia sin demostrar la importan- 
cia de mi tema. Si se me preguntara si soy pn'n- 
cipe o legislador para escribir sobre poli'tica, con- 
testaría que no, y que precisamente por no serlo lo 
hago: si lo fuera, no perdería mi tiempo en decir lo 
que es necesario hacer; lo haría o guardaría silen- 
cio. 

Ciudadano de un estado libre y miembro del 
poder soberano, por débil que sea la influencia que 
mi voz ejerza en los negocios públicos, el derecho 
que tengo de emitir mi voto impóneme el deber de 
ilustrarme acerca de ellos. ¡Feliz me consideraré 
todas las veces que, al meditar sobre las diferentes 
formas de gobierno, encuentre siempre en mis 
investigaciones nuevas razones para amar el de mi 
patria! 

CAPITULO I 

Objeto de este libro. 

El hombre ha nacido libre, y sin embargo, vive 
en todas partes entre cadenas. El mismo que se 
considera amo, no deja por eso de ser menos escla- 



vo que los demás. ¿Cómo se ha operado esta trans- 
formación? Lo ignoro. ¿Qué puede imprimirle el 
sello de legitimidad? Creo poder resolver esta cues- 
tión. 

Si no atendiese más que a la fuerza y a los 
efectos que de ella se derivan, diría: "En tanto que 
un pueblo está obligado a obedecer y obedece, 
hace bien; tan pronto como puede sacudir el yugo, 
y lo sacude, obra mejor aún, pues recobrando su li- 
bertad con el mismo derecho con que le fue arreba- 
tada, prueba que fue creado para disfrutar de ella. 
De lo contrario, no fue jamás digno de arrebatár- 
sela." Pero el orden social constituye un derecho 
sagrado que sirve de base a todos los demás. Sin 
embargo, este derecho no es un derecho natural: 
está fundado sobre convenciones. Trátase de saber 
cuáles son esas convenciones; pero antes de llegar á 
este punto, debo fijar ó determinar lo que acabo de 
afirmar. 



CAPITULO II 

De las primeras sociedades 

La más antigua de todas las sociedades, y la 
única natural, es la de la familia; sin embargo, los 
hijos no permanecen ligados al padre más que du- 
rante el tiempo que tienen necesidad de él para su 
conservación. Tan pronto como esta necesidad 
cesa, los lazos naturales quedan disueltos. Los hijos 
exentos de la obediencia que debían al padre y éste 
relevado de los cuidados que debía a aquéllos, uno 
y otro entran a gozar de igual independencia. Si 
continúan unidos, no es ya forzosa y naturalmente, 
sino voluntariamente; y la familia misma, no sub- 
siste más que por conveniencia. 

Esta libertad común es consecuencia de la na- 
turaleza humana. Su principal ley es velar por su 
propia conservación, sus primeros cuidados son los 
que se debe a su persona. Llegado a la edad de la 
razón, siendo el único juez de los medios adecua- 
dos para conservarse, conviértese por consecuen- 
cia en dueño de si mismo. 



109 



1 10 



JUAN JACOBO ROUSSEAU 



La familia es pues, si se quiere, el primer mo- 
delo de las sociedades políticas: el jefe es la imagen 
del padre, el pueblo la de los hijos, y todos, habien- 
do nacido iguales y libres, no enajenan su libertad 
sino en cambio de su utilidad. Toda la diferencia 
consiste en que, en la familia, el amor paternal 
recompensa al padre de los cuidados que prodiga 
a sus hijos, en tanto que, en el Estado, es el placer 
del mando el que suple o sustituye este amor que 
el jefe no siente por sus gobernados. 

Grotio niega que los poderes humanos se 
hayan establecido en beneficio de los gobernados, 
citando como ejemplo la esclavitud. Su constante 
manera de razonar es la de establecer siempre el 
hecho como fuente del derecho' . Podría emplear- 
se un método más consecuente o lógico, pero no 
más favorable a los tiranos. 

Resulta, pues, dudoso, según Grotio, saber si 
el género humano pertenece a una centena de 
hombres o si esta centena de hombres pertenece al 
género humano. Y, según se desprende de su libro, 
parece inclinarse por la primera opinión. Tal era 
también el parecer de Hobbes. He allí', de su suer- 
te, la especie humana dividida en rebaños, cuyos 
jefes los guardan para devorarlos. 

Como un pastor es de naturaleza superior a la 
de su rebaño, los pastores de hombres, que son sus 
jefes, son igualmente de naturaleza superior a sus 
pueblos. Así razonaba, de acuerdo con Filón, el 
emperador Cali'gula, concluyendo por analogía, 
que los reyes eran dioses o que los hombres bestias. 

El argumento de Calígula equivale al de 
Hobbes y Grotio. Aristóteles, antes que ellos, había 
dicho también^ que los hombres no son natural- 
mente iguales, pues unos nacen para ser esclavos y 
otros para dominar. 

Aristóteles tenía razón, solo que tomaba el 
efecto por la causa. Todo hombre nacido esclavo, 
nace para la esclavitud, nada es más cierto. Los es- 
clavos pierden todo, hasta el deseo de su libertad: 
aman la servidumbre como los compañeros de Uli- 
ses amaban su embrutecimiento^. Si existen, pues, 



;. "Las sabias investigaciones hechos sobre el derecho 
público, no son a menudo sino la historia de antiguos 
abusos, cuyo demasiado estudio da por resultado el que se 
encaprichen mal a propoí, los que se toman tal trabajo." 
(Traite des intéréts de la France avec sos voisins, por el 
marqués de Argenson, impreso en casa de Rey, en Ams- 
terdam.) He allí precisamente lo que ha hecho Grotio. 

2. Poli tic, lib. I, cap. V. (Ed.) 

3. Véase un tratadito del Plutarco, titulado: Que les bétes 
usent de la raison. 



esclavos por naturaleza, es porque los ha habido 
contrariando sus leyes: la fuerza hizo los primeros, 
su vileza los ha perturbado. 

Nada he dicho del rey Adán, ni del emperador 
Noé, padre de tres grandes monarcas que se repar- 
tieron el imperio del universo, como los hijos de 
Saturno, a quienes se ha creído reconocer en ellos. 
Espero que se me agradecerá la modestia, pues 
descendiendo directamente de uno de estos tres 
príncipes, tal vez de la rama principal, ¿quien sabe 
si, verificando títulos, no resultaría yo como legí- 
timo rey del género humano? Sea como fuere, hay 
que convenir que Adán fué soberano del mundo, 
mientras lo habitó solo, como Robinsón de su isla, 
habiendo en este imperio la ventaja de que el mo- 
narca, seguro en su trono, no tenía que temer ni a 
rebeliones, ni a guerras, ni a conspiradores. 



CAPITULO III 

Del derecho del más fuerte. 

El más fuerte no lo es jamás bastante para ser 
siempre el amo o señor, si no transforma su fuerza 
en derecho y la obediencia en deber. De allí el de- 
recho del más fuerte, tomando irónicamente en 
apariencia y realmente establecido en principio. Pe- 
ro ¿se nos explicará nunca esta palabra? La fuerza 
es una potencia física, y no veo qué moralidad pue- 
de resultar de sus efectos. Ceder a la fuerza es un 
acto de necesidad, no de voluntad; cuando más 
puede ser de prudencia. ¿En qué sentido podrá ser 
un deber? 

Supongamos por un momento este pretendi- 
do derecho; yo afirmo que resulta de él un galima- 
tías inexplicable, porque si la fuerza constituye el 
derecho, como el efecto cambia con la causa, toda 
fuerza superior a la primera modificará el derecho. 
Desde que se puede desobedecer impunemente, se 
puede legítimamente, y puesto que el más fuerte 
tiene siempre razón, no se trata más que de 
procurarlo serlo. ¿Qué es, pues, un derecho que pa- 
rece cuando la fuerza cesa? Si es preciso obedecer 
por fuerza, no es necesario obedecer por deber, y si 
la fuerza desaparece, la obligación no existe. Resul- 
ta, por consiguiente, que la palabra derecho no 
añade nada a la fuerza ni significa aquí nada en 
absoluto. 

Obedeced a los poderes. Si esto quiere decir: 
ceded a la fuerza, el precepto es bueno, pero super- 
fluo. Respondo de que no será jamás violado. Todo 
poder emana de Dios, lo reconozco, pero toda en- 



EL CONTRATO SOCIAL 



II 1 



fermedad también. ¿Estará prohibido por ello, 
recurrir al médico? ¿Si un bandido me sorprende 
en una selva, estaré, no solamente por la fuerza, 
sino aun pudiendo evitarlo, obligado en concien- 
cia a entregarle mi bolsa? ¿Por qué, en fin, la pis- 
tola que él tiene es un poder? 

Convengamos, pues, en que la fuerza no hace 
el derecho y en que no se está obligado a obedecer 
sino a los poderes legi'timos. Asi', mi cuestión pri- 
mitiva queda siempre en pie. 

CAPITULO IV 

De la esclavitud 

Puesto que ningún hombre tiene por natura- 
leza autoridad sobre su semejante, y puesto que la 
fuerza no constituye derecho alguno, quedan sólo 
las convenciones como base de toda autoridad le- 
gítima entre los hombres. 

Si un individuo, —dice Grotio,— puede ena- 
jenar su libertad y hacerse esclavo de otro, ¿por 
qué un pueblo entero no puede enajenar la suya y 
convertirse en un esclavo de un rey? Hay en esta 
frase algunas palabras equivocas que necesitarían 
explicación; pero detengámonos sólo en la de ena- 
jenar. Enajenar es ceder o vender. Ahora, un hom- 
bre que se hace esclavo de otro, no cede su liber- 
tad; la vende, cuando menos, por su subsistencia; 
pero un pueblo ¿por qué se vende? Un rey, lejos 
de proporcionar la subsistencia a sus subditos, saca 
de ellos la suya, y según Rabelais, un rey no vive 
con poco. ¿Los subditos ceden, pues, sus personas 
a condición de que les quiten también su bienestar? 
No sé qué les queda por conservar. 

Se dirá que el déspota asegura a sus subditos 
la tranquilidad civil; sea, pero ¿qué ganan con 
ello, si las guerras que su ambición ocasiona, si su 
insaciable avidez y las vejaciones de su ministerio 
les arruinan más que sus disensiones internas? ¿Qué 
ganan, si esta misma tranquilidad constituye una de 
sus miserias? Se vive tranquilo también en los 
calabozos, pero, ¿es esto encontrarse y vivir bien? 
Los Griegos encerrados en el antro de Ciclope, 
vivían tranquilos esperando el turno de ser devora- 
dos. 

Decir que un hombre se da a otro gratuita- 
mente, es afirmar una cosa absurda e inconcebible: 
tal acto sería ilegítimo y nulo, por la razón única 
de que el que la lleva a cabo no está en su estado 
normal. Decir otro tanto de un país, es suponer 
un pueblo de locos y la locura no hace derecho. 



Aun admitiendo que el hombre pudiera ena- 
jenar su libertad, no puede enajenar la de sus hijos, 
nacidos hombres y libres. Su libertad les pertenece, 
sin que nadie tenga derecho a disponer de ella. 
Antes de que estén en la edad de la razón, puede el 
padre, en su nombre, estipular condiciones para 
asegurar su conservación y bienestar, pero no dar- 
los irrevocable e incondicionalmente; pues acto tal 
sería contrario a los fines de la naturaleza y traspa- 
saría el límite de los derechos paternales. Sería, 
pues, necesario para que un gobierno arbitrario fue- 
se legítimo, que a cada generación el pueblo, fue- 
se dueño de admitir o rechazar sus sistemas, y en 
caso semejante la arbitrariedad dejaría de existir. 

Renunciar a su libertad es renunciara su con- 
dición de hombre, a los derechos de la humanidad 
y aun a sus deberes. No hay resarcimiento alguno 
posible para quien renuncia a todo. Semejante 
renuncia es incompatible con la naturaleza del 
hombre: despojarse de la libertad es despojarse de 
moralidad. En fin, es una convención fútil y con- 
tradictoria estipular de una parte una autoridad ab- 
soluta y de la otra una obediencia sin límites. ¿No 
es claro que a nada se está obligado con aquel a 
quien hay el derecho de exigirle todo? ¿Y esta sola 
condición, sin equivalente, sin reciprocidad, no 
lleva consigo la nulidad del acto? ¿Qué derecho 
podrá tener mi esclavo contra mí, ya que todo lo 
que posee me pertenece y puesto que siendo su 
derecho el mío, tal derecho contra mí mismo sería 
una palabra sin sentido alguno? 

Grotio y otros como él, deducen de la guerra 
otro origen del pretendido derecho de la esclavitud. 
Teniendo el vencedor, según ellos, el derecho de 
matar al vencido, éste puede comprar su vida al 
precio de su libertad; convención tanto más legíti- 
ma, cuanto que redunda en provecho de ambos. 

Pero es evidente que este pretendido derecho 
de matar al vencido no resulta de ninguna manera 
del estado de guerra. Por la sola razón de que los 
hombres en su primitiva independencia no tenían 
entre sí relaciones bastante constantes para consti- 
tuir ni el estado de paz ni el de guerra, y no eran, 
por lo tanto, naturalmente enemigos. La relación 
de las cosas y no la de los hombres es la que consti- 
tuye la guerra, y este estado no puede nacer de 
simples relaciones personales, sino únicamente de 
relaciones reales. La guerra de hombre a hombre 
no puede existir ni en el estado natural en el que 
no hay propiedad constante, ni en el estado social 
donde todo está bajo la autoridad de las leyes. 

Los combates particulares, los duelos, las ri- 
ñas son actos que no constituyen estado, y en 



1 12 



JUAN JACOBO ROUSSEAU 



cuanto a las guerras derivadas, autorizadas por las 
ordenanzas de Luis IX rey de Francia, y suspen- 
didas por la paz de Dios, no son más que abusos del 
gobierno feudal, sistema absurdo, si sistema puede 
llamarse, contrario a los principios del derecho 
natural y a toda buena política. 

La guerra no es una relación de hombre a 
hombre, sino de Estado a Estado, en la cual los in- 
dividuos son enemigos accidentalmente, no como 
hombres ni como ciudadanos*, sino como solda- 
dos; no como miembros de la patria, sino como sus 
defensores. Por último, un Estado no puede_ tener 
por enemigo sino a otro Estado, y no a hombres; 
pues no pueden fijarse verdaderas relaciones entre 
cosas de diversa naturaleza. 

Este principio está conforme con las máxi- 
mas establecidas de todos los tiempos y con la 
práctica constante de todos los pueblos civilizados. 
Las declaraciones de guerra son advertencias diri- 
gidas a los ciudadanos más que a las potencias. El 
extranjero, sea rey, individuo o pueblo, que roba, 
mata o retiene a los subditos de una nación sin 
declarar la guerra al Pri'ncipe, no es un enemigo, 
es un bandido. Aun en plena guerra, un príncipe 
justo se apoderará bien en pai's enemigo, de todo 
lo que pertenezca al público, pero respetará la per- 
sona de bienes de los particulares, esto es: respeta- 
ra la persona, los derechos sobre los cuales se fun- 
dan los suyos. Teniendo la guerra como fin de des- 
trucción del Estado enemigo. Hay derecho de ma- 
tar a los defensores mientras están con las armas en 
la mano, pero tan pronto como las entregan y se 
rinden, dejan de ser enemigos o instrumentos del 
enemigo, recobran su condición de simples hom- 
bres y el derecho a la vida. A veces se puede 
destruir un Estado sin matar uno solo de sus 
miembros: la guerra no da ningún derecho que no 
sea necesario a sus fines. Estos principios no son los 



4. Los Romanos que han comprendido y respetado más que 
ningún otro pueblo del mundo el derecho de la guerra, 
eran tan escrupulosos a este respecto, que no le era per- 
mitido a un ciudadano servir como voluntario, sin haberse 
enganchado expresamente contra el enemigo, y determi- 
nadamente contra tal enemigo. Habiendo sido licenciada 
una legión en la que Catón hi/o hacia su primera campaña, 
bajo las órdenes de Popilius, Catón el vie/o escribió a éste 
dlciindote que si él quería que su hijo continuase sirvien- 
do ba/'o su mando, era preciso que le hiciera prestar un 
nuevo juramento militar, porque habiendo quedado el 
primero anulado, no podía continuar tomando las armas 
contra el enemigo. Y el mismo Cotón escribió a su hijo 
ordenándole que se guardase bien de prestar combate sin 
haber prestado el nuevo juramento. Se que se me podrá 
oponer el sitio de Clusium y otros hechos particulares, 
pero yo cito leyes, costumbres. Los romanos son los que 
menos a menudo han quebrantado sus leyes, y son los 
imicos que las hayan tenido tan bellas. 



de Grotio,, ni están basados en la autoridad de los 
poetas; se derivan de la naturaleza de las cosas y 
tienen por fundamento la razón. 

Con respecto al derecho de conquista, él no 
tiene otro fundamento que la ley del más fuerte. Si 
la guerra no da al vencedor el derecho de asesinar a 
los pueblos vencidos no puede darle tampoco el de 
esclavizarlos. No hay derecho de matar al enemigo 
más que cuando no se le puede convertir en escla- 
vo, luego este derecho no proviene del derecho de 
matarlo: es únicamente un cambio en el que se le 
otorga la vida, sobre la cual no se tiene derecho al 
precio de su libertad: estableciendo, pues, el dere- 
cho de vida y muerte sobre el derecho de esclavi- 
tud, y éste sobre aquél, ¿es o no claro que se cae 
en un círculo vicioso? 

Más aún admitiendo este terrible derecho de 
matar, afirmo que un esclavo hecho en la guerra o 
un pueblo conquistado, no está obligado a nada 
para con el vencedor, a excepción de obedecerle 
mientras a ello están forzados. Tomando el equiva- 
lente de su vida, el vencedor no le ha concedido, 
ninguna gracia: en vez de suprimirlo sin provecho, 
lo ha matado útilmente. Lejos, pues, de haber 
adquirido sobre él ninguna autoridad, el estado de 
guerra subsiste entre ellos como antes, sus mismas 
relaciones son el efecto, pues el uso del derecho de 
guerra no supone ningún tratado de paz. Habrán 
celebrado un convenio, pero éste, lejos de suprimir 
tal estado, supone su continuación. 

Así, desde cualquier punto de vista que se 
consideren las cosas, el derecho de esclavitud es 
nulo, no solamente porque es ilegítimo, sino por- 
que es absurdo y no significa nada. Las palabras 
esclavo y derecho, son contradictorias y se exclu- 
yen mutuamente. Ya sea de hombre a hombre o 
de hombre a pueblo, el siguiente razonamiento se- 
rá siempre igualmente insensato: "Celebro conti- 
go un contrato en el cual todos los deberes están 
a tu cargo y todos los beneficios en mi favor, 
el cual observaré hasta tanto así me plazca y tú 
durante todo el tiempo que yo desee." 



CAPITULO V 

Necesidad de retroceder a una convención 
primitiva 

Ni aun concediéndoles todo lo que hasta 
aquí he refutado, lograrían progresar más los 
fautores del despotismo. Habrá siempre una gran 
diferencia entre someter una multitud y regir 



EL CONTRATO SOCIAL 



1 13 



una sociedad. Que hombres dispersos estén suce- 
sivamente sojuzgados a uno sólo, cualquiera que 
sea el número, yo sólo veo en esa colectividad un 
señor y esclavos, jamás un pueblo y su jefe: repre- 
sentarán, si se quiere, una agrupación, más no una 
asociación, porque no hay ni bien público ni 
cuerpo poh'tico. Ese hombre, aun cuando haya 
sojuzgado a medio mundo, no es siempre más que 
un particular; su interés, separado del de los demás, 
será siempre un interés privado. Si llega a parecer, 
su imperio, tras él, se dispersará y permanecerá sin 
unión ni adherencia, como un roble se destruye y 
cae convertido en un montón de cenizas después 
que el fuego lo ha consumido. 

Un pueblo —dice Grotio— puede darse a un 
rey. Según Grotio, un pueblo existe, pues como tal 
pudo dársele a un rey. Este presente o dádiva cons- 
tituye, de consiguiente, un acto civil, puesto que 
supone una deliberación pública. Antes de exami- 
nar el acto por el cual el pueblo elige un rey, sena 
conveniente estudiar el acto por el cual un pueblo 
se constituye en tal, porque siendo este acto nece- 
sariamente anterior al otro, es el verdadero funda- 
mento de la sociedad. 

En efecto, si no hubiera una convención an- 
terior, en donde estaña la obligación, a menos que 
la elección fuese unánime, de los menos a someter- 
se al deseo de los más? Y ¿con qué derecho, ciento 
que quieren un amo, votan por diez que no lo de- 
sean? La ley de las mayorías en los sufragios es 
ella misma fruto de una convención que supone, 
por lo menos una vez, la unanimidad. 



Esta suma de fuerzas no puede nacer sino del 
concurso de muchos; pero, constituyendo la fuer- 
za y la libertad de cada hombre los principales ins- 
trumentos para su conservación, ¿cómo podría 
comprometerlos sin perjudicarse y sin descuidar las 
obligaciones que tiene para consigo mismo? Esta 
dificultad, concretándola a mi objeto, puede enun- 
ciarse en los siguientes términos: 

"Encontrar una forma de asociación que de- 
fienda y proteja con la fuerza común la persona y 
los bienes de cada asociado, y por la cual cada uno, 
uniéndose a todos, no obedezca sino a si mismo y 
permanezca tan libre como antes." Tal es el pro- 
blema fundamental cuya solución da el Contrato 
Social. 

Las cláusulas de este contrato están de tal 
suerte determinadas por la naturaleza del acto, que 
la menor modificación las haría inútiles y sin efec- 
to; de manera, que, aunque no hayan sido jamás 
formalmente enunciadas, son en todas partes las 
mismas y han sido en todas partes tácitamente re- 
conocidas y admitidas, hasta tanto que, violado el 
pacto social, cada cual recobra sus primitivos dere- 
chos y recupera su libertad natural, al perder la 
convencional por la cual había renunciado a la 
primera. 

Estas cláusulas, bien estudiadas, se reducen 
a una sola, a saber: la enajenación total de cada 
asociado con todos sus derechos a la comunidad 
entera, porque, primeramente, dándose por com- 
pleto cada uno de los asociados, la condición es 
igual para todos; y siendo igual, ninguno tiene 
interés en hacerla onerosa para los demás. 



CAPITULO VI 

Del pacto social 

Supongo d los hombres llegados al punto en 
que los obstáculos que impiden su conservación en 
el estado natural, superan las fuerzas que cada in- 
dividuo puede cmpleai para mantenerse en él. En- 
tonces este estado primitivo no puede subsistir, y 
el genero humano perecería si no cambiaba su ma- 
nera de ser. 

Ahora bien, como los hombres no pueden en- 
gendrar nuevas fuerzas, sino solamente unir y diri- 
gir las que existen, no tienen otro medio de 
conservación que el de formar por agregación una 
suma de fuerzas capaz de sobrepujar la resistencia, 
de poneilas en juego con un solo fin y de hacerlas 
obrar unidas y de conformidad. 



Además, efectuándose la enaienación sin 
reservas, la unión resulta tan perfecta como puede 
serlo, sin que ningún asociado tenga nada que re- 
clamar, porque si quedasen algunos derechos a los' 
particulares, como no habría ningún superior co- 
mún que pudiese sentenciar entre ellos y el públi- 
co, cada cual siendo hasta cierto punto su propio 
■ juez, pretendería pronto serlo en todo; consecuen- 
cialmcnte, el estado natural subsistiría y la aso- 
ciación convertiríase necesariamente en tiránica o 
inútil. 

En fin, dándose cada individuo a todos no se 
da a nadie, y como no hay un asociado sobre el 
cual no se adquiera el mismo derecho que se cede, 
se gana la equivalencia de todo lo que se pierde 
y mayor fuerza para conservar lo que se tiene. 

Si se descarta, pues, del pacto social lo que no 
es de esencia, encontraremos que queda reducido a 



114 



JUAN JACOBO ROUSSEAU 



los términos siguientes: "Cada uno pone en común 
su persona y todo su poder bajo la suprema direc- 
ción de la voluntad general, y cada miembro consi- 
derado como parte indivisible del todo." 

Este acto de asociación convierte al instante la 
persona particular de cada contratante, en un cuer- 
po normal y colectivo, compuesto de tantos miem- 
bros como votos tiene la asamblea, la cual recibe de 
este mismo acto su unidad, su yo común, su vida y 
su voluntad. La persona pública que se constituye 
así, por la unión de todas las demás, tomaba en 
otro tiempo el nombre de Ciudad^ y hoy el de Re- 
pública o Cuerpo Político, el cual es denominado 
Estado cuando es activo. Potencia en comparación 
con sus semejantes. Cuanto a ios asociados, éstos 
toman colectivamente el nombre de Pueblo y par- 
ticularmente el de ciudadanos como partícipes de 
la autoridad soberana, y subditos por estar someti- 
dos a las leyes del Estado. Pero estos términos se 
confunden a menudo, siendo tomados el uno por 
el otro; basta saber distinguirlos cuando son em- 
pleados con toda precisión. 

CAPITULO Vil 

Del Soberano 

Despréndese de esta fórmula que el acto de 
asociación implica un compromiso recíproco del 
público con los particulares y que, cada individuo, 
contratando, por decirlo así, consigo mismo, se 
halla obligado bajo una doble relación, a saber: 
como miembro del soberano para con los particu- 
lares y como miembro del Estado para con el so- 



5. La verdadera slgrtiftcacibn de esta palabra hace casi perdi- 
do entre los rr\odernos: la mayoría de ellos confunden una 
población con una ciudad y un habitante con un dudado- 
rm. Ignoran que las casas constituyen la extensión, la pct- 
blación, y que los ciudadanos representan o forman la ciu- 
dad. Este mismo error costó caro a los Cartagineses. No he 
leído que el titulo de ciudadanos se hoya ¡a más dado a los 
subditos de ningún prirKipe, ni aun antiguamente a los 
Macedonlos ni tampoco en nuestros días a los Inglesas a 
pesar de estar más cercanos de la libertad que todos los 
demos. Solamente los Franceses toman familiarmente 
este nombre, porque no tienen verdadera idea de lo que la 
palabra ciudadano significa, como puede verse en sus dic- 
cionarios, sin que incurran, usurpándolo, en crimen de le- 
sa majestad: este nombre entre ellos expresa una virtud y 
no un derecho. Cuando Bodln ha querido hablar de nues- 
tros ciudadanos y habitantes ha cometido un grave yerro 
tomando los unos por los otros. M. d'A lembert no se ha 
equivocado, y ha distinguido bien, en su articulo Gine- 
bra las cuatro clases de hombres (cinco si se cuentan los 
extranjeros) que existen en nuestra población y de las cua- 
les dos solamente componen la república. Ningún autor 
francés, que yo sepa, ha comprendido el verdadero senti- 
do del vocablo ciudadano. 



berano. Pero no puede aplicarse aquí el principio 
de derecho civil según el cual los compromisos con- 
traídos consigo mismo no crean ninguna obliga- 
ción, porque hay una gran diferencia entre obligar- 
se consigo mismo y de obligarse para con un todo 
del cual se forma parte. 

Preciso es hacer notar también que la delibe- 
ración pública, que puede obligar a todos los subdi- 
tos para con el soberano, a causa de las dos diferen- 
tes relaciones bajo las cuales cada uno de ellos 
es considerado, no puede por la razón contraria, 
obligar al soberano para consigo, siendo por con- 
siguiente contrario a la naturaleza del cuerpo poli'- 
tico, que el soberano se imponga una ley que no 
pueda ser por él quebrantada. No pudiendo consi- 
derarse sino bajo una sola relación, está en el caso 
de un particular que contrata consigo mismo; por 
lo cual se ve que no hay ni puede haber ninguna 
especie de ley fundamental obligatoria para el cuer- 
po del pueblo, ni aun el mismo contrato social. 
Esto no significa que este cuerpo no puede perfec- 
tamente comprometerse con otros, en cuanto no 
deroguen el contrato, pues con relación al extran- 
jero, conviértese en un ser simple, en un individuo. 

Pero derivando el cuerpo político o el sobera- 
no su existencia únicamente de la legitimidad del 
contrato, no puede jamás obligarse, ni aun con los 
otros, a nada que derogue ese acto primitivo, tal 
como enajenar una parte de sí mismo o someterse a 
otro soberano. Violar el acto por el cual existe, 
sería aniquilarse, y lo que es nada, no produce 
nada. 

Desde que esta multiplicidad queda constituí'- 
da en un cuerpo, no se puede ofender a uno de sus 
miembros, sin atacar a la colectividad y menos aún 
ofender al cuerpo sin que sus miembros se resien- 
tan. Así, el deber y el interés obligan igualmente a 
las dos partes contratantes a ayudarse mutuamen- 
te; y los mismos hombres, individualmente, deben 
tratar de reunir, bajo esta doble relación, todas 
las ventajas que de ellas deriven. 

Además, estando formado el cuerpo soberano 
por los particulares, no tiene ni puede tener interés 
contrario al de ellos; por consecuencia, la sobera- 
nía no tiene necesidad de dar ninguna garantía a 
los subditos, porque es imposible que el cuerpo 
quiera perjudicar a todos sus miembros. Más ade- 
lante veremos que no puede dañar tampoco a nin- 
guno en particular. El soberano, por la sola razón 
de serlo, es siempre lo que debe ser. 

Pero no resulta así como los subditos respec- 
to del soberano, al cual, a pesar del interés común, 



EL CONTRATO SOCIAL 



115 



nada podría responderle de sus compromisos si 
no encontrase medios de asegurarse su fidelidad. 

En efecto, cada individuo puede, como hom- 
bre, tener una voluntad contraria o desigual a la vo- 
luntad general que posee como ciudadano: su inte- 
rés particular puede aconsejarle de manera comple- 
tamente distinta de la que le indica el interés co- 
mún; su existencia absoluta y^ naturalmente 
independientemente puede colocarse en oposición 
abierta con lo que debe a la causa común como 
contribución gratuita, cuya pérdida seria menos 
perjudicial a los otros que oneroso el pago para él, 
y considerando la persona moral que constituye el 
Estado cómo un ente de razón, —puesto que éste 
no es un hombre— gozaría de los derechos del 
ciudadano sin querer cumplir o llenar los deberes 
de subdito, injusticia cuyo progreso causaría la 
ruina del cuerpo político. 

Afín de que este pacto social no sea, pues, una 
vana fórmula, él encierra tácitamente el compromi- 
so, que por sí solo puede dar fuerza a los otros, de 
que, cualquiera que rehuse obedecer a la voluntad 
general, será obligado a ello por todo el cuerpo; lo 
cual no significa otra cosa sino que se le obligará a 
ser libre, pues tal es la condición que," otorgando 
cada ciudadano a la patria, le garantiza de toda de- 
pendencia personal, condición que constituye el 
artificio y el juego del mecanismo político y que es 
la única que legitima las obligaciones civiles, las 
cuales, sin ella, serían absurdas, tiránicas y queda- 
rían expuestas, a los mayores abusos. 

CAPITULO VIII 

Del estado civil. 

La transición del estado natural al estado civil 
produce en el hombre un cambio muy notable, sus- 
tituyendo en su conducta la justicia al instinto y 
dando a sus acciones la moralidad de que antes ca- 
recían. Es entonces cuando, sucediendo la voz del 
deber a la impulsión física, y el derecho al apetito, 
el hombre, que antes no había considerado ni teni- 
do en cuenta más que su persona, se ve obligado a 
obrar basado en distintos principios, consultando 
a la razón antes de prestar oído a sus inclinaciones. 
Aunque se prive en este estado de muchas ventajas 
naturales, gana en cambio otras tan grandes, sus 
facultades se ejercitan y se desarrollan, sus ideas se 
extienden, sus sentimientos se ennoblecen^ su alma 
entera se eleva a tal punto que, si los abusos de esta 
nueva condición no le degradasen a menudo hasta 
colocarse en situación inferior a la en que estaba, 
debería bendecir sin cesar el dichoso instante en 



que la quitó para siempre y en que, de animal estú- 
pido y limitado, se convirtió en un ser inteligente, 
en hombre. 

Simplificando: el hombre pierde su libertad 
natural y el derecho ¡limitado a todo cuando desea 
y puede alcanzar, ganando en cambio la libertad 
civil y la propiedad de lo que posee. Para no equi- 
vocarse acerca de estas compensaciones, es preciso 
distinguir la libertad natural, que tiene por límites 
las fuerzas individuales, de la libertad civil, circuns- 
crita por la voluntad general; y la posesión, que no 
es otra cosa que el efecto de la fuerza o del dere- 
cho del primer ocupante, de la propiedad, que no 
puede ser fundada sino sobre un título positivo. 

Podríase añadir a lo que precede la adquisi- 
ción de la libertad moral, que por sí sola hace al 
hombre verdadero dueño de sí mismo, ya que el 
impulso del apetito constituye la esclavitud, en tan- 
to que la obediencia a la ley es la libertad. Pero he 
dicho ya demasiado en este artículo, puesto que no 
es mi intención averiguar aquí el sentido filosófico 
de la palabra libertad. 



CAPITULO IX 

Del dominio real. 

Cada miembro de la comunidad se da a ella 
en el momento que se constituye, tal cual se en- 
cuentra en dicho instante, con todas sus fuerzas, 
de las cuales forman parte sus bienes. Sólo por 
este acto, la posesión cambia de naturaleza al canív 
biar de manos, convirtiéndose en propiedad en las 
del soberano; pero como las fuerzas de la socie- 
dad son incomparablemente mayores que las de 
un individuo, lá posición pública es también de he- 
cho másfuerte e irrevocable, sin ser más legítima, 
al menos para los extranjeros, pues el Estado, tra- 
tándose de sus miembros, es dueño de sus bienes 
por el contrato social, el cual sirve de base a todos 
los derechos, sin serlo, sin embargo, con relación 
a las otras potencias, sino por el derecho de primer 
ocupante que deriva de los particulares. 

El derecho del primer ocupante, aun que es 
más real que el de la fuerza, no es verdadero dere- 
cho sino después de establecido el de propiedad. El 
hombre tiene naturalmente derecho a todo cuanto 
le es necesario; pero el acto positivo que le con- 
vierte en propietario de un bien cualquiera, le ex- 
cluye del derecho a los demás. Adquirida su parte 
debe limitarse a ella sin derecho a lo de la comuni- 
dad. He allí la razón por la cual el derecho de pri- 



116 



JUAN JACOBO ROUSSEAU 



mer ocupante, tan débil en el estado natural, es 
respetable en el estado civil. Se respeta menos por 
este derecho lo que es de otros, que lo que no es de 
uno. 

En general, para autorizar el derecho de pri- 
mer ocupante sobre un terreno cualquiera, son ne- 
cesarias las condiciones siguientes: la primera, que 
el terreno no esté ocupado por otro; la segunda, 
que no se ocupa más que la parte necesaria para 
subsistir; la tercera, que se tome posesión de él, 
no mediante vana ceremonia, sino por el trabajo 
y el cultivo, único signo de propiedad que, a de- 
fecto de ti'tulos jurídicos, debe ser respetado por 
los demás. 

En efecto, conceder a la necesidad y al tra- 
bajo el derecho de primer ocupante, ¿no es dar a 
tal derecho toda la extensión suficiente? ¿No po- 
drá ser limitado, y bastará posar la planta sobre 
un terreno común para considerarse acto continuo 
dueño de él? ¿Bastará tener la fuerza para arrojar 
a los otros hombres arrebatándoles el derecho para 
siempre de volver a él? ¿Cómo podrá un individuo 
o pueblo apoderarse de un territorio inmenso pri- 
vando de él al género humano de otro modo que 
por una usurpación punible, puesto que arrebata 
al resto de los hombres su morada y los alimen- 
tos que la naturaleza les ofrece en común? Cuan- 
do Núñez de Balboa tomaba, desde la playa, pose- 
sión del Océano Pacífico y de toda la América Me- 
ridional en nombre de la corona de Castilla, ¿era 
esto razón suficiente para desposeer a todos los 
habitantes, excluyendo igualmente a todos los 
príncipes del mundo? Bajo esas condiciones, las 
ceremonias se multiplicaban inútilmente: el rey 
católico no tenía más que, de golpe, tomar pose- 
sión de todo el universo, sin perjuicio de suprimir 
en seguida de su imperio lo que antes había sido 
poseído por otros príncipes. 

Concillase, desde luego, cómo las tierras 
de los particulares reunidas y contiguas, constitu- 
yen el territorio público, y cómo el derecho de so- 
beranía, extendiéndose de los subditos a los terre- 
nos que ocupan, viene a ser a la vez real y personal, 
lo cual coloca a los poseedores en una mayor de- 
pendencia, conviniendo sps mismas fuerzas en ga- 
rantía de su fidelidad; ventaja que no parece haber 
sido bien comprendida por los antiguos monarcas 
que no llamándose sino reyes de los Persas, de los 
Scitas, de los Macedonios, se consideraban más 
como jefes de hombres que como dueños del país. 
Los de hoy se denominan más hábilmente reyes 
de Francia, de España, de Inglaterra, etc., etc. 
Poseyendo así el terreno están seguros de poseer 
los habitantes. 



Lo que existe de más singular en esta enajena- 
ción es que lejos la comunidad de despojar a los 
particulares de sus bienes, al aceptarlos, ella no hace 
otra cosa que asegurarse su Ifgítima posesión, cam- 
biando la usurpación en verdadero derecho y el go- 
ce en propiedad. Entonces los poseedores, consi- 
derados como depositarios del bien público, sien- 
do sus derechos respetados por todos los miem- 
bros del Estado y sostenidos por toda la fuerza co- 
mún contra el extranjero, mediante una cesión ven- 
tajosa para el público y más aún para ellos, adquie- 
ren, por decirlo así, todo lo que han dado: parado- 
ja que se explica fácilmente por la distinción entre 
los derechos que el soberano y el propietario tiene 
sobre el mismo bien, como se verá más adelante. 

Puede suceder también que los hombres co- 
miencen a unirse antes de poseer nada, y que apo- 
derándose en seguida de un terreno suficiente 
para todos, disfruten de él en común o lo repartan 
entre sí, ya por partes iguales, ya de acuerdo con 
las proporciones establecidas por el soberano. De 
cualquier manera que se efectúe esta adquisición, 
el derecho que tiene cada particular sobre sus bie- 
nes, queda siempre subordinado al derecho de la 
comunidad sobre todos, sin lo cual no habría ni 
solidez en el vínculo social, ni fuerza real en el ejer- 
cicio de la soberanía. 

Terminaré este capítulo y este libro con una 
advertencia que debe servir, de base a todo el 
sistema social, y es la de que, en vez de destruir 
la igualdad natural, el pacto fundamental susttuye 
por el contrario una igualdad moral y legítima, a la 
desigualdad física que la*naturaleza había estable- 
cido entre los hombres, las cuales, pudiendo ser 
desiguales en fuerza o en talento, vienen a ser todas 
iguales por convención y derecho*. 



LIBRO II 
CAPITULO PRIMERO 
La soberanía es inalienable. 

La primera y más importante consecuencia de 
los principios establecidos, es la deque la voluntad 
general puede únicamente dirigir las fuerzas del Esr 
tado de acuerdo con los fines de su institución, que 



6. Bajo los malos gobiernos, esta igualdad no es más que 
aparente e ilusoria: sólo sirve para mantener al pobre en 
su miseria y al rico en su usurpación. En realidad las leyes 
son siempre útiles o los que poseen y periudiciales a los 
que no tienen nada. De e\to se sigue que el estado social 
no es ventajoso o los hombres sino en tanto que todos 
ellos poseen algo y ninguno demasiado. 



EL CONTRATO SOCIAL 



1 17 



es el bien común; pues si la oposición de los inte- 
reses particulares ha hecho necesario el estableci- 
miento de sociedades, la conformidad de esos mis- 
mos intereses es lo que ha hecho posible su exis- 
tencia. Lo que hay de común en esos intereses es lo 
que constituye el vinculo social, porque si no hu- 
biera un punto en el que todos concordasen, nin- 
guna sociedad podría existir. 

Afirmó, pues, que no siendo la soberanía sino 
el ejercicio de la voluntad general, jamás deberá 
enajenarse, y que el soberano, que no es más que 
un ser colectivo, no puede ser representado sino 
por él mismo: el poder se trasmite, pero no la 
voluntad. 

En efecto, si no es imposible que la volun- 
tad particular se concilie con la general, es imposi- 
ble, por lo menos, que este acuerdo sea durable y 
constante, pues la primera tiende, por su naturale- 
za, a las preferencias y laf segunda a la igualdad. Más 
difícil aún es que haya un fiador de tal acuerdo, 
pero dado el caso de que existiera, no sería efec- 
to del arte, sino de la casualidad. El soberano pue- 
de muy bien decir: "yo quiero lo que quiere ac- 
tualmente tal hombre, o al menos, lo que dice que- 
rer"; pero no podrá decir: "lo que este hombre 
querrá mañana yo lo querré", puesto que es ab- 
surdo que la voluntad se encadene para lo futuro, 
y también porque no hay poder que pueda obli- 
gar al ser que quiere, a admitir o consentir en na- 
da que sea contrario a su propio bien. Si, pues, el 
pueblo promete simplemente obedecer, pierde su 
condición de tal y de disuelve por el mismo acto: 
desde el instante en que tiene un dueño, desapare- 
ce el soberano y queda destruido el cuerpo políti- 
co. 

Esto no quiere decir que las órdenes de los je- 
fes no puedan ser tenidas como la expresión de la 
voluntad general, en tanto que el cuerpo soberano, 
libre para oponerse a ellas, no lo haga. En caso se- 
mejante, del silencio general debe presumirse el 
consentimiento popular. Esto será explicado más 
adelante. 

CAPITULO II 

La soberanía es indivisible. 

La soberanía es indivisiWc por la misma razón 
que es inalienable; porque la voluntad es general '', 
o no lo es; la declaración de esta voluntad consti- 
tuye un acto de soberanía y es ley; en el segundo, 
no es sino una voluntad particular o un acto de 
magistratura; un decreto a lo más. 



Pero nuestros políticos, no pudiendo dividir 
la soberanía en principio, la dividen en sus fines y 
objeto; en fuerza y voluntad, en poder legislativo 
y en poder ejecutivo, en derecho de impuesto, de 
justicia y de guerra; en administración interior y en 
poder de contratar con el extranjero, confundiendo 
tan pronto estas partes como tan pronto separán- 
dolas. Hacen del soberano un ser-fantástico forma- 
do de piezas relacionadas, como si compusiesen un 
hombre <on miembros de diferentes cuerpos, to- 
man los ojos de uno, los brazos de otro y las 
piernas de otro. Según cuentan, los charlatanes del 
japón despedazaban un niño a la vista de los espec- 
tadores, y arrojando después al aire todos sus 
miembros uno tras otro, hacen caer a la criatura 
viva y entera. Tales son, más o menos, los juegos de 
cubilete de nuestros políticos.: después de des- 
membrar el cuerpo social con una habilidad y 
un prestigio ilusorios, unen las diferentes partes 
no se sabe cómo. 

Este error proviene de que no se han tenido 
nociones exactas de la autoridad soberana, habien- 
do considerado como partes integrantes lo que 
sólo eran emanaciones de ella. Así, por ejemplo, el 
acto de declarar la guerra como el de celebrar la 
paz se han calificado actos de soberanía; lo cual no 
es cierto, puesto que ninguno de ellos es una ley 
sino una aplicación de la ley, un acto particular que 
determina la misma, como se verá claramente al 
fijar la idea que encierra este vocablo. 

Observando asimismo las otras divisiones, se 
descubrirá todas las veces que sé incurre en el mis- 
mo error es la del pueblo, o la de una parte de él. 
En el primer caso, los derechos que se toman como 
partes de la soberanía, están todos subordinada ^ 
ella, y suponen siempre la ejecución de voluntades 
supremas. 

No es posible imaginar cuánta obscuridad ha 
arrojado esta falta de exactitud en las discusiones 
de los autores de derecho político, cuando han 
querido emitir opinión o decidir sobre los derechos 
respectivos de reyes y pueblos, partiendo de los 
principios que habían establecido. Cualquiera pue- 
de convencerse de ello al ver, en los capítulos II y 
IV del primer libro de Grotio, cómo este sabio tra- 
tadista y su traductor Barbeyrac se confunden y 
enrredan en sus sofismas, temerosos de decir de- 
masiado o de nd decir lo bastante, según su enten- 



7. Para que la voluniad sea general, no es siempre necesario 
que sea unánime: pero si es Indispensable que todos los 
votos sean tenidos en cuenta. Toda exclusión formal des- 
truye su carácter de tal. 



118 



JUAN JACOBO ROUSSEAU 



der, y de poner en oposición los intereses que 
intentan conciliar. Grotio, descontento de su pa- 
tria, refugiado en Francia y deseoso de hacer la 
corte a Luis XIII, a quien dedicó su libro, no eco- 
nomizó medio alguno para despojar a los pueblos 
de todos sus derechos y revestir con ellos, con todo 
el arte posible, a los reyes. Lo mismo habría que- 
rido hacer Barbeyra, que dedicó su traducción 
al rey de Inglaterra Jorge 1; pero desgraciadamen- 
te, la expulsión de Jacobo II, que él califica de ab- 
dicación, le obligó a mantenerse en la reserva, a 
eludir y a tergiversar las ideas para no hacer de 
Guillermo un usurpador. Si estos dos escritores 
hubieran adoptado los verdaderos principios, 
habrían saKado todas las dificultades y habrían 
sido consecuentes con ellos, pero entonces habrían 
tristemente dicho la verdad y hecho la corte al 
pueblo. La verdad no lleva a la fortuna, ni el pue- 
blo da embajadas, cátedras ni pensiones. 



CAPITULO III 

De si la voluntad general puede errar 

Se saca en consecuencia de lo que precede, 
que la voluntad general es siempre recta y tiende 
constantemente a la utilidad pública; pero no se de- 
duce de ello que las deliberaciones del pueblo ten- 
gan siempre la misma rectitud. 

Este quiere indefectiblemente su bien, pero 
no siempre lo comprende. Jamás se corrompe el 
pueblo, pero a menudo se le engaña, y es enton- 
ces cuando parece querer el mal. 

Frecuentemente surge una gran diferencia en- 
tre la voluntad.de todos y la voluntad general: ésta 
solo atiende al interés común, aquélla al interés 
privado, siendo en resumen una suma de las volun- 
tades particulares; pero suprimid de estas mismas 
voluntades las más y las menos que se destruyen 
entre si', y quedará por suma de las diferencias la 
voluntad general*. 

Si, cuando el pueblo, suficientemente infor- 
mado, delibera, los ciudadanos pudiesen permane- 
cer completamente incomunicados, del gran 
número de pequeñas diferencias resultaría siempre 
la voluntad general y la deliberación sería buena. 
Pero cuando se forman intrigas y asociaciones par- 
ciales a expensas de la comunidad, la voluntad de 
cada una de ellas conviértese en general con rela- 
ción a sus miembros, y en particular con relación 
al Estado, pudiendo entonces decir que no hay ya 
tantos votantes como ciudadanos, sino tantos 



como asociaciones. Las diferencias se hacen menos 
numerosas y dan un resultado menos general. En 
fin, cuando una de estas asociaciones es tan gran- 
de que predomjna sobre todas las otras, el resul- 
tado no será una suma de pequeñas diferencias, si- 
no una diferencia única: desaparece la voluntad 
general y la opinión que impera es una opinión 
particular. 

Importa, pues, para tener una buena exposi- 
ción de la voluntad general, que no existan parcia- 
les en el Estado, y que cada ciudadano opine -de 
acuerdo con su modo de pensar. Tal fué la única 
y sublime institución del gran Licurgo. Si existen 
sociedades parciales es preciso multiplicarlas, para 
prevenir la desigualdad, como lo hicieron Solón, 
Numa y Servio. Estas precauciones son las-únicas 
buenas para que la voluntad general sea siempre 
esclarecida* y que el pueblo no caiga en error. 

CAPITULO IV 

De los límites del poder soberano. 

Si el Estado q la ciudad no es más que una 
persona moral cuya vida consiste en la unión de sus 
miembros, y si el más importante de sus cuidados 
es el de la propia conservación, preciso le es una 
fuerza universal é impulsiva para mover y disponer 
de cada una de las partes de la manera más conve- 
niente al todo. Así como la naturaleza ha dado al 
hombre un poder absoluto sobre todos sus miem- 
bros, el pacto social da al cuerpo político un po- 
der absoluto sobre todos los suyos. Es éste el mis- 
mo poder que, dirigido por la voluntad general, to- 
ma, como ya he dicho, el nombre de soberanía. 

Pero además de la persona pública, tenemos 
que considerar las personas privadas que la compo- 
nen, cuya vida y libertad son naturalmente inde- 
pendientes de ella. Se trata, pues, de distinguir de- 
bidamente los derechos respectivos de los ciuda- 
danos y del soberano', y los deberes que tienen 



8. Coda interés, dice el marqués d'Argenson, tiene principios 
diferentes. "El acuerdo entrt dos inieniej particulortí se 
forma por oposición al de un tercero. " Ha podido agregar 
que el acuerdo de todos los intereses se reali/a por oposi- 
ción al interés de cada uno. SI no hubiera intereses dife- 
rentes, apenas si se comprenderla el Interés común, que 
no encontrarla Jamás obstáculos; y la política cesarla de 
ser un arte. 

9. Os suplico que no os apresuréis^ atentos lectores, á acusar- 
me de contradicción. No he podido evitarla en los térmi- 
nos, vista la pobreta del Idioma; pero continuad. 



EL CONTRATO SOCIAL 



119 



que cumplir los primeros en calidad de subditos, 
del derecho que deben gozar como hombres. 

Conviénese en que todo lo que cada Indivi- 
duo enajena, mediante el pacto social, de poder, 
bienes y libertad, es solamente la parte cuyo uso 
de trascendencia é importancia para la comunidad, 
mas es preciso convenir también que el soberano 
es el único juez de esta necesidad. 

Tan pronto como el cuerpo soberano lo exija, 
el ciudadano está en el deber de prestar al Estado 
sus servicios; mas éste, por su parte, no puede re- 
cargarles con nada que sea inútil a la comunidad; 
no puede ni aun quererlo, porque de acuerdo con 
las leyes de la razón como con las de la naturaleza, 
nada se hace sin causa. 

Los compromisos que nos ligan con el cuerpo 
social no son obligatorios sino porque son mutuos, 
y su naturaleza es tal, que al cumplirlos, no se pue- 
de trabajar por ios demás sin trabajar por si' mis- 
mos. ¿Por qué la voluntad general es siempre recta, 
y por qué todos desean constantemente el bien de 
cada uno, sino es porque no hay nadie que no pien- 
se en si' mismo al votar por el bien común? Esto 
prueba que la igualdad de derecho y la noción de 
justicia que la misma produce, se derivan de la pre- 
ferencia que cada uno se da, y por consiguiente de 
la naturaleza humana; que la voluntad general, para 
que verdaderamente lo sea, debe serlo en su objeto 
y en su esencia; debe partir de todos para ser apli- 
cable a todos, y que pierde su natural rectitud 
cuando tiende a un objeto individual y determina- 
do, porque entonces, juzgando de lo que es extra- 
ño, no tenemos ningún verdadero principio de 
equidad que nosgui'e. 

Efectivamente, tan pronto como se trata de 
un derecho particular sobre un punto que no ha si- 
do determinado por una convención general y ante- 
rior, el negocio se hace litigioso, dando lugar a un 
proceso en que son partes, los particulares interesa- 
dos por un lado, y el público por otro, pero en 
cuyo proceso, no descubre ni la ley que debe se- 
guirse, ni el juez que debe fallar. Seria, pues, ri- 
di'culo fiarse ó atenerse a una decisión expresa de la 
voluntad general, que no puede ser sino la conclu- 
sión de una de las partes y que por consiguientes, 
es para la otra una voluntad extraña, particular, in- 
clinada en tal ocasión á la justicia y sujeta al error. 
Asi' como la voluntad particular no puede repre- 
sentar la voluntad general, ésta á su vez cambia de 
naturaleza si tiende á un objeto particular, y no 
puede en caso tal fallar sobre un hombre ni sobre 
un hecho. Cuando el pueblo de Atenas, por ejem- 



plo, nombraba ó destituía á sus jefes, discernía ho- 
nores á los unos, imponía penas á los otros, y, por 
medio de numerosos decretos particulares, ejercía 
indistintamente todos los actos del Gobierno, el 
pueblo entonces carecía de la voluntad general 
propiamente dicha; no procedía como soberano, 
sino como magistrado. Esto parecerá contrario a 
las ideas de la generalidad, pero es preciso dejarme 
el tiempo de exponer las mías. 

Concíbese desde luego, que lo que generaliza 
la voluntad no es tanto el número de votos cuanto 
el interés común que los une, pues en esta institu- 
ción, cada uno se somete necesariamente a las con- 
diciones que impone a los demás: admirable acuer- 
do del interés y de la justicia, que da á las delibera- 
ciones comunes un carácter de equidad eliminado 
en la discusión de todo asunto particular, falto de 
un interés común que una é identifique el juicio del 
juez con el de la parte. 

Desde cualquier punto de vista que se exami- 
ne la cuestión, llegamos siempre a la misma conclu- 
sión, a saber: que el pacto social establece entre ¡os 
ciudadanos una igualdad tal, que todos se obligan 
bajo las mismas condiciones y todos gozan de idén- 
ticos derechos. Así, por la naturaleza del pacto, to- 
do acto de soberanía, es decir, todo acto auténtico 
de la voluntad general, obliga ó favorece igualmen- 
te ó todos los ciudadanos; de tal suerte que el sobe- 
rano conoce únicamente el cuerpo de la nación sin 
distinguir á ninguno de los que la forman. ¿Qué es, 
pues, lo que constituye propiamente un acto de so- 
beranía? No es un convenio del superior con el 
inferior, sino del cuerpo con cada uno de sus mienr)- 
bros; convención legítima, porque tiene por base el 
contrato social; equitativa, porque es común á to- 
dos; útil, porque no puede tener otro objeto que el 
bien general, y sólida, porque tiene como garantía 
la fuerza pública y el poder supremo. Mientras que 
los subditos están sujetos á tales convenciones, no 
obedecen más que su propia voluntad; y de consi- 
guiente, averiguar hasta dónde se extienden los de- 
rechos respectivos del soberano y los ciudadanos, 
es inquirir hasta qué punto éstos pueden obligarse 
para con ellos mismos, cada uno con todos y todos 
con cada uno. 

De esto se deduce que el poder soberano, con 
todo y ser absoluto, sagrado é inviolable, no traspa- 
sa ni traspasar puede los límites de las convencio- 
nes generales, y que todo hombre puede disponer 
plenamente de lo que le ha sido dejado de sus bie- 
nes y de su libertad por ellas; de suerte que el sobe- 
rano no está jamás en el derecho de recargar á un 
subdito más que a otro, porque entonces la cues- 



120 



JUAN JACOBO ROUSSEAU 



tión conviértese en particular y cesa de hecho la 
competencia del poder. 

Una \e¿ admitidas estas distinciones, es tan 
falso que en el contrato social haya ninguna renun- 
cia verdadera de parte de los particulares, que su si- 
tuación, por efecto del mismo, resulta realmente 
preferible a la anterior, y que en vez de una cesión, 
sólo hacen un cambio ventajoso de una existencia 
incierta y precaria por otra mejor y más segura; el 
cambio de la independencia natural por I4 libertad; 
del poder de hacer el mal a sus semejantes por el de 
su propia seguridad, y de sus fuerzas, que otros po- 
dían aventajar, por un derecho que la unión social 
hace invencible. La vida misma que han consagrado 
al Estado, está constantemente protegida; y cuando 
la exponen en. su defensa, ¿qué otra cosa hacen si- 
no devolverle lo que de él han recibido? ¿Que ha- 
cer que no hicieran más frecuentemente y con más 
riesgo en el estado natural, cuando, librando com- 
bates inevitables, defendían con peligro de su vida 
lo que les era indispensable para conservarla? To- 
dos tiene que combatir por la patria cuando la ne- 
cesidad lo exige, es cierto; pero nadie combate por 
sí mismo, ¿Y no es preferible correr, por la conser- 
vación de nuestra seguridad, una parte de los ries- 
gos que sería preciso correr constantemente, tan 
pronto como ésta fuese suprimida? 

CAPITULO V 



¿Se ha jamás dicho que el que se arroja por una 
ventana para salvarse de un incendio, es un suici- 
da? ó ¿se ha imputado nunca tal crimen al que pe- 
rece en un naufragio cuyo peligro ignoraba al em- 
barcarse? 

El contrato so(:ial tiene por fin la conserva- 
ción de los contratantes. El que quiere el fin quie- 
re los medios, y estos medios son, en el presente ca- 
so, inseparables de algunos riesgos y aun de algunas 
pérdidas. El que quiere conservar su vida á expen- 
sas de los demás, d©be también exponerla por ellos 
cuando sea necesario. En consecuencia, el ciudada- 
no no es juez del peligro á que la ley lo expone, y 
cuando el soberano le dice: "Es conveniente para 
el Estado que tú mueras", debe morir, puesto que 
bajo esa condición ha vivido en seguridad hasta 
entonces, y su vida no es ya solamente un benefi- 
cio de la naturaleza, sin un don condicional del 
Estado. 

La pena de muerte infligida á los criminales 
puede ser considerada, más o menos, desde el 
mismo punto de vista: para no ser víctima de un 
asesino es por lo que se consiente en morir si se 
degenera en tal. En el contrato social, lejos de pen- 
sarse en disponer de su propia vida, sólo se piensa 
en garantizarla, y no es de presumirse que ninguno 
de ios contratantes premedite hacerse prender. 



Del derecho de vida y de muerte. 

Se preguntará: no teniendo los particulares el 
derecho de disponer de su vida, ¿cómo pueden 
transmitir al soberano ese mismo derecho del cual 
carecen? Esta cuestión parece difícil de resolver 
por estar mal enunciada. El hombre tiene el dere- 
cho de arriesgar su propia vida para conservarla. 



Por otra parte, todo malhechor, atacando el 
derecho social, conviértese por sus delitos en --ebcl- 
de y traidor á la patria; cesa de ser miembro de 
ella al violar sus leyes y le hace la guerra. La conser- 
vación del Estado es entonces incompatible con la 
suya; es preciso que uno de los dos perezca, y al 
aplicarle la pena de muerte al criminal, es más co- 
mo á enemigo que como á ciudadano. 



DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA 
DE LOS E. U. A. 



THOMAS JEFFERSON 

(1743 - 1826) 



121 



LA DECLARACIÓN DE 
INDEPENDENCIA DE LOS E.U.A. 

4 DE JULIO DE 1776' (U.S.A.) 



No fue sino hasta el 2 de julio de 1776, casi 
quince meses después de que se rompieron las hos- 
tilidades en Lexington y Concord, cuando el Con- 
greso Continental votó formalmente por la inde- 
pendencia. Mientras tanto, el 1 1 de junio, se desig- 
nó un comité firmado por Jefferson, Frankiin, 
John Adams, Rob.ert Livingston y Roger Sherman, 
para formular una Declaración de Independencia. 
Jefferson preparó el proyecto, el cual, con pocos 
cambios que le hicieron Adams y Frankiin, fue pre- 
sentado al Congreso por el comité. Muchas de las 
quejas que se incluyeron en la Declaración se ha- 
bían consignado con anterioridad en documentos 
oficiales, tales como las resoluciones de la Ley del 
Tirjibre, emitida por el Congreso en 1765 y la De- 
claración y Resoluciones del Primer Congreso Con- 
tinental (1774). El llamamiento a los derechos na- 
turales se ajustaba a la-filosofía política de la épo- 
ca, aunque la enumeración de los derechos funda- 
mentales revela el impacto inequívoco de la Decla- 
ración de Derechos, redactada en Virginia por 
George Masón y adoptada por la Convención que 
se celebró en ese territorio alrededor de tres sema- 
nas antes de que se aprobara la Declaración. 



DECLARACIÓN UNÁNIME DE LOS TRECE 
ESTADOS UNIDOS DE AMERICA 

Cuando, en el curso de los acontecimientos 
humanos, se hace necesario para un pueblo di- 
solver las ligas políticas que lo han unido con 
otro, y asumir, entre los poderes de la tierra, 
un sitio separado e igual, al cual tiene ilerecho 
según las Leyes de la Naturaleza y el Dios de 
la Naturaleza; el respeto debido a las opinio- 
nes del género humano exige que se declaren 
las causas que obligan a ese pueblo a la separa- 
ción. 



Sostenemos como verdades evidentes que to- 
dos los hombres nacen iguales, que están dotados 
por su Creador de ciertos derechos inalienables, en- 
tre los cuales se cuentan el derecho a la Vida, a la 
Libertad y el alcance de la Felicidad; que para ase- 
gurar estos derechos, ios hombres instituyen Go- 
biernos, derivando sus justos poderes del consenti- 
miento de los gobernados; que cuando una forma 
de gobierno llega a ser destructora de estos fines, es 
un derecho del pueblo cambiarla o aboliría, e insti- 
tuir un nuevo gobierno , basado en esos principios 
y organizando su autoridad en la forma que el pue- 
blo estime como la más conveniente para obtener 
su seguridad y felicidad. En realidad, la prudencia 
aconsejará que los gobiernos erigidos mucho tiem- 
po atrás no sean cambiados por causas ligeras y 
transitorias, en efecto, la experiencia ha demostra- 
do que la humanidad está más bien dispuesta a su- 
frir, mientras los males sean tolerables, que a hacer- 
se justicia aboliendo las formas de gobierno a las 
cuales se halla acostumbrada. Pero cuando una lar- 
ga cadena de abusos y usurpaciones, que persiguen 
invariablemente el mismo objetivo, hace patente la 
intención de reducir al pueblo a un despotismo ab- 
soluto, es derecho del hombre, es su obligación, 
arrojar a ese gobierno y procurarse nuevos guardia- 
nes para su seguridad futura. Tal ha sido el paciente 
sufrimiento de estas colonias; tal es ahora la necesi- 
dad que los obliga a cambiar sus antiguos sistemas 
de Gobierno. La historia del actual rey de la Gran 
Bretaña es una historia de agravios y usurpaciones 
repetidas, que tienen como mira directa la de esta- 
blecer una tiranía absoluta en estos Estados. Para 
demostrar lo anterior presentamos los siguientes 
hechos ante un mundo que no los conoce: 

El Rey se ha negado a aprobar las leyes más 
favorables y necesarias para el bienestar público. 

Ha prohibido a sus gobernadores sancionar le- 
yes de importacia inmediata y apremiante, a menos 
que su ejecución se suspenda hasta obtener su asen- 



1 Torcí, Americín Archive]) 5a. ser. I, 1597. 



123 



124 



THOMAS JEFFERSON 



tamiento; y, una vez suspendidas, se ha negado por 
completo a prestarles atención. 

Se ha rehusado a aprobar otras leyes conve- 
nientes a grandes comarcas pobladas, a menos que 
esos pueblos renuncien al derecho de ser represen- 
tados en la Legislatura; derecho que es inestimable 
para el pueblo y terrible sólo para los tiranos. 

Ha convocado a los cuerpos legislativos en si- 
tios desusados, incómodos y distantes del asiento 
de sus documentos públicos, con la sola idea de 
fatigarlos para cumplir con sus medidas. 

En repetidas ocasiones ha disuelto las Cámaras 
de Representantes, por oponerse con firmeza viril 
a sus intromisiones en los derechos del pueblo. 

Durante mucho tiempo, y después de esas di- 
soluciones, se ha negado a permitir la elección de 
otras cámaras; por lo cual, los poderes legislativos, 
cuyo aniquilamiento es imposible, han retornado al 
pueblo, sin limitación para su ejercicio; permane- 
ciendo el Estado, mientras tanto, expuesto a todos 
los peligros de una invasión exterior y a convulsio- 
nes internas. 

Ha tratado de impedir que se pueblen estos 
Estados; dificultando, con ese propósito, las Leyes 
de Naturalización de Extranjeros; rehusando apro- 
bar otras para fomentar su inmigración y elevando 
las condiciones para las Nuevas Adquisiciones de 
Tierras. 

Ha entorpecido la administración de justicia 
al no aprobar las leyes que establecen los poderes 
judiciales. 

Ha hecho que los jueces dependan solamente 
de su voluntad, para poder desempeñar sus cargos 
y en cuanto a la cantidad y pago de sus emolumen- 
tos. 

Ha fundado una gran diversidad de oficinas 
nuevas, enviando a un enjambre de funcionarios 
que acosan a nuestro pueblo y menguan su sus- 
tento. 

En tiempos de paz, ha mantenido entre noso- 
tros ejércitos permanentes, sin el consentimiento 
de nuestras legislaturas. 



Se ha asociado con otros para someternos a 
una jurisdicción extraña a nuestra constitución y 
no reconocida por nuestrras leyes; aprobando sus 
actos de pretendida legislación: 

Para acuartelar, entre nosotros, grandes cuer- 
pos de tropas armadas. 

Para protegernos, por medio de un juicio fic- 
ticio, del castigo por los asesinatos que pudieren 
cometer entre los habitantes de estos Estados. 

Para suspender nuestro comercio con todas 
las partes del mundo. 

Para imponernos impuestos sin nuestro con- 
sentimiento. 

Para privarnos, en muchos casos, de los bene- 
ficios de un juicio por jurado. 

Para transportarnos más allá de los mares, con 
el fin de ser juzgados por supuestos agravios. 

Para abolir en una provincia vecina el libre sis- 
tema de las leyes inglesas, estableciendo en ella un 
gobierno arbitrario y extendiendo sus li'mites, con 
el objeto de dar un ejemplo y disponer de un ins- 
trumento adecuado para introducir el mismo go- 
bierno absoluto en estas Colonias. 

Para suprimir nuestras Cartas Constitutivas, 
abolir nuestras leyes más valiosas y alterar en su 
esencia las formas de nuestros gobiernos. 

Para suspender nuestras propias legislaturas y 
declararse investido con facultades para legislarnos 
en todos los casos, cualesquiera que éstos sean. 

Ha abdicado de su gobierno en estos territo- 
rios al declarar que estamos fuera de su protección 
y al emprender una guerra contra nosotros. 

Ha saqueado nuestros mares, asolado nuestras 
costas, incendiado nuestras ciudades y destruido la 
vida de nuestro pueblo. 

Al presente, está transportando grandes ejérci- 
tos de extranjeros mercenarios para completar la 
obra de muerte, desolación y tiranía, ya iniciada en 
circunstancias de crueldad y perfidia que apenas si 
encuentran paralelo en las épocas más bárbaras, y 
por completo indignas del jefe de una Nación civi- 
lizada. 



Ha influido para que la autoridad militar sea 
independiente de la civil y superior a ella. 



Ha obligado a nuestros conciudadanos, apre- 
hendidos en alta mar, a que tomen armas contra su 



DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA DE LOS E.U.A. 



129 



pai's, convirtiéndolos así en los verdugos de sus 
amigos y hermanos, o a morir bajo sus manos. 

Ha provocado insurrecciones intestinas entre 
nosotros y se ha esforzado por lanzar sobre los ha- 
bitantes de nuestras fronteras a los inmisericordes 
indios salvajes, cuya conocida disposición para la 
guerra se distingue por la destrucción de vidas, sin 
considerar edades, sexos ni condiciones. 

En todas las faces de estos abusos, hemos pe- 
dido una reparación en los términos más humildes; 
nuestras súplicas constantes han sido contestadas 
solamente con ofensas repetidas. Un principe, cuyo 
carácter está marcado, en consecuencia, por todas 
las acciones que definen a un tirano, no es el ade- 
cuado para gobernar a un pueblo libre. 

Tampoco hemos incurrido en faltas de aten- 
ción para con nuestros hermanos británicos. Los 
hemos enterado, oportunamente, de los esfuerzos 
de su legislatura para extender una autoridad injus- 
tificable sobre nosotros. Les hemos recordado las 
circunstancias de nuestra emigración y coloniza- 
ción en estos territorios. Hemos apelado a su justi- 
cia y magnanimidad naturales, y los hemos conjura- 
do, por los lazos de nuestra común ascendencia, a 
que repudien esas usurpaciones, las cuales, inevita- 
blemente, llegarán a interrumpir nuestros nexos y 



correspondencia. Ellos también se han mostrado 
sordos a la voz de la justicia y de la consanguini- 
dad Por tanto, aceptamos la necesidad que procla- 
ma nuestra separación, y en adelante los considera- 
mos como al resto de la humanidad: Enemigos en 
la Guerra, amigos en la Paz. 

En consecuencia, nosotros, los representantes 
de los Estados Unidos de América, reunidos en 
Congreso General, y apelando al juez Supremo del 
Mundo en cuanto a la rectitud de nuestras intencio- 
nes, en el nombre, y por la autoridad del buen pue- 
blo de estas Colonias, solemnemente publicamos y 
declaramos, que estas Colonias Unidas son, y de de- 
recho deber ser, Estados Libres e Independientes; 
que se hallan exentos de toda fidelidad a la Corona 
Británica, y que todos los lazos políticos entre ellos 
y el Estado de la Gran Bretaña son y deben ser to- 
talmente disueltos; y que, como Estados Libres e 
Independientes, tienen poderes suficientes para de- 
clarar la guerra, concertar la paz, celebrar alianzas, 
establecer el comercio y para efectuar todos aque- 
llos actos y cosas que los Estados Independientes 
pueden, por su derecho, llevar a cabo. 

Y, en apoyo de esta declaración, cqnfiando 
firmemente en la protección de la Divina Providen- 
cia, comprometemos mutuamente nuestras vidas, 
nuestros bienes y nuestro honor sacrosanto. 



EL FEDERALISTA No. 10 
(Prólogo de Gustavo R. Velasco) 



JAMES MADISON 
(1751 - 1836) 



127 



PROLOGO AL "FEDERALISTA' 

(Prólogo de Gustavo R. Velasco)- 
I 



La constitución que rige a los Estados Unidos 
de América desde marzo de 1 789 no es únicamente 
la más antigua de las constituciones escritas y uno 
de los pocos documentos políticos que aún infun- 
den respeto y conservan su eficacia y su vitalidad 
en estos tiempos en que la mayoría de los estados 
ha abandonado el régimen constitucional, sino tam- 
bién la mejor de dichas constituciones, tanto juzga- 
da en sf misma como valorada con un criterio prag- 
mático.' Además, la Constitución Norteamericana 
tiene derecho a que se la incluya dentro del grupo 
selecto de escritos y publicaciones que dieron ex- 
presión a las ideas políticas y sociales y sustituye- 
ron al antiguo régimen y que no han sido desplaza- 
das todavía por un cuerpo de doctrina comparable, 
a pesar de las críticas de que han sido objeto y del 
hecho innegable de que, aunque en todas partes 
han desempeñado el papel de ideal, solamente en 
unos pocos países se ha acortado en forma conside- 
rable, y a través de un espacio prolongado de tiem- 
po, la distancia que separa a la realidad de las nor- 
mas ideales. 

En esa Constitución se incorporaron por pri- 
mera vez en forma visible, puesto que eran objeto 
de declaraciones y preceptos explícitos, toda una 
serie de principios de convivencia social y de go- 
bierno que, por mucho que se encontraran ya en 
las obras de algunos escritores políticos o que inspi- 
raran el funcionamiento de la monarquía inglesa, 
no habían sido acogidos sino fragmentadamente en 
ciertos Estados -o en forma más clara en las consti- 
tuciones de sociedades políticas de menor impor- 
tancia, como las colonias que después integraron la 
Confederación de Norteamérica. Para quienes abri- 
mos los ojos en un mundo profundamente distinto 
de que rehicieron los pensadores y reformistas de la 
segunda mitad del siglo XVIII, es difícil compren- 
der hasta qué punto fueron novedosos y audaces 
esos principios y cuan fuertes tenían que ser las re- 
sistencias que se oponían a su implantación. Feliz- 



mente, la Constitución de los Estados Unidos sus- 
citó un expositor digno de ella y digno también del 
gran sistema que estaba destinada a difundir. Los 
méritos de la Constitución se reflejaron en el co- 
mentario. A su vez, éste explicó y justificó las solu- 
ciones de la Constitución y contribuyó no poco a 
popularizarla y a que alcanzara el prestigio que la 
ha rodeado. Ese comentario fue la colección de ar- 
tículos que escribieron Alejandro Hamilton, Santia- 
go Madison y Juan )ay en tres periódicos de la ciu- 
dad de Nueva York y que recibió el título de El 
Federalista desde la primera vez que se publicó en 
forma de libro. 

Las circunstancias en que se formó la Consti- 
tución y en que apareció El Federalista son dema- 
siado conocidas para que sea necesaria otra cosa 
que recordarlas brevemente. Terminada la Guerra 
de Independencia mediante un tratado preliminar 
firmado a fines de 1782, sobrevino el movimiento 
de desilusión y reacción que sigue a las épocas de 
gran tensión, una vez que desaparece el peligro del 
exterior que aplaca las diferencias internas. Lastre- 
ce colonias, que habían conducido la lucha en la 
forma más desunida que había sido posible y aten- 
diendo ante todo a sus intereses particulares, y que 
hasta marzo de 1781 no terminaron de ratificar el 
pacto un poco más firme conocido con el nombre 
de "Artículos de Confederación", recayeron en 
una condición cercana a la anarquía. No obstante 
lo modesto de sus facultades, el Congreso de la 
Confederación no era respetado ni sus órdenes obe- 
decidas, y aunque los componentes de aquella no 
habían reasumido su independencia ni disuelto 



/ . . "Supera a cualquiera otra Conslltucibn escrita debido a 
la excelencia inirirtseca de su plan, a su adaptacifm a las cir- 
cunsiancias del pueblo, a la sencillez, concisión y precisión de 
su lengua/e y a la forma ¡uiciosa c^imo fi)a los principios con 
claridad y firmeza, en tanto que a la lez permite elasticidad 
en los puntos de detalle", lirm-, Tht Amencín Common- 
wealth, p, 2S. 



1 29 



130 



PROLOGO DE GUSTAVO R VELASCO 



formalmente la unión, sus respectivas legislaturas 
estaban entregadas a una orgia de medidas inco- 
nexas e irresponsables. Las condiciones económicas 
eran precarias, como era natural en una nación 
obligada a hacer reajustes profundos en la organiza- 
ción de su economía, pero fueron gravadas por la 
emisión de papel moneda y por la repudiación, por 
parte de varios estados, de las deudas que habían 
contraído. La oposición de intereses entre diversos 
grupos de la población, principalmente entre las 
ciudades y el campo y entre deudores y acreedores, 
alcanzó a provocar motines y brotes armados. En 
una palabra, a las altas esperanzas que se fincaban 
en la victoria y la consecución de la independencia, 
habían sucedido sentimientos de confusión y desa- 
liento, a tal grado que los historiadores llaman a es- 
ta época el "período crítico de la historia america- 
na",- si bien modernamente ha habido la tendencia 
a dudar de que las condiciones que prevalecían 
hayan sido en efecto tan desesperadas. Sea de esto 
lo que fuere, la convicción se extendió de que era 
indispensable un cambio radical y aunque a regaña- 
dientes, el Congreso convocó a una Convención 
que debería reunirse en Filadelfia en mayo de 1 787, 

"con el objeto único y expreso de revisar los Ar- 
tículos de Confederación y de presentar dictamen 
. . . sobre las alteraciones y adiciones a los mismos 
que sean necesarias a fin de adecuar la Constitución 
federal a las exigencias del Gobierno y al manteni- 
miento de la Unión . . ."^ 



La Convención se reunió el 14 de mayo, ini- 
ció sus trabajos el 25 de ese mes y los clausuró el 
17 de septiembre. Como algo obvio, resolvió desde 
un principio que no bastaba, para alcanzar las fina- 
lidades que se le habían asignado, con reformar los 
Artículos de Confederación y Unión perpetua, y 
sin perder tiempo en revisarlos se ocupó de cons- 
truir un nuevo sistema de gobierno. Al fin, después 
de discusiones acaloradas, que estuvieron a punto 
de provocar la disolución de la asamblea y que por 
lo menos en una ocasión hicieron necesario que 
suspendiera sus sesiones mientras se calmaban los 
ánimos, la Convención tuvo listo el proyecto de 
Constitución, que, sin embargo, únicamente firma- 
ron treinta y nueve delegados de los cincuenta y 
cinco que asistieron, del número total de setenta y 
dos que recibieron credenciales. Pero por impor- 
tante que fuera el camino adelantado, aún faltaba 
que la Constitución fuera ratificada por el pueblo 
de cada estado, al que con gran acierto y sentido 
político recomendó la Convención que fuera some- 
tida, para empezar a regir en el caso de que lograra 
la adhesión de nueve estados. 



Inmediatemante se desató la más intensa cam- 
paña en pro y en contra de la nueva Constitución, 
por medio de periódicos, folletos, discursos y de- 
más. En el estado de Nueva York, cuya decisión era 
fundamental debido a su posición central, aunque 
todavía no era el más rico y populoso de la Unión, 
la lucha se desarrollo desde un principio con encar- 
nizamiento especial. Un partido bien organizado, 
encabezado nada menos que por el gobernador del 
estado, inició un vigoroso ataque en su contra. 
Aunque inconforme con la Constitución, de la cual 
inclusive se expresó con desprecio, Alejandro Ha- 
milton, el joven abogado que durante la revolución 
había sido secretario de Jorge Washmgton, y se ha- 
bía distinguido como coronel de infantería,'' espe- 
cialmente durante el sitio de Yorktown, concibió 
el proyecto de escribir una serie de artículos en de- 
fensa del nuevo sistema de gobierno.' Obtuvo al 
efecto la colaboración de Santiago Madison, uno de 
los delegados que más prominente papel habían de- 
sempeñado en Filadelfia, y autor del llamado "Plan 
de Virginia", que sirvió de base de discusión.* Tam- 
bién interesó en el proyecto a )uan ]ay, que no ha- 
bía formado parte del Congreso de Filadelfia, pero 
ocupaba el puesto de Secretario de Relaciones Ex- 
teriores en el gobierno de la Confederación y en la 
época de estos acontecimientos era bastante más 
conocido que Hamilton o Madison, si bien una he- 
rida que recibió lo incapacitó para tomar una parti- 
cipación más activa en la empresa.^ 

Con una laboriosidad y una tenacidad que 
sorprenden, sobre todo si se toma en cuenta que 
los tres autores eran hombres que simultáneamente 
debían atender otras ocupaciones de importancia, 
Hamilton y socios publicaron setenta y siete artícu- 
los de octubre de 1787 a mayo de 1 788, en tres pe- 
riódicos de la ciudad de Nueva York, más otros que 
vieron la luz pública por primera vez al editarse la 
colección completa en dos volúmenes, de los cuales 
el segundo apareció el 28 de dicho mes de mayo de 



2 Así se intitula el libro de Fiske, uno de los historiadores de 
esta época. 

3 Convocatoria a la Convención Constituyente Federal, infrj, 
Apéndice 1, p. 381. 

4 Thí Life of Alexander Hamilton, por su hijo john C. Hamil- 
ton, vol. I, p. 382. 

5 Desde 1 780, en una notable carta que puede leerse en la bio- 
grafía antes citada, pp. 284 ■ 305, lamíi Hamilton la idea de 
sustituir la Confederación por una Constitución Federal y de 
convocar al efecto una convención de los estados. 

6 A Madison se le llama generalmente "padre de la Constitu- 
ción". 

7 De los ochenta y cinco ensayos, ¡ay escribió cinco, Madison 
ciertamente catorce y Hamilton cincuenta y uno. Otros tres 
lueron escritos en colaboración por Hamilton y Madison. La 
paternidad de los doce restantes es disputada y ha dado lugar 
a una controversia célebre en las letras norteamericanas. 



EL FEDERALISTA #10 



131 



1788. Las cartas de Publio, seudónimo con que se 
ocultó nuestro triunvirato según costumbre de la 
época, atrajeron inmediatamente la atención del 
público, pero es dudoso que hayan influido sensi- 
blemente en el resultado del debate en el estado de 
Nueva York. Las elecciones para la convención es- 
tatal llamada a ratificar o rechazar la Constitución 
propuesta fueron adversas a los federalistas, como 
se dio en llamar a los partidarios de la nueva orga- 
nización, que únicamente lograron designar a die- 
cinueve delegados contra treinta y ocho de sus con- 
trarios. Si Nueva York, finalmente dio su aproba- 
ción al plan de Filadelfia, ello se debió, por una 
parte, al temor de quedarse solo y aislado, ya que 
entre tanto Nuevo Hampshire y Virginia habían ra- 
tificado aquél, con lo cual eran diez los estados a su 
favor y estaba asegurada su vigencia, y por otra, a 
las amenazas de secesión de la parte sur del estado, 
incluyendo al puerto de Nueva York. De todas ma- 
neras, El Federalista había librado una gran batalla 
(Hamilton y )ay también participaron muy activa- 
mente en la convención de ratificación y algún 
autor habla de las "asombrosas proezas de argu- 
mentación y estrategia del primero")^ La Consti- 
tución había triunfado y por primera vez iba a ser 
posible emprender en grande escala, y en una for- 
ma tan clara que no dejara lugar a duda, el noble 
experimento del gobierno constitucional. 



I I 



Como se desprende de lo escrito. El Federalis- 
ta es, ante todo, un comentario de la Constitución 
de los Estados Unidos de América. Se trata de un 
comentario contemporáneo, que si no llega a ser 
una exposición de motivos oficial o una interpreta- 
ción auténtica, en cambio deriva una gran autori- 
dad del hecho de que "dos de los autores habían 
participado en la convención, terciado en los deba- 
tes y esaichado las objeciones presentadas contra 
cada articulo, y a que habían salido de ella con no- 
tas y memorias repletas precisamente de la clase de 
información necesaria para la tarea que emprendie- 
ron".^ Seguramente es debido a estas circunstan- 
cias que la Suprema Corte de Justicia de la nación 
norteamericana considera que debe concederse pe- 
so a la forma como interpretan la Constitución los 
autores de El Federalista. '^ En cuanto al valor de 
estos escritos, la opinión es unánime: para no citar 
sino a los clásicos del derecho constitucional ame- 
ricano, Kent es de parecer que "no hay una obra 
sobre la Constitución. . . que merezca leerse con más 
cuidado":^ ' Siory lo llama "comentario incompa- 
rable '.^^ y Marshall declaró en una de sus célebres 
sentencias que "su mérito intrínseco justifica el al- 



to valor que se le concede".^ ^ Esta opinión persiste 
entre los escritores modernos, por ejemplo en los 
que cito a continuación y que he seleccionado de- 
bido a que se ocupan de la obra con distintos mo- 
tivos y a que también sus tendencias son disímiles, 
como Beck, para quien "El Federalista « el comen- 
tario clásico de la Constitución".^* Willoughby, que 
opina que debe aceptarse como guía para interpre- 
tar la Constitución a menos de que la versión que 
publica haya sido repudiada," o Beard, que se en- 
tusiasma a pesar de su poca simpatía por los auto- 
res del plan de 1787 y lo califica de "ejemplo ma- 
ravilloso de argumentación " y, más adelante, co- 
mo "el más grande de todos los comentarios". ' * 

Pero El Federalista es algo más que un autori- 
zado y valioso intérprete de la ley fundamental de 
la Unión Americana. Propios y extraños reconocie- 
ron desde un principio que, además de esta utilidad 
especial. El Federalista posee un interés y un valor 
generales. Washington se apresuró a escribir al prin- 
cipal animador de la obra que "ésta seguiría mere- 
ciendo la atención de la posteridad, cuando hubie- 
ran pasado las circunstancias transitorias y los he- 
chos fugitivos que rodearon esta crisis, porque en 
ella se discuten con sinceridad y capacidad los prin- 
cipios de la libertad y los problemas del gobierno. . 
. ."'^ Y por si inspira dudas este elogio al trabajo 
de un colaborador y subordinado, señalo que )effer- 
son, a cuya enemistad política y aun personal con 
Hamilton me referiré después, también fue de pare- 
cer que se trataba de "el mejor comentario que se 
había escrito sobre los principios del gobiemo"^^ 
De Tocqueville agregó que "El Federalista es un li- 
bro excelente y admirable con el que deberían fa- 



8 Earle. Frbiogo a lo edición de El Federalisu, ae /a Modern 
Llbrary, p. W nota. 

9 McMasttr, Historia del Pueblo de los Esudos Unidos, 
vol. I, p. 484. 

10 Sentencias McCulloch vs. Maryland y Pollock vs. Former's 
Loan and Trust Company, citadas en la edición oficial de 
la Constitución de los Estados Unidos de Amírlc* Washln- 
ton, 1938, p. 66. 

11 Comenurtos a la Constitución de los Estados Unidos d* 
Améric* México. 1878. p. 55, nota. 

12 Comentario Abreviado de la Constitución Federal, México 
1879, p. XII. 

13 "Cohens vsl Virginia", citada por Willoughby, The Constl- 
tutlonal Law of the United Statev P. 32, nota. 

14 The Constitution of the United States, p "' «" ■ ' "" 
plea el mismo calificativo, ob cit., p. 29. 

15 Obdl.,p.3l. 

16 An Economic Interpretatlon o( the Constitution o( the 
United States, pp. 153 y IS9. 

17 Citado por Culbertson. Alexander Hamilton, p. 56. 

18 Citado en el prólogo a la edición .ir El Fcderalisia. Je Paul 
Lelcester Ford, p. XXIX. 



132 



PROLOGO DE GUSTAVO R. VELASCO 



mliarizarse los estadistas de todos los países"}^ Y 

seria fácil alargar este catálogo de opiniones que he 
querido presentar: Talleyrand, Guizot, Summer 
Maine, Esmein Jéze, son otros varios de los escrito- 
res que lo han elogiado, para no citar sino a euro- 
peos, en quienes no es de temerse que el prejuicio 
nacional anula las facultades críticas.^" ^ ' 

Aunque parece una osadía emprender un exa- 
men personal de estos escritos, después de pasar en 
revista las apreciaciones, mejor dicho, los elogios 
unánimes, que he transcrito o a que he hecho refe- 
rencia, estimo que esta labor puede ser útil en el 
caso de aquellos lectores a quienes no convenza el 
argumento de autoridad. En todo caso, servirá para 
completar la presentación de la obra y de sus auto- 
res, que constituye la finalidad y justificación del 
presente prólogo. 

De una manera general, puede decirse que los 
méritos y defectos de El Federalista son los que 
eran de esperarse de las circunstancias en que se es- 
cribieron los artículos que lo forman y del propó- 
sito perseguido al publicarlos. Tanto Hamilton co- 
mo Madison tuvieron ocasión de referirse más tar- 
de a la premura con que se redactaron la mayor 
parte de estos ensayos, que hizo imposible reflexio- 
nar sobre ellos o siquiera revisarlos, y que también 
impidió que los tres escritores se pusieran de acuer- 
do en el fondo o que coordinaran mejor sus traba- 
jos.^^ Como consecuencia natural, El Federalista 
se repite, un mismo tema se trata varias veces, en 
distintos lugares se presentan argumentos diferen- 
tes en apoyo de la misma tesis, hay asuntos que se 
interrumpen para reanudar su examen más tarde. 
Un defecto más grave, desde un punto de vista teó- 
rico, consiste en que El Federalista, conforme a la 
exacta observación de Ford, "aunque según la in- 
tención de sus autores debía ser un estudio sistemá- 
tico del gobierno republicano, resultó en mayor 
grado un alegato a favor de la adopción de una 
constitución determinada, por lo cual es un escrito 
jurídico tanto por lo menos como un comentario 
filosófico sobre el gobierno". ^^ Procediendo como 
todo abogado, nuestros articulistas pusieron de re- 
lieve los méritos del plan propuesto y aminoraron 
sus inconvenientes, con los que necesariamente, el 
resultado de sus esfuerzos carece de esa franqueza 
y ese espi'ritu de objetividad que constituyen dos 
de las principales recomendaciones de una produc- 
ción cienti'fica. Un inconveniente más, para termi- 
nar ya con el capi'tulo de cargos, se encuentra en 
las frecuentes referencias a las publicaciones que El 
Federalista tema por misión combatir y a cuestio- 
nes de interés puramente transitorio o local, así co- 
mo en las digresiones que eran resultado de su par- 



ticipación en una controversia y del propósito que 
perseguía de influir sobre los electores de la comu- 
nidad en que se publicó. 

La compensación de estas imperfecciones es 
amplia. El Federalista no resultó un documento 
muerto, como tantas especulaciones contemporá- 
neas en materia política; los problemas que discute 
se siente que son reales, urgentes. La convicción de 
la importancia de la labor que desarrollaban debe 
haber contribuido al tono serio y práctico de los ra- 
zonamientos de sus escritores y al cuidado y vigor 
con que los desenvuelven. A través de estos ensa- 
yos, no obstante el movimiento pausado de la grave 
prosa de la época, nos llega algo de la agitación de 
los di'as en que se decidió la suerte del nuevo go- 
bierno. Su misma pasión presta a los argumentos y 
ejemplos que presentan, una animación y un inte- 
rés de que carecerían si sus autores hubieran logra- 
do ser más científicos, a costa de ser menos huma- 
nos.^" 



19 De la Democracia en la América del Norte, trod. esp., Pa- 
rís, 1837, t. I, p. 218. 

20 Las opiniones de Talleyrand y Gulzot, que no conozco 
originales, se transcriben en el libro Popular Government, 
de Sumner Maine, p. 203, guien dedica un estudio espe- 
cial a El Federalista, dentro del ensayo sobre La Consti- 
tución de los Estados Unidos, pp. 202 a 216. Esmein es- 
cribió un prefacio y jéze la introducción a la traducción 
francesa de El Federalista, publicada en París en 1902. 
Aprovecho para agregar que Talleyrand abrigatxj una ad- 
miración especial por Hamilton, a quien consideró una de 
las tres principales inteligencias de su tiempo y de quien 
hizo otros elogios muy amplios durante su estancia en 
América, de 1794 a 1795. 

21 Entre los mexicanos. Gamboa lo califica de "obra monu- 
mental . .que no seria exagerado llamar alta enseñanza de 
libertad, bien ordenada y fuerte", Leyes Constitucionales 
de México en el siglo xix, p. 5; y Rabosa, "un libro de 
reputación mundial". El Juicio Constitucional, p. 54: Re- 
yes, "un periódico, el más notable que como órgano de 
vulgarización de ideas iuridicas haya conocido el mundo". 
Conferencia de la Real Academia de Legislación y ¡uris- 
prudencia. p. 25. 

22 Citados por Ford en la obra mencionada, p. XX Vil 1. 

23 Ob. cit., p. XXVll. También ¡éze lo llama plaidoyer, 
p. XXXIX. 

24 Desde el punto de viuo del lenguaje, Rogen observa 
que "Casi no hay una oración en los aniculot de El 
Federalista que sea necesario leer dos veces para descu- 
brir su sentido. So he encontrado una frase que me pa- 
reciera susceptible de dos interpretaciones o imposible de 
traducir con facilidad a un idioma extranjero" en ".Notes 
on Ihe Lenguage of Polities". Political Science Quarterly, 
diciembre de 1949, p. 500. Beloff también opina que "Su 
lenguaje presenta pocas ambigüedades y su estilo es cltro 
y va al grato", Introducción a su edición de El Federalii- 
t* A XX VI II. 



EL FEDERALISTA #10 



133 



Pero vayamos más allá de estos aspectos, pre- 
dominantemente de carácter formal. Como exége- 
sis de la Constitución, ya dije que El Federalista es 
un, auxiliar de primer orden indispensable en todo 
estudio serio de la ley suprema norteamericana.^' 
Como tratado de ciencia política, sus cualidades 
son igualmente relevantes. En buena parte, El Fe- 
deralista representa una condensación, un resumen 
de las conclusiones a que se había llegado en su 
tiempo sobre la mejor forma de resolver el perenne 
problema del gobierno. Los tres estadistas que cola- 
boraron para producirlo revelan un conocimiento 
profundo de la constitución inglesa, a la que acu- 
den constantemente como fuente de enseñanzas y 
con el objeto de comparar las nuevas instituciones, 
asi' como de las cartas y constituciones de las trece 
colonias. También es visible la preocupación por 
documentarse en otras fuentes, como lo prueban 
los estudios, que debe confesarse resultan un poco 
cansados, de las confederaciones de la Antigüedad 
del Imperio germánico y de las pocas repúblicas 
que existían a fines del siglo XVIII. Creo, por tan- 
to, que se puede afirmar, contrariamente a la opi- 
nión de Jéze,^* que poseían un dominio completo 
del repertorio de ideas políticas prevalecientes en 
esa época, y si los autores que citan son poco nu- 
merosos, en cambio demuestran conocerlos a fon- 
do, principalmente a Montesquieu, a quien no vaci- 
lan en reconocer como su guía principal en varias 
de las cuestiones más importantes, a Blackstone, 
Hume, Locke —cuyo nombre no llegan a mencio- 
nar, pero cuya influencia es visible en muchos pun- 
tos— y a otros como el Abate Mably o de Lolme, 
casi olvidados en la actualidad. 

Sin embargo, no se trata simplemente de unos 
divulgadores afortunados. Aunque son los primeros 
en reconocer su deuda con los pensadores que ios 
han precedido, Hamilton, Madison y jay lograron, 
en primer lugar, una presentación más sistemática 
de los temas de la ciencia política, ventaja obvia- 
mente derivada de la Constitución que formaba la 
pauta de su trabajo. En seguida, su tratamiento de 
esos temas posee un aire de modernidad que con- 
trasta notablemente con escritos anteriores y que 
los coloca mucho más cerca de nosotros. Por últi- 
mo, no es discutible su originalidad en numerosísi- 
mos asuntos, tanto de detalle como fundamentales. 
En la evidente imposibilidad de intentar una enu- 
meración completa de estos puntos, me limito a 
mencionar la construcción de la teoría del estado 
federal, la excelente discusión de la distribución de 
facultades entre el gobierno general y los gobiernos 
locales, la doctrina de los frenos y contrapesos, la 
fundamcntación del sistema bicameral, el examen 
de la organización más conveniente del Poder Eje- 



cutivo y la clásica exposición de las facultades del 
Departamento Judicial. En esta última materia se 
destaca el notable artículo LXXVIÍI, en que com- 
pletando la Constitución y haciendo expreso lo que 
en ella era simplemente una posibilidad latente. El 
Federalista, desde el primer esfuerzo, sentó las ba- 
ses de la revisión por el Poder Judicial de los actos 
y leyes contrarios a la Constitución. Sólo quedaba 
para Marshall desarrollarlas y aplicarlas, como lo hi- 
zo en el famoso caso de Marbury contra Madison. 
Si es verdad, como ha señalado Corwin, que la doc- 
trina de la judicial review es el rasgo más distintivo 
del sistema constitucional americano, ^^ no resulta 
exagerado llamar a Hamilton, que fue quien escri- 
bió el capítulo LXXVIll y quien "más que cual- 
quier otro hombre es el autor de la revisión judi- 
cial . . .". ^* "el genio colosal del nuevo sistema", 
como lo hace Beard en su libro ya mencionado.*' 

El Federalista posee otras cualidades a que ya 
hice alusión de pasada, pero sobre las cuales deseo 
llamar particularmente la atención. Me refiero a su 
carácter eminentemente serio y práctico, a que se 
trata de una obra escrita in earnest, según la intra- 
ducibie locución inglesa, a diferencia de tantos 
ejemplos latinoamericanos que podrían citarse, no 
solamente de obras académicas, sino de leyes y aun 
de constituciones, que sus autores parecen haber 
considerado, sobre todo, como una oportunidad 
para hacer gala de ingenio o derroche de erudición. 
Por vía de consecuencia. El Federalista no trata de 
imponer un plan preconcebido, ni de justificar a la 
Constitución mediante razonamientos abstractos. 
Frente a cada problema busca la solución más con- 
veniente, investiga si será útil, si resultará factible, 
si satisfará a los interesados. En esta clase de labor 
resalta el robusto buen sentido de sus autores, su 
realismo, su desconfianza de los sistemas y las ideo- 
logías y su repugnancia por las frases y las declara- 
ciones huecas. Su guía más segura es la experiencia 
y no debe extrañar, por tanto, el intenso sentimien- 
to de la tradición que demuestran, ni su preocupa- 
ción por encontrar antecedentes aun a las innova- 



os Hay que guardarse de creer, tln embargo, que las opinio- 
nes de El Federalista se han Seguido sin excepción. En va- 
rios casos ha prevalecido un parecer distinto. 

26 Ob. cll., p. LIV. Páginas antes, Esmein asienta lo contra- 
rio, VIII-IX. ¡éie repite a 5umner Maine, quien es todavía 
más exagerado, no obstante su admiración por El Federa- 
Msla: "hay pocas huellas. . . de familiaridad con las lu- 
cubraciones políticas anteriores, excepto las de .atontes- 
quieu. . . ". ob. cll. . p, 204. 

27 Encyclopaedla of the Social Sciences, vol. 8, p. 456. 

28 Wrigth, The Grnwth of American Constitutional Law, 
P.23. 

29 Ob. ciL. p. 100. 



134 



PROLOGO DE GUSTAVO R. VELASCO 



ciones más atrevidas del nuevo plan de gobierno.'" 
Como la Constitución misma, El Federalista tiene 
sus raices en los principios elaborados como resul- 
tado de la lenta evolución del derecho anglosajón. 



I I 1 



Para quien esté enterado del proceso de for- 
mación de las constituciones latinoamericanas, las 
observaciones inmediatamente precedentes tienen 
que evocar un recuerdo distinto y una impresión de 
contraste. Nuestras instituciones poli'ticas no se 
modelaron sobre lasque nos habían regido hasta la 
independencia, sino que significaron una ruptura 
violenta con el pasado y un salto a lo desconocido 
e inexperimentado. Para elaborarlas, no se partió 
del duro e ineludible dato de la situación real de las 
antiguas colonias españolas, ni se pensó en el régi- 
men más conforme con su tradición y manera de 
ser, ni se demostró la menor preocupación por que 
las soluciones fueran las que ofrecían más proba- 
bilidades de resultar hacederas y convenientes. Si 
un principio era bueno, había que seguirlo hasta 
sus últimas consecuencias, si una idea era generosa, 
bastaba proclamarla para que su sola virtud vencie- 
ra todas las resistencias: "todo era trabajo de gabi- 
nete -ha dicho Rabasa- en vez de hacer ¡a arma- 
dura ajusfándola al cuerpo que debía guarnecer, se 
cuidaba de la armonía de sus partes, de la gallardía 
de ¡as proporciones, del trabajo del cincel, como si 
se tratase de una obra de arte puro, sin más desti- 
no que la realización de la belleza". ^ ' 

La constatación de esta fundamental diferen- 
cia en la forma como se procedió en una y otra 
América, al tiempo de preparar sus constituciones 
políticas, la comprobación de la existencia de acti- 
tudes mentales tan diversas de las que encontramos 
en El Federalista, nos llevan a hacernos preguntas 
de interés especial para quienes formamos parte de 
"la América nuestra": ¿Ha ejercido esta obra algu- 
na influencia en la América Latina? ¿Siquiera ha 
sido suficientemente conocida? 

Aunque una respuesta definitiva a estas cues- 
tiones requeriría una investigación que no me ha 
sido posible efectuar, en primer lugar porque no 
existen en México los elementos de información 
necesarios, creo que ella deber ser negativa en am- 
bos casos. Empecemos por el segundo. El Fede- 
ralista no fue traducido al portugués sino hasta 
1840^^ y al castellano hasta 1868" y 1887,^* es 
decir, después de la primera época de actividad 
constituyente. Además, las ediciones en español 



deben haber tenido una tirada muy reducida, ya 
que, a pesar de una búsqueda cuidadosa, ha sido 
imposible encontrar un solo ejemplar en las biblio- 
tecas públicas o particulares de México y que tam- 
poco existen en la Biblioteca del Congreso de Wa- 
shington, en el cual se han coleccionado la mayor 
parte de las numerosas ediciones americanas.' ' Es 
un poco probable que la obra se haya leído en su 
idioma original, debido al escaso número de per- 
sonas que entendían el inglés y a que el intercam- 
bio cultural con los Estados Unidos era casi inexis- 
tente. Más verosímil resulta suponer que El Fede- 
ralista haya sido conocido en francés, a través de la 
versión de 1 792, que como es sabido tuvo una gran 
difusión, de su reimpresión del mismo año o de la 
segunda edición de 1795.'* '"' También ha sido la 
tercera edición francesa'* la más consultada con- 
temporáneamente, aunque ya a fines del siglo XIX 
y durante éste resulta fácil encontrar ejemplos de 



30 Por tanto, considero errónet la afirmación del Sumner 
Maine en el sentido de que rara vez recurren a la experien- 
cia política de la Gran Bretaña, ob. clt., p. 206. 

31 Lj Organización Política de México, pp. 93 y 92. En el 
mismo sentido Vigil, "El deseo de plantear el bello Ideal 
democrático, elaborado en la soledad del gabinete y en el 
tranquilo estudio de los filósofos, hacia olvidarse con fre- 
cuencia de las condiciones reales de la sociedad para lan- 
zarse a la esfera fantástica de la imaginación", México a 
travéz di loj siglos, f. V, p. I 77. 

32 O Federalista publicado em inglez por Hamilton. Madlson 
e fay. cidadaos de Nova York, e traduzido em portuguei. 
. . .Rio Janeiro. . . 1840. 3 bols. 8vo., pp. 244 + 282 * 264. 
Gomales Calderón menciona otra versión portuguesa, pu- 
blicada en 1835 por los revolucionarios de Rio Grande, 
edición de O. Pharol Paulistano. Doctrina Constitucional, 
p.41. 

33 El Federalista. . . Traducción hecha del texto inglés por 
I.M. Cantilo. . .Buenos Aires. . .1869. 8vo., p. III + 753. 

34 El Federalista . . Traducido por el Dr. D. Ildelfonso Isla. . 
Buenos Aires. . . 1887. 8vo. pp. Vil t 645. 

35 En la obra intitulada Argentine Constitutional Law. de 
Santos P. Amadeo, se afirma que el libro de Manuel Gar- 
da de Sena, venezolano. La independencia de la Costa 
Firme justificada por Tomás Paine treinu años \\i, publi 
cado en Filadellio en 181 1, contiene entre otras cosas una 
traducción de El Federalista (p. 33). El erudito investiga- 
dor Doctor Antonio Martine/ Báei, profesor de Derecho 
Constitucional en la Facultad de Derecho de México, con- 
sultó este libro en la biblioteca Bancrolt de la Universidad 
de California y pudo comprobar que no es exacto que in- 
cluya traducción alguna de El Federalista ni completa ni 
pardal. 

36 Sobre las traducciones francesas, ver ¡éíe, ob. cit., p. XLII 

37 Refiriéndose al años de 1824. dice Rabafa:"probablemen- 
te El Federalista, no traducido aún al castellano, eradet- 
conocido en la América española". El juicio Constitucio- 
nal, p. 158. 

38 Ver nota 20. 



EL FEDERALISTA «10 



1 35 



conocimiento de El Federalista en ia lengua en que 
fue escrito.^' 

La contestación a la primera pregunta se des- 
prende por si' sola de la que doy a la segunda. El 
Federalista no puede haber influido de manera 
apreciablc en el pensamiento político de México, 
Centro y Sudamérica, porque casi no fue conocido 
en estas partes del continente. De los autores de la 
primera mitad, más o menos, del siglo XIX, que me 
ha sido dable consultar, únicamente lo citan Alber- 
di*" y Sarmiento.**' *^ Claro que la investigación 
en las obras académicas o especulativas publicadas 
en forma de libro no es bastante, sino que sería ne- 
cesario recorrer la follcteri'a, tan abundante a prin- 
cipios del siglo XIX, y la prensa, especialmente la 
política y de combate. También sería preciso exa- 
minar las discusiones en los congresos constituyen- 
tes, las exposiciones de motivos y demás documen- 
tos oficiales por el estilo. Pero a juzgar por el ejem- 
plo mexicano, El Federalista no tuvo el menor in- 
flujo en nuestros numerosos ensayos de organiza- 
ción: en ninguna de nuestras asambleas constitu- 
yentes se le menciona ni se cita a sus autores, y 
esta omisión es tanto más notable y reveladora 
cuanto que en varias de ellas participarf r hombres 
que dieron pruebas de una amplia cultuiu política 
y, a veces, hasta de familiaridad con las institucio- 
nes norteamericanas.*-' 

No puede menos de lamentarse el descono- 
cimiento por los latinoamericanos de la notable 
producción de Hamilton y sus colaboradores. Sin 
la menor intención de atribuir a este hecho mayor 
alcance del que pudo tener, resulta justificado re- 
flexionar que una obra tan autorizada como expo- 
sición de la Constitución de la nación vecina y tan 
instructiva y sensata en general, habría sido útilí- 
sima para la comprensión de los principios del go- 
bierno que imitaron o en que se inspiraron, al me- 
nos, la mayoría de estos países, y que no habría de- 
jado de ejercer alguna influencia frente a las ten- 
dencias intelectuales, que ya describí, de constitu- 
yentes y pensadores. En México, por ejemplo, es 
posible que el estudio de El Federalista hubiera 
abreviado el lento progreso hacia el concepto de 
nuestro juicio constitucional, así como que habría 
frenado un tanto el espíritu teorizante y simplista 
que presidió en la confección de nuestros códigos 
fundamentales. Si las democracias latinas de Amé- 
rica, debido a factores sociales y económicos pro- 
fundamente diferentes de los que determinaron el 
éxito del régimen constitucional en Norteamérica, 
no podían ser mejores de lo que han sido, tal vez 
su historia política contaría algunos fracasos me- 
nos si el libro que nos ocupa hubiera sido cono- 
cido un poco más. 



IV 



Hay épocas históricas en que un pueblo pro- 
duce en abundancia, más aún, con exuberancia fas- 
tuosa, personalidades eminentes. "Es un hecho pas- 
moso —ha escrito Beard refiriéndose a ios estadistas 
del período revolucionario y de organización— </Me 
en el mismo momento fuera posible encontrar a 
tantos hombres tersados en el arfe de gobernar, 
en las fronteras mismas de la civilización y entre 
una población que ascendía apenas a cuatro millo- 
nes de personas de raza blanca".** Verdaderamen- 
te, el grupo que dirigió la lucha contra Inglaterra y 
que gobernó la república hasta que una nueva gene- 
ración lo reemplazó a principios del siglo XIX, no 
merece otro nombre que el de extraordinario, so- 
bre todo si se piensa que las otras crisis, de la Gue- 
rra de Secesión y de las dos guerras de esta centu- 
ria, no han hecho surgir a un grupo de hombres que 
sostenga la comparación con él. Para no citar sino 



39 tn una biografía ür Manuei Larrj.'n^ar. fscntor \ nomare 
público mexicano del siglo pasado, que me comunlcb el 
profesor de teoría general del estado, don Alberto G, Sal- 
ceda, quien amablemente revisó el texto traducido y for- 
muló numerosas sugestiones para hacerlo más claro y evi- 
tar algunas incorrecciones de lengua/e, se cita la traduc- 
ción de El Federalista entre sus producciones literarias. 
Como a pesar de una investigación detenida ha sido Impo- 
sible localizarla, ni en tormo de libro o folleto, ni en la 
prensa de la época en que pudo haberse publicado, tal tra- 
ducción debe haber quedado inédita o no haber pasado de 
un proyecto Incompleto. Confirma esta última opinión el 
hallazgo por el profesor Salceda de unas cuantas hojas tra- 
ducidas, con apariencia de pruebas de imprenta, en la bi- 
blioteca del señor Larrainzar que se encuentra en el asilo 
de beneficencia fundado en la ciudad de México por una 
de sus hi/as. 

40 Bases y Punios de Partida para la Organización Política de 
la República Argentina, edición de El Ateneo, p. 162, El 
estudio preliminar que se encuentra en esta edición, dice 
Posada: "£itai Bases recuerdan por su función y hasta por 
su orientación, la labor maravillosa de aquel Federalista. . 

. . ". P. Lll. 

41 Comentarios de la Constitución de la Confederación Ar- 
gentina Santiago de Chile, 1853, pp. 83, 167, 195, y 
otras. 

42 La curiosa obra intitulada Cartas de un Americano sobre 
las ventajas de los Gobiernos Republicanos Federativo^ 
publicada en Londres en '1 826, en respuesta a las Memo- 
rias Políticas sobre las Federaciones^ del chileno /uan £ga- 
ña, se basa principalmente en ti Federalista, del cual 
transcribe numerosos pasóles. 

43 El nombre de Hamilton se encuentra dos teces en nues- 
tros conaresos constituyentes: en la exposición del pro- 
yecto constitucional de la mayoría de la Comisión en 
1842, Montítl y Duarte, Derecho público mexicano^ I. lll, 
p. 189, y en un dictamen sobre actos de la dictadura de 
Sania Anna, ¿arco. Historia del Congreso Extraordinario 
Constituyente, 1856-1857, p. 414. 

44 The Supreme Court and The Constitulior\ p. 87. 



136 



PROLOGO DE GUSTAVO R. VELASCO 



a los nombres más ilustres, recordemos que entre 
sus miembros figuraron Washington, Frankiin, 
Jefferson, Juan y Samuel Adams, Henry, Paine, 
Marshall y nuestros tres autores. 

Puede afirmarse que una de las mayores deu- 
das de los Estados Unidos para con Hamilton, Ma- 
dison y )ay, proviene de su participación en la Con- 
vención Constituyente y de sus esfuerzos posterio- 
res, principalmente a través de los artículos de El 
Federalista, para que fuera aprobado el gran fruto 
de la labor de aquélla. Sin embargo, los tres tuvie- 
ron una vida pública distinguidísima, de la cual 
considero conveniente extractar los datos más sa- 
lientes, tanto para satisfacer la curiosidad muy 
natural en muchos lectores, cuanto porque el cono- 
cimiento de la obra se integra con el de los hom- 
bres que la escribieron. 

Como Hamilton, Jay fue uno de los abogados 
más conocidos en su tiempo. Participó en los con- 
gresos de la época revolucionaria; posteriormente 
estuvo encargado de negociaciones diplomáticas 
con España y luego con Inglaterra, con la que fir- 
mó el tratado preliminar de paz. En la época de la 
adopción de la Constitución, fungía como Secreta- 
rio de Relaciones Exteriores, por lo que no tuvo 
una parte directa en su preparación. Con posteriori- 
dad fue el primer presidente de la Suprema Corte, 
puesto que prefirió dejar para ocupar el de gober- 
nador de Nueva York.*^ 

La actuación política de Madison también co- 
menzó en las asambleas locales y en el Congreso 
Continental durante el período de la Revolución. 
En la Convención Constituyente, su erudición y 
razonamientos produjeron una impresión profunda 
y lo convirtieron en uno de los miembros más in- 
fluyentes de esa selecta reunión. Al inaugurarse el 
nuevo gobierno, representó a su estado de Virginia 
en la primera Cámara de Representantes, donde, 
trabajó activamente en pro de la aprobación de las 
primeras diez enmiendas, que agregaron a la Cons- 
titución de derechos de que carecía. Más tarde co- 
laboró como Secretario de Relaciones con Jeffer- 
son, de quien fue partidario y gran amigo, y llegó 
a Presidente de los Estados Unidos en los años de 
1809 a 1817.'"' 

La vida de Alejandro Hamilton posee la cuali- 
dad dramática reservada a los grandes destinos.*^ 
Nacido en circunstancias oscuras en las Antillas, de 
donde se trasladó a Nueva York en una edad tem- 
prana, la carrera de Hamilton se desarrolló con una 
rapidez y un brillo extraordinarios, hasta hacer de 
él, a los treinta años escasos, uno de los principales 



personajes de la flamante república. Si la parte que 
tuvo en Filadelfia, adonde asistió con irregularidad 
y se vio cohibido por la actitud de sus compañeros 
de diputación, no fue destacada ni sus intervencio- 
nes muy felices, en cambio no es discutible el servi- 
cio valiosísimo que prestó a la causa federal, al em- 
prender y al llevar a buen término, sobre todo, la 
publicación de los papeles de El Federalista. Pero 
aún le esperaba un trabajo de mayor mérito: como 
Secretario del Tesoro en el nuevo gobierno, de 
1 789 a I 795, Hamilton no sólo organizó el sistema 
financiero de los Estados Unidos con una capaci- 
dad, una solidez y una visión política extraordina- 
rias, sino que puede decirse que dominó la adminis- 
tración de Washington, de quien fue el principal 
consejero en los asuntos interiores. Para que se juz- 
gue de la trascendencia de las medidas que implan- 
tó, cedo la palabra a Beck, que opina que "proba- 
blemente los Estados Unidos no han tenido un ad- 
ministrador más brillante que el señor Hamilton 
cuando echó a andar la maquinaria del gobierno 
federal. . .pues una cosa era formular la Constitu- 
ción y otra lograr que funcionara con éxito".* ^ 
Los informes que presentó Hamilton sobre el cré- 
dito público en enero y diciembre de 1790, su fa- 
moso informe sobre las manufacturas (que con el 
tiempo debía inspirar al economista alemán 
List),'" son documentos que no perseguían única- 
mente propósitos fiscales, sino finalidades auténti- 
camente nacionales. Por ello dice Culbertson que 
"Alejandro Hamilton fue grande como financiero, 
pero aún más grande como forjador de un pue- 
hlo".^° en tanto que el autor que cito anteriormen- 
te menciona al "magistral genio administrativo de 
Hamilton" como uno de los factores decisivos para 
que el nuevo gobierno alcanzará el éxito que logró, 
no obstante la crítica situación del país y el am- 
biente tan desfavorable en que se inició, un factor 



45 Una biogralia reciente es la de Frank Monaghan, |ohn 
Jay, Nueva York. 1935. 

46 Como biografía de Madison puede citarse la escrita por 
Irving Brant, Nueva York, 1950. 

4 7 Son numerosas las biografías de Hamilton. Entre las re- 
cientes se destaca la debida a Nalhan Schachner, Nueva 
York, 1946. 

48 Ob. cit., p. 92. Sobre Hamilton como administrador pue- 
de consultarse el reciente libro de Leonard t). While, The 
Federalists, i Study in Administrative History. Sueva 
York, I9S6, qun't) lo considera "el mayor genio admi- 
mslralivo de su generación en los Estados L nidos y uno 
de los grandes administradores de todos los tiempos" 
PP. Wi 27. 

49 Prologo de Manuel Sanche/ Sarto a la traducción del Si»- 
temj Nacional de Economía Política, p. XXIII. (Ed. del 
fondo de Cultura Económica, México, 1942.) 

50 Ob. cil., p. 85. 



EL FEDERALISTA #10 



137 



de tan grande importancia que únicamente lo con- 
sidera inferior a "la incomparable autoridad moral 
de Washington" y a la confianza que todos sus con- 
ciudadanos depositaban en el hombre al que honra- 
ron con el titulo de Padre de la Patria." 

Pero como para comprobar la amarga senten- 
cia sobre la ingratitud de las repúblicas, si su país 
no ha olvidado por completo los eminentes servi- 
cios de este hombre cuya vida fue cortada en plena 
madurez, en el duelo a que le había llevado uno de 
los actos que más le honran, '^ '^ sí puede decirse 
con sólido fundamento que la generalidad de sus 
habitantes ni los conoce a fondo ni los estima co- 
mo es debido, y aun ha sido la moda en los últimos 
tiempos atacar a Hamilton y utilizar su figura como 
término de un contraste con Tomás Jefferson, en 
el que este otro notable actor en los acontecimien- 
tos de la época recibe todos ios elogios. No puede 
negarse que en el hombre había "cierta dureza, 
cierta falta de sutileza y de imaginación genero- 
sa"^* y que a estas características se debe en gran 
parte la falta de popularidad de Hamilton. Tampo- 
co es mi intención poner en duda los altos mereci- 
mientos de Jefferson ni creo que ésta sea la oportu- 
nidad de emitir un juicio sobre su personalidad o su 
labor. Me interesa simplemente hacer notar, en pri- 
mer lugar que ni Hamilton creía en otro gobierno 
que el republicano representativo," ni la fe de 
Jefferson en el pueblo y en la capacidad de éste pa- 
ra autogobernarse era ilimitada.^* En segundo tér- 
mino, que Jefferson se encontraba muy lejos de 
sustentar las ideas que la propaganda política de los 
últimos tiempo ha pretendido colocar el amparo de 
su prestigioso nombre." Por último, que la discre- 
pancia en las ideas de estos estadistas, ambos al fin 
y al cabo productos de su siglo, se encuentra prin- 
cipalmente en una diferencia de énfasis, a su vez 
consecuencia de dos temperamentos tan diversos 
que era inevitable que chocaran violentamente. 
En tanto que a Hamilton le preocupaban los de- 
fectos y vicios de la humanidad,'* jefferson de- 
clara que "la moralidad, la compasión, la genero- 
sidad, son elementos innatos de la naturaleza hu- 
mana". ^'^ Natural era que la respuesta de cada uno 
al problema de cómo organizar el gobierno fuera 
diferente. Como dice Truslovk' Adams en la brillan- 
te y justiciera comparación que hace en el libro va- 
rias veces citado, "Hamilton era un temperamento 
realista. . . .Su única idea era construir un fuerte na- 
vio de estado y vigilar que estuviera bien defendido 
por los cañones más poderosos con que fuera posi- 
ble equiparlo. Jefferson veía los problemas en rela- 
ción con el bienestar de la tripulación. Tuvimos ne- 
cesidad de los dos hombres entonces. Todavía ne- 
cesitamos los elementos intelectuales con que cada 



5 1 Ob. cit., p, r/l. El articulo biográfico en la Encyclopae- 
dia oí the Social Sciences, resume como sigue los servicios 
de Hamilton: "Había establecido é cridito público, doto- 
do a la nación de un sistema hacendaría eficiente, esti- 
mulado la prosperidad generd y contribuido más que 
cualquier otro hombre, a excepción de Washington, pora 
fortalecer la Unión, además de legar a la posteridad un 
con/unto de ideas. . . que poseen viitáidad perdurable", 
vol. vil. p. 252. 

52 Entre las numerosas opiniones en el sentido de que sus 
compatriotas no han hecho justicia a Hamilton, merece 
citarse por tavoroble y asi mismo porque viniendo de un 
extranjero, no es de creerse que la Inspire la pasión par- 
tidista, Id de Bryce en la obra citada en la nota 1: "igual- 
mente apto para la guerra y el gobierno civil, con una 
profundidad y amplitud de miras desusadas entre solda- 
dos prácticos o entre estadistas, figura en la primera fila 
de urui generación nunca superada en la historia, una ge- 
neración que incluye a Burke. a Fox. a Pitt y a Grattim. 
a Stein y Hardenberg y Wilheim von Humboldl. a Neljon. 
Wellington y .napoleón ', vol. II, p. S. 

53 En la elección presidencial de 1801, tanto Jefferson como 
Aarón Burr obtuvieron el mismo número de votos, por lo 
que lo decisión posó al Congreso. No obstante que el pri- 
mero era jefe del partido contrario, que entre él y Hamil- 
ton existía una gran rivalidad política y que jefferson lo 
había ofendido gravemente, Hamilton ejerció toda su In- 
fluencia para que fuero designado, debido o la mala opi- 
nión que tenía de Burr. Lo patriótica actitud de Hamil- 
ton motivó un resentimiento profundo de parte de Burr, 
quien frustrado de nuevo en 1804, por culpa de Hamil- 
ton, en sus esfuerzos para ser gobernador de Nueva York, 
la retó al duelo en que lo privó de la vida, en tanto que 
Hamilton disparaba su pistola al aire. 

54 james Truslow Adams, leffersonian Principies and Hamil- 
tonian Principies, segunda parte, p. XVI. 

55 "Dije que la teoría republicana contaba con mi adhesión 
afectuosa. Este es el lenguaje verdadero de mi corazón, 
que os descubro dentro de la sinceridad de la amistad: y 
agrego que abrigo grandes esperanzas del éxito de dicha 
teoría. . . " Curta a Carrinqton, en la obro citado de Trus- 
low Adams, segundo porte, p. 18. 

56 Carla a Madison, transcrita en la obra citada de Truslow 
Adams, primero parte, p. 18. 

57 Cito por VIO de ejemplo: ". . .un gobierno prudente y fru- 
gal, que evite que los hombres se dañen entre sí. que los 
deje libres en todo lo demás para normar sus actividades 
propias de trabajo y mejoramiento, y que no arrebate de 
la boca del trabajador el pan que ha ganado. Esta es la su- 
ma del buen gobierno. . . " "Oen. . .que el derecho de 
propiedad se apoya en nuestras necesidades naturales, en 
los medios de que disponemos para satisfacerlas, y en el 
derecho a lo que adquirimos a innés de ellos sin violar los 
derechos semejantes de otros seres . ." "Si de Washing- 
ton se nos giran órdenes sobre cuándo sembrar y cuándo 
cosechar, pronto careceremos de pan. . ' Iji agricultu- 
ra, la industria, el comercio y la navegación, las cuatro co- 
lumnas de nuesta prosperidad, florecen en mayor grado 
cuando se deja en libertad a la iniciativa privada'. " Trus- 
low Adom*,. primero i\irti\ pp. -*, 18. ^2 \ SO. 

58 ". . .los hombres son vengativos, ambiciosos y rapaces ". 
El Federalisla, número VI. 

59 Carta en Truslow Adams, primera parte, p. 18. 



138 



PROLOGO DE GUSTAVO R. VELASCO 



uno contribuye a la vida americana contemporá- 
nea, pero si hemos de unificar nuestra conciencia 
nacional y forjar un alma nacional que no tenga 
sino un propósito, deberemos reconciliar sus filoso- 
fías aparentemente contradictorias en una síntesis 
armoniosa. . ."'''' 



El siglo y cuarto transcurrido de 1789 a 1914 
vio una constante sucesión de triunfos de los prin- 
cipios proclamados en la Constitución comentada 
por El Federalista. Todavía la guerra que terminó 
en 1918 persiguió entre otros propósitos el de lo- 
grar que la democracia estuviera segura en el mun- 
do. Pero, desde entonces, el curso de los aconteci- 
mientos ha sido en sentido contrario, y hoy de nue- 
vo, como en el memorable año en que Francia se 
convirtió a las nuevas doctrinas, impartiéndoles una 
claridad y una universalidad que les permitirían re- 
correr toda la tierra, casi no quedan otros ejemplos 
de gobiernos constitucionales efectivos que los que 
proporcionan las dos democracias anglosajonas. Y 
si es verdad que estos poderosos países, por segun- 
da vez en el presente siglo, se hallan trabado en 
nombre de la libertad y la democracia en combate 
mortal con una forma de absolutismo cien veces 
peor que la que vencieron hace veinticinco años, 
en cambio Francia yace postrada como consecuen- 
cia de una derrota humillante y de profundas divi- 
siones espirituales; su principal aliada es Rusia, 
donde una doctrina económica ha religado al se- 
gundo plano los ideales políticos tan caros a la ci- 
vilización occidental, a los que ha sustituido una 
dictadura que invade todos los aspectos de la vida 
social y que arrolla los obstáculos que se oponen 
a sus planes con la misma decisión y crueldad que 
el totalitarismo que combate; en tanto que el res- 
to del mundo, que nunca practicó a fondo el go- 
bierno constitucional ni ha gozado de la incompa- 
rable prosperidad que dio arraigo y prestigio a 
aquel, tanto en Inglaterra como en Estados Uni- 
dos, no sabe qué camino tomar, solicitado y per- 
turbado por doctrinas dispares y contradictorias 
y victima de una gravísima confusión de pensa- 
miento, si no es que de una honda crisis moral. 

¿Qué validez poseen en estas circunstancias 
los principio que El Federalista defendió con tan- 
to empeño y habilidad? ¿No habrá llegado para 
nuestro libro la hora de ocupar un lugar más en 
el poblado panteón de las teorías políticas, adon- 
de sólo acudirán a consultarlo el historiador que 
desee conocer las ideas de una época o el erutido 
curioso por descubrir la filiación y conexiones de 
los sistemas? 



La respuesta es sencilla y categórica. El prin- 
cipio fundamental del gobierno constitucional, el 
que sirve de cimiento a todo el edificio, es que el 
gobierno debe ser limitado. Para usar la terminolo- 
gía de la Europa continental, el estado ha de ser un 
estado de derecho. Ese principio pareció tan evi- 
dente a los autores de El Federalista, probablemen- 
te por encontrarse implícito en el concepto mismo 
del gobierno contitucional, ya que una constitu- 
ción únicamente tiene sentido como acotamiento 
de competencias y facultades, que en vez de discu- 
tirlo expresamente, partieron de él como de un 
postulado o axioma. Hoy nuevamente, por increí- 
ble que aparezca este hecho ante la reflexión, "la 
cuestión principal, la que domina todas las demás 
en el mundo trastornado de nuestros días. . . más 
fundamental que el problema relativo a si las leyes 
deben consagrar el sistema capitalista o algún otro 
. . .es la de optar entre el gobierno constitucional 
y el gobierno arbitrario"."^ Pero la decisión no 
puede ser más dudosa de lo que fue en 1787. La 
única alternativa frente al régimen constitucional 
es el despotismo. La única posibilidad, si el gobier- 
no no es un gobierno de leyes, es el imperio de una 
voluntad irresponsable y absoluta. "Toda nuestra 
cultura moderna —ha escrito Jellinek— descansa 
sobre la afirmación de que los poderes del estado 
tienen un límite y de que nosotros no estamos so- 
metidos como esclavos al poder ilimitado del esta- 
do".''^ En realidad, el problema es más hondo y 
llega a la entraña misma de la vida social: donde el 
gobierno es superior al derecho, éste no impera si- 
no de nombre. Y donde no hay derecho, tampoco 
son posibles el orden, la seguridad ni la justicia. 

El único medio efectivo que se ha descubier- 
to hasta ahora, de que el gobierno tenga límites, 
consiste en que las personas a quienes se confía de- 
riven sus poderes de la masa de los gobernados y 
los ejer/an únicamente durante cierto tiempo. Di- 
cho en otras palabras, solamente el sistema republi- 
cano representativo ofrece perspectivas de que se 
observe el derecho objetivo y de que, por tanto, se 
preserven o protejan los derechos individuales. De- 
be confesarse, sin embargo, que este principio, que 
me parece el segundo en importancia entre los sus- 
tentados por El Federalista y del cual hace éste una 
defensa elocuente y sincera, no posee la misma va- 
lidez universal que el primordial del gobierno legal. 
En tanto que aquél es aplicable en todo tiempo y 



60 Ibid., segunda parte, p. 18. 

61 C. H. Mcllwain, Constitutionilism and ihe Chinning 
World, p. 266. 

62 Teoría neneral del ímda, irjj. iin ;. /. r\ iOO. 



EL FEDERALISTA #10 



139 



todo lugar, la experiencia ha demostrado que no 
todos los pueblos están maduros para la más difícil 
de las formas de gobierno, la forma democrática, 
que exige una serie de condiciones materiales y es- 
pirituales sin las cuales no puede funcionar con éxi- 
to*^ La verdad que el sistema acogido por la Cons- 
titución y propugnado por El Federalista, única- 
mente puede ser llamado democrático en cuanto 
que es representativo, ya que si aquella no excluyó 
del sufragio sino a los esclavos y las mujeres, en rea- 
lidad una parte considerable de la población care- 
cía del derecho de voto como consecuencia de los 
requisitos exigidos por los estados, a ios que la 
Constitución remitió la fijación de las condiciones 
de elegibilidad.** En cambio, en la mayoría de los 
pai'ses que han tenido gobiernos constitucionales, 
inclusive en los Estados Unidos desde mediados del 
siglo pasado, la forma de gobierno ha sido demo- 
crática tanto en el sentido expuesto cuanto debido 
a la tendencia a considerar a los representantes (di- 
putados), electores, etc.) como simples voceros de 
los votantes, en vez de como órganos facultados pa- 
ra actuar conforme a los dictados de su buen jui- 
cio y su conciencia. De todas maneras, el hecho es 
que el experimento político basado en la capacidad 
del género humano para gobernarse, según palabras 
de Madison,*^ aún no puede considerarse resuelto 
definitivamente. Tal vez el límite del autogobierno 
sea la selección de representantes capaces y leales, 
según pensaban los autores de la Constitución de 
Filadelfia y se piensa todavía en Inglaterra.** 

Aun concretándonos a lo esencial y prescin- 
diendo de puntos tales como la dualidad de las cá- 
maras legislativas o la unidad del Ejecutivo, que 
tienen que aparecer como secundarios en una gran 
vista de conjunto a pesar de su importancia prác- 
tica, quedan varios principios cardinales que men- 
cionar entre ios sostenidos por El Federalista. Ape- 
nas menos importantes que el gobierno limitado y 
el sistema representativo, son el estado federal, el 
régimen de división de poderes, con su corolario 
del sistema presidencial, la enunciación en la ley 
fundamental de los derechos individuales esencia- 
les y, por último, la creación de un Poder Judicial 
independiente, encargado de asegurar el equilibrio 
de todo el sistema. La trascendencia de estos prin- 
cipios resalta en su sola expresión. El reconoci- 
miento de una amplia medida de autonomía a las 
partes componentes puede ser la única manera de 
agruparlas en un conjunto más amplio o de gober- 
nar a regiones con características y necesidades lo- 
cales diferentes. La separación de los poderes del 
gobierno, en realidad rechazada por la teoría par- 
lamentaria, resulta el régimen obligado en su va- 
riante del sistema llamado presidencial, en los países 



que carecen de la estabilidad que proporciona la 
tradición monárquica o no han alcanzado el grado 
superior de cultura que es necesario para la prácti- 
ca del parlamentarismo. Las declaraciones de dere- 
chos —por cierto, un elemento que el gobierno nor- 
teamericano debe más bien a los demócratas de 
Jefferson que a los federalistas de Hamilton— han 
probado su valor en la lucha nunca terminada por 
salvaguardar la libertad humana. Un Poder judicial 
a la altura de los demás poderes, para terminar, 
puede no ser indispensable, en una nación como 
Inglaterra, donde la observancia de la constitución 
está confiada a un sentido político como no lo po- 
see ningún otro pueblo y donde la única sanción 
para el caso de que sea violada consiste en la posibi- 
lidad de una revolución; pero resulta el mejor com- 
plemento del régimen constitucional en cualquier 
otro país que desee que se guarden los límites fija- 
dos al gobierno y que no posea las cualidades admi- 
rables de la nación inglesa. 

En el rápido recorrido anterior, no pretendo 
iniciar siquiera la discusión de los principios de go- 
bierno que he mencionado. Mi objeto ha sido de- 
mostrar que los problemas que esos principios se 
proponen resolver son tan graves y vitales como en 
la época en que nació la Constitución norteameri- 
cana y que la soluciones expuestas por El Federa- 
lista siguen siendo tan merecedoras como entonces 
de una consideración sincera e inteligente. Mien- 
tras perdura esa Constitución en sus líneas funda- 
mentales, el estudio de El Federalista continuará 
recompensando con creces a quienes lo emprendan. 
Y mientras la humanidad no encuentre al problema 
político una solución superior al gobierno constitu- 
cional, conservará su valor esta obra, escrita con el 
objeto de ayudar a decidir "si las sociedades huma- 
nas son capaces de establecer un buen gobierno, va- 
liéndose de la reflexión y porque opten por él. o si 
están por siempre destinadas a fundar en el acciden- 
te o la fuerza sus constituciones políticas... * ' 



Gusuvo R. Velasco 



México, septiembre de 1943. 



63 Borker, Refleclioi» on Govcrnmenl, pp. 62 ss. 

64 Madison distinguió al gobierno representativo del demo- 
crático y entendía por éste el gobierno directo, como en 
el caso de la iniciativa o el referendum. 

65 El Fíderilista. cap. XXXIX. 

66 Barker, ob. ciL pattim. 

67 El Fedefillst^ cap. I. 



140 



JAMES MADISON 



JAMES MADISON 

De El Correo de Nueva York, 
viernes 23 de noviembre de 1 787 

EL FEDERALISTA, X 

Al Pueblo del Estado de Nueva York: 

Entre las numerosas ventajas que ofrece una 
Unión bien estructurada, ninguna merece ser desa- 
rrollada con más precisión que su tendencia a sua- 
visar y dominar la violencia del espi'ritu de partido. 
Nada produce al amigo de los gobiernos popula- 
res más inquietud acerca de su carácter y su desti- 
no, que observar su propensión a este peligroso vi- 
cio. No dejará, por lo tanto, de prestar el debido 
valor a cualquier plan que, sin violar los principios 
que profeso, proporcione un remedio apropiado 
para ese defecto. La falta de fijeza, la injusticia y 
la confusión a que abre la puerta en las asambleas 
públicas, han sido realmente las enfermedades mor- 
tales que han hecho perecer a todo gobierno popu- 
lar; y hoy siguen siendo los tópicos predilectos y 
fecundos de los que los adversarios de la libertad 
obtienen sus más plausibles declamaciones. Nunca 
admiraremos bastante el valioso adelanto que re- 
presentan las constituciones americanas sobre los 
modelos de gobierno popular, tanto antiguos como 
modernos; pero sería de una imperdonable parcia- 
lidad sostener que, a este respecto, han apartado el 
peligro de modo tan efectivo como se deseaba y es- 
peraba. Los ciudadanos más prudentes y virtuosos, 
tan amigos de la buena fe pública y privada como 
de la libertad pública y personal, se quejan de que 
nuestros gobiernos son demasiado inestables, de 
que el bien público se descuida en el conflicto de 
los partidos rivales y de que con harta frecuencia se 
aprueban medidas no conformes con las normas de 
la justicia y los derechos del partido más débil, im- 
puestas por la fuerza superior de una mayon'a inte- 
resada y dominadora. Aunque desearíamos viva- 
mente que esas quejas no tuvieran fundamento, 
la evidencia de hechos bien conocidos no nos per- 
mite negar que son hasta cierto grado verdaderas. 
Es muy cierto que si nuestra situación se revisa sin 
prejuicios, se encontrará que algunas de las calami- 
dades que nos abruman se consideran erróneamen- 
te como obra de nuestros gobiernos; pero se descu- 
brirá al mismo tiempo que las demás causas son in- 
suficientes para explicar, por si solas, muchos de 
nuestros más graves infortunios y, especialmente, 
la actual desconfianza, cada vez más intensa, hacia 
los compromisos públicos, y la alarma respecto a 
los derechos privados, que resuenan de un extremo 



a otro del continente. Estos efectos se deben acha- 
car, principalmente si no en su totalidad, a la in- 
constancia y la injusticia con que un espíritu fac- 
cioso ha corrompido nuestra administración públi- 
ca. 

Por facción entiendo cierto número de ciuda- 
danos, estén en mayoría o en minoría, que actúan 
movidos por el impulso de una pasión común, o 
por un interés adverso a los derechos de los demás 
ciudadanos o a los intereses permanentes de la 
comunidad considerada en conjunto. 

Hay dos maneras de evitar los males del espí- 
ritu de partido: consiste una en suprimir sus causas, 
la otra en reprimir sus efectos. 

Hay también dos métodos para hacer desapa- 
recer las causas del espíritu de partido: destruir la 
libertad esencial a su existencia, o dar a cada ciu- 
dadano las mismas opiniones, las mismas pasiones 
y los mismos intereses. 

Del primer remedio puede decirse con verdad 
que es peor que el mal perseguido. La libertad es al 
espíritu faccioso lo que el aire al fuego, un alimen- 
to sin el cual se extingue. Pero no sería menor locu- 
ra suprimir la libertad, que es esencial para la vida 
política, porque nutre a las facciones, que al desear 
la desaparición del aire, indispensable a la vida ani- 
mal, porque comunica al fuego su energía destruc- 
tora. 

El segundo medio es tan impracticable como 
absurdo el primero. Mientras la razón humana no 
sea infalible y tengamos libertad para ejercerla, ha- 
brá distintas opiniones. Mientras exista una rela- 
ción entre la razón y el amor de sí mismo, las pa- 
siones y las opiniones influirán unas sobre otras y 
las últimas se adherirán a las primeras. La diversi- 
dad en las facultades del hombre, donde se origina 
el derecho de propiedad, es un obstáculo insupe- 
rable a la unanimidad de los intereses. El primer 
objeto del gobierno es la protección de esa facul- 
tades. La protección de facultades diferentes y de- 
siguales para adquirir propiedad, produce inmedia- 
tamente la existencia de diferencias en cuanto a la 
naturaleza y extensión de la misma; y la influencia 
de éstas sobre los sentimientos y opiniones de los 
respectivos propietarios, determina la división de la 
sociedad en diferentes intereses y partidos. 

Como se demuestra, las causas latentes de la 
división en facciones tienen su origen en la natura- 
leza del hombre; y las vemos por todas partes que 
alcanzan distintos grados de actividad según las cir- 



EL FEDERALISTA #10 



141 



cunstacias de la sociedad civil. El celo por diferen- 
tes opiniones respecto al gobierno, la religión y 
muchos otros puntos, tanto teóricos como prác- 
ticos; el apego a distintos caudillos en lucha ambi- 
ciosa por la supremacía y el poder, o a personas de 
otra clase cuyo destino ha interesado a las pasiones 
humanas, han dividido a los hombres en bandos 
los han inflamado de mutua animosidad y han he- 
cho que estén mucho más dispuestos a molestarse y 
oprimirse unos a otros que a cooperar para el bien 
común. Es tan fuerte la propensión de la humani- 
dad a caer en animadversiones mutuas, que cuan- 
do le faltan verdaderos motivos, los más frivolos e 
imaginarios pretextos han bastado para encender su 
enemistad y suscitar los más violentos conflictos. 
Sin embargo, la fuente de discordia más común y 
persistente es la desigualdad en la distribución de 
las propiedades. 

Los propietarios y los que carecen de bienes 
han formado siempre distintos bandos sociales. En- 
tre acreedores y deudores existe una diferencia se- 
mejante. Un interés de los propietarios rafees, otro 
de los fabricantes, otro de los comerciantes, uno 
más de los grupos adinerados y otros intereses me- 
nores, surgen por necesidad en las naciones civiliza- 
das y los dividen en distintas clases, a lasque mue- 
ven diferentes sentimientos y puntos de vista. La 
ordenación de tan variados y opuestos intereses 
constituye la tarea primordial de la legislación mo- 
derna, pero hace intervenir al espi'ritu de partido y 
de bandería en las operaciones necesarias y ordina- 
rias del gobierno. 

Ningún hombre puede ser juez de su propia 
causa, porque su interés es seguro que privaría de 
imparcialidad a su decisión y es probable que tam- 
bién corrompería su integridad. Por el mismo mo- 
tivo, más aún, por mayor razón, un conjunto de 
hombres no puede ser juez y parte a un tiempo; 
y, sin embargo, ¿qué son los actos más importan- 
tes de la legislatura sino otras tantas decisiones ju- 
diciales, que ciertamente no se refieren a los dere- 
chos de una sola persona, pero interesan a los dos 
grandes conjuntos de ciudadanos? ¿Y qué son las 
diferentes clases de legislaturas, sino abogados y 
partes en las causas que resuelven? ¿Se propone 
una ley con relación a las deudas privadas? Es una 
controversia en que de un lado son parte los acree- 
dores y de otro los deudores. La justicia debería 
mantener un equilibrio entre ambas. Pero los jue- 
ces lo son los partidos mismos y deben serlo; y hay 
que contar con el partido más numeroso o, dicho 
en otras palabras, el bando más fuerte, prevalezca. 
¿Las industrias domésticas deben ser estimuladas, 
y si es asi', en qué grado, imponiendo restricciones 



a las manufacturas extranjeras? He aquí asuntos 
que las clases propietarias decidirán de modo dife- 
rente que las fabriles, y en que probablemente nin- 
guna de las dos se atendría únicamente a la justicia 
ni al bien público. La fijación de los impuestosque 
han de recaer sobre las distintas clases de propie-- 
dades parece requerir la imparcialidad más absolu- 
ta; sin embargo, tal vez no existe un acto legislati- 
vo que ofrezca al partido dominante mayor opor- 
tunidad ni más tentaciones para pisotear las reglas 
de la justicia. Cada chelín con que sobrecarga a la 
minoría, es un chelín que ahorra en sus propios 
bolsillos. 

Es inútil afirmar que estadistas ilustrados con- 
seguirán coordinar estos opuestos intereses, hacien- 
do que todos ellos se plieguen al bien público. No 
siempre llevarán el timón estos estadistas. Ni en 
muchos casos puede efectuarse semejante coordina- 
ción sin tener en cuenta remotas e indirectas con- 
sideraciones, que rara vez prevalecerán sobre el in- 
terés inmediato de un partido en hacer caso omiso 
de los derechos de otro o del bien de todos. 

La conclusión a que debemos llegar es que las 
causas del espíritu de facción no pueden suprimir- 
se y que el mal sólo puede evitarse teniendo a raya 
sus efectos. 

Si un bando no tiene la mayoría, el remedio 
lo proporciona el principio republicano que permi- 
te a esta última frustrar los siniestros proyectos de 
aquél mediante una votación regular. Una facción 
podrá entorpecer la administración, trastornar a la 
sociedad; pero no podrá poner en práctica su vio- 
lencia ni enmascararla bajo las formas de la Cons- 
titución. En cambio, cuando un bando abarca la 
mayoría, la forma del gobierno popular le permi- 
te sacrificar a su pasión dominante y a su interés, 
tanto el bien público como los derechos de los de- 
más ciudadanos. Poner el bien público y los dere- 
chos privados a salvo del peligro de una facción se- 
mejante y preservar a la vez el espíritu y la forma 
del gobierno popular, es en tal caso el magno tér- 
mino de nuestras investigaciones. Permítaseme 
añadir que es el gran desiderátum que rescatará a 
esta forma de gobierno del oprobio que tanto tiem- 
po la ha abrumado y la encomendará a la estima- 
ción y la adopción del género humano. 

¿Qué medios harán posible alcanzar este fin? 
Evidentemente que sólo uno de dos. O bien debe 
evitarse la existencia de la misma pasión o interés 
en una mayoría al mismo tiempo, o si ya existe tal 
mayoría, con esa coincidencia de pasiones o intere- 
ses, se debe incapacitar a los individuos que la com- 



142 



JAMES MADISON 



ponen, aprovechando su número y situación local, 
para ponerse de acuerdo y llevar a efecto sus pro- 
yectos opresores. Si se consiente que la inclinación 
y la oportunidad coincidan, bien sabemos que no 
se puede contar con motivos morales ni religiosos 
para contenerla. No son frenos bastantes para la in- 
justicia y violencia de los hombres, y pierden su efi- 
cacia en proporción al número de éstos que se reú- 
nen, es decir, en la proporción en que esta eficacia 
se hace necesaria. 

Este examen del problema permite concluir 
que una democracia pura, por la que entiendo una 
sociedad integrada por un reducido número de ciu- 
dadanos, que se reúnen y administran personal- 
mente el gobierno, no puede evitar los peligros del 
espíritu sectario. En casi todos los casos, la mayo- 
ría sentirá un interés o una pasión comunes; la mis- 
ma forma de gobierno producirá una comunicación 
y un acuerdo constantes; y nada podrá atajar las 
circunstancias que incitan a sacrificar al partido 
más débil o a algún sujeto odiado. Por eso estas de- 
mocracias han dado siempre el espectáculo de su 
turbulencia y sus pugnas; por eso han sido siempre 
incompatibles con la seguridad personal y los dere- 
chos de propiedad; y por eso, sobre todo, han sido 
tan breves sus vidas como violentas sus muertes. 
Los poh'ticos teóricos que han patrocinado estas 
formas de gobierno, han supuesto erróneamente 
que reduciendo los derechos políticos del género 
humano a una absoluta igualdad, podrían al mismo 
tiempo igualar e identificar por completo sus pose- 
siones, pasiones y opiniones. 

Una república, o sea, un gobierno en que tie- 
ne efecto el sistema de la representación, ofrece 
distintas perspectivas y promete el remedio que 
buscamos. Examinemos en qué puntos se distingue 
de la democracia pura y entonces comprenderemos 
tanto la índole del remedio cuanto la eficacia que 
ha de derivar de la Unión. 

Las dos grandes diferencias entre una demo- 
cracia y una república son: primera, que en la se- 
gunda se delega la facultad de gobierno en un pe- 
queño número de ciudadanos, elegidos por el resto; 
segunda, que la república puede comprender un nú- 
mero más grande de ciudadanos y una mayor ex- 
tensión de territorio. 

El efecto de la primera diferencia consiste, 
por una parte, en que afina y amplía la opinión pú- 
blica, pasándola por el tamiz de un grupo escogido 
de ciudadanos, cuya prudencia puede discernir me- 
jor el verdadero interés de su país, y cuyo patriotis- 
mo y amor a la justicia no estará dispuesto a sacri- 



ficarlo ante consideraciones parciales o de orden 
temporal. Con este sistema, es muy posible que la 
voz pública, expresada por los representantes del 
pueblo, este más en consonancia con el bien públi- 
co que si la expresara el pueblo mismo, convocado 
con ese fin. Por otra parte, el efecto puede ser el 
universo. Hombres de natural revoltoso, con pre- 
juicios locales o designios siniestros, pueden empe- 
zar por obtener los votos del pueblo por medio de 
intrigas, de la corrupción o por otros medios, para i 
traicionar después sus intereses. De aquí se deduce 
la siguiente cuestión: ¿son las pequeñas repúblicas 
o las grandes quienes favorecen la elección de los 
más aptos custodios del bienestar público? Y la res- 
puesta está bien clara a favor de las últimas por dos 
evidentes razones: 

En primer lugar, debe observarse que por pe- 
queña que sea una república sus representantes de- 
ben llegar a cierto número para evitar las maquina- 
ciones de unos pocos, y que, por grande que sea, 
dichos representantes deben limitarse a determina- 
da cifra para precaverse contra la confusión que 
produce una multitud. Por lo tanto, como en los 
dos casos el número de representantes no está en 
proporción al de los votantes, y es proporcional- 
mente más grande en la república más pequeña, se 
deduce que si la proporción de personas idóneas no 
es menor en la república grande que en la pequeña, 
la primera tendrá mayor campo en que escoger y 
consiguientemente más probabilidad de hacer una 
selección adecuada. 

En segundo lugar, como cada representante 
será elegido por un número mayor de electores en 
la república grande que en la pequeña, les será más 
difícil a los malos candidatos poner en juego con 
éxito los trucos mediante los cuales se ganan con 
frecuencia las elecciones; y como el pueblo votará 
más libremente, es probable que elegirá a los que 
posean más méritos y una reputación más exten- 
dida y sólida. 

Debo confesar que en éste, como en casi to- 
dos los casos, hay un término medio, a ambos lados 
del cual se encontrarán inconvenientes. Ampliando 
muchos el número de los electores, se corre el ries- 
go de que el representante esté poco familiarizado 
con las circunstancias locales y con los intereses 
menos importantes de aquéllos; y reduciéndolo de- 
masiado, se ata al representante excesivamente a 
estos intereses, y se le incapacita para comprender 
los grandes fines nacionales y dedicarse a ellos. En 
este aspecto la Constitución federal constituye una 
mezcla feliz; los grandes intereses generales se enco- 
miendan a la legislatura nacional, y los particulares 
y locales a la de cada Estado. 



EL FEDERALISTA #10 



143 



La otra diferencia estriba en que el gobierno 
republicano puede regir a un número mucho mayor 
de ciudadanos y una extensión territorial más Im- 
portante que el gobierno democrático; y es princi- 
palmente esta circunstancia la que hace menos te- 
mibles las combinaciones facciosas en el primero 
que en este último. Cuanto más pequeña es una so- 
ciedad, más escasos serán los distintos partidos e 
intereses que la componen; cuanto más escasos son 
los distintos partidos e intereses, más frecuente es 
que el mismo partido tenga la mayoría; y cuanto 
menor es el número de individuos que componen 
esa mayoría y menor el círculo en que se mueven, 
mayor será la facilidad con que podrán concertar- 
se y ejecutar sus planes opresores. Ampliad la esfe- 
ra de acción y admitiréis una mayor variedad de 
partidos y de intereses; haréis menos probable que 
una mayoría del total tenga motivo para usurpar 
los derechos de los demás ciudadanos; y si ese mo- 
tivo existe, les será más difícil a todos los que lo 
sienten descubrir su propia fuerza, y obrar todos de 
concierto. Fuera de otros impedimentos, debe se- 
ñalarse que cuando existe la conciencia de que se 
abriga un propósito injusto o indigno, la comunica- 
ción suele ser reprimida por la desconfianza, en 
proporción al número cuya cooperación es necesa- 
ria. 

De lo anterior se deduce claramente que la 
misma ventaja que posee la república sobre la de- 
mocracia, al tener a raya los efectos del espíritu de 
partido, la tiene una república grande en compara- 
ción a una pequeña y la posee la Unión sobre ios 
Estados que la componen. ¿Consiste esta ventaja 
en el hecho de que sustituye representantes cuyos 
virtuosos sentimientos e ¡lustrada inteligencia los 
hacen superar los prejuicios locales y los proyectos 
injustos? No puede negarse que la representación 



de la Unión tiene mayores probabilidades de poseer 
esas necesarias dotes. ¿Consiste acaso en la mayor 
seguridad que ofrece la diversidad de partidos, con- 
tra el advenimiento de uno que supere y oprima al 
resto? La creciente variedad de los partidos que in- 
tegran la unión, aumenta en igual grado esta seguri- 
dad. ¿Consiste, finalmente, en los mayores obstá- 
culos que se oponen a que se pongan de acuerdo y 
se realicen los deseos secretos de una mayoría in- 
justa e interesada? Aquí, una vez más, la extensión 
de la Unión otorga a ésta su ventaja más palpable. 

La influencia de los líderes facciosos puede 
prender una llama en su propio Estado, pero no lo- 
grará propagar una conflagración general en los res- 
tantes. Una secta religiosa puede degenerar en ban- 
do político en una parte de la Confederación; pero 
las distintas sectas dispersas por toda su superficie 
pondrán a las asambleas nacionales a salvo de seme- 
jante peligro. El entusiasmo por el papel moneda, 
por la abolición de las deudas, por el reparto de la 
propiedad, o a favor de cualquier otro proyecto 
disparatado o pernicioso, invadirá menos fácilmen- 
te el cuerpo entero de la Unión que un miembro 
determinado de ella; en la misma proporción que 
esas enfermedad puede contagiar a un solo conda- 
do o distrito, pero no a todo un Estado. 

En la magnitud y en la organización adecuada 
de la Unión, por tanto, encontramos el remedio re- 
publicano para las enfermedades más comunes de 
ese régimen. Y mientras mayor placer y orgullo sin- 
tamos en ser republicanos, mayor debe ser nuestro 
celo por estimar el espíritu y apoyar la calidad de 
Federalistas. 



PUBLIO 



Para el Diario Independiente 



ESCRITOS ECONÓMICOS 



JEREMY BENTHAM 

(1748- 1832) 



148 



LA psicología DEL HOMBRE ECONÓMICO 



-I- 

M¡ noción de hombre es la de un ser que an- 
hela la felicidad, tanto en el éxito como en el fra- 
caso, y en todos sus actos continuará haciéndolo, 
mientras siga siendo hombre. 



-I I- 

En el curso general de la existencia, en todo 
corazón humano, el interés de la propia conside- 
ración predomina sobre todos los demás en con- 
junto. Más brevemente: prevalece la propia esti- 
mación; o bien, la autopreferencia se encuentra 
en todas partes. 

En la consideración de algunas personas, esa 
posición puede presentarse con carácter de axio- 
ma; es decir, tan evidente por sí misma. que no ne- 
cesita demostración. Para otros, es una proposición 
que, por muy claramente cierta que sea, requiere 
la demostración. 

Plantear una posición con el carácter de axio- 
ma, es hacerlo con la esperanza de que, o no será 
controvertida en absoluto , o que quien la discuta 
no estará en posibilidad —para justificar su nega- 
ción— de ofrecer algo en que no se ponga de mani- 
fiesto lo irrazonable de su opinión o pretendida 
opinión. Esta es la característica de los axiomas 
expuestos por Euclides, en los cuales se cree que 
no se encontrará dogmatismo alguno. 

El principio de autopreferencia, debe enten- 
derse como la propensión de la naturaleza humana, 
por la cual, con motivo de cada acto que ejecuta, 
todo ser humano se ve inclinado a seguir la linea 
de conducta que, en su inmediata estimación del 
caso, contribuirá en el más alto grado a su propia 
felicidad máxima, cualquiera que sea su efecto en 



relación con la dicha de otros seres similares, uno 
cualquiera o todos ellos en conjunto. Para satisfac- 
ción de los que puedan dudar, podemos señalarles 
la existencia de la especie que por sí misma cons- 
tituye una prueba concluyente. Porque, después 
de hacer la excepción del caso de los niños, que 
no han llegado aún a la edad en que pueden andar 
solos, o de los adult s que por enfermedad se ven 
reducidos a un estado de invalidez, si tomamos a 
cualquiera de dos personas, digamos A y B, y su- 
ponemos que todo el cuidado de la felicidad de A 
se confía a los sentimientos de B, sin que A tenga 
parte alguna en ello; y el cuidado absoluto de la 
dicha de B circunscrito al buen corazón de A, sin 
tener B intervención alguna, y que éste fuera el 
caso desde el principio hasta el fin, pronto se vería 
que, de acuerdo con este estado de cosas, la espe- 
cie no podría continuar existiendo, y que unos 
cuantos meses, por no decir semanas o días, serían 
suficientes para su aniquilación. 



De todos los modos en que, para el gobierno 
de un mismo individuo, pudieran considerarse las 
dos facultades como colocadas en diferentes sitios 
—la sensación y el deseo consecuente en uno, y el 
juicio y la consiguiente acción en otro—, éste es 
el más sencillo. Si, como con menos verdad se ha 
dicho del ciego que conduce a otro ciego, en tal 
estado de cosas, ambos estarían cayendo conti- 
nuamente en el hoyo; suponiendo que la separa- 
ción ocurra en un plano más complejo, las caídas 
serán mucho más frecuentes y más rápidamente 
fatales. Supongamos que el cuidado de la felici- 
dad de A se quita totalmente de A, y se divide en- 
tre B y C, proveyéndose para la felicidad de B y C 
en la misma forma compleja, y así sucesivamente; 
mientras mayor fuera la complicación, más rápi- 
da sería la destrucción, y más flagrante el absur- 
do de una suposición que da por sentada la exis- 
tencia de tal estado de cosas. 



147 



148 



JEREMY BENTHAM 



-I I I- 

Se dice de un hombre, que tiene interés en 
una materia en la medida que tal materia está con- 
siderada como susceptible de ser para él fuente de 
placer o una exención del dolor, siendo el sujeto 
una cosa o una persona; una cosa en virtud del 
uso que pueda derivar de ella; o persona; en vir- 
tud de tal o cual servicio que pudiera recibir de 
manos de dicha persona. 

Se dice que un hombre tiene interés en la eje- 
cución de tal o cual acto, por si' mismo, o por al- 
gún otro; en la ocurrencia de éste o aquel suceso o 
estado de cosas -cuando por haber ocurrido, y co- 
mo consecuencia de él, considera más o menos pro- 
bable poseer tal o cual bien, (placer o exención). 

Se dice que es interés de un hombre que el ac- 
to, suceso o estado de cosas en cuestión debiera 
ocurrir, por cuanto a que se supone que, por ocu- 
rrir y como consecuencia de ello, entrará en pose- 
sión de un bien de valor más grande que en el caso 
contrario. En el primer caso el interés corresponde 
a una sola partida en la cuenta del bien y del mal; 
en el otro caso, corresponde a un saldo del lado del 
bien. 

Cuando para que un hombre disfrute de un 
bien o sea, de cierto placer o exención de alguna 
pena, le ha parecido que es necesario que haya ocu- 
rrido cierto suceso o estado de cosas, y para el ob- 
jeto de ocasionar su realización ha ejecutado deter- 
minado acto, entonces entre los fenómenos psico- 
lógicos que, en el caso en cuestión han ocurrido y 
se han efectuado en su mente, se encuentran los 
siguientes, a saber: 1. Ha sentido tener un interés 
en la posesión de ese mismo bien. 2. Ha sentido 
deseo de poseerlo. 3. Ha sentido aversión a la idea 
de no poder poseerlo. 4. Ha sentido la necesidad de 
él. 5. Ha alimentado la esperanza de poseerlo. 6. Ha 
tenido ante sus ojos el temor de no poseerlo. 7. Y 
el deseo que él ha sentido de poseerlo ha obrado 
en su voluntad en forma de un motivo, por cuya 
acción y con su ayuda, se ha producido el acto eje- 
cutado por él, como antes se dijo. 

La idea del placer o de una exención, se apli- 
ca desde el principio a la voluntad; en esa etapa su 
efecto si no es concluyente, es velleity, deseo, es- 
peranza o inclinación. Por velleity se hace referen- 
cia al entendimiento, es decir: 1. Se hace balance 
entre el valor de este bien y el de la pena o pérdi- 
da, si la hay, que se presenten eventualmente, a 
punto de asociarse con él; 2. entonces, si el balan- 
ce parece ser favorable para la elección de los me- 



dios y, por consiguiente, el resultado es la acción, 
la esperanza, deseo o inclinación —velleity— se ha 
perfeccionado en volición, cuya consecuencia in- 
medita es la acción. Para el proceso ocurrido, esta 
descripción puede servir en todos los casos; el tiem- 
po ocupado en él puede ser de cualquier magni- 
tud: desde una mínima fracción de un segundo, co- 
mo en los casos ordinarios, hasta cualquier número 
de años. 



-IV- 

Es una observación trillada y ociosa la de 
que los compromisos de los soberanos no se man- 
tienen por más tiempo que el que se ajusta a su 
conveniencia. 

Esta observación es en todo similar a otra, 
igualmente ordinaria, relacionada con el hombre 
en general, que jamás está gobernado por ningu- 
na otra cosa más que su propio interés. En el sen- 
tido más amplio y extenso de la palabra interés, 
que comprende toda clase de motivos, esta obser- 
vación es indudablemente cierta; pero tan induda- 
blemente falsa en cualquier sentido restringido en 
que en ocasiones la palabra interés se suele usar. 
Estas ideas de nivelación, en cuanto a la tenden- 
cia, son tan perniciosas como mal fundadas res- 
pecto a los hechos; la tendencia de dichas ideas es 
constante y la intención frecuente para cubrir y 
fomentar la inmoralidad misma que ellas hacen 
aparecer como que ya está extinguiéndose y cuya 
existencia sostienen y pretenden, tal vez, deplorar. 



-V- 

La única causa eficiente de la acción es el inte- 
rés, si tomamos el término en su más amplio senti- 
do; es decir, según la percepción que, en el momen- 
to de que se trata tenga de su interés más enérgica- 
mente persuasivo: el interés determinado por la an- 
tipatía y simpatía sociales, incluyendo de igual mo- 
do al que es de naturaleza puramente autoestimati- 
va. Únicamente por un sentido de interés, por la 
eventual expectativa de placer o dolor, es como 
puede ser influida la conducta humana en cualquier 
caso. Si es por cualquier opinión, que se supone 
formada por otros hombres, como puede ser in- 
fluida la conducta de un hombre, en cualquier for- 
ma y a cualquier grado, sólo puede producirse la 
influencia por medio de la acción esperada, por 
tanto, de la voluntad correspondiente de los indivi- 
duos en cuestión; la expectativa es que, por la opi- 



ESCRITOS ECONÓMICOS 



149 



nión, favorable o desfavorable, se producirá la vo- 
luntad correspondiente y, con ella, la acción res- 
pectiva en forma de buenos o malos oficios; y por 
esos buenos o malos oficios por una parte el placer, 
y el dolor por la otra. 



-VI- 

Por el principio de propia estimación, mien- 
tras más urgente es la necesidad que siente un hom- 
bre de obtener la bondad y la buena voluntad de 
los demás, más enérgicos y firmes serán sus esfuer- 
zos para conseguirlas, y si la necesidad es menor, 
los esfuerzos serán menos intensos. La bondad y la 
buena voluntad y, por ello, en ocasiones los buenos 
oficios, los servicios de otras personas (en los casos 
en los que falta el poder remunerativo), no se pue- 
den obtener de ninguna otra manera sino por de- 
mostraciones de la misma bondad, en esfuerzo y en 
efecto, por parte del hombre hacia ellos. Mientras 
mayor es su necesidad de la benevolencia efectiva 
de los demás, mayor es el incentivo que él tiene pa- 
ra manifestar benevolencia efectiva hacia ellos— es- 
tímulo que, de este modo, la prudencia autoestima- 
tiva basta para proporcionar; si la necesidad es me- 
nor, menos fuerte será este aliciente. 

De este modo, mientras un hombre se sienta 
generalmente más expuesto a recibir malos tratos a 
manos de otros, más fuerte será el aliciente que 
tenga para otorgarles un buen trato, con el propósi- 
to de apartar de él los efectos de sus malas volunta- 
des. 



-VI I- 

Si por el interés en una u otra forma, esto es, 
por un motivo de tal o cual especie, todo acto de la 
voluntad y, por consiguiente, todo acto físico se 
producen, así debe ser, directa o indirectamente, 
cada acto de la facultad intelectual; aunque en este 
caso la influencia del interés de tal o cual motivo, 
ni es tan perceptible, ni en sí mismo es tan directa 
como en el otro. 

Pero puede preguntarse, ¿cómo es posible que 
el motivo del hombre, por el cual obra, pueda estar 
oculto para él? Nada es más fácil —ni nada más fre- 
cuente—. El caso raro en verdad es, no que él no lo 
sepa, sino que lo conozca. 

Es como con la anatomía del espíritu humano 
y con la anatomía fisiología del cuerpo; el caso ra- 
ro es, no que el hombre no esté familiarizado con 
ellas, sino que lo esté. 



La fisiología del cuerpo tiene sus dificultades; 
pero comparadas con las que obstruyen el conoci- 
miento de la fisiología del espíritu, son, en realidad, 
ligeras. 

Es bastante frecuente que entre dos personas 
que viven en estado de intimidad, cualquiera o cada 
una de ellas pueda poseer un juicio más correcto y 
completo de los motivos que gobiernan el pensa- 
miento de la otra, que los que dirigen el suyo pro- 
pio. 

De este modo, muchas mujeres han obtenido 
un conocimiento más correcto y completo de las 
causas internas que han determinado la conducta 
del esposo, del que él mismo haya tenido. 

La razón de esto fácilmente se señala. Por el 
interés, el hombre está continuamente impulsado 
a interiorizarse tan correcta y completamente co- 
mo sea posible, de los resortes de la acción por los 
cuales se determinan los pensamiento de las perso- 
nas de quienes depende, más o menos, para el bien- 
estar de su vida. 

Pero por interés, al mismo tiempo, se desvía 
del examen íntimo de los impulsos que determinan 
su propia conducta. 

De ese conocimiento no tiene, en forma ordi- 
naria, nada qué ganar, no encuentra en él ningún 
motivo de disfrute. 

En ese conocimiento, es más probable que en- 
cuentre mayor mortificación que satisfacción. Los 
motivos puramente sociales, los semisociales y, en 
el caso de los insociales los que tiene por origen un 
impulso dado por motivos sociales o semisociales, 
son los que, cuando prevalecen en el caso de otros 
hombres, los halla mencionados como objeto de 
alabanza; por el supuesto predominio de estos ama- 
bles motivos es como encuentra aumentada su re- 
putación y obtiene el respeto y buena voluntad que 
todo hombre se ve precisado a buscar, en gran me- 
dida, para el bienestar de su existencia. 

Encuentra el espíritu de otros hombres real- 
mente pleno y desbordante de esas misma amables 
y deseables dotes; abundando durante sus vidas por 
la declaración de sus amigos, y después de sus muer- 
tes, por el testimonio registrado, escrito en alguna 
revista mensual con el beneplácito de sus amigos, y 
con una que otra voz discordante, entre sus enemi- 
gos. 



150 



JEREMY BENTHAM 



Pero mientras más íntimamente examina el 
mecanismo de sus propios pensamientos, menor es 
el conjunto de efectos producidos que puedan rela- 
cionarse con cualquiera de esas amables y deliciosas 
causas; por lo tanto, nada encuentra que lo atraiga 
hacia su estudio, y sí mucho que lo aleje de él. 

Es en lo intelectual donde las buscará, ya que 
la alabanza y la propia satisfacción con motivo de 
su valor moral, están, por consiguiente, descarta- 
das. "Los hombres que están animados por un sen- 
timiento de consideración hacia todas las cosas me- 
nos hacia ellos misñiis. son tontos: aquellos cuya 
consideración está circunscrita a ellos mismos, son 
prudentes. Yo me cuento entre el número de los 
prudentes. " 

Tal vez se trate de un hombre en el que se 
mezclen una gran cantidad de motivos de propia esr 
limación, con una pequeña cantidad de motivos so- 
ciales que influyen en su conducta privada. ¿Qué 
hará él en este caso? Al investigar el origen de un 
acto dado, desde el principio lo colocará, totalmen- 
te, en el grupo de los motivos amables y conciliato- 
rios; en una palabra, en los motivos sociales. En el 
estudio de su propia fisiología mental, ésta será 
siempre su primera y, comúnmente, su última me- 
dida. ¿Por qué ha de buscar más? ¿Para qué son- 
dear más? ¿Por qué ha de desengañarse a sí mismo, 
substituyendo una verdad absoluta que lo mortifi- 
caría, por una verdad a medias que lo halaga? 

Mientras mayor es la participación que tienen 
los motivos de índole social en la formación de la 
tendencia general de la conducta humana, parece 
evidente que será menos tedioso realizar esta espe- 
cie de autodisección psicológica. El primer aspecto 
es agradable, y mientras más virtuoso sea el hombre 
más placentero será ese estudio, que se ha declara- 
do ser el más apropiado para todos. 

Pero mientras menos tediosa es cualquiera in- 
vestigación, si el estado de las facultades físicas e 
intelectuales lo permite, mayor será el progreso que 
un hombre logre en ella. 



-VIII- 



Debemos tratar las opiniones como las encontra- 
mos, y no obrar como si fueran lo que deben ser. 
No es éste el único caso en que es necesario poner 
un freno a las inclinaciones de los hombres, para 
que puedan ejtar en libertad de seguirlas. 



-I X- 

Sicndo necesario el trabajo para la adquisición 
de la riqueza, y al mismo tiempo, igualmente indis- 
pensable para la conservación de la existencia, es de 
esta manera como, disfrazado con el nombre de de- 
seo de trabajo, en cierto modo el deseo de riqueza 
se ha librado de los reproches que con tanta profu- 
sión se ha acostumbrado lanzarle cuando se le con- 
sidera desde un punto de vista directo y se le llama 
por su propio nombre. 

Mientras tanto, por cuanto se refiere al traba- 
jo, aunque el mero deseo de trabajar, deseo de tra- 
bajar por el trabajo mismo, considerado como un 
fin, sin ninguna otra mira por alguna cosa, es una 
especie difícil de encontrarse en los sentimientos 
humanos; sin embargo, si se considera como un me- 
dio, apenas habrá deseo alguno por cuya satisfac- 
ción, el trabajo, y por consiguiente, el deseo de tra- 
bajar, no estén continuamente subordinados. Por 
eso es que, cuando se hace abstracción de la consi- 
deración del fin, difícilmente se encontrará otro 
deseo cuyo nombre haya sido tan conveniente para 
utilizarse con propósitos encomiásticos, adquirien- 
do con ello un significado elogioso, como el apela- 
tivo que se ha empleado para presentar este deseo 
de trabajar. A este apelativo se le ha dado el nom- 
bre de laboriosidad, y de este modo, con otro nom- 
bre, el deseo de riqueza se ha provisto de una espe- 
cie de carta de recomendación que, con su propio 
nombre nunca se le hubiera dado. 

La aversión, no el deseo, es la única emoción 
que el trabajo, por sí mismo es capaz de producir; 
el ocio, que es la negación o ausencia del trabajo 
—el ocio, no el trabajo— es el objeto de tales emo- 
ciones como el amor o el deseo. Hasta el grado en 
que la palabra trabajo se toma en su propio senti- 
do, decir amor al trabajo, es expresar dos términos 
contradictorios. 



Al deseo de la propia conservación se le llama 
propensión natural; es decir, que se le considera 
con aprobación. El deseo de ganancias es una incli- 
nación no menos natural, pero en este caso, aunque 
más útil, no está considerado con la misma aproba- 
ción. Este es un prejuicio perjudicial, pero existe, y 
por lo tanto es necesario combatir su influencia. 



Lo que en el lenguaje sentimental se llama un 
sacrificio de los intereses privados en bien del inte- 
rés público, es sólo el sacrificio de urt autosupuesto 
interés particular en una forma a un autosupuesto 
interés privado en otra forma; por ejemplo: del in- 



ESCRITOS ECONÓMICOS 



151 



teres que corresponde a la ambición del poder, al 
interés correspondiente al amor por la reputación: 
de esa reputación cuyo ansiado fruto es el poder. 



-X I- 

El ánimo de todo hombre público está sujeto 
en todo tiempo a la acción de dos intereses distin- 
tos: uno público y el otro privado. Su interés públi- 
co es el que está constituido por la participación 
que él tiene en la felicidad y el bienestar de la co- 
munidad en total, o de la mayor parte de ella; su 
interés privado está formado de, o por, la parte que 
tiene en el bienestar de alguna porción de la comu- 
nidad, menor que la mayor parte, y del cual, la par- 
te más pequeña posible es la que está compuesta de 
su particular -y propio- interés personal. 

En el mayor número de casos, estos dos inte- 
reses no sólo son distintos sino opuestos, y a tal 
grado que, si cualquiera de ellos se persigue exclusi- 
vamente, el otro deberá ser sacrificado. 

Tomemos, como ejemplo, el interés pecunia- 
rio. Es interés personal de todo hombre público, a 
cuya disposición se encuentra el dinero recaudado 
por impuestos a toda la comunidad, que una parte, 
tan grande como sea posible, o en su totalidad, per- 
manezca con él para su propio uso; al mismo tiem- 
po es interés del público, incluyendo su propia par- 
te de ese público interés, que una parte, tan peque- 
ña como sea posible, o ninguna si es posible, per- 
manezca en esas mismas manos para su uso perso- 
nal o para cualquier otro uso particular. 

Considerando la vida entera, no existe ni pue- 
de existir el ser humano en cuyo caso cualquier in- 
terés público que pueda tener, hasta donde depen- 
da de él, no haya sacrificado a su propio interés 
personal. Todo lo que puede hacer un hombre in- 
flamado del espíritu público, que es como decir, el 
más virtuoso de ellos, hacia el progreso del interés 
público, es realizar lo que depende de él con el fin 
de llevar este interés público, o sea, su propia par- 
ticipación personal en él, a una situación tan pró- 
xima a la coincidencia, que en algunos casos equi- 
vale a la repugnancia posible con sus propios inte- 
reses particulares. 



-XI I- 

Si, por ejemplo, el tema a discusión es el co- 
mienzo o la continuación de una guerra y, de a- 



cuerdo con sus cálculos, durante el curso de la gue- 
rra o para siempre cien libras esterlinas al año será 
el importe de la contribución que, según sus cuen- 
tas, tendrá que pagar (y si en estas cuentas, no só- 
lo el importe de su propia aportación al gravamen, 
sino toma en consideración el interés, que en for- 
ma de simpatía tiene del monto de la parte de la 
carga que tendrá que ser soportada por sus relacio- 
nes privadas y particulares de toda clase) y si su es- 
perada utilidad por la guerra es igual a cero, y no 
interviene ningún arrebato de pasión que lo desvíe 
del propósito que parece ser su interés perdurable 
en general, él estará en contra de la guerra e inter- 
pondrá todas las influencias que pueda tener para 
lograr este fin. Pero si, en tanto que se calcula co- 
mo probable una pérdida de 100 libras esterlinas 
al año ocasionada por la guerra, se presenta como 
segura para él, por obra de la misma causa, una uti- 
lidad de 1,000 libras esterlinas al año acompaña- 
das de probabilidad igual o correspondiente —sien- 
do un individuo medio cualquiera, que usted no 
conoce—, ninguna consideración puede garantizar, 
ni nada que no sea una simple debilidad mental, 
puede producir en usted la esperanza de que la 
paz encuentre un verdadero defensor, en dicho in- 
dividuo o que, sea que se dé cuenta o no de lo que 
pasa en su interior, su conducta tendrá por causa 
determinante nada menos que la balanza de pér- 
didas y ganancias que hemos presentado con an- 
terioridad. 



-XIII- 



Todo conjunto de hombres está regido total- 
mente por el concepto de lo que es su interés, en 
el más estricto y egoísta sentido del vocablo inte- 
rés; nunca por consideración alguna al interés del 
pueblo. En esa posición, no tiene cabida ninguno 
de los incentivos, cualesquiera de los cuales pue- 
de orillar a un hombre, en particular, a hacer el sa- 
crificio de su interés personal al interés general; o 
sea, el deseo de reputación, la satisfacción de la 
simpatía para el pueblo, el placer del poder con 
respecto a la convicción íntima de haber tenido 
una amplia participación de la contribución a la 
felicidad pública. Tal vez sí, por un momento, ba- 
jo el estímulo producido por un buen discurso; pe- 
ro en algo que sea persistente, jamás ningún grupo 
humano está determinado por ninguna otra con- 
sideración que no sea su concepto de lo que es, en 
máximo grado, beneficioso para sus intereses pu- 
ramente de propia estimación. 



152 



JEREMY BENTHAM 



-X I V- 



Afortunadamente, en la naturaleza humana 
no existe una causa prístina y constante de antipa- 
tía, como la hay de simpatía. 



sean temidos por causa de su exceso. La sociedad 
se mantiene unida únicamente por los sacrificios 
que pueden ser inducidos a hacer sus miembros, 
de las satisfacciones que exigen: lograr estos sacri- 
ficios es la gran dificultad y la mayor tarea del go- 
bierno. 



-XV- 

La preparación del corazón humano para la 
antipatía hacia otros hombres, en toda circunstan- 
cia, desgraciadamente es muy abundante y activa. 

El alcance ilimitado de los deseos humanos y 
el muy limitado de objetos adaptados para satisfa- 
cerlos, conduce inevitablemente al hombre a consi- 
derar a aquellos con quienes se ve obligado a com- 
partir tales objetos, como rivales inconvenientes, 
que restringen su propio grado de disfrute. Ade- 
más, los seres humanos son los instrumentos más 
poderosos de producción, y, por lo tanto, todo el 
mundo está ansioso de utilizar los servicios de sus 
semejantes con el objeto de multiplicar sus pro- 
pias comodidades. De aquí proviene la sed inten- 
sa y universal de poder, y el igualmente predomi- 
nante odio a la esclavitud. Por consiguiente, cada 
hombre se encuentra ante una obstinada resisten- 
cia hacia su propia voluntad, y está obligado a ha- 
cer igualmente una oposición constante a la de los 
demás, y, naturalmente, esto engendra antipatía 
hacia aquellos que así frustran y contravienen sus 
deseos. 



-XV I- 

Puede afirmarse como una verdad amplia y 
generalizada que, cualquiera cosa que reduzca el 
bienestar y la felicidad personales de cualquier in- 
dividuo, lo inhabilita, en igual grado, para impar- 
tir felicidad a sus semejantes, y no sólo a ese ex- 
tremo, sino que lo predispone a reducir la cuota 
de disfrute de ellos al nivel de la suya propia. 



-XVII- 

Los grandes enemigos de la paz pública son 
las pasiones egoístas e insociables, necesarias co- 
mo son, una a la existencia misma de cada indivi- 
duo, y la otra a su seguridad. En lo que concierne 
a estos sentimientos, nunca es de sospecharse de- 
ficiencia alguna por cuanto a su fuerza; todo lo 
que hay que esperar con respecto a ellos, es que 



-XVIII- 

Parece que oigo decir a alguno de ustedes: 
'■ / Vaya cuadro el que nos está presentando de la 
naturaleza humana, este hombre viejo y pesimis- 
ta! Como si no existieran tales cualidades como el 
desinterés, la filantropía, o la disposición hacia la 
abnegación, en toda la especie humana, como si 
no existiera una persona que como rey cumpliera 
sus deberes con placer, haciendo, en toda ocasión, 
su máximo esfuerzo para promover la felicidad de 
su pueblo. " 

" ¡Tener ideas como éstas, cuando hay prue- 
bas en contrario - tan brillantes e indudables - 
constantemente ante sus ojos!". 

Esta es mi respuesta: Hijos míos admito todo 
esto, no lo niego; no puedo ni deseo negarlo; me 
sentiría muy apenado si estuviera en mi poder ne- 
garlo. Pero no menos sostengo el hecho de que la 
existencia misma de la especie humana, como la 
de cualquiera otra, depende del establecido y casi 
ininterrumpido hábito de la autopreferencia. 

Pero no les molestaré a ustedes, porque no es 
necesario, describiendo el desarrollo de esta ver- 
dad; ni lo intentaré, porque tampoco es preciso 
encerrar a ustedes en algún antro oscuro, como la 
cueva que estedes llaman metafísica, y en la cual 
se lucubran e investigan los impulsos de los actos 
humanos. No es necesario. ¿Ypor qué? Porque aun 
mi creencia en esa verdad, no me impide creer en 
cualquiera de las cosas que ustedes suponen que yo 
niego. 

Sí, señores, admito la existencia del desinte- 
rés, en el sentido que ustedes le dan. Acepto la 
existencia de la filantropía -de la filantropía has- 
ta un grado en que lo abarca todo—. iHijos míos!, 
¿qué otra cosa podría yo hacer que admitirlo? No 
tengo que ir muy lejos a buscarla. Sin ella, ¿cómo 
podrían haber existido tantos escritos que han pre- 
cedido a esta carta? Convengo en la existencia de 
una disposición a la abnegación, ¿qué otra cosa 
puedo hacer? ¿Puedo, acaso, negar la realidad del 
trabajo de los tres días ? 



ESCRITOS ECONÓMICOS 



153 



Sí, admito, no sólo la posible sino la efectiva 
existencia de un rey que se complace en cumplir 
con sus deberes, de un rey que, en toda ocasión, 
realiza sus "máximos, esfuerzps para procurar la feli- 
cidad y los intereses de su pueblo. 

iOh, qué placentero es para mi corazón la im- 
posibilidad de una recusación íntima a esas admi- 
siones! ¡Pero, hijos míos!, en lo que se ha visto su- 
ceder generalmente y, por tanto, se presenta como 
más probable de acontecer, en esto únicamente, es 
lo que se funda toda práctica, si pretende hacerse 
digna de la fama de la prudencia. 



-X I X- 

¿Cuál es el idioma de la verdad sencilla? Que a 
pesar de todo lo que se ha dicho, el predominio ge- 
neral de la propia estimación sobre cualquiera otra 
clase de consideración, queda demostrado por todo 
lo que se ha hecho: o sea, que en el curso ordinario 
de la vida, en los sentimientos de los seres humanos 
de tipo común, el yo lo es todo, comparado con el 
cual, las demás personas, agregadas a todas las cosas 
juntas, no valen nada; y eso, aceptando, como qui- 
zás pueda serlo, que en un estado de extrema rha- 
durez de la sociedad se pueda encontrar, de vez en 
cuando, una mente de vastísima cultura y de ampli- 
tud de miras que, bajo el influjo de un estímulo ex- 
traordinario, haga el sacrificio del interés de su pro- 
pia consideración en aras del interés social, en esca- 
la nacional; de esto no ha dejado de haber algún 
ejemplo; la virtud pública de esta naturaleza, razo- 
nablemente no puede considerarse, porque se toma 
muy frecuentemente como ejemplo de locura. 



-XX- 

En cada pecho humano, con excepción de 
entusiasmos raros y de otra duración, resultantes 
de algún fuerte estímulo o incitación, el interés de 
la propia consideración predomina sobre el interés 
social: el propio interés particular de cada persona, 
sobre los intereses de todas ias demás personas jun- 
tas. 

En los pocos casos en que, en todo el curso 
general de su vida, una persona sacrifica su propio 
interés individual al de cualquiera otra persona o 
personas, éstas serán algunas con las que esté rela- 
cionada por algún estrecho vínculo de simpatía do- 
méstica o de otra índole particular; no a la totali- 
dad o mayoría de los individuos que constituyen 
la comunidad política a la que él pertenece. 



Si en cualquier comunidad política hay algu- 
nos individuos que, por constancia, prefieren los 
intereses de todos los demás miembros juntos al in- 
terés que forma la suma de sus propios intereses in- 
dividuales y el de las pocas personas relacionadas, 
particularmente, con ellos, estos individuos de es- 
píritu público serán tan escasos y, al mismo tiem- 
po, tan imposible de distinguirse de los demás, que 
para cualquier objeto práctico, sin cometer un posi- 
tivo error pueden no tenerse en cuenta. 

-XX I- 

Deberá dependerse siempre del principio de 
acción cuya influencia sea la más poderosa, cons- 
tante, uniforme, permanente y más generalizada 
entre la humanidad. Ese principio es el interés per- 
sonal; el sistema de economía que se construya so- 
bre cualquiera otra base, se edifica sobre una base 
falsa. 

-XXII- 

Entre todas las distintas especies de entidades 
psicológicas, cuyos nombres se encuentran en el 
Cuadro de los Recortes de la Acción, o en las Ex- 
plicaciones que lleva adjuntas, los dos que, por de- 
cirlo así, son las raíces —las principales columnas 
o fundamentos de todas las demás-, la materia de 
que todas están expuestas — o los recipientes de 
esa sustancia, cualquiera que pueda ser la imagen 
física que se emplee para prestar ayuda, si es que 
no existencia al concepto—, se cree que serán, si 
es que ya no han sido PLACERES Y DOLORES. 
La existencia de ellos es motivo de experiencia 
constante y universal. Sin ninguno de los demás, 
éstos son susceptibles de adquirir una existencia 
efectiva, con tanta frecuencia como son inespera- 
dos; sin ellos, ninguno de todos los demás, jamás 
pudo tener, o haber tenido, existencia. 

Cierto es que, cuando el asunto -en el caso 
en cuestión— es el de saber cuáles son los resortes 
de la acción que, en dicha ocasión han impulsado, 
o a cuya influencia ha estado expuesta la mente en 
cuestión, la especie de entidad psicológica que hay 
que descubrir, en primer lugar, es el motivo. Pero 
de la clase de motivo que ha estado actuando de 
este modo, sólo por referencias se puede tener una 
idea clara de la índole de placer o dolor que tiene 
por base ese motivo; es decir: del placer o el dolor, 
cuya idea y esperanza eventual, se considera que 
estuvo influyendo en la naturaleza del motivo. Una 
ve¿ comprendido esto, se entiende al mismo tiem- 
po el correspondiente interés; y si la causa operante, 
en cuestión, pertenece a la clase agraciada. 



SOBRE LA LIBERTAD 

(Introducción) 



JOHN STUART MILL 
(1806- 1873) 



INTRODUCCIÓN 



El objeto de este ensayo no es el llamado li- 
bre arbitrio, sino la libertad social o civil, es decir, 
la naturaleza y los límites del poder que puede ejer- 
cer legi'timamente la sociedad sobre el individuo, 
cuestión que rara vez ha sido planteada y casi nun- 
ca ha sido discutida en términos generales, pero 
que influye profundamente en las controversias 
prácticas del siglo por su presencia latente, y que, 
según todas la probabilidades, muy pronto se hará 
reconocer como la cuestión vital del porvenir. Es- 
tá tan lejos de ser nueva esta cuestión, que en cier- 
to sentido ha dividido. a la humanidad, casi desde 
las más remotas edades, pero en el estado de pro- 
greso en que los grupos más civilizados de la espe- 
cie humana han entrado ahora, se presenta bajo 
nuevas condiciones y requiere ser tratada de mane- 
ra diferente y más fundamental. 

La lucha entre la libertad y la autoridad es el 
rasgo más saliente de esas partes de la Historia con 
las cuales llegamos antes a familiarizarnos, especial- 
mente en las historias de Grecia, Roma e Inglaterra. 
Pero en la antigüedad esta disputa teni'a entre los 
subditos o algunas clases de subditos y el Gobierno. 
Se entendía por libertad la protección contra la ti- 
ranía de los gobiernos políticos. Se consideraba 
que éstos (salvo en algunos gobiernos democráticos 
de Grecia), se encontraban necesariamente en una 
posición antagónica a la del pueblo que goberna- 
ban. El Gobierno estaba ejercido por un hombre, 
una tribu o una casta que derivaba su autoridad del 
derecho de sucesión o de conquista, que en ningún 
caso contaba con el asentimiento de los gobernados 
y cuya supremacía los hombres no osaban, ni acaso 
tampoco deseaban, discutir, cualesquiera que fue- 
sen las precauciones que tomaran contra su opresi- 
vo ejercicio. Se consideraba el poder de los gober- 
nantes como necesario, pero también como alta- 
mente peligroso; como un arma que intentarían 
emplear tanto contra sus subditos como contra los 
enemigos exteriores. Para impedir que los miem- 
bros más débiles de la comunidad fuesen devorados 
por los buitres, era indispensable que un animal de 



presa, más fuerte que los demás, estuviera encarga- 
do de contener a estos voraces animales. Pero como 
el rey de los buitres no estaría menos dispuesto que 
cualquiera de las arpías menores a devorar el reba- 
ño, hacía falta estar constantemente a la defensiva 
contra su pico y sus garras. Por esto, el fin de los 
patriotas era fijar los límites del poder que al go- 
bernante le estaba consentido ejercer sobre la co- 
munidad, y esta limitación era lo que entendían 
por libertad. Se intentaba de dos maneras primera, 
obteniendo el reconocimiento de ciertas inmunida- 
des llamadas libertades o derechos políticos, que el 
Gobierno no podía infringir sin quebrantar sus de- 
beres, y cuya infracción, de realizarse, llegaba a jus- 
tificar una resistencia individual y hasta una rebe- 
lión general. Un segundo posterior expediente fue 
el establecimiento de frenos constitucionales, me- 
diante los cuales el consentimiento de la comuni- 
dad o de un cierto cuerpo que se suponía el repre- 
sentante de sus intereses, era condición necesaria 
para algunos de los actos más importantes del po- 
der gobernante. En la mayoría de los países de Eu- 
ropa, el Gobierno ha estado más o menos ligado a 
someterse a la primera de estas restricciones No 
ocurrió lo mismo con la segunda; y el llegar a ella, 
o cuando se la había logrado ya hasta un cierto 
punto, el lograrla completamente fue en todos los 
países el principal objetivo de los amantes de la li- 
bertad. Y mientras la Humanidad estuvo satisfecha 
con combatir a un enemigo por otro y ser goberna- 
da por un señor a condición de estar maso menos 
eficazmente garantizada contra su tiranía, las aspi- 
raciones de los liberales pasaron más adelante. 

Llegó un momento, sin embargo, en el pro- 
greso de los negocios humanos en el que los hom- 
bres cesaron de considerar como una necesidad na- 
tural el que sus gobernantes fuesen un poder inde- 
pendiente, con un interés opuesto al suyo. Les pa- 
reció mucho mejor que los diversos magistrados del 
Estado fuesen sus lugartenientes o delegados revo- 
cables a su gusto. Pensaron qué sólo así podrían te- 
ner completa seguridad de que no se abusaría jamás 



157 



158 



JOHN STUART MILL 



en su perjuicio de los poderes de gobierno. Gra- 
dualmente esta nueva necesidad de gobernantes 
electivos y temporales se hizo el objeto principal 
de las reclamaciones del partido popular, en donde- 
quiera que tal partido existió; y vino a reemplazar, 
en una considerable extensión, los esfuerzos prece- 
dentes para limitar el poder de los gobernantes. Co- 
mo en esta lucha se trataba de hacer emanar el po- 
der gobernante de la elección periódica de los go- 
bernados, algunas personas comenzaron a pensar 
que se había atribuido una excesiva importancia a 
la idea de limitar el poder mismo. Esto (al parecer) 
fue un recurso contra los gobernantes cuyos intere- 
ses eran habitualmente opuestos a los del pueblo. 
Lo que ahora se exigía era que los gobernantes es- 
tuviesen identificados con el pueblo, que su interés 
y su voluntad no tendría necesidad de ser potegi- 
da contra su propia voluntad. No habría temor de 
que se tiranizase a sí misma. Desde el momento en 
que los gobernantes de una nación eran eficazmen- 
te responsables ante ella y fácilmente revocables a 
su gusto, podía confiarles un poder cuyo uso a ella 
misma correspondía dictar. Su poder era el propio 
poder de la nación concentrado y bajo una forma 
cómoda para su ejercicio. Esta manera de pensar, 
o acaso más bien de sentir, era corriente en la úl- 
tima generación del liberalismo europeo, y, al pa- 
recer, prevalece todavía en su rama continental. 
Aquellos que admiten algunos límites a lo que un 
Gobierno puede hacer (excepto si se trata de go- 
biernos tales que, según ellos, no deberían existir), 
se distinguen como brillantes excepciones, entre los 
pensadores políticos del continente. Una tal mane- 
ra de sentir podría prevalecer actualmente en nues- 
tro país, si no hubieran cambiado las circunstancias 
que en su tiempo la fortalecieron. 

Pero en las teorías políticas y filosóficas, co- 
mo en las personas, el éxito saca a la luz defectos 
y debilidades que el fracaso nunca hubiera mostra- 
do a la observación. La idea de que los pueblos no 
tienen necesidad de limitar su poder sobre sí mis- 
mo podía parecer un axioma cuando el gobierno 
popular era una cosa acerca de la cual no se hacía 
más que soñar o cuya existencia se leía tan sólo en 
la historia de alguna época remota. Ni hubo de ser 
turbada esta noción por aberraciones temporales 
tales como las de la Revolución francesa, de las 
cuales las peores fueron obra de una minoría usur- 
padora y que, en todo caso, no se debieron a la ac- 
ción permanente de las instituciones populares, si- 
no a una explosión repentina y convulsiva contra 
el despotismo monárquico y aristocrático. Llegó, 
sin embargo, un momento en que una república de- 
mocrática ocupó una gran parte de la superficie de 
la tierra y se mostró como uno de los miembros 



más poderosos de la comunidad de las naciones; y 
el gobierno electivo y responsable se hizo blanco de 
esas observaciones y críticas que se dirigen a todo 
gran hecho existente. Se vio entonces que frases co- 
mo el "poder sobre sí mismo" y el "poder de los 
pueblos sobre sí mismos", no expresaban la verda- 
dera situación de las cosas; el pueblo que ejerce el 
poder no es siempre el mismo pueblo sobre el cual 
es ejercido; y el "gobierno de sí mismo" de que se 
habla, no es el gobierno de cada uno por sí, sino el 
gobierno de cada uno por todos los demás. Además 
la voluntad del pueblo significa, prácticamente, la 
voluntad de la porción más numerosa o más activa 
del pueblo; de la mayoría o de aquellos que logran 
hacer aceptar como tal; el pueblo, por consiguien- 
te, puede desear oprimir a una parte de sí mismo, y 
las precauciones son tan útiles contra esto como 
contra cualquier otro abuso del Poder. Por consi- 
guiente, la limitación del poder de gobierno sobre 
los individuos no pierde nada de su importancia 
aun cuando los titulares: del Poder sean regular- 
mente responsables hacia la comunidad, es decir, 
hacia el partido más fuerte de la comunidad. Esta 
visión de las cosas, adaptándose por igual a la inte- 
ligencia de los pensadores que a la inclinación de 
esas clases importantes de la sociedad europea a cu- 
yos Intereses, reales o supuestos, es adversa la de- 
mocracia, no ha encontrado dificultad para hacerse 
aceptar; y en la especulación política se incluye ya 
la "tiranía de la mayoría" entre los males, contra 
los cuales debe ponerse en guardia la sociedad. 

Como las demás tiranías, esta de la mayoría 
fue al principio temida, y lo es todavía vulgarmen- 
te, cuando obra, sobre todo, por medio de actos de 
las autoridades públicas. Pero las personas reflexi- 
vas se dieron cuenta de que cuando es la sociedad 
misma el tirano -la sociedad colectivamente, res- 
pecto de los individuos aislados que la componen— 
sus medios de tiranizar no están limitados a los ac- 
tos que puede realizar por medio de sus funciona- 
rios políticos. La sociedad puede ejecutar, y eje- 
cuta, sus propios decretos; y si dicta malos decre- 
tos, en vez de buenos, o si los dicta a propósito de 
cosas en las que no debería mezclarse, ejerce una 
tiranía social más formidable que muchas de las 
opresiones políticas, ya que si bien, de ordinario, 
no tiene a su servicio penas tan graves, deja menos 
medios de escapar a ella, pues penetra mucho más 
en los detalles de la vida y llega a encadenar el al- 
ma. Por esto no basta la protección contra la ti- 
ranía del magistrado. Se necesita también pro- 
tección contra la tiranía de la opinión y senti- 
miento prevalecientes; contra la tendencia de la 
sociedad a imponer, por medios distintos de las 
penas civiles, sus propias ideas y prácticas como re- 



SOBRE LA LIBERTAD (INTRODUCCIÓN) 



159 



glas de conducta a aquellos que disientan de ellas; 
a ahogar el desenvolvimiento y, si posible fuera, a 
impedir la formación de individualidades originales 
y a obligar a todos los caracteres a moldearse sobre 
el suyo propio. 

Hay un límite a la intervención legítima de la 
opinión colectiva en la independencia individual: 
encontrarle y defenderle contra toda invasión es 
tan indispensable a una buena condición de los 
asuntos humanos, como la protección contra el 
despotismo político. 

Pero si esta proposición, en términos genera- 
les, es casi incontestable, la cuestión práctica de co- 
locar el límite —como hacer el ajuste exacto entre 
la independencia individual y la intervención so- 
cial— es un asunto en el que casi todo está por ha- 
cer. Todo lo que da algún valor a nuestra existen- 
cia, depende de la restricción impuesta a las accio- 
nes de los demás. Algunas reglas de conducta debe, 
pues, imponer, en primer lugar, la ley, y la opinión, 
después, para muchas cosas a las cuales puede al- 
canzar la acción de la ley. En determinar lo que de- 
ben ser estas reglas consiste la principal cuestión en 
los negocios humanos; pero si exceptuamos algunos 
de los casos más salientes, es aquellas hacia cuya so- 
lución menos se ha progresado. 

No hay dos siglos, ni escasamente dos países, 
que hayan llegado, respecto de esto, a la misma 
conclusión; y la conclusión de un siglo o de un país 
es causa de admiración para otro. Sin embargo, las 
gentes de un siglo o país dado no sospechan que la 
cuestión sea más complicada de lo que sería si se 
tratase de un asunto sobre el cual la especie huma- 
na hubiera estado siempre de acuerdo. Las reglas 
que entre ellos prevalecen les parecen evidentes y 
justificadas por sí mismas. 

Esta completa y universal ilusión es uno de 
los ejemplos de la mágica influencia de la costum- 
bre, que no es sólo, como dice el proverbio, una se- 
gunda naturaleza, sino que continuamente está 
usurpando el lugar de la primera. El efecto de la 
costumbre, impidiendo que se promueva duda algu- 
na respecto a las reglas de conducta impuestas por 
la humanidad a cada uno, es tanto más completo 
cuanto que sobre este asunto no se cree necesario 
dar razones ni a los demás ni a uno mismo. La gen- 
te acostumbra a creer, y algunos que aspiran al tí- 
tulo de filósofos la animan en esa creencia, que sus 
sentimientos sobre asuntos de tal naturaleza valen 
más que las razones, y las hacen innecesarias. El 
principio práctico que la guía en sus opiniones so- 
bre la regulación de la conducta humana es la idea 



existente en el espíritu de cada uno, de que debe- 
ría obligarse a los demás a obrar según el gusto su- 
yo y de aquellos con quienes él simpatiza. En reali- 
dad nadie confiesa que el regulador de su juicio es 
su propio gusto; pero toda opinión sobre un punto 
de conducta que no esté sostenida por razones sólo 
puede ser mirada como una preferencia personal; y 
si las razones, cuando se alegan, consisten en la me- 
ra apelación a una preferencia semejante experi- 
mentada por otras personas, no pasa todo de ser 
una inclinación de varios, en vez de ser la de uno 
solo. Para un hombre ordinario, sin embargo, su 
propia inclinación así sostenida no es sólo una ra- 
zón perfectamente satisfactoria, sino la única que, 
en general, tiene para cualquiera de sus nociones de 
moralidad, gusto o conveniencias, que no estén ex- 
presamente inscritas en su credo religioso; y hasta 
su guía principal en la interpretación de éste. Por 
tanto, las opiniones de los hombres sobre lo que es 
digno de alabanza o merecedor de condena están 
afectadas por todas las diversas causas que influyen 
sobre sus deseos respecto a la conducta de los de- 
más, causas tan numerosas como las que determi- 
nan sus deseos sobre cualquier otro asunto. Algu- 
nas veces su razón; en otros tiempos sus prejuicios 
o sus supersticiones; con frecuencia sus afecciones 
sociales; no pocas veces sus tendencias anti-sociales, 
su envidia o sus celos, su arrogancia o su desprecio; 
pero lo más frecuentemente sus propios deseos y 
temores, su legítimo o ilegítimo interés. En donde- 
quiera que hay una clase dominante, una gran parte 
de la moralidad del país emana de sus intereses y 
de sus sentimientos de clase superior. La moral, 
entre los espartanos y los ilotas, entre los plantado- 
res y los negros, entre los príncipes y los subditos, 
entre los nobles y los plebeyos, entre los hombres y 
las mujeres, ha sido en su mayor parte criatura de 
esos intereses y sentimientos de clase: y las opinio- 
nes así engendradas reobran a su vez sobre los sen- 
timientos morales de sus miembros de la clase do- 
minante en sus recíprocas relaciones. Por otra par- 
te, donde una clase, en otro tiempo dominante, ha 
perdido su predominio, o bien donde este predomi- 
nio se ha hecho impopular, los sentimientos mora- 
les que prevalecen están impregnados de un impa- 
ciente disgusto contra la superioridad. Otro gran 
principio determinante de las reglas de conducta 
impuestas por las leyes o por la opinión, tanto rev 
pecto a los actos como respecto a las opiniones, ha 
sido el servilismo de la especie humana hacia las su- 
puestas preferencias o aversiones de sus señores 
temporales o de sus dioses. Este servilismo, aunque 
esencialmente egoísta, no es hipócrita, y ha hecho 
nacer genuinos sentimientos de horror; él ha lleva- 
do a los hombres a quemar nigromantes y herejes. 
Entre tantas viles influencias, los intereses cviden- 



160 



tes y generales de la sociedad han tenido, natural- 
mente, una parte, y una parte importante en la di- 
rección de los sentimientos morales: menos, sin 
embargo, por su propio valor que como una con- 
secuencia de las simpatías que crecieron a su alre- 
dedor; simpatías y antipatías que, teniendo poco o 
nada que ver con los intereses de la sociedad, han 
dejado sentir su fuerza en el establecimiento de los 
principios morales. 

Así los gustos o disgustos de la sociedad o de 
alguna poderosa porción de ella, son los que prin- 
cipal y prácticamente han determinado las reglas 
impuestas a la general observancia con la sanción 
de la ley o de la opinión. 

Y, en general, aquellos que en ideas y senti- 
mientos estaban más adelantados que la sociedad, 
han dejado subsistir en principio, intacto, este es- 
tado de cosas, aunque se hayan podido encontrar 
en conflicto con ella en algunos de sus detalles. Se 
han preocupado más de saber qué es lo que a la so- 
ciedad debía agradar o no que de averiguar si sus 
preferencias o repugnancias debían o no ser ley 
para los individuos. Han preferido procurar el cam- 
bio de los sentimientos de la humanidad en aquello 
en que ellos mismos eran herejes, a hacer causa co- 
mún con los herejes, en general, para la defensa de 
la libertad. El caso de la fe religiosa es el único en 
que todos, parte de individualidades aisladas, se ha 
adoptado premeditadamente un criterio elevado y 
se le ha mantenido con constancia: un caso instruc- 
tivo en muchos aspectos, y no en el que menos en 
aquel en que representa uno de los más notables 
ejemplos de la fabilidad de lo que se llama el senti- 
do moral, pues el odium theologicum en un devoto 
sincero es uno de los casos más inequívocos de sen- 
timiento moral. Los que primero se liberaron del 
yugo de lo que se llamó Iglesia Universal estuvie- 
ron, en general, tan poco dispuestos como la mis- 
ma iglesia a permitir la diferencia de opiniones re- 
ligiosas. Pero cuando el fuego de la lucha se apagó, 
sin dar victoria completa a ninguna de las partes, 
y cada iglesia o secta se vio obligada a limitar sus 
esperanzas y a retener la posesión del terreno ya 
ocupado, las minorías, viendo que no tenían pro- 
babilidades de convertirse en mayorías, se vieron 
forzadas a solicitar autorización para disentir de 
aquellos a quienes no podían convertir. Según esto, 
los derechos del individuo contra la sociedad fue- 
ron afirmados sobre sólidos fundamentos de prin- 
cipio, casi exclusivamente en este campo de bata- 
lla, y en él fue abiertamente controvertida la pre- 
tensión de la sociedad de ejercer autoridad sobre 
los disidentes. Los grandes escrjtores a los cuales 



debe el mundo la libertad religiosa que posee, han 
afirmado la libertad de conciencia como un dere- 
cho inviolable y han negado, absolutamente, que 
un ser humano puede ser responsable ante otros 
por su creencia religiosa. Están natural, sin embar- 
go, a la humanidad la intolerancia en aquello que 
realmente le interesa, que la libertad religiosa no ha 
tenido realización práctica en casi ningún sitio, ex- 
cepto donde la indiferencia que no quiere ver tur- 
bada su paz por querellas teológicas ha echado su 
peso en la balanza. En las mentes de casi todas las 
personas religiosas, aun en los países más toleran- 
tes, no es admitido sin reservas el deber de la tole- 
rancia. Una persona transigirá con un disidente en 
materia de gobierno eclesiástico, pero en materia 
de dogma; otra, puede tolerar a todo el mundo, 
menos a un papista o un unitario; otra, a todo el 
que crea en una religión revelada; unos cuantos, ex- 
tenderán un poco más su caridad pero se deten- 
drán en la creencia en Dios y en la vida futura. Allí 
donde el sentimiento de la mayoría es sincero e in- 
tenso se encuentra poco abatida su pretensión a ser 
obedecido. 

En Inglaterra, debido a las peculiares circuns- 
tancias de nuestra historia política, aunque el yugo 
de la opinión es acaso más pesado, el de la ley es 
más ligero que en la mayoría de los países de Euro- 
pa; y hay un gran recelo contra la directa interven- 
ción del legislativo, o el ejecutivo, en la conducta 
privada, no tanto por una justificada consideración 
hacia la independencia individual como por la cos- 
tumbre, subsistente todavía, de ver en el Gobierno 
el representante de un interés opuesto al público. 
La mayoría no acierta todavía a considerar el. po- 
der del Gobierno como su propio poder, ni sus opi- 
niones como las suyas propias. Cuando lleguen a 
eso, la libertad individual se encontrará tan expues- 
ta a invasiones del Gobierno como ya lo está hoy 
a invasiones de la opinión pública. Más, sin embar- 
go, como existe un fuerte sentimiento siempre dis- 
puesto a salir al paso de todo intento de control le- 
gal de los individuos, en cosas en que hasta enton- 
ces no habían estado sujetas a él, y esto lo hace con 
muy poco discernimiento en cuanto asi la materia 
está o no dentro de la esfera del legítimo control 
legal, resulta que ese sentimiento, altamente lauda- 
ble en conjunto, es con frecuencia tan inoportuna- 
mente aplicado como bien fundamentado en los 
casos particulares de su aplicación. 

Realmente no hay un principio generalmente 
aceptado que permita determinar de un modo nor- 
mal y ordinario la propiedad o impropiedad de la 
intervención del Gobierno. Cada uno decide según 
sus preferencias personales. Unos, en cuanto ven 



SOBRE LA LIBERTAD (INTRODUCCIÓN) 



161 



un bien que hacer o un mal que remediar Instiga- 
rían voluntariamente al Gobierno para que empren- 
diese la tarea; otros, prefieren soportar casi todos 
los males sociales antes que aumentar la lista de los 
intereses humanos susceptibles de control guberna- 
mental. Y los hombres se colocan de un lado o del 
otro, según la dirección general de sus sentimien- 
tos, el grado de interés que sienten por la cosa espe- 
cial que el Gobierno la haría como ellos prefiriesen, 
pero muy rara vez en vista de una opinión perma- 
nente en ellos, en cuanto a qué cosas son propias 
para ser hechas por un Gobierno. Y en mi opinión, 
la consecuencia de esta falta de regla o principio es 
que tan pronto es un partido el que yerra como el 
otro; con la misma frecuencia y con igual impropie- 
dad se invoca y se condena la intervención del Go- 
bierno. 

El objeto de este ensayo es afirmar un sencillo 
principio destinado a regir absolutamente las rela- 
ciones de la sociedad con el individuo en lo que 
tengan de compulsión o control, ya sean los medios 
empleados la fuerza física en forma de penalida- 
des legales o la coacción moral de la opinión públi- 
ca. Este principio consiste en afirmar que el único 
fin por el cual es justificable que la humanidad, in- 
dividual o colectivamente, se entremeta en la liber- 
tad de acción de uno cualquiera de sus miembros, 
es la propia protección. Que la única finalidad por 
la cual el poder puede, con pleno derecho, ser ejer- 
cido sobre un miembro de una comunidad civiliza- 
da contra su voluntad, es evitar que perjudique a 
los demás. Su propio bien, físico o moral, no es jus- 
tificación suficiente. Nadie puede ser obligado jus- 
tificadamente a realizar o no realizar determinados 
actos, porque eso fuera mejor para él, porque le ha- 
ría feliz, porque, en opinión de ios demás, hacerlo 
sería más acertado o más justo. Estas son buenas 
razones para discutir, razonar y persuadirle, pero 
no para obligarle o causarle algún perjuicio si obra 
de manera diferente. Para justificar esto sería preci- 
so pensar que la conducta de la que se trata de di- 
suadirle producía un perjuicio a algún otro. La úni- 
ca parte de la conducta de cada uno por la que él 
es responsable ante la sociedad es la que se refiere 
a los demás. En la parte que le concierne meramen- 
te a él, su independencia es, de derecho, absoluta. 
Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, 
el individuo es soberano. 

Casi es innecesario decir que esta doctrina es 
sólo aplicable a seres humanos en la madurez de sus 
facultades. No hablamos de los niños ni de los jóve- 
nes que no hayan llegado a la edad que la ley fi- 
je como la de la plena masculinidad o femineidad. 
Los que están todavía en una situación que exige 



sean cuidados por otros, deben ser protegidos con- 
tra sus propios actos, tanto como contra los daños 
exteriores. Por la misma razón podemos prescindir 
de considerar aquellos estados atrasados de la so- 
ciedad en los que la misma raza puede ser conside- 
rada como en su minoría de edad. Las primeras di- 
ficultades en el progreso espontáneo son tan gran- 
des que es difícil poder escoger los medios para 
vencerlas; y un gobernante lleno de espíritu de me- 
joramiento está autorizado para emplear todos los 
recursos mediante los cuales pueda alcanzar un fin, 
quizá inaccesible de otra manera. El despotismo es 
un modo legítimo de gobierno tratándose de bár- 
baros, siempre que su fin sea su mejoramiento, y 
que los medios se justifiquen por estar actualmente 
encaminados a ese fin. La libertad, como un prin- 
cipio, no tiene aplicación a un estado de cosas an- 
terior al momento en que la humanidad se hizo ca- 
paz de mejorar por la libre y pacífica discusión. 
Hasta entonces, no hubo para ella más que la obe- 
diencia implícita a un Akbar o un Carlomagno, si 
tuvo la fortuna de encontrar alguno. Pero tan pron- 
to como la humanidad alcanzó la capacidad de ser 
guiada hacia su propio mejoramiento por la con- 
vicción o la persuasión (largo período desde que 
fue conseguida en todas las naciones, del cual de- 
bemos preocuparnos aquí), la compulsión, bien sea 
en la forma directa, bien en la de penalidades por 
inobservancia, no es ya admisible como un medio 
para conseguir un propio bien, y sólo es justifica- 
ble para la seguridad de los demás. 

Debe hacerse constar que prescindo de toda 
ventaja que pudiera derivarse para mi argumento 
de la idea abstracta de lo justo como de cosa inde- 
pendiente de la utilidad. Considero la utilidad co- 
mo la suprema apelación en las cuestiones éticas; 
pero la utilidad, en su más amplio sentido, funda- 
da en los intereses permanentes del hombre como 
un ser progresivo. Estos intereses autorizan, en mi 
opinión, el control externo de la espontaneidad in- 
dividual sólo respecto a aquellas acciones de cada 
uno que hacen referencia a los demás. Si un hom- 
bre ejecuta un acto perjudicial a los demás, hay un 
motivo para castigarle, sea por la ley, sea, donde 
las penalidades legales no puedan ser aplicadas, por 
la general desaprobación. Hay también muchos ac- 
tos beneficiosos para los demás a cuya realización 
puede un hombre ser justamente obligado, tales co- 
mo atestiguar ante un tribunal de justicia, tomar la 
parte que le corresponda en la defensa común o en 
cualquier otra obra general necesaria al interés de 
la sociedad de cuya protección goza; así como tam- 
bién la de ciertos actos de beneficencia individual 
como salvar la vida de un semejante o proteger al 
indefenso contra los malos tratos, cosas cuya rea- 



162 



JOHN STUART MILL 



lización constituye en todo momento el deber de 
todo hombre, y por cuya inejecución puede hacér- 
sele, muy justamente, responsable ante la sociedad. 
Una persona puede causar daño a otras no sólo por 
su acción, sino por su omisión, y en ambos casos 
debe responder ante ella del perjuicio. Es verdad 
que el último exige un esfuerzo de compulsión mu- 
cho más prudente que el primero. Hacer a uno res- 
ponsable del mal que haya causado a otro es la re- 
gla general; hacerle responsable por no haber pre- 
venido el mal. es comparativamente, la excepción. 
Sin embargo, hay muchos casos bastante claros y 
bastante graves para justificar la excepción. En to- 
das las cosas que se refieren a las relaciones exter- 
nas del individuo, éste es, de jure, responsable an- 
te aquellos cuyos intereses fueron atacados, y si 
necesario fuera, ante la sociedad, como su protec- 
tora. Hay, con frecuencia, buenas razones para no 
exigirle esta responsabilidad; pero tales razones de- 
ben surgir de las especiales circunstancias del caso, 
bien sea por tratarse de uno en el cual haya proba- 
bilidades de que el individuo proceda mejor aban- 
donado a su propia discreción que sometido a una 
cualquiera de las formas de control que la sociedad 
pueda ejercer sobre él, bien sea porque el intento 
de ejercer este control produzca otros males más 
grandes que aquellos que trata de prevenir. Cuando 
razones tales impidan que la responsabilidad sea 
exigida, la conciencia del mismo agente debe ocu- 
par el lugar vacante del juez y proteger los intereses 
de los demás que carecen de una protección exter- 
na, juzgándoles con la mayor rigidez, precisamente 
porque el caso no admite ser sometido al juicio de 
sus semejantes. 

Pero hay una esfera de acción en la cual la so- 
ciedad, como distinta del individuo, no tiene, si aca- 
so, más que un interés indirecto, comprensiva de 
toda aquella parte de la vida y conducta del indivi- 
duo que no afecta más que a él mismo, o que si 
afecta también a los demás, es sólo por una partici- 
pación libre, voluntaria y reflexivamente consenti- 
da por ellos. Cuando digo a él mismo quiero signi- 
ficar directamente y en primer lugar; pues todo lo 
que afecta a uno puede afectar a otros a través de 
él, y ya será ulteriormente tomada en considera- 
ción la objeción que en esto puede apoyarse. Esta 
es, pues, la razón propia de la libertad humana. 
Comprende, primero, el dominio Interno de la con- 
ciencia; exigiendo la libertad de conciencia en el 
más comprensivo de sus sentidos; la libertad de 
pensar y sentir, la más absoluta libertad de pensa- 
miento y sentimiento sobre todas las materias, 
practicas o especulativas, científicas, morales o 
teológicas. La libertad de expresar y publicar las 
opiniones puede parecer que cae bajo un principio 



diferente por pertenecer a esa parte de la conduc- 
ta de un individuo que se relaciona con los demás; 
pero teniendo casi tanta importancia como la mis- 
ma libertad de pensamiento y descansando en gran 
parte sobre las mismas razones, es prácticamente 
inseparable de ella. En segundo lugar, la libertad 
humana exige libertad en nuestos gustos y en la de- 
terminación de nuestros propios fines; libertad pa- 
ra trazar el plan de nuestra vida según nuestro pro- 
pio carácter de obrar como queramos, sujetos a las 
consecuencias de nuestros actos, sin que nos lo im- 
pidan nuestros semejantes en tanto no les perjudi- 
quemos, aun cuando ellos puedan pensar que nues- 
tra conducta es loca, perversa o equivocada. En 
tercer lugar, de esta libertad de cada individuo se 
desprende la libertad, dentro de los mismos lími- 
tes, de asociación entre individuos: libertad de reu- 
nirse para todos los fines que no sean perjudicar 
a los demás; y en el supuesto de que las personas 
que se asocian sean mayores de edad y no vayan 
forzadas ni engañadas. 

No es libre ninguna sociedad, cualquiera que 
sea su forma de gobierno, en la cual estas libertades 
no estén respetadas en su totalidad; y ninguna es 
libre por completo si no están en ella absoluta y 
plenamente garantizadas. La única libertad que me- 
rece este nombre es la de buscar nuestro propio 
bien, por nuestro camino propio, en tanto no prive- 
mos a los demás del suyo o les impidamos esforzar- 
se por conseguirlo. Cada uno es el guardián natural 
de su propia salud, sea física, mental o espiritual. 
La humanidad sale más gananciosa consintiendo 
a cada cual vivir a su manera que obligándoles a vi- 
vir a la manera de los demás. 

Aunque esta doctrina no es nueva, y a alquien 
puede parecerle evidente por sí misma, no existe 
ninguna otra que más directamente se oponga a la 
tendencia general de la opinión y la práctica rei- 
nantes. La sociedad ha empleado tanto esfuerzo 
en tratar (según sus luces) de obligar a las gentes a 
seguir sus nociones respecto de perfección indivi- 
dual, como en obligarles a seguir las relativas a la 
perfección social. Las antiguas repúblicas se consi- 
deraban con título bastante para reglamentar, por 
medio de la autoridad pública, toda la conducta 
privada, fundándose en que el Estado tenía profun- 
do interés en la disciplina corporal y mental de ca- 
da uno de los ciudadanos, y los filósofos apoyaban 
esta pretensión; modo de pensar que pudo ser ad- 
misible en pequeñas repúblicas rodeadas de podero- 
sos enemigos, en peligro constante de ser subverti- 
das por ataques exteriores y conmociones internas, 
y a las cuales podía fácilmente ser fatal un corto 
período de relajación en la energía y propia domi- 



SOBRE LA LIBERTAD (INTRODUCCIÓN) 



163 



nación, lo que no les permitía esperar los saluda- 
bles y permanentes efectos de la libertad. En el 
mundo moderno, la mayor extensión de las comu- 
nidades políticas y, sobre todo, la separación entre 
la autoridad temporal y la espiritual (que puso la 
dirección de la conciencia de los hombres en ma- 
nos distintas de aquellas que inspeccionaban sus 
asuntos terrenos), impidió una intervención tan 
fuerte de la ley en los detalles de la vida privada; 
pero el mecanismo de la represión moral fue mane- 
jado más vigorosamente contra las discrepancias de 
la opinión reinante en lo que afectaba a la concien- 
cia individual que en materias sociales; la religión, 
el elemento más poderoso de los que han interveni- 
do en la formación del sentimiento moral, ha esta- 
do casi siempre gobernada, sea por la ambiciór de 
una jerarquía que aspiraba al control sobre todas 
las manifestaciones de la conducta humana, sea por 
el espíritu del puritanismo. Y algunos de estos re- 
formadores que se han colocado en la más irreduc- 
tible oposición a las religiones del pasado, no se 
han quedado atrás, ni de las iglesias, ni de las sec- 
tas, al afirmar el derecho de dominación espiritual, 
especialmente M. Comte, en cuyo sistema social, 
tal como se expone en su Traite de Politique Posi- 
tive, se tiende (aunque más bien por medios mora- 
les que legales) a un despotismo de la sociedad so- 
bre el individuo, que supera todo lo que puede con- 
templarse en los ideales políticos de los más rígidos 
ordenancistas, entre los filósofos antiguos. 

Aparte de las opiniones peculiares de los pen- 
sadores individuales, hay también en el mundo una 
grande y creciente inclinación a extender indebida- 
mente los poderes de la sociedad sobre el indivi- 
duo, no sólo por la fuerza de la opinión, sino tam- 
bién por la de la legislación; y como la tendencia de 
todos los cambios que tienen lugar en el mundo es 
a fortalecer la sociedad y disminuir el poder del in- 
dividuo, esta intromisión no es uno de los males 
que tiendan a desaparecer espontáneamente, sino 



que, por el contrario, se hará más y más formidable 
cada día. Esta disposición del hombre, sea como 
gobernante o como ciudadano, a imponer sus pro- 
pias opiniones e inclinaciones como regla de con- 
ducta para los demás, está tan enérgicamente sos- 
tenida por algunos de los mejores y algunos de los 
peores sentimientos inherentes a la naturaleza hu- 
mana que casi nunca se contiene si no es por falta 
de poder; y como el poder no declina, sino que cre- 
ce, debemos esperar, a menos que se levante contra 
el mal una fuerte barrera de convicción moral, que 
en las presentes circunstancias del mundo hemos de 
verle aumentar. 

Será conveniente para el argumento que en 
vez de entrar, desde luego, en la tesis general, nos 
limitemos en el primer momento a una sola rama 
de ellas, respecto de la cual el principio aquí esta- 
blecido es, si no completamente, por lo menos has- 
ta un cierto punto, admitido por las opiniones co- 
rrientes. 

Esta rama es la libertad de pensamiento, de la 
cual es imposible separar la libertad conexa de ha- 
blar y escribir. Aunque estas libertades, en una con- 
siderable parte integran la moralidad política de to- 
dos los países que profesan la tolerancia religiosa y 
las instituciones libres, los principios, tanto filosó- 
ficos como prácticos, en los cuales se apoyan, no 
son tan familiares a la opinión general ni tan con> 
pletamente apreciados aún por muchos de los con- 
ductores de la opinión como podría esperarse. Es- 
tos principios, rectamente entendidos, son aplica- 
bles con mucha mayor amplitud de la que exige un 
solo aspecto de la materia, y una consideración to- 
tal de esta parte de la cuestión será la mejor intro- 
ducción para lo que ha de seguir. Espero me perdo- 
nen aquellos que nada nuevo encuentren en loque 
voy a decir, por aventurarme a discutir una vez más 
un asunto que con tanta frecuencia ha sido discuti- 
do desde hace tres siglos. 



ideología alemana 

tesis sobre feuerbach 

das kapital 



KARL MARX 

(1818 - 1883) 



165 



LA ideología alemana' 



I. Frente a la Ideología Neohegeiiana. 

Hasta sus últimos esfuerzos, la critica alemana 
no ha abandonado el terreno de la filosofi'a. Lejos 
de dedicarse a examinar las bases generales de la 
filosofía, se ha limitado exclusivamente a plante- 
arse preguntas derivadas todas ellas de un sistema 
filosófico determinado, el sistema hegeliano. Y no 
es solamente en las respuestas, sino en las propias 
preguntas, donde hay mixtificación. Esta depen- 
dencia de Hegel es el motivo por el cual no encon- 
traremos ni uno solo de estos críticos haciendo al- 
gún intento de crítica de conjunto del sistema he- 
geliano, por más que todos y cada uno de ello juren 
con insistencia haber sobrepasado a Hegel. La po- 
lémica que se llevan entre ellos y contra Hegel se 
limita a aislar individualmente un determinado as- 
pecto del sistema hegeliano y utilizado para com- 
batir el sistema entero, y también unos aspectos 
aislados por otros. Se empieza escogiendo catego- 
rías hegelianas puras, inconfundibles, tales como la 
substancia, la conciencia de sí; más tarde se profa- 
nan estas categorías con términos más temporales, 
como el "género", el único, el hombre, etc. 

Toda la crítica filosófica alemana, de Straus 
a Stirner, se limita a la crítica de las representa- 
ciones religiosas. Se parte en verdad, de la religión 
y de la teología propiamente dicha. Aquello que 
era identificado por conciencia religiosa, por repre- 
sentación religiosa, recibió muy pronto diferentes 
determinaciones. Consistió el progreso en subordi- 
nar también el círculo de las representaciones reli- 
giosas o teológicas a las representaciones metafísi- 
cas, políticas, jurídicas, morales y otras que se pre- 
tendía predominantes; se proclamó también que 
la conciencia política, jurídica y moral es una con- 
ciencia religiosa o teológica, y que el hombre po- 
lítico, jurídico y moral, "el hombre" en definiti- 
va, es religioso. Se postuló el dominio de la reli- 



gión. Y, paso a paso, se declaró que cualquier rela- 
ción dominante era una relación religiosa, hasta 
convertirla en culto: culto del derecho, culto del 
Estado, etc. Se entronizó el dogma y la fe en el 
dogma. El mundo fue canonizado en medida cada 
vez más extensa hasta que el venerable san Max' 
pudo canonizarlo en bloque y liquidarlo así de una 
vez para siempre. 

Los viejos hegelianos habían comprendido 
cualquier cosa desde el momento que la habían 
podido incluir en una categoría de la lógica hege- 
liana. Los neohegelianos lo criticaron todo, substi- 
tuyendo cada cosa por representaciones religiosas 
o bien proclamándola teológica. Nuevos y viejos 
hegelianos están de acuerdo en creer, dentro del 
mundo existente, en el reino de la religión de los 
conceptos y de lo universal. Toda la diferencia con- 
siste en el hecho de que unos combaten como una 
usurpación este dominio que los otros celebran co- 
mo legítimo. 

Entre los neohegelianos, las representaciones, 
las ideas, los conceptos, en una palabra, los produc- 
tos de la conciencia, que ellos mismos han promo- 
vido a la autonomía, pasan por cadenas reales de 
los hombres, con el mismo título con que son pro- 
clamados como vínculos reales de la sociedad hu- 
mana por los viejos hegelianos. No sería necesario 
decir, entonces, que los neohegelianos han de lu- 
char únicamente contras estas ilusiones de la con- 
ciencia. Como que, en su imaginación, las relacio- 
nes humanas y los hechos y las actitudes, las cade- 
nas y los límites sólo son productos de la concien- 



/. El original alemin quedo ndoctodo en 1845 y no fue Im- 
preso hasta 1 926. 
2. Alusión a Ma« Stlmtr. 



167 



168 



KARL MARX 



cia, los neohegelianos, lógicos consigo mismos, pro- 
ponen a los hombres este postulado moral: cambiar 
la conciencia actual por una conciencia humana, 
crítica o egoista y, haciéndolo asi', abolir sus limi- 
tes. Una tal forma de exigir la transformación de la 
conciencia equivale a interpretar diferentemente 
aquello que existe, es decir, a aceptarlo por medio 
de una interpretación modificada. A despecho de 
sus frases pomposas y que, según ellos pretenden, 
"conmueven el mundo", los ideólogos de la escue- 
la neohegeliana resultan los más firmes conservado- 
res. Los más jóvenes entre ellos han escogido una 
expresión exacta para calificar su actividad, decla- 
rando que luchan únicamente contra una "fraseo- 
logía". Pero olvidan que, por su parte, no oponen 
otra cosa que fraseología a fraseología, y que real- 
mente no luchan poco ni mucho contra el mundo 
que existe, sino que se limitan a combatir su fraseo- 
logía. Los únicos resultados obtenidos con esta crí- 
tica filológica fueron algunos esclarecimientos en 
historia religiosa, y aun desde un punto de vista 
bien estrecho sobre el cristianismo; todo el resto de 
sus afirmaciones no son más que nuevas maneras de 
adornar sus pretensiones de habernos proveído de 
unos descubrimientos de proporción histórica me- 
diante estas aclaraciones insignificantes. 

Ninguno, ni uno solo de esos filósofos tuvo la 
idea de preguntarse cuál era el vínculo entre la filo- 
sofía alemana y la realidad alemana, el lazo entre 
su crítica y su propio medio material. 



II. 



La vida real determina la conciencia. 



Las premisas de que partimos no son bases ar- 
bitrarias, ni dogmas; son bases reales que sólo en 
imaginación podemos abstraer. Son los individuos 
reales, su actividad y sus condiciones materiales de 
vida, tanto las que encontraron ya preparadas co- 
mo las que han podido crear con el propio esfuer- 
zo. Estas bases son, pues, comprobables por vía pu- 
ramente empírica. 

La condición indispensable para cualquier his- 
toria humana es, naturalmente, la existencia de in- 
dividuos humanos vivos. El primer hecho a estable- 
cer es, pues, la constitución física de estos indivi- 
duos y la situación en la cual ésta los deja frente a 
la naturaleza. No podemos hacer aquí, naturalmen- 
te, un estudio a fondo sobre la constitución física 
del hombre, ni sobre las condiciones naturales 
—geológicas, orográficas, hidrográficas, climáticas y 
otras— que la tierra le ofrece. Toda historia ha de 
partir de estas bases naturales y de su modificación 
por el esfuerzo humano durante su transcurso. 



Podemos distinguir los hombres de los anima- 
les por la conciencia, por la religión y por todo 
aquello que se quiera. Ellos mismos empiezan a dis- 
tinguirse de los animales en el momento que em- 
piezan a producir sus medios de existencia, paso 
hacia delante determinado por la propia constitu- 
ción física. Dedicándose a la producción de estos 
medios de existencia, los hombres edifican indirec- 
tamente su propia vida material. 

La forma según la cual los hombres llevan a 
término esta producción depende, primeramente, 
de la naturaleza de los medios ya puestos a su dis- 
posición y que les es preciso reproducir. Conviene 
no considerar esta actividad sólo como una repro- 
ducción de la existencia física de los individuos; re- 
presenta ya una forma determinada de la actividad 
de estos individuos, una forma establecida de mani- 
festar su vida, un modo de vida fijado. La manera 
como los individuos manifiestan su vida, refleja 
exactamente lo que son. Lo que son coincide, pues, 
con su producción, tanto en aquello que producen 
como en la forma con que lo producen. Lo que son 
los individuos depende, pues, de las condiciones 
materiales de su producción. 

Esta producción aparece sólo con el crecimien- 
to de la población. Presupone, por su parte, el esta- 
blecimiento de relaciones entre los individuos. La 
forma de estas relaciones queda condicionada, a su 
vez, por la producción (. . .). 

El hecho es, por tanto, que determinados indi- 
viduos, productivamente activos en un modo deter- 
minado, entran en unas relaciones sociales y políti- 
cas determinadas. La observación empírica ha de 
mostrar en los hechos de cada caso individual, sin 
mixtificación o especulación, la conexión de la es- 
tructura social y política con la producción. La es- 
tructura social y el Estado surgen continuamente 
del proceso vital de individuos determinados, pero 
no tal como estos rndividuos son representados en 
la propia imaginación o en la de otros, sino tal co- 
mo son en realidad, es decir, cómo actúan, produ- 
cen materialmente y operan sobre unas bases y 
dentro de unas condiciones y unos límites materia- 
les determinados e independientes de su voluntad. 

La producción de ideas, de concepciones y de 
conciencia queda en principio directamente e ínti- 
mamente muy ligada con la actividad material y re- 
lación material de los hombres; es el lenguaje de la 
vida real. Las representaciones, el pensamiento y la 
relación intelectual de los hombres aparecen aún, 
en esta etapa, como la emanación directa de su 
comportamiento material. Igual sucede con la pro- 



LA ideología alemana 



169 



ducción intelectual, tal como es representada por el 
lenguaje de la poli'tica, de las leyes, de la moral, de 
la religión, de la metafísica, etc., de todo un pueblo. 
Son los hombres los que producen sus representa- 
ciones, sus ideas, etc., pero los hombres reales, acti- 
vos, condicionados para un desarrollo determinado 
de sus fuerzas productivas y de las relaciones co- 
rrespondientes, hasta las formas más vastas que 
puedan tener. La conciencia no puede ser nada más 
que el ser consciente y el ser de los hombres es su 
proceso real de la vida. Si en toda ideología ios 
hombres y sus relaciones nos aparecen invertidas 
como en una cámara obscura, el fenómeno es debi- 
do a su proceso histórico de vida, de la misma ma- 
nera que la inversión de los objetos en la retina es 
debida a su proceso de vida físico. 

En contraste directo con la filosofía alemana, 
que desciende del cielo a la tierra, ascendemos aquí 
de la tierra al cielo. Dicho de otro modo, no parti- 
mos de lo que los hombres dicen, se imaginan y re- 
presentan, ni de aquello que son según las palabras, 
el pensamiento, la imaginación y la representación 
de los otros, para llegar a los hombres de carne y 
hueso; no es así; partimos de los hombres en la ac- 
tividad real, a partir de su proceso de vida real, 
mostramos los desarrollos, reflejos y repercusiones 
ideológicas de este proceso vital. Los fantasmas del 
cerebro humano sus sublimaciones necesarias del 
proceso material de la vida de los hombres, el cual 
puede ser empíricamente constatado y reposa so- 
bre bases materiales. La moral, la religión, la meta- 
física y toda otra ideología, juntamente con las for- 
mas de conciencia correspondientes, pierden con 
este hecho cualquier apariencia de existencia autó- 
noma. No tiene historia, no tienen desarrollo; son 
los hombres los que, desarrollando su producción 
material y sus relaciones materiales, modifican jun- 
tamente con su existencia real el propio pensamien- 
to y los productos del propio pensamiento. No es 
nunca la conciencia lo que determina la vida real, 
sino que es la vida real aquello que determina la 
conciencia. Desde el primer punto de vista, se par- 
te de la conciencia como si fuese el individuo vi- 
viente; desde el segundo, correspondiente a la vida 
real, se parte de los individuos vivos, reales y con- 
cretos y la conciencia es considerada únicamente 
como su conciencia. 



III. Pérdida de sentido de la filosofía. 



Esta forma de considerar las cosas no deja de 
tener sus presupuestos. Parte de bases reales y no 
las abandona ni un solo momento. Pero son unas 



bases constituidas por los mismos hombres, no ais- 
lados ni estáticos de algún modo imaginario, sino 
presos dentro de su proceso y afán de desarrollo 
real en determinadas ocasiones, un desarrollo em- 
píricamente visible. Cuando se examina este pro- 
ceso de actividad viral, la historia deja de ser un 
montón de hechos sin vida —caso de los empiris- 
tas, aún abstractos— o una actividad ilusoria de su- 
jetos imaginarios - caso de los idealistas. 

Donde acaba la especulación y donde se exa- 
mina la vida real es allí donde la ciencia real, posi- 
tiva, el análisis de la actividad práctica del proceso 
de desarrollo práctico de los hombres. Desaparece 
la fraseología sobre la conciencia y es reemplazada 
por el conocimiento real. La filosofía como activi- 
dad independiente pierde su medio de existencia 
con el estudio de la realidad; podrá ponerse en lo 
alto, en lugar de ella, una síntesis, en el mejor de 
los casos, de los resultados más generales que sea 
posible abstraer a través de un estudio del desarro- 
llo histórico de los hombres. Aisladas y separadas 
de la historia real, estas abstracciones no tienen el 
más pequeño valor. Solo pueden servir para facili- 
tar la clasificación de materiales históricos, para in- 
dicar el orden sucesivo de sus hechos. Pero no nos 
dan nunca, como pretende la filosofía, una receta 
o esquema que nos permita distinguir claramente 
las diferentes épocas históricas. Por el contrario, las 
dificultades empiezan cuando nos proponemos exa- 
minar y ordenar el material - de épcKa pasada o re- 
ciente - y representar la realidad. La eliminación 
de estas dificultades depende de premisas que nos 
es imposible desarrollar aquí, y que hay que bus- 
carlas en el estudio del proceso de vida real y de la 
actividad de los individuos de cada época. Vamos a 
tomar ahora algunas de estas abstracciones y las 
utilizaremos respecto a la ideología, explicándolas 
con ejemplos históricos (...). 

Con los alemanes privados de todo presupues- 
to, es preciso afirmar, ante todo, el presupuesto de 
toda existencia humana, y por lo tanto, de toda la 
nistoria; que los hombres han de poder vivir para 
poder hacer historia. Pero resulta primordial e in- 
dispensable para vivir poder beber, comer, alojarse, 
vestir y aún algunas cosas más. El primer hecho es, 
pues, la producción de los medios que permiten sa- 
tisfacer estas necesidades; la producción de la vida 
material en sí es, verdaderamente, un hecho histó- 
rico, una condición fundamental de toda la histo- 
ria que aún hoy, como hace miles y miles de años, 
es preciso realizar cada día, cada hora, sólo para 
mantener a los hombre en vida. Hasta cuando la 
realidad necesaria es reducida a un bastón, al mí- 



170 



KARL MARX 



nimo estricto como es el caso de san Bruno^, im- 
plica actividad productora de aquel bastón. Resul- 
ta asi' que la primera exigencia de toda concepción 
histórica consiste en observar este hecho funda- 
mental y tenerlo en cuenta en toda su importancia 
y extensión. Es cosa sabida que los alemanes no lo 
han hecho nunca; se han encontrado, pues, sin nin- 
guna base terrestre para la historia. Los ingleses y 
los franceses han visto bajo un ángulo muy estre- 
cho la relación entre este hecho y aquello que lla- 
man historia, sobre todo mientras han estado so- 
metidos por la ideología política; pero han sido los 
primeros que han intentado dar a la historia una 
base materialista escribiendo antes que todo las his- 
torias de la sociedad burguesa del comercio y de la 
industria. 

El segundo punto consiste en que, una vez sa- 
tisfecha la primera necesidad, la acción de satisfa- 
cerla y el instrumento ya adquirido de esta satis- 
facción hacen surgir nuevas necesidades, y esta pro- 
ducción de nuevas necesidades es el primer hecho 
histórico. Es aquí' donde se puede ver en seguida 
de que ciase de madera está hecha la gran sabidu- 
ría histórica de los alemanes: allí donde se encuen- 
tran escasos de material positivo y no disponen de 
estupideces teológicas, ni políticas o literarias para 
discutir, nuestros alemanes no ven ya historia, sino 
"época prehistórica"; no nos explican por otra par- 
te qué clase de paso hay desde este absurdo de la 
"prehistoria" a la historia propiamente dicha, aun- 
que, de todos modos, su especulación histórica se 
lanza preferentemente sobre esta "prehistoria" por- 
que se cree libre de los embates del "hecho brutal", 
y también porque en ella puede dejar libre su ins- 
tinto especulativo, montando y deshaciendo las hi- 
pótesis a miliares. 

El tercer hecho, que entra ya aquí de lleno en 
el desarrollo histórico, consiste en que los hombres, 
puestos decididamente a renovar cada día la propia 
vida, empiezan a crear otros hombres, a reproducir- 
se: es la relación entre hombre y mujer, entre pa- 
dres e hijos, es la familia. Esta familia, que es al 
principio la única relación social, se hace más tarde 
una relación subalterna (fuera de Alemania), cuan- 
do el incremento de las necesidades engendra nue- 
vas relaciones sociales y el aumento de la población 
crea nuevas necesidades; el tema de la familia ha de 
ser tratado y desarrollado, por tanto, de acuerdo 
con los hechos empíricos existentes y no según el 
"concepto de familia", como hay costumbre de ha- 
cer en Alemania. No es precisó comprender, por 
otra parte, estos tres aspectos de la actividad social 
como tres estadios diferentes, sino simplemente co- 
mo tres aspectos o, como tres "momentos" que 



han coexistido desde el comienzo de la historia y 
de los primeros hombres y que se manifiestan toda- 
vía en la historia actual. 

Producir la vida, tanto la propia con el trabajo 
como la de los otros con la procreación, nos apare- 
ce así desde ahora como una noble relación: natu- 
ral por una parte y social por otra (social en el sen- 
tido de acción conjugada de diversos individuos, no 
importa en qué condiciones, de qué manera y con 
qué finalidad). La consecuencia es un modo de pro- 
ducción o un estadio industrial determinados que 
van siempre ligados a una forma de cooperación 
o a un estadio social determinado, y este tipo de 
cooperación es él mismo una "fuerza productiva". 
Otra consecuencia es la masa de las fuerzas produc- 
tivas de que dispone el hombre, la cual determina 
el estado social y, por lo tanto, es preciso estudiar 
y elaborar la "historia humana" en relación con la 
historia de la industria y del intercambio. Pero re- 
sulta también bien claro que es imposible escribir 
una historia así en Alemania, ya que a los alemanes 
les falta para poder hacerla, aparte de la facultad 
de concebirla y los materiales necesarios, también 
la "certeza sensible", y que no se pueda experimen- 
tar sobre las cosas del otro lado del Rin porque no 
hay transcurso histórico. Es manifiesta, pues, de 
entrada, una interdependencia materialista de los 
hombres, condicionada por las necesidades y la for- 
ma de producción, tan vieja como los mismos hom- 
bres; una interdependencia que adopta continua- 
mente nuevas formas y presenta con todo una "his- 
toria", sin que en cambio exista aún cualquiera 
absurdidad política o religiosa que agrupe a los 
hombres. 



IV. La división del trabajo 
y la especulación pura. 

Y es sólo ahora, después de haber examinado 
cuatro momentos, cuatro aspectos de las relaciones 
históricas originales, cuando encontramos que el 
hombre tiene también "conciencia". Pero no es 
una conciencia que sea de entrada conciencia "pu- 
ra". Pesa desde el primer momento una maldición 
sobre el "espíritu": la de ser "maculado" por una 
materia que se presenta es este caso en forma de 
capas de aire agitadas, de sonidos; es decir, por el 
lenguaje. El lenguaje es tan antiguo como la con- 
ciencia, el lenguaje es la conciencia real, práctica, 
existente también para otros hombres, existiendo, 
pues, entonces solamente también para mí mismo, 



3. Alusión a Bruno Bautr. 



TESIS SOBRE FEUERBACH 



171 



e igualmente que la conciencia el lenguaje sólo apa- 
rece con la necesidad de relación con otros hom- 
bres. Cuando una relación existe, existe para mí. El 
animal "no está en relación " con nada, no conoce 
en último término ninguna relación. Para el animal, 
sus relaciones con otros no existen como tales rela- 
ciones. La conciencia es, por tanto, y desde el pri 
mer momento, un producto social directo e inhe- 
rente a la existencia de los hombres. Queda claro 
que la conciencia es primeramente, y ya desde el 
nacimiento, la conciencia del medio sensible más 
inmediato y de la limitada interdependencia con 
otras personas y cosas situadas fuera del individuo 
que toma conciencia. Es al mismo tiempo una con- 
ciencia de la naturaleza, la cual aparece al principio 
a los hombres como una fuerza completamente ex- 
traña, todopoderosa e inatacable: las relaciones del 
hombre con ella son puramente animales, y queda 
dominado como las bestias del rebaño. Es, pues, 
una conciencia puramente animal de la naturaleza 
(religión de la naturaleza). 



opera una división de trabajo material e intelectual. 
A partir de este momento, la conciencia puede ver- 
daderamente imaginarse ser otra cosa que la con- 
ciencia de la práctica existente que está represen- 
tando realmente alguna cosa sin representar ningu- 
na real. La conciencia está entonces en estado de 
separarse del mundo y de pasar a la formación de la 
teoría "pura", teología, filosofía moral, etc. Pero 
también cuando esta teoría, esta teología, esta filo- 
sofía, esta moral, etc., entran en contradicciones 
con las relaciones existentes, esto solo puede pro- 
ducirse por el hecho de que las relaciones sociales 
existentes han entrado en contradicción con la 
fuerza productiva establecida, por otra parte, den- 
tro de una esfera nacional determinada, esto puede 
también llegar a suceder porque, en este caso, la 
contradicción no se produce dentro de esta esfera 
nacional, sino entre esta conciencia nacional y la 
práctica de las otras naciones, es decir, entre la con- 
ciencia nacional de una nación y su conciencia uni- 
versal. 



Se ve en seguida que esta religión natural o es- 
te comportamiento determinado respecto a la natu- 
raleza están condicionados por la forma de la socie- 
dad, y viceversa. La identidad de la naturaleza y el 
hombre viene a ser aquí manifiesta, como en todas 
partes, por el hecho de que la limitada relación de 
los hombres con la naturaleza condiciona la limita- 
da relación de los hombres entre ellos, y que esta 
limitada relación entre ellos condiciona su limitada 
relación con la naturaleza, justamente porque la na- 
turaleza casi no ha estado modificada históricamen- 
te y, por otra parte, el hombre tiene conciencia de 
la necesidad dé asociarse con los individuos que le 
rodean: es el principio de la conciencia de vivir en 
sociedad. Este comienzo es en este estadio tan ani- 
mal como lo es la misma vida social. Es una simple 
conciencia gregaria, y el hombre se distingue aquí 
de la res en el hecho de que la conciencia ocupa en 
él el lugar del instinto, o bien que su instinto es un 
instinto consciente. 

Esta conciencia gregaria o tribal se desarrolla 
y perfecciona con el aumento de la productividad, 
la multiplicación de las necesidades y el incremen- 
to de la población, el cual constituye la base de los 
dos factores anteriores. Así se produce un desarro- 
llo de la división del trabajo que no era, en un prin- 
cipio, otra cosa que la división del trabajo en la re- 
lación sexual, y después viene a ser una división del 
trabajo espontánea o "natural" en virtud de las dis- 
posiciones naturales (fuerza física, por ejemplo) de 
las necesidades, de las causalidades, etc. La división 
del trabajo no llega a ser efectivamente división del 
trabajo más que a partir del momento en que se 



TESIS SOBRE FEUERBACH' 



V. No contemplación, 

sino praxis revolucionaria. 

I. El defecto fundamental hasta el presente 
de todo el materialismo anterior —incluyendo al 
de Feuerbach— es que sólo considera las cosas, la 
realidad del mundo sensible, en forma de objeto de 
observación y no como actividad sensorial humana, 
no como actividad práctica, no subjetivamente. Así 
se explica que el aspeto activo ha sido desarrollado 
por el idealismo, en oposición al materialismo, pero 
en forma abstracta, porque el idealismo no conoce, 
naturalmente, la actividad real concreta como tal. 
Feuerbach quiere objetos sensibles, realmente dis- 
tintos de los objetos mentales, pero tampoco conci- 
be, la actividad humana como una actividad obje- 
tiva. Por eso La esencia del cristianismo sólo con- 
sidera como actitud auténticamente humana la ac- 
tividad teórica y capta sólo la actividad práctica 
en su manifestación bajamente judaica. Por con- 
siguiente, no comprende la importancia de la acti- 
vidad "revolucionaria", práctico-crítica. 



4. Canals, Textos contemp. 7. 

5. Manuscritos: Economf» y fllosofl» (3ro. manuscritos. 
Pig. XII). 



172 



KARL MARX 



II. La cuestión de saber si el pensamiento hu- 
mano puede aspirar a la verdad no es una cuestión 
teórica sino práctica. Es en la práctica donde el 
hombre ha de demostrar la verdad, es decir, la rea- 
lidad y la fuerza, en este mundo y para nuestro 
tiempo, de su pensamiento. La disputa sobre la rea- 
lidad o la irrealidad del pensamiento al margen de 
la práctica es una cuestión puramente escolástica. 

III. La teoría materialista de la modificación 
de las circunstancias y la educación olvida que las 
circunstancias son modificadas por los hombres y 
que el educador debe también ser educado. Esta 
doctrina divide, pues, a la sociedad en dos partes, 
una de las cuales es superior a la sociedad. 

La coincidencia de la modificación de las cir- 
cunstancias y de la actividad humana —o automodi- 
ficación— sólo puede concebirse y comprenderse 
racionalmente como una práctica revolucionaria. 

IV. Feuerbach parte del hecho de que la reli- 
gión hace al hombre ignorante de si' mismo y des- 
dobla el mundo en un mundo religioso, imaginario, 
y un mundo temporal. Su cometido consiste en re- 
ducir el mundo religioso a su base terrenal. El he- 
cho de que la base terrenal se separe de sí misma y 
se establezca en las nubes como un reino indepen- 
diente sólo puede explicarse por el desgarramiento 
y la contradicción internos de esta base terrenal. Es 
necesario, pues, comprender ésta en su contradic- 
ción, y revolucionarla en la práctica suprimiendo la 
contradicción. Así, por ejemplo, cuando se hades- 
cubierto que el secreto de la familia celestial es la 
familia terrenal, se debe destruir primero a ésta en 
la teoría y en la práctica. 

V. No satisfecho con el pensamiento abstrac- 
to, Feuerbach pide la intuición sensible, pero no 
considera el mundo sensible como una actividad 
práctica, concreta, del hombre. 

VI. Feuerbach reduce la esencia de la religión 
a la esencia del hombre. Pero la esencia del hombre 
no es una abstracción inherente a cada individuo 
particular. La verdadera naturaleza del hombre es 
el conjunto de sus relaciones sociales. 

Feuerbach, que no entra en la crítica de esta 
esencia real, se ve pues obligado: 

1. A hacer abstracción del curso de la historia 
y a convertir el espíritu religioso en algo in- 
mutable, existente por sí mismo, y a suponer 
la existencia de un individuo humano abstrac- 
to, aislado. 



2. A considerar la naturaleza del hombre úni- 
camente en términos de género, como una 
cualidad universal interna y muda que une a 
los numerosos individuos de forma puramente 
natural. 

Vil. Toda vida social no ve que el "espíritu re- 
ligioso" es un producto social y que el individuo 
abstracto que él analiza pertenece a una forma par- 
ticular de sociedad. 

VIII. Toda vida social es esencialmente prác- 
tica. Todos los misterios que desvían la teoría hacia 
el misticismo encuentran su solución racional en la 
práctica humana y en la comprensión de esta prác- 
tica. 

IX. El resultado más alto a que ha llegado el 
materialismo que se limita a observar el mundo, es 
decir, que no concibe la existencia sensorial como 
una actividad práctica, es la observación de los in- 
dividuos particulares y de la sociedad burguesa. 

X. El punto de vista del materialismo antiguo 
es la sociedad burguesa; el del nuevo materialismo 
es la sociedad humana o la humanidad socializada. 

XI. Los filósofos se han limitado a interpreur 
el mundo de diversas maneras; de lo que se trata es 
de transformarlo. 



Crítica de la dialéctica hegeliana 
y de la filosofía de Hegel en general 

VI. La filosofía: 

Religión convertida en pensamiento. 

(. . .) Feuerbach es el único que toma una ac- 
titud seria, crítica, frente a la dialéctica hegeliana 
y es el único que ha hecho descubrimientos verda- 
deros en este terreno. En general es el verdadero 
vencedor de la vieja filosofía. La importancia de su 
aportación y Id sencillez con que Feuerbach la pre- 
senta al mundo contrastan vivamente con el com- 
portamiento contrario. 

La gran hazaña de Feuerbach consiste en: 

1) Haber probado que la filosofía no es más 
que la religión convertida en pensamiento y 
desarrollada discursivamente y que, por tanto, 
debe condenarse tanto como aquella, ya que 
no representa sino otra forma, otro modo de 
existencia de la alienación del hombre. 



DAS KAPITAL 



1 73 



2) Haber fundado el verdadero materialismo 
y la ciencia real al hacer de la relación social 
"del hombre al hombre" el principio básico 
de su teoría. 

3) Haber contrapuesto a la negación de la ne- 
gación, que pretende ser lo positivo absoluto, 
lo positivo autónomo y fundado positivamen- 
te en si' mismo. 



EL CAPITAL 
Crítica de la economía poirtica^ 



VM. El determinismo 

de las relaciones económicas. 

Prefacio de la primera edición. La obra cuyo 
primer tomo presento al público es la continuación 
del escrito publicado por mí en 1859 con el título 
Crítica de la economía política. El largo intervalo 
entre el principio y la continuación se debe a una 
prolongada enfermedad que repetidas veces ha in- 
terrumpido mi trabajo. 

El primer capítulo de este tomo contiene el 
resumen de aquel primer escrito. Y no sólo por ra- 
zones de dependencia y de conjunto. La exposición 
ha sido mejorada. Tanto como el asunto lo ha per- 
mitido, desarrollo aquí con amplitud muchos pun- 
tos que antes me limité a señalar, e, inversamente, 
me limito a indicar otros anteriormente tratados en 
extenso. La historia de la teoría del valor de la mo- 
neda ha sido, naturalmente, suprimida por comple- 
to. El lector de mi anterior escrito encontrará, sin 
embargo, en las notas del primer capítulo nuevas 
fuentes para el estudio de la historia de esa teoría. 

En toda la ciencia, el principio es difícil. La 
comprensión de! primer capítulo, y sobre todo de 
la parte que trata del análisis de la mercancía, ofre- 
cerá, pues, las mayores dificultades. Lo que se re- 
fiere más de cerca al análisis de la substancia y de 
la magnitud del valor, lo presento de la manera más 
popular posible. La forma del valor, que se presen- 
ta acabada en la forma moneda, es muy simple. 
Hace más de dos mil años, sin embargo, que la in- 
teligencia humana trata en vano de penetrarla, en 
cuanto ha sido al menos un éxito aproximado en 
el análisis de formas mucho más complejas y subs- 
tanciales. ¿Por qué? Porque es más fácil estudiare! 
cuerpo ya desarrollado que la célula, tn el análisis 
de las formas económicas, por otra parte, no pode- 
mos servirnos del microscopio ni de los reactivos 
químicos; tenemos que reemplazarlos con la fuer- 
za de la abstracción. Ahora bien en la sociedad bur- 



guesa, la forma mercancía del producto del trabajo, 
o la forma valor de la mercadería, es la forma celu- 
lar económica. Para el ignorante, su análisis parece 
no ocuparse sino de pequeneces. En realidad, se 
ocupa de pequeneces, pero al igual que de ellas se 
ocupa la anatomía microscópica. 

Excepto la parte relativa a la forma del valor, 
no se podrá pues, decir que es difícil entender este 
libro. Supongo, por supuesto, lectores que quieran 
aprender algo nuevo y quieran también, por lo tan- 
to, pensar por sí mismos. 

El físico observa los fenómenos naturales allí 
donde se presentan más intensos y menos perturba- 
dos por influjos extraños, o, si es posible, hace ex- 
perimentos en condiciones que aseguren la marcha 
regular de los fenómenos. Lo que tengo que inves- 
tigar en esta obra es la manera de producción capi- 
talista y de las relaciones de producción y de tráfi- 
co que a ella corresponden. Inglaterra es hasta aho- 
ra su sitio clásico. He ahí por qué sirve de ilustra- 
ción principal para mi exposición teórica. Pero si 
el .lector alemán se encogiese farisaicamente de 
hombros ante el estado del trabajador inglés de la 
agricultura y de la industria; si se contentare, en 
su optimismo, con que en Alemania las cosas no 
están todavía tan malas, tendría yo que decirle: De 
te fábula narratur! 

No se trata del mayor o menor grado de de- 
sarrollo de los antagonismos sociales que surgen de 
las leyes naturales de la producción capitalista. Se 
trata de estas leyes mismas, de estas tendencias que 
obran y se imponen con una necesidad férrea. El 
país industrialmente más desarrollado, no hace más 
que mostrar a los otros el cuadro de su propio por- 
venir. 

Pero prescindiendo de esto, donde la produc- 
ción capitalista se ha nacionalizado entre nosotros, 
en las fábricas propiamente dichas, por ejemplo, las 
condiciones son mucho peores que en Inglaterra, 
porque falta el contrapeso de las leyes sobre las fá- 
bricas. En todas las otras esferas nos atormenta, lo 
mismo que a todo el resto occidental del continen- 
te europeo, no sólo el desarrollo de la producción 
capitalista, sino también su falta de desarrollo. Jun- 
to con los males modernos, nos aflige toda una se- 
rie de males heredados, debido a que aún vegetan 
viejos y anticuados modos de producción, con su 
séquito de anacrónicas relaciones políticas y socia- 



6. La primtra tdlcibn dt tita obra fut publicada en 1867. 



174 



KARL MARX 



les. Sufrimos no sólo de lo vivo, sino también de 
lo muerto. Le mnrt saisit le vif! 

La estadística social de Alemania y del resto 
occidental del continente europeo es miserable, 
comparada con la inglesa. Aun así, levanta suficien- 
temente el velo para dejar entrever una cabeza de 
medusa. Nuestra propia situación nos llenaría de 
espanto si, como en Inglaterra, nuestros gobiernos 
y parlamentos nombraran periódicamente comisio- 
nes para investigar la situación económica; si esas 
comisiones fueran armadas con la misma omnipo- 
tencia que en Inglaterra para la investigación de 
la verdad; si se consiguiera encontrar para ese fin 
hombres tan expertos, imparciales y francos como 
los inspectores de fábricas ingleses, los médicos que 
allí informan sobre la Public Health (salud públi- 
ca), los comisarios para investigar la explotación de 
las mujeres y de los niños, las habitaciones, la ali- 
mentación, etc. Perseo se cubría con una nube pa- 
ra combatir a los monstruos; nosotros, para negar 
la existencia de las monstruosidades nos sumergi- 
mos en la nube hasta los ojos y las orejas. 

Es preciso no hacerse ilusiones. Así como 
la guerra de la independencia americana del si- 
glo XIII dio la campanada de alarma a la clase me- 
dia europea, la guerra civil americana del siglo XIX 
la ha dado a la clase trabajadora de Europa. En In- 
glaterra es palpable el proceso de transformación. 
Llegado a cierta altura, tiene que repercutir en el 
continente. Allí se manifestará en formas más o 
menos brutales o humanas, según el grado de de- 
sarrollo de la clase trabajadora misma. Prescindien- 
do de más altos motivos, su propio interés exige, 
pues, a las clases hoy dominantes la supresión de 
todos los obstáculos corregibles por la ley que se 
opongan al desarrollo de la clase trabajadora. Por 
eso he dado en este tomo tanto lugar, entre otras 
cosas, a la historia, al texto y a los resultados de 
la legislación inglesa sobre las fábricas. Una nación 
debe y puede aprender de otra. Aun cuando una 
sociedad haya encontrado el camino que por ley 
natural debe seguir su movimiento —y el objeto fi- 
nal de esta obra es poner al descubierto la ley eco- 
nómica del movimiento de la sociedad moderna—, 
no puede saltar ni suprimir por decreto las etapas 
naturales del desarrollo; pero puede acortar y mi- 
tigar los dolores del parto. 

Una palabra para evitar posibles confusiones. 
Yo no pinto absolutamente de color de rosa al ca- 
pitalista ni al propietario de la tierra, porque aquí 
sólo se trata de las personas en cuanto ellas son la 
personificación de categorías económicas, los sos- 
tenimientos de determinadas relaciones e intere- 



ses de clase. Concibiendo el desarrollo de la for- 
mación económica de la sociedad como un proce- 
so natural, desde mi punto de vista menos que des- 
de otro alguno se puede hacer al individuo respon- 
sable de relaciones sociales de las cuales él mismo 
es una creación, por más que se eleve subjetiva- 
mente sobre ellas. 

En el campo de la economía política, la libre 
investigación científica encuentra muchos más ene- 
migos que en todos los otros campos. La naturale- 
za peculiar del asunto de que trata llama contra 
ella al campo de batalla a las más violentas, mez- 
quinas y rencorosas pasiones del corazón humano, 
las furias del interés privado. La alta Iglesia de In- 
glaterra, por ejemplo, perdona mejor el ataque a 
38 de sus 39 artículos de fe que a 1/39 de sus ren- 
tas. Hoy día, hasta el ateísmo es una culpa levis, 
comparado con la crítica de las relaciones de pro- 
piedad establecidas. No se puede, sin embargo, ne- 
gar un progreso en esto. Véase, por ejemplo, el li- 
bro azul publicado en las semanas últimas: Corre- 
spondence with Her Majesty's Missions Abroad, 
regarding Industrial Questions and Trade's Unions. 
Los representantes de la corona inglesa en el exte- 
rior expresan en él crudamente que en Alemania, 
en Francia y, en una palabra en todos los países 
civilizados del continente europeo, es tan percep- 
tible y tan inevitable como en Inglaterra una trans- 
formación de las relaciones existentes entre el ca- 
pital y el trabajo. Al propio tiempo, del otro lado 
del Atlántico, el Sr. Wade, vicepresidente de los Es- 
tado Unidos de la América del Norte, declaraba en 
meetings públicos que, después de abolida la escla- 
vitud, estaba al orden del día la transformación del 
capital y de la propiedad territorial. Estos son sig- 
nos de los tiempos que no se pueden ocultar con 
mantos de púrpura ni con sotanas negras. No quie- 
ren decir que mañana vayan a ocurrir milagros. 
Muestran cómo, aun en las clases dominantes, na- 
ce la idea de que la sociedad actual no es un sólido 
cristal, sino un organismo capaz de transformarse y 
constantemente en vías de transformación. 

El segundo tomo de esta obra tratará del pro- 
ceso de circulación del capital (libro II) y de las 
modalidades del proceso total (libro III); el tomo 
tercero y último (libro IV), de la historia de la teo- 
ría. 

Acogeré con agrado toda crítica científica. 
Respecto de los prejuicios de la llamada opinión 
pública, a la que nunca he hecho concesiones, mi 
divisa será, como siempre, la del gran florentino: 

Sequi 11 luo corso, e lascia dir le genti! 

Londres, 25 de julio de 1867. 



DAS KAPITAL 



175 



VIII. Lo ideal es lo material 

Prefacio de la segunda edición (. . .) Mi mé- 
todo dialéctico, no sólo difiere fundamentalmen- 
te del de Hegel, sino que le es directamente opues- 
to. Para Hegel, el proceso mental, del que llega has- 
ta hacer un sujeto independiente bajo el nombre 
de idea, es el demiurgo de la realidad, la cual sólo 
es su manifestación externa. Para mi', a la inversa, 
lo ideal no es más que lo material, transpuesto e 
interpretado en la cabeza del hombre. 

He criticado el lado mi'stico de la dialéctica 
hegeliana hace poco más o menos treinta años, 
cuando todavía estaba de moda. Pero precisamen- 
te cuando yo trabajaba en el primer tomo de El 
capital, los fastidiosos, mediocres y pretenciosos 
^epígonos que ahora dirigen la orquesta de la Ale- 
mania letrada, se complacían en tratar a Hegel co- 
mo el bravo Moses Mendeissohn trataba a Spinoza 
en tiempos de Lessing, es decir, como un "perro 
muerto". Me declaré, pues, abiertamente discípulo 
de aquel gran pensador y llegué incluso a hacer ga- 
la de su modo de expresión característico en el ca- 
pítulo sobre la teoría del valor. El misticismo en 
que se envuelve la dialéctica en manos de Hegel no 
impide absolutamente que sea él quien haya ex- 
puesto el primero sus formas generales de movi- 
miento de un modo comprensivo y consciente. He- 



gel pone la dialéctica al revés. No hay más que dar- 
le la vuelta para descubrir el núcleo racional bajo 
la envoltura mística. 

En su forma mística, la dialéctica estuvo a la 
moda en Alemania, porque parecía glorificar lo 
existente. En su forma racional, es un escándalo 
y un horror para la burguesía y sus corifeos doc- 
trinarios; porque en la comprensión positiva de lo 
existente incluye la inteligencia de su negación, de 
su necesaria caída; porque lo concibe todo en mo- 
vimiento, y también, por lo tanto, como formas 
perecederas y transitorias; porque nada la puede 
dominar, y es esencialmente crítica y revolucio- 
naria. 

Es en la alternativa del ciclo periódico que 
recorre la industria moderna y, en su punto culmi- 
nante, la crisis general, cuando el burgués práctico 
siente con más fuerza el movimiento preñado de 
contradicciones de la sociedad capitalista. La cri- 
sis se acerca otra vez, y por la universalidad de su 
escenario, como por la intensidad de su acción, va 
a meterles dialéctica en la cabeza a los mismos 
afortunados parásitos del nuevo santo imperio 
prusiano-alemán. 



Londres, 24 de enero de 1873. 



teoría e historia 



Traducción del Inglés 



por el Dr. Rigoberto Juárez Paz L 



LUDWING VON MISES 
(1881 - 1973) 



177 



EL MATERIALISMO DIALÉCTICO 



1. La Dialéctica y el Marxismo 

El materialismo dialéctico, en la forma en que 
lo enseñaron Karl Marx y Federico Engeis, es la 
doctrina metafi'sica más popular de nuestro tiem- 
po. Es hoy la filosofía oficial del imperio soviético 
y de todas las escuelas de marxismo fuera de este 
imperio. También domina el pensamiento <ie mu- 
chas personas que no se consideran marxistas y aun 
de muchos autores y partidarios que se consideran 
antimarxistas y anticomunistas. Es la doctrina que 
la mayori'a de nuestros contemporáneos tienen en 
la mente cuando se refieren al materialismo y al de- 
terminismo. 

Cuando Marx era joven el pensamiento ale- 
mán estaba dominado por dos doctrinas metafi'si- 
cas cuyas tesis eran incompatibles. Una era el espl- 
ritualismo hegeliano, la doctrina oficial del Esta- 
do prusiano y de las universidades prusianas. La 
otra era el materialismo, la doctriüa_de la oposición 
orientada hacia el derrocamiento revolucionario del 
sistema político de Metternich y de la ortodoxia 
cristiana tanto como de la propiedad privada. Marx 
trató de mezclar las dos con el objeto de probar 
que el socialismo tiene que llegar "con \i inexorabi- 
lidad de una ley de la naturaleza". 

En la filosofía de Hegel la lógica, la metafísica 
y la ontologi'a son esencialmente Idénticas. El pro- 
ceso del devenir real es un aspecto lógico del pensa- 
miento. Al captar las leyes de la lógica por medio 
del pensamiento a priori, la mente adquiere un co- 
nocimiento correcto de la realidad. No hay otro ca- 
mino para llegar a la verdad que no sea el que pro- 
porciona el estudio de la lógica. 

El principio peculiar de la lógica de Hegel es 
el método dialéctico. Se mueve de la tesis a la antí- 
tesis, esto es, la negación de la tesis, y de la antíte- 
sis a la síntesis, es decir, la negación de la negación. 
El mismo principio triádico de tesis, antítesis y sín- 



tesis se manifiesta en el devenir real. Pues lo único 
real en el universo es el Geist (mente o espíritu). 
La materia no tiene sustancia en sí misma. Las co- 
sas naturales no son para sí mismas (für sich selber). 
Pero el Geist es para sí mismo. Lo que —fuera de la 
razón y la acción divina— llamamos realidad es, vis- 
to a la luz de la filosofía, algo podrido o inerte (ein 
Paules) que puede parecer real, pero que en sí mis- 
mo no lo es '. 

Ningún acuerdo es posible entre este Idealis- 
mo hegeliano y cualquier clase de materialismo. Sin 
embargo, fascinados por .el prestigio de que gozaba 
el hegelismo en Alemania en los años 1840, Marx 
y Engeis temieron desviarse radicalmente del único 
sistema filosófico que ellos y sus paisanos contem- 
poráneos conocían. No fueron suficientemente au- 
daces para destacar completamente el hegelismo, 
como sucedió pocos años más tarde en Prusia. Pre- 
firieron aparecer como continuadores y reformado- 
res de Hegel y no como inconoclastasen desacuer- 
do. Se ufanaban de haber transformado y mejorado 
la dialéctica hcgellana, de haberla puesto patas arri- 
ba o más bien de haberla puesto sobre los pies'. 
No se dieron cuenta de que no tenía sentido arran- 
car la dialéctica de su suelo idealista y trasplantar- 
la a un sistema que era materialista y empírico. He- 
gel fue consecuente al dar por sentado que el pro- 
ceso lógico se refleja fielmente en los procesos que 
se desarrollan en lo que comúnmente se llamó rea- 
lidad. No se contradijo aplicando el a priori lógico 
a la interpretación del universo. Pero no ocurre así 
con una doctrina que aboga por el realismo inge- 
nuo, materialismo y empirismo. Tal doctrina no de- 



/ Véúv HEGEL. Voriewngen über die Philowphle der 
WellicKhichn, ad. Loffon (Lelp/19. 1917). pógs 31-4, 55.' 

2 Ef^üELS. Ludwifi Tcuirbjch und dct Au>(<ng der kUuii- 
chen dmjtschcn Philo»ophi<' ■■j . J s/.,f/jj-/ I9I0I. 
póg. 36-9. 



179 



180 



LUDWING VON MISES 



ben'a usar un esquema de interpretación no deriva- 
do de la experiencia, sino de un razonamiento a 
priori. Engeis declara que la dialéctica es la ciencia 
de las leyes generales del movimiento, tanto del 
mundo externo como del pensamiento humano; 
dos series de leyes que son esencialmente idénticas, 
pero que en sus manifestaciones son diferentes en 
la medida en que la mente humana las puede apli- 
car conscientemente, mientras que en la naturale- 
za, y hasta ahora también en buena medida huma- 
na, se afirman inconscientemente como necesidad 
externa en medio de una serie infinita de aconteci- 
mientos aparentemente contingentes.' Dice Engeis 
que él nunca habi'a tenido ninguna duda acerca de 
esto. Su intenso interés por la matemática y las 
ciencias naturales, a las cuales confiesa haberse de- 
dicado casi ocho años, estuvo, nos dice, evidente- 
mente motivado de la dialéctica detalladamente en 
casos específicos *. 

Estos estudios condujeron a Engeis a descubri- 
mientos sorprendentes. Descubrió, por ejemplo, 
que "la totalidad de la geología es una serie de ne- 
gaciones negadas". Las mariposas "nacen de un 
huevo mediante la negación del huevo ... y de 
nuevo son negadas cuando mueren", y así por el 
estilo. La vida normal de la cebada es la siguiente: 
"La semilla de la cebada ... es negada y es sustitui- 
da por la planta, la negación de la semilla ... La 
planta crece . . . fructifica y de nuevo produce se- 
milla de cebada, y tan pronto como está madura la 
espiga se marchita, es negada. Como resultado de 
esta negación de la negación, tenemos de nuevo se- 
milla de cebada original, no sólo ella, desde luego, 
sino en cantidades diez, veinte o treinta veces ma- 
yores" '. 

A Engeis no le pasó por la m^te que estaba 
jugando con las palabras. Es un juego gratuito apli- 
car la terminología de la jógica a los fenómenos de 
la realidad. Las proposiciones acerca de fenómenos, 
acontecin^entos y hechos pueden ser afirmadas o 
negadas, pero no así los fenómenos, acontecimien- 
tos y hechos mismos. Pero si uno acepta un lengua- 
je metafórico tan inadecuado y lógicamente vicia- 
do, no es menos cuerdo llamar a la mariposa la afir- 
mación del huevo que llamarla su negación. ¿No es 
el advenimiento de la mariposa la autoexpresión 
del huevo, la maduración de su propósito inherente, 
la perfección de su pasajera existencia, la realiza- 
ción de todas sus potencialidades? El método de 
Engeis consistía en poner el término "negación" en 
vez del término "cambio" . Sin embargo, no hay 
necesidad de detenerse más en la falacia de incor- 
porar la dialéctica hegeliana a una filosofía que no 
acepta el principio fundamental de Hegel, esto es. 



la identidad de la lógica y la ontología y no rechaza 
radicalmente la idea de que nada puede ser aprendi- 
do de la experiencia. De hecho, la dialéctica tiene 
una función meramente ornamental en las contri- 
buciones de Marx y Engeis, sin influir sustancial- 
mente el curso del razonamiento *. 

2. Las fuerzas Materiales de Producción. 

El concepto esencial del materialismo de Marx 
es el de "las fuerzas materiales de producción de la 
sociedad". Estas fuerzas son el motor que produce 
tpdos los cambios y hechos históricos. En la produc- 
ción social de su subsistencia, los hombres entran 
en ciertas relaciones de producción que son necesa- 
rias e independientes de su voluntad y que corres- 
ponden al estadio actual de desarrollo de las fuer- 
zas materiales de producción. La totalidad de estas 
fuerzas de. producción constituyen "la estructura 
económica de la sociedad, las bases reales sobre las 
cuales surge una superestructura jurídica y políti- 
ca y a las cuales corresponden formas específicas 
de conciencia". El modo de producción de la vida 
material condiciona el proceso de la vida en gene- 
ral, en lo social, lo político, lo espiritual (intelec- 
tual), en cada una de sus manifestaciones. No es la 
conciencia (ideas y pensamientos) de los hombres 
la que determina su ser social (existencia), sino, por 
el contrario, es su ser social el que determina su 
conciencia. 

En cierto estadio de su desarrollo, las fuerzas 
materiales de producción entran en contradicción 
con las relaciones de producción existentes o, lo 
que es sólo una expresión jurídica de ellas, con las 
relaciones de propiedad (el sistema social de leyes 
de propiedad) dentro del marco en que hasta en- 
tonces ha operado: después de haber sido formas 
de desarrollo de las fuerzas de producción, estas re- 
laciones se han convertido en cadenas de las mis- 
mas. Luego llega una época de revolución social. 
Al cambiar la base í'conómica, toda la inmensa su- 
perestructura se transforma lenta o rápidamente.' 
Al estudiar dicha transformación debemos siempre 



3 Ibídem, póg 38. 

4 Prefacio, ENCELS, Herrn Eujen DUhrings Umw'ilzung 
der WisscnKhift, (7a. ed., Stultgart, 1910), pógs. XIV y 
XV. 

5 Ibidem, págs. 138-9. 

6 E. HAMMACHER, Das philoiophich-6konoinÍKht Sys- 
tem des Marxismus (Leipzig, 1909), p. 506-1 1. 

7 El término uiOdo por MARX, umwaizunen, Umwaizung 
el equivalente al término "revolución" en aternán. 



teoría e historia 



181 



distinguir la transformación material de las condi- 
ciones económicas de producción, las cuales pue- 
den ser exactamente determinadas por métodos 
científicos naturales, de las formas jurídicas, artís- 
ticas *, políticas, religiosas o filosóficas, es decir, 
formas ideológicas, mediante las cuales los hombres 
toman conciencia de este conflicto y lo combaten. 
Tal época de transformación no puede ser juzgada 
de acuerdo con su propia conciencia, como puede 
juzgarse a un individuo de acuerdo con lo que él 
imagina que es. Esta conciencia debe explicarse co- 
mo resultado de las contradicciones de la vida ma- 
terial, como resultado del conflicto existente entre 
las fuerzas sociales de producción y las relaciones 
de producción. Ninguna estructura social desapare- 
ce antes de que se hayan desarrollado todas las 
fuerzas productivas para las cuales su marco sea su- 
ficientemente amplio, y nunca aparecen nuevas, 
más altas relaciones de producción antes de que las 
condiciones materiales de su existencia hayan naci- 
do en el seno de la antigua sociedad. Por consiguien- 
te, la humanidad nunca se propone tareas que no 
sean las que puede realizar, ya que una observación 
más cuidadosa siempre revelará que la tarea misma 
surge sólo donde las condiciones materiales para su 
solución están ya presentes o al menos formándo- 
se ». 

Lo más importante que cabe señalar acerca 
de esta doctrina es que no da una definición de su 
concepto básico: fuerzas materiales de producción. 
Marx nunca nos dijo qucienía en la mente cuando 
se refería a las fuerzas materiales de producción. 
Tenemos que deducirlo de las escasas ejemplifica- 
ciones históricas de la doctrina. El más elocuente 
de estos ejemplos incidentales se encuentra en su 
libro La miseria de la filosofía, publicado en fran- 
cés en 1847. En él dice: "El molino de mano os da 
la sociedad feudal; el molino de vapor, el capitalis- 
mo industrial","' Esto significa que el estadio de 
conocimiento tecnológico práctico o la calidad 
tecnológica de los instrumentos y máquinas que 
se usan en la producción debe ser considerado co- 
mo la característica esencial de las fuerzas materia- 
les de producción, las cuales determinan Las rela- 
ciones de producción y de esa manera toda la "su- 
perestructura". La técnica de la producción es lo 
que cuenta, el ser material, que en última instan- 
cia determina las manifestaciones sociales, políti- 
cas e intelectuales de la vida humana. Esta inter- 
pretación es confirmada por todos los demás ejem- 
plos que ofrece Marx y Engeis y por la reacción 
que todo nuevo avance tecnológico suscitó en sus 
mentes. Lo veían con entusiasmo, porque estaban 
convencidos de que cada nueva invención los acer- 
caba un paso a la realización de sus esperanzas: la 
instauración del socialismo." 



Antes y después de Marx, ha habido muchos 
historiadores y filósofos que han insistido sobre el 
importante papel que la mejora de ios métodos tec- 
nológicos de producción ha tenido en la historia de 
la civilización. Una rápida mirada a los textos po- 
pulares de historia que se han publicado en los úl- 
timos ciento cincuenta años revela que sus autores 
subrayan la importancia de las nuevas invenciones 
y de los cambios que introdujeron. Nunca pusie- 
ron en duda la trivial verdad de que el bienestar 
material es la condición indispensable de los logros 
morales, intelectuales y artísticos de una nación. 

Pero lo que Marx dice es algo muy diferente. 
Según su doctrina, las herramientas y las máqui- 
nas, es decir, las fuerzas materiales de producción, 
lo son todo. Todo lo demás es la necesaria super- 
estructura de este material. Esta tesis fundamen- 
tal está sujeta a tres objeciones irrefutables. 

la. Un intento tecnológico no es algo mate- 
rial. Es el producto de un proceso mental, del ra- 
zonamiento y la concepción de nuevas ideas. Las 
herramientas y las máquinas pueden llamarse ma- 
teriales, pero la operación de la mente que las creó 
es seguramente espiritual. El materialismo marxis- 
ta no busca el origen de los fenómenos "superes- 
tructurales" o "ideológicos" en raíces "materia- 
les". Explica estos fenómenos como efectos de un 
proceso esencialmente mental, esto es, la inven- 
ción. Y asigna a este proceso mental, que falsamen- 
te llama un hecho natural, dado por la naturaleza 
material, el poder exclusivo de producir todos los 
otros fenómenos sociales e intelectuales. Pero no 
tr-ata de explicar cómo se producen los inventos. 

2a. El simple invento y diseño de instrumen- 
tos tecnológicamente nuevos no es suficiente para 
producirlos. Se necesita, además del conocimiento 
tecnológico y el planeamiento, capital previamen- 
te acumulado por medio del ahorro. Cada paso en 



8 El término alemán Kunit incluye todas las ramas de la 
poesía, la ficción y el drama. 

9 K. Marx, Zur Kritik der poliliKhen OekonomiA edición 
Kautsky (Stuttgart, 1897), prefacio, páq. X XII. 

10. "Le mouhn i brm rous donnera le lociili oree le totae- 
rain: le moulin i vapeur. la tociité aoec le capitalitte bi- 
duitrieL " Marx, Li Misire de U Philosophic ¡París y Bru- 
selas, 1847), pág. 100. 

1 1, Marx y alguno de sus discípulos a veces enclulan los recur- 
sos naturales en el concepto de fuerias materiales de pro- 
ducción. Pero estas afirmaciones las hacían íncidentalmen- 
te y nunca las elaboraron , por lo evidente razón de que el 
hacerlo les habría conducido a la doctrina que explica la 
historio con base en la estructuro del medio geogrífico. 



182 



LUDWING VON MISES 



el camino que conduce al mejoramiento tecnológi- 
co presupone el capital. Las naciones llamadas hoy 
subdesarrolladas saben lo que se necesita para me- 
jorar su atrasado aparato de producción. Los pla- 
nes para la construcción de todas las máquinas que 
desean adquirir ya están a la mano o podrían estar- 
lo en breve tiempo. Sólo la falta de capital las de- 
tiene. Pero el ahorro y la acumulación de capital 
presupone una estructura social en la cual sea po- 
sible ahorrar e invertir. 

- Las relaciones de producción no son, pues, el 
producto de las fuerzas materiales de producción, 
sino por el contrario, la condición indispensable 
para que éstas existan. Desde luego, Marx no puede 
dejar de admitir que la acumulación de capital es 
"una de las más indispensables condiciones de la 
evolución de la producción industrial".'^ Una par- 
te de su voluminoso tratado Das Kapital se ocupa 
de la historia —completamente distorsionada— de 
la acumulación de capital. Pero en cuanto llega a 
su doctrina del materialismo, se olvida de todo lo 
que ha dicho acerca de ese tema. Entonces, las he- 
rramientas y las máquinas aparecen como si fueran 
creadas por generación espontánea. 

3a. Además, debe recordarse que la utiliza- 
ción de las máquinas presupone la cooperación so- 
cial y la división del trabajo. Ninguna máquina pue- 
de ser construida y utilizada en condiciones que no 
incluyan la división del trabajo o en las cuales dicha 
división se encuentre en un estado rudimentario. 
La división del trabajo significa cooperación social, 
esto es, lazos entre seres humanos, sociedad. ¿Có- 
mo puede entonces explicarse la existencia de la 
sociedad refiriéndose a las fuerzas materiales de 
producción, que sólo pueden aparecer dentro del 
marco de un vi'nculo social preexistente? Marx no 
entendió este problema. Acusó a Proudhon, quien 
había descrito el uso de máquinas como una con- 
secuencia de la división del trabajo, de no saber his- 
toria. Es una distorsión de los hechos, exclamó, 
empezar con la división del trabajo y sólo después 
ocuparse de las máquinas, pues las máquinas son 
"una fuerza productiva" y no "una relación social 
de producción", como tampoco "una categoría 
económica"'^ Nos hallamos frente a un dogma- 
tismo que no se detiene ante ningún absurdo. 

Podemos sintetizar la doctrina marxiana de 
este modo; en el principio, hay "fuerzas materiales 
de producción", es decir, el equipo tecnológico de 
esfuerzos humanos productivos, las herramientas 
y las máquinas. No es preciso inquirir acerca de su 
origen. Están ahí y eso es todo; debemos suponer 



que han caído del ciclo. Estas fuerzas materiales 
de producción compelen a los hombres a entrar en 
relaciones específicas de producción independien- 
tes de su voluntad. Estas relaciones de producción 
determinan más tarde la superestructura política y 
jurídica de la sociedad, así como todas las ideas re- 
ligiosas artísticas y filosóficas. 

3. La Lucha de clases. 

Como se señala más adelante, cualquier filo- 
sofía de las historia debe demostrar el mecanismo 
por medio del cual la instancia suprema que dirige 
el curso de todos los acontecimientos humanos in- 
duce a los individuos a seguir los pasos que proba- 
blemente llevarán a la humanidad a la finalidad es- 
tablecida. En el sistema de Marx, la doctrina de la 
lucha de clases trata de responder a esta pregunta. 

La debilidad inherente a esta doctrina consis- 
te en que trata de clases y no de individuos. Lo que 
hay que demostrar es cómo los individuos son mo- 
tivados a actuar de tal forma que la humanidad lle- 
gue finalmente al estado que las fuerzas materiales 
de producción desean que llegue. Marx responde 
que la conciencia de los "intereses de clase deter- 
mina la conducta de los individuos". Pero todavía 
no se ha explicado por qué los individuos prefie- 
ren los de su clase a sus propios intereses. Y esto 
prescindiendo de la cuestión de cómo es que el indi- 
viduo averigua cuáles son los gcnuinos intereses de 
su clase. El mismo Marx no puede dejar de admi- 
tir que existe un conflicto entre los intereses del 
individuo y los de la clase a la cual pertenece.'" 
Distingue los proletarios que tienen conciencia 
de clase, es decir, que anteponen los intereses de 
su clase a los propios, de los que no tienen con- 
ciencia de clase. Considera que uno de los objeti- 
vos del partido socialista es despertar la concien- 
cia de clase en aquellos trabajadores que espontá- 
neamente no la tienen. 

Marx oscureció el problema al confundir los 
conceptos de casta y de clase. Donde prevalecen 
diferencias de status y de casta todos los miem- 
bros de las castas, exceptuando los más privilegia- 
dos, tienen un interés en común, cual es destruir 
las desventajas legales de su propia casta. Todos 



12 Marx, La Misére de la Phllosophie, traducción inglesa, 
New York, Internalional Publishers, S. F., pág. 7 75. 

13 Ibidtm. pags. 112- 13. 

14 Como leemos en ,7 Manififsto Comunista: "La organiza- 
eión de los proletarios en una clase y, en consecuencia, en 
un partido político, es destruida a menudo por la compe- 
tencia entre los trabajadores mismos. " 



teoría e historia 



183 



los esclavos, por ejemplo, están unidos por el he- 
cho de que están interesados en la abolición de la 
esclavitud. Pero tales conflictos no surgen en una 
sociedad en la cual todos los ciudadanos son igua- 
les ante la ley. Ninguna objeción lógica puede pre- 
sentarse en contra de la distinción de diversas cla- 
ses entre los miembros de una sociedad así. Cual- 
quier clasificación es lógicamente posible, aun 
cuando Ja forma de establecer la distinción se se- 
leccione arbitrariamente. Pero no tiene sentido 
clasificar a los miembros de una sociedad capita- 
lista según su posición dentro del marco de la di- 
visión social del trabajo y luego identificar estas 
clases con las castas de una sociedad legal mente 
estratificada. 

En una sociedad asf el individuo hereda de 
sus padres el pertenecer a una casta y sus hijos na- 
cen como miembros de ella. Sólo en casos excep- 
cionales puede la buena suerte llevar a un hombre 
a una casta más alta. Para la inmensa mayoría el 
nacimiento determina inexorablemente su situa- 
ción en la vida. Las clases que Marx encuentra en 
una sociedad capitalista son diferentes. El pertene- 
cer a ellas fluctúa. La afiliación de clase no es he- 
reditaria. Se le asigna a cada individuo en un plebis- 
cito que se repite diariamente por decirlo sí. Con 
sus gastos y compras el público determina quién 
debe poseer y administrar fábricas, quiénes deben 
ser los actores en la función de teatro, quiénes de- 
ben trabajar en minas y factorías. Hombres ricos 
se empobrecen y pobres se enriquecen. Los que 
han heredado o acumulado riqueza deben tratar 
de defender sus bienes de la competencia de fir- 
mas ya establecidas y de principiantes ambiciosos. 
En la economía de mercado libre no hay privile- 
gios, ni protección de intereses creados, ninguna 
barrera que le impida a nadie esforzarse por alcan- 
zar cualquier meta. El acceso a cualquiera de las 
clases marxianas es libre para todos. Los miembros 
de cada clase compiten unos con otros; no están 
unidos por un común interés de clase, ni se oponen 
a los miembros de otras clases para defender un pri- 
vilegio común que quienes sufren por causa de él 
desean abolir, ni para tratar de abolir un defecto 
institucional que quienes de él se benefician desean 
mantener. 

Los liberales del laíssez faire afirmaban: Si las 
antiguas leyes que establecían privilegios y desven- 
tajas de posición social son abolidas y no íe'iritrg- 
ducen prácticas del mismo tipo, tales como tarifas, 
subsidios, imposición económica discriminatoria, 
exenciones concedidas por instituciones no guber- 
namentales, como iglesias, sindicatos, etc., para 
forzar e intimidar, hay igualdad de todos los ciu- 



dadanos ante la ley. Nadie es limitado en sus aspi- 
raciones y ambiciones por obstáculos legales. To- 
dos son libres de competir por cualquier posición 
o función social para la cual lo cualifiquen sus apti- 
tudes personales. 

Los comunistas negaron que ésta sea la forma 
en que funciona la sociedad capitalista organizada 
bajo el sistema de igualdad ante la ley. Según ellos, 
la propiedad privada de los medios de producción 
da a los propietarios -los burgueses o capitalistas, 
en la terminología de Marx— un privilegio que no 
difiere de los que antes poseían los señores feudales. 
La "revolución burguesa" no ha abolido ni privile- 
gios ni discriminación contra las masas; según los 
marxistas, ha suplantado simplemente la antigua 
clase gobernante y explotadora de nobles por una 
nueva clase gobernante y explotadora: la burgue- 
sía. 

La clase explotada, el proletariado, no sacó 
ningún provecho de esta reforma. Han cambiado 
los amos, pero continúan oprimidos y explotados. 
Lo que se necesita es una nueva y última revolu- 
ción que, al abolir la propiedad privada de los me- 
dios de producción, establezca la sociedad sin cla- 
ses. 



Esta doctrina socialista o comunista no tiene 
en cuenta la diferencia esencial entre las condicio- 
nes de una sociedad de rangos o castas y las de una 
sociedad capitalista. La propiedad feudal se origi- 
nó o por conquista o por donación de parte de un 
conquistador. La propiedad cesaba, ya fuera por 
revocación de la donación o por la conquista de un 
conquistador más poderoso. Era propiedad "perla 
gracia de Dios", porque, en última instancia, se 
originaba en una victoria militar que la humildad o 
la soberbia del príncipe atribuía a la intervención 
del Señor. Los dueños de propiedad feudal no de- 
pendían del mercado; no servían al consumidor; 
dentro de los límites de sus derechos de propiedad 
eran verdaderos señores. Pero la situación es muy 
diferente con los capitalistas y los empresarios de 
una economía de mercado. Estos adquieren y au- 
mentan su propiedad a través de los servicios pres- 
tados a los consumidores y pueden mantenerla só- 
lo si siguen prestando esos servicios de la mejor 
manera posible. Esta diferencia no puede ser can- 
celada con la metáfora "rey de los espaguetti" pa- 
ra referirse a alguien que los produce. 

Marx nunca intentó la imposible tarea de re- 
futar la descripción que hacen los economistas del 
funcionamiento de la economía de mercado. En 



184 



LUDWING VON MISES 



vez de ello, tema mucho interés en mostrar que 
en el futuro el capitalismo debía producir condi- 
ciones muy satisfactorias. Trató de demostrar que 
el funcionamiento del capitalismo debía conducir 
inevitablemente a la concentración de la riqueza 
en un número cada vez menor de capitalistas, por 
una parte, y al gradual empobrecimiento de la in- 
mensa mayoría, por otra. En la ejecución de su ta- 
rea tomó como punto de partida la espúrea ley de 
hierro de los salarios, según la cual el salario pro- 
medio es la cantidad de los medios de subsistencia 
que se requiere absolutamente para que el traba- 
jador viva y se reproduzca." Esta supuesta ley ha- 
ce ya mucho tiempo que fue completamente desa- 
creditada y aun los marxistas más cerrados la han 
abandonado. Pero aun cuando para propósitos de 
la argumentación se considera correcta dicha ley, 
es evidente que no podría servir de base para de- 
mostrar que la evolución del capitalismo conduce 
a un empobrecimiento cada vez mayor de los asa- 
lariados. Si bajo el régimen capitalista los salarios 
son siempre tan bajos que por razones fisiológicas 
ya no pueden bajar más sin destruir la clase de los 
asalariados, entonces es imposible sostener la tesis 
del Manifiesto Comunista de que el trabajador "se 
hunde más y más" con el progreso de la industria. 
Al igual que todos los demás argumentos de Marx-, 
presumía haber descubierto las leyes inmanentes 
a la evolución del capitalismo. Crei'a que la más 
importante de estas leyes era la ley del empobreci- 
miento creciente de las masas asalariadas. Es esta 
ley la que produce el colapso final del capitalismo 
y el advenimiento del socialismo.'* Cuando nos 
percatamos de que esta ley es espúrea, el sistema 
económico marxista y su teoría de la evolución del 
capitalismo pierden su fundamento. 

A este respecto, debemos señalar el hecho de 
que en los pai'ses capitalistas el nivel de vida de los 
asalariados ha mejorado en una forma sin preceden- 
tes desde la publicación del Manifiesto Comunista 
y del primer volumen del Capital. Marx se equivocó 
completamente en lo que se refiere al funciona- 
miento del sistema capitalista en todo sentido. 

El corolario del supuesto empobrecimiento 
creciente de los asalariados es la concentración de 
la riqueza en manos de una clase de explotadores 
capitalistas en continua disminución. Al tratar este 
asunto Marx no tuvo en cuenta la evolución de 
grandes unidades comerciales no implica necesaria- 
mente la concentración de la riqueza en pocas ma- 
nos. Estas unidades son casi sin excepción compa- 
ñías, precisamente porque son demasiado grandes 
para que las posea un solo individuo. El crecimien- 
to de unidades comerciales es mucho mayor que el 



crecimiento de fortunas individuales. Los activos 
de una compañía no son idénticos a la riqueza de 
sus accionistas. Muchos de estos recursos, el equiva- 
lente de acciones preferentes, bonos emitidos y 
préstamos obtenidos pertenecen, aunque no sea en 
el sentido del concepto de propiedad, a otras perso- 
nas, es decir, a los dueños de bonos y acciones pre- 
ferentes y a los acreedores. Cuando estos valores es- 
tán en bancos comerciales y compañías de seguros 
y esos prestamos fueron concedidos por tales ban- 
cos y compañías, los propietarios son "práctica- 
mente" las gentes que tienen obligaciones a su fa- 
vor. De ordinario, las acciones comunes de una 
compañía no están concentradas en manos de una 
persona. En general, la amplitud de la distribución 
de las acciones es proporcional al tamaño de la em- 
presa. 

El capitalismo es fundamentalmente produc- 
ción en masa para satisfacer las necesidades de las 
masas. Pero Marx siempre tuvo la creencia equivo- 
cada de que los obreros trabajan para beneficiar so- 
lamente a una clase alta de ociosos parásitos. No se 
percató de que los trabajadores consumen la mayor 
parte de todos los bienes de consumo producidos. 
Los millonarios consumen una parte casi insignifi- 
cante de lo que se llama el producto nacional. To- 
das las ramas de las grandes firmas sirven directa 
o indirectamente las necesidades del hombre co- 
mún. Las industrias que fabrican productos de lu- 
jo nunca pasan de ser unidades pequeñas o media- 
nas. La existencia de grandes industrias prueba por 
sí misma que las masas y no los privilegiados son 
los principales consumidores. Quienes, al referirse 
al fenómeno de la existencia de grandes empresas, 
usan la expresión "concentración de poder econó- 
mico" no se dan cuenta de que el poder económico 
está en manos del público consumidor, de cuya 
preferencia depende la prosperidad de las empresas. 
En su calidad de comprador, el asalariado es el 
cliente que siempre tiene razón. Pero Marx afirma 
que la burguesía "no es capaz de asegurar al esclavo 
la existencia dentro de su esclavitud". 

Marx dedujo la excelencia del socialismo de la 
ideas de que la fuerza motriz de la evolución histó- 
rica — las fuerzas materiales de producción— tienen 
que conducir al socialismo. Y puesto que estaba 
poseído por un optimismo de tipo hegeliano, no 
creyó necesario ofrecer pruebas ulteriores de los 
méritos del socialismo. Le parecía obvio que el so- 



1 5 A Marx, desde luego, no le gustaba lo expresión alemana 
"das theme Lohgeun" porque habla sido introducida 
por su rival Ferdinand Lassalle. 

16 Marx, Di$ Kapiíal, 7. 728. 



teoría e historia 



185 



cialismo, puesto que representa un estadio históri- 
co posterior al capitalismo, también es un estadio 
mejor.' '' Era blasfemia dudar de sus méritos. 



Lo que todavía quedaba por hacer era mostrar 
el mecanismo por medio del cual la naturaleza efec- 
túa el cambio del capitalismo al socialismo. El ins- 
trumento de la naturaleza es la lucha de clases. En 
la medida en que los trabajadores se hunden más y 
más por el progreso del capitalismo; en la medida 
en que su miseria, opresión, esclavitud y degrada- 
ción aumentan son impelidos a la revuelta y su re- 
belión establece el socialismo. 

Todo este razonamiento es refutado por el he- 
cho de que el progreso del capitalismo no empobre- 
ce a los asalariados, sino que, por el contrario, me- 
jora su nivel de vida. ¿Por qué han de ser las masas 
llevadas inevitablemente a la rebelión si obtienen 
más y mejores alimentos, casas y ropa, automóviles 
y refrigeradores, radios y televisores, nylon y otros 
productos sintéticos? Pero aunque se admitiera pa- 
ra propósitos de la argumentación que los trabaja- 
dores son llevados a la rebelión, ¿por qué ha de te- 
ner ésta como meta precisamente el establecimien- 
to del socialismo? La única motivación que podría 
inducirlos a exigir el socialismo sería la convicción 
de que estarían mejor en un sistema socialista que 
en un sistema capitalista. Pero los marxistas, ansio- 
sos de evadir el tener que tratar los problemas eco- 
nómicos de una comunidad socialista, nada hicie- 
ron para demostrar la superioridad del socialismo 
respecto del capitalismo que no fuera el razona- 
miento circular: el socialismo tiene que venir como 
próximo estadio de la evolución histórica, y puesto 
que es un estadio histórico posterior al capitalismo 
es, necesariamente, mejor y más alto. ¿Porqué tie- 
ne que llegar? Porque los trabajadores, condenados 
a una pobreza cada vez mayor bajo el sistema capi- 
talista, se rebelarán y establecerán el socialismo. Pe- 
ro, ¿qué otro móvil podría impelerlos a tratar de 
establecer el socialismo que no fuera la convicción 
de que el socialismo es mejor que el capitalismo? 
Y la preeminencia del socialismo es deducida por 
Marx de la idea de que el advenimiento del socia- 
lismo es inevitable. El círculo se ha cerrado. 

En el contexto de la doctrina marxista la supe- 
rioridad del socialismo se prueba a base de la idea 
de que los proletarios tratan de establecerlo. Lo 
que piensan los filósofos no cuenta. Lo que impor- 
ta son las ideas de los proletarios, la clase a la cual 
la historia ha encomendado la tarea de forjar el fu- 
turo. 



La verdad es que el concepto de socialismo no 
se originó en la "mente proletaria". Ningún prole- 
tario aportó ninguna idea sustancial a la ideología 
socialista. Los padres intelectuales del socialismo 
eran miembros de la inteligencia, descendientes de 
la burguesía. El mismo Marx era hijo de un próspe- 
ro abogado. Asistió a un gymnasium alemán, el ti- 
po de escuela que todos los marxistas y otros so- 
cialistas condenan como el producto principal del 
sistema burgués de educación, y su familia lo sos- 
tuvo durante el tiempo que estudió; no tuvo que 
trabajar para poder asistir a la universidad. Se ca- 
só con la hija de un miembro de la nobleza alema- 
na; su cuñado fue ministro de Gobernación en Pru- 
sia y, en cuanto tal, era jefe de la policía prusiana. 
En su casa tuvo una camarera, Helene Demuth, 
que nunca se casó y siguió a Marx en todos sus 
cambios de residencia, modelo perfecto del explo- 
tado cuya frustración y atrofiada vida sexual ha si- 
do presentada repetidamente en la novela "social" 
alemana. Federico Engeis era hijo de un acaudala- 
do empresario y también él lo fue. No quiso casar- 
se con su amante, María, porque era ignorante y de 
origen humilde;'* gozaba de las diversiones de la 
aristocracia británica, tales como la cacería a caba- 
llo. 

Los trabajadores nunca se mostraron entusias- 
tas respecto del socialismo. Apoyaron el movimien- 
to cuya búsqueda de mejores salarios Marx conside- 
raba inútil." Pidieron todas esas formas de interfe- 
rencia gubernamental que Marx calificaba de tonte- 
rías pequeño-burguesas. En épocas pasadas se opu- 
sieron el mejoramiento tecnológico por medio de la 
destrucción de las nuevas máquinas, más tarde por 
medio de la presión de los sindicatos para que se 
mantuviera a trabajadores innecesarios. El sindica- 
lismo, apropiación de las empresas por los trabaja- 
dores empleados en ellas, es un programa que los 
trabajadores desarrollaron espontáneamente. Pero 
el socialismo fue llevado a las masas por intelectua- 
les de origen burgués. Comiendo y bebiendo juntos 
en lujosas residencias de Londres y en casa de cam- 
po de la "sociedad" victoriana, damas y caballeros 
en elegantes atavíos concibieron planes para con- 
vertir a los proletarios británicos al credo socialista. 



17 Sobre la falacia Implícita en este razonamiento, véanse las 
páginas 147 y sgs. 

ISDespués de la muerte de Mory, Engeis se amancebó con su 
cuñada L Uiy y se casó con ella cuando estaba muriendo- 
se "p»ra darie un ultimo placer". Gustav MA YER, Frede- 
rlck Engeis (La Haya, Martlnus Nl/lhoff, 1934), 2, 329. 

19 MARX, Vílue, Price and Profic, ed. E. Marx Avellng (Chi- 
cago, Charles H. Kerr i Co. Cooperative), págs. 12S-6 
Véase pág. 118. 



186 



LUDWING VON MISES 



4. La impregnación del pensamiento. 

Del supuestamente irreconciliable conflicto 
de intereses de clase Marx deduce su doctrina de la 
impregnación ideológica del pensamiento. En una 
sociedad de clases el hombre es capaz de conce- 
bir teorías que constituyan una verdadera descrip- 
ción de la realidad. Puesto que su afiliación de cla- 
se, su ser social, determina su pensamiento, los pro- 
ductos de su esfuerzo intelectual están ideológica- 
mente teñidos y distorsionados. No encarnan la 
verdad, sino ideologías. Una ideología, en la acep- 
ción marxista del vocablo, es una doctrina falsa 
que, precisamente por su falsedad, sirve a los inte- 
reses de la clase a la cual pertenece el autor. 

No nos ocuparemos de muchos aspectos de 
esta doctrina acerca de la ideología. No es necesa- 
rio que refutemos de nuevo la doctrina del polilo- 
gismo, según la cual la estructura lógica de la men- 
te difiere entre los miembros de diferentes clases.'" 
Podríamos aceptar que la preocupación principal 
de un pensador es promover los intereses de su cla- 
se aun cuando entren en conflicto con sus intere- 
ses como individuo. Podríamos abstenernos de po- 
ner en duda el dogma de que no hay búsqueda de- 
sinteresada de la verdad y el conocimiento y que 
toda la investigación humana es guiada exclusiva- 
mente por el propósito práctico de encontrar ins- 
trumentos mentales para el éxito de la acción. La 
doctrina de la ideología seguirá siendo insosteni- 
ble, aun cuando pudieran superarse las objeciones 
irrefutables que pueden presentarse desde estos tres 
ángulos. 

Cualquiera que sea nuestra opinión acerca 
de los méritos de la definición pragmática de la 
verdad, es evidente que al menos una caracterís- 
tica distintiva de una teoría verdadera es que la 
acción basada en ella tiene éxito en lograr el re- 
sultado esperado. En este sentido, la verdad fun- 
ciona, mientras que la falsedad no. Si de acuerdo 
con los marxistas, damos por sentado que la fina- 
lidad de la actividad teórica es siempre ei éxito en 
la acción, debemos preguntarnos ¿por qué y có- 
mo es que una teoría ideológica, es decir, una doc- 
trina falsa en la acepción marxista del término, ha 
de ser más útil que una teoría correcta? No hay du- 
da de que el estudio de la mecánica fue motivada, 
en parte al menos, por consideraciones prácticas. 
Se deseaban utilizar los teoremas de la mecánica 
para resolver problemas de ingeniería. Fue preci- 
samente la búsqueda de estos resultados prácticos 
lo que los impelió a buscar una ciencia correcta, no 
ideológica (falsa), de la mecánica. Cualquiera que 
sea la forma en que consideremos el asunto, no hay 



manera de que una teoría falsa pueda servir mejor 
a una persona o a una clase o a la humanidad que 
una teoría correcta. ¿Cómo es que Marx llegó a en- 
señar semejante doctrina? 

Para contestar a esta pregunta debemos seña- 
lar el móvil que impulsó a Marx en todas sus aven- 
turas literarias. Le dominaba una pasión —luchar 
por la implantación del socialismo—. Pero tenía 
plena conciencia de su incapacidad para presentar 
ninguna objeción valedera a la devastadora crítica 
de los economistas a todos los planes socialistas. 
Estaba convencido de que el sistema de doctrinas 
económicas desarrollado por los economistas clá- 
sicos era inexpugnable y no tuvo conciencia de las 
dudas que algunos teoremas esenciales de ese siste- 
ma había suscitado en algunas mentes. Al igual que 
su contemporáneo John Stuart Mili, creía que "na- 
da hay en las leyes del valor que tengan que aclarar 
los escritos presentes o futuros, la teoría sobre la 
materia está completa."" 

Cuando en 1871 los escritos de Cari Menger 
y William Stanley Jevons inauguraron una nueva 
época en el estudio de las cuestiones económicas, 
Marx prácticamente había terminado ya su carre- 
ra como tratadista de problemas económicos. El 
primer volumen del Capital había sido publicado 
en 1867 y el manuscrito de los otros volúmenes 
estaba bastante avanzado. No hay ninguna indica- 
ción de que Marx haya comprendido el significado 
de la nueva doctrina. La enseñanza económica de 
Marx es esencialmente una distorsionada reitera- 
ción de las teorías de Adam Smith y, principal- 
mente, de Ricardo. Smith y Ricardo no tuvieron 
la oportunidad de refutar las doctrinas socialistas, 
pues éstas fueron presentadas después de su muer- 
te. Pero Marx expresó su indignación contra los su- 
cesores de quienes intentaron analizar críticamen- 
te los esquemas socialistas. Los ridiculizó llamán- 
dolos "vulgares economistas" y "apologistas de la 
burguesía". Y puesto que era para él un imperati- 
vo difamarlos, inventó su doctrina acerca de las 
ideologías. 

Estos "vulgares economistas" son, por causa 
de su origen burgués, constitucionalmente incapa- 
ces de descubrir la verdad. Su razonamiento sólo 
puede producir algo ideológico, esto es, una distor- 
ción de la verdad al servicio de los intereses de cla- 
se de la burguesía, de acuerdo con la forma en que 
Marx empleaba el término "ideología". 



20 Mises. Human Actioi\ pógs. 72- 91. 

21 Mili, Principie» of Political Economy, Book III, Chap- 
ter I, I. 



teoría e historia 



187 



No hay ninguna necesidad de refutar sus ar- 
gumentos por medio del razonamiento discursivo 
y el análisis critico. Es suficiente desenmascarar 
su origen burgués, y de esa manera, el carácter ne- 
cesariamente ideológico de sus doctrinas. Están 
equivocadas porque son burguesas; ningún prole- 
tario debe atribuir ninguna importancia a sus es- 
peculaciones. Para ocultar el hecho de que este es- 
quema fue inventado a propósito para desacredi- 
tar a los economistas fue necesario elevarlo a la 
dignidad de una ley epistemológica general válida 
para todas las edades y para todas las ramas del co- 
nocimiento. De esta manera, la doctrina de la ideo- 
logía se convirtió en el núcleo de la epistemología 
marxista. Marx y todos sus discípulos concentra- 
ron sus esfuerzos en la tarea de justificar y ejem- 
plificar este engaño. No se detuvieron ante ningún 
absurdo. Interpretaron todos los sistemas filosófi- 
cos, teorías físicas y biológicas, toda la literatura, 
la música y el arte desde el punto de vista ideoló- 
gico. Pero, desde luego, no fueron lo suficiente- 
mente consecuentes para asignar a sus propias doc- 
trinas un carácter ideológico. Sus propias afirma- 
ciones no son ideología. Son un anticipo del cono- 
cimiento de una futura sociedad sin clases que, li- 
berada de las cadenas de los conflictos de clase, es- 
tará en condiciones de conseguir el conocimiento 
puro sin ninguna mancha ideológica. 

De esta forma podemos comprender los mo- 
tivos timológicos que llevaron a Marx a formular 
su doctrina de la ideología. Sin embargo, esto no 
responde a la pregunta ¿por qué una distorsión 
ideológica de la verdad debería de ser más ventajo- 
sa para los intereses de una clase que una doctrina 
correcta? Marx nunca trató de explicar esto, pro- 
bablemente porque tenía conciencia de que cual- 
quier intento de hacerlo le llevaría a un desordena- 
do conjunto de absurdos y contradicciones. 

No hay necesidad de subrayar lo ridículo que 
es pensar que una doctrina ideológica física, quí- 
mica o terapéutica podría ser más ventajosa para 
cualquier clase o individuo que una doctrina co- 
rrecta. Podemos dejar pasar en silencio las declara- 
ciones de los marxistas acerca del carácter ideoló- 
gico de las teorías desarrolladas por los burgueses 
Mcndel, Hert/, Planck, Heinscnbcrg y Einstein. Es 
suficiente examinar el supuesto carácter ideológico 
de la economía burguesa. 

Según Marx el origen burgués impulsó a los 
economistas clásicos a desarrollar un sistema del 
cual se seguía lógicamente la justificación de las in- 
justas pretensiones de los explotadores capitalistas. 
(En esto él se contradice, puesto que derivó del 



mismo sistema conclusiones opuestas.) Estos teore- 
mas de los economistas clásicos de los cuales podía 
deducirse la supuesta justificación del capitalismo, 
eran los teoremas que Marx atacó con mayor furia: 
que la escasez de los factores materiales de produc- 
ción de los cuales depende el bienestar del hombre 
es una condición inevitable dada por la naturaleza 
de la existencia humana; que ningún sistema de or- 
ganización económica de la sociedad podía crear 
un estado de abundancia en el cual todos pudieran 
recibir de acuerdo con sus necesidades; que la re- 
petición periódica de depresiones económicas no 
es inherente al funcionamiento de una economía 
de mercado, sino, por contrario, la consecuencia 
necesaria de la interferencia del gobierno en los 
negocios con el propósito espúreo de bajar el inte- 
rés y fabricar épocas de prosperidad por medio de 
la inflación y la expansión del crédito. Pero podría- 
mos preguntarnos: ¿que utilidad podría tener para 
los capitalistas, desde el punto de vista marxista, se- 
semejante justificación del capitalismo? Ellos mis- 
mos no necesitaban ninguna justificación para un 
sistema que, según Marx, mientras dañaba a los tra- 
trabajadores, les era beneficioso. No necesitaban 
acallar su propia conciencia, puesto que, de nuevo 
según Marx, cada clase persigue sin escrúpulos sus 
propios y egoístas intereses de clase. 

Tampoco se puede, desde el punto de vista 
de la teoría marxista, suponer que el servicio que 
la teoría ideológica —originada en una falsa con- 
ciencia y, por consiguiente, desfiguradora de la ver- 
dadera situación— prestó a las clases explotadoras 
era engañar a las clases explotadas y hacerlas ma- 
leables y ayudar así a preservar, o al menos a pro- 
longar, el injusto sistema de explotación. Pues, se- 
gún Marx, la duración de un sistema de produc- 
ción no depende de ningún factor espiritual. Está 
exclusivamente determinada por el estadio de las 
fuerzas materiales de producción. Si las fuerzas 
materiales de producción cambian las relaciones 
de producción, esto es, las relaciones de propiedad 
y toda la superestructura ideológica también de- 
ben cambiar. Esta transformación no puede ser 
acelerada por ningún esfuerzo humano. 

Pues, como dijo Marx, "ninguna formación 
social desaparece antes de que las fuerzas producti- 
vas hayan evolucionado lo bastante y jamás apare- 
cen nuevas y más altas relaciones de producción 
antes de que las condiciones materiales de su exis- 
tencia hayan sido creadas en el seno de la antigua 
sociedad ". " 



22 Marx, Zur Kritllc «fef politlKhen Oekonomie^ p. XII (vio- 
V pigs. roo y siguientes). 



188 



LUDWING VON MISES 



Lo anterior no es una simple observación pa- 
sajera de Marx. Es uno de los elementos esenciales 
de su doctrina. Es el teorema sobre el cual basó su 
idea llamar a su propia doctrina socialismo científi- 
co para distinguirlo del socialismo utópico de sus 
predecesores. La característica de los socialistas 
utópicos, según Marx, era que creían que la realiza- 
ción del socialismo dependía de factores espiritua- 
les e intelectuales. Es preciso convencer a la gente 
de que el socialismo es mejor que el capitalismo y 
entonces cambiarán el socialismo por el capitalis- 
mo. Según Marx, esta creencia utópica era absurda. 
El advenimiento del socialismo de ninguna manera 
depende de los pensamientos y de la voluntad de 
los hombres; jcs un producto del desarrollo de las 
fuerzas materiales de producción. 

Cuando llegue su tiempo y el capitalismo haya 
alcanzado la madurez, el socialismo vendrá. No 
puede aparecer ni antes ni después. Los burgueses 
pueden elaborar las más inteligentes ideologías, pe- 
ro todo esto es en vano; no pueden retrasar el día 
del colapso del capitalismo. 

Tal vez algunas personas interesadas en salva- 
guardar el concepto marxista de ideología podrían 
argumentar así: los capitalistas se avergüenzan de 
su función en la sociedad. Se sienten culpables de 
ser usureros y explotadores y apropiarse las utilida- 
des. Necesitan una ideología de clase para restaurar 
su propia posición. Pero ¿por qué han de ruborizar- 
se? Desde el punto de vista de la doctrina marxista, 
nada hay en' su conducta de lo que haya que aver- 
gonzarse. El capitalismo, según esta doctrina, es un 
estadio indispensable en la evolución histórica de 
la humanidad. Es un eslabón necesario en la suce- 
sión de acontecimientos que finalmente produce el 
socialismo. Los capitalistas, por el hecho de ser ca- 
pitalistas, son simples instrumentos de la historia. 
Ejecutan lo que, según el plan preordinado para la 
evolución de la humanidad, debe hacerse. Cumplen 
leyes eternas independientes de la voluntad huma- 
na. No pueden menos de actuar como lo hacen. No 
necesitan ninguna ideología, ninguna falsa concien- 
cia que les diga lo que es correcto. Están en lo co- 
rrectp según la doctrina marxista. 

Si Marx hubiera sido consecuente habría ex- 
hortado a los trabajadores así; So culpen a los ca- 
pitalistas: al explotarlos hacen lo que es mejor para 
ustedes: están preparando el camino para el socia- 
lismo. 

Cualquiera que sea la forma en que le demos 
vueltas a este asunto no podremos encontrar nin- 
guna razón que explique por qué un^ distorsión 



ideológica de la verdad puede ser más útil a la bur- 
guesía que una teoría correcta. 



5. El conflicto de ideologías 

La conciencia de clase, dice Marx, produce 
ideologías de clase. La ideología de clase propor- 
ciona a la clase una interpretación de la realidad y 
al mismo tiempo enseña a sus miembros cómo ac- 
tuar para beneficiar a su clase. El contenido de la 
ideología de clase está determinado por el estadio 
histórico de desarrollo de las fuerzas materiales de 
producción y por el papel que la clase en cuestión 
desempeñan en este estadio de la historia. La ideo- 
logía no es un producto arbitrario del cerebro; es 
el reflejo de la condición material de clase del su- 
jeto según se refleja en su mente. 

No es, por lo tanto, un fenómeno individual 
que dependa de la fantasía del sujeto. Es impuesto 
a la mente por la realidad, esto es, por la situación 
de clase del hombre que piensa. Es, por consiguien- 
te, idéntica en todos los miembros de la clase. Des- 
de luego, no todos los miembros de la clase son au- 
tores y publican lo que han pensado. Pero todos 
los escritores que pertenecen a la clase piensan las 
mismas ideas y todos los demás miembros de la 
clase las aprueban. En el pensamiento de Marx no 
hay ningún lugar para el supuesto de que diferen- 
tes miembros de la misma clase puedan estar seria- 
mente en desacuerdo respecto de la ideología. To- 
dos los miembros de la clase tienen una misma 
ideología. 

Si una persona expresa opiniones que difie- 
ren de la ideología de una clase determinada, ello 
se debe a que no pertenece a la clase en cuestión. 
No hay ninguna necesidad de refutar sus ideas por 
medio del razonamiento discursivo. Es suficiente 
desemascarar su origen y su afiliación de clase. Es- 
to concluye la discusión. 

Pero si una persona cuyo origen proletario y 
cuya pertenencia a la clase de los trabajadores no 
puede ser puesta en duda y difiere del credo marx- 
ista correcto es un traidor. 

Es imposible suponer que pueda ser sincero 
en su rechazo del marxismo. En cuanto proletario, 
debe pensar necesariamente como proletario. Una 
Voz interior le dice de una forma inequívoca cuál 
es la ideología proletaria correcta. 

El no es honesto si no escucha esta voz y pro- 
fesa públicamente opiniones heterodoxas. Es un 



teoría e historia 



189 



bandido, un judas, una serpiente en el césped. En 
la lucha contra semejante traidor todos los medios 
están permitidos. 

Marx y Engeis, dos personas de indiscutible 
origen burgués, crearon la ideología de clase de la 
clase proletaria. Nunca se atrevieron a discutir su 
doctrina con quienes no estaban de acuerdo con 
ellos, en la forma que los científicos, por ejemplo, 
discuten las ventajas o las desventajas de las doc- 
trinas de Lamarc, Darwin, Mendel y Weimann. Se- 
gún ellos, sus adversarios sólo podían ser o idio- 
tas" burgueses o proletarios traidores. Tan pron- 
to como un socialista se desviaba del credo ortodo- 
xo, Marx y Engeis le atacaban furiosamente, le ri- 
diculizaban e insultaban, presentándole como un 
bandido y como un monstruo corrompido. Des- 
pués de la muerte de Engeis, la suprema decisión 
de lo que es verdadero y falso pasó a Karl Kautsky. 
En 1917 pasa a manos de Lenin y se convirtió en 
función de los jefes del gobierno soviético. Mien- 
tras que Marx, Engeis y Kautskey se contentaban 
con difamar a sus oponentes, Lenin y Stalin los 
asesinaban físicamente. Paso a paso condenaron a 
aquellos que en otra época fueron considerados 
por todos los marxistas, incluidos Lenin y Stalin, 
como los grandes campeones de la clase proletaria: 
Kautsky, Max Adier, Otto Bauer, Plejanoff, Buja- 
rin, Trotsky, Riasanov, Radek, Zinovievy muchos 
otros. 

Todos los disidentes eran encarcelados, tor- 
turados y finalmente asesinados. Sólo quienes tu- 
vieron la fortuna de vivir en países dominados por 
"reaccionarios pluto-democráticos" sobrevivieron 
y pudieron morir en sus camas. 

Desde el punto de vista marxista se puede ar- 
gumentar a favor de la decisión por la mayoría. Si 
se suscita una duda acerca del contenido de la ide- 
ología proletaria, ha de considerarse que las ideas 
sostenidas por la mayoría de los proletarios refle- 
jan verdaderamente la genuina ideología proleta- 
ria. Puesto que el marxismo supone que la inmen- 
sa mayoría de la gente son proletarios, esto sería 
equivalente a asignar a la mayoría la competencia 
o facultad para tomar decisiones definitivas en con- 
flictos de opinión en los parlamentos elegidos por 
los adultos. Pero, aunque rechazar esto equivale a 
destruir toda la doctrina de la ideología, ni Marx 
ni sus sucesores sometieron jamás sus opiniones al 
voto de la mayoría. 

A lo largo de su carrera Marx desconfió de la 
gente y tenía mucho recelo acerca de los procedi- 
mientos parlamentarios y las decisiones alcanza- 



das por medio del voto. Le entusiasmaba la revo- 
lución de París de junio de 1848, en la cual una 
pequeña minoría de parisienses se rebelaron con- 
tra el gobierno apoyado por un parlamento elegi- 
do por votación universal. La Comuna de París de 
la primavera de 1871, en la cual de nuevo los so- 
cialistas parisienses pelearon contra el régimen de- 
bidamente establecido por la mayoría del pueblo 
francés, era aún más de su predilección. Aquí en- 
contró Marx su ideal de la dictadura del proleta- 
riado; la dictadura de una banda de líderes auto- 
nombrados. Trató de persuadir a los partidos marx- 
istas de todos los países de Europa occidental y 
central de que pusieran sus esperanzas no en cam- 
pañas electorales, sino en métodos revolucionarios. 
A este respecto los comunistas rusos fueron sus fie- 
les discípulos. El parlamento ruso elegido en 1917 
bajo los auspicios del gobierno de Lenin tenía, pese 
a la violencia ejercida sobre los votantes por el par- 
tido en el poder, menos del 25 por 100 de miem- 
bros comunistas. Tres cuartos de la gente había vo- 
tado contra el comunismo. Pero Lenin disolvió el 
parlamento por la fuerza de las armas y estableció 
firmemente el gobierno dictatorial de una minoría. 
El jefe de Estado soviético se transformó en el su- 
premo pontífice de la secta marxista. Su título pa- 
ra este cargo deriva del hecho de que él había de- 
rrotado a sus rivales en una sangrienta guerra civil. 

Puesto que los marxistas no admiten que las 
diferencias de opinión puedan resolverse por me- 
dio de la discusión y la persuación o decidirse por 
el voto de la mayoría, no hay ninguna otra solu- 
ción que no sea la guerra civil. La característica de 
una buena ideología, es decir, de la ideología ade- 
cuada a los genuinos intereses de clase de los pro- 
letarios, es el hecho de que sus partidarios logren 
vencer y liquidar a sus adversarios. 



6. Ideas e intereses 

Marx supone que la condición social de una 
clase determina sus intereses y que no puede haber 
ninguna duda acerca de la política que mejor sirva 
a estos intereses. La clase no tiene que elegir entre 
diversas políticas. La situación histórica le impone 
una política definida. No hay ninguna alternativa. 
Se sigue de esto que la clase no actúa, puesto que 
la acción implica la elección entre varias maneras 
posibles de procedimiento. Las fuerzas materiales 



2i Por e/emplo, "eiiupldci bur|ueu" (actrca di Btnthom, 
Das Kapital, /, 574), "crelinismo burjuéi" (actrta d* 
DtUutl. de Tracy, ibid., 2. 46S), etc. 



190 



LUDWING VON MISES 



de producción actúan a través de los miembros de 
la clase. 

Pero Marx, Engeis y todos los demás marx- 
istas ignoraron este dogma fundamental de su cre- 
do tan pronto como fueron más allá de las fronte- 
ras de la epistemología y empezaron a comentar 
asuntos históricos y políticos. Entonces no sólo 
acusaron a las ciases no proletarias de hostilidad a 
los proletarios, sino que criticaron sus políticas 
porque no eran adecuadas para promover los ver- 
daderos intereses de sus propias clases. 

El más importante de los panfletos políticos de 
Marx, el discurso sobre La guerra civil en Francia 
(1 871 ), ataca furiosamente ai gobierno francés que, 
con el apoyo de la inmensa mayoría de la nación, 
trataba de aplastar la rebelión de la Comuna de Pa- 
rís. Calumnia irresponsablemente a todos los miem- 
bros importantes de ese gobierno llamándolos sin- 
vergüenzas, falsificadores y ladrones. Acusa a Jules 
Fabre de vivir en concubinato con la esposa de un 
borracho habitual y al general De Gailifet de apro- 
vecharse de la supuesta prostitución de su esposa. 
En suma, el panfleto es una muestra de las tácticas 
difamatorias de la prensa socialista que los marxis- 
tas criticaron con indignación como una de las peo- 
res excrecencias del capitalismo, cuando fueron 
adoptadas por la prensa soviética. Sin embargo, to- 
das estas mentiras, aun cuando sean condenables, 
pueden ser interpretadas como métodos del parti- 
do en la implacable guerra contra la civilización 
burguesa. Por lo menos no son incompatibles con 
los principios epistemológicos marxistas. Pero es 
asunto muy diferente poner en duda la eficacia de 
la política burguesa desde el punto de vista de los 
intereses de clase de la burguesía. El discurso en 
cuestión sostiene que la política de la burguesía 
francesa desenmascaró las enseñanzas esenciales de 
su propia ideología, cuyo único propósito era retar- 
dar la lucha de clases; en adelante ya no podría esa 
clase "ocultarse bajo el manto nacionalista". Ya 
no habría ninguna duda acerca de la victoria final 
de los trabajadores.^* 

Debe observarse que estas consideraciones se 
referían a una situación en la cual la mayoría del 
pueblo francés sólo podía elegir entre la rendición 
incondicional a una minoría de revolucionarios o 
la lucha contra ellos. Ni Marx ni ningún otro espe- 
raron jamás que la mayoría de una nación se some- 
tería sin resistencia a la agresión armada por parte 
de una minoría. 

Aún más importante es el hecho de que Marx 
en estos comentarios atribuye a la política adopta- 



da por la burguesía francesa un influjo decisivo so- 
bre el curso de los acontecimientos. Ello contradi- 
ce a todos sus demás escritos. En el Manifiesto co- 
munista había anunciado la implacable lucha de 
clases sin ninguna consideración por las tácticas de- 
fensivas de la burguesía. Había deducido la inevita- 
bilidad de esta lucha de la situación de clase de los 
explotadores y de la de los explotados. No hay nin- 
gún lugar en el sistema marxista para el supuesto 
de que la política adoptada por la burguesía pueda 
de alguna forma influir sobre el advenimiento de la 
lucha de clases y su resultado. 

Si es cierto que una clase, la burguesía france- 
sa de 1871, tenía la posibilidad de elegir entre po- 
líticas alternativas y a través de su decisión influir 
en el curso de los acontecimientos, lo mismo debe 
decirse de otras clases en otras situaciones históri- 
cas. Entonces todos los dogmas del materialismo 
marxista caen por el suelo. Ya no es cierto que la 
situación de clase muestra a la clase lo que es un 
interés. No es cierto que las únicas ideas que con- 
ducen o que benefician a los intereses reales de una 
clase sean aprobados por quienes dirigen la política 
de la clase. Puede suceder que sean ideas diferentes 
las que dirigen esas políticasy, por consiguiente, in- 
fluyen en el curso de los acontecimientos. Pero en- 
tonces no es cierto que lo que cuesta en la historia 
son sólo los intereses y que las ideas son simples su- 
perestructuras ideológicas determinadas por esos 
intereses. Resulta absolutamente necesario analizar 
las ideas para separar las que son realmente benefi- 
ciosas a los intereses de la clase en cuestión de las 
que no lo son. Es necesario discutir las ideas en con- 
flicto con los métodos del razonamiento lógico. Se 
desvanece el engaño por medio del cual Marx que- 
ría prohibir el análisis de las ventajas y los inconve- 
nientes de las ideas. El camino hacia el examen de 
los méritos del socialismo, que Marx quería prohi- 
bir por no ser el científico, vuelve a quedar abierto. 

Otro escrito importante de Marx es el intitu- 
lado Valor, precio y utilidad (1865). En él Marx 
critica la política tradicional de los sindicatos. Es- 
tos deberían abandonar su lema conservador: Un 
salario justo por un día de trabajo bien hecho, y 
poner en su bandera la expresión: Abolición revo- 
lucionaria del sistema de salarios.*^ Se trata, evi- 
dentemente, de una controversia acerca de la cla- 
se de política que mejor sirve a los intereses de los 
trabajadores. En este caso, Marx se desvía de su 



24 Marx, Der Bürgcrkrieg in Frankrcich. ed. PfemUr (Berlín. 
1919), póqina 7. 

25 Marx, Vjiue, Pricc in Profit. pia%. 126- 7, 



teoría e historia 



191 



acostumbrado procedimiento de llamar a todos 
sus adversarios proletarios traidores. Admite que 
implícitamente puede haber desacuerdo aun entre 
los más sinceros y honestos, campeones de los in- 
tereses de los trabajadores y que tales diferencias 
deben ser resueltas por medio de una discusión del 
tema. Tal vez al reflexionar él mismo descubrió que 
la forma en que había tratado el fftoblema implica- 
ba una contradicción o era incompatible con todos 
sus dogmas, pues no hizo imprimir este trabajo que 
había leído el 26 de junio de 1865 en el Consejo 
General de la Asociación internacional de Trabaja- 
dores. Fue publicado por primera vez en 1898 por 
una d« sus hijas. 

Pero el tema que estamos estudiando no es el 
fallo de Marx al no adherirse consecuentemente a 
su propia doctrina ni la adopción de formas de pen- 
sar que son incompatibles con ella. Tenemos que 
examinar la corrección de la doctrina marxista y 
debemos, por consiguiente, dirigir nuestra atención 
a la especial connotación que tiene el término "in- 
tereses" en el contexto de esta doctrina. 

Cada individuo y cada grupo de individuos 
trata, al actuar, de sustituir una situación que le pa- 
rece menos satisfactoria por otra que considera más 
satisfactoria. Sin referirnos a estas dos situaciones 
en otra perspectiva, podemos decir que el individuo 
persigue sus propios intereses. Pero la cuestión a- 
cerca de lo que es más deseable y lo que es menos 
deseable la decide el individuo que actúa. Es el re- 
sultado de su elección entre varias posibles solucio- 
nes. Es un juicio de valor determinado por las ideas 
del individuo acerca de los efectos que estas dife- 
rentes situaciones pueden tener sobre su bienestar. 
Pero, en fin de cuentas, depende del valor que él 
atribuya a estos efectos esperados. 

Si ello es asi', no es correcto declarar que las 
¡deas son producto de intereses. Las ideas le dicen 
al hombre cuáles son sus intereses. Más tarde, al 
volver sus ojos sobre sus acciones pasadas, el indivi- 
duo puede formarse la opinión de que se ha equivo- 
cado y que otra manera de actuación pudo haber 
servido mejor a sus intereses. Pero esto no significa 
que en el momento crítico en.-que actuó no lo hizo 
de acuerdo con sus intereseá. Actuó de acuerdo con 
lo que en ese momento consideró que serviría me- 
jor a sus intereses. 

Si un observador imparcial ve la acción de 
otro hombre puecje pensar así: este señor se equi- 
voca; lo que háCe nt> le servirá para lo que él consi- 
dera ser su mejor interés; otra forma de actuación 
sería más adecuada para lograr los fines que él per- 



sigue. En este sentido, un historiador puede decir 
hoy, o un juicioso contemporáneo pudo haber di- 
cho en 1939: al invadir Polonia, Hitler y los nazis 
cometieron un error; la invasión perjudicó a lo que 
ellos consideraban eran los mejores intereses. Tal 
crítica es correcta en la medida en que sólo se re- 
fiere a los medios y no a los fines últimos de una 
acción. La elección de fines es un juicio de valor 
que depende solamente de la valoración del indivi- 
duo que juzga. Todo lo que otra persona puede de- 
cir acerca de esto es: yo habría actuado de otra ma- 
nera. Si un romano hubiera dicho a un cristiano 
condenado a ser torturado o devorado por las fieras 
salvajes en el circo: usted servirá mejor a sus intere- 
ses aceptando y adorando la estatua de nuestro di- 
vino emperador, el cristiano le habría contestado: 
mi interés fundamental es acatar los preceptos de 
mi fe. 

Pero el marxismo, como filosofía de la histo- 
ria que pretende conocer los fines que los hombres 
tienen necesariamente que perseguir, emplea el tér- 
mino "intereses" con un significado distinto. Los 
intereses a los cuales se refiere no son los elegidos 
por las personas a base de sus juicios de valor, sino 
las finalidad que persiguen las fuerzas materiales de 
producción. Estas fuerzas persiguen el estableci- 
miento del socialismo y se sirven de los proletarios 
como un medio para la realización de esa finali- 
dad. Las sobrehumanas fuerzas materiales de pro- 
ducción persiguen sus propios intereses, indepen- 
dientemente de la voluntad de los hombres. La cla- 
se proletaria es simplemente un instrumento de sus 
manos. Las acciones de la clase no son sus propias 
acciones, sino las que las fuerzas materiales de pro- 
ducción realizan al servirse de la clase como de un 
instrumento que carece de voluntad. Los intereses 
de clase a los cuales Marx se refiere son en realidad 
los intereses de las fuerzas materiales de produc- 
ción que desean librarse de "las cadenas que detie- 
nen su desarrollo". 

Este tipo de intereses, desde luego, no depen- 
den de las ideas de los hombres comunes y corrien- 
tes. Están determinados exclusivamente por las 
ideas del hombre Marx, quien generó tanto el fan- 
tasma de las fuerzas materiales de producción co- 
mo la imagen antropomórfica de sus intereses. 

En el mundo real de la vida y de la acción no 
hay intereses dependientes de las ideas que los an- 
teceden temporal y lógicamente. Lo que una per- 
sona considera como interés propio es el resultado 
de sus ideas. 

Si tiene algún sentido la afirmación de que los 
intereses de los proletarios serían mejor servidos 



192 



LUDWING VON MISES 



por el socialismo es éste: las finalidades que los 
proletarios individuales persiguen serán mejor rea- 
lizadas por el socialismo. Tal proposición requiere 
prueba. Y es vano tratar de evadir tal prueba recu- 
rriendo a un sistema de filosofía de la historia ar- 
bitrariamente concebido. 

Nada de esto se le ocurrió a Marx, pues estaba 
cautivado por la ideas de que los intereses humanos 
están completamente determinados por la naturale- 
za biológica del cuerpo humano. El hombre, según 
él está exclusivamente interesado en procurarse la 
mayor cantidad de bienes materiales. No hay un 
problema cualitativo, sino sólo cuantitativo, en la 
oferta de bienes y servicios. Los deseos no depen- 
den de las ideas, sino sólo de condiciones fisiológi- 
cas. Cegado por este supuesto, Marx ignoró el he- 
cho de que uno de los problemas de la producción 
es decidir qué clase de bienes han de ser produci- 
dos. 

Para los animales y los hombres primitivos al 
borde del hambre es cierto que sólo cuenta la can- 
tidad de las cosas comestibles que pueden obtener. 
Es innecesario señalar que las condiciones son muy 
distintas para los hombre, incluso para los que se 
encuentran en época primitivas de civilización. El 
hombre civilizado tiene que hacer frente al proble- 
ma de elegir entre satisfacciones de varias clases y 
entre diferentes formas de satisfacer la misma ne- 
cesidad. Sus intereses son diversos y están determi- 
nados por las ideas que deciden la elección. No sir- 
ven los intereses de un hombre que desea un abrigo 
nuevo dándole un par de zapatos o los intereses de 
un hombre que desea oi'r una sinfonía de Beetho- 
ven dándole una entrada para un combate de bo- 
xeo. Son las ideas las que son responsables de que 
los intereses de la gente sean diferentes. 

Debemos mencionar que esta errada concep- 
ción de los intereses y los deseos humanos impidió 
que Marx y otros socialistas comprendieran la dis- 
tinción entre la libertad y la esclavitud, entre las 
condiciones de un hombre que decide como gastar 
su dinero y las de un hombre a quien la autoridad 
paternalista proporciona aquellas cosas que, según 
esa autoridad, necesita. En la economía de merca- 
do los consumidores eligen y de esa manera deter- 
minan la calidad y la cantidad de los bienes que 
han de producirse. Bajo el socialismo la autoridad 
se encarga de estos asuntos. Según Marx y los marx- 
xistas no hay diferencia sustancial entre estos dos 
métodos de satisfacer las necesidades; y dicen que 
no tiene ninguna i,n(...rtancia quién es el que elige, 
el individuo por sí mismo o la autoridad para todos 
sus subditos. No se dan cuenta de que la autoridad 



no da a sus subditos lo que ellos desean obtener, si- 
no lo que, según la opinión de la autoridad, deben 
obtener. Y si una persona que desea obtener la Bi- 
blia recibe el Corán a cambio, ya no es libre. 

Pero aunque admitiéramos que no hay duda 
ni acerca de los bienes que las personas desean ni 
acerca de los métodos tecnológicos más adecuados 
para producirlos, quedaría todavía el conflicto en- 
tre los intereses a corto y a largo plazo. De nuevo 
la decisión depende de las ideas. Son los juicios de 
valor los que determinan la cantidad de tiempo 
asignada al valor de los bienes presentes comparada 
con el de bienes futuros. ¿Se debe consumir o acu- 
mular capital? ¿Hasta qué punto deben llegar el 
gasto de capital o su acumulación? 

En vez de tratar de todos estos problemas Marx 
se contentó con el dogma de que el socialismo se- 
rá un paraíso terrenal en el cual todos recibirán lo 
que necesitan. Desde luego, si partimos de aquí, 
se puede declarar que los intereses de todos, cuales- 
quiera que sean, serán mejor servidos bajo el socia- 
lismo. En la tierra de Jauja las personas no necesi- 
tan ninguna idea, no tienen que recurrir a ningún 
juicio de valor, no tienen que pensar y actuar. Bas- 
ta que abran la boca para que en ella entre la palo- 
ma asada. 

En el mundo real, cuyas condiciones son e! 
único objeto de la búsqueda cientffica de la verdad, 
las ideas determinan lo que las personas consideran 
ser sus mejores intereses. No existen intereses inde- 
pendientes de las ideas. Son las ideas las que deter- 
minan lo que las personas consideran ser sus intere- 
ses. Los hombres libres actúan de acuerdo con lo 
que creen que favorece a sus intereses. 

7. Los intereses de clase de la Burguesía. 

Uno de los puntos de partida del pensamiento 
de Karl Marx fue el dogma de que el capitalismo, 
aunque va en contra de los intereses de la clase tra- 
bajadora, es favorable a los intereses injustos de la 
burguesía, es altamente benéfico para la totalidad 
de la humanidad. Estas ideas fueron desarrolladas 
por los comunistas y socialistas franceses y divul- 
gadas entre el público alemán en 1842 por Lorenz 
von Stein en su voluminoso libro Socialismo y co- 
munismo en la Francia actual. Sin ningún escrúpu- 
lo, Marx adoptó esta doctrina y todo lo que estaba 
implícito en ella. Nunca se le ofurrió que su dogma 
fundamental podría necesitar demostración y que 
los conceptos que emplea necesitan una definición. 
Marx nunca definió los conceptos de clase social ni 
de intereses de clase y sus conflictos. El nunca ex- 



teoría e historia 



193 



plicó por qué el socialismo sirve a los intereses de 
clase de los proletarios y a los verdaderos intereses 
de toda la humanidad mejor que ningún otro siste- 
ma. Esta actitud ha sido característica de todos los 
socialistas hasta nuestro tiempo. Simplemente dan 
por sentado que la vida bajo el socialismo será una 
belleza. Quien se atreva a pedir razones es desen- 
mascarado por ello mismo como un apologista a 
sueldo de los intereses de clase de los egoístas ex- 
plotadores. 

La filosofía marxista de la historia enseña que 
lo que produce el advenimiento del socialismo es 
la operación de las leyes inmanentes a la produc- 
ción capitalista en sí, Con la inexorabilidad de una 
ley de la naturaleza, la producción capitalista en sí. 
Con la inexoralidad de una ley de la naturaleza, la 
producción capitalista crea su propia negación.^* 
Puesto que ninguna forma social jamás desaparece 
antes de que sean desarrolladas en su seno todas las 
fuerzas productivas," el capitalismo debe terminar 
su desarrollo antes de que llegue el tiempo para que 
surja el socialismo. La evolución libre del capitalis- 
mo, es decir sin ninguna interferencia política, es, 
por consiguiente, en la perspectiva marxista, suma- 
mente beneficiosa para los intereses de clase "bien 
entendidos" o a largo plazo de los proletarios. Con 
el progreso del capitalismo, su madurez y, conse- 
cuentemente, su colapso, dice el Manifiesto comu- 
nista, el trabajador "se hunde más y más convir- 
tiéndose en un mendigo". Pero visto sub specie ae- 
ternitatis, desde el punto de vista del destino de la 
humanidad y de los intereses a largo plazo de los 
trabajadores, esta "miseria, opresión, esclavitud, 
degradación y explotación" se considera de hecho 
como un paso adelante en el camino hacia la feli- 
cidad eterna. Parece, por lo tanto, no sólo inútil, 
sino evidentemente contrario a los intereses de la 
clase trabajadora, tratar de mejorar las condicio- 
nes de los asalariados mediante reformas dentro del 
marco del capitalismo. Sobre esta base Marx recha- 
zó los esfuerzos de los sindicatos por lograr sueldos 
más altos y para reducir las horas de trabajo. El 
más ortodoxo de los partidos marxistas, la sociat- 
democracia alemana, votó en el Congreso, en los 
años 80, contra todas las medidas de la famosa So- 
zialpoíitik de Bismark, incluso contra su más espec- 
tacular característica, la seguridad social. De análo- 
ga manera, en la opinión de los comunistas, el New 
Deal americano era simplemente un plan —conde- 
nado al fracaso— para rescatar el capitalismo mori- 
bundo, posponiendo .su colapso, y, de esa forma, 
posponiendo la aparición del milenio socialista. 

Si los patronos se oponen a lo que general- 
mente se llama legislación a favor de los trabajado- 



res, no son culpables por ello de luchar en contra 
de lo que Marx consideraba eran los verdaderos in- 
tereses de la clase proletaria. Por el contrario, al li- 
berar la evolución económica de las cadenas por 
medio de las cuales los ignorantes pequeño-burgue- 
ses, los burócratas y otros utópicos y humanitarios 
pseudosocialistas como los fabianos pretenden de- 
tenerla o aminorar su marcha, no hacen más que 
servir a la causa de los trabajadores y del socialis- 
mo. El egoísmo de los explotadores se transforma 
en bienestar para los explotados y para la totalidad 
de la humanidad. Si Marx hubiera podido seguir sus 
propias ideas hasta sus últimas consecuencias lógi- 
cas, ¿no habría estado tentado de decir con Man- 
deville:"vicios privados, beneficios públicos", o con 
Adam Smith que los ricos "son guiados por una 
mano invisible" de tal forma que, "án proponérse- 
lo, sin saberlo, favorecen los intereses de la socie- 
dad"'^^ 

Sin embargo, Marx siempre tenía prisa en con- 
cluir su razonamiento antes de que se manifestaran 
sus contradicciones. En esto sus seguidores copia- 
ron la actitud del maestro. Los burgueses, tanto ca- 
pitalistas como empresarios, dicen esos discípulos 
inconsecuentes de Marx, están interesados en la 
preservación del sistema de laissez faire. Se oponen 
a todos los intentos de aliviar la situación de la cla- 
se más numerosa, más útil y más explotada; se han 
propuesto detener el progreso; son reaccionarios 
empeñados en atrasar el reloj de la historia. Sea lo 
que fuere de estas apasionadas efusiones, repetidas 
diariamente por los periódicos, los políticos y los 
gobiernos, no se puede negar que son incompati- 
bles con las ideas esenciales del marxismo. Desde el 
punto de vista marxista consecuente, los campeo- 
nes de lo que se llama legislación a favor de los tra- 
bajadores son reaccionarios pequeño- burgueses, 
mientras que aquellos a quienes los marxistas lla- 
man provocadores de los trabajadores son heraldos 
de la felicidad futura. 

En su ignorancia de los problemas económi- 
cos, los marxistas no se dieron cuenta de que la 
burguesía de nuestro tiempo, quienes ya son capi- 
talistas y empresarios ricos, en su calidad de bur- 
gueses no están egoístamente interesados en la pre- 
servación del laissez faire. Bajo el sistema del laissez 
faire su posición se ve diariamente amenazada por 
las ambiciones de los recién llegados. Las leyes que 



26 MARX, Da> Kapital, ', 728. 
21 Viav móí arriba, cap. Vil, 2. 

28 Adam Smith, The Theory of Moral Sentimcnti, IV, cap. 
I (ídinburgh, 1813). 1,419. 



194 



LUDWING VON MISES 



obstaculizan a los principiantes con talento son 
perjudiciales 4 los intereses de los consumidores, 
pero protegen a quienes ya han afianzado su posi- 
ción en el comercio frente a la competencia de los 
intrusos. Al hacer más difícil para un comerciante 
obtener utilidades y al poner impuestos sobre la 
mayor parte de la utilidades adquiridas, esas leyes 
evitan la acumulación de capital por los recién lle- 
gados, y de esa forma eliminan el incentivo que im- 
pele a las empresas ya establecidas a servir mejor a 
los clientes. Las medidas que protegen a los menos 
eficientes contra la competencia de los más eficien- 
tes y las leyes que persiguen reducir o confiscar uti- 
lidades son, desde el punto de vista marxista, con- 
servadoras, más aún, reaccionarias. Tienden a evi- 
tar el mejoramiento tecnológico y el progreso eco- 
nómico y a preservar la ineficiencia y el atraso. Si 
el New Deal hubiera empezado en 1900 y no en 
1933, el consumidor norteamericano se habría vis- 
to privado de muchas cosas que hoy proporcionan 
las industrias que crecieron en las primeras décadas 
del siglo, partiendo de comienzos insignificantes 
hasta adquirir importancia nacional y una produc- 
ción en masa. El colmo de esta falta de compren- 
sión de los problemas industriales es la animosidad 
contra las grandes empresas y contra los esfuerzos 
de las pequeñas por hacerse grandes. La opinión 
pública, bajo el influjo del marxismo, considera "la 
grandeza" como uno de los peores vicios en los ne- 
gocios y aprueba todo plan que por medio de la ac- 
ción gubernamental tienda a detener o perjudicar a 
las grandes empresas. No se comprende que sólo el 
gran volumen de los negocios hace posible la oferta 
a las masas de todos aquellos productos que el 
hombre común norteamericano de nuestro tiempo 
desea tener. Los bienes de lujo para pocos pueden 
ser producidos en pequeñas industrias. Los produc- 
tos de lujo para la mayoría requieren grandes em- 
presas. Aquellos políticos, profesores y dirigentes 
de sindicatos que condenan a las grandes empresas 
están luchando por un nivel de vida más bajo. No 
trabajan ciertamente a favor de los proletarios. Y 
son ellos, precisamente desde el punto de vista de 
la doctrina marxista, los que, en última instancia, 
son enemigos del progreso y de la mejora de las 
condiciones de los trabajadores. 



8. Los críticos del Marxismo. 

El materialismo de Marx y Engeis difiere radi- 
calmente del materialismo clásico. El nuevo mate- 
rialismo nos presenta el pensamiento humano, las 
decisiones y las acciones como si estuvieran deter- 
minadas por las fuerzas materiales de producción, 
es decir, por los instrumentos y las máquinas. Marx 



y Engeis no se dieron cuenta de que las herramien- 
tas y las máquinas son en sí mismas producto de 
una operación de la mente humana. Aunque hubie- 
ran conseguido describir todos los fenómenos espi- 
rituales e intelectuales, que ellos llaman superes- 
tructurales, como productos de las fuerzas materia- 
les de producción, no habría hecho más que referir 
estos fenómenos a algo que en sí mismo es espiri- 
tual e intelectual. Su razonamiento se mueve en un 
círculo. Su supuesto materialismt) noesen realidad 
materialismo. No da más que una solución verbal a 
los problemas implicados. 

Ocasionalmente, incluso Marx y Engeis se die- 
ron cuenta de la fundamental incorrección de su 
doctrina. Cuando Engeis, junto a lá tumba de Marx, 
sintetizó lo que él consideraba era la quinta esencia 
de las aportaciones de su amigo, no mencionó para 
nada las fuerzas materiales de producción. Dijo En- 
geis: "Asi como Danvin desatbrió la ley de ¡a evo- 
lución de la naturaleza orgánica. Marx descubrió la 
ley de la evolución histórica de la humanidad, que 
consiste en el hecho, hasta ahora oculto bajo las 
ideologías, de que los hombres deben primero co- 
mer, beber, tener techo y ropa antes de que pue- 
dan dedicarse a la política, a la ciencia, al arte, a la 
religión, y que, en consecuencia, la producción de 
los alimentos requeridos inmediatamente y a la vez 
el estadio de la evolución económica alcanzada por 
un pueblo o una época constituyen el fundamento 
desde el cual las instituciones del gobierno, las 
ideas acerca de lo que es justo o injusto, el arte y 
aun las ideas religiosas de los hombres han sido des- 
arrolladas y por medio del cual deben ser explica- 
das, y no, como se había hecho hasta entonces, di 
revés".^^ Ciertamente, nadie estaba más cualifica- 
do que Engeis para dar una interpretación fiable o 
fidedigna del materialismo dialéctico. Pero si En- 
geis tenía razón en esta oración fúnebre, entonces 
todo el materialismo marxista desaparece, pues 
queda reducido a una verdad conocida de todo el 
mundo desde las épocas inmemoriales y nunca ne- 
gada por nadie. No dice más que el sobado aforis- 
mo: Primum vivere deinde philosophare. 

Como truco argumentativo la interpretación 
de Engeis resultó muy bien. Tan pronto como al- 
guien empieza a desenmascarar los absurdos y las 
contradicciones del materialismo dialéctico, los 
marxistas responden: ¿niega usted que los hom- 
bres deben antes que nada comer? ¿Niega usted 



29 Engeh, Korl Marx, Rede ín seinem Gr»b. Reproducido en 
Fram MEHRING. Kart Marx (2d. ed., Leipzig 1919, Leip- 
liger Buchdrucherie Akiiengeselischaft), P^g. 555. 



teoría e historia 



199 



que los hombres están interesados en mejorar las 
condiciones materiales de su existencia'^ Puesto que 
nadie desea poner en duda estas verdades evidentes, 
concluyen que todas las enseñanzas del materialis- 
mo marxista son incontrovertibles. Gran número 
de pseudofilósofos no se han dado cuenta de que 
éste es un argumento completamente falaz, un non 
sequitur 

El principal blanco de los rencorosos ataques de 
Marx era el Estado prusiano de la dinastía Hohenzo- 
llern. Odiaba este régimen, no porque se opusiera al 
socialismo, sino precisamente porque se inclinaba a 
aceptarlo. Mientras que su rival Lassalle tenia la 
idea de realizar el socialismo en cooperación con 
el gobierno prusiano dirigido por Bismarck, la Aso- 
ciación Internacional de Trabajadores de Marx tra- 
taba de derrocar la dinastía. Puesto que en Prusia 
la iglesia protestante estaba sujeta al gobierno y era 
administrada por oficiales del gobierno, Marx nun- 
ca se cansó de desacreditar también a la religión 
cristiana. El anticristianismo se convirtió en dog- 
ma del marxismo debido a que los primeros intelec- 
tuales que se hicieron marxistas fueron rusos e ita- 
lianos. En Rusia la Iglesia era aún más dependiente 
del gobierno que en Prusia. Según los italianos del 
siglo XIX, el prejuicio anticatólico era la caracterís- 
tica de todos los que se oponían a la restauración 
del gobierno secular del Papa y a la desintegración 
de la recientemente conquistada unidad nacional. 

Las iglesias y sectas cristianas no se opusieron 
al socialismo. Poco a poco aceptaron sus ideas po- 
líticas y sociales básicas. Hoy en día, con pocas ex- 
cepciones, rechazan abiertamente el capitalismo y 
abogan por el socialismo o una política intervencio- 
nista que debe llevar inevitablemente al estableci- 
miento del socialismo. Pero, desde luego, ninguna 
iglesia cristiana puede jamás aceptar o estar de 
acuerdo con una clase de socialismo que es hostil 
al cristianismo y que se propone acabar con el. 

Las iglesias se oponen implacablemente a los 
aspectos anticristianos del marxismo. Tratan de dis- 
tinguir entre su propio programa de reforma social 
y el programa marxista. Lo que les parece inacepta- 
ble del marxismo es su materialismo y ateísmo. 

Sin embargo, al combinar el materialismo 
marxista los apologistas de la religión se han equi- 
vocado completamente. Muchos de ellos conside- 
ran el materialismo como una doctrina ética que 
enseña que los hombres sólo deben tratar de satis- 
facer las necesidades de su cuerpo y de lograr una 
vida de placer y, además, que no deben preocuparse 
acerca de ninguna otra cosa. Lo que proponen con- 



tra este materialismo ético no hace ninguna refe- 
rencia a la doctrina marxista y no tiene nada que 
ver con el asunto en disputa. No son más pertinen- 
tes las objeciones que presenta contra el materialis- 
mo marxista quienes seleccionan acontecimientos 
históricos específicos, tales como la expansión de 
la fe cristiana, las cruzadas, las guerras religiosas, y 
afirman triunfantemente que no es posible ningu- 
na interpretación materialista de estos aconteci- 
mientos. Todo cambio en las condiciones afecta a 
la estructura de la oferta y la demanda de diversas 
cosas materiales, y, por lo tanto, también a los inte- 
reses inmediatos de algunos grupos de personas. De 
ahí que sea posible mostrar que hubo algunos gru- 
pos que se beneficiaron a corto plazo y otros que 
fueron perjudicados a largo plazo. Por consiguien- 
te, quienes abogan por el marxismo siempre están 
en condiciones de señalar que estuvieron presentes 
los intereses de clase, rechazando así las objeciones. 
Desde luego este método de demostrar la correc- 
ción de la interpretación materialista de la historia 
es completamente erróneo. La cuestión no consiste 
en saber si hubo intereses de grupo; éstos existen 
siempre, por lo menos a corto plazo. La cuestión 
es si la búsqueda del lucro por parte de los grupos 
implicados fue la causa del acontecimiento en dis- 
cusión. Por ejemplo, ¿fueron los intereses a corto 
plazo de la industria de armamentos los factores 
que produjeron la belicosidad y las guerras de nues- 
tra época? Al tratar estos problemas los marxistas 
nunca mencionan que donde hay intereses a favor 
hay necesariamente intereses en contra. Tendrían 
que explicar por qué los segundos no prevalecieron 
sobre los primeros. Pero los críticos "idealistas" 
del marxismo no fueron suficientemente perpisca- 
ces para mostrar las falacias del materialismo dia- 
léctico. Ni siquiera notaron que los marxistas recu- 
rrieron a su interpretación en términos de intereses 
de clase solamente al referirse a fenómenos que 
eran generalmente condenados como malos, pero 
nunca al ocuparse de situaciones que todo el mun- 
do aprueba. Si se atribuye la guerra a las maquina- 
ciones del capital dedicado a la producción de 
armamento y el alcoholismo a las maquinacio- 
nes de la industria o del comercio de los licores, 
sería consecuente asignar o atribuir la limpieza a 
los planes de los fabricantes de jabón y el flore- 
cimiento de las industrias que publican e impri- 
men libros. Pero ni los marxistas ni sus críticos 
jamás pensaron en esto. 

El hecho sobresaliente en todo esto es que la 
doctrina marxista del desarrollo histórico jamás ha 
recibido crítica juiciosa. Pudo triunfar porque sus 
adversarios jamás mostraron sus falacias ni sus con- 
tradicciones implícitas. 



196 



LUDWING VON MISES 



Prueba de lo mal que generalmente se ha en- 
tendido el materialismo marxista es la práctica co- 
mún de asociar el marxismo con el psicoanálisis de 
Freud. En realidad, no pueden concebirse mayor 
contraste que el que existe entre estas dos doctri- 
rias. El materialismo trata de reducir los fenóme- 
nos mentales a causas materiales. El psicoanálisis, 
por el contrario, estudia los fenómenos mentales 
como si pertenecieran a un campo autónomo. Mien- 
tras que la psiquiatría y neurología tradicionales 
trataban de explicar todas las situaciones patoló- 
gicas como causadas por perturbaciones especifi- 
cas de algunos órganos, el psicoanálisis consiguió 
demostrar que los estados anormales del cuerpo se 
originan a veces en factores mentales. Tal fue el 
descubrimiento de Charcot y de joseph Breuer, y 
el gran éxito de Sigmund Freud consistió en cons- 
truir sobre esta base una disciplina sistemática. El 
psicoanálisis es lo opuesto a todas las clases de ma- 
terialismo. Si consideramos el psicoanálisis no co- 
mo una rama del conocimiento puro, sino como un 
método para curar a los enfermos, tenemos que 
llamarle una rama timológica (geisteswissenschaftll- 
cher Zweig) de la medicina. 

Freud era un hombre modesto. No tenía gran- 
des pretensiones sobre la importancia de sus contri- 
buciones. Era muy cauteloso al tocar problemas de 
filosofía y de otras ramas del conocimiento a cuyo 
desarrollo no había contribuido. No se aventuró a 
atacar ninguna de las proposiciones metafísicas del 
materialismo. Llegó al extremo de admitir que la 
ciencia podría algún día conseguir dar una explica- 
ción puramente fisiológica de los fenómenos que 
estudia el psicoanálisis. Sólo mientras esto no su- 
cediera consideraba el psicoanálisis científicamen- 
te correcto y prácticamente indispensable. No era 
menos cauteloso al criticar el materialismo marxis- 
ta. Confesó abiertamente su incompetencia en este 
campo^". Pero esto no altera el hecho de que el 
método psicoanalítico es esencial y sustancialmen- 
le incompatible con la epistemología del materialis- 
mo. 



El psicoanálisis insiste-sobre la función que la 
libido, el impulso sexual, tiene en la vida humana. 
Esta función había sido poco estudiada por la psi- 
cología precedente y por las demás ramas del cono- 
cimiento. El psicoanálisis también explica las cau- 
sas de este descuido. Pero de ninguna manera afir- 
ma que el sexo sea el único deseo que busca satis- 
facción y que todos los fenómenos psíquicos se ori- 
ginen en él. Su interés por los impulsos sexuales 
surgió del hecho de que el psicoanálisis empezó co- 
mo un método terapéutico y la mayoría de las si- 



tuaciones patológicas que estudia eran causadas por 
la represión de deseos sexuales. 

La razón por la cual algunos autores asociaron 
el psicoanálisis con el marxismo fue que ambos eran 
considerados opuestos a las ideas teológicas. Sin 
embargo, con el paso del tiempo las escuelas teoló- 
gicas y grupos de diversas denominaciones han ido 
modificando su valoración de las enseñanzas de 
Freud. No sólo han abandonado su oposición radi- 
cal, como ya lo habían hecho antes en relación con 
los descrubrimientos astronómicos y geológicos y 
las teorías del cambio filogenético en la estructura 
de los organismos, sino que tratan de integrar el 
psicoanálisis en el sistema y en la práctica de la teo- 
logía pastoral. Consideran el estudio del psicoanáli- 
sis como una parte importante de la formación sa- 
cerdotal^'. 

En las actuales condiciones muchos defenso- 
res de la autoridad de la iglesia se hallan desorien- 
tados y no saben qué actitud adoptar ante los pro- 
blemas científicos y filosóficos. Condenan lo que 
podrían o aun deberían apoyar. Al combatir doctri- 
nas falsas recurren a objeciones insostenibles que, 
en la mente de quienes pueden discernir su falacia, 
refuerzan la tendencia a creer que las doctrinas ata- 
cadas son correctas. 

Incapaces de descubrir el error de estas falsas 
doctrinas, estos apologistas de la religión pueden 
terminar aprobándolas. Ellos explican el hecho cu- 
rioso de que hoy algunos autores cristianos tienden 
a adoptar el materialismo dialéctico marxista. Por 
ejemplo, un teólogo presbiteriano, el profesor Ale- 
xander Miller, cree que el cristianismo "puede ha- 
cer suya la verdad del materialismo histórico y de 
la lucha de clases". No sólo sugiere, como lo han 
hecho eminentes dirigentes de diferentes denomi- 
naciones cristianas antes que él, que la iglesia de- 
bería adoptar los principios esenciales de la políti- 
ca marxista, sino que también piensa que la iglesia 
debería "aceptar el marxismo como la esencia de 
una sociología científica '.^^ iQué difícil reconci- 
liar con el credo de Nicea una doctrina que enseña 



30 FRtUO, Neu« Folge der Vorlíungen íur Einführiní in 
die Phychoanílyst (Vienu, 1933). pJgy 246-53. 

31 Pocos teólogos, desde luego, estarían de acueido en sus- 
iribir la interpretación del eminente historiador católico 
de la medicina, prolesor Pedro Lain fntralqo, según el 
cual Freud "ha desarrollado plenamente algunas de las 
posibúldades que ofrece el cristianismo". P. L. tniralgo, 
Mind jnd Body. Irans. hy A. M. tspino/a. Ir. (Nueva 
York, P. I. Kennedy and Sons, 7956/ pig. 131. 

32 Ale\ander Miller, The Chrtstian Sisnificance of Karl 
Marx (New York, MacMillan. 194 7). págs. SO-1. 



teoría e historia 



197 



que las ideas religiosas son las superestructura de 
las fuerzas materiales de producción! 



9. El Materialismo Marxista y el Socialismo. 

Al igual que muchos intelectuales frustados y 
casi todos los nobles prusianos de su tiempo, buró- 
cratas, maestros y escritores, Marx sentía un odio 
fanático por los negocios y fos comerciantes. Se in- 
clinó hacia el socialismo porque consideró que era 
el peor castigo que se podría dar a los odiosos bur- 
gueses. Al mismo tiempo, comprendió que la úni- 
ca esperanza del socialismo consistía en evitar la 
discusión de sus ventajas e inconvenientes. La gen- 
te debe ser inducida a aceptarlo emocionalmente, 
sin hacer preguntas sobre sus efectos. 

Para lograr esto, Marx adoptó la filosofía de 
la historia de Hegel, doctrina oficial de las escue- 
las en que estudió. Hegel se había arrogado a sí 
mismo el poder de revelar al público los planes 
ocultos del Señor. No había ninguna razón para 
que el doctor Marx fuera menos y dejara de comu- 
nicar al pueblo las buenas noticias que una voz in- 
terna le había comunicado. El socialismo, anuncia- 
ba esta voz, tiene que llegar porque éste es el curso 
que el destino está señalando. No hay ninguna ne- 
cesidad de discutir sobre las bendiciones o las des- 
gracias que han de esperarse de un modo socialista 
o comunista de producción. Tales debates serían 
razonados solamente si los hombres tuvieran liber- 
tad de escoger entre el socialismo y alguna otra al- 
ternativa. Además, como estadio posterior en la 
evolución histórica, el socialismo es también nece- 
sariamente un estadio mejor y más alto y todas las 
dudas acerca de los beneficios que han de derivarse 
de él son fútiles-'^. 

El esquema de filosofía de la historia que des- 
cribe la historia humana como culminando y termi- 
nando en el socialismo es la esencia del marxismo, 
la principal aportación de Karl Marx a la ideología 
prosocialista. Al igual que todos los esquemas si- 
milares, incluido el de Hegel, fue concebido por la 
intuición. Marx le llamó ciencia, porque en su tiem- 
po ningún otro calificativo podía dar a una doctri- 
na mayor prestigio. En épocas premarxistas no se 
acostumbraba llamar científicas a las filosofías de 
la historia, Nadie aplicó jamás el término de ciencia 
a las profesías de Daniel, a la revelación de San Juan 
o a los escritos de Joaquín de Fiore. 

Por las mismas razones, Marx calificó su doc- 
trina de materialista. El materialismo era la filoso- 
fía aceptada en el ambiente del hegelianismo de 



izquierda en que Marx vivió antes de trasladarse a 
Londres. Se daba por sentado que la ciencia y la fi- 
losofía no admiten ningún otro tratamiento del 
problema de la mente y del cuerpo distinto del que 
enseña el materialismo. Los autores que no querían 
ser anatematizados por su grupo tenían que evitar 
que se sospechara de ellos que hacían alguna conce- 
sión al "idealismo". Así, Marx se apresuró a califi- 
car a su filosofía de materialista. En realidad, co- 
mo dijimos anteriormente, su doctrina no trata el 
problema de la mente y el cuerpo. No se preguhta 
cómo las fuerzas materiales de producción llegan a 
existir y cómo y por qué cambian. La doctrina de 
Marx no es interpretación materialista sino una 
interpretación tecnológica de la historia. Pero, des- 
de un punto de vista político, Marx insistió en lla- 
mar a su doctrina científica y materialista. Estos 
predicados le daban una reputación que nunca hu- 
biera adquirido sin ellos. 

Debe notarse, de paso, que Marx y Engeis no 
hicieron ningún esfuerzo por establecer la validez 
de su interpretación tecnológica de la historia. Al 
principio de su carrera como autores presentaron 
sus dogmas en formulaciones claras y combativas, 
tales como la afirmación citada anteriormente acer- 
ca del molino de mano y el molino de vapor^*. Pos- 
teriomente se volvieron más reservados y cautelo- 
sos; después de la muerte de Marx, Engeis hizo oca- 
sionalmente algunas importantes concesiones al 
punto de vista "burgués" a "idealista". Pero nunca 
Marx o Engeis, ni ninguno de sus numerosos segui- 
dores, trataron de dar datos concretos acerca de la 
actuación de un mecanismo que de un estadio espe- 
cífico de las fuerzas materiales de producción con- 
dujeran a una determinada superestructura jurídi- 
ca, política y espiritual. Su famosa filosofía nun- 
ca fue más allá de la prcscntanción abrupta de una 
intuición mordaz. 

Los trucos dialécticos del marxismo tuvieron 
muchos éxitos y alistaron a muchos pseudointelec- 
tuales en las filas del socialismo revolucionario, pe- 
ro esos trucos no desacreditaron lo que los econo- 
mistas habían afirmado acerca de las desastrosas 
consecuencias de un modo socialista de produc- 
ción. Marx había prohibido el análisis del funciona- 
miento de un sistema socialista como utópico, esto 
es, en su terminología, como no científico, y, al 
igual que sus sucesores, difamó a todos los que se 
atrevieron á desobedecer esa prohibición. Sin em- 
bargo, estas tácticas no alteraron el hecho de que 



33 Vtiisr cap. VIII, ■». 

34 Véase cap. A. ). 



19S 



LUDWING VON MISES 



todo lo que Marx aportó a la discusión del socialis- 
mo fue comunicar lo que una voz interna le habi'a 
dicho, es decir, que el fin y la meta de la evolución 
histórica de la humanidad es la expropiación de los 
capitalistas. 

Debe subrayarse que, desde el punto de vista 
epistemológico, el materialismo marxista no logra 
lo que una filosofía materialista pretende lograr. 
No explica cómo determinadas ideas y juicios de 
valor se originan en la mente humana. 

Mostrar que una doctrina es insostenible no 
equivale a confirmar una doctrina incompatible 
con ella. Es necesario afirmar este hecho evidente 



porque muchos lo han olvidado. La refutación del 
materialismo dialéctico implica, desde luego, la in- 
validez de la justificación marxista del socialismo. 
Pero no demuestra la verdad de la afirmación de 
que el socialismo no es realizable, que destruirá la 
civilización y acarrearía la miseria para todos y que 
su advenimiento no es inevitable. Estas proposicio- 
nes sólo pueden demostrarse por medio del análisis 
económico. Marx y los simpatizantes de sus doctri- 
nas comprendieron que el análisis económico del 
socialismo demuestra la falacia de los argumentos 
prosocialistas. Los marxistas se aferran al materia- 
lismo histórico y se niegan tercamente a escuchar 
a sus críticos, pues desean el socialismo por razo- 
nes emotivas. 



ESTRUCTURACIÓN 
DEL MUNDO HISTÓRICO 



WILHELM DÍLTHEY 
(1833- 1911) 



199 



1 



ESTRUCTURACIÓN DEL MUNDO HISTÓRICO* 



La parte principal del trabajo que sigue 
la constituyen diferentes ensayos en torno al 
tema de la demarcación de las ciencias del es- 
píritu, la conexión estructural del saber, la 
vivencia y la comprensión, leídos en la Acade- 
mia de Ciencias durante varios años, hasta el 
20 de enero de 1910. Entre ellos el que versa 
sobre esta conexión estructural del saber se 
basa en el estudio sobre la conexión estructu- 
ral psíquica leído el 2 de marzo de 1905 ( e 
impreso en el 16 de ese mismo mes como me- 
moria de la Academia); no se ha hecho más 
que resumir y completar un poco en esta oca- 
sión. Entre los ensayos no impresos que se re- 
cogen en este trabajo se ha reproducido, tal 
cual, el que se refiere a la delimitación de las 
ciencias del espíritu y han sido ampliados los 
que se refieren a la vivencia y a la compren- 
sión. Por lo demás, lo aquí expuesto se enlaza 
con mis lecciones de lógica y de sistema de la 
filosofía. 

capitulo i 

demarcación de las ciencias del 
espíritu 

Se trata de separar provisionalmente las cien- 
cias del espíritu de las ciencias de la naturaleza me- 
diante caracten'sticas ciertas. En las últimas déca- 
das han tenido lugar interesantes debates acerca de 
las ciencias de la naturaleza y de las ciencias del es- 
pi'ritu y, sobre todo, en torno a la historia. Sin pro- 
pósito de tomar parte en este debate, expongo aquí' 
un ensayo un poco discrepante acerca de la natu- 
raleza de las ciencias del espíritu y del modo de 
distinguirlas de las ciencias naturales. Se llegará a 
captar integramente la diferencia a medida que se 
avance en la investigación. 

I. Parto del hecho amplísimo que constituye 
el fundamento sólido de todo razonamiento acer- 



ca de la ciencias del espíritu, junto a las ciencias de 
la naturaleza se ha desarrollado, espontáneamente, 
por imposición de la misma vida, un grupo de co- 
nocimientos unidos entre sí por la comunidad de 
su objeto. Tales ciencias son la historia, la econo- 
mía política, la ciencia del derecho y del estado, la 
ciencia de la religión, el estudio de la literatura y de 
la poesía, de la arquitectura y de la música, de los 
sistemas y concepciones filosóficas del mundo, fi- 
nalmente, la psicología. Todas estas ciencias se re- 
fieren a una misma realidad: el género humano. 
Describen y relatan, enjuician y forman conceptos 
y teorías en relación con esta realidad. 

Lo que suele separarse como físico y psíquico 
se presenta indiviso en esa realidad. Contiene la co- 
nexión viva de ambos. Somos también naturaleza 
y la naturaleza opera en nosotros, inconsciente- 
mente, en impulsos obscuros; estados de conciencia 
se expresan constantemente en gestos, ademanes y 
palabras y tienen su objetividad en instituciones, 
estados, iglesias, institutos científicos: precisamen- 
te de estas conexiones se mueve la historia. 

Esto no excluye, como es natural, que las cien- 
cias del espíritu se sirvan también de la diferencia 
entre lo físico y lo psíquico allí donde sus fines lo 
reclamen. Sólo que no deberán perder de vista que 
en ese caso trabajan con abstracciones y no con se- 
res reales, y que esas abstracciones sólo tienen vali- 
dez dentro de los límites del punto de vista para el 
el que han sido trazadas. Voy a marcar el punto de 
vista desde el cual la exposición que sigue distingui- 
rá entre lo psíquico y lo físico y fijará el sentido 
que se ha de prestar a estas expresiones. Lo inme- 
diatamente dado son las vivencias. Pero éstas como 



El titulo compitió es "Estructuración dd mundo histé- 
rico por las ciencias del espíritu", yo dado por nosotros ú 
esta sección del libro. (T. ) 



201 



202 



WILHELM DILTHEY 



he tratado de demostrar en otra ocasión,* se en- 
cuentran trabadas en una conexión que se mantie- 
ne a lo largo de todo el curso de la vida, en medio 
de todos sus cambios; sobre su base nace lo que en 
otra ocasión he descrito como "conexión adquirida 
de la vida anímica": abarca nuestras representacio- 
nes, nuestras fijaciones de valor y de fines y consis- 
te en una unión de estos miembros.' Y en cada 
uno de estos aspectos la conexión adquirida se 
ofrece en enlaces propios, en relaciones de repre- 
sentaciones, en estimaciones de valor, en ordena- 
miento de fines. Poseemos esta conexión, actúa 
constantemente en nosotros, las representaciones y 
estados que se encuentran en la conciencia se orien- 
tan con ella, nuestras impresiones son apercibidas 
a través de ella, que regula también nuestros afec- 
tos; asi', pues, se halla presente y actúa siempre sin 
que tengamos conciencia de ella. No creo que pue- 
da objetarse nada al hecho de que destaquemos en 
el hombre, mediante la abstracción, esta conexión 
de vivencias dentro del curso de una vida, y que se 
la convierta, como "lo psíquico", en sujeto lógico 
de juicios y de explicaciones teóricas. Se justifica la 
formación de este concepto porque con él, desta- 
cado como sujeto lógico, se hacen posibles juicios y 
teorías que son necesarios en las ciencias del espíri- 
tu. Igualmente legítimo es el concepto de "lo físi- 
co". En la vivencia se presentan impresiones, imá- 
genes. Los objetos físicos son aquello que, para los 
fines prácticos, se coloca debajo de esas impresio- 
nes, y mediante su "posición" permiten "cons- 
truir" estas impresiones. Ambos conceptos pueden 
ser utilizados siempre que tengamos conciencia de 
que han sido abstraídos del hecho "hombre"; no 
designan realidades íntegras, sino que constituyen 
abstracciones legítimamente formadas. 

Los sujetos de los juicios anunciados en las 
ciencias indicadas son de diversa amplitud: indivi- 
duos, familias, asociaciones más complicadas, na- 
ciones, épocas, movimientos históricos o series evo- 
lutivas, organizaciones sociales, sistemas culturales 
y otras secciones parciales del todo de la humani- 
dad, finalmente, la humanidad misma. Acerca de 
todo esto se puede relatar, pueden ser objeto de 
descripción, pueden desarrollarse teorías pertinen- 
tes. Pero todo ello se refiere a la misma realidad: 
humanidad o realidad histórico-social-humana. Y 
así surge, en primer lugar, la posibilidad de delimi- 
tar este grupo de ciencias por su relación común 
con el mismo hecho, lo humano, y de separarlas de 
las ciencias de la naturaleza. Además, de esta refe- 
rencia común se origina una relación de función re- 
cíproca de los juicios enunciados acerca de los suje- 
tos lógicos contenidos en la realidad humana. Las 
dos grandes clases de las ciencias indicadas, el estu-. 



dio de la historia hasta llegar a la descripción de 
la situación actual y las ciencias sistemáticas del es- 
píritu, se hallan recíprocamente referidas en cada 
uno de sus puntos y constituyen así una conexión 
firme. 

2. Pero si esta determinación conceptual de las 
ciencias del espíritu contiene expresiones justas so- 
bre la misma, no por eso agota su naturaleza. Es 
menester buscar el tipo de relación que se da en las 
ciencias del espíritu con respecto a la realidad "hu- 
manidad". Sólo así podremos establecer con preci- 
sión su objeto. Pues resulta claro que no es posible 
diferenciar con corrección lógica las dos clases de 
"ciencias del espíritu" y "ciencias de la naturaleza" 
mediante la circunscripción de dos campos de he- 
chos diversos que les corresponderían. Porque tam- 
bién la fisiología trata de un aspecto del hombre y 
es, sin embargo, una ciencia natural. No podemos 
encontrar, por lo tanto, en los hechos mismos la ra- 
zón que autorice la división entre ambos grupos. 
Las ciencias del espíritu deben comportarse con el 
aspecto físico del hombre de manera diferente que 
con el aspecto psíquico, y esto ocurre de hecho. 

En las ciencias que nos interesan actúa una 
tendencia que se funda en la cosa misma. El estu- 
dio del lenguaje incluye tanto la fisiología de los 
órganos de la palabra como la teoría del significado 
de las palabras y del sentido de las frases. El hecho 
de una guerra moderna comprende lo mismo los 
efectos químicos de la pólvora que las cualidades 
morales del soldado que se debate en su atmósfera. 
Pero es connatural al grupo de ciencias que nos 
ocupa una tendencia, que se va desarrollando cada 
vez más a medida que avanzan, y mediante la cual 
el aspecto físico de los fenómenos queda reducido 
al mero papel de condiciones, de medios de enten- 
dimiento. Esta tendencia está orientada hacia la au- 
tognosis, representa la marcha de la "comprensión" 
desde fuera hacia dentro. Esta tendencia utiliza to- 
da manifestación de vida para captar "lo interior" 
que la produce. Leemos en la historia realizaciones 
económicas, colonizaciones, guerras, fundaciones 
de estados. Llenan nuestra alma con grandes imáge- 
nes y nos ilustran acerca del mundo histórico que 
nos rodea, pero en estas noticias nos mueve sobre 



* Véase el /Vo. 4 de "La conexón eslructural psíquica", 
P. 14 (T.) 

/ Acerca de la conexón adquirida de la vida psíquica, Dich- 
terische Einbildungskraft und Wahnsinn Discurso 1886, 
pp. 13 ss. La imaginación del poeta en Philosophischc 
AufsatM; dedicados a Zeller, 1887, pp. 55 ss. Idetn über 
cine beschreibende und tergliedernde Psychologie (Obras 
completas, VI). 



ESTRUCTURACIÓN DEL MUNDO HISTÓRICO 



203 



todo algo que es inaccesible a los sentidos, algo que 
únicamente es "vivlble", algo de donde proceden 
los hechos exteriores, que les es inmanente y sobre 
lo que repercuten, y esta tendencia no se apoya en 
un modo de consideración de la vida desde fuera, 
sino que se funda en la vida misma. Porque en estas 
cosas que "se pueden vivir" se halla comprendido 
todo valor de la vida, en torno a ellas gira todo el 
alboroto exterior de la historia. Aquí' se nos presen- 
tan fines de los que nada sabe la naturaleza. La vo- 
luntad opera un desarrollo, una configuración. Y 
sólo en este mundo espiritual creador, responsable, 
que se mueve soberanamente en nosotros, y sólo en 
él, encuentra la vida su valor, su fin y su significa- 
do. 

Podría deciise que en todos los trabajos cien- 
tíficos se hacen valer dos grandes tendencias. 

El hombre se encuentra condicionado por la 
naturaleza. Esta abarca también los raros hechos 
psíquicos que aparecen de vez en cuando. Así 
considerados, ofrecen el aspecto de interpolacio- 
nes en el gran texto del mundo físico. Al mismo 
tiempo la representación del mundo que descan- 
sa en la extensión espacial representa la sede ori- 
ginal del todo conocimiento de uniformidades y, 
desde un principio, nos vemos obligados a contar 
con ella. Nos adueñamos de este mundo físico 
mediante el estudio de sus leyes. Estas leyes pue- 
den ser encontradas a medida que el carácter "vi- 
vencial" de nuestras impresiones de la naturaleza 
la conexión en que nosotros, que también somos 
naturaleza, nos hallamos con ella, el sentimiento 
vivo con que la gozamos, se va desplazando para 
que prevalezca la captación abstracta de la misma 
según relaciones de espacio, tiempo, masa y mo- 
vimiento. Todos estos factores actúan en el senti- 
do de que el hombre se elimine a sí mismo para, 
con estas impresiones, poder "construir" este 
gran objeto "naturaleza" como un orden según 
leyes. Se le convierte entonces al hombre en cen- 
tro de la realidad. 

Pero el mismo hombre retorna de ella a la 
vida, a sí mismo. Este retorno del hombre a la vi- 
vencia, a través de la cual la naturaleza se le pre- 
senta primeramente, ahí, en la vida, que es don- 
de únicamente aparece el sentido, el valor y el fin 
constituye la otra gran tendencia que condiciona 
el trabajo científico. Surge así un segundo frente. 
Todo aquello con que tropieza el hombre, lo que 
él crea y lo que obra, los sistemas de fines en los 
que va consumando su vida, las organizaciones 
exteriores de la sociedad en las que se agrupan 
los individuos, todo esto recibe su unidad desde 



este centro. De lo que se da sensiblemente en la 
historia humana, la comprensión retorna a aque- 
llo que no cae nunca bajo los sentidos y que, sin 
embargo, opera se expresa exteriormente. 

Y así como la primera tendencia se endereza 
a captar hasta lo psíquico mismo en el lenguaje 
propio del pensar científico-natural, sometiéndo- 
lo a sus conceptos y a sus métodos, y enajenándo- 
lo así de sí mismo, la segunda tendencia se mani- 
fiesta por ese retroceso del curso sensible exterior 
del acontecer humano a algo que no cae bajo los 
sentidos, para captar, para "comprender" aquello 
que se manifiesta en el curso exterior. La histo- 
ria nos muestra cómo las ciencias que hacen re- 
ferencia al hombre se hallan comprendidas en un 
proceso de aproximación constante a la meta le- 
jana de una reflexión del hombre sobre sí mismo, 
de un percatarse de sí, de una autognosis. 

Y también esta tendencia rabasa el mundo 
humano y llega a la naturaleza misma y pretende 
"comprenderla", cuando sólo puede ser "cons- 
truida" y no "comprendida", mediante concep- 
tos que se fundan en la conexión psíquica, como 
ha ocurrido con Fichte, Schelling, Hegel, Scho- 
penhauer, Lotze y sus sucesores, tratando de son- 
sacarle su "sentido", que nunca nos podrá revelar. 

En este punto descubrimos el sentido de la 
pareja conceptual "externo " e "interno" y la le- 
gitimidad de su aplicación. Designan la relación 
que existe, en la "comprensión", entre la manifes- 
tación sensible exterior de la vida y lo que la pro- 
dujo, lo que se manifestó en ella. Sólo allí donde 
existe comprensión se da esta relación de lo exter- 
no con lo interno, como sólo allí donde hay cono- 
cimiento natural se da la relación de los fenómenos 
con aquello mediante lo cual son "construidos". 

3. Llegamos ahora al punto en que podemos 
lograr una determinación más precisa de la natu- 
raleza y conexión del grupo de ciencias que nos 
interesa. 

Distinguimos en un principio lo humano de 
la naturaleza orgánica más próxima a él, y más le- 
jos, de lo inorgánico. Representa una separación 
de partes en la totalidad de la tierra. Estas partes 
constituyen etapas, y lo humano, como aquella 
etapa en que se presentan el concepto, los valo- 
res, la realización de fines, la responsabilidad, la 
conciencia del sentido de la vida, había que se- 
pararlo de la etapa de la existencia animal. Fija- 
mos la propiedad más general común a nuestro 
grupo de ciencias por la referencia que hacen al 



204 



WILHELM DILTHEY 



hombre, a lo humano. En esta referencia se basa 
la conexión de estas ciencias. Luego examinamos 
la naturaleza peculiar de la relación que se da en- 
tre la realidad "hombre", "humanidad" y estas 
ciencias. Esta realidad no puede caracterizarse 
sencillamente como el objeto común de estas 
ciencias, sino que tal objeto surge en virtud de 
una actitud especial con respecto a lo humano, 
pero que no viene desde fuera, sino que se basa 
en su propia esencia. Ya se trate de estados, igle- 
sias, instituciones, costumbres, libros, obras de ar- 
te, etc., tales realidades contienen siempre, lo mis- 
mo que el hombre, la referencia de un aspecto sen- 
sible exterior a otro que se sustrae a los sentidos 
y que es, por lo tanto, interno. 

Ahora nos toca perfilar esto que designamos 
como interno. Es un error corriente comenzar 
nuestro conocimiento desde este aspecto interno 
del curso de la vida psíquica, por la psicología. 
Trataré de esclarecer este error mediante las si- 
guientes consideraciones. 

Todo el aparato de códigos, jueces, aboga- 
dos, litigantes, tal como se presenta en una época 
determinada y en un determinado lugar, consti- 
tuye, en primer lugar, la expresión de un sistema 
de fines de disposiciones jurídicas en cuya virtud 
opera ese aparato. Ese "nexo final" se encamina 
a la vinculación externa de las voluntades en una 
medida unívoca que objetiva las condiciones co- 
activamente realizables para la perfección de las 
relaciones de la vida y delimita las esferas de po- 
der de los ¡ndivi4uos en sus relaciones recíprocas, 
con las cosas y con la voluntad general. Por eso 
las formas del derecho deben ser imperativas y 
tras ellas se esconde el poder de una comunidad 
para imponerlas. La comprensión histórica del 
derecho que se dé en una comunidad semejante, 
en una época determinada, consistirá en el regre- 
so de ese aparato externo a la- sistemática espiri- 
tual de los imperativos jurídicos producida por 
esa voluntad colectiva, coercible por ella, y que 
encuentra su existencia exterior en ese aparato. 
En ese sentido trata Ihering del "espíritu del dere- 
cho romano". La comprensión de este espíritu 
con una estructura y legalidad peculiares. En esto 
descansa tanto la interpretación de un pasaje del 
Corpus juris como el conocimiento del derecho 
romano y la comparación entre los diferentes de- 
rechos en la ciencia jurídica. Así tenemos que su 
objeto no coincide con los hechos exteriores por 
lo que y en los que se refleja el derecho. Sólo en 
la medida que estos hechos realizan el derecho 
constituyen objeto de la ciencia jurídica. La apre- 
hensión del criminal, las enfermedades de los tes- 



tigos o el aparato de la ejecución capital pertene- 
cen, como tales, a la patología o a la ciencia téc- 
nica. 

Lo mismo ocurre con la estética. Ante mí 
tengo la obra de un poeta. Se compone de letras, 
ha sido compuesta por los cajistas e impresa por 
las máquinas. Pero la historia literaria y la poética 
sólo tiene que ver con la relación de esta conexión 
significativa de palabras con aquello que expresa. 
Y esto es lo decisivo, que no se trata de los pro- 
cesos internos en el poeta, sino de una conexión 
creada dentro de él pero que se le puede despren- 
der. La conexión de un drama consiste en una re- 
lación peculiar del asunto, la inspiración poética, 
el motivo, la fábula y los medios de representa- 
ción. Cada uno de estos factores realiza una con- 
tribución a la estructura de la obra. Y estas contri- 
buciones se hallan entrelazadas por una ley inter- 
na de la poesía. Así, el objeto pertinente a la histo- 
ria literaria o a la poética es muy diferente de los 
procesos psíquicos en el poeta o en su lector. Se 
realiza aquí una conexión espiritual que se presen- 
ta en el mundo del "sentido" y que nosotros com- 
prendemos retornando a él. 

Estos ejemplos ilustran en qué consiste el ob- 
jeto de las ciencias que nos ocupan, qué es lo que 
constituye su esencia y cómo se diferencian de las 
ciencias de la naturaleza. Tampoco éstas tienen su 
objeto en las impresiones, tales como se presentan 
en las vivencias, sino en los objetos que crea el co- 
nocimiento para hacer que estas impresiones sean 
"construibles". En un caso como en otro el objeto 
se crea sobre la ley de los hechos mismos. En esto 
coinciden ambos grupos de ciencias, pero la dife- 
rencia radica en la tendencia dentro de la cual se 
constituye su objeto. Radica en el método que 
constituye a cada grupo. En un caso se produce un 
"objeto espiritual" en el "comprender", en el otro 
un "objeto físico" en el "conocer". 

Y ahora sí que podemos pronunciar la expre- 
sión "ciencias del espíritu". Ya su sentido nos es 
claro. Cuando a partir de^ siglo XVIII surgió la ne- 
cesidad de encontrar un nombre común para este 
grupo de ciencias, fueron designadas como íí/t'nces 
morales o como "ciencias del espíritu" o, finalmen- 
te, como "ciencias naturales". Ya esta misma varie- 
dad de nombres nos indica que ninguno de ellos es 
completamente adecuado para lo que se quiere ex- 
presar. En este lugar no haré sino señalar el sentido 
en el que yo empleo la expresión "ciencias del es- 
píritu". Es el mismo con el que Montesquieu habla 
del "espíritu de las leyes", Hegel de "espíritu obje- 
tivo" y Ihering de "espíritu del derecho romano". 



ESTRUCTURACIÓN DEL MUNDO HISTÓRICO 



205 



En otro lugar me explicaré sobre las ventajas de es- 
ta expresión con respecto a las que se han emplea- 
do-hasta ahora. 

4. Y ahora podemos cumplir con la última 
exigencia que nos impone la determinación esencial 
de las ciencias del espíritu. Ahora es cuando pode- 
mos separarlas de las ciencias naturales mediante 
características perfectamente claras. Son éstas las 
supuestas por la actitud señalada del espíritu me- 
diante la cual se constituye el objeto de las ciencias 
del espíritu a diferencia del conocimiento científi- 
co-natural. Lo humano, captado por la percepción 
y el conocimiento, sería para nosotros un hecho fí- 
sico y en este aspecto únicamente accesible al co- 
nocimiento científico-natural. Pero surge como ob- 
jeto de las ciencias del espíritu en la medida en que 
"se viven" estados humanos, en la medida en que 
se expresan en "manifestaciones de vida" y en la 
medida en que estas expresiones son "comprendi- 
das". Y, ciertamente, esta conexión de vida, expre- 
sión y comprensión no abarca sólo los ademanes, 
los gestos y las palabras, con los cuales se comuni- 
can los hombres, o las creaciones espirituales per- 
durables, en las que se abren a la comprensión las 
honduras del creador, o las objetivaciones constan- 
tes del espíritu en formaciones sociales, mediante 
las cuales se transparenta lo común del ser humano 
y se nos ofrece con intuitiva certeza, sino que tam- 
bién la misma unidad vital psicofísica se conoce a 
sí misma para esta relación doble entre vivencias y 
comprensión, se percata de sí misma en el presente, 
se encuentra a sí misma en el recuerdo como algo 
pasado; pero en la medida en que trata de retener 
y captar sus estados, en la medida en que encamina 
la atención hacia sí misma, se echan de ver también 
los estrechos límites de semejante método intros- 
pectivo de conocimiento de sí mismo: únicamente 
sus acciones, sus manifestaciones de vida fijadas, 
los efectos de ellas sobre los demás, instruyen al 
hombre acerca de si mismo; asi aprende a conocer- 
se a sí mismo por el rodeo de la comprensión. Nos 
enteramos de los que fuimos una vez, de cómo nos 
desarrollamos y nos convertimos en lo que somos 
por el modo como actuamos, y nos enteramos de 
los planes de vida que tuvimos, de nuestra acción en 
un oficio, por medio de viejas cartas olvidadas o de 
juicios sobre nosotros que se pronunciaron hace 
mucho tiempo. En una palabra, se trata del hecho 
del comprender mediante el cual la vida se esclare- 
ce a sí misma en su hondura y, por otra parte, nos 
comprendemos a nosotros mismos y comprende- 
mos a otros a medida que vamos colocando nuestra 
propia vida "vivida" por nosotros en toda clase de 
expresión de vida propia y ajena. Así, pues, tene- 
mos que la conexión de vivencia, expresión y com- 



prensión constituye el método propio por el que se 
nos da lo humano como objeto de las ciencias del 
espíritu. Las ciencias del espíritu se fundan, por lo 
tanto, en esta conexión de vida, expresión y com- 
prensión. Aquí es donde logramos una clara señal 
mediante la cual llevar a cabo la demarcación de 
las ciencias del espíritu. Una ciencia corresponde al 
grupo de las ciencias del espíritu cuando su objeto 
nos es accesible mediante la actitud fundada en la 
conexión de vida, expresión y comprensión. 

De esta naturaleza común de las ciencias en 
cuestión se derivan todas la propiedades que han si- 
do destacadas en las explicaciones acerca de las 
ciencias del espíritu, de las ciencias culturales o de 
la Historia, cuando se ha tratado de explicar su na- 
turaleza. Así, la relación especial que guarda en es- 
te campo lo singular, la individual, de una sola vez, 
con las uniformidades generales. Lo mismo la unión 
que existe en este campo entre enunciados sobre la 
realidad, juicios de valor y conceptos de fin. Ade- 
más: "la captación de lo singular, de lo individual, 
constituye en ellas una meta última no menos que 
el desarrollo de uniformidades abstractas". ^ Pero 
todavía hay más consecuencias: hay que distinguir 
todos los conceptos directivos con los que opera 
este grupo de ciencias de los que utilizan en el te- 
rreno de la ciencia natural. 

Así, pues, tenemos que la tendencia mediante 
la cual retornamos de lo humano, del espíritu obje- 
tivo realizado por él, a lo creador, valioso, actuan- 
te, manifestante, objetivante, junto con todas las 
consecuencias que de ello se derivan, es lo que nos 
autoriza, más que nada, a designar como ciencias 
del espíritu aquellas en que esta tendencia actúa. 

CAPITULO II 

ESTRUCTURACIÓN DISTINTA DE LAS 

CIENCIAS DE LA NATURALEZA Y DE LAS 

CIENCIAS DEL ESPÍRITU 

ORIENTACIÓN HISTÓRICA 

1. En las ciencias del espíritu se lleva a cabo la 
estructuración del mundo histórico. Con esta ex- 
presión figurada designo la conexión ideal según la 
cual, sobre la base de la vivencia y de la compren- 
sión, y en una serie gradual de realizaciones, en- 
cuentra su existencia el saber objetivo acerca del 
mundo histórico. 



2 vid. Inlroducdón a las clenclat dd tvlrilu, libro primt. 
ro, VI. Ed. Fondo di Cultura Beonómict. (T.) 



206 



WILHELM DILTHEY 



¿Cuál es, ahora, la conexión en que se halla 
una teoría de este tipo con las ciencias que le son 
más próximas? En primer lugar, esta estructuración 
ideal del mundo espiritual y el saber histórico acer- 
ca del decurso histórico en el que ha ido surgiendo 
poco a poco el mundo espiritual se condicionan re- 
ci'procamente. Se hallan separados, pero encuen- 
tran en el mundo espiritual su objeto común y en 
esto se funda su relación interna. El decurso en el 
cual se desenvolvió el saber acerca de este mundo, 
nos proporciona un hilo conductor para la com- 
prensión de la estructura ideal del mismo y esta 
estructura permite una comprensión más profun- 
da de la historia de las ciencias del espíritu. 

El fundamento de una teoría semejante lo 
constituye la visión de la estructura del saber, de 
las formas del pensamiento y de los métodos cien- 
tíficos. Por eso entresacaremos de la teoría lógica 
sólo lo necesario a nuestro propósito. Esta teoría 
envolvería a nuestra investigación en sus mismos 
comienzos en unos debates interminables. 

Finalmente, tenemos también una relación 
entre esta teoría de la estructuración de las ciencias 
del espíritu con la crítica de la facultad cognosciti- 
va. Al tratar de esclarecer esta relación es cuando 
se revela el significado pleno de nuestro objeto. La 
crítica del conocimiento, lo mismo que la lógica, 
es un análisis de la conexión de las ciencias. En la 
teoría del conocimiento el análisis retrocede de 
esta conexión a las condiciones según las cuales 
es posible la ciencia. Pero tropezamos ahora con 
una circunstancia que es determinante de la mar- 
cha de la teoría del conocimiento y de su situa- 
ción actual. Las ciencias naturales ofrecieron pri- 
meramente el objeto en que se llevó a cabo este 
análisis. La misma marcha de las ciencias implica- 
ba que fueran las ciencias de la naturaleza las pri- 
meras en constituirse. Sólo en el siglo pasado han 
entrado las ciencias del espíritu en una etapa que 
permite utilizarlas para la teoría del conocimien- 
to. Así ocurre que el estudio de la estructura de 
ambos grupos de ciencias debe preceder a una fun- 
damentaron epistemológica conexa: prepara, en 
conjunto y en detalle, la teoría conexa. Ese estu- 
dio se halla bajo el punto de vista del problema 
del conocimiento y trabaja para su solución. 



2. Cuando los pueblos modernos de Europa, 
maduros ya por el Humanismo y la Reforma, en- 
tran, en la segunda mitad del siglo XVI, en el estu- 
dio autónomo de las ciencias empíricas, pasando 
del estadio de la metafísica y de la teología, este 
tránsito se realiza de modo más completo de lo 



que ocurrió en otra ocasión, después del siglo III 
antes de Cristo, entre las gentes griegas. También 
entonces la matemática, la mecánica, la astrono- 
mía y la geografía matemática se emanciparon de 
la lógica y de la metafísica; formaron un nexo se- 
gún su relación de dependencia, pero en esta es- 
tructuración de las ciencias de la naturaleza ni la 
inducción ni el experimento cobraron el lugar y 
significación que les corresponde ni se desarrolla- 
ron en toda su fecundidad. Sólo en las ciudades 
mercantiles e industriales, sin esclavos, de las na- 
ciones modernas, lo mismo que en las cortes, aca- 
demias y universidades de sus grandes estados mi- 
litares, necesitados de dinero, tuvieron lugar de 
modo poderoso las intervenciones conscientes en 
la naturaleza, el trabajo mecánico, la invención, el 
descubrimiento, la experimentación; se aliaron 
con la construcción matemática y así se produjo 
un análisis efectivo de la naturaleza. Gracias a la 
acción conjunta de Képler, Galileo, Bacon y Des- 
cartes en la primera mitad del siglo XVII, se cons- 
tituyó la ciencia matemática de la naturaleza co- 
mo un conocimiento del orden de la naturaleza se- 
gún sus leyes. Y mediante un número creciente de 
investigadores, ha desplegado en ese mismo siglo 
toda su capacidad de rendimiento. Ella fué tam- 
bién el objeto cuyo análisis llevó a cabo la teoría 
del conocimiento de fines del siglo XVII y del si- 
glo XVIII con hombres como Locke, Berkeley, 
Hume, d'Alembert, Lambert y, sobre todo, Kant. 

La estructuración de las ciencias de la natu- 
raleza se halla condicionada por el modo en que 
se da su objeto, es decir, la naturaleza. Se presen- 
tan las imágenes en cambio constante, son referi- 
das a objetos, estos objetos llenan y ocupan la 
conciencia empírica y constituyen así el objeto 
de la ciencia natural descriptiva. Pero ya la con- 
ciencia empírica nota que las cualidades sensibles 
que se presentan con las imágenes dependen del 
punto de mira, de la distancia, de la iluminación. 
Cada vez con más claridad, van mostrando la físi- 
ca y la fisiología el carácter fenoménico de estas 
cualidades sensibles. Y surge así la tarea de pensar 
los objetos en forma que se pueda concebir el cam- 
bio de los fenómenos y las uniformidades que en 
este cambio se hacen cada vez más patentes. Los 
conceptos mediante*los cuales se realiza esta pro- 
pósito son "construcciones auxiliares" creadas por 
el pensamiento a este fin. Así, pues, la naturaleza 
nos es algo extraño, trascendente al sujeto que la 
capta, algo que, mediante construcciones de ayu- 
da, levantamos sobre lo fenoménicamente dado e 
interpolamos en ello. 

Pero en este modo en que se nos da la natu- 
raleza se encuentran, a su vez, los medios de so- 



ESTRUCTURACIÓN DEL MUNDO HISTÓRICO 



207 



meterla al pensamiento y de ponerla al servicio 
de la vida. La articulación de los sentidos condi- 
ciona la comparabilidad de las impresiones en ca- 
da sistema de multiplicidad sensible. En esto des- 
cansa la posibilidad de un análisis de la naturale- 
za. En cada campo particular de fenómenos sen- 
sibles en recíproca relación se dan regularidades 
en la sucesión o en ta coexistencia. Al colocar ba- 
jo estas regularidades soportes invariables del 
acontecer, las reducimos a un orden según las le- 
yes de la pensada multiplicidad de las cosas. 

La tarea puede resolverse, únicamente, cuan- 
do a las regularidades de los fenómenos, compro- 
badas por la inducción y el experimento, se añade 
otra propiedad de lo dado. Todo lo físico tiene 
una magnitud: puede ser contado; se extiende en 
el tiempo; en su mayor parte llena también un es- 
pacio y puede ser medido; en la espacial se produ- 
cen movimientos mensurables, y si los fenómenos 
del oi'do no incluyen extensiones espaciales y mo- 
vimientos, podemos subsumirles éstos y el enlace 
que establecemos entre fuertes impresiones sono- 
ras y la percepción de conmociones del aire nos 
lleva a ello. Asi' la construcción matemática y la 
mecánica son medios para reducir los fenómenos 
sensibles, mediante hipótesis, a movimientos de 
soportes invariables de los mismos, según las le- 
yes también invariables. Toda expresión como, 
por ejemplo, soporte del acontecer, algo, realidad, 
sustancia, no hace sino designar el conocimiento 
de sujetos lógicos trascendentes de los que se pre- 
dica la relación legal, matemática y mecánica. Se 
trata sólo de conceptos li'mites, son un algo que 
hace posible los enunciados de las ciencias natura- 
les, un punto de partida para tales proposiciones. 

Esto condiciona todavía más la estructura de 
las ciencias naturales. 

En la naturaleza el espacio y el número se 
nos ofrecen como las condiciones de las deter- 
minaciones cualitativas y de los movimientos, 
y el movimiento es entonces la condición gene- 
ral para el desplazamiento de las partículas o pa- 
ra las vibraciones del aire o del éter que la quí- 
mica y la física ponen como base de los cambios. 
Esta circunstancia tiene como cbnsecuencia las re- 
laciones de las ciencias en el conocimiento natu- 
ral. Cada una de estas ciencias encuentra sus su- 
puestos en la que le antecede, pero cobra existen- 
cia cuando estos supuestos se aplican a un nuevo 
campo de hechos y a las relaciones contenidas en 
ellos. Este orden natural de las ciencias ha sido ex- 
puesto por primera vez, según creo, por Hobbes. 
El objeto de la ciencia natural —Hobbes va, como 



es sabido, más lejos, e incluye también las ciencias 
del espíritu en esta conexión— lo constituyen, se- 
gún él, los cuerpos, y la propiedad suya más fun- 
damental son las relaciones de espacio y número 
que establece la matemática. De ellas depende la 
mecánica, y al explicar la luz, el color, el sonido 
y el calor por los movimientos de corpúsculos ma- 
teriales, surge la física. Este es el esquema que ha 
sido desarrollado a compás de la marcha del tra- 
bajo científico y que ha sido puesto en relación 
por Comte con la historia de las ciencias. A me- 
dida que la matemática ha ido descubriendo el 
campo sin límites de las construcciones libres, so- 
brepasa cada vez más los límites de su tarea inme- 
diata, a saber, fundamentar las ciencias de la na- 
turaleza; pero esto en nada cambia la circunstan- 
cia implicada por los mismos objetos y según la 
cual tenemos en las leyes de las magnitudes espa- 
ciales y numéricas los supuestos de la mecánica; 
mediante los progresos de la matemática no ha- 
cen sino ampliarse las posibilidades de deducción. 
La misma relación encontramos entre la mecánica 
y la física y la química. Y también cuando el cuer- 
po vivo se presenta como un complejo nuevo de 
hechos, su estudio encuentra su base en verdades 
físico-químicas. Por doquier la misma estructura- 
ción estratificada de las ciencias de la naturaleza. 
Cada una de estas capas constituye un dominio ce- 
rrado y, sin embargo, cada una de ellas está soste- 
nida y condicionada por la que está debajo. Desde 
la biología para abajo, cada ciencia natural contie- 
ne las relaciones legales que se dan en las capas 
científicas inferiores, hasta llegar al fondo mate- 
mático general, y marchando para arriba, lo nuevo 
que no se encontraba en la capa inferior se presen- 
ta en cada capa superior como otra facticidad más, 
nueva mirada desde abajo. 

Hay que distinguir del grupo de las ciencias 
naturales en las que se logra el conocimiento de 
las leyes naturales, aquel otro en que se describe 
la articulación del mundo en su unicidad, en que 
se constata su evolución en el tiempo y se aplican 
las leyes naturales logradas en el primer grupo pa- 
ra explicar su contextura sobre el supuesto de una 
disposición original. En la medida en que se enca- 
minan a la constatación, determinación matemá- 
tica y descripción de la constitución efectiva y del 
transcurso histórico, descansan sobre el primer 
grupo. También, en este caso, la investigación de 
la naturaleza depende de la estructura del conoci- 
miento legal-natural. 

Como la teoría del conocimiento encontró 
su objeto preferente en esta estructura de las cien- 
cias naturales, de aquí surgió el nexo de sus pro- 



208 



WILHELM DILTHEY 



blemas. El sujeto pensante y los objetos sensibles 
que se le enfrentan se hallan separados entre si'; 
los objetos sensibles ofrecen un carácter fenomé- 
nico y mientras la teoría del conocimiento perma- 
nezca en los dominios del saber natural no podrá 
superar jamás este carácter fenoménico de la rea- 
lidad que se le enfrenta. En el orden según leyes 
que las ciencias de la naturaleza colocan debajo 
de los fenómenos sensibles, las cualidades sensi- 
bles se hallan representadas por formas de movi- 
miento que se refieren a estas cualidades. Y ni en 
el caso en que los hechos sensibles, con cuya acep- 
tación y representación comenzó el saber natural, 
se conviertan en objeto de la fisiología compara- 
da, ninguna investigación histórico-evolutiva po- 
drá hacernos comprender cómo una de estas con- 
tribuciones de los sentidos desemboca en otra. Se 
puede postular muy bien semejante transforma- 
ción de una sensación cutánea en una sensación 
acústica o de color, pero no en manera alguna re- 
presentarla. No hay "comprensión" posible de es- 
te mundo, y podremos colocar en él valor, signi- 
ficado y sentido sólo por analogía con nosotros 
mismos y sólo cuando empieza a manifestarse una 
vida anímica en el mundo orgánico. Sigúese tam- 
bién de la estructura de las ciencias naturales que 
en ellas las definiciones y los axiomas, que consti- 
tuyen su fundamento, el carácter de necesidad que 
les es propio y la ley causal cobran una significa- 
ción especial para la teoría del conocimiento. 

Y como la estructura de las ciencias natura- 
les permitía una doble interpretación, se desarro- 
llaron, empujadas por direcciones epistemológicas 
de la Edad Media, dos corrientes de la teoría del 



conocimiento de las que cada una perseguía posi- 
bilidades diferentes. 

Los axiomas, sobre los que se basaba esta es- 
tructura, se combinaron, en una de las direcciones 
indicadas, con una lógica que fundaba la conexión 
mental adecuada en fórmulas que habían alcanza- 
do el máximo grado de abstracción con respecto a 
la materia del pensamiento. Leyes del pensamien- 
to y formas del pensamientro, abstracciones extre- 
madas, fueron concebidas como fundamentadoras 
de la conexión del saber. En esta dirección se ha- 
lla la formulación del principio de razón suficiente 
por Leibniz. Cuando Kant cogió todo el material 
de la matemática y de la lógica y buscó sus condi- 
ciones en la conciencia, surgió su teoría déla prio- 
ri. Por este origen de su teoría se ve, con toda la 
claridad posible, que este a priori quiere señalar, 
en primer lugar, una relación fundamentadora. Ló- 
gicos importantes como Schleiermacher, Lotze y 
Sigwart han simplificado y transformado este mo- 
do de considerar el asunto y ofrecen intentos muy 
diferentes de solución. 

La otra dirección tiene su punto de partida 
común en las uniformidades que nos muestran la 
inducción y el experimento y en las predicciones 
y aplicaciones fundadas sobre aquéllas. Dentro de 
esta dirección se han desarrollado posibilidades 
muy diferentes —especialmente en lo que se refie- 
re a la concepción de los fundamentos matemáti- 
cos y mecánicos del conocimiento— por Avenarius, 
Mach, los pragmatistas y Poincaré. Esta dirección 
de la teoría del conocimiento se ha diversificado 
en una gran variedad de supuestos hipotéticos. 



LA REBELIÓN DE LAS MASAS 



JOSÉ ORTEGA Y GASSET 

(1883 - 1955) 



20» 



Xi 



LA ÉPOCA DEL "SEÑORITO SATISFECHO" 



Resumen: El nuevo hecho social que aquí' se 
analiza es éste: la historia europea parece, por vez 
primera, entregada a la decisión del hombre vulgar 
como tal. O dicho en voz activa: el hombre vulgar, 
antes dirigido, ha resuelto gobernar ei mundo. Esta 
resolución de adelantarse al primer plano social se 
ha producido en él, automáticamente, apenas llegó 
a madurar el nuevo tipo de hombre que él represen- 
ta. Si atendiendo a los efectos de vida pública, se 
estudia la estructura psicológica de este nuevo tipo 
de hombre-masa se encuentra lo siguiente: lo. una 
impresión nativa y radical de que la vida es fácil, 
sobrada, sin limitaciones trágicas; por tanto, cada 
individuo medio encuentra en si' una sensación de 
dominio y triunfo que, 2o. le invita a afirmarse a si' 
mismo tal cual es, a dar por bueno y completo su 
haber moral e intelectual. Este contentamiento 
consigo le lleva a cerrarse para toda instancia exte- 
rior, a no escuchar, a no poner en tela de juicio sus 
opiniones y a no contar con los demás. Su sensa- 
ción íntima de dominio le incita constantemente a 
ejercer predominio. Actuará, pues, como si sólo él 
y sus congéneres existieran en el mundo; por tanto, 
3o. intervendrá en todo imponiendo su vulgar opi- 
nión, sin miramientos, contemplaciones, trámites 
ni reservas, es decir, según un régimen de "acción 
directa". 

Este repertorio de facciones nos hizo pensar 
en ciertos modos deficientes de ser hombre, como 
el "niño mimado" y el primitivo rebelde; es decir, 
el bárbaro. (El primitivo normal, por el contrario, 
es el hombre más dócil a instancias superiores que 
ha existido nunca —religión, tabús, tradición social, 
costumbres). No es necesario extrañarse de que yo 
acumule dicterios sobre esta figura de ser humano. 
El presente ensayo no es más que un primer ensayo 
de ataque a ese hombre triunfante y el anuncio de 
que unos cuantos europeos van a revolverse enérgi- 
camente' contra su pretensión de tiranía. Por ahora 



se trata de un ensayo de ataque nada más: el ata- 
que a fondo vendrá luego, tal vez muy pronto, en 
forma muy distinta de la que este ensayo reviste. 

El ataque a fondo tiene que venir en forma que el 
hombre-masa no pueda precaverse contra él, lo vea 
ante sí y nó sospeche que aquello, precisamente 
aquello, es el ataque a fondo. 

Este personaje, que ahora anda por todas 
partes y dondequiera impone su barbarie íntima, 
es, en efecto, el niño mimado de la historia huma- 
na. El niño mimado es el heredero que se comporta 
exclusivamente como heredero. Ahora la herencia 
es la civilización —las comodidades, la seguridad, en 
suma, las ventajas de la civilización. Como hemos 
visto, sólo dentro de la holgura vital que ésta ha fa- 
bricado en el mundo, puede surgir un hombre cons- 
tituido por aquel repertorio de facciones, inspirado 
por tal carácter. Es una de tantas deformaciones 
como el lujo produce en la materia humana. Tende- 
ríamos ilusoriamente a creer que una vida nacida 
en un mundo sobrado sería mejor, más vida y de 
superior calidad a la que consiste, precisamente, en 
luchar con la escasez. Pero no hay tal. Por razones 
muy rigorosas y archifundamentales, que no es 
ahora ocasión de enunciar. Ahora, en vez de esas 
razones, basta con recordar el hecho siempre repe- 
tido que constituye la tragedia de toda aristocra- 
cia hereditaria. El aristócrata hereda, es decir, en- 
cuentra atribuidas a su persona unas condiciones 
de vida que él no ha creado^ por tanto, que no se 
producen orgánicamente unidas a su vida personal 
y propia. Se halla al nacer instalado, de pronto y sin 
saber cómo, en medio de su riqueza y de sus pre- 
rrogativas. El no tiene, íntimamente, nada que ver 
con ellas, porque no vienen de él. Son el caparazón 
gigantesco de otra persona, de otro ser viviente, su 
antepasado. Y tiene que vivir como heredero, esto 
es, tiene que usar el caparazón de otra vida. ¿En 
qué quedamos? ¿Qué vida va a vivir el "aristócra- 



211 



2t 2 



JOSÉ ORTEGA Y GASSET 



ta" de herencia, la suya o la del procer inicial? Ni 
la una ni la otra. Está condenado a representar al 
otro, por tanto, a no ser ni el otro ni él mismo. Su 
vida pierde, inexorablemente, autenticidad y se 
convierte en pura representación o ficción de otra 
vida. La sobra de medios que está obligado a mane- 
jar no le deja vivir su propio y personal destino, a- 
trofia su vida. Toda vida es la lucha, el esfuerzo por 
ser sí misma. Las dificultades con que tropiezo pa- 
ra realizar mi vida son, precisamente, lo que des- 
pierta y moviliza mis actividades, mis capacidades. 
Si mi cuerpo no me pesase, yo no podn'a andar. Si 
la atmósfera no me oprimiese, sentina mi cuerpo 
como una cosa vaga, fofa, fantasmática. Asi', en el 
"aristócrata" heredero toda su persona se va enva- 
gueciendo, por falta de uso y esfuerzo vital. El re- 
sultado es esa especifica boberi'a de las viejas noble- 
zas, que no se parece a nada y que, en rigor, nadie 
ha descrito todavía en su interno y trágico mecanis- 
mo —el interno y trágico mecanismo que conduce 
toda aristocracia hereditaria a su irremediable de- 
generación. 

Vaya esto tan sólo para contrarrestar nues- 
tra ingenua tendencia a creer que la sobra de me- 
dios favorece la vida. Todo lo contrario. Un mun- 
do sobrado' de posibilidades produce, automá- 
ticamente, graves deformaciones y viciosos tipos 
de existencia humana -los que se pueden reunir en 
la clase general "hombre-heredero", de que el "aris- 
tócrata" no es sino un caso particular, y otro, el ni- 
ño mimado, y otro, mucho más amplio y radical, el 
hombre-masa de nuestro tiempo. (Por otra parte, 
cabría aprovechar más detalladamente la anterior 
alusión al "aristócrata", mostrando cómo muchos 
de los rasgos característicos de éste, en todos los 
pueblos y tiempos, se dan, de manera germinal, en 
el hombre-masa. Por ejemplo, la propensión a ha- 
cer ocupación central de la vida los juegos y los de- 
portes: el cultivo de su cuerpo -régimen higiénico 
y atención a la belleza del traje, falta de romanticisr 
mo en la relación con la mujer, divertirse con el in- 
telectual, pero, en el fondo, no estimarlo y mandar 
que los lacayos o los esbirros le azoten; preferir la 
vida bajo la autoridad absoluta a un régimen de dis- 
cusión, ^ etc., etc. 

Insisto, pues, con leal pesadumbre en hacer 
ver que este hombre lleno de tendencias inciviles, 
que este novísimo bárbaro es un producto automá- 
tico de la civilización moderna, especialmente de la 
forma que esta civilización adoptó en el siglo XIX. 
No ha venido de fuera al mundo civilizado como 
los "grandes bárbaros blancos" del siglo V; no ha 
nacido tampoco dentro de él por generación espon- 
tanea y misteriosa, como, según Aristóteles, los re- 



nacuajos en la alberca, sino que es su fruto natural. 
Cabe formular esta ley que la paleontología y bio- 
geografía confirman; la vida humana ha surgido y 
ha progresado sólo cuando los medio con que con- 
taba estaban equilibrados por los problemas que 
sentía. Esto es verdad lo mismo en el orden espiri- 
tual que en el físico. Así, para referirme a una di- 
mensión muy concreta de la vida corporal, recorda- 
ré que la especie humana ha brotado en zonas del 
planeta donde la estación caliente quedaba com- 
pensada por una estación de frío intenso. En los 
trópicos, el animal-hombre degenera y, viceversa, 
las razas inferiores —por ejemplo, los pigmeos— han 
sido empujadas hacia los trópicos por razas nacidas 
después que ellas y superiores en la escala de la evo- 
lución.^ 

Pues bien, la civilización del siglo XIX es de 
índole tal que permite al hombre-medio instalarse 
en un mundo sobrado, del cual percibe sólo la su- 
perabundancia de medios, pero no las angustias. Se 
encuentra rodeado de instrumentos prodigiosos, de 
medicinas benéficas, de Estados previsores, de dere- 
chos cómodos. Ignora, en cambio, lo difícil que es 
inventar esas medicinas e instrumentos y asegurar 
para el futuro su producción, no advierte lo inesta- 
ble que es la organización del Estado, y apenas si 



/ Wo se confundo el aumento, y aun la abundancia de me- 
dios, con la sobra. En ei sigio XtX aumentaban ias facili- 
des de vida, y ello produce el prodigioso crecimiento 
cuantitativo y cualitativo- de ella que he apuntado más 
arriba. Pero ha llegado un momento en que el mundo clvh 
liíado, puesto en relación con la capacidad del hombre 
medio, adquiría un cariz sobrado, excesivamente rico, su- 
perfluo. Un solo ejemplo de esto: la seguridad que parecía 
ofrecer el progreso (-aumento siempre creciente de venta- 
jas vitales] desmoralizó al hombre medio, inspirándole una 
conflama que es ya falsa, alrófica, viciosa. 

2 En esto, como en otras cosas, la aristocracia inglesa parece 
una excepción Je lo dicho. Pero, con ser su caso admirabi- 
lísimo, t>astaria con dibujar las líneas generales de la histo- 
ria británica para hacer ver que esta excepción, aun sién- 
dolo, confirma la regla. Controlo que suele decirse, la no- 
bleza inglesa ha sido la menos "sobrada" de Europa y ha 
vivido en más constante peligro que ninguna otra. Y por- 
que ha vivido siempre en peligro ha sabido y logrado ha- 
cerse respetar -lo cual supone haber permanecido sin des- 
canso en la brecha. Se olvida el dato fundamental de que 
Inglaterra ha sido, hasta muy dentro del siglo XVIII, el 
país más pobre de Occidente. 

La nobleza se salvó por esto mismo. Como no era sobrada 
de medios, tuvo que aceptar, desde luego, la ocupación 
comercial e industrial -innoble en el continente-, es de- 
cir, se decidió muy pronto a vivir económicamente en tor- 
mo creadora y a no atenerse a los privilegios. 

3 Viase Olbricht: Ktima und Etwlcklung, 1923. 



LA REBELIÓN DE LAS MASAS 



213 



siente dentro de si' obligaciones, Este desequilibrio 
le falsifica, le vicia en su rai'z de ser viviente hacién- 
dole perder contacto con la sustancia misma de la 
vida, que es absoluto peligro, radical problematis- 
mo. La forma más contradictoria de la vida huma- 
na que puede aparecer en la vida humana es el "se- 
ñorito satisfecho". Por eso, cuando se hace figura 
predominante, es preciso dar la voz de alarma y 
anunciar que la vida se halla amenazada de degene- 
ración, es decir, de relativa muerte. Según esto, el 
nivel vital que representa la Europa de hoy es supe- 
rior a todo el pasado humano, pero si se mira el 
porvenir, hace temer que ni conserve su altura ni 
produzca otro nivel más elevado, sino, por el con- 
trario, que retroceda y recaiga en altitudes infe- 
riores. 

Esto, pienso, hace ver con suficiente claridad 
la anormalidad superlativa que representa el "seño- 
rito satisfecho". Porque es un hombre que ha veni- 
do a la vida para hacer lo que le dé la gana. En efec- 
to, esta ilusión se hace el "hijo de familia". Y sabe- 
mos por qué, en el ámbito familiar, todo, hasta los 
mayores delitos, puede quedar a la postre impune. 
El ámbito familiar es relativamente artificial, y to- 
lera dentro de él muchos actos que en la sociedad, 
en el aire de la calle, traerían automáticamente 
consecuencias desastrosas e ineludibles para su au- 
tor. Pero el "señorito" es el que cree poder com- 
portarse fuera de casa como en casa, el que cree 
que nada es fatal, irremediable e irrevocable. Por eso 
cree que puede hacer lo que le dé la gana.* ¡Gran 
equivocación! Vossa mercé irá a onde o levem. co- 
mo se dice al loro en el cuento del portugués. No 
es que no se deba hacer lo que le dé a uno la gana; 
es que no se puede hacer sino lo que cada cual tie- 
ne que hacer, tiene que ser. Lo único que cabe es 
negarse a hacer eso que hay que hacer; pero esto no 
nos deja en franquía para hacer otra cosa que nos 
dé la gana. En este punto poseemos sólo una liber- 
tad negativa de albedrío —la voluntad, podemos 
perfectamente desertar de nuestro destino más au- 
téntico; pero es para caer prisioneros en los pisos 
inferiores de nuestro destino. Yo no puedo hacer 
esto evidente a cada lector en lo que su destino in- 
dividualísimo tiene de tal, porque no conozco a 
cada lector; pero si es posible hacérselo ver en 
aquellas porciones o facetas de su destino que son 
idénticas a las de otros. Por ejemplo: todo europeo 
actual sabe, con una certidumbre mucho más vigo- 
rosa que ¡a de todas sus "ideas" y "opiniones" ex- 
presas, que el hombre europeo actual tiene que ser 
liberal. No discutamos si esta o la otra forma de li- 
bertad es la que tiene que ser. Me refiero a que el 
europeo más reaccionario sabe, en el fondo de su 
'conciencia, qge eso que ha intentado Europa en el 



último siglo con el nombre de liberalismo es, en úl- 
tima instancia, algo ineludible, inexorable, que el 
hombre occidental de hoy es, quiera o no. 

Aunque se demuestre, con plena e incontrasta- 
ble verdad, que son falsas y funestas todas las ma- 
neras concretas en que se ha intentado hasta ahora 
realizar ese imperativo irremisible de ser política- 
mente libre, inscrito en el destino europeo, queda 
en pie la última evidencia de que en el siglo último 
tenía sustancialmente razón. Esta evidencia última 
actúa lo mismo en el comunista europeo que en el 
facista, por muchos gestos que hagan para conven- 
cernos y convencerse de lo contrario, como actúa 
—quiera o no, créalo o no— en el católico que pres- 
te más leal adhesión al Syllabusr' Todos "saben" 
que más allá de las justas críticas con que se com- 
baten las manifestaciones del liberalismo queda la 
irrevocable verdad de éste, una verdad que no es 
teórica, científica, intelectual, sino de un orden ra- 
dicalmente distinto y más decisivo que todo eso —a 
saber, una verdad de destino. Las verdades teóricas 
no sólo son discutibles, sino que todo su sentido y 
fuerza están en ser discutidas; nacen de la discusión, 
viven en tanto se discuten y están hechas exclusiva- 



4 Lo que la caso es frente a la sociedad lo es más grande la 
nación trente al con/unto de las naciones. Una de las ma- 
nifestaciones a la ve/ más claras y voluminosas del "seño- 
ritismo" vigente es, como veremos, la decisión que algunas 
naciones han tomado de "hacer lo que leí dé lagint" en 
la convivencia internacional. A esto llaman ingenuamen- 
te "nacionalismo". Y yo. que repugno la supeditación 
beata a la internacionalidad,' encuentro, por otra parte, 
grotesco ese transitorio "señoritismo" de las naciones me- 
nos granadas. 

5 £/ que cree copémicamente que el sol no cae en el hori- 
zonte, sigue viéndolo caer, y como ver implica una convic- 
ción primaria, sigue creyéndolo. Lo que pasa es que su 
crttncii científica detiene, constantemente, los efectos de 
su creencia primaria o espontánea. Asi, ese católico niega, 
con su creencia dogmática, su propia, auténtica creencia 
liberal. Esto alusión al caso de ese católico va aquí sólo co- 
mo ejemplo pora aclarar la idea que expongo ahora, pero 
no se refiere a él la censuro radical que dirijo ai hombre- 
masa de nuestro tiempo, al "señorito satisfecho". Coinci- 
de con éste sólo en un punto. Lo que echo en cora al "»• 
ñoriio satisfecho" es la taita de autenticidad en casi to- 
do su ser. El católico ro ts auténtico en algunos puntos 
de su ser. Pero aun esta coincidencia parcial es sólo apa- 
rente. El católico no es auténtico en una parte de su ser 
-todo el que tiene, quiera o no, de hombre moderno- 
porque quiere ser fiel o otra porte efectico de su ser, que 
es su fe religiosa. Esto dignifico que el destino de ese ca- 
tólico es en si mismo trágico. Y al aceptar esa porción 
de inoutenticldad cumple con su deber. El "señorito ta- 
tlff*cho", en cambio, deserta de si mismo por pura in- 
validad y del todo, precisamente para eludir toda tra- 
gedlo. 



214 



JOSÉ ORTEGA Y GASSET 



mente para la discusión. Pero el deslino —lo que vi- 
talmente se tiene que ser o no se tiene que ser— no 
se discute, sino que se acepta o no. Si lo acepta- 
mos, somos auténticos; si no lo aceptamos, somos 
la negación, la falsificación de nosotros mismos.*" 
El destino no consiste en aquello que tenemos ganas 
de hacer; más bien se reconoce y muestra su claro, 
rigoroso perfil en la conciencia de tener que hacer 
lo que no tenemos ganas. 

Pues bien: el "señorito satisfecho" se carac- 
teriza por "saber" que ciertas cosas no pueden ser 
y, sin embargo, y por lo mismo, fingir con sus ac- 
tos y palabras la convicción contraria. El fascista 
se movilizará contra la libertad poli'tica, precisa- 
mente porque sabe que ésta no faltará nunca a la 
postre y es serio, sino que está ahí', irremediable- 
mente, en la sustancia misma de la vida europea y 
que en ella se recaerá siempre que de verdad haga 
falta, a la hora de la seriedad. Porque ésta es la tó- 
nica de la existencia en el hombre-masa: la inserie- 
dad, la "broma". Lo que hacen sin el carácter de 
irrevocable, como hace sus travesuras el "hijo de 
familia". Toda esa prisa por adoptar en todos los 
órdenes actitudes aparentemente trágicas, últimas, 
tajantes, es sólo apariencia, juegan a la tragedia 
porque creen que no es verosímil la tragedia afec- 
tiva en el mundo civilizado. 

Bueno fuera que estuviésemos forzados a 
.aceptar como auténtico ser de una persona lo que 
ella pretendía mostrarnos como tal. Si alguien se 
obstina en afirmar que cree dos más dos igual a 
cinco y no hay motivo para suponerlo demente, 
debemos asegurar que no lo cree, por mucho que 
grite y aunque se deje matar por sostenerlo. 

Un ventarrón de farsa general y omni'moda 
sopla sobre el terruño europeo. Casi todas las po- 
siciones que se toman y ostentan son internamen- 
te falsas. Los únicos esfuerzos que se hacen van 
dirigidos a huir del propio destino, a cegarse ante 
su evidencia y su llamada profunda, a evitar cada 
cual el careo con ese que tiene que ser. Se vive hu- 
morCsticamente y tanto más cuanto más tragicota 
sea la máscara adoptada. Hay humorismo donde- 
quiera que se vive de actitudes revocables en que 
la persona no se hinca entera y sin reservas. El 
hombre-masa no afirma el pie sobre la firmeza in- 
conmovible de su sino; antes bien, vegeta suspen- 
dido ficticiamente en el espacio. De aqui'que nun- 
ca como ahora estas vidas sin peso y sin raíz — dé- 
racinées de su destino— se dejen arrastrar por la 
más ligera corriente. Es la época de las "corrien- 
tes" y del "dejarse arrastrar". Casi nadie presenta 
resistencia a los superficiales torbellinos que se 



forman en arte o en ideas, o en política, o en los 
usps sociales. Por lo mismo, más que nunca triun- 
fa la retórica. El superrealista cree haber superado 
toda la historia literaria cuando ha escrito (aquí 
una palabra que no es necesario escribir) donde 
otros escribieron "jazmines, cisnes y faunesas". Pe- 
ro claro es que con ello no ha hecho sino extraer 
otra retórica que hasta ahora yacía en las letrinas. 

Aclara la situación actual advertir, no obstan- 
te la singularidad de su fisonomía, la porción que 
de común tiene con otras del pasado. Así acaece 
que apenas llega a su máxima altitud la civilización 
mediterránea —hacia el siglo III antes de Cristo- 
hace su aparición el cínico. Diógenes patea con sus 
sandalias hartas de barro las alfombras de Arístipo. 
El cínico hizo un personaje pululante, que se halla- 
ba tras cada esquina y en todas las alturas. Ahora 
bien: el cínico no hacía otra cosa que sabotear la 
civilización aquella. Era el nihilista del helenismo. 
Jamás creó ni hizo nada. Su papel era deshacer 
— mejor dicho—, intentar deshacer, porque tampo- 
co consiguió su propósito. El cínico, parásito de 
la civilización, vive de negarla, por lo mismo que 
está convencido de que no faltará. ¿Qué haría el 
cínico en un pueblo salvaje donde todos, natural- 
mente y en serio, hacen lo que él, en farsa, consi- 
dera como su papel personal? ¿Qué es un fascis- 
ta si no habla mal de la libertad y un superrealista 
si no perjura del arte? 

No podía comportarse de otra manera este 
tipo de hombre nacido en un mundo demasiado 
bien organizado, del cual sólo percibe las venta- 
jas y no los peligros. El contorno lo mima, por- 
que es "civilización" — esto es, una casa—, y el 
"hijo de familia" no siente nada que le haga sa- 
lir de su temple caprichoso, que incite a escuchar 
instancias externas superiores a él y mucho menos 
que le obligue a tomar contacto con el fondo ine- 
xorable de su propio destino. 



XII 



LA BARBARIE DEL "ESPECIALISMO" 

La tesis era que la civilización del siglo XIX 
ha producido automáticamente el hombre-masa. 



6 Envilecimiento, encanollamiento, no es otro cosa que el 
modo de vida que le queda al que se ha negado a ser el 
que tiene que ser. Este su auténtico ser no muere por eso, . 
sino que se convierte en sombra acusadora, en fantasma, 
que le hace sentir constantemente la inferioridad de la 
exlstencitt que lleva respecto a la que tenia que llevar. 
El envilecido es el suicida superviviente. 



LA REBELIÓN DE LAS MASAS 



21 S 



Conviene no cerrar su exposición general sin anali- 
zar, en un caso particular, la mecánica de esa pro- 
ducción. De esta suerte, al concretarse, la tesis ga- 
na en fuerza persuasiva. 

Esta civilización del siglo XIX, decía yo, pue- 
de resumirse en dos grandes dimensiones: demo- 
cracia liberal y técnica. Tomemos ahora sólo fa úl- 
tima. La técnica contemporánea nace de la copu- 
lación entre el capitalismo y la ciencia experimen- 
tal. No toda técnica es científica. El que fabricó 
las hachas de sílex, en el período chelense, carecía 
de ciencia, y, sin embargo, creó una técnica. La 
China llegó a un alto grado de tecnicismo sin sos- 
pechar lo más mínimo la existencia de la física. 
Sólo la técnica moderna de Europa tiene una raíz 
científica, y de esa raíz le viene su carácter especí- 
fico, la posibilidad de un ilimitado progreso. Las 
demás técnicas — mesopotámica, nilora, griega, ro- 
mana, oriental— se estiran hasta un punto de desa- 
rrollo que no pueden sobrepasar, y apenas lo tocan 
comienzan a retroceder en lamentable involución. 

Esta maravillosa técnica occidental ha hecho 
posible la maravillosa proliferación de la casta euro- 
pea. Recuérdese el dato de que tomó su vuelo este 
ensayo y que, como dije, encierra germinalmente 
todas estas meditaciones. Del siglo V a 1800, Euro- 
pa no consigue tener una población mayor de 180 
millones. De 1800 a 1914 asciende a más de 460 
millones. El brinco es único en la historia huma- 
na. No cabe dudar que la técnica -junto con la 
democracia liberal- ha engendrado al hombre- 
masa en el sentido cuantitativo de esta expresión, 
pero estas páginas han intentado mostrar que tam- 
bién es responsable de la existencia del hombre- 
masa en el sentido cualitativo y peyorativo del tér- 
mino. 

Por "masa" —prevenía yo al principio— no se 
entiende especialmente al obrero; no designa aquí 
una clase social, sino una clase o modo de ser hom- 
bre que se da hoy en todas las clases sociales, que 
por lo mismo representa a nuestro tiempo, sobre 
el cual predomina e impera. Ahora vamos a ver es- 
to con sobrada evidencia. 

¿Quién ejerce hoy el poder social? ¿Quién im- 
pone la estructura de su espíritu en la época? Sin 
duda, la burguesía. ¿Quién, dentro de esa burgue- 
sía, es considerado como el grupo superior, como 
la aristocracia del presente? Sin duda, el técnico: 
ingeniero, médico, financiero, profesor, etc., etc. 
¿Quién, dentro del grupo técnico, lo representa 
con mayor altitud y pureza? Sin duda, el hombre 
de ciencia. Si un personaje astral visitase Europa, y 
con ánimo de juzgarla le preguntase por qué tipo 



de hombre, entre los que la habitan, prefería ser 
juzgada, no hay duda de que Europa señalaría, 
complacida y segura de una sentencia favorable, a 
sus hombres de ciencia. Claro que el personaje as- 
tral no preguntaría por individuos excepcionales, 
sino que buscaría la regla, el tipo genérico "hombre 
de ciencia", cima de la humanidad europea. 

Pues bien: resulta que el hombre de ciencia ac- 
tual es el prototipo del hombre-masa. Y no por ca- 
sualidad, ni por defecto unipersonal de cada hom- 
bre de ciencia, sino porque la ciencia misma -raíz 
de la civilización— lo,convierte automáticamente 
en hombre-masa; es decir, hace de él un primitivo, 
un bárbaro moderno. 

La cosa es harto sabida: innumerables veces se 
ha hecho constar; pero sólo articulada en el orga- 
nismo de este ensayo la plenitud de su sentido y la 
evidencia de su gravedad. 

La ciencia experimental se inicia al finalizar el 
siglo XVI (Galileo), logra constituirse a fines del 
XVII (Newton) y empieza a desarrollarse a media- 
dos del XVIII. El desarrollo de algo es cosa distinta 
de su constitución, y está sometido a condiciones 
diferentes. Así, la constitución de la física, nom- 
bre colectivo de la ciencia experimental, obligó a 
un esfuerzo de unificación. Tal fue la obra de New- 
ton y demás hombres de su tiempo. Pero el de- 
sarrollo de la física inició una faena de carácter 
opuesto a la unificación. Para progresar, la ciencia 
necesitaba que los hombres de ciencia se especiali- 
zasen. Los hombres de ciencia, no ella misma. La 
ciencia no es especialista. Ipso facto dejaría de ser 
verdadera. Ni siquiera la ciencia empírica, tomada 
en su integridad, es verdadera si se la separa de la 
matemática, de la lógica, de la filosofía. Pero el tra- 
bajo en ella sí tiene —irremisiblemente— que ser es- 
pecializado. 

Sería de gran interés y mayor utilidad que la 
aparente a primera vista hacer una historia de las 
ciencias físicas y biológicas mostrando el proceso 
de creciente especialización en la labor de los inves- 
tigadores. Ella haría ver cómo, generación tras ge- 
neración, el hombre de ciencia ha ido constriñén- 
dose, recluyéndose, en un campo de ocupación in- 
telectual cada vez más estrecho. Pero no es esto lo 
importante que esa historia nos enseñaría, sino más 
bien lo inverso: cómo en cada generación el cientí- 
fico, por tener que reducir su órbita de trabajo, iba 
progresivamente perdiendo contacto con las demás 
partes de la ciencia, con una interpretación integral 
del universo, que es lo único merecedor de los 
nombres de ciencia, cultura, civilización europea. 



216 



JOSÉ ORTEGA Y GASSET 



La especialización comienza, precisamente, en 
un tiempo que llama hombre civilizado al hombre 
"enciclopédico". El siglo XIX inicia sus destinos 
bajo la dirección de criaturas que viven enciclopédi- 
camente, aunque su producción tenga ya un carác- 
ter de especialismo. En la generación subsiguiente, 
la ecuación se ha desplazado, y la especialidad em- 
pieza a desalojar dentro de cada hombre de ciencia 
a la'cultura integral. Cuando en 1890 una tercera 
generación toma el mando intelectual de Europa, 
nos encontramos con un tipo de científico sin 
ejemplo en la historia. Es un hombre que, de todo 
lo que hay que saber para ser un personaje discreto, 
conoce sólo una ciencia determinada y aun de esa 
ciencia sólo conoce bien la pequeña porción en que 
él es activo investigador. Llega a proclamar como 
una virtud el no enterarse de cuanto quede fuera 
del angosto paisaje que especialmente cultiva y 
llama dilettantismo a la curiosidad por el con- 
junto del saber. 



El caso es que, recluido en la estrechez de su 
campo visual, consigue, en efecto, descubrir nuevos 
hecho y hacer avanzar su ciencia, que él apenas co- 
noce, y con ella la enciclopedia del pensamiento, 
que concienzudamente desconoce. ¿Cómo ha sido 
y es posible cosa semejante? Porque conviene recal- 
car la extravagancia de este hecho innegable: la 
ciencia experimental ha progresado en buena parte 
merced al trabajo de hombres fabulosamente me- 
diocres, y aun menos que mediocres. Es decir, que 
la ciencia moderna, raíz y símbolo de la civiliza- 
ción actual, da acogida dentro de sí al hombre inte- 
lectualmente medio y le permite operar con buen 
éxito. La razón de ello está en lo que es a la par 
ventaja y peligro máximo de la ciencia nueva y de 
toda la civilización que ésta dirige y representa: 
la democratización del pensamiento científico. 
Todo lo que hay que hacer en física o en biolo- 
gía es faena mecánica de pensamiento que puede 
ser ejecutada por cualquiera, o poco menos. Pa- 
ra los efectos de innumerables investigadores es 
posible dividir la ciencia en pequeños segmentos, 
encerrarse en uno y desentenderse de los demás. 
La firmeza y exactitud de los métodos permiten 
esta transitoria y práctica desarticulación del sa- 
ber. Se trabaja con uno de esos métodos como 
con una máquina, y ni siquiera es forzoso para 
obtener abundantes resultados poseer ideas rigu- 
rosas sobre el sentido y fundamento de ellos. Así 
la mayor parte de los científicos empujan el pro- 
greso general de la ciencia encerrados en la celdi- 
lla de su laboratorio, como la abeja en la de su 
panal o como el pachón de asador en su cajo'n. 



Pero esto crea una casta de hombres sobrema- 
nera extraños. El investigador que ha descubierto 
un nuevo hecho de la Naturaleza tiene por fuerza 
que sentir una impresión de dominio y de seguri- 
dad en su persona. Con cierta aparente justicia se 
considerará como "un hombre que sabe". Y en 
efecto, en él se da un pedazo de algo que, junto 
con otros pedazos no existentes en él, constituyen 
verdaderamente el saber. Esta es la situación ínti- 
ma del especialista, que en los primeros años de es^ 
te siglo ha llegado a su más frenérica exageración. 
El especialista "sabe" muy bien su mínimo rincón 
de universo; pero ignora de raíz todo el resto. 

He aquí un precioso ejemplar de este extraño 
hombre nuevo que he intentado, por una y otra de 
sus vertientes y haces, definir. He dicho que era 
una configuración humana sin par en toda la histo- 
ria. El especialista nos sirve para concretar enérgica- 
mente la especie y hacernos ver todo el radicalismo 
de su novedad. Porque antes los hombres podían 
dividirse, sencillamente, en sabios e ignorantes, en 
más o menos sabios y más o menos ignorantes. Pe- 
ro el especialista no puede ser subsumido bajo nin- 
guna de esas dos categorías. No es un sabio, porque 
ignora formalmente cuanto no entra en su especia- 
lidad, pero tampoco es un ignorante, porque es "un 
hombre de ciencia" y conoce muy bien su porciún- 
cula de universo. Habremos de decir que es un sa- 
bio-ignorante, cosa sobremanera grave, pues signi- 
fica que es un señor el cual se comportará en todas 
las cuestiones que ignora, no como un ignorante, 
sino con toda la petulancia de quien en su cuestión 
especial es un sabio. 

Y, en efecto, éste es el comportamiento del 
especialista. En política, en arte, en los usos socia- 
les, en las otras ciencias, tomará posiciones de pri- 
mitivo, de ignorantísimo; pero las tomará con ener- 
gía esas cosas. Al especializarlo, la civilización le ha 
hecho hermético y satisfecho dentro de su limita- 
ción; pero esta misma sensación íntima de dominio 
y valía le llevará a querer predominar fuera de su 
especialidad. De donde resulta que, aun en este ca- 
so, que representa un máximum de hombre cualifi- 
cado —especialismo— y, por tanto, lo más opuesto 
al hombre-masa, el resultado es que se comportará 
sin cualificación y como hombre-masa en casi todas 
las esferas de la vida. 



La advertencia no es vaga. Quien quiera ob- 
servar la estupidez con que piensan, juzgan y ac- 
túan hoy en política, en arte, en religión y en los 
problemas generales de la vida y el mundo los 
"hombres de ciencia", y claro es, tras ellos, médi- 



LA REBELIÓN DE LAS MASAS 



217 



eos, ingenieros, financieros, profesores, etc. Esta 
condición de "no escuchar", de no someterse a ins- 
tancias superiores, que reiteradamente he presen- 
tado como característica del hombre-masa, llega al 
colmo precisamente en estos hombres parcialmen- 
te cualificados. Ellos simbolizan, y en gran parte 
constituyen, el imperio actual de las masas, y su 
barbarie es la causa más inmediata de la desmorali- 
zación europea. 

Por otra parte, significan el más claro y preci- 
so ejemplo de cómo la civilización del último si- 
glo, abadonada a su propia inclinación, ha produci- 
do este rebote de primitivismo y barbarie. 

El resultado más inmediato de este especialis- 
mo no compensado ha sido que hoy, cuando hay 
mayor número de "hombres de ciencia" que nun- 
ca, haya muchos menos hombres "cultos" que, por 
ejemplo, hacia 1 750. Y lo peor es que con esos pa- 
chones del asador científico ni siquiera está asegu- 
rado el progreso íntimo de la ciencia. Porque ésta 
necesita de tiempo en tiempo, como orgánica regu- 
lación de su propio incremento, una labor de re- 
constitución, y, como he dicho, esto requiere un 
esfuerzo de unificación, cada vez más difícil, que 
cada vez complica regiones más vastas del saber to- 
tal. Newton pudo crear su sistema físico sin saber 
mucha filosofía; pero Einstein ha necesitado satu- 
rarse de Kant y de Mach para poder llegar a su agu- 
da síntesis. Kant y Mach —con estos nombres se 
simboliza sólo la masa enorme de pensamientos fi- 
losóficos y psicológicos que han influido en Eins- 
tein— han servido para liberar la mente de éste y 
dejarle la vía franca hacia su innovación. Pero Eins- 
tein no es suficiente. La física entra en la crisis más 
honda de su historia y sólo podrá salvarla una nue- 
va enciclopedia más sistemática que la primera. 

El especialismo, pues, que ha hecho posible 
el progreso de la ciencia experimental durante un 
siglo, se aproxima a una etapa en que no podrá 
avanzar por sí mismo si no se encarga una genera- 
ción mejor de construirle un nuevo asador más po- 
deroso. 

Pero si el especialista desconoce la fisiología 
interna de la ciencia que cultiva, mucho más radi- 
calmente ignora las condiciones históricas de su 
perduración, es decir, cómo tienen que estar orga- 
nizados la sociedad y el corazón del hombre para 
que pueda seguir habiendo investigadores. El desr 
censo de vocaciones científicas que en estos años 
se observa —y a que ya aludí— es un síntoma preo- 
cupador para todo el que tenga una idea clara de lo 
que es civilización, la idea que suele faltar al típico 



"hombre de ciencia", cima de nuestra actual civi- 
lización. También él cree que la civilización está 
ahí, simplemente, como la corteza terrestre y la sel- 
va primigenia. 

XIII 

EL MAYOR PELIGRO. EL ESTADO 



En una buena ordenación de las cosas públi- 
cas, la masa es lo que no actúa por sí misma. Tal es 
su misión. Ha venido el mundo para ser dirigida, in- 
fluida, representada, organizada -hasta para dejar 
de ser masa, o, por lo menos, aspirar a ello. Pero no 
ha venido al mundo para hacer todo eso por sí. Ne- 
cesita referir su vida a la instancia superior, consti- 
tuida por las minorías excelentes. Discútase cuan- 
to se quiera quiénes son los hombres excelentes; 
pero que, sin ellos —sean uñoso sean otros— la hu- 
manidad no existiría en lo que tiene de más esen- 
cial, es cosa sobre la cual conviene que no haya du- 
da alguna, aunque lleve Europa todo un siglo me- 
tiendo la cabeza debajo del alón, al modo de los es- 
trucios, para ver si consigue no ver tan radiante evi- 
dencia. Porque no se trata de una opinión fundada 
en hechos más o menos frecuentes y probables, si- 
no en una ley de la "física" social, mucho más in- 
conmovible que las leyes de la física de Newton. El 
día que vuelva a imperar en Europa una auténtica 
filosofía^ —única cosa que puede salvarla—, se vol- 
verá a caer en la cuenta de que el hombre es, tenga 
de ello ganas o no, un ser constitutivamente for- 
zado a buscar una instancia superior. Si logra por 
sí mismo encontrarla, es que es un hombre exce- 
lente; si no, es que es un hombre-masa y necesita 
recibirla de aquél. 

Pretender la masa actuar por sí misma es, 
pues, rebelarse contra su propio destino, y como 
eso es lo que hace ahora, hablo yo de la rebelión de 
las masas. Porque a la postre, la única cosa que sus- 
tancialmente y con verdad puede llamarse rebelión 
es la que consiste en no aceptar cada cual su desti- 
no, en rebelarse contra sí mismo. En rigor, la rebe- 



7 Paro que la fi/osofia Impert, no es menester que los filó- 
sofos imperen -como Platón quiso primero-, ni siquiera 
que los emperadores filosofen- como quiso, más modes- 
tamente, después. Ambas cosos son, en rigor, tunestisi- 
/rws. Para que la filosofía impere, basta con que la iiaya; 
es decir, con que los filósofos sean filósofos. De'sde hace 
casi una centuria, los filósofos son todo menos eso -son. 
políticos, son pedagogos, son literatos o son hombres de 
ciencia. 



218 



JOSÉ ORTEGA Y GASSET 



lión del arcángel Luzbel no lo hubiera sido menos 
si en vez de empeñarse en ser Dios —lo que no era 
su destino— se hubiese empecinado en ser el más 
ínfimo de los ángeles, que tampoco lo era. (Si Luz- 
bel hubiera sido ruso, como Tolstoi, habría acaso 
preferido este último estilo de rebeldía, que no es 
más ni menos'contra Dios que el otro tan famoso). 

Cuando la masa actúa por sí misma, lo hace 
sólo de una manera, porque no tiene otra: lincha. 
No es completamente casual que la ley de Lynch 
sea americana, ya que América es en cierto modo el 
paraíso de las masas. Ni mucho menos podría ex- 
trañar que ahora, cuando las masas triunfan, triun- 
fe la violencia y se haga de ella la única ratio, la 
única doctrina. Va para mucho tiempo que hacía 
yo notar este progreso de la violencia como nor- 
ma.* Hoy ha llegado a su máximo desarrollo, y es- 
to es un buen síntoma, porque significa que auto- 
máticamente va a iniciarse su descenso. Hoy es ya 
la violencia la retórica del tiempo; los retóricos, los 
inanes, la hacen suya. Cuando una realidad humana 
ha cumplido su historia, ha naufragado y ha muer- 
to, las olas la escupen en las costas de la retórica, 
donde, cadáver, pervive largamente. La retórica es 
el cementerio de las realidades humanas: cuando 
más, su hospital de inválidos. A la realidad sobrevi- 
ve su nombre que, aun siendo sólo palabra, es, al 
fin y al cabo, nada menos que palabra y conserva 
siempre algo de su poder mágico. 

Pero aun cuando no sea imposible que haya 
comenzado a menguar el prestigio de la violencia 
como norma cínicamente establecida, continuare- 
mos bajo su régimen, bien que en otra forma. 

Me refiero al peligro mayor que hoy amenaza 
a la civilización europea. Como todos los demás 
peligros que amenazan a esta civilización, también 
éste ha nacido de ella. Más aún: constituye una de 
sus glorias, es el Estado contemporáneo. Nos en- 
contramos, pues, con una réplica de lo que en el 
capítulo anterior se ha dicho sobre la ciencia: la fe- 
cundidad de sus principios la empuja hacia un fabu- 
loso progreso, pero éste impone inexorablemente la 
especialización, y la especialización amenaza con 
ahogar a la ciencia. 

Lo mismo acontece con el Estado. 

Rememórese lo que era el Estado a fines del 
siglo XVIII en todas las naciones europeas. iBien 
poca cosa! El primer capitalismo y sus organizacio- 
nes industriales, donde por vez primera triunfa la 
técnica, la nueva técnica, la racionalizada, habían 
producido un primer crecimiento de la sociedad. 



Una nueva clase social apareció, más poderosa en 
número y potencia que las preexistentes: la burgue- 
sía. Esta indina burguesía poseía, ante todo y sobre 
todo, una cosa: talento, talento práctico. Sabía or- 
ganizar, disciplinar, dar continuidad y articulación 
al esfuerzo. En medio de ella, como en un pcéano, 
navegaba azarosa la "nave del Estado". La nave del 
Estado es una metáfora, reinventada por la burgue- 
sía, que se sentía a sí misma oceánica, omnipoten- 
te y encinta de tormentas. Aquella nave era cosa de 
nada o poco más: apenas si tenía soldados, apenas 
si tenía burócratas, apenas si tenía dinero. Había 
sido fabricada en la Edad Media por una clase de 
hombres muy distintos de los burgueses: los no- 
bles, gente admirable por su coraje, por su don de 
mando, por su sentido de responsabilidad. Sin ellos 
no existirían las naciones de Europa. Pero con to- 
das esas virtudes del corazón, los nobles andaban, 
han andado siempre, mal de cabeza. Vivían de la 
otra viscera. De inteligencia muy limitada, senti- 
mentales, instintivos, intuitivos; en suma: "irra- 
cionales". Por eso no pudieron desarrollar ninguna 
técnica, cosa que obliga a la racionalización. No 
inventaron la pólvora. Se fastidiaron. Incapaces de 
inventar nuevas armas, dejaron que los burgueses 
—tomándola de Oriente u otro sitio— utilizaran 
la pólvora, y con ello automáticamente ganaran la 
batalla al guerrero noble, al "caballero", cubierto 
estúpidamente de hierro, que apenas podía mover- 
se en la lid, y a quien no se había ocurrido que el 
secreto de la guerra no consiste tanto en los medios 
de defensa como en los de agresión (secreto que iba 
a redescubrir Napoleón).' 

Como el Estado es una técnica —de orden pú- 
blico y de administración—, el "antiguo régimen." 
llega a los fines del siglo XVIII con un Estado dé- 
bilísimo, azotado de todos lados por una ancha y 
revuelta sociedad. La desproporción entre el poder 



8 Véase Eip^h invertebrada, la. edición, 1921. (Véase pá- 
gina 79 del tomo lltde estas Obru Completas). 

9 Esta imagen sencilla del gran cambio histórico en que se 
sustituye la supremacía de los nobles por el predominio 
de los burgueses se debe a Ranke; pero claro es que su ver- 
dad simbólica y esquemática requiere no pocos aditamen- 
tos para ser completamente verdadera. La pólvora era co- 
nocida de tiempo inmemorable. La invención de lo carga 
en un tubo se debió a alguien de la Loml>ardia. Aun así, 
no fue etica/ hasta que se Inventó ta bala fundida. Los 
"nobles" usaron en pequeñas dosis el arma de fuego, pero 
era demasiado cafti. Sólo los ejércitos burgueses, mejor or- 
ganiíados económicamente, pudieron emplearla en gran- 
de. Queda, sin embargo, como literalmente cierto que los 
nobles, representados por el ejército de tipo medieval de 
los borgoñeses, fueron derrotados de manera definitiva 
por el nuevo ejército, no profesional, sino de burgueses, 
que formaron ios suizos. Su fueria primarla consistió en 
la nueva disciplina y la nueva racional i rae Ion de la táctica. 



LA REBELIÓN DE LAS MASAS 



219 



del Estado y el poder social es tal en ese momento, 
que comparando la situación con la vigente en tiem- 
pos de Carlomagno, aparece el Estado del XVIII 
como una degeneración. El Estado carolingio era, 
claro está, mucho menos pudiente que el de Luis 
XVI, pero, en cambio, la sociedad que lo rodeaba 
no tenia fuerza ninguna.'" El enorme desnivel en- 
tre la fuerza social y la del Poder público hizo posi- 
ble la Revolución, las revoluciones (hasta 1848). 

Pero con la Revolución se adueño del Poder 
público la burguesía, y aplicó al Estado sus innega- 
bles virtudes, y en poco más de una generación 
creó un Estado poderoso, que acabó con las revo- 
luciones. Desde 1848, es decir, desde que comien- 
za la segunda generación de gobiernos burgueses, 
no hay en Europa verdaderas revoluciones. Y no 
ciertamente porque no hubiese motivos para ellas 
sino porque no habi'a medios. Se niveló el Poder 
público con el poder social. ¡Adiós revoluciones 
para siempre! Ya no cabe en Europa más que lo 
contrario: el golpe de Estado. Y todo lo que con 
posterioridad pudo darse aires de revolución no fue 
más que un golpe de Estado con máscara. 

En nuestro tiempo, el Estado ha llegado a ser 
una máquina formidable, que funciona prodigiosa- 
mente; de una maravillosa eficiencia por la canti- 
dad y precisión de sus medios. Plantada en medio 
de la sociedad, basta tocar a un resorte para que ac- 
túen sus enormes palancas y operen fulminantes 
sobre cualquier trozo del cuerpo social. 

El Estado contemporáneo es el producto más 
visible y notorio de la civilización. Y es muy intere- 
sante, es revelador, percatarse de la actitud que an- 
te él adopta el hombre-masa. Este lo ve, lo admira, 
sabe que está ahí, asegurando su vida; pero no tie- 
ne conciencia de que es una creación humana, in- 
ventada por ciertos hombres y sostenida por ciertas 
virtudes y supuestos que hubo ayer en los hombres, 
y que puede evaporarse mañana. Por otra parte, el 
hombre-masa ve en el Estado un poder anónimo y 
como él se siente á sí mismo anónimo —vulgo—, 
cree que el Estado es cosa suya. Imagínese que so- 
breviene en la vida pública de un país cualquier di- 
ficultad, conflicto o problema; el hombre-masa 
tenderá a exigir que inmediatamente lo asuma el 
Estado, que se encargue directamente de resolverlo 
con sus gigantescos e incontrastables medios. 

Este es el mayor peligro que hoy amenaza a la 
civilización: la estatificación de la vida, el interven- 
cionismo del Estado, la absorción de toda esponta- 
neidad social por el Estado: es decir, la anulación 
de la espontaneidad histórica, que en definitiva sos- 



tiene, nutre y empuja los destinos humanos. Cuan- 
do la masa siente alguna desventura o simplemente 
algún fuerte apetito, es una gran tentación para ella 
esa permanente y segura posiblidad de conseguirlo 
todo —sin esfuerzo, lucha, duda ni riesgo— sin más 
que tocar el resorte y hacer funcionar la portentosa 
máquina. La masa se dice; "El Estado soy yo", lo 
cual es un perfecto error. El Estado es la masa sólo 
en el sentido en que puede decirse de dos hombres 
que son idénticos porque ninguno de los dos se lla- 
ma Juan. Estado contemporáneo y masa coinciden 
sólo en ser anónimos. Pero el caso es que el hom- 
bre-masa cree, en efecto, que él es el Estado, y ten- 
derá cada vez más a hacerle funcionar con cual- 
quier pretexto, a aplastar con él toda minoría crea- 
dora que lo perturbe —que lo perturbe en cualquier 
orden: en política, en ideas, en industria. 

El resultado de esta tendencia será fatal. La 
espontaneidad social quedará violentada una vez y 
otra por la intervención del Estado; ninguna nueva 
simiente podrá fructificar. La sociedad tendrá que 
vivir para el Estado; el hombre, para la máquina del 
Gobierno. Y como a la postre no es sino una má- 
quina, cuya existencia y mantenimiento dependen 
de la vitalidad circundante que la mantenga, el Es- 
tado, después de chupar el tuétano a la sociedad, se 
quedará hético, esquelético, muerto, con esa muer- 
te herrumbrosa de la máquina, mucho más cadavé- 
rica que la del organismo vivo. 

Este fue el sino lamentable de la civilización 
antigua. No tiene duda que el Estado imperial, 
creado por los Julios y los Claudios, fue una máqui- 
na admirable, incomparablemente superior como 
artefacto al viejo Estado republicano de las familias 
patricias. Pero —curiosa coincidencia— apenas llegó 
a su pleno desarrollo, comienza a decaer el cuerpo 
social. Ya en los tiempos de los Antoninos (siglo II) 
el Estado gravita con una antivital supremacía so- 
bre la sociedad. Esta empieza a ser esclavizada, a no 
poder vivir más que en servicio del Estado. La vida 
toda se burocratiza. ¿Qué acontece? La burocrati- 



10 Merecería la pena de Insistir sobre este punto y hacer no- 
tar que la época de las Monarquías absolutas europeas ha 
operado con Estados muy débiles. ¿Cómo se explica esto} 
Ya la sociedad en tomo comemaba a crecer. ¿Por qué, si 
el Estado lo podía todo - era "»bsoluto"-, no se hacía 
más fuerte? Una de las causas es la apuntada: Incapacidad 
técnica, raclonalliadora, burocrática, de las aristocracias 
de sangre. Pero no basta esto. Además de eso aconteció en 
el Estado absoluto que aquellas aristocraclu no qulileron 
acrandar el Etudo a cosía de la sociedad Contra lo que 
cree, el Estado absoluto respeta instintivamente la socie- 
dad mucho más que nuestro Estado democrático, más In- 
teligente, pero con menos sentido de la responsabilidad 
histórica. 



220 



JOSÉ ORTEGA Y GASSET 



zación de la vida produce su mengua absoluta —en 
todos los órdenes. La riqueza disminuye, y las mu- 
jeres paren poco. Entonces el Estado, para subvenir 
a sus propias necesidades, fuerza más la burocrati- 
zación de ia existencia humana. Esta burocratiza- 
ción en segunda potencia es la militarización de la 
sociedad. La urgencia mayor del Estado es su apa- 
rato bélico, su ejército. El Estado es, ante todo, 
productor de seguridad (la seguridad de que nace el 
hombre-masa, no se olvide). Por eso es, ante todo, 
ejército. Los Severos, de origen africano, militari- 
zan al mundo. iVana faena! La miseria aumenta, 
las matrices son cada di'a menos fecundas. Faltan 
hasta soldados. Después de los Severos, el ejército 
tiene que ser reclutado entre extranjeros. 

¿Se advierte cuál es el proceso paradójico y 
trágico del estatismo? La sociedad, para vivir mejor 
ella, crea como un utensilio el Estado. Luego el Es- 
tado se sobrepone, y la sociedad tiene que empezar 
a vivir para el Estado." Pero al fin y al cabo el Es- 
tado se compone aún de los hombres de aquellas 
sociedad. Más pronto no basta con éstos para sos- 
tener el Estado, y hay que llamar a extranjeros; 
primero, dálmatas; luego, germanos. Los extranje- 
ros se hacen dueños del Estado, y los restos de la 
sociedad, del pueblo inicial, tienen que vivir escla- 
vos de ellos, de gente con la cual no tienen nada 
que ver. A esto lleva el intervencionismo del Esta- 
do; el pueblo se convierte en carne y pasta que ali- 
menta el mero artefacto y máquina que es el Esta- 
do. El esqueleto se come la carne en torno a él. El 
andamio se hace propietario e inquilino de la casa. 

Cuando se sabe esto, azora un poco oi'r que 
Mussolini pregona con ejemplar petulancia, como 
un prodigioso descubrimiento, hecho ahora en Ita- 
lia, la fórmula Todo por el Estado; nada fuera del 
Estado; nada contra el Estado. Bastaría esto para 
descubrir en el fascismo un típico movimiento de 
hombres-masa. Mussolini se encontró con un Esta- 
do admirablemente construido —no por él, sino 
precisamente por las fuerzas e ideas que él comba- 
te: por la democracia liberal. El se limita a usarlo 
incontinentemente, y, sin que yo me permita ahora 
juzgar el detalle de su obra, es indiscutible que los 
resultados obtenidos hasta el presente no pueden 
compararse a los logrados en la función política y 
administrativa por el Estado liberal. Si algo ha con- 
seguido, es tan menudo, poco visible y nada sustan- 
tivo, que difícilmente equilibra la acumulación de 
poderes anormales, que le consienten emplear 
aquella máquina en forma extrema. 

El estatismo es la forma superior que toman 
la violencia y la acción directa, constituidas en nor- 



ma. Al través y por medio del Estado, máquina 
anónima, las masas actúan por si mismas. 

Las naciones europeas tiene ante sí una etapa 
de grandes dificultades en su vida interior, proble- 
mas económicos, jurídicos y de orden público so- 
bremanera arduos. ¿Cómo no temer que bajo el im- 
perio de las masas se encargue el Estado de aplastar 
la independencia del individuo, del grupo, y agostar 
así definitivamente el porvenir? 

Un ejemplo concreto de este mecanismo lo 
hallamos en uno de los fenómenos más alarmantes 
de estos últimos treinta años: el aumento enorme 
en todos los países de las fuerzas de Policía. El cre- 
cimiento social ha obligado ineludiblemente a ello. 
Por muy habitual que nos sea, no debe perder su 
terrible paradojismo ante nuestro espíritu el hecho 
de que ia población de una gran urbe actual, para 
caminar pacíficamente y acudir a sus negocios, ne- 
cesita, sin remedio, una Policía que regule la circu- 
lación, Pero es una inocencia de las gentes de "or- 
den" pensar que estas "fuerzas de orden público", 
creadas para el orden, se van a contentar con impo- 
ner siempre el que aquéllas quieran. Lo inevitable 
es que acaben por definir y decidir ellas el orden 
que van a imponer, y que será, naturalmente, el 
que les convenga. 

Conviene que aprovechemos el roce de esta 
materia para hacer notar la diferente reacción que 
ante una necesidad pública puede sentir una u otra 
sociedad. Cuando hacia 1800 la nueva industria co- 
mienza a crear un tipo de hombre —el obrero in- 
dustrial— más criminoso que los tradicionales, 
Francia se apresura a crear una numerosa Policía. 
Hacia 1810 surge en Inglaterra, por las mismas cau- 
sas, un aumento de la criminalidad, y entonces 
caen los ingleses en la cuenta de que ellos tienen 
Policía. Gobiernan los conservadores. ¿Qué harán? 
¿Crearán una Policía? Nada de eso. Se prefiere 
aguantar hasta donde se pueda el crimen, "la gente 
se resigna a hacer su lugar al desorden, considerán- 
dolo como rescate de la libertad". En París —escri- 
be John WiJIian Ward— tienen una Policía admira- 
ble, pero pagan caras sus ventajas. Prefiero ver que 
cada tres o cuatro años se degüella a media docena 
de hombres en Ratcliffe Road, que estar sometido 
a visitas domiciliarias, al espionaje y a todas las ma- 
quinaciones de Fouché".'^ Son dos ideas distintas 
del Estado. El inglés quiere que el Estado tenga lí- 
mites. 



/ / Recuérdense las últimas palabras de Septimio Severo a sus 
hi/os: Permaneced unidos, pigad » los soldados y despre- 
ciad el resto. 

12 Viast Elie Halévy: Hiitorie du peupíe anglais au XIX lié- 
ele (tomo I, póg. 40, 1912). 



LA SOCIEDAD ABIERTA 
Y SUS ENEMIGOS 



KARL R. POPPER 
(1903- ) 



221 



IV 



El ingeniero social no se plantea ningún in- 
terrogante acerca de la tendencia histórica del 
hombre o de su destino, sino que lo considera 
dueño del mismo, es decir capaz de influir o mo- 
dificar ^a historia exactamente de la misma mane- 
ra en que es capaz de modificar la faz de la tierra. 
El ingeniero social no cree que estos objetivos nos 
sean impuestos por nuestro marco histórico o por 
las tendencias de la historia, sino por el contrario, 
que provienen de nuestra propia elección, o crea- 
ción incluso, de la misma manera en que creamos 
nuevos pensamientos, nuevas obras de arte, nue- 
vas casas o nuevas hiáquinas. A diferencia del his- 
toricista, quien cree que sólo es posible una acción 
poli'tica inteligente una vez determinado el curso 
futuro de la historia, el ingeniero social cree que 
la base científica de la poli'tica es algo completa- 
mente diferente; en su opinión, ésta debe consis- 
tir en la información fáctica necesaria para la cons- 
trucción o alteración de las instituciones sociales, 
de acuerdo con nuestros deseos y propósitos. Una 
ciencia semejante tendría que indicarnos los pa- 
sos a seguir si deseáramos, por ejemplo, eliminar 
las depresiones, o bien, producirlas; o si deseára- 
mos efectuar una distribución de la riqueza más 
pareja, o bien, menos pareja. En otras palabras: 
el ingeniero social toma como base científica de 
la política una especie de tecnología social (como 
veremos más adelante, Platón la compara con el 
fundamento científico de la medicina), a diferen- 
cia del historicista, que la considera una ciencia de 
las tendencias históricas inmutables. 

De cuanto se lleva dicho sobre la actitud del 
ingeniero social no debe inferirse que no haya im- 
portantes diferencias dentro del campo de la inge- 
niería social. Muy por el contrario, la diferencia 
entre lo que hemos denominado "Ingeniería Social 
Gradual" y la "Ingeniería Social Utópica" consti- 



tuye uno de los temas de estudio principales de 
este libro. (Véase especialmente el capítulo 9, don- 
de exponemos nuestras razones para defender la 
primera y rechazar la segunda.) Pero por el mo- 
mento nos circunscribiremos a la oposición que 
media entre el historicismo y la ingeniería social. 
Quizá pueda tornarse aún más clara esta oposición 
si Se consideran las actitudes asumidas por el histo- 
ricista y el ingeniero social hacia las instituciones 
sociales, es decir , aquellos objetos del tipo de una 
compañía de seguros, una fuerza policial, un go- 
bierno o quizá, también, un almacén. 

El historicista se inclina preferentemente a 
contemplar las instituciones sociales desde el pun- 
to de vista de su historia, esto es, de su origen, su 
desarrollo ^ su significación presente y futura. Pue- 
de suceder, tal vez, que insista en que su origen se 
debe a un plan o designio definido y a la persecu- 
ción de objetivos definidos, ya sean éstos humanos 
o divinos; o bien puede afirmar que no se hallan 
planeadas para servir ningún objetivo claramente 
concebido, sino que son, más bien, la expresión 
inmediata de ciertos instintos y pasiones, o bien 
puede suceder que en otra época hayan servido 
como medios para conseguir fines definidos, pe- 
ro que en la actualidad hayan perdido este carác- 
ter. El ingeniero social y el tecnólogo, por el con- 
trario, no demuestran mayor interés por el origen 
de las instituciones o por las intenciones primiti- 
vas de sus fundado'res (si bien no existe ninguna 
razón para que no reconozcan el hecho de que 
"sólo una parte mínima de las instituciones socia- 
les han sido conscientemente planeadas, en tanto 
que la gran mayoría se ha limitado a 'crecer' como 
resultado involuntario de las acciones humanas"). 
Lejos de ello, lo más probable es que enuncie el 
problema de la siguiente manera: Si nuestros ob- 
jetivos son' tales y tales; ¿se halla esta institución 
bien concebida y organizada para alcanzarlos? 
Consideramos por ejemplo la institución del segu- 
ro. Al ingeniero o tecnólogo social no le interesa 



223 



224 



KARL R. POPPER 



mayormente la cuestión de si el seguro se originó 
como un negocio lucrativo o, por el contrario, con 
el fin de servir a la comunidad. En lugar de ello, 
se limitará a efectuar la critica de ciertas institu- 
ciones de seguro, indicando tal vez la forma de 
acrecentar el margen de ganancias o, lo que es muy 
diferente, la forma de aumentar el beneficio que 
prestan al público, y, en ambos casos extremos, 
habrá de sugerir los métodos más eficaces para al- 
canzar esos fines. Consideremos aún otro ejemplo 
de institución social, a saber: la fuerza policial. 
Algunos historicistas la describirán como instru- 
mento para protección de la libertad y seguridad 
de los individuos, en tanto que otros verán en ella 
un instrumento de opresión y de gobierno de cla- 
se. El ingeniero o tecnólogo social, sin embargo, se 
limitari'a a sugerir las medidas indicadas para con- 
vertir la fuerza policial en un adecuado instrumen- 
to para la protección de la libertad y seguridad de 
los ciudadanos, pero del mismo modo, podría 
también idear una medida para convertirla en una 
poderosa arma para el gobierno de una clase de- 
terminada. (En su carácter de ciudadano que per- 
sigue ciertos fines en los cuales cree, puede exigir 
la adopción de estos fines y de las medidas con- 
ducentes a los mismos. Pero como tecnólogo, de- 
berá distinguir cuidadosamente entre las cuestión 
de los fines y su elección y la cuestión relativa a 
los hechos, es decir, los efectos sociales acarreados 
por una medida dada). 

En términos más generales, podemos decir 
que el ingeniero encara racionalmente el estudio 
de las instituciones como medios al servicio de de- 
terminados fines y que, en su carácter de tecnó- 
logo, las juzga enteramente de acuerdo con su pro- 
piedad, su eficacia, su simplicidad, etc. El histori- 
cista, por el contrario, tratari'a más bien de descu- 
brir el origen y destino de estas instituciones para 
establecer el "verdadero papel" desempeñado por 
ellas en el desarrollo de la historia, estimándolas, 
por ejemplo, en función "de la voluntad de Dios", 
de la "voluntad del destino" o de "la importantes 
tendencias históricas que sirven", etc. Todo esto 
significa que el ingeíiiero social o tecnólogo haya 
de verse forzado a afirmar que las instituciones son 
medios o instrumentos para procurar ciertos fines; 
lejos de ello, puede ser perfectamente consciente 
del hecho de que ellas difieren en muchos aspec- 
tos importantes de las máquinas o meros instru- 
mentos mecánicos. El tecnólogo no olvida, por 
ejemplo que las instituciones "crecen" en forma 
similar (aunque de ningún modo idéntica) a aque- 
lla en que se desarrollan los organismos, hecho 
éste de fundamental importancia para la ingenie- 
ría social. Vemos, pues, que el Jecnólogo no tie- 



ne por qué caer forzosamente en una filosofía 
"instrumentalista" de las instituciones sociales. 
(A nadie se le ocurriría decir que una naranja es 
un instrumento o un medio para alcanzar un fin; 
pero frecuentemente la consideramos un medio 
para lograr ciertos fines, por ejemplo, para apla- 
car el hambre o la sed cuando experimentamos 
deseo de comerla o, mejor aún, cuando nos pro- 
ponemos ganarnos la vida con su venta). 

Las dos actitudes antagónicas, la del histo- 
ricismo y la de la ingenierfa social, se dan juntas, 
a veces, en ciertas combinaciones típicas. El ejem- 
plo más antiguo y probablemente el de mayor 
influencia, lo constituye la filosofía social y po- 
lítica de Platón. Para usar un símil tomado de la 
pintura, diremos que en ella se combinan un pri- 
mer plano de elementos tecnológicos perfecta- 
mente evidentes y un segundo plano o fondo do- 
minado por un minucioso despliegue de rasgos tí- 
picamente historicistas. Esta combinación es ca- 
racterística de un gran número de filósofos sociales 
y políticos que idearon lo que más tarde se llamó 
sistemas utópicos. Todos estos sistemas patrocinan 
cierto tipo de ingeniería social, puesto que exigen 
la adopción de ciertos medios institucionales— aun- 
que no siempre muy realistas— para la consecución 
de sus fines. Pero cuando pasamos a la considera- 
ción de estos fines, entonces encontramos frecuen- 
temente que ellos se hallan determinados por una 
concepción historicista. Los objetivos políticos de 
Platón, en particular, deperxien en grado considera- 
ble de sus teorías historicistas. En primer término, 
hallamos su propósito de escapar al incesante flujo 
de Heráclito, cuyas manifestaciones son la revolu- 
ción social y la decadencia histórica. En segundo 
término, Platón cree que esto puede alcanzarse me- 
diante el establecimiento de un estado tan perfecto 
que se mantenga al margen del impulso general de 
la evolución histórica. En tercer término, cree que 
puede hallarse el modelo u original de su estado 
perfecto en el pasado remoto, en una edad de oro 
que se remonta a los albores de la historia; en efec- 
to, si es cierto que el mundo se corrompe con el 
tiempo, entonces deberemos encontrar una perfec- 
ción cada vez mayor a medida que retrocedamos en 
el pasado. El estado perfecto sería algo así como el 
primer antecesor, el padre original de todos los 
estados posteriores, los cuales vendrían a ser la de- 
cendencia degenerada, por así decirlo, de este esta- 
do mejor, perfecto o "ideal"; estado ideal que no 
es un mero fantasma, ni un sueño, ni una "idea en 
nuestro pensamiento", sino que, en razón de su es- 
tabilidad, es mucho más real que todas aquellas so- 
ciedades decadentes emergidas en el flujo de todas 
las cosas condenadas a extinguirse en cualquier mo- 
mento. 



LA SOCIEDAD ABIERTA Y SUS ENEMIGOS 



229 



De este modo, aun el fin político de Platón 
—el mejor estado— depende considerablemente de 
su concepción historicista; y, como ya dijimos an- 
tes, lo que vale para su filosofía del estado puede 
hacerse valer para su filosofía general de "todas las 
cosas", esto es, su Teoría de las Formas o Ideas. 



Las cosas sujetas a transformaciones, los obje- 
tos degenerados y decadentes, constituyen (al igual 
que el estado) la descendencia, la progenie, por así 
decirlo, de los objetos perfectos. Y al igual que en 
el caso de los hijos, son verdaderas copias de sus 
progenitores originales. El padre o raíz original de 
un objeto cambiante es lo que Platón denomina su 
"Forma", "Patrón" o "Ideas". Como antes, debe- 
mos insistir en que la Forma o Idea, pese a este úl- 
timo nombre, no constituye una "idea en nuestro 
pensamiento", ni un fantasma, ni un sueño, sino un 
objeto real. Es, de hecho, más real que todas las co- 
sas u objetos ordinarios sujetos a cambios, que pese 
a su aparente solidez, están condenados a perecer, 
pues la Forma o Idea es un objeto perfecto y, por 
lo tanto, imperecedero. 

No debe creerse que las Formas o Ideas se en- 
cuentren situadas, al igual que los objetos perecede- 
ros, en el espacio y el tiempo; por el contrario, se 
hallan fuera del espacio y también del tiempo (por- 
que son eternas). No obstante, guardan contacto 
con el espacio y el tiempo, pues dado que son los 
progenitores o modelos de los objetos corrientes 
que se desarrollan y declinan en el espacio y el 
tiempo, tienen que haber mantenido algún contac- 
to con el espacio o en el principio de los tiempos. 
Puesto que no se las encuentra en nuestro espacio y 
nuestro tiempo, no pueden ser percibidas por nues- 
tros sentidos, a diferencia de los objetos ordinarios 
y mudables que actúan sobre nuestros sentidos y 
son denominados, por lo tanto, objetos sensibles. 
Esos objetos sensibles, que son copias o vastagos de 
un mismo modelo u original, no sólo se parecen al 
patrón común, es decir, la Forma o Idea, sino que 
también se asemejan entre sí, al igual que los hijos 
de una misma familia; y así como los niños toman 
el nombre de su padre, también los objetos sensi- 
bles toman el de las Formas o Ideas que les dieron 
origen; para decirlo con las palabras de Aristóteles, 
"Reciben su nombre". 

Del mismo modo que un niño puede mirar al 
padre, viendo en él un ideal ; un modelo único; una 
personificación divinizada de sus propias aspiracio- 
nes; una materialización de la perfección, la sabidu- 
ría, la estabilidad, la gloria y la virtud; viendo en él 



la potencia que lo creó antes de que su mundo co- 
menzara y que ahora lo preserva y sostiene y en 
"virtud" del cual existe, así Platón considera las 
Formas o ideas. La idea platónica es el original y el 
origen del objeto; es su fundamento, la razón de su 
existencia, el principio estable y sustentador en 
"virtud" del cual existe. Es la virtud de la cosa, su 
ideal, su perfección. 

Platón traza esta comparación entre la Forma 
o Idea de una clase de objetos sensibles y el padre 
de una familia numerosa, en el Timeo, uno de sus 
últimos diálogos. Este se halla en estrecho acuerdo 
con gran parte de su escritos anteriores, sobre los 
cuales arroja considerable luz. Pero en el Timeo, 
llega algo más lejos de lo recorrido en sus primeras 
enseñanzas, cuando representa el contacto de la 
Forma o Idea con el mundo del espacio y del tiem- 
po mediante una extensión de su símil. Así, descri- 
be el "espacio" abstracto en que se mueven los 
objetos sensibles (originalmente el espacio o vacío 
situado entre el cielo y la tierra) como un receptá- 
culo, al que compara con la madre de todas las co- 
sas, pues en él, en el comienzo de los tiempos, las 
Formas crean a los objetos sensibles estampándolos 
o imprimiéndolos en el espacio puro, y confiriendo 
su forma a sus descendientes. "Debemos concebir" 
—escribe Platón— tres clases de objetos: en primer 
término, aquellos que son creados; en segundo tér- 
mino, aquel en que tiene lugar la creación, y en úl- 
timo término, el modelo a cuya hechura y semejan- 
za nacen los objetos creados. De este modo, pode- 
mos comparar al principio receptor con la madre; 
al modelo, con el padre y al producto de ambos 
con los hijos". Platón continúa luego describiendo 
más detalladamente los modelos, es decir, los pa- 
dres, las Formas o Ideas inalterables: "Tenemos, 
primero, la Forma inalterable que no ha sido crea- 
da y es indestructible . . . invisible e imperceptible 
para los sentidos y que sólo puede ser contemplada 
mediante el pensamiento puro". A cada una de es- 
tas Formas o Ideas individuales corresponde toda 
una descendencia o raza de objetos sensibles, "otra 
clase de objetos que llevan el nombre de su Forma 
y se le asemejan, pero que son perceptibles para los 
sentidos, creados, sujetos al flujo y que se generan 
en un lugar y se disipan luego del mismo lugar, 
siendo aprehendidos por la opinión basada en la 
percepción". En cuanto al espacio abstracto, equi- 
parado a la madre, es descrito en la forma siguien- 
te: "Existe una tercera clase, el espacio, que es 
eterno e indestructible y que aloja a todos los obje- 
tos creados. . ." 

La comparación de la teoría platónica de las 
Formas o Ideas con ciertas creencias religiosas grie- 



226 



KARL R. POPPER 



gas nos ayudará a comprenderla. Al igual que en 
muchas religiones primitivas, algunos de los dioses 
griegos no son sino progenitores y héroes tribales 
idealizados, es decir, personificaciones de la "vir- 
tud" o "perfección" de la tribu. En consecuencia, 
ciertas tribus y familias remontaban su ascendencia 
a uno u otro de losdioses. (Según se afirma, el origen 
de la propia familia de Platón parecía remontarse al 
dios Poseidón). Basta considerar que estos dioses 
son inmortales o eternos y perfectos —o casi per- 
fectos— en tanto que los hombres corrientes se ha- 
llan sujetos al flujo de todas las cosas y también, 
por consiguiente, a la decadencia (que es, en ver- 
dad, el destino final de todo individuo humano), 
para comprender que estos dioses son, con respec- 
to a los hombres corrientes, lo mismo que las For- 
mas o Ideas de Platón con relación a los objetos 
sensibles (o también lo que su estado perfecto con 
respecto a ios diversos estados existentes en la ac- 
tualidad). Se observa, sin embargo, una importante 
diferencia entre la mitología griega y la teoría pla- 
tónica de las Formas o Ideas. En tanto que los grie- 
gos veneraban a muchos dioses como ascendientes 
de las diversas tribus o familias, la teoría de las 
Ideas exige que sólo exista una Forma o Idea del 
hombre; en efecto, no debemos olvidar que una de 
las doctrinas centrales de la teoría de las Ideas es 
que sólo hay una forma para cada "raza"; o "clase" 
de objetos. La singularidad de la Forma que corres- 
ponde a la singularidad del progenitor resulta un 
elemento necesario de la teoría, si ésta ha de de- 
sempeñar una de sus funciones más importantes, a 
saber, la de explicar la similitud entre los objetos 
sensibles cosa que surge naturalmente de la tesis de 
que estos últimos son copias o impresiones de una 
sola Forma. De este modo, si hubiera dos Formas 
iguales o semejantes, su similitud nos obligaría a su- 
poner que ambas son copias de un tercer objeto 
original, el cual vendría a ser, finalmente, la única y 
verdadera Forma. O, para expresarlo con las pala- 
bras de Platón en el Timeo: "El parecido surgiría 
así, con mayor precisión, no de la comparación en- 
tre dos objetos, sino de la referencia de ambos a un 
tercer objeto superior que es su prototipo". En la 
República, anterior al Timeo, Platón ya había ex- 
plicado su tesis con gran claridad, valiéndose del 
ejemplo de la cama esencial, es decir, la Forma o 
Idea de una cama; "Dios ... ha creado una cama 
esencial y solamente una; nunca creó ni creará, en 
cambio, dos o más camas ... En efecto .... aun 
cuando Dios creara nada más que dos camas, sal- 
dría una tercera a la luz, a saber, la Forma exhibida 
por aquello que las dos camas creadas tuviesen en 
común; aquélla, y no estas últimas, sería entonces 
la cama esencial". 



Este razonamiento demuestra que las Formas 
o Ideas proveen a Platón no sólo de un origen o 
punto de partida para todos los procesos que tie- 
nen lugar en el espacio y el tiempo (especialmente 
para la historia humana) sino también de una expli- 
cación de las semejanzas observadas entre los obje- 
tos sensibles de una misma clase. Si los objetos son 
semejantes debido a alguna virtud o propiedad por 
ellos compartida, por ejemplo, la blancura, la dure- 
za o la bondad, entonces esta virtud o propiedad 
debe ser única y la misma en todos ellos; en caso 
contrario no podría tornarlos semejantes. De acuer- 
do con Platón, todos ellos participan, si son blan- 
cos, de la Forma o Idea única de blancura, y de la 
dureza, si son duros. Al decir "participan", enten- 
demos esta palabra en el mismo sentido en que los 
hijos participan de las facultades y dotes de sus pa- 
dres, o también del mismo modo en que las múlti- 
ples reproducciones particulares de un grabado, 
que no son sino otras tantas impresiones de una 
misma plancha y, por consiguiente, se parecen en- 
tre sí, pueden participar de la belleza del original. 

El hecho de que esta teoría haya sido conce- 
bida para explicar la similitud de los objetos sensi- 
bles no parece guardar, a primera vista, ninguna re- 
lación con el historicismo. Y sin embargo, así es, y 
como nos dice el propio Aristóteles, fue precisa- 
mente esa relación la que indujo a Platón a elabo- 
rar esta teoría de las Ideas. Ahora trataremos de 
brindar una reseña de esta concepción, valiéndose 
del comentario de Aristóteles, además de algunas 
indicaciones de las propias obras de Platón. 

Si todas las cosas se hallan sujetas a un flujo 
incesante, entonces no será posible decir nada de- 
finido acerca de ellas. Jamás tendremos un cono- 
cimiento real de las mismas, sino, en el mejor de 
los casos, unas cuantas "opiniones" vagas y enga- 
ñosas. Este aspecto del problema, según sabemos 
por Platón y Aristóteles, preocupó a muchos dis- 
cípulos de Heráclito. Parménides, uno de los pre- 
cursores de Platón que mayor influencia tuvo so- 
bre él, había enseñado que el conocimiento puro 
de la razón, a diferencia de la engañosa opinión 
basada en la experiencia, sólo podía tener por obje- 
to un mundo libre de todo cambio, y que el cono- 
cimiento puro de la razón revelada, de hecho dicho 
mundo. Pero la realidad inmutable e indivisa que 
Parménides creía haber descubierto detrás del mun- 
do de los objetos perecederos carecía de toda rela- 
ción con este mundo en que transcurre nuestra vi- 
da. No era capaz por consiguiente, de explicarlo. 

Claro está que Platón no podía declararse sa- 
tisfecho con eso. Pese al disgusto y el desprecio que 



LA SOCIEDAD ABIERTA Y SUS ENEMIGOS 



227 



le inspiraba el mundo empírico sujeto al cambio, 
guardaba en el fondo un profundo interés por el 
mismo, y asi', anhelaba correr el velo que ocultaba 
el secreto de su decadencia, de sus cambios violen- 
tos y de sus infortunios. Platón tenia esperanzas de 
descubrir los medios para su salvación, y si bien le 
habi'a impresionado la doctrina de Parménides de la 
existencia de un mundo inalterable, real, sólido y 
perfecto detrás de este mundo espectral en el que 
padece la raza humana, esta concepción no resolvía 
los problemas planteados, puesto que no postulaba 
ninguna relación entre ambos mundos. Lo que Pla- 
tón buscaba era conocimiento, no opinión; el co- 
nocimiento racional puro de un mundo libre de 
cambios; pero, al mismo tiempo, un conocimiento 
que pudiera ser utilizado para investigar este muda- 
ble mundo en que vivimos, y, especialmente nues- 
tra cambiante sociedad y las transformaciones po- 
líticas con sus extrañas leyes históricas. Platón as- 
piraba a descubrir el secreto de la ciencia regia de 
la (X)li'tica, del arte de gobernar a los hombres. 

Pero cualquier ciencia exacta de la política 
parecía ser tan imposible como todo conocimien- 
to exacto de un mundo en perpetua transforma- 
ción; era pues, el político, un terreno donde no 
había ningún objeto fijo o estable. ¿Cómo podría 
discutirse cuestión política alguna, siendo que el 
significado de palabras tales como "gobierno", "es- 
tado" o "ciudad" cambiaba con cada nueva fase 
del desarrollo histórico? La teoría política debe 
haberse parecido a Platón, en su período heraclí- 
teo, tan engañosa, fluctuante e insondalple como 
la práctica política. 

En esta situación, Platón recibió de Sócrates, 
tal como lo indicaba Aristóteles, una orientación 
de suma importancia. A Sócrates le interesaban los 
asuntos de la ética y era, ante todo, un reforma- 
dor ético, un moralista que acosaba a toda clase de 
gentes obligándolas a pensar, a justificarse y a ex- 
plicarse y a explicar los principios de sus actos. Era 
su costumbre interrogarlos y por lo general no se 
declaraba satisfecho fácilmente con las respuestas. 
La respuesta típica que solía obtener, a saber, que 
actuamos de cierta manera porque es "prudente" 
hacerlo (o quiza, "conveniente", "justo" o "pia- 
doso", etc.), sólo lo incitaba a proseguir su inte- 
rrogatorio, preguntando qué era le prudencia, la 
conveniencia, la justicia o la piedad, según el caso. 

Así Sócrates analizaba, por ejemplo, la prudencia 
o sabiduría desplegada en diversas profesiones u 
oficios, a fin de descubrir lo que todos estos "pru- 
dentes" tipos de conducta pudiesen tener en co- 
mún y establecer, en consecuencia, lo que es o sig- 



nifica realmente la sabiduría o (para decirlo con las 
palabras de Aristóteles) lo que es su verdadera esen- 
cia. Era "natural." —expresa Aristóteles — "que Só- 
crates buscase la esencia de las cosas", esto es, la 
virtud o fundamento de una cosa y la significación 
real, inalterable o esencial de los términos. "Enesi- 
te sentido, fue Sócrates el primero en plantear el 
problema de las definiciones universales". 

Estos intentos de Sócrates de analizar térmi- 
nos éticos como la "justicia", la "modestia" o la 
"piedad" han sido comparados, justamente, con 
los modernos análisis del concepto de Libertad 
(de Mili por ejemplo), del de Autoridad o del de 
Individuo y Sociedad (de Catlin). No hay por qué 
suponer que Sócrates en su búsqueda de significa- 
ciones inmutables o esenciales para dichos térmi- 
nos, los haya personificado o tratado como obje- 
to. El comentario de Aristóteles sugiere, por lo 
menos, lo contrario, añadiendo que fue Platón 
quien desarrolló el método socrático de buscar 
los significados o esencias, tranformándolo en un 
método para determinar la naturaleza real, la For- 
ma o Idea de un objeto dado. Platón conservó "las 
doctrinas heracliteas de que todos los objetos sen- 
sibles se hallan permanentemente en estado de flu- 
jo, y de que no existe ningún conocimiento cierto 
de los mismos" pero halló precisamente en el mé- 
todo de Sócrates una escapatoria de esas dificul- 
tades. Si bien "no podía haber definición alguna 
de los objetos sensibles puesto que éstos sufren 
continuas transformaciones", era posible formu- 
lar definiciones y alcanzar un conocimiento verda- 
dero de otros objetos de distinta categoría, a sa- 
ber, las virtudes de los objetos sensibles. "Si el co- 
nocimiento o el pensamiento han de tener algún 
objeto, éste tendrá que ser cierta entidad, inatte- 
rable, diferente de los objetos sensibles", expresa 
Aristóteles y añade, comentando a Platón, que és- 
te 'llamaba Formas o Ideas a los objetos de este 
tipo, en tanto que^los objetos sensibles, de distin- 
ta naturaleza según él. se limitaban a recibir su 
nombre. Y los múltiples objetos que tienen el mis- 
mo nombre que cierta Forma o Idea existen por su 
participación de la misrrm". 

Esta síntesis de Aristóteles coincide estrecha- 
mente con los propios razonamientos de Platón ex- 
presados en el Timeo, y nos demuestra que el pro- 
blema fundamental de Platón consistía en encon- 
trar un método científico adecuado para el estudio 
de los objetos sensibles. Platón quería obtener un 
conocimiento racional puro y no tan sólo de opi- 
nión: y puesto que no era posible adquirir un co- 
nocimiento puro de los objetos sensibles, insistía 
—tal como dijimos antes— en obtener por lo menos 



228 



KARL R, POPPER 



aquel conocimiento puro que se hallaba relaciona- 
do en cierta medida con los objetos sensibles, pu- 
diendo ser aplicado a los mismos. El conocimien- 
to de las Formas e Ideas satisfacía esta exigencia, 
puesto que la Forma se hallaba relacionada con sus 
objetos sensibles del mismo rñodo que un padre 
lo está con sus hijos menores de edad. La Forma 
era el representante responsable de los objetos 
sensibles y podía ser consultada, por lo tanto, en 
las cuestiones de importancia concernientes a! 
mundo del flujo. 

De acuerdo con nuestro análisis, la teoría de 
las Formas o Ideas cumple, por lo menos, tres fun- 
ciones diferentes en la filosofía platónica. Consti- 
tuye un instrumento metódico de la mayor impor- 
tancia, pues torna posible el conocimiento científi- 
co puro, e incluso, un conocimiento susceptible 
de ser aplicado al mundo de los objetoscambiantes, 
de los cuales no puede adquirirse en forma inme- 
diata conocimiento alguno, sino tan sólo opinión. 
De este modo, se hace posible indagar los proble- 
mas de una sociedad en transformación y elaborar 
una ciencia política. Provee la tan ansiada clave 
para la teoría del cambio y de la decadencia, para 
la teori'a de la degeneración y la generación y, es- 
pecialmente, para la historia. Abre un camino en 
el reino social hacia cierto tipo de ingeniería social, 
y hace posible la confección de instrumentos para 
detener las transformaciones sociales, puesto que 
sugiere la planificación de un "estado mejor", que 
se parezca tanto a la Forma o Idea de un estado 
que se halle libre de la decadencia. 

El problema, la teoría del cambio y de la his- 
toria, será tratado en los próximos capi'tulos 4 y 5, 
donde se considerará la sociología descriptiva de 
Platón, es decir, su descripción y explicación del 
cambiante mundo social en que le tocó vivir. El 
problema, la detención de la transformación so- 
cial, será tratado en los capi'tulos 6 al 9, donde se 
examinará el programa político de Platón. El pro- 
blema, vale decir, el de la metodología de Platón, 
ya ha sido brevemente reseñado en este capitulo 
con la ayuda del comentario de Aristóteles acerca 
de la historia de la teoría de Platón. Pero antes de 
concluir quisiera agregar, todavía, algunas obser- 
vaciones más. 



VI 



Utilizamos aquí' la expresión esencialismo me- 
todológico para caracterizar la opinión sustentada 
por Platón y muchos de sus discípulos, de que co- 
rresponde el conocimiento o "ciencia", el descu- 



brimiento o la descripción de la verdadera natura- 
leza de los objetos, esto es, de su realidad oculta 
o esencial. Era creencia peculiar de Platón que la 
esencia de los objetos sensibles podía hallarse en 
otros objetos más reales, vale decir, en sus proge- 
nitores o Formas. Muchos de los esencialistas me- 
todológicos posteriores, Aristóteles por ejemplo, 
no lo siguieron en absoluto en esta concepción, 
pero todos ellos coincidieron con él en que la ta- 
rea del conocimiento puro consistía en el descu- 
brimiento de la naturaleza oculta, la Forma o esen- 
cia de las cosas. Todos estos esencialistas metodo- 
lógicos coincidían con Platón, asimismo, en la afir- 
mación de que dichas esencias podían ser descu- 
biertas y discriminadas con la ayuda de la intui- 
ción intelectual; en que toda esencia poseía un 
nombre que le era propio y del cual derivaba el de 
clase de objetos sensibles correspondientes, y en 
que podía describírsela con palabras. Y todos ellos 
concordaban en llamar "definición" a la descrip- 
ción de la esencia de un objeto. De acuerdo con el 
esencialismo metodológico, puede haber tres for- 
mas de conocer una cosa: "Lo que quiero decires 
que podemos conocer su realidad inalterable o 
esencia, que podemos conocer la definición de la 
esencia y que podemos conocer su nombre. Por 
consiguiente, pueden formularse dos cuestiones 
acerca de cualquier objeto real. . . . Se puede dar 
el nombre y preguntar la definición, o bien se pue- 
de dar la definición y preguntar el nombre". Como 
ejemplo de este método, Platón utiliza la esencia 
del concepto "par" (en oposición a "impar"): "el 
número. . . puede ser un objeto susceptible de ser 
dividido en partes iguales. En caso de ser asi, el nú- 
mero se llamará "par", y la difinición del nombre 
"par" será "un número divisible en partes igua- 
les". . . y cuando se nos proporciona el nombre y 
se nos pregunta la definición, o cuando se nos da 
la definición y se nos pregunta el nombre, habla- 
mos, en ambos casos, de una misma esencia ya sea 
que lo llamemos "par" o "número divisible en par- 
tes ¡guales". Tras dar este ejemplo. Platón pasa a 
aplicar este método a una "prueba" relativa a la 
naturaleza real del alma, acerca de la cual hablare- 
mos más adelante. 

Para comprender mejor el esencialismo meto- 
dológico, es decir, la teoría de que el objetivo de la 
ciencia consiste en revelar las esencias y describir- 
las por medio de definiciones, conviene contrapo- 
nerlo a su opuesto, el nominalismo metodológico. 
En lugar de aspirar al descubrimiento de lo que es 
realmente una cosa y de definir su verdadera na- 
turaleza, el nominalismo metodológico procura 
describir cómo se comporta un objeto en diversas 
circunstancias y, especialmente, si se observan cier- 



LA SOCIEDAD ABIERTA Y SUS ENEMIGOS 



229 



tas irregularidades en su conducta. En otras pala- 
bras, el nominalismo metodológico cree ver el ob- 
jetivo de la ciencia en la descripción de los obje- 
tos y sucesos de nuestra experiencia y en la "ex- 
plicación" de estos hechos, esto es, su descripción 
con ayuda de leyes universales. Y ve en nuestro len- 
guaje, especialmente en aquellas de sus reglas que 
diferencian las oraciones adecuadamente construi- 
das y las inferencias de un simple cúmulo de pala- 
bras, el gran instrumento de la descripción cien- 
ti'fica; no considera pues, a las palabras, nombres 
de las esencias, sino más bien herramientas sub- 
sidiarias para su tarea. El nominalista metodoló- 
gico jamás considerará que una pregunta tai co- 
mo "¿qué es la energía?" "¿qué es el movimien- 
to?" o "¿qué es un átomo?" constituye una cues- 
tión importante para la física; le atribuirá suma im- 
portancia, en cambio, a las preguntas de este tipo: 
"¿cómo puede aprovecharse la energía solar?", 
"¿cómo se mueve un planeta?", "¿en qué condi- 
ciones irradia luz un átomo?", etc. Y a aquellos 
filósofos que sostienen que antes de haber contes- 
tado el "qué es" no puede pretender responder a 
los "cómo", les responderá simplemente que pre- 
fiere el modesto grado de exactitud que le propor- 
cionan sus métodos a la pretenciosa confusión en 
que ellos han incurrido con los suyos. 

Los argumentos esgrimidos comúnmente en 
defensa de esa opinión insisten en la importancia 
del cambio en la sociedad y exhiben, asimismo, otras 
tesis del historicismo. El físico, para mencionar un 
argumento típico, se ocupa de objetos como la 
energía a los átomos que, pese a cambiar, retienen 
cierto grado de constancia. Así, puede describir 
los cambios sufridos por estas entidades relativa- 
mente inalterables y no tiene necesidad de elabo- 
rar o sondear esencias, Formas o entidades igual- 
mente invariables, a fin de obtener algo permanen- 
te sobre cuya base sea posible efectuar pronuncia- 
mientos definidos. El investigador social, sin em- 
bargo, se halla en posición muy diferente. Todo su 
campo de interés se halla en continuo y, lejos de 
existir en él entidades permanentes, todo oscila 
bajo el impulso del flujo histórico. ¿Cómo pode- 
mos estudiar, por ejemplo, el gobierno? ¿Cómo po- 
dríamos identificarlo dentro de la diversidad de ins- 
tituciones gubernamentales aparecidas en los dife- 
rentes estados y en los distintos períodos históri- 
cos, sin presuponer que poseen algo esencial en 
común? Decimos que una institución es un gobier- 
no si creemos que configura esencialmente un go- 
bierno, vale decir, si concuerda con nuestra intui- 
ción de lo que es un gobierno; intuición ésta que 
podemos formular en una definición. Lo mismo 
valdría para otras entidades sociológicas tales co- 



mo la "civilización". Debemos captar su esencia 
—así concluye el razonamiento historicista— y 
material izarta bajo la forma de una definición. 

Estos moderno» argumentos son muy semejan- 
tes, en mi opinión, a aquellos mencionados más 
arriba que, según Aristóteles, hicieron desembocar 
a Platón en su teoría de las Formas o Ideas. La úni- 
ca diferencia reside en que Platón (que rechazaba 
la teoría atómica y nada sabía de la energía) tam-' 
bien su doctrina al reino de la física y, de este mo- 
do, a todo el mundo en su conjunto. Se advierte 
aquí que el análisis de los métodos de Platón en 
el campo de las ciencias sociales puede revestir in- 
terés aún en la actualidad. 

Antes de pasar a considerar la sociología de 
Platón y la forma en que éste utilizó el esencialis- 
mo metodológico en ese campo, quisiera dejar bien 
aclarado que he circunscripto mi tratamiento de 
Platón a su historicismo y a su concepción del "es- 
tado mejor". Quede advertido el lector, pues, de 
que no ha de esperar una cabal exposición de to- 
da la filosofía platónica, es decir, lo que podría 
denominarse un justo y completo tratamiento del 
platonismo, Mi actitud hacia el historicismo es 
de franca hostilidad, pues se basa en la convicción 
de que dicha doctrina es superflua o quizá peor. 
Es por ello que mi examen de los rasgos histori- 
cistas del platonismo es sumamente severo. Si bien 
es mucho lo que admiro de Platón, especialmente 
todo aquello que aparentemente proviene de Só- 
crates, no creo que consista mi obligación en agre- 
garle más lauros a los incontables tributos rendi- 
dos a su genio. Me siento inclinado, más bien, a 
destruir todo aquello que, a mi juicio, tiene de per- 
judicial esta filosofía. Es la tendencia totalitaria de 
la filosofía política de Platón lo que trataré de ana- 
lizar y criticar. 

CAPITULO IV 

CAMBIO Y REPOSO 

Platón fue uno de los primeros teóricos socia- 
les y, sin duda, el que más influencia tuvo. Si he- 
mos de entender la palabra "sociología" en el sen- 
tido que la usaron Comte, Mili y Spencer, Platón 
fue un sociólogo; esto significa que aplicó con éxi- 
to su método idealista al análisis de la vida social 
del hombre y de las leyes de su desarrollo, «sí co- 
mo también de las normas y condiciones de su es- 
tabilidad. Pese a la gran influencia de Platón, este 
aspecto de su enseñanza ha pasado casi inadverti- 
do. Ello parece obedecer a dos factores: en Primer 



230 



KARL R. POPPER 



lugar, Platón presenta gran parte de su sociología 
en tan estrecha relación con sus exigencias éticas 
y políticas, que los elementos descriptos pueden 
ser pasados por alto fácilmente. En segundo lu- 
gar, muchos de sus pensamientos fueron aceptados 
tan abiertamente, que la gente se limitó a asimi- 
larlos inconscientemente y, por lo tanto, sin la de- 
bida actitud cn'tica. Fue de esta manera, en esen- 
cia, como adquirieron tanta influencia sus teorías 
sociológicas. 

La sociología de Platón es una ingeniosa mez- 
cla de especulación y de una aguda observación de 
los hechos. La base especulativa es, por supuesto, la 
teoría de las Formas y del flujo y la decadencia 
universal, de la generación y la degeneración. Pero 
sobre este cimiento idealista. Platón edifica una 
teoría de la sociedad sorprendentemente realista, 
capaz de explicar las principales tendencias del de- 
sarrollo histórico de las ciudades griegas, como así 
también las fuerzas sociales y políticas que obra- 
ron en su propio tiempo. 



Ya hemos esbozado el marco especulativo y 
metafísico de la teoría platónica del cambio social. 
Nuestro mundo de objetos en el espacio y el tiem- 
po es el fruto de aquel otro mundo de Formas e 
Ideas inmutables. Y no sólo son inmutables, indes- 
tructibles e incorruptibles estas Formas o Ideas, 
sino que también son perfectas, verdaderas, reales 
y buenas; de hecho, en la República, el 'bien" es 
definido en cierta ocasión como "todo aquello que 
preserva" y el "mal" como "todo aquello que des- 
truye o corrompe". Las perfectas y buenas For- 
mas o Ideas son anteriores a las copias —los ob- 
jetos sensibles— y constituyen algo así como los 
progenitores o puntos de partida de todos los cam- 
bios que tienen lugar en el mundo del flujo. Esta 
concepción sirve para valorar la tendencia general 
y la dirección principal de todos los cambios que 
se producen en el mundo de los objetos sensibles, 
pues si el punto de partida de todo cambio es per- 
fecto y bueno, entonces el cambio sólo puede cons- 
tituir un movimiento de alejamiento de lo perfec- 
to y lo bueno y de acercamiento hacia lo imperfec- 
to y lo malo, hacia la corrupción. 

Esta teoría podría ser desarrollada detallada- 
mente; así, cuando más se asemeja un objeto sen- 
sible a su Forma o Idea, tanto menos corrupto se- 
rá, puesto que las Formas son en sí mismas inco- 
rruptibles. 



Pero los objetos sensibles o generados no son 
copias perfectas; en realidad, ninguna copia puede 
ser perfecta, puesto que sólo es una imitación de la 
verdadera realidad, una apariencia, una ilusión, pe- 
ro no la verdad. En consecuencia, ningún objeto 
sensible (con excepción, tal vez, de los más exce- 
lentes) se parece lo bastante a su Forma original 
para ser inalterable. "La inmutabilidad absoluta y 
eterna sólo es asignada a lo más divino de todas las 
cosas y los cuerpos no pertenecen a este orden, ex- 
presa Platón. Un objeto sensible o generado —tal 
como un cuerpo físico o un alma humana— si es 
una buena copia, puede cambiar escasamente al 
principio; y el cambio o movimiento más antiguo 
—el movimiento del alma— es "divino" todavía 
(a diferencia de los cambios secundario y tercia- 
rio). Pero todo cambio, por pequeño que sea, lo 
hará diferente, y de este modo, menos perfecto 
al reducir la semejanza con su Forma. De esta ma- 
nera, el objeto se torna más alterable, con cada 
cambio y también más corruptible, puesto que se 
va alejando más y más de su Forma, que es la "cau- 
sa de su inmovilidad y estado de reposo", como 
dice Aristóteles, parafraseando la doctrina de Pla- 
tón de la siguiente manera: "Los objetos se gene- 
ran por su participación en la Forma y se corrorrt- 
pen por la pérdida de esta Forma. Este proceso de 
degeneración, lento al principio y luego más rápido 
—esta ley de la decadencia y caída— es descripto 
dramáticamente por Platón en las Leyes, el últi- 
mo de sus grandes diálogos. El pasaje se refiere 
primordialmente al destino del alma humana, pe- 
ro Platón deja bien aclarado que vale para todas 
las cosas que "comparte el alma", con lo cual invo- 
lucra a todos los seres vivos, "todas las cosas que 
comparten el alma cambian" —escribe— ". . . y 
mientras cambian son arrastradas por el orden y la 
ley del destino. Cuanto más pequeño es el cambio 
de su carácter, tanto menos significativa es la de- 
clinación incipiente en su nivel de grado. Pero cuan- 
do los cambios aumentan y con ellos la iniquidad, 
entonces se precipitan hacia el abismo que cono- 
cemos con el nombre de regiones infernales". (En 
la continuación del pasaje Platón menciona la po- 
sibilidad de que "un alma dotada de un grado ex- 
cepcionalmente elevado de virtud se tome, por la 
fuerza de su propia voluntad . ... sí se halla en co- 
munión con la divina virtud, en extremo virtuosa 
y se traslade a una región superior '. El problema 
del alma excepcional que logra salvarse a sí misma 
—y quizá, incluso, a otras almas— de la ley general 
del destino, será considerado en el capítulo 8). Un 
poco antes, en las Leyes, Platón resume su doctrina 
del cambio: "Todo cambio, de cualquier írtdole 
que sea. salvo la transformación de una cosa vil. es 
el más grave de los traicioneros peligros que amena- 



LA SOCIEDAD ABIERTA Y SUS ENEMIGOS 



231 



zan a un ser, ya sea un cambio de estación, del 
viento, del régimen del cuerpo o del carácter del al- 
ma": y agrega, a fin de darle más vigor: "esta afir- 
mación se aplica a todas las cosas, con la sola ex- 
cepción, como acabo de decir, de los objetos viles". 
En conclusión, Platón enseña que el cambio es el 
mal y que el reposo es divino. 

Vemos ahora que la teoría platónica de las 
Formas o Ideas supone cierta tendencia en el desa- 
rrollo del mundo sujeto a transformación, y que 
conduce a la ley de que en ese mundo debe aumen- 
tar continuamente la corruptibilidad de todas las 
cosas. No se trata tanto de una rígida ley de co- 
rrupción universal creciente, sino más bien de una 
ley de corruptiblidad creciente, es decir, que au- 
menta el peligro o la probabilidad de corrupción, 
pero sin excluir la posibilidad de progresos excep- 
cionales en el sentido opuesto. De ese modo, resul- 
ta factible, tal como lo indican las últimas citas, 
que un alma virtuosa desafía la transformación y la 
decadencia, y que un objeto vil, por ejemplo una 
ciudad envilecida, mejore con los cambios (a fin de 
que este progreso tuviera algún valor sería necesa- 
rio tornarlo permanente o estacionario, es decir, 
detener todo cambio ulterior. 

La narración del origen de las especies, inclui- 
da en el Timeo, se halla en completo acuerdo con 
esta teoría general de Platón. Según dicha historia, 
el hombre, situado a la cabeza de la escala zooló- 
gica, es engendrado por los dioses; las demás espe- 
cies tienen su origen en él y se desarrollan por un 
proceso de corrupción y degeneración. En primer 
lugar, algunos hombres —los cobardes y los villanos 
degeneran en mujeres, y aquellos que carecen de in- 
teligencia degeneran paulatinamente en animales 
interiores. Los pájaros —sostiene Platón- provie- 
nen de la transformación de individuos inofensivos 
pero demasiados calmos, que confian excesivamen- 
te en sus sentidos, "los animales terrestres proce- 
den de hombres ajenos a la filosofía" y los peces, 
incluyendo los moluscos, son el producto degenera- 
do de los más tontos, estúpidos e indignos de los 
hombres". 

Claro está que tal teoría puede aplicarse a la 
sociedad humana y también a su teoría, explicando 
así la pesimista ley evolutiva de Hesíodo, esto es, la 
ley de la decadencia histórica. Si hemos de creer el 
comentario de Aristóteles resumido en el último 
capítulo, admitiremos que la teoría de las Formas 
o Ideas fue introducida originalmente para satisfa- 
cer una exigencia metodológica, a saber, la de un 
conocimiento puro o racional, que resulta imposi- 



ble en el caso de los objetos sensibles sujetos a 
transformación. Podemos advertir ahora que la teo- 
ría no se limita a eso. Además de satisfacer estas 
exigencias metodológicas suministra una teoría del 
cambio, explicando la dirección general del flujo 
de todos los objetos sensibles y, de este modo, la 
tendencia histórica a degenerar evidenciada por el 
hombre y la sociedad humana. (Y aun llega más le- 
jos; en efecto, como veremos en el capítulo 6, la 
teoría de las Formas determina también la tenden- 
cia de la exigencias políticas de Platón e incluso los 
medios para su cumplimiento). Si el sistema filosó- 
fico de Platón, al igual que el de Heráclito, surgió 
-como creo- de su experiencia social, en particular 
de su experiencia de las guerras de clase y del sen- 
timiento desesperante de que el mundo social en 
que vivía se hallaba en pleno proceso de descom- 
posición, se hace comprensible que la teoría de las 
Formas viniera a desempeñar un papel tan impor- 
tante en la filosofía de Platón, cuando éste descu- 
brió que podía explicar con ella la tendencia hacia 
la degeneración. Es de suponer que la debe haber 
abrazado como una solución casi milagrosa para el 
desconcertante enigma. En tanto que Heráclito no 
había logrado formular una condenación ética di- 
recta de la tendencia de la evolución política. Pla- 
tón halló en su doctrina de las Formas la base teó- 
rica para un juicio pesimista a la manera de Hesío- 
do. 

Sin embargo, la grandeza de Platón como so- 
ciólogo no reside en sus especulaciones generales y 
abstractas acerca de la ley de la decadencia social, 
sino más bien en la riqueza y detalle de sus observa- 
ciones y en la asombrosa agudeza de su intuición 
sociológica. Platón vio cosas que nadie había adver- 
tido con anterioridad y que sólo en nuestra época 
fueron redescubiertas. Puede mencionarse como 
ejemplo su teoría de los comienzos primitivos de la 
sociedad, del patriarcado tribal y en general, su ten- 
tativa de discriminar los períodos típicos en el de- 
sarrollo de la vida social. Otro ejemplo lo constitu- 
ye el historicismo sociológico y económico de Pla- 
tón, es decir, su insistencia en el marco económico 
de la vida política y del desarrollo histórico, teoría 
ésta resucitada por Marx con el nombre de "mate- 
rialismo histórico". Un tercer ejemplo se encuentra 
en la ley platónica de las revoluciones políticas, se- 
gún la cual todas las revoluciones suponen la exis- 
tencia de una clase gobernante (o "élite") desuni- 
da. Esta ley, que constituye la base de su análisis de 
los medios para detener la transformación política 
y crear un equilibrio social, ha sido redescubierta 
en época relativamente reciente por los teoricistas 
del totalitarismo, especialmente Pareto. 



LENGUAJE, VERDAD Y LÓGICA 

(Introducción) 



ALFRED J. AYER 



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LENGUAJE, VERDAD Y LÓGICA 



INTRODUCCIÓN 

En los diez años transcurridos desde la prime- 
ra publicación de Lenguaje, verdad y lógica, he lle- 
gado a comprobar que las cuestiones que trata no 
son, en todo respecto, tan simples como las hace 
aparecer, pero todavía creo que el punto de vista 
que expresa es sustancialmente correcto. Siendo, 
en todo sentido, un libro de juventud, fue escrito 
con más pasión que la que se permite mostrar la 
mayoría de los filósofos, por lo menos en sus traba- 
jos publicados, y aun cuando esto contribuyó pro- 
bablemente a asegurarle un público más vasto del 
que podría haber tenido en otra forma, pienso aho- 
ra que muchas de sus argumentaciones hubieran si- 
do más persuasivas de no haber sido presentadas en 
forma tan áspera. Sin embargo, me resultaría muy 
difícil alterar el tono del libro sin volverlo a redac- 
tar en gran parte, y el hecho de que, por razones 
que no dependen enteramente de sus méritos, haya 
logrado en cierto modo la condición de libro de 
texto, espero que resulte una justificación suficien- 
te de que vuelva a imprimirse tal como está. Al mis- 
mo tiempo, hay un cierto número de puntos que 
me parecen requerir algunas explicaciones más de- 
talladas, y dedicaré por eso el resto de esta nueva 
introducción a comentarlos brevemente. 



Por consiguiente, si el principio de verificación hu- 
biera sido formulado en esta forma, no solo se po- 
dría sostener que sería incompleto como criterio 
de significado, ya que no comprendería el caso de 
las sentencias que no expresan en absoluto propo- 
sición alguna, sino también que sería inútil, en ra- 
zón de que la pregunta que debería contestar ten- 
dría ya que haber sido contestada antes de que se 
lo pudiese aplicar. Se verá que cuando introduzco 
el principio en este libro trato de salvar esta difi- 
cultad hablando de "proposiciones presuntas" y 
de proposiciones que una sentencia "pretende ex- 
presar", pero este recurso no es satisfactorio. En 
efecto, en primer lugar, d uso de palabras como 
"presuntas" y "pretende" parece llevar a conside- 
raciones psicológicas en las cuales no es mi inten- 
ción entrar y, en segundo lugar, en el caso de que 
la "proposición presunta" no fuera ni analítica ni 
verificable empíricamente, de acuerdo con esta for- 
ma de hablar parecería que no hay nada que la sen- 
tencia en cuestión pueda propiamente decirse que 
exprese. Pero, si una sentencia no expresa nada, pa- 
rece haber una contradicción en decir que lo que 
expresa es empíricamente inverificable; porque aun 
si se dictamina, por esa razón, que la sentencia ca- 
rece de sentido, el referirse a "lo que expresa" to- 
davía parece implicar que algo está expresado. 



EL PRINCIPIO DE VERIFICACIÓN 

Se supone que el principio de verificación pro- 
porciona un criterio mediante el cual se puede de- 
terminar si una sentencia* es literalmente significa- 
tiva o no. Una manera sencilla de formularlo sería 
decir que una sentencia tiene significado literal si, 
y solo si, la proposición que expresa es analítica o 
verificable empíricamente. Sin embargo a esto po- 
dría objetarse que, si una sentencia no fuera literal- 
mente significativa, no expresaría una proposi- 
ción;' pues comúnmente se da por sentado por to- 
da proposición es o verdadera o falsa, y decir que 
una sentencia expresa lo que es o verdadero o falso 
equivaldría a decir que es literalmente significativa. 



Esta, sin embargo, no es más que una dificul- 
tad terminológica, y hay varias maneras de resolver- 
la. Una de ellas podría ser aplicar directamente el 
criterio de verificabilidad a las sentencias y eliminar 
así por completo la referencia a las proposiciones. 
Por cierto que esto sería contrario al uso corriente, 
ya que nadie diría normalmente de una sentencia, 
como opuesta a una proposición, que es susceptible 



U oración (stnttnce). Se emplea í'jenlence/ como tér- 
mino técnico, ya utilizado en publicaciones en español. 
(N. del K). 

Consultar W LAZEWITZ, "Th* Principie of Verifliblll- 
tv", Mln4 1937, pp. 37278. 



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ALFRED J. AYER 



de ser verificada o, incluso, que sea verdadera o fal- 
sa; pero podría sostenerse que un alejamiento tal 
del uso corriente se justifica si se pudiera mostrar 
que posee alguna ventaja práctica. El hecho es, sin 
embargo, que la ventaja práctica parece estar del 
otro lado. Pues si bien es cierto que el uso de la pa- 
labra "proposición" no nos permite decir nada que, 
en principio, no podríamos decir sin ella, llena con 
todo una importante función: hace posible expre- 
sar lo que es válido, no meramente para una senten- 
cia particular, sino para cualquier sentencia a la 
cual sea lógicamente equivalente. Si yo afirmo, 
por ejemplo, que la proposición p se sigue de la 
proposición q, estoy por cierto afirmando implí- 
citamente que la sentencia inglesa s que expresa p 
puede deducirse de modo válido de la sentencia 
inglesa r que expresa q, pero no es eso sólo lo que 
sostengo. Pues, si no me equivoco, se seguirá tam- 
bién que cualquier sentencia equivalente a s, ya sea 
en inglés o en cualquier otro idioma, puede dedu- 
cirse válidamente, en el idioma en cuestión, de cual- 
quier sentencia que. sea equivalente a r; y esto es 
justamente lo que indica mi uso de la palabra "pro- 
posición". Es cierto que podríamos tomar la deci- 
sión de emplear la palabra "sentencia" en la forma 
en que empleamos ahora la palabra "proposición", 
pero esto no conduciría a una mayor claridad, es- 
pecialmente porque la palabra "sentencia" es de 
por sí ambigua. Así es que, en caso de repetición, 
se puede decir o bien que hay dos sentencias dife- 
rentes o bien que la misma sentencia ha sido for- 
mulada dos veces. Hasta ahora he usado la palabra 
en este último sentido, pero el otro uso es igual- 
mente legítimo. En cualquiera de las dos formas 
de uso, una sentencia expresada en inglés hubiera 
sido considerada como una sentencia distinta de 
su equivalente francés, pero esto no valdría para 
el nuevo uso de la palabra "sentencia" que intro- 
duciríamos si sustituyéramos "proposición" por 
"sentencia". En este caso tendríamos que decir, 
en efecto, que la expresión inglesa y su equivalen- 
te francés son formulaciones distintas de una mis- 
ma sentencia. Se justificaría, en realidad, que au- 
mentáramos de este modo la ambigiJedad de la 
palabra "sentencia" si con ello salváramos alguna 
de las dificultades consideradas inherentes al uso 
de la palabra "proposición"; pero pienso que esto 
no se puede obtener mediante la mera sustitución 
de un signo verbal por otro. En consecuencia, con- 
cluyo que este uso técnico de la palabra "senten- 
cia", aunque legítimo en sí mismo, se prestaría a 
confusión sin asegurarnos ninguna ventaja en cam- 
bio. 

Una segunda manera de salvar nuestra difi- 
cultad original sería extender el uso de la palabra 



"proposición" de manera tal que de todo lo que 
pudiera con propiedad llamarse sentencia se diría 
que expresa una proposición, tenga o no la senten- 
cia significado literal. Este proceder sería ventajo- 
so por su simplicidad, pero puede ser blanco de 
dos objeciones. La primera es que supondría una 
desviación del uso filosófico corriente, y la segun- 
da que nos obligaría a desechar la regla de que to- 
da proposición ha de considerarse verdadera ofal- 
sa. Pues, eo efecto, si adoptáramos este nuevp uso, 
todavía estaríamos en condiciones de decir que 
todo lo que sea verdadero o falso es una proposi- 
ción, pero la recíproca ya no sería cierta, porque 
una proposición no sería ni verdadera ni falsa si 
estuviera expresada por una sentencia sin signifi- 
cado literal. Por mi parte, yo no creo que estas 
objeciones sean muy serias, pero lo son quizá lo 
suficiente como para que resulte aconsejable re- 
solver nuestro problema terminológico de alguna 
otra forma. 

La solución que yo prefiero es introducir un 
término técnico nuevo, y a este fin usaré la pala- 
bra "enunciado" (statement), que resulta familiar, 
aunque tal vez lo emplee en un sentido ligeramen- 
te distinto al habitual. Propongo así que se consi- 
dere que cualquier combinación de palabras gra- 
maticalmente significativa constituye una senten- 
cia (sentence), y que toda sentencia en modo in- 
dicativo, tenga o no significado literal, expresa un 
enunciado. Por otra parte, se reservará la palabra 
"proposición" (proposition) para aquello que ex- 
presan las sentencias literalmente significativas. 
De este modo, la clase de las proposiciones se con- 
vierte, según esta forma de uso, en una subcase 
de la clase de los enunciados, y una manera de ca- 
racterizar el uso del principio de verificación sería 
decir que proporciona un medio de determinar 
cuándo una sentencia en modo indicativo expre- 
sa una proposición o, en otras palabras, de distin- 
guir los enunciados que pertenecen a la clase de 
las proposiciones de los que no pertenecen a ella. 

Debe advertirse que esta decisión de decir 
que las sentencias expresan enunciados solo supo- 
ne la adopción de una convención verbal, y la 
prueba de ello es que la pregunta "¿Qué expresan 
las sentencias?", a la cual proporciona una res- 
puesta fáctica. Preguntar qué es lo que expresa 
una sentencia determinada cualquiera puede ser, 
por cierto, formular una pregunta fáctica; y una 
forma de contestarla sería presentar otra senten- 
cia que fuera traducción de la primera. Pjero, si 
la pregunta general "¿Qué expresan las senten- 
cias?" ha de interpretarse de modo fáctico, lo úni- 
co que se puede responder es que, como no se da 



LENGUAJE, VERDAD Y LÓGICA (INTRODUCCIÓN) 



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el caso de que todas las sentencias sean equivalen- 
tes, no hay una cosa única que expresen todas ellas. 
Al mismo tiempo, resulta útil tener un medio de 
referirse en forma indefinida a "lo que las senten- 
cias expresan" en los casos en que las sentencias 
mismas no se especifican en particular; y este pro- 
pósito se logra mediante la introducción de la pa- 
labra "enunciado" como término técnico. Por con- 
siguiente, al decir que las sentencias expresan enun- 
ciados indicamos cómo hay que entender este tér- 
mino técnico, pero con ello no proporcionamos 
ninguna información fáctica, en el sentido en que 
proporcionaríamos una inforniación fáctica si la 
pregunta a la cual diéramos respuesta fuera empí- 
rica. Esto puede parecer, por cierto, demasiado 
evidente para que valga la pena señalarlo; pero la 
pregunta "¿Qué expresan las sentencias?" y, como 
he procurado mostrar en otra parte, ^ la pregunta 
"¿Qué significan las sentencias?" ha sido una fuen- 
te de confusión para los filósofos por haberla con- 
siderado equivocadamente como fáctica. Decir que 
las sentencias de indicativo significan proposicio- 
nes es por cierto legítimo, como es igualmente le- 
gítimo decir que expresan enunciados. Por lo que 
hacemos al dar respuestas de este tipo es formular 
definiciones convencionales, y es importante no 
confundir estas definiciones convencionales con 
enunciados concernientes a hechos empíricos. 

Volviendo ahora al principio de verificación, 
podemos, para mayor brevedad, aplicarlo directa- 
mente a los enunciados antes que a las sentencias 
que los expresan, con lo cual podemos darle una 
nueva formulación diciendo que un enunciado se 
considerará literalmente significativo si, y solo si, 
eso bien analítico o bien verificable en forma em- 
pírica. Pero ¿cómo hay que entender en este con- 
texto el término "verificable"? En el primer capí- 
tulo de este libro intento responder a esa pregun- 
ta, pero tengo que reconocer que mi contestación 
no es enteramente satisfactoria. 

Se verá, para empezar, que distingo entre un 
sentido "fuerte" y un sentido "débil" del término 
"verificable", y que explico esta distinción dicien- 
do que "se dice que una proposición es verificable, 
en el sentido fuerte del término, si, y solo si, su ver- 
dad puede establecerse en forma concluyente me- 
diante la experiencia" pero que "es verificable en 
el sentido débil, si es posible que la experiencia la 
haga probable". Y doy luego razones para decidir 
que es solo el sentido débil del término el que re- 
quiere mi principio de verificación. Sin embargo, 
lo que al parecer no he advertido es que, en la for- 
ma ep que las formulo, ést^s no son dos alternati- 
vas genuinas.^ En efecto, a continuación prosigo 



arguyendo que todas las proposiciones empíricas 
son hipótesis continuamente sujetas a la prueba de 
experiencias ulteriores; y de ahí no se seguiría tan 
solo que nunca ha sido establecida en forma con- 
cluyente la verdad de ninguna de esas proposicio- 
nes, sino que nunca podría quedar establecida; 
pues por fuerte que sea la prueba a su favor, nun- 
ca se podrá llegar a un punto tal que sea imposible 
oponerle ulteriores experiencias. Pero esto signifi- 
caría que mi sentido "fuerte" del término "verifi- 
cable" no tendría aplicación posible, y en este ca- 
so habría sido inútil que calificara de débil al otro 
sentido de "verificable", porque, según yo mismo 
había demostrado, ése era el único sentido en el 
que sería concebible que una proposición pudiera 
ser verificada. 

Si no extraigo ahora esta conclusión es por- 
que he llegado a pensar que existe una clase de pro- 
posiciones empíricas de las cuales es lícito decir 
que pueden verificarse de modo concluyente. Es 
característico de estas proposiciones, que he lla- 
mado "proposiciones básicas" en otra parte,* e) 
hecho de que únicamente se refieren al contenido 
de una sola experiencia, y lo que puede decirse que 
las verifica en forma concluyente es que se dé la 
experiencia a la cual se refieren de modo exclusi- 
vo. Más aún, ahora debería estar de acuerdo con 
los que dicen que las proposiciones de este tipo 
son "incorregibles", suponiendo que lo que se en- 
tiende por ello es que es imposible equivocarse a 
su respecto, excepto en un sentido verbal. En un 
sentido verbal, en efecto, siempre resulta posible 
describir equivocadamente la propia experiencia; 
pero si uno se propone limitarse a consignar lo que 
se ha experimentado, sin relacionarlo con ninguna 
otra cosa, no es posible equivocarse fácticamente; 
y la razón de esto es que no se sostiene nada que 
pueda ser refutado por un hecho nuevo. Se trata, 
en resumen, de un caso de "no arriesgar nada, no 
perder nada". Pero es también un caso de "no 
arriesgar nada y no ganar nada", ya que por el solo 
hecho de consignar la experiencia presente de uno 
no se puede transmitir ninguna información a otra 
persona ni, claro está a una mismo; porque no sa- 
ber que una proposición básica es verdadera, no se 
obtiene más conocimiento que el que ya ha pro- 
porcionado la experiencia pertinente. Claro está 
que la construcción verbal empleada para expresar 



2 En Th« Foundatlons of Empiricai Knowledge, pp. 92-ltM 

3 Véase M. Laiirowlu, "Strong and Weak Vcrifictcion", 
mniX, 1939, pp. 202 13. 

4 "Veriflcation and Experience", ProcMdlnti of thc Ari»- 
totellan Soclety, vol. XXXVII: cf. tambUn The Founda- 
tiont of Empiricai Knowledge, pp. SO-Si. 



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ALFRED J. AYER 



una proposición básica puede entenderse como ex- 
presión de algo informativo para otra persona y 
para uno mismo, pero si se la entiende así ya no 
expresa una proposición básica. Por esta razón, 
precisamente, sostengo en el quinto capi'tuio de 
este libro que no podrían existir cosas tales como 
las proposiciones básicas en el sentido en que em- 
pleo ahora este término, porque el peso de mi ar- 
gumentación recaía en el hecho de que ninguna 
proposición sintética podía ser puramente osten- 
siva. Mi razonamiento sobre este punto no era en 
sí correcto, pero creo haberme equivocado en 
cuanto a su alcance, oues al parecer no advertí 

que lo que realmente estaba haciendo era suge- 
rir un motivo para negarse a aplicar el término 
"proposición" a los enunciados que "registraban 
directamente una experiencia inmediata", y ésta 
es una cuestión terminológica que no tiene mayor 
importancia. 

Ya sea que se decida o no incluir los enuncia- 
dos básicos en la clase de las proposiciones empí- 
ricas, y admitir así que algunas proposiciones em- 
píricas pueden ser verificadas en forma concluyen- 
te, continuará siendo verdad que la gran mayoría 
de las proposiciones que la gente realmente expre- 
sa no son ellas mismas enunciados básicos, no son 
deducibles de ningún conjunto finito de enuncia- 
dos básicos. Por consiguiente, si ha de considerar- 
se seriamente el principio de verificación como un 
criterio de significado es necesario interpretarlo 
de manera tal que se admitan enunciados de una 
verificabilidad no tan fuerte como la que se atribu- 
ye a los enunciados básicos. Pero, ¿cómo debe en- 
tenderse, entonces, la palabra "verificable"? 

Se verá que en este libro comienzo por suge- 
rir que un enunciado es "débilmente" verificable, 
y por ende significativo, de acuerdo con mi crite- 
rio, si "alguna experiencia sensible posible resulta 
pertinente para la determinación de su verdad o 
falsedad". Pero, según yo mismo reconozco, esta 
a su vez requiere interpretación, pues la palabra 
"pertinente" (relevant) es de una desagradable va- 
guedad. Por eso doy allí una segunda versión de 
mi principio, que volveré a formular ahora en 
términos ligeramente diferentes, usando la frase 
"enunciado observacional", en lugar de "propo- 
sición experiencial", para designar un enunciado 
"que registra una observación real o posible". En 
esta versión, entonces, el principio dice que un 
enunciado es verificable, y por consiguiente signi- 
ficativo, si de él en conjunción con ciertas otras 
premisas, es posible deducir algún enunciado ob- 
servacional que no sea deducible de esas otras pre- 
misas solamente. 



Yo digo que este criterio "parece ser bastante 
liberal", pero en realidad es demasiado liberal, ya 
que asigna significado a cualquier enunciado, sea 
el que fuere. En efecto, dado un enunciado "E" 
cualquiera y un enunciado observacional "O", "O" 
se sigue de "E" y de "si E entonces O" sin seguir- 
se de "si E entonces O" solo. Por ejemplo, de la 
conjunción de los enunciados "el Absoluto es pe- 
rezoso" y "si el Absoluto es perezoso esto es blan- 
co", se deduce el enunciado de observación "esto 
es blanco", y como "esto es blanco" no se deduce 
de ninguna de estas premisas consideradas por se- 
parado, ambas satisfacen mi criterio de significado. 
Lo que es más, esto valdría para cualquier otro sen- 
tido que a uno se le ocurriera como ejemplo, en 
lugar de "el Absoluto es perezoso", con la sola con- 
dición de que tuviera la forma gramatical de una 
sentencia de indicativo. Pero un criterio de signifi- 
cado que permite tai liberalidad es evidentemente 
inaceptable.' 

Puede señalarse que la misma objeción se 
aplica a la propuesta según la cual debiéramos 
adoptar como criterio la posibilidad de falsifica- 
ción. En efecto, dado cualquier enunciado "E" y 
cualquier enunciado observacional "O", "O" será 
incompatible con la conjunción de "E" y "si E 
entonces no O". Podríamos por cierto salvar la di- 
ficultad, en ambos casos, omitiendo la cláusula re- 
ferente a las otras premisas. Pero como esto impli- 
caría excluir de la clase de las proposiciones em- 
píricas a todas las proposiciones, habríamos evita- 
do que nuestros criterios fueran demasiado libera- 
les solo al precio de hacerlos demasiado estrictos. 

Otra dificultad que pasé por alto en mi pri- 
mitivo intento de formular el principio de veri- 
ficación es el hecho de que la mayoría de las pro- 
posiciones empíricas son, en cierto grado, vagas. 
Por eso, como he hecho notar en otra parte,* pa- 
ra verificar un enunciado acerca de una cosa ma- 
terial nunca se requiere que se dé precisamente 
este o aquel contenido sensible, sino tan solo que 
se dé alguno de los contenidos sensibles que caen 
dentro de un dominio bastante indefinido. Es cier- 
to que ponemos a prueba cualquiera de estos enun- 
ciados haciendo observaciones que consisten en el 
hecho de que se den determinados contenidos sen- 
sibles, pero por cada prueba que realizamos efec- 
tivamente hay siempre una cantidad indefinida de 



5 Véase I. BERLÍN, "Verifiability in Principie", Proceed- 
Ings of the Aristotelijuí Society, vol. XXXIX. 

6 The Foundations of Empirícal Knowledge, pp. 240-241. 



LENGUAJE. VERDAD Y LÓGICA (INTRODUCCIÓN) 



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Otras pruebas, hasta cierto punto diferentes, ya 
sea en cuanto a sus condiciones o sus resultados, 
y que hubieran servido para igual finalidad. Lo 
cual significa que no existe nunca una serie de 
enunciados observacionales de los cuales pueda 
decirse con verdad que son ellos precisamente los 
que se deducen de cualquier enunciado dado rela- 
tivo a una cosa material. 

Sin embargo, solo porque se da algún conte- 
nido sensible y, consiguientemente, por la verdad 
de algún enunciado observacional, se verifican de 
hecho todos los enunciados sobre cosas materiales; 
y de esto se sigue que todo enunciado significativo 
referente a una cosa material puede representarse 
como si de él se dedujera una disyunción de enun- 
ciados observacionales, aunque los términos de es- 
ta disyunción, por ser infinitos, no pueden enu- 
merarse en detalle. Por consiguiente, no creo que 
debamos preocuparnos por la dificultad relativa a 
la vaguedad, siempre que se entienda que cuando 
hablamos de la "deducción"* de enunciados ob- 
servacionales lo que consideramos que puede de- 
ducirse de las premisas en cuestión no es ningún 
enunciado observacional en particular sino solo 
uno u otro de un conjunto de tales enunciados, 
donde la característica que define el conjunto es 
que todos sus miembros se refieren a los conteni- 
dos sensibles que entran en un dominio determi- 
nable. 

Sin embargo, solo porque se da algún conte- 
nido sensible y, consiguientemente, por la verdad 
de algún enunciado observacional, se verifican de 
hecho todos los enunciados sobre cosas materia- 
les; y de esto se sigue que todo enunciado signifi- 
cativo referente a una cosa material puede repre- 
sentar como si de él se dedujera una disyunción de 
enunciados observacionales, aunque los términos 
de esta disyunción, por ser infinitos, no pueden 
enumerarse en detalle. Por consiguiente, no creo 
que debemos preocuparnos por la dificultad re- 
lativa a la vaguedad, siempre que se entienda que 
cuando hablamos de la "deducción" de enuncia- 
dos obsecvacionales lo que consideramos que pue- 
de deducirse de las premisas en cuestión no es nin- 
gún enunciado observacional en particular sino so- 
lo uno u otro de un conjunto de tales enunciados, 
donde la característica que define el conjunto es 
que todos sus miembros se refieren a los conteni- 
dos sensibles que en